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Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 31 de mayo de 2014

Asciende Jesús haciendo camino, camino abierto para ir y venir a Dios

Asciende Jesús haciendo camino, camino abierto para ir y venir a Dios

Hechos, 1.1-11; Sal. 46; Ef.1, 17-23; Mt. 28, 16-20
‘Asciende Jesús haciendo camino, pero es el camino por el que descendió. Queda así el camino abierto para ir y venir a Dios. Por él asciende y desciende… cuando se vive en amor’. He querido comenzar con estos bellos versos que me encontré y nos hablan del sentido de la Ascensión del Señor que hoy celebramos. ‘Un camino abierto para ir y venir a Dios’; un camino que se recorre ‘cuando se vive en amor’.
Es un misterio grande el que hoy celebramos. Nos podemos quedar con las imágenes y nos puede parecer algo fácil. Es algo muy grande el misterio que estamos celebrando. Cuando los evangelios nos hablan del misterio del amor de Dios tienen que emplear nuestro lenguaje humano, aunque es tan difícil de expresar el misterio de Dios que tendrán que valerse de imágenes y signos que nos hagan vislumbrar lo profundo del misterio de Dios que quiere revelársenos. Por eso nos dirá san Pablo que necesitamos ‘espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, que el Señor ilumine los ojos de nuestro corazón’. Tenemos que pedirlo con toda intensidad para comprender todo su sentido que solo desde Dios podremos comprender.
Va culminando la Pascua y llegamos a este momento de la Ascensión. Jesús nos había ido hablando de su vuelta al Padre, pero también de su presencia para siempre con nosotros; nos hablaba de que era necesario que El marchase, pero para que se hiciera presente y sintiera la presencia del Espíritu que desde el seno del Padre nos había de enviar.
Hoy nos contaba Lucas en los Hechos de los Apóstoles que ‘apareciéndoseles durante cuarenta días, les dio numerosas pruebas de que estaba vivo, les había dado instrucciones y les habló del Reino de Dios’. Les recuerda que no se han de marchar de Jerusalén ‘hasta que se cumpla la promesa de mi Padre, de lo que yo os he hablado… dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo’, les dice. Y concluirá diciéndoles que ‘cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo’. 
Será lo que por su parte san Mateo dirá como despedida de Jesús: ‘Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado’. Y les hace una promesa: ‘Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’.
Nos promete su presencia para siempre, nos promete la fuerza de su Espíritu. Y sintiendo la fuerza de su Espíritu comienza nuestra tarea, tenemos que ser sus testigos ‘hasta los confines del mundo’.
Contemplamos, pues, y celebramos la Ascensión al cielo; nos quedamos como los apóstoles allá en el monte de los olivos extasiados mirando al cielo. ¿Tristeza? ¿desconsuelo? Quizá en cierto modo, porque no querríamos que Jesús nos deje. Pero es al mismo tiempo una puerta abierta a la trascendencia, a mirar a la meta. Es esperanza que renace en nuestro corazón. Contemplamos a Cristo glorificado; ‘Padre, glorifícame tú, junto a ti, con la gloria que tenia a tu lado’, diría Jesús en otro momento.
‘Sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso’, como confesamos en el Credo y Pedro nos había enseñado en sus cartas. Por  eso pediremos en una de las oraciones de la liturgia ‘haz que deseemos vivamente  estar junto a Cristo, en quien nuestra naturaleza humana ha sido tan extraordinariamente enaltecida que participa de tu misma gloria’. Allí está Cristo verdadero Dios y verdadero hombre, porque ha tomado también nuestra naturaleza humana, viviendo la gloria de Dios.
Pero como decíamos, nos abre a la trascendencia porque tenemos la esperanza de que también nosotros un día podamos participar de su gloria. ‘Donde nos ha precedido El, que es nuestra cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo’. Hemos pues de ‘vivir con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino’. Nos había dicho que se iba para prepararnos sitio; ‘cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros’. Cuando le vemos, pues, subir al cielo se anima nuestra esperanza, porque El desea que estemos para siempre con El.
Pero recordemos también lo que los ángeles le decían a los apóstoles que estaban extasiados en el monte de los olivos ‘el mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse’. Ahí está la fuerza de su Espíritu que nos lo hará sentir presente. Nosotros mientras tenemos que seguir caminando por nuestro mundo cumpliendo la misión que nos ha confiado de ser sus testigos, pero no caminamos solos porque con nosotros estará siempre el Señor.
Y como decía en la última cena ‘adonde yo voy ya sabéis el camino’. No tenemos que preguntarle como Tomas que nos enseñe el camino porque bien sabemos ya que es Jesús mismo el Camino y la Verdad y la Vida, que no tenemos que hacer otra cosa que seguir sus huellas, vivir su misma vida, que no es otra cosa que vivir en la fe y en el amor.
Por amor bajó del cielo el Hijo de Dios para traernos la salvación; amor fue el camino que recorrió y nos enseñó a recorrer; en ese camino de amor hemos nosotros de caminar imitando a Cristo, amando con su mismo amor, con un amor como el suyo, y sabemos que tenemos la puerta abierta para ir a participar de la gloria con El. Como nos decían los versos recordados al principio ‘por él se desciende y se asciende… cuando se vive en amor’.
Es  algo grande y maravilloso lo que hoy estamos celebrando, la Ascensión del Señor al cielo. Por eso en el sentir del pueblo cristiano - ¿lo habremos perdido quizá dándole ya menor importancia? - esta fiesta era una fiesta tremendamente entrañable que se celebraba con gran alegría y muchos signos que querían expresar esa gloria del Señor en su Ascensión al cielo.
Una fiesta que nos llena de esperanza, como hemos venido reflexionando, pero una fiesta también muy comprometedora, porque en nuestras manos se pone un testigo, se nos confía una misión. El Evangelio de Jesús ha de ser proclamado, la Buena Noticia ha de llegar hasta el fin del mundo. Quizá cuando ahora escuchamos el evangelio y el mandato de Jesús nos pueden entrar unas ansias misioneras y pensamos en los países lejanos donde aún no se ha anunciado el evangelio. Si el Señor nos llamara con esa vocación, a ello tendríamos que responder.
Pero quizá olvidamos a los más cercanos, a los que están a nuestro lado, quizá nuestros familiares y amigos o las personas con las que convivimos, y a ellos no les llevamos esa Buena Noticia. Comencemos por ahí, como les dijo a los apóstoles que comenzaran por Jerusalén, Judea y Samaría para llegar luego hasta los confines del mundo. Seamos primero testigos junto y delante de los que están a nuestro lado. Seamos valientes y proclamemos la alegría de nuestra fe que contagie a los más cercanos a nosotros.
Celebremos la gloria del Señor en su Ascensión con gran esperanza y sentido de trascendencia; abierto tenemos el camino para ir a Dios, para vivir a Dios.

sábado, 24 de mayo de 2014

Estad siempre prontos para dar razon de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere...



Estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere…

Hechos, 8, 5-8.14-17; Sal. 65; 1Pd. 3, 15-18;
 Jn. 14, 15-21
Glorificad en vuestros corazones a Cristo Jesús y estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere…’ Cantemos la gloria del Señor por siempre; gloria al Señor que surja desde lo más hondo de nuestro corazón y nuestra vida; gloria que le hemos de dar al Señor con nuestra vida, con nuestra fe, con las obras de nuestro amor, manifestando lo que es nuestra esperanza y la razón de nuestro existir.
Manifestarnos como creyentes no es cualquier cosa; la fe que da sentido a nuestra vida y nos llena de esperanza, aun en las adversidades que tengamos que vivir o a las que tengamos que enfrentarnos en nuestra vida, repito, no es cualquier cosa. Decir que tengo fe es mucho más que un recuerdo porque por la fe vivimos una presencia, que es presencia de salvación en nuestra vida.
Algunos pueden reducir lo de ser cristiano, la realidad de la Iglesia o la misma fe simplemente en el pensar en Jesús que fue alguien bueno, que nos ofrecía un hermoso mensaje con el que podríamos hacer que nosotros y hasta nuestro mundo fuera mejor si siguiéramos su pensamiento, pero como si fuera solamente un persona de la historia a quien recordamos por lo que hizo o por lo que enseñó.
Así podemos, decía, recordar a personajes históricos que influyeron mucho en la historia de su tiempo, o podemos recordar a los grandes pensadores o filósofos, ya fueran de la antigüedad como los filósofos de la Grecia antigua, o ya fueran pensadores más modernos o cercanos a nosotros que con su manera de pensar influyen en el sentir de las gentes o en la manera de construir nuestro mundo y nuestra sociedad.
Algunos se quedan en un Jesús así, un Jesús de la historia pero sin otra trascendencia en el orden de la salvación. Pero el cristiano verdadero no se puede quedar ahí. La fe que anima la vida de un cristiano y le da una razón para su existir es mucho más que todo eso. A Jesús no lo podemos mirar de esa manera, no se puede quedar en eso.
Es necesario abrir bien los ojos de la fe, que es algo muy profundo que nos hará descubrir una presencia nueva y distinta de Jesús en medio de nosotros, o allá en lo más hondo de nuestro corazón. Hay una nueva forma de ver y de vivir la presencia de Jesús que solo cuando nos dejamos conducir por la fuerza del Espíritu podremos alcanzar. Es lo que Jesús les anuncia a sus discípulos en la última cena, que es lo que hoy hemos escuchado en el evangelio.
‘No os dejaré desamparados, volveré’, les dice Jesús a los discípulos en la última cena cuando todo sonaba a despedida. ‘Dentro de poco el mundo no me verá, pero vosotros me veréis y viviréis, porque yo sigo viviendo’, nos dice. Es lo que decíamos, sólo con los ojos de la fe es cómo podremos ver y sentir esa presencia de Jesús. El mundo que no cree, no podrá ver a Jesús. Es un don y una gracia del Señor por la que hemos de estar eternamente agradecidos. Hemos de dar gracias, sí, por ese don de la fe.
 Cuantos a nuestro alrededor viven su vida como a oscuras, porque les falta esa luz de la fe. No podrán disfrutar como nosotros de esa presencia del Señor en su vida. ‘Vosotros me veréis y viviréis’, nos decía Jesús. Esa visión nueva de Jesús nos llena de vida; no es algo teórico o aprendido de memoria, es algo que podemos vivir allá en lo más hondo de  nosotros mismos, como podemos vivirlo en la comunión con los demás.
Para que eso sea posible Jesús nos promete la presencia de su Espíritu, por el que podemos conocerle y vivirle. ‘Yo le pediré al Padre que os dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio, lo conocéis porque vive con vosotros y está con vosotros’.
Es el Espíritu divino que nos conducirá a la verdad plena, que nos recordará todo cuanto Jesús nos ha dicho, por el que podemos conocer a Dios y llamarle con todo sentido Padre, el que nos hará sentir la presencia de Jesús, reconociéndolo en verdad como nuestro Señor y nuestro Salvador. Porque el Espíritu de Dios está con nosotros podemos llamar a Dios Padre; porque el Espíritu del Señor vive con nosotros podemos confesar con todo sentido que Jesús es el Señor. ‘Vosotros lo conocéis’, nos dice Jesús. Es que sin la fuerza del Espíritu Santo nada tendría sentido de cuanto hacemos.
Entonces ya no es solamente pensar en Jesús como alguien bueno y que nos dejó un buen mensaje para hacer que nosotros y nuestro mundo fuera mejor; no es pensar en Jesús simplemente como un personaje de la historia o como un gran pensador que con su ideología marcara el rumbo de la historia de nuestro mundo.
Nuestra fe en Jesús es mucho más que seguir el pensamiento de un gran pensador, de un hombre sabio. Jesús es mucho más que todo eso porque en Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, reconocemos al Hijo de Dios y a nuestro Salvador; nosotros confesamos a Jesús como nuestro Señor que murió y resucitó para dar vida al mundo, para redimirnos de nuestro pecado, arrancarnos de la muerte y darnos la vida eterna.
Esto muchos no lo entienden porque no han dejado iluminar sus vidas por la fe. Ya decíamos antes que si caminamos por la vida sin fe vamos como ciegos y sin el rumbo y el sentido de trascendencia que desde Jesús y con la fuerza de su Espíritu podemos dar a nuestra vida. Si nos falta ese sentido de la fe todo se quedaría de tejas abajo, todo se quedaría en este mundo terreno y perderíamos todo ese sentido sobrenatural de trascendencia que con la fe podemos encontrar. Por eso para muchos la Iglesia se queda en una organización más, lo de la religión y el ser cristiano pierde todo su sentido, y al final terminamos viéndolo todo desde unos intereses terrenos y careciendo de toda espiritualidad.
Tenemos que pedir al Señor que nos dé ese don de la fe para que cada día podamos conocer más hondamente a Jesús; que no se apague nunca en nuestra vida esa luz de la fe, sino que dejándonos iluminar por su Espíritu le demos esa profundidad y esa trascendencia a nuestra vida.
Esa es la razón de nuestra esperanza que tenemos que manifestar al mundo cuando proclamamos nuestra fe. En Cristo ponemos nuestra esperanza porque en Cristo tenemos la salvación y en Cristo podemos alcanzar la vida eterna. Por eso nuestra vida desde esa fe que proclamamos en Cristo como nuestra Salvación se llena de esperanza y adquiere un sentido y valor nuevo.
Por eso nos hablaba san Pedro de mansedumbre, respeto, buena conciencia para expresar y manifestar nuestra fe y nuestra esperanza aun cuando no seamos comprendidos o cuando incluso seamos denigrados o perseguidos. Es que con la fuerza del Espíritu del Señor en nuestro corazón no podrá faltar nunca la paz y con esa paz y mansedumbre nos manifestamos ante los demás queriendo hacer siempre el bien.
Estamos casi llegando ya al final de la Pascua, pues pronto celebraremos la Ascensión y Pentecostés con que se culmina el tiempo pascual. No olvidemos lo que venimos celebrando, a Cristo resucitado, el Señor que murió y resucitó, que vive y que nos llena de vida,  que con la fuerza de su Espíritu se hace presente en nuestra vida llenándonos de su salvación y poniéndonos en camino de vida eterna.

miércoles, 21 de mayo de 2014

MI CANAL EN YOUTUBE

Mis queridos hermanos en Cristo y Maria quiero contarles que he abierto un canal en el you tube por amor a ustedes, mis amados que a lo largo de estos tres años que me acompañan en los programas muchos de ustedes con insistencia me han solicitado poder escuchar los programas durante el dia, en los horarios que ustedes podian y si podia subirlos a youtube. Con gran esfuerzo subi algunos programas para que puedan ir escuchandolos .Los videos son sencillos, solo algunas imagenes, no soy experta en esto, lo hice por amor a ustedes y a la Santa Iglesia para que tambien puedan ustedes evangelizar por la palabra que hay en cada uno de los programas. Ayudenme a difundirlos. GRACIAS DE CORAZON. ESTA NOCHE LOS ESPERO EN MI PROGRAMA 22.30 HS ARGENTINA, RECUERDEN QUE MEDIA HORA ANTES ESTARA EN SU PRIMER PROGRAMA PROVIDA LUCIA GOYTIZOLO https://www.youtube.com/user/PsicologaAdrianaT

sábado, 17 de mayo de 2014

Jesús es el Camino que nos abre a horizontes de diaconía y felicidad



Jesús es el Camino que nos abre a horizontes de diaconía y felicidad

Hechos, 6, 1-7; Sal. 32; 1Ped. 2, 4-9; Jn. 14, 1-12
Podemos tener delante de nosotros un hermoso y bello camino, pero si nosotros no lo recorremos, no lo hacemos, de nada nos vale. El camino es algo más que un sendero que se abre ante nosotros; es algo más que una senda o una ruta que nos dicen que hay y que nos puede llevar a un determinado sitio o a una determinada meta. El camino tenemos que hacerlo, o lo que es lo mismo, ponernos nosotros en camino, peregrinar por esa senda que la hacemos parte de la vida, de nuestra vida. Cuando decimos que hacemos un camino no nos estamos refiriendo solamente a un recorrido físico o material que hagamos por una senda establecida, sino que estamos refiriéndonos a lo que nosotros recorremos, hemos recorrido, a lo que nosotros hemos vivido; nos referimos al camino de la vida, de mi vida.
Las palabras del evangelio que hoy hemos escuchado, y como hemos venido diciendo estos días en que ya en parte las hemos meditado, nos suenan a despedida de Jesús porque vuelve al Padre, pero suenan también por una parte a una presencia nueva de Jesús junto a nosotros pero también a lo que nosotros hemos de vivir para ir al encuentro con el Padre.
Cuando les dice Jesús ‘y adonde yo voy, ya sabéis el camino’, los discípulos aún con sus dudas y corto entendimiento le replican, ‘Señor, no sabemos a donde vas, ¿cómo podemos saber el camino?’; es entonces cuando Jesús les hace esa rotunda afirmación de tan gran significado para todos: ‘Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si me conocéis a Mi, conoceréis también a mi Padre’. Nos viene a decir cuál es el camino.
El camino no son lugares o cosas que hacer; el camino es Jesús; el camino es una vida. Es a Jesús a quien tenemos que vivir y así estaremos haciendo ese camino que nos conduce al Padre. No es contentarnos con hacer unas cosas, cumplir con unos mandatos como quien cumpla unas normas de tráfico, sino es dejarnos impregnar por la vida de Jesús para vivir su misma vida, sus mismos sentimientos y actitudes, su mismo hacer y actuar, su mismo amor; por eso decimos que el cristiano está configurado con Cristo, porque ya no vive su vida sino que es Cristo quien vive en él. Por eso al decirnos que El es el Camino, nos dice también que es la Verdad y que es la Vida.
Entendemos, entonces, lo que nos quiere decir Jesús cuando nos habla del Padre y cuando nos habla de que ya debemos conocer el camino que nos lleva al Padre. ‘Adonde yo voy, ya sabéis el camino’,  que nos dice. Cuando les dice eso a los discípulos se tendría que suponer que después de haber convivido tanto con El tendrían que conocerle, pero bien vemos que aun siguen llenos de dudas y les cuesta entender claramente lo que Jesús les dice.
Por eso aún siguen preguntando y pidiendo como le dice Felipe, ‘muéstranos al Padre y nos basta’, a lo que Jesús le replicará que después de tanto tiempo con ellos aún parece que no lo conocen. ‘Hace tanto que estoy con vosotros, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre… ¿no crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí?’
¿Nos tendrá que decir algo así también a nosotros, porque aún no le terminamos de conocer? Cuánto escuchamos nosotros el evangelio y aún no terminamos de impregnarnos del espíritu del evangelio. Quizá no siempre abrimos del todo nuestro corazón a la Palabra del Señor; la tierra de nuestro corazón no la preparamos lo suficiente para recibir esa hermosa semilla de la Palabra de Dios y cae muchas veces en el terreno duro o lleno de malas hierbas de nuestro corazón endurecido y encallecido por tantas cosas donde lo tenemos apegado.
Creo que esta Palabra del Señor que estamos escuchando tendría que movernos en lo más hondo de nosotros mismos para que surjan esos buenos deseos de querer conocer más a Jesús y su evangelio para llenarnos de vida. Que se despierte nuestra fe, que se enardezca nuestro corazón escuchando su Palabra, que tengamos verdadera hambre de Dios en nosotros para abrirnos a su gracia salvadora.
Creo que tenemos que darnos cuenta y reconocer que la piedra  angular, la piedra fundamental de nuestra vida es Cristo y en la fe en El tenemos que fundamentar toda nuestra vida. Quizá busquemos otros fundamentos para nuestra vida descartando a quien es la verdadera piedra angular de nuestra existencia.
Que tengamos verdaderos deseos de seguir el camino de Jesús, de hacer el camino de Jesús porque nos llenemos de verdad de su vida. Pero pensemos una cosa: quien se pone en camino ha de salir y arrancarse de sí mismo, como el que va a hacer un trayecto tendrá que dejar atrás el punto de partida si quiere llegar a la meta que se ha propuesto. Eso nos cuesta, no siempre nos es fácil realizarlo. Apegos, rutinas, cansancios, tibiezas que van apareciendo en nuestra vida son impedimentos con que nos vamos a encontrar para realizar ese camino.
Cuando en verdad nos hemos encontrado con Jesús y se ha despertado la fe en nuestro corazón nos damos cuenta de que merece la pena emprender ese camino, aunque nos cueste esfuerzo y sacrificio. Es el camino que nos conduce a la plenitud porque es llenarnos de Cristo, de su verdad y de su vida. Es un camino que nos abre horizontes para ponernos siempre en una actitud de servicio, el camino de la  diaconía, porque quien vive a Cristo comprenderá que nuestra verdadera grandeza está en servir. Son las obras de Jesús que se han de realizar en nuestra vida. Como hoy le hemos escuchado: ‘El que cree en mí, también hará las obras que yo hago, y también mayores’.
Hemos escuchado en la primera lectura cómo surge desde el principio en medio de la Iglesia naciente, la diaconía, el servicio para atender a los huérfanos y a las viudas y a cuantos padecen necesidad del tipo que sea. No será una verdadera Iglesia de Jesús si no hay esa diaconía en sus miembros, que no solo es el que se dedique a unas personas a ese ministerio, sino que ha de ser el espíritu con el que hemos de vivir todos los que creemos en Jesús.
No nos podemos quedar en nosotros mismos, en nuestros criterios o nuestra manera de pensar o de ver las cosas; no podemos quedarnos dando vueltas simplemente alrededor de nuestros deseos o aspiraciones meramente terrenales; hay que ponerse en camino desprendiéndose de su yo para dejar de mirarse a si mismo y poder comenzar a ver lo que nos rodea, los que nos rodean con una óptica distinta porque comenzaremos a mirar con la mirada de Cristo.
Cuando con mucho amor en nuestro corazón, con mucha ilusión y esperanza en la vida queremos emprender ese camino de vivir a Jesús nos damos cuenta que ahí en esa diaconía permanente que tiene que ser nuestra vida encontraremos la mayor dicha y felicidad. Seguir a Jesús nos hace dichosos, nos hace sentirnos las personas mas felices del mundo; recordemos que mensaje central de su evangelio son las bienaventuranzas. En Jesús encontramos la plenitud de nuestra vida.

sábado, 10 de mayo de 2014

Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial



Un buen pastor es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una comunidad eclesial

Hechos, 2, 14.36-41; Sal.22; 1Ped. 2, 20-25; Jn. 10, 1-10
‘El Señor es mi pastor, nada me falta… en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas  y repara mis fuerzas…’ Así hemos rezado en el salmo en este domingo que se le suele conocer como el domingo del Buen Pastor.
Un buen pastor cuida de sus ovejas; un buen pastor busca los mejores pastos; un buen pastor procurará que no le falte el agua para beber sus ovejas; un buen pastor se preocupa de buscar a la oveja descarriada o perdida y curar a la herida o que está enferma. Hoy todo eso lo vemos como en imagen para referirnos a Cristo, nuestro Buen Pastor.
¿Qué es lo que vemos en el evangelio? ¿Cómo podemos contemplar a Jesús como Buen Pastor de nuestra vida? Aparte de lo que hemos escuchado en los textos del día de hoy podemos recordar otros momentos. Cuando las multitudes acuden a Jesús queriendo escuchar su Palabra o llevarle a sus enfermos con sus dolencias, caminando hasta los lugares más apartados porque tienen deseos de estar con Jesús, dirá el evangelista que sintió lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor y se puso a enseñarles con calma y al final multiplicará los panes para que nadie se quede sin comer.
Pero por otra parte cuando es prendido en el huerto, los discípulos que quedan y están allí llenos de miedo ante lo que se avecina, ‘todos le abandonaron y huyeron’, contarán los evangelios, pero ya antes Jesús había recordado el anuncio profético de ‘heriré al pastor y se dispersarán sus ovejas’.
No quiere Jesús que nos perdamos, que vayamos errantes de un lugar para otro sin saber donde encontrar el alimento que necesita nuestra vida. Estará siempre dispuesto a alimentarnos para que tengamos vida y vida en abundancia y El mismo será nuestro alimento y nuestra vida porque se hará Pan de vida para que le comamos y para que podamos tener vida para siempre.
¿No podemos recordarle también como el que va al encuentro de aquel enfermo a quien nadie mira ni atiende como el paralítico de la piscina o el ciego de nacimiento de la calle, o también ofreciéndose a ir allí donde hay alguien que sufre ya sea el criado del centurión o la hija de Jairo?
Cuando nos ve heridos o descarriados siempre querrá estar atrayéndonos hacia El, manifestará la sed que tiene de nosotros, pero nos manifestará sobre todo lo que es el amor del padre que nos espera, que nos regala con su amor y su perdón y además hace un banquete para celebrar nuestra vuelta.
Y es que más alegría habrá en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse, y entonces nos hablará del pastor que va a buscar a la oveja perdida, mientras deja a las otras noventa y nueve a buen recaudo para que no se pierdan volviendo con la oveja perdida sobre los hombres e invitando a sus amigos a la fiesta porque ha encontrado la oveja pedida, o también de  la mujer que barre y revuelve toda la casa para encontrar la moneda que se le había extraviado.
Es el que nos conoce allá en lo más hondo de nuestro corazón porque nada podemos ocultar a su amor y por eso siempre tiene la paciencia de esperarnos, de llamarnos, de buscarnos, pero también de revelarnos todo lo que es su amor y su vida para que como El nos conoce también nosotros lo conozcamos. Por eso hoy nos dice ‘y las ovejas atienden a su voz, y El las va llamando por el nombre a sus ovejas… camina delante de ellas, y las ovejas le siguen porque conocen su voz…’
Jesús es nuestro Buen Pastor, pero ¿nosotros  reconoceremos su voz y le seguimos? No nos basta decir que El es nuestro Buen Pastor si luego nosotros no lo escuchamos y lo seguimos; no nos basta decir que es nuestro Buen Pastor si luego nosotros no nos dejamos alimentar por su vida. Pensemos cuanta gracia derrama el Señor sobre nuestra vida buscándonos y llamándonos, pero cómo tantas veces nos hacemos oídos sordos a esas llamadas del Señor. Cuántas veces no queremos aceptar su Palabra, su enseñanza y rechazamos su gracia porque los caminos que seguimos no son precisamente los caminos que nos señala el Señor.
Hoy nos dice también que El es la puerta, la única puerta por la que podemos entrar para alcanzar la salvación; la única puerta donde vamos a ir y encontrar la fuente del agua viva de la gracia que nos santifica; la única puerta por la que podemos acercarnos para escuchar su Palabra, una Palabra que nos llena de vida, que nos santifica, que nos conduce por los verdaderos caminos que nos conducen a Dios. ‘Yo soy la puerta; quien entra por mí se salvará y podrá entrar y salir y encontrará pastos’, nos dice el Señor.
Pero Jesús además ha querido dejarnos también a quienes en su nombre sean pastores del pueblo de Dios para que realicen ese mismo actuar de Cristo. Escogió a los Doce apóstoles a los que enviará por el mundo con su misma misión, pero sigue llamando a los que El quiere que continúen con la misma misión. Son los pastores del pueblo de Dios que en nombre de Cristo siguen anunciándonos la Palabra del Señor y siguen conduciéndonos a la fuente de la gracia divina que nos sane, que nos llene de  vida, que nos alcance la salvación.
Hoy es un buen momento para que todos reconozcamos y oremos por aquellos que realizan esa misión pastoral dentro de la Iglesia en nombre de Cristo Buen Pastor. Es una tarea grande que el Señor ha querido confiar a personas como nosotros, a los que llama de manera especial, con una vocación especial, instrumentos de barro con las mismas debilidades que los demás cristianos pero que han de asemejarse a Cristo Buen Pastor para realizar su misión. Y aquí toda la comunidad eclesial ha de estar al lado de sus pastores, valorando la misión que de Cristo han recibido, pero orando por ellos para que no les falte nunca la gracia del Señor para realizar su misión de la manera más santa posible.
Por eso hoy es también día de oración por las vocaciones. La mies es abundante, pero los obreros son pocos, nos decía Jesús en el Evangelio cuando aquellas multitudes se acercaban a El para escucharle. Orad al dueño de la mies para que envíe obreros a su mies, nos decía Jesús. Es lo que siempre hemos de hacer, pero que de manera especial hacemos en este domingo, pidiendo al Señor que sean muchos los llamados al sacerdocio, a consagrarse en la vida religiosa en sus diferentes carismas por el Reino de Dios, o a los distintos ministerios en tantos campos de apostolado que tenemos ante nosotros.
Oramos para que haya buenos pastores para el pueblo de Dios según el corazón de Cristo. Como decía el santo Cura de Ars, ‘un buen pastor, según el corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, a una comunidad eclesial, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina’.
Que así elevemos siempre nuestra oración al Señor para que conceda esos tesoros a la Iglesia con abundantes vocaciones; pero así hemos de elevar también nuestra oración al Señor pidiendo por nuestros pastores, por los sacerdotes, por los religiosos y religiosas, por los misioneros, por todos los que realizan una función pastoral dentro de la Iglesia; que se manifieste así la misericordia del Señor. Cristo, Buen Pastor, nunca nos abandona.

sábado, 3 de mayo de 2014

Un camino de desesperanzas y derrotas trasnformado en camino de luz y de vida nueva



Un camino de desesperanzas y derrotas transformado en camino de luz y de vida nueva

Hechos, 2, 14.22-23; Sal. 15; 1Pd. 1, 17-21; Lc. 24, 13-35
El camino de Emaús en principio camino de desesperanzas, de derrotas y de silencios se convirtió en camino de luz y de esperanza nueva. Tristes, desilusionados, con la moral hecha añicos y el espíritu por tierra caminaban aquella tarde aquellos dos discípulos hacia Emaús. ¿El reconocimiento de una derrota y de que se desvanecían todas las esperanzas? Aunque el sol no había terminado de ponerse, en su espíritu todo era oscuridad y tinieblas.
Nos pasa tantas veces en la vida cuando fracasamos en aquello en que habíamos puesto tanta ilusión y tanto empeño, cuando se nos desvanecen las esperanzas porque parece que todas las noticias son lúgubres y tristes, cuando el dolor oprime el corazón y nos hace daño por todas partes y no se atisba ningún resquicio de luz. Qué tristeza embarga el alma en momentos así cuando se ha perdido toda esperanza. Parece que las tinieblas nos envuelven.
Pero el sol no había aún terminado de ocultarse en el horizonte, porque ahora iba a su lado, aunque ellos no se daban cuenta. Quien caminaba a su lado parecía no se consciente de la oscuridad que les envolvía por lo que les pregunta por qué esa tristeza y ese decaimiento que más que caminar parecía que se arrastraban por el camino sin tener horizontes ni metas. Allí estaba una luz que quería brillar en sus corazones pero por ahora las puertas y ventanas del alma estaban cerradas sin dejar entrar esa luz.
Aunque les embargaba el dolor y la desilusión por lo que parecía un fracaso, sin embargo ellos seguían amando a Jesús. A la pregunta del que parecía forastero que con ellos caminaba con entusiasmo comenzaron a recordarlo y a contarle un resumen de lo que había sido su vida, de las esperanzas que había suscitado, pero también de la pasión y muerte con que para ellos había acabado todo.
Recordaban que había  anunciado que resucitaría, pero era el tercer día y ellos nada habían visto, aunque llegaron noticias de la tumba vacía que ya se habían apresurado los sumos sacerdotes y principales de la ciudad a dejar correr la noticia de que sus discípulos habían robado su cuerpo; ellos si sabían lo que contaban las mujeres del sepulcro vacío, de apariciones de ángeles y de anuncios de que estaba vivo, pero para ellos todo se quedaba en sueños visionarios. Venían contando todo eso ‘pero a El no lo vieron’.
‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!’, les recrimina. Un suspenso en el conocimiento de las Escrituras, viene a decirles de una forma u otra. Aquel caminante sí conocía bien y manejaba las Escrituras. Comenzó a explicarles; comenzó la catequesis.
¿No os habéis fijado bien en lo que anunciaron los profetas?, venía a decirles. Nunca hablaron de un Mesías belicoso y triunfador; eso era lo que ustedes se habían imaginado como salida por haberlo estado pasando mal en relación con los pueblos que os dominan. Cuando nos sentimos oprimidos por algo parece como que lo que desearíamos es escachar de la forma que sea a quien nos lo está haciendo pasar mal. Aparece fácilmente en nuestro corazón el deseo de la venganza y la revancha.
Pero los profetas hablaban del siervo de Yahvé que sería llevado como cordero al matadero, las descripciones que hace Isaías no son tan agradables a su visión. Podríais recordar lo que tantas veces habéis rezado en los salmos que hablan de burlas y desprecios para el inocente. O podréis recordar lo que pasaron los patriarcas antiguos o los profetas. La obediencia de Abrahán en su fe le llevó al punto de sacrificar a su propio hijo; y los profetas como Jeremías fueron insultados, encarcelados, despreciados.
‘¿No era necesario que el Mesías padeciera todo eso para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’. Y podría decirles también, ¿no recordáis lo que yo os anunciaba que no hay amor más grande que el que da la vida por el amado? ¿No recordáis que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir? ¿No recordáis que para ser grande y entrar en la gloria había que saber hacerse el último y el servidor de todos? Muchas cosas les recordaría Jesús mientras caminaba con ellos y ellos no lo reconocían.
Pero sus corazones se iban caldeando; más tarde recordarían que ‘les ardía el corazón mientras les hablaba por el camino y les explicaba las Escrituras’. Si a los doce en el cenáculo les había lavado los pies para que comprendieran bien que era el Maestro y el Señor, ahora a estos caminantes desilusionados que marchan y en cierto modo huyen a Emaús les está lavando el corazón, porque en ellos se está produciendo un cambio grande. Han comenzando a dejar de pensar en sí mismos y en sus tristezas para abrir los ojos y darse cuenta del caminante que va a su lado. El amor, la generosidad y la disponibilidad se van despertando de nuevo en sus corazones y ahora no permitirán que el caminante siga su camino porque no solo el camino puede ser peligroso sino que ellos también lo necesitan, necesitan seguir estando con El. Algo de luz comienza a brillar en sus corazones
‘Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída’. Se están dando cuenta que había tinieblas en su corazón, pero ahora no quieren perder la luz. El cambio se está produciendo en sus corazones y ahora se irán sucediendo los signos con rapidez de vértigo ante sus ojos y se correrán los velos que les impedían ver y reconocer. ‘Entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero El desapareció’.
‘¡Era verdad, ha resucitado el Señor!’ y se ponen de nuevo en camino porque ya no hay tinieblas sino que tienen luz en el alma. Han visto al Señor, ha caminado con ellos en el camino y se ha sentado a su mesa. Entendían ahora mejor la alegría de los ciegos cuando recobraban la vista, porque habían estado bien ciegos y al final volvió la luz a su alma; podían entender por qué los leprosos daban saltos de alegría y corrían a contárselo a los suyos, porque la desilusión y la desesperanza que se les había metido en el alma era la peor lepra y Jesús con su presencia, con su Palabra, con los signos de la Eucaristía les había lavado el corazón y había renacido la esperanza en sus vidas.
Cuando se dieron cuenta de que Jesús había estado con ellos, aunque ahora ya de nuevo  no lo veían salieron corriendo porque la buena noticia había que comunicarla, no se la podían quedar para ellos sino que tenían que compartirla con los hermanos. Ahora no temían oscuridades en los caminos, pues aunque el sol se hubiera ocultado en el horizonte al caer la tarde ellos estaban viviendo un día nuevo radiante de luz y ya nada era dificultad para  ellos que se sentían hombres nuevos afortunados de haber estado con el Señor. Ahora el camino de regreso de Emaús se convirtió en un camino de luz - ya lo había sido antes aunque no se dieran cuenta porque iba el Señor con ellos - y un camino de esperanza nueva.
Pero necesitamos nosotros vivir esta experiencia de resurrección. Jesús también viene a nuestro encuentro y camina a nuestro lado y nos explica la Escrituras y parte para nosotros el pan. En serio preguntémonos, ¿estamos ahora en estos momentos viviendo esa experiencia de resurrección, de sentir a Cristo resucitado con nosotros que también nos quiere hacer ardes nuestros corazones?
Cuidado que los agobios de la vida nos distraigan y no nos dejen ver esa presencia del Señor. También vivimos momentos malos en que nos podemos llenar de desilusión y perder la esperanza, en que los problemas o los sufrimientos que padezcamos nos encierren en nosotros mismos y no seamos capaces de darnos cuenta de que el Señor está a nuestro lado. Abramos los ojos de la fe; despertemos nuestro espíritu; caigamos en la cuenta de cómo parte el pan el Señor para nosotros en esta Eucaristía. Aprendamos a sentir esa presencia del Señor.
Pero tenemos que darnos cuenta de una cosa más; en nuestro entorno hay muchas desesperanzas y derrotas que tenemos que curar. Esos caminos oscuros por los que caminan nuestros hermanos nosotros tenemos que iluminarlos haciendo presente a Jesús en medio de nuestro mundo. Ahí está la tarea que nos queda y el compromiso.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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