Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 30 de noviembre de 2013

Porque viene, se le espera, El nos tiene anunciada su venida

Is. 2, 1-5; Sal. 121; Rm. 13, 11-14; Mt. 24, 37-44
Llega el tiempo del Adviento y van surgiendo, como rebotando, una serie de palabras con las que queremos expresar lo que son los sentimientos que brotan en nosotros ante la llegada del Adviento o que nos señalan una serie de actitudes que consideramos importante vivir en este tiempo.  
Hablamos de adviento y hablamos de la venida del Señor; hablamos de adviento y enseguida surgen el pensamiento de la esperanza o de la vigilancia, como  nos recuerda la noche con sus sueños y tinieblas de la que hay que despertar parece que se  nos abriera un camino que nos condujera a la luz; va sintiéndose como aparecen unos sentimientos de alegría por algo que está por llegar y nos sentimos en la necesidad de preparar algo o de prepararnos nosotros ante un acontecimiento grande que se acerca a nuestra vida y de alguna manera va a influir en nosotros, en nuestros sentimientos o en nuestras actitudes.
Pero ¿qué es el Adviento?, nos seguimos preguntando en el fondo; ¿qué es lo que tenemos que hacer o preparar?, parece que son preguntas que se nos hacen o nos hacemos a nosotros mismos.
La palabra en si misma, Adviento, sí que nos está hablando de una venida y de una venida para la que hemos de estar preparados. En sentido cristiano estamos hablando de la venida del Señor, porque por una parte nos disponemos a celebrar su primera venida en la carne cuando se hizo Enmanuel para ser Dios con nosotros que nos traía la salvación; pero nos sigue hablando de una venida del Señor que ya no es solo celebración y memorial de algo pasado, sino que nos hace pensar en el futuro y en su segunda venida al final de los tiempos.
Pero media el tiempo presente en el que también hemos de saber descubrir una venida, la venida del Señor que llega a nuestra vida y para lo que hemos de estar atentos para no perdernos su presencia y su gracia salvadora en el  hoy de nuestra vida. La liturgia con que celebramos nuestra fe está empapada de estos tres aspectos, llamémoslos así, de su venida.
Porque viene, se le espera, pero además El nos tiene anunciada su venida. Es por eso por lo que realmente, sí, llamamos a este momento tiempo de esperanza. Esperamos al Señor como lo anunciaban y esperaban los profetas del Antiguo Testamento y como lo esperaba el pueblo creyente de Israel deseosos de la llegada de su Mesías; esperamos la venida del Señor porque nos prometió una venida con gran poder y gloria al final de los tiempos donde el Hijo del Hombre llegará como juez que nos juzgue en el último día; esperamos la venida del Señor cada día y en cada momento porque El nos prometió su presencia para siempre con nosotros hasta el final de los tiempos y muchas veces se nos nublan los ojos del alma y no sabemos descubrir su presencia ni llenarnos de su gracia salvadora.
Pero nuestra esperanza no es una esperanza pasiva; es una esperanza que nos hace estar atentos y vigilantes, como el vigía o el centinela que espera la llegada del amanecer de un nuevo día pero durante la noche está vigilante para que en medio de aquellas tinieblas no haya ninguna sorpresa que nos pudiera poner en peligro.
Pero la esperanza verdadera nunca se vive desde el agobio ni la angustia; la esperanza verdadera no solo nos hace abrir bien los ojos para que no haya ningun peligro que nos dañe, sino para estar muy atento a las señales que van anunciandonos la llegada de lo que esperamos; la esperanza verdadera nos hace vivir con un sentido nuevo todo aquello que nos va pasando en la espera del sumo bien que estamos esperando y deseando; la esperanza verdadera va ya pregustando las mieles de la alegría que un día podrá vivir en plenitud, aunque ahora el camino se haga tortuoso o esté lleno de sufrimientos y dificultades; la verdadera esperanza no nos deja adormecernos en rutinas y desganas, ni nos permite dejarnos sucumbir en medio de los esfuerzos y responsabilidades que cada día hemos de vivir.
La verdadera esperanza nos hace fuertes y maduros, nos da ánimos para la lucha y para la superación en valores y virtudes cada día, nos impulsa al crecimiento de nuestra verdadera personalidad humana pero levanta también nuestro espíritu haciendonos mirar hacia lo alto para poner grandes metas e ideales en la vida. La verdadera esperanza nos hace cada día más humanos y más divinos al mismo tiempo, porque caminando con los pies a ras de tierra en lo que es la vida de cada día, nos hace levantar el espíritu dándole alas de trascendencia a lo que hacemos o por lo que luchamos acercándonos más a Dios.
Sin embargo somos conscientes de que muchas veces nuestra esperanza se nos puede debilitar por muchos motivos y razones. Nos podemos sentir turbados por los agobios que nos producen los problemas que nos envuelven en lo inmediato de cada día o podemos sentir la tentación de tirar la toalla en nuestro camino de superación porque quizá nos sintamos débiles o incapaces; podemos cegarnos en el deseo de las cosas cercanas e inmediatas que deseamos obtener pronto y podemos olvidar la grandeza de aquellas otras cosas por las que merece mantener el esfuerzo y la lucha porque ponen altas metas e ideales en nuestra vida.
Todo esto puede hacer que nos encontremos en medio de un mundo donde muchas veces se ha perdido la esperanza; las crisis y los problemas pueden cegarnos el alma y hacernos olvidar lo que es verdaderamente grande y nos haría grandes; el materialismo que todo lo invade o el deseo del placer fácil nos pueden hacer que nos arrastremos demasiado a ras de tierra dejándonos llevar por la pasión inmediata y se pierda toda ilusión por algo más grande y mejor.
Pero en medio de ese mundo estamos nosotros celebrando el Adviento. Y no olvidamos que viene el Señor y su venida viene a avivar nuestra esperanza haciendola rebrotar con los más hermosos y puros deseos. En medio de ese mundo queremos mantener nuestra esperanza porque sabemos que viene a nuestra vida el que con su salvación va a hacer surgir un mundo nuevo empezando por transformar nuestro corazón.
Aunque sean muchas las cosas que nos quieran adormecer o hacer perder la esperanza nosotros queremos escuchar el grito que nos despierta y nos da fuerza para salir de esas sombras de tinieblas en que el mundo con sus pasiones quiere envolvernos. Sí, queremos estar atentos y vigilantes porque no sabemos a que hora vendrá nuestro Señor. Atentos y vigilantes porque queremos estar bien preparados y pertrechados con las armas de la luz y con el escudo protector de la Palabra de Dios y revestidos con el vestido de la gracia del Señor.
‘Daos cuenta del momento en que vivís, nos decía el apóstol san Pablo; ya es hora de despertarnos del sueño porque nuestra salvación está cerca… conduzcámonos como en pleno día… vestíos del Señor Jesucristo’. Que nada nos confunda ni nos distraiga de un verdadero Adviento. Habrán otras luces que brillarán queriéndonos encandilar y confundir; aunque brillen muchas luces externas sin embargo el mundo sigue envuelto en las tinieblas de la noche y muchas veces rechaza la luz verdadera.
De cuántas cosas nos habla el mundo para decirnos que eso es navidad. Busquemos la verdadera navidad, la que llega a nosotros con la venida del Señor a nuestra vida y nos hará vivir la verdadera salvación del Señor. Que no son comidas ni golosinas, ni regalos superficiales ni encuentros muchos de ellos llenos de falsedad e hipocresía. No nos dejemos engatusar ni confundir. Dejemonos, sí, transformar por la presencia y la gracia del Señor para hacer que nosotros seamos mejores y nuestro mundo sea mejor y esté más lleno de justicia y de paz, para hacer que en verdad todos lleguen a reconocer que Dios es el único Señor de nuestra vida y que el Evangelio de Jesús tendrá que ser el verdadero motor de nuestro mundo para hacer un mundo mejor que realmente sea el Reino de Dios.

‘Estad preparados porque a la hora que menos pensais llega el Hijo del Hombre’. Que no perdamos la perspectiva de la verdadera esperanza en nuestra vida.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Demos gracias a Dios que nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido

2Sam. 5, 1-3; Sal. 121; Col. 1, 12-20; Lc. 23, 35-43
‘Demos gracias a Dios que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. El nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’.
He querido comenzar la reflexión en esta fiesta de Cristo Rey del Universo que estamos celebrando con estas palabras de acción de gracias del apóstol san Pablo que hemos escuchado en la carta a los Colosenses. Vaya por delante, como solemos decir, y por encima de todo nuestra acción de gracias por el don de la fe, porque podamos confesar que Jesús es el Señor. Pero sí hemos de preguntarnos también por el sentido de esta fiesta y celebración para que podamos llegarla a vivir con toda profundidad.
Lo menos que se lo podría ocurrir a alguien es que fuera a buscar a un rey en un lugar de suplicio y de tormento; tampoco podría parecer que tuviera sentido el buscar el trono de un rey en un cadalso, en este caso, en una cruz. Los reyes los buscaríamos en otra parte y con otros, por así decirlo, ornamentos. Pero es lo que nos presenta hoy la liturgia de la Iglesia para poner ante nuestros ojos a Cristo Rey. Pero bien sabemos que tiene su sentido. Ya le respondería Jesús a Pilatos que su reino no es como los de este mundo; que si fuera como los reinos de este mundo allá estarían sus ejércitos para defenderlo. Sin embargo proclamamos a Jesucristo Rey.
Del Reino nos estuvo hablando siempre. El primer anuncio que nos hacía cuando comenzó por Galilea era invitarnos a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Las palabras algunas veces nos pueden jugar malas pasadas, porque depende de lo que entendamos por las palabras que decimos. Esperaban un Mesias, un Ungido que ese es el significado de la palabra hebrea si la tradujéramos literalmente, y el Ungido era el Rey. Luego el Mesías habría de ponerse al frente de su pueblo como rey, pero ¿de qué manera? ¿a la manera de los reyes de este mundo?
Cuando los discípulos andan allá poco menos que peleandose los unos con los otros por ver quien era el que había de ser principal, de ocupar el primer puesto, ya les dice Jesús que ellos no pueden actuar a la manera de los poderosos de este mundo. ‘El que quiera ser primero entre vosotros que sea vuestro servidor, que se haga el último y el servidor de todos’, les diría.
¿Cómo aceptaría Jesús que la gente lo considerara a El como rey? Ya recordamos que tras la multiplicación de los panes cuando comenzaron a pensar en proclamarlo rey, se escondió en la montaña porque no era eso lo que El buscaba ni era así su misión. Sin embargo hay otro momento en que sí aceptar que lo aclamen de esa manera.
Cuando san Lucas nos narra la entrada de Jesús en Jerusalen unos días antes de la Pascua, pide que le traigan un borrico que los discípulos ‘lo aparejaron con sus mantos y lo ayudaron a montar; y cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habian visto, diciendo: ¡Bendito el que viene como Rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto, Hosanna…’ Y cuando los fariseos le piden que mande callar a la gente en aquellas aclamaciones, les dirá: ‘Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras’.
‘Bendito el que viene como Rey, en nombre del Señor’. Ahora sí acepta Jesús que le aclamen como Rey cuando llega ya la pascua y la que va a ser pascua eterna y definitiva. Llega el momento de la ofrenda de amor, del servicio y la entrega hasta el final, del amor del que ama hasta dar la vida, de la sangre derramada en rescate y sacrificio para arrancarnos del reino de las tinieblas y llevarnos al Reino de la Luz. Ahora se va a proclamar en verdad que Jesús es nuestro Rey. Y no solo porque se ponga en el estandarte de la ejecución la razón de aquella condena ‘éste es el rey de los judíos’, sino porque en verdad Jesús se nos está mostrando como Rey.
Alrededor de la cruz de Jesús vamos a escuchar muchos gritos y muchas burlas. ‘A otros a salvado, que se salve a sí mismo si El es el Ungido de Dios… si eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo… ¿no eres tú el Mesias?’ diría uno de los condenados al mismo suplicio, ‘sálvate a ti mismo y a nosotros contigo’.
Pero allá alguien que está en el mismo dolor y en el mismo suplicio está contemplando todo con unos ojos distintos, porque parece que una luz le ha llegado al alma. El dolor y el sufrimiento pueden hacer que nos rebelemos contra todo, pero puede ser también un camino que nos ayude a encontrar un sentido a lo que parece que no tiene sentido, si abrimos al menos una rendija del alma para que entre la luz. Es lo que sucedió con el otro de los condenados. Su grito será por una parte para recriminar al otro condenado al mismo suplicio que allá se rebelaba contra todo entrando en el juego de las burlas o de la desesperación, pero por otra parte será un grito de confianza y de esperanza, porque por esa rendija del alma de su dolor ha entrado la luz de la fe. ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’. Hermosa profesión de fe; profunda confesión de esperanza.
Es el que hoy está enseñándonos a que proclamemos con todo sentido a Jesucristo como nuestro Rey. Está descubriendo lo que es el verdadero amor y cuando hay paz de verdad en el alma. Por un camino que quizá nos pudiera parecer imposible, por el camino del mismo suplicio y del mismo dolor y sufrimiento aquel hombre se ha abierto a la fe para reconocer en verdad que Jesús es el Señor. Allí, en la misma Cruz, ha encontrado la Buena Noticia del Evangelio y ha entrado en el camino de la vida y de la salvación. ‘Te lo aseguro, hoy mismo estarás en mi reino, estarás conmigo en el paraiso’. Qué hermoso encontrar así la salvación definitiva.
Estamos concluyendo hoy el Año de la fe al que nos convocó Benedicto XVI y que el Papa Francisco nos ha ayudado a concluir. Y de qué mejor manera que concluirlo con una profesión de nuestra fe reconociendo que Jesús es en verdad el Señor, el único Señor de nuestra vida, nuestro Rey. Pero no pueden ser solo palabras que digamos con nuestros labios, aunque con nuestros labios también hemos de proclamarlas bien en alto para que a muchos puede alcanzar ese rayo de luz que les abra a la fe. Hemos de proclamar nuestra fe con toda nuestra vida.
Hemos venido queriendo ahondar más y más en nuestra fe con las reflexiones que la Iglesia nos ha ofrecido a lo largo del año y con la participación de forma viva en las celebraciones de nuestra fe. Pero quizá aun pudiera faltarnos algun otro fogonazo de luz para que nos despierte de forma viva a vivir nuestra fe con mayor intensidad.
Quiero fijarme en ese hermoso testimonio que nos ofrece el que llamamos el buen ladrón, que desde la misma cruz y el mismo dolor supo o pudo encontrar la luz. Quizá pasamos también nosotros por problemas que nos puedan agobiar sobre todo en las circunstancias sociales en que se vive en hoy, o quizá estamos envueltos en dolores y sufrimientos por enfermedades, achaques o debilidades que nos pueden aparecer en la vida; que desde ahí sepamos ponernos a la altura de la cruz de Cristo y le miremos y nos miremos, como lo hizo aquel hombre del evangelio en el calvario.

Ahí también nosotros podemos encontrar esa Buena Nueva del Evangelio que nos lleve a resucitar o reavivar nuestra fe. Sería un hermoso colofón para este año que hemos recorrido. Que desde ahí, en lo que es nuestra vida, sepamos descubrir a Jesús como nuestro único y verdadero salvador. Es el Señor, el Dios de nuestra salvación. Por eso podemos terminar nuestra reflexión con las mismas palabras de san Pablo con que la iniciamos: ‘Demos gracias a Dios que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. El nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’

sábado, 16 de noviembre de 2013

Una esperanza para nuestro mundo desde el anuncio del  nombre salvador de Jesús

Mal. 3, 19-20; Sal. 97; 2Tes. 3, 7-12; Lc. 21, 5-19
‘A los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas’. Palabras consoladoras, palabras de esperanza las que escuchamos en el profeta. Son anticipo y podríamos decir eco anticipado de las que va a pronunciar Jesús en el final del evangelio hoy proclamado: ‘Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.
Necesitamos escuchar palabras así que nos animen a la esperanza. En todos los sentidos, en los aspectos humanos de la vida y también en lo que es el camino de nuestra vida cristiana. El camino que vamos haciendo en la vida no siempre es fácil. Y es que ese camino, que nosotros hemos de saber recorrer desde el sentido de la fe, con una visión de fe en los ojos de nuestra alma si en verdad nos llamamos cristianos, es un camino que vamos haciendo en este mundo nuestro tan convulso y a veces complicado; y las situaciones sociales por las que pasamos en los momentos concretos que vivimos no los podemos poner como en un aparte de lo que como creyentes vamos queriendo vivir. El mundo necesita esperanza; nosotros necesitamos también esperanza.
Como ya nos decía el concilio Vaticano II, y nos lo ha recordado nuestro obispo en la carta con motivo del Día de la Iglesia Diocesana, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo…” (Gaudium et spes, 1). Esa situación nos afecta; no podemos ser insensibles ante el sufrimiento humano de tantos a nuestro alrededor; y en esa situación concreta cuando queremos vivir nuestra fe, cuando queremos vivir como creyentes nos cuesta, porque incluso vamos a encontrar oposición fuerte a neustras posturas de creyentes y de cristianos. Y en esa situación concreta de nuestro mundo hemos de ser luz. Tener nosotros esperanza y tratar de llevar la luz de la esperanza también a ese mundo en el que vivimos.
Esa descripción que nos hecho hoy el evangelio no la podemos mirar ni casi como una anécdota que se pueda referir a lo que vivieron los cristianos en aquellos primeros tiempos, ni quedarnos solamente para los momentos finales de la historia y del mundo desde ese género apocalíptico en que están descritos. Es cierto que tienen ese sentido escatológico. No lo podemos perder de vista y así llenemos de trascendencia nuestra vida, sabiendo que un día hemos de presentarnos delante del Señor. Pero son también una fotografía de nuestra historia, la que han vivido tantos antes que nosotros y la que nosotros vivimos también en el momento presente.
Aunque el evangelista, en lo que hoy hemos escuchado, arranca de la destrucción del templo de Jerusalén, que probablemente cuando se escribió este evangelio de Lucas, ya se había realizado, continúa, sin embargo, describiéndonos los avatares, podríamos decir, por los que los cristianos de todos los tiempos han tenido que pasar. La fe de los cristianos siempre se ha visto probada en mil dificultades, persecuciones, desencuentros con el mundo que nos rodea, confusiones en muchas ocasiones, incomprensiones por parte de quienes no quieren entender lo que es el mensaje evangélico que queremos vivir y proclamar.
Forma parte, podríamos decir, del guión del que quiere ser seguidor de verdad de Jesús, del discípulo de Cristo. El nos lo había anunciado. ‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio’, nos ha dicho. Y ser constantes en la adversidad ha sido y es una buena prueba de fuego para depurar nuestra fe y mantenernos en fidelidad. Por eso siempre se ha dicho que la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Y la fe probada siempre saldrá fortalecida. Como el oro purificado en el crisol.
Pero nosotros caminamos con la confianza de la presencia del Señor, de la fuerza de su Espíritu. Ya le hemos escuchado decir hoy en el evangelio: ‘Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’. Y como ya mencionábamos con la perseverancia tendremos la salvación.
Todos los tiempos han tenido sus momentos difíciles y la oposición a la fe, la indiferencia de tantos o la persecución, unas veces más solapada y otras más abierta y directa siempre ha estado presente en la vida de la Iglesia. Pero hemos de sentirnos fuertes en el Señor y la proclamación de nuestra fe tenemos que seguir haciéndola y el anuncio de Jesús y del mensaje del evangelio no se puede acallar. De nuestra parte está el Señor. Por eso, como decíamos al principio recogiendo tanto el texto del profeta como las palabras finales del evangelio de hoy, esas palabras nos confortan y nos llenan de esperanza y nos sentimos siempre fortalecidos con la gracia del Señor.
Antes decíamos que el mundo necesitaba de esperanza, necesita también una luz que llene de sentido la vida de los hombres y mujeres de hoy. Aunque digamos que vivimos en una sociedad cristiana bien sabemos que nuestro mundo se ha descristianizado y necesita una nueva evangelización. Es el anuncio que nosotros tenemos que hacer. Es el grito de la Iglesia en medio de nuestro mundo, pero que damos sobre todo con el testimonio de nuestras obras. Es la tarea en que todos hemos de sentirnos comprometidos. No siempre es fácil, porque no todos querrán aceptar esa luz del evangelio. Pero no podemos cruzarnos de brazos y escondernos porque sea difícil la misión. No vamos a hacer como Jonás que porque le parecía difícil la misión que Dios le encomendaba se embarco en rumbo contrario al que debía de ir.
Cuando además hoy en nuestra Iglesia española estamos celebrando el Día de la Iglesia Diocesana es en lo que  nos implica precisamente esta Jornada. Desde una conciencia de que somos Iglesia, desde ese sentir el gozo de nuestra pertenencia a la Iglesia, la familia de los hijos de Dios hasta comprender muy bien cual es la misión que la Iglesia tiene que realizar en medio de nuestro mundo; bien sabemos que cuando decimos Iglesia no estamos pensando ni un ente abstracto que este al margen de nosotros, ni en algo que pongamos más arriba en las nubes como si solo correspondiera a algunos, sino que nos sentimos todos Iglesia y todos comprometidos con su misión.
Y la misión de la Iglesia es hacer ese anuncio de Jesús y de su evangelio. En Jesús está la salvación y esa salvación ha de llegar a todos los hombres. Por eso queremos hacer presente a Jesús en medio del mundo, y en ese mundo concreto donde nosotros vivimos. ‘Es hacer presente a Jesús y su mensaje de salvación que ilumina el camino de la vida, que trae esperanza y amor’.
Sentimos cómo el Señor ilumina nuestra vida cuando queremos ser fieles, como nos decía el profeta, y nos abrimos a Dios y a su salvación. Y el gozo que vivimos con nuestra fe y con nuestra pertenencia a la Iglesia no nos lo podemos quedar para nosotros solos sino que hemos de compartirlo con los demás; hemos de hacer partícipes a cuantos nos rodean de esa dicha y ese gozo. En la medida en que llevemos esa salvación a los demás, más enriquecidos nos veremos nosotros con esa gracia del Señor.
Iluminemos de esperanza a nuestro mundo con la luz del Evangelio de Jesús.


viernes, 8 de noviembre de 2013

Nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, estamos llamados a la resurrección y la vida

2Mac. 7, 1-2.9-14; Sal. 16; 2Tes. 2, 16-3, 5; Lc. 20, 27-38
‘Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas’.
Es casi como un saludo, en el estilo de san Pablo en sus cartas; es un deseo profundo que nos llena de consuelo y de esperanza cuando nos sabemos así amados de Dios; es la constatación de que cuando nos sentimos consolados en la esperanza muchas pueden ser las cosas que nos sucedan aunque fueran dolorosas y llenas de muerte, pero nos sentimos seguros en esa fe que profesamos e impulsados aún con mayor ardor a vivirla con intensidad en cada momento de nuestra vida.
Es lo que podemos sentir en lo más hondo de nosotros mismos tras esta Palabra de vida que se nos ha proclamado en este domingo. Palabra que nos anuncia la vida y la vida para siempre; palabra viva de Dios que nos hace sentir el consuelo de la esperanza en la resurrección a la que todos estamos llamados, porque todos estamos llamados a participar para siempre de la vida de Dios. A eso nos lleva toda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado.
Está por una parte el testimonio de los jóvenes macabeos de la primera lectura. La esperanza que tienen puesta en Dios que es el Señor de la vida y que da vida para siempre a los que creen en El les hace soportar con valentía cualquier tipo de tormento aunque les lleve a la muerte y al martirio. Se sienten seguros en el Señor. Son hermosas las respuestas que van dando cada uno de los jóvenes macabeos al verdugo. La fidelidad al Señor está por encima de todo y están dispuestos a morir, porque ‘el Señor del universo nos resucitará para una vida eterna… vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará…’
Es una esperanza firme en la resurrección que ya nos encontramos en el Antiguo Testamento, aunque, como veremos en el evangelio, por allá andan los saduceos negando la resurrección. Pero en el evangelio encontramos una confesión así de fe en la resurrección en la respuesta que Marta le dará a Jesús cuando tras su queja por no haber estado allí en su enfermedad, Jesús le anuncie que su hermano resucitará. ‘Tu hermano resucitará’, le dice Jesús. A lo que ella replicará: ‘Sé que resucitará en la resurrección del último día’. Ahí se manifiesta esa convicción de la resurrección.
Pero Jesús quiere hablarle de un sentido más profundo de resurrección cuando creemos en El. Jesús le dirá: ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’. Entonces Marta hará una profesión de fe mucho más profunda porque pone toda su fe en Jesús, el que es la resurrección y la vida, el que viene a traernos la vida y la salvación.
En el evangelio que hoy se nos ha proclamado escuchamos las pegas de los saduceos a la fe en la resurrección - ya decíamos antes que negaban la resurrección - partiendo de la ley del levirato en relación a lo que había de hacerse cuando un hombre moría sin descendencia. Los saduceos pretenden llevar la casuística hasta el extremo, pero Jesús no quiere entrar en sus juegos sino dejarnos la afirmación de que, por una parte, la vida eterna no la podemos contemplar desde medidas y aspectos terrenos - ‘los que sean juzgados dignos de la resurrección de entre los muertos, no se casarán’, les dice Jesús -, y por otra parte de que ‘Dios es un Dios de vivos y no de muertos; porque para El todos están vivos’; es el Señor de la vida que quiere vida para siempre para nosotros, como ya nos expresara en el diálogo previo a la resurrección de Lázaro, como hemos comentado.
Creemos en Jesús y creemos en su palabra. Y porque a El le contemplamos resucitado de entre los muertos, sabemos que estamos llamados a resucitar con El, a vivir su misma vida. ‘Para eso vivió y murió Cristo, para ser Señor de vivos y muertos’, como diría san Pablo en otro lugar. Y el Señor de la vida a nosotros nos llama a la vida. ‘Porque, como antes recordamos, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá’.
Y qué distinta se ve la vida, toda la existencia humana desde esta perspectiva de la resurrección. Nuestra vida no se queda truncada con la muerte, porque tenemos esperanza de resurrección y de vida eterna, estamos llamados a vivir nuestra plenitud total en Dios. Cuando muere una persona en la flor de la vida, ya sea un joven o una persona adulta pero aún de pocos años, sentimos pena y lástima porque pensamos que aquella vida con muchas esperanzas aun de futuro y de una realización de su vida con mayor plenitud se ha quedado truncada en esas esperanzas y no se ha visto plenamente realizada. Pero esos son nuestros planes y pensamientos humanos a los que damos quizá unos horizontes de unos pocos años, pero los planes y los pensamientos de Dios son distintos.
Esa vida no se ha quedado truncada sino que ha comenzado precisamente a vivir en una plenitud mayor, una plenitud de eternidad. Y esa es precisamente la esperanza que tiene que animarnos y que nos da sentido a lo que hacemos y a lo que vivimos. Desde esa trascendencia de la vida, desde esa esperanza de plenitud en Dios que es la mayor plenitud que podemos desear y alcanzar, nuestra vida, nuestras luchas, nuestros sueños y compromisos, todo lo que vamos realizando aquí tienen otro sentido y otro valor, que solo en Dios podemos encontrar.
Dios nos ha amado tanto y nos ha regalado el consuelo de la esperanza, recordábamos al principio en palabras de san Pablo, pues esa esperanza de vida en plenitud, esa esperanza de resurrección para vida eterna no nos desentiende de este mundo con sus luchas y trabajos, sino todo lo contrario; desde ese consuelo y desde esa esperanza, como nos decía el apóstol, nos sentimos consolados internamente, no sentimos fortalecidos internamente, sentimos la fuerza del Señor para toda clase de palabras y obras buenas, nos decía; nos sentimos fortalecidos internamente para trabajar con mayor ahínco por hacer este mundo en el que vivimos mejor; nos sentimos fortalecidos internamente para ir llenando de amor, de justicia, de paz, de autenticidad y verdad todo nuestro mundo, cada una de las cosas que hacemos, y nuestras mutuas relaciones, haciendo así un mundo mejor con la esperanza de todo eso solo en Dios podremos vivirlo en plenitud total.

 Demos gracias a Dios por ese amor, por ese consuelo, por esa esperanza. Démosle gracias a Dios porque en El nuestra vida tiene trascendencia y está llamada a la plenitud, a la resurrección, a la vida para siempre. Démosle gracias a Dios y sintámonos confortados interiormente porque en El encontramos un sentido que de otra manera nuestra vida no podría tener. Démosle gracias a Dios porque sentimos su fuerza en nosotros para hacer ese mundo nuevo y en el evangelio nos ha dejado el camino. Que el Espíritu del Señor llene nuestra vida y nos haga vivir para siempre en la plenitud total de Dios.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Zaqueo queria ver a Jesús y se dejó sorprender por El

Sab. 11, 23-12, 2; Sal. 144; 2Tes. 1, 11-2, 2; Lc. 19, 1-10
En ocasiones, aunque estemos deseando que suceda una cosa, cuando sucede un poco nos deja descolocados, casi sin saber como reaccionar. Podemos estar deseando algo con toda intensidad, pero quizá pensamos que no va a suceder, pero cuando nos llega el momento y se realiza aquello que queríamos, nos sentimos de alguna manera turbados y pareciera que en el fondo no deseábamos que nos sucediera.
Zaqueo quería ver a Jesús; sentía curiosidad, pero no sabía bien lo que iba a significar un encuentro con El; aunque lo deseaba quizá se exculpaba en el hecho de que era de baja estatura y por la cantidad de gente él se tenía que quedar como a un lado, detrás, no iba a estar en primera fila; se refugia en la higuera, desde allí lo puede ver, sin que quizá lo vean a él, pero no piensa que Jesús se va a detener para ponerse a hablar con él e incluso para auto invitarse a su casa. Jesús sí lo ve, Jesús quiere ir a su casa.
Cuantas excusas ponemos muchas veces para no enfrentarnos a la realidad, para no reconocer lo que quizá tengamos que reconocer de nuestras limitaciones o de nuestras cobardías y nos parapetamos detrás de cualquier cosa que presentamos como excusa. ¿Tendremos miedo? ¿Nos hacemos oídos sordos? ¿No queremos llegar a algo que nos comprometa sino quedarnos constatando las cosas pero de lejos? Nos puede suceder algo así.
¿Sentimos también curiosidad por Jesús? El hecho de que vengamos aquí cada domingo o cada día - o el hecho de que estemos dándole un tiempo a la lectura de estas reflexiones a través de estos medios por los que llegan a nosotros - puede significar, de hecho significa ¿por qué no?, que estamos deseando conocer más a Jesús y queremos escuchar su palabra que vaya iluminando nuestra vida. Aunque nos sucede también que muchas veces nos parapetamos tras nuestras rutinas, nuestras costumbres, la monotonía con que viven tantos a nuestro lado y nosotros no vamos a ser distintos, nuestras propias cobardías, y podemos tener el peligro o la tentación de quedarnos en un conocimiento superficial. En muchas higueras nos subimos para verlo pasar desde la distancia, o  ponemos muchas hojas de higuera como una celosía para que quizá no vean nuestro interés, porque quizá puedan decir muchas cosas de nosotros.
Jesús se detuvo delante de la higuera donde se había subido Zaqueo. Quizá le diera un vuelco en el corazón porque no esperaba que Jesús le viera y se detuviera a hablar con él. El, en su curiosidad, se contentaba con verlo pasar, pero Jesús le está pidiendo que baje de la higuera porque quiere ir a hospedarse en su casa. ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. No le decía, me gustaría ir a tu casa, sino tengo que alojarme en tu casa.
No se lo esperaba, pero reaccionó. Era mucho lo que deseaba conocer a Jesús que ahora le parece mentira. ‘El bajó enseguida, y lo recibió muy contento’. Se habían acabado los temores y su corazón se llenaba de alegría. Jesús se había detenido ante él. La gente murmuraría después porque Jesús se alojaba en casa de un pecador. Pero ahí está cercanía de Dios que se había querido hacer Emmanuel, Dios con nosotros. No solo había tomado nuestra carne, nuestra naturaleza humana sino que ahora se estaba acercando a aquellos que consideraban parias y despreciables. Y muchas más cosas se iban a suceder una tras otra.
Pero conviene que al mismo que vamos repasando el episodio del evangelio vayamos haciendo una lectura de nuestra vida a su luz. Cuántas veces Jesús se ha detenido a las puertas de nuestra vida llamando porque quiere llegar a hospedarse en nuestra casa. ¿Cómo le hemos respondido?
Hay una imagen que corre por las redes sociales en la que se ve a Jesús delante de una puerta en la que parece que está llamando, está tocando a la puerta y en espera de que le abran. Jesús no puede abrir porque no se ve ninguna llave ni ningún medio con el que se pueda abrir la puerta desde fuera. Solo se puede abrir por dentro, y se supone que por dentro estoy yo, estamos nosotros que tenemos que ser  los que abramos la puerta para que Jesús pueda hospedarse dentro de nosotros. La imagen se queda ahí porque parece que está esperando que nosotros pongamos la segunda parte, abriendo desde nuestro interior la puerta de nuestra vida a Jesús. ¿Abriremos gozosos la puerta como gozoso bajó Zaqueo de la higuera para recibir a Jesús en su casa?
Del episodio del evangelio conocemos ya el final. ‘Zaqueo se puso en pie, en medio de la cena, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más’. Los encuentros con el Señor transforman el corazón. Tras un encuentro vivo con Jesús nuestra vida no puede ser la misma, y cambiarán nuestras actitudes, cambiarán nuestras formas de actuar, habrá un revolcón grande en la vida para hacer que todo sea distinto.
El abrir la puerta de nuestro corazón al Señor hará que se iluminen hasta los más oscuros rincones pero esa luz que recibimos del Señor es una luz purificadora y transformadora, es una luz que destruye las tinieblas de la muerte y del pecado, pero es al mismo tiempo una luz que nos llena de vida.  Es lo que le pasó a Zaqueo. No pensaba él quizá que conocer a Jesús, como tenía deseos de conocerle, iba a cambiarle la vida de esa manera, pero aun así se dejó encontrar por Jesús. El no opuso resistencia, sino que se dejó guiar por el impulso de la gracia del Señor y así su vida fue distinta ya para siempre.
‘Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán’, dirá Jesús. Y por aquellos que murmuraban ante el hecho de que Jesús se hospedara en casa de un pecador, sentenciará Jesús: ‘Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido’. Allí estaba la salvación que Jesús venía a ofrecernos. Allí estaba el generoso perdón de Dios que busca siempre al pecador para ofrecerle la salvación.
‘Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan’, que nos decía el libro de la Sabiduría.  ‘A todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida… a los que pecan les recuerdas su pecado para que se conviertan y crean en ti, Señor’. Es lo que estamos viendo en esta escena del encuentro entre Zaqueo y Jesús. No viene Jesús a recriminar a Zaqueo, sino viene a buscarle; todo son signos y señales de ese amor del Señor que todo lo perdona. Y Zaqueo entiende y escucha la llamada del Señor. Da el paso respondiendo a la llamada del Señor. ¿Haremos nosotros lo mismo?
Démosle gracias al Señor porque nos sigue saliendo al paso de la vida y sigue llamándonos y buscándonos. Este episodio del evangelio que hoy se nos ha proclamado y estamos ahora meditando nos puede parecer hermoso y entrañable, pero que nos quedemos solamente en considerar lo sucedido entonces con Zaqueo. Si nos quedamos ahí es como quedarnos detrás de las hojas de la higuera para ver lo que sucede pero poniendo barreras por nuestra parte. Nos quedaríamos en meros espectadores y ante Jesús no podemos ser nunca unos simples espectadores. Jesús está llegando a nosotros y poniéndosenos enfrente para decirnos también una y otra vez que quiere venir a nuestra casa, a nuestro corazón.
Hay cosas que nos sucedes que quizá nos impresionan o nos dejan descolocados porque quizá no las esperamos, como decíamos al principio. En este orden de la fe, de nuestra vivencia cristiana y nuestro seguimiento auténtico de Jesús nos puede suceder también. Pero veamos ahí las llamadas del Señor y no nos encerremos en nosotros mismos. Sintamos la admiración, sí, pero también la alegría de que Jesús llegue a nosotros y nos diga que quiere entrar en nuestra vida. Sí, la alegría de la fe, la alegría del encuentro con el Señor, aunque eso nos comprometa, nos haga darle la vuelta a nuestra vida, o nos exija que tengamos muchas cosas de las que despojarnos o que compartir. Zaqueo lo comprendió porque se dejó sorprender por esa luz de Jesús.

Hagamos nosotros otro tanto. Que tras este encuentro con el Señor en esta Eucaristía de este domingo también se pueda decir: ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa’, a mi vida y con esa gracia y esa salvación saldré para transformar también nuestro mundo.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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