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Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 20 de septiembre de 2014

La generosidad de Dios en su amor hacia nosotros es sorprendente pero nos pide respuesta generosa en nuestro compromiso

La generosidad de Dios en su amor hacia nosotros es sorprendente pero nos pide respuesta generosa en nuestro compromiso

Is. 55, 6-9; Sal. 144; Filp. 1, 20-24.27; Mt. 20, 1-6
La generosidad del amor del Señor para con nosotros siempre nos resulta tremendamente sorprendente. Nuestras categorías humanas, los criterios por los que muchas veces nos regimos los hombres muchas veces los encorsetamos de tal manera que no nos podemos salir de la regla, y aunque decimos que queremos ser humanos los unos con los otros en todas nuestras relaciones algunas veces andamos excesivamente atados a unas medidas que nos imponemos y tenemos el peligro de hacernos intransigentes y hasta inhumanos. Por eso nos sorprenderá siempre la generosidad del amor del Señor.
Pero, ¿hasta dónde llega nuestro amor y nuestra generosidad? Desde esa tentación de mirarnos a nosotros mismos que todos tenemos fácilmente ponemos límites y reglas diciéndonos que en esto sí podemos ser generosos, pero en aquello otro quizá no es necesario llegar a tanto y cosas así que algunas veces hasta nos imponemos decimos guiados por la justicia.
Pero ya sabemos generosidad del amor del Señor supera esos limites o esas reglas que nosotros nos imponemos. Ya nos decía el profeta en la primera lectura desde la Palabra que el Señor quería dirigirnos, ‘mis planes no son vuestros planes, vuestros caminos no son mis caminos’, y nos había señalado que aunque fuéramos malvados y pecadores, si nos volvemos al Señor y vamos a su encuentro arrepentidos siempre vamos a encontrar la piedad y la misericordia del Señor, porque como decíamos en el salmo ‘el Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad, el Señor es bueno con todos,  cariñoso con todas sus criaturas’.
Los caminos del Señor son excelsos e infinita es siempre su misericordia. Ojalá nosotros aprendiéramos a actuar así en nuestra relación con los demás. Y lo que tenemos que saber hacer es que nuestros planes, nuestros caminos, los criterios de nuestra vida estén de verdad en consonancia con lo que nos enseña en el evangelio.
El evangelio que hoy hemos escuchado nos sorprende. Son muchas las cosas que el Señor quiere decirnos con esta parábola. Recordamos, el propietario que sale en diversas horas del día a la plaza para buscar jornaleros para su viña. Desde el principio había quedado en pagarles un denario a cada uno por su trabajo; pero eso había sido con los primeros que había contratado, luego les dirá que les pagará lo debido.
Será al final de la jornada cuando comience a retribuir el trabajo que han realizado aquellos jornaleros cuando a todos da un denario; comenzó por los de la última hora y ya los primeros pensaban que a ellos les daría más. Reclaman pero el propietario les dice que les da lo justo, porque es en lo que habían quedado. Es entonces cuando habla de la generosidad de su corazón con la que quiere actuar con todos. Les sorprende con la generosidad con la quiere pagar a todos sea la hora que fuera a la que hubieran llegado a trabajar.
Nos está hablando de la generosidad del corazon del Señor que desborda nuestros criterios y nuestras maneras de actuar. ¿Merecemos por mucho que hayamos hecho la generosidad del amor del Señor que siempre nos ama, aunque seamos débiles, aunque quizá no rindamos todo lo que tendríamos que rendir, aunque muchas veces vayamos dando tropiezos por la vida?
Es la grandeza del amor de Dios. ¿No nos ama el Señor aunque nosotros seamos pecadores? Ya nos decía san Juan en sus cartas que el amor de Dios consiste no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó primero. Y san Pablo nos dice que Dios nos salva gratuitamente por su bondad y su amor gracias a la redención de Jesucristo. Y nos dirá que siendo nosotros pecadores, Cristo murió por nosotros, y ahí se manifiesta la grandeza del amor de Dios. Así  nos sorprende el amor de Dios.
Nuestra respuesta tiene que ser la fe y el amor. ¿Cómo no vamos a creer en quien tanto nos ama? ¿Cómo no vamos a poner toda nuestra fe y nuestra confianza en El cuando así se ha dado por nosotros? Una fe que se va a manifestar en las obras de nuestro amor, porque sintiéndonos así amados de Dios no podemos menos que amar de la misma manera.
La parábola del evangelio, como venimos comentando y como hemos escuchado en su proclamación, nos habla de ese propietario que va saliendo a distintas horas a buscar jornaleros para su viña. Es la llamada que el Señor va haciendo a nuestra vida. Una llamada a que nos convirtamos de corazón a El y una llamada a que entremos a formar parte de su Reino, pero trabajando por el Reino de Dios. Muchas cosas podemos considerar desde esa llamada que nos hace el Señor.
La primera llamada, por así decirlo, es a que pongamos toda nuestra fe en El, seguirle. Es lo que vamos escuchando continuamente a lo largo del Evangelio. Y poner nuestra fe en El y seguirle nos exige esa conversión del corazón, porque es darle la vuelta a nuestra vida para vivir no según nuestros criterios o caminos sino según el plan del Señor. Es aceptar el evangelio, esa buena nueva de salvación que tiene para nosotros. Fue su primer anuncio. Y muchas cosas tenemos que transformar en el corazón.
Y en esa llamada a trabajar en la viña podemos ver lo que nos va pidiendo el Señor en cada hora de nuestra vida para la construcción del Reino de Dios. ‘¿Cómo es que estáis ociosos, sin trabajar todo el día?’ les pregunta a aquellos que se encuentra en la plaza sin hacer nada. ¿Nos podrá preguntar el Señor eso a nosotros también? 
¿Dónde está el compromiso de nuestra fe? ¿En qué se manifiesta? ¿Andaremos también cruzados de brazos pensando que son otros los que tienen que realizar la tarea? Grande es la tarea que un cristiano tiene que realizar en su mundo desde el compromiso de su fe. El testimonio que tenemos que dar en nuestra vida no lo podemos ocultar, pero además es en tantas cosas en las que podemos comprometernos. Ahí tenemos delante de nosotros todas las tareas pastorales que se realizan en nuestras parroquias y donde tenemos, como se suele decir, que arrimar el hombro; manifestar nuestro compromiso dedicando nuestro tiempo, ofreciendo nuestra colaboración, asumiendo tareas.
Muchas son las cosas que tenemos que hacer trabajando así en la viña del Señor. Sabemos que la recompensa del Señor no nos faltará como nos faltará nunca su amor en donde encontramos la fuerza y la gracia para realizar ese compromiso y esa tarea que asumamos. Muchas veces los cristianos le piden una serie de servicios a las parroquias para que nos atiendan en esto o en aquello otro, pero no pensamos que todo lo que es la vida de una parroquia solo se puede realizar con la colaboración de todos. Pedimos pero no somos capaces de ofrecernos para realizar alguna tarea. Exigimos quizá pero nosotros no somos capaces de comprometernos. Y me pregunto ¿y entonces quien es el que lo hará?
No olvidemos, por otra parte, que trabajar por la viña del Señor, por el Reino de Dios se realiza también a través de esos pequeños gestos de amor, de cercanía, de generosidad que cada día podemos y tenemos que realizar con quienes están a nuestro lado. Ese testimonio de las pequeñas cosas hechas con amor es anuncio y es testimonio y también pueden atraer a los demás a que vengan por los caminos del Evangelio y sabemos que la recompensa del Señor será siempre grande, porque ni algo tan sencillo como un vaso de agua dado en su nombre se quedará sin recompensa. 

sábado, 13 de septiembre de 2014

La prueba más grande de que le importamos a Dios es la Cruz de Cristo

La prueba más grande de que le importamos a Dios es la Cruz de Cristo

Num. 21,4-9; Sal. 77; Fil. 2, 6-11; Jn. 3, 13-17
La prueba más grande de que a Dios si le importa el hombre, sí le importa la humanidad es la cruz de Cristo que estamos contemplando. De ninguna manera podemos decir que no le importemos a Dios. Como nos dirá Jesús en el evangelio la mayor prueba de amor es dar su vida por el amado. Aquí estamos contemplando esa prueba suprema del amor de Dios. Ahora estamos contemplando cómo Dios nos entrega a su Hijo por el amor que nos tiene, lo que viene a significar la afirmación con la que iniciábamos esta reflexión. Sí le importamos a Dios.
Hoy estamos celebrando esta fiesta grande de la Exaltación de la Santa Cruz y bien sabemos que cuando miramos a la Cruz no nos quedamos en la materialidad de un instrumento de suplicio sino que contemplamos a quien en ella por nosotros se entregó. Exaltamos la Cruz y la veneramos no porque deseemos el sufrimiento por el sufrimiento, la muerte en el suplicio de la cruz por querer buscar la muerte, sino por todo lo que significa para nuestra Salvación cuando Cristo en ella se entregó por nosotros.
Es la prueba del amor; por eso como en un estandarte la levantamos en lo alto porque nuestra mirada a través de la cruz quiere llegar hasta el amor de Dios. El verdadero estandarte de nuestra vida, el verdadero santo y seña de nuestra vida es el amor que lo significamos, es cierto, en la cruz pero contemplando el amor de Dios y aprendiendo de su amor para nuestro amor. Ya lo hemos escuchado en el evangelio ‘lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en El tenga vida eterna’.
Hace mención a lo que escuchamos en el libro de los Números del Antiguo Testamento. El pueblo caminaba por el desierto; el camino era duro, porque todo eran dificultades; parecía que en lugar de avanzar hacia la tierra prometida lo que hacían era retroceder; el pueblo murmura contra Moisés y contra su Dios; piensan quizá que ya no le importan a Dios que los ha abandonado su suerte en el desierto; son invadidos por una plaga de serpientes venenosas del desierto, y ahora es cuando claman pidiendo socorro a su Dios. Moisés levanta en un estandarte una serpiente de bronce, quienes la miran son curados de las mordeduras de las serpientes. Aquella mirada hacia lo alto de aquel estandarte era una señal de cómo querían invocar a Dios arrepentidos de su pecado, y son liberados de aquel mal.
Ahora en el evangelio se nos recuerda aquel episodio, pero quien va a estar levantado en alto, como en un estandarte no es una serpiente de bronce, sino que en lo alto de la Cruz estará Jesús. Dios no se ha olvidado de su pueblo ni lo ha abandonado a su suerte, aunque lo mereciéramos por nuestro pecado; Dios sigue amando a su pueblo, nos sigue amando. Nos envía a su Hijo. Tanto amó Dios al mundo que nos entregó a su Hijo, como tantas veces hemos escuchado en el evangelio y lo hemos meditado. No nos podemos sentir desamparados de Dios porque sí le importamos a Dios, que para nosotros tiene vida y salvación. Pero es necesario levantar nuestra mirada a lo alto, levantar nuestro corazón a Dios con fe, para poder alcanzar la vida eterna. ‘Para que no perezca ninguno de los que creen en El sino que tengan vida eterna’.
Quienes no han puesto esa fe y esa esperanza en el Señor necesariamente tienen que vivir una vida triste aunque traten de acallar sus tristezas de mil maneras con fiestas y alegrías externas.  Cuántos sucedáneos de la verdadera alegría nos vamos encontrando en la vida de tantos y cuidado no nos pase a nosotros. Sin el sentido de la fe es como quien se siente desamparado y solo, como si  no importara a nadie. Son experiencias humanas que muchas veces podemos encontrarnos a nuestro alrededor si vamos con una mirada abierta y atenta.
Qué triste es escuchar a alguien que te dice, ‘yo no le importo a nadie, porque a mi nadie me quiere ni nadie hace nada por mi’; son personas que quizá por haber pasado por situaciones familiares difíciles en las que quizá las habrá faltado el cariño de un hogar, de una familia, o personas que tienen fracasos en la vida y se ven solos y abandonados, no saben a quien acudir porque piensan que no interesan a nadie. Muchas personas así se van encontrando en la vida; muchas veces he escuchado frases así.
Es duro. Pero esa experiencia humana se transforma para muchos en una triste experiencia espiritual cuando les falta la fe, cuando les falta el sentido de trascendencia a su vida, cuando no han vivido ni conocido lo que son los verdaderos valores espirituales y solo viven a ras de tierra en el día a día de su vida viendo pasar los acontecimientos que para ellos no parecen tener sentido. Cómo necesitan en su vida ser iluminados por la luz de la fe; cómo tendrían que aprender a mirar a lo alto, y descubrir en la cruz y desde la cruz de sus vidas que no están solos porque hay siempre un amor que no nos faltará, que es el amor de Dios, que tenemos que aprender a descubrir.
Es la mirada que nosotros los creyentes queremos levantar en este día para contemplar la cruz de Cristo, donde contemplamos el amor que Dios nos tiene, donde llegamos a descubrir que sí le importamos a Dios. Grande tiene que ser el valor de nuestra existencia cuando Dios nos entrega así a su Hijo amado y predilecto.
Ese amor de Dios que se nos manifiesta en la Cruz es un amor muy especial, porque es un amor a pesar de que en nosotros no haya amor sino pecado; es un amor que nos llena de vida y nos resucita; es un amor que nos perdona y nos redime; es un amor que hace nacer en nosotros una nueva vida y un nuevo sentido del vivir y del amar. Es el amor que se nos manifiesta en la cruz de Cristo, pero se está haciendo presente también en la cruz de cada día de nuestra vida, porque Cristo ha asumido en su Cruz nuestras cruces, nuestros dolores y nuestros sufrimientos, nuestras angustias y también las desesperanzas que muchas veces nos tientan; con su Cruz Cristo irá transformando nuestras cruces para hacer que de las espinas de nuestro desamor y nuestro pecado, por la fuerza de la gracia, comiencen a florecer las flores y los frutos de un amor nuevo, de una vida nueva de resurrección.
La Cruz de Cristo nos engrandece, porque por la entrega de Cristo en la Cruz nos ha llegado la redención y el perdón; ha llegado a nosotros la vida nueva de la gracia que nos hace sentirnos amados y valorados de manera que ya nunca podemos decir que no importamos a nadie, porque sí le importamos a Dios; pero por la Cruz de Cristo entramos en el camino de una vida nueva, de un estilo nuevo de vivir desde un amor semejante al amor que Cristo nos tiene.
Ahora comenzaremos a mirar la cruz de una manera distinta; ahora comenzaremos a darle un sentido nuevo a la cruz de nuestros sufrimientos y problemas; viendo el amor que Dios nos tiene aprenderemos a poner amor en esa cruz de cada día haciendo de ella una ofrenda de amor; pero es además que ahora comenzaremos a fijarnos de una manera nueva en la cruz de los demás, y en nombre de ese amor aprenderemos a acercarnos a ellos de una forma distinta. Tenemos que repartir amor; tenemos que hacer comprender que el amor es el que nos salva y el amor de Dios no nos faltará nunca; tenemos que comenzar a ser nosotros signos de ese amor de Dios por la manera que nos acerquemos a los otros y los acompañemos para ayudarles a descubrir esa luz del amor de Dios.
Y es que esa Cruz de Cristo que nos ha engrandecido con la salvación que de ella mana, nos compromete; no podemos ya vivir de la misma manera; ya nuestra mirada hacia Dios tiene que ser una mirada agradecida por el amor; pero otras y nuevas tienen que ser las actitudes que tengamos hacia los demás; en ellos estamos viendo a otro Cristo a quien amar, porque ya sabemos que no podemos decir que amamos a Cristo si no amamos a los demás y sobre todo a los que con mas intensidad cargan con su cruz en la pobreza y en el dolor, en la desesperanza y en las oscuridades de sus vidas. Los amamos como amamos a Cristo; los amamos amando a Cristo en ellos; los amamos con el amor de Cristo; los amamos para hacerles llegar la luz de Cristo.
Celebramos hoy la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz. Miramos a lo alto de la Cruz y nos encontramos con Cristo; es el que se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, una muerte de Cruz. Pero es el Señor, Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre sobre todo nombre, de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble, en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre.

Miramos a la Cruz, contemplamos a Cristo y no podemos menos que decir, ‘gracias, Señor, por tanto amor.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Un amor comprensivo y respetuoso, delicado y humilde, que busque el bien y que ayude a corregirse y superarse al hermano

Un amor comprensivo y respetuoso, delicado y humilde, que busque el bien y que ayude a corregirse y superarse al hermano

Ez. 33, 7-9; Sal. 94; Rm. 13, 8-10; Mt. 18, 15-20
 ‘A nadie le debáis nada más que amor…’ nos dice san Pablo hoy. Para pensar. Sí, es necesario detenerse un poco a pensar, a reflexionar, a saborear lo que el Señor quiere trasmitirnos. Cuando nos acercamos a la Palabra de Dios y queremos escucharla de verdad para plantarla en nuestro corazón y en nuestra vida no podemos venir con prisas. Hemos de tratar de serenarnos dentro de nosotros mismos olvidando prisas y agobios para poder saborear bien toda la riqueza que nos ofrece la Palabra de Dios. Además la Palabra del Señor siempre llena de paz nuestro corazón. Demasiado corremos en la vida y así tenemos el peligro de caer fácilmente por la pendiente de las superficialidades.
¿Cuáles son nuestras deudas?, quizá tendríamos que preguntarnos. ¿Qué es lo que realmente nos debemos los unos a los otros? Algunas veces tenemos excesivamente marcada nuestra vida o nuestras mutuas relaciones por demasiadas cosas negativas. Guardamos demasiadas cosas en el corazón que nos hacen daño. Y con ello hacemos daño a los demás y nos hacemos daño a nosotros mismos. Tendríamos que guardar lo bueno, buscar lo bueno, ser capaces de ver siempre lo bueno de los otros, pero ya sabemos cómo somos.
Ahora nos dice el apóstol que  ‘A nadie le debáis nada más que amor…’ ¿Qué significa esa deuda de amor? A continuación nos dice ‘porque el que ama tiene cumplido el resto de la ley’, para que así comprendamos mejor lo que nos puede llevar a una plenitud de vida.
Todo tenemos que centrarlo en el amor. Es la base de nuestra vida, de nuestras relaciones con los demás, del cumplimiento de nuestras responsabilidades y obligaciones, de todo lo que hagamos. Es en verdad lo que tendría que dar sentido a toda nuestra vida. Amando seremos en verdad felices y haremos felices a los que amamos. Amando de verdad estaremos haciendo un mundo mejor, porque el amor hará desaparecer todas las sombras de los odios y de los egoísmos, de los orgullos y de los recelos, nos haría mirarnos de una manera más luminosa y aprenderíamos de verdad a aceptarnos y a convivir, a caminar juntos y a ser solidarios, a ayudarnos y a hacernos mejores. Como terminaba diciendo el apóstol en el texto de hoy ‘uno que ama a su prójimo no le hace daño; por eso amar es cumplir la ley entera’.
En el salmo fuimos repitiendo haciéndolo oración ‘ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón’. Que sea nuestra súplica de verdad y seamos capaces de abrir bien nuestro corazón y nuestra vida toda al Señor y a su palabra.
Cuántas veces nos sucede que tenemos claro delante de nosotros lo que el Señor nos dice o nos pide, pero nos cuesta escucharlo y entenderlo quizá por aquellas cosas negativas de las que hemos llenado nuestra vida, como decíamos antes. Se nos endurece el corazón. Se hace como una costra impenetrable que no deja que llegue a nosotros esa luz de su gracia. Y en este tema del mandamiento del amor que el Señor nos dejó como su único y principal mandamiento andamos demasiado con los oídos cerrados y cegados. Sabemos cuál es el camino pero no hacemos sino poner pegas y siempre decimos que no amamos como tendríamos que amar por culpa del otro. Cuántas disculpas nos buscamos.
El amor es el color que debe impregnar nuestra vida, todo lo que hagamos. Será el amor lo que nos motive en nuestras relaciones fraternas y nos ayude siempre a buscar el bien de los demás, que no solo es no hacerle daño, sino positivamente buscar lo bueno; es lo bueno que nosotros podemos ofrecerle desde nuestro propio amor lleno de delicadeza, pero lo bueno que queremos que resplandezca también en su vida poniendo siempre delante el respeto y la comprensión. Es a lo que tenemos que ayudarle también en nombre de ese amor que da color y calor a nuestra vida.
Hoy el evangelio nos habla de esa unidad y comunión en el amor que entre todos ha de haber y que se convierte en signo de la presencia del Señor en medio de nosotros; nos da la seguridad de que el Señor está con nosotros si así permanecemos unidos en el amor. ‘Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos’, nos dice. Cuando estamos unidos en el amor estamos unidos en el nombre del Señor. Unión que dará fortaleza y profundidad también a nuestra oración, porque en una oración hecha así tenemos la seguridad de que el Padre del cielo nos escuchará.
Y nos habla también, como una consecuencia de ese amor, de la corrección fraterna, algo muy importante porque todos somos pecadores y estamos sujetos a debilidades y fallos, de lo que mutuamente hemos de corregirnos, ayudarnos para superar esas limitaciones de nuestra vida; nos da las pautas por los que hemos de guiarnos cuando queremos ayudar al otro en este sentido.
Siempre guiados por el amor y son suma delicadeza; nunca la corrección se puede convertir en un juicio ni en una condena; siempre tenemos que tener una capacidad muy grande de comprensión y respeto; siempre desde un espíritu de humildad sabiendo y reconociendo que también nosotros somos pecadores; siempre con la fortaleza del Señor que estará con nosotros inspirados por su Espíritu para encontrar la mejor manera.
No es fácil, hemos de reconocer, pero el amor que le tenemos al hermano quiere siempre lo mejor y sabremos encontrar la  mejor forma de hacerlo. No podemos ir nunca a corregir al hermano desde unas posturas de superioridad ni con actitudes soberbias. Es el amor el que tiene que guiarnos, y cuando hay amor de verdad, brillará enseguida la delicadeza y florecerá la humildad.
Es la delicadeza con la que mutuamente hemos de tratarnos siempre para sabernos ayudar a salir de las malas situaciones a las que nos lleven nuestros fallos pero también para ser comprensivos y acogedores con el hermano que falla - también nosotros fallamos -, siendo capaces de ofrecer también siempre un perdón generoso. Y es la delicadeza y el amor de la comunidad para con el hermano que yerra, al que siempre tiene que buscar para ayudar y no para condenar. Cuánto nos hacen falta estas actitudes acogedoras y comprensivas, llenas de amor y de humildad para los hermanos que yerran, porque será siempre la mejor manera de ganarlos para los caminos del bien.
Era el sentido también de lo escuchado al profeta en la primera lectura. Una imagen muy expresiva la que emplea el profeta, el centinela que está en la atalaya vigilante y que ha de dar aviso del peligro. ‘A ti hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte, poniendo en guardia al malvado para que cambie de conducta’.
Que el Señor nos llene de su Espíritu de amor que impregne totalmente nuestra vida. Que siempre sea el amor el que inspire y mueva cuanto hacemos. 

sábado, 30 de agosto de 2014

Nos dejamos seducir por el amor de Jesús y con decisión cargamos con la cruz para seguirle

Nos dejamos seducir por el amor de Jesús y con decisión cargamos con la cruz para seguirle

Jer. 20, 7-9; Sal. 62; Rom. 12, 1-2; Mt. 16, 21-27
Hay un versículo del evangelio del pasado domingo que casi nos pudo haber pasado desapercibido y con el que quiero iniciar esta reflexión. Podíamos decir que aquella recomendación que les había Jesús a los apóstoles después de la confesión de fe de Pedro la podemos entender mejor con lo que hoy hemos escuchado, que por otra parte es continuación lineal del texto del evangelio del pasado domingo.
‘Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que El era el Mesías’. ¿Por qué esa recomendación precisamente después de la confesión de fe de Pedro ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’? Podría parecernos que no tenía sentido esa prohibición, si Jesús venía precisamente como Mesías y era lo que venía a realizar y así había de darse a conocer.
Había que entender bien lo que significaba ser el Mesías y lo entendemos ahora viendo la reacción de Pedro a las palabras que pronuncia Jesús hoy. ‘Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día’.  Jesús está anunciando su Pascua.
Era ese el sentido de Cristo Mesías que les costaba entender. Pedro, como los otros discípulos, no estaba de acuerdo con Jesús, porque un Mesías no debía sufrir, según lo que siempre se había enseñado en las tradiciones judías; eso desmontaba su visión mesiánica. Para ellos el Mesías era un caudillo triunfador que iba a liberar a Israel del sometimiento a los pueblos extranjeros. Se iba a restaurar el Reino de David, con todos aquellos esplendores, aunque eso significara mil batallas y guerras para expulsar al extranjero invasor y todo eso acaudillado por el Mesías. Era el concepto, la idea que tenían muchos en Israel.
‘No lo permita Dios. Eso no puede pasarte’, y se puso Pedro a increpar a Jesús porque no podía aceptar lo que Jesús les estaba anunciando, porque aquello sonaba a derrota y no a victoria. Pedro pensaba a la manera de los hombres. Ya se lo dirá Jesús. A Pedro le costaba entender los caminos de Dios. Por eso Pedro está comportándose como un tentador para Jesús.
‘Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar’, le dice Jesús a Pedro. Es como en las tentaciones del monte de la cuarentena. También allí el diablo tentaba a Jesús para que hiciera cosas extraordinarias, se presentara apoteósico delante de la gente para que causara admiración y la gente lo siguiera; estaba dispuesto Satanás a darle todos los reinos del mundo, si lo adoraba. Es la tentación repetida que va soportando Jesús como vemos a lo largo del evangelio; tanto que incluso cuando llegue el momento de comenzar la pasión llegará a pedirle al Padre que no suceda todo aquello que estaba anunciado. ‘Que pase de mi este cáliz’, pedirá en Getsemaní.
‘Quítate de mi vista Satanás, que me haces tropezar’, le dice ahora a Pedro porque está siguiendo las pautas del tentador. ‘Adorarás al Señor tu Dios, y a El solo servirás’, había dicho Jesús en el monte de la cuarentena. Por encima estará siempre lo que es la voluntad del Padre. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’.
La idea de Pedro es la de un mesianismo fácil, nacionalista, tradicional, religiosamente cómodo. No había aún aprendido a pesar como Dios. Cuando se había dejado conducir por el Espíritu del Padre allá en su corazón había hecho aquella hermosa confesión de fe, como recordamos. Pero ahora aparece el Pedro muy humano que se deja influir por lo que otros dicen, piensan o desean. Será la lucha no solo de Pedro sino de los discípulos siempre que estarán apeteciendo primeros puestos o recompensas. ‘A nosotros que lo hemos dejado todo ¿qué nos va a tocar?’ se preguntarán en más de una ocasión.
Por eso Jesús tendrá que repetirles una y otra vez el estilo y el sentido del verdadero discípulo que sigue a Jesús. Se sigue a Jesús no para imponerle sus caminos a Jesús, sino para seguir el camino de Jesús. También el discípulo tendrá que entender lo del camino de la cruz, el camino de la entrega, el camino de perder para sí mismo para poder ganar la vida que vale para siempre. Tendrá que aprender el discípulo que no valen las ganancias fáciles o que consigan tener todas las cosas si no tienen la más importante.
El que quiera venirse conmigo, el que quiera ser mi discípulo, ha de seguir mis mismos pasos, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? ¿o qué podrá dar para recobrarla?
Cargar con su cruz, la propia, la que cada uno tiene en la vida. No es que busquemos la cruz por la cruz, el dolor por el dolor, o el sufrimiento por el sufrimiento. Jesús nos quiere felices; para nosotros ha trazado el camino de las bienaventuranzas que es querer llamarnos dichosos y felices. Ese camino de las bienaventuranzas que nos hablará de ser pobres y desprendidos, como nos hablará de pureza de corazón; que nos hablará de sentir dolor y sufrimiento con el sufrimiento de los demás en la búsqueda de la justicia y nos hablará de una vida comprometida totalmente en la búsqueda de la paz y del bien; como nos hablará de que no seremos comprendidos o incluso podemos ser vituperados o perseguidos. Pero en todo eso nos vamos a sentir felices y dichosos en la plenitud del Reino de los cielos.
No buscamos amarguras, pues, sino que queremos vivir como Jesús, queremos vivir en el amor. Y el que ama, se da, se entrega hasta el final. Y eso es costoso. No es un camino de rosas porque cuando amamos tenemos que saber negarnos a nosotros mismos para comenzar a pensar más en aquellos que amamos, cuando queremos emprender el camino de las bienaventuranzas ya sabemos a lo que nos comprometemos. Tenemos que aprender a decirnos no para hacer saltar los cercos que nos crean el egoísmo, la ambición, el orgullo y tantas pasiones. Y ahí tenemos la cruz.
Pero lo hacemos por amor. Tomamos la cruz por amor y con total libertad. Como subió Jesús de manera libre hasta Jerusalén aunque sabía que iba a costarle pasión, cruz, muerte, pero sabía que era el camino de la vida. Y no le fue fácil a Jesús porque la tentación estaba siempre presente, el tentador estaba al acecho, como estuvo en el monte de la cuarentena o como se vale ahora de Pedro para ser también una tentación para Jesús.
Es el camino que nosotros emprendemos, que sabemos que no nos será fácil porque también el tentador estará al acecho para hacernos tropezar. Cuántos escollos vamos a encontrar en nuestro propio corazón que tendremos que aprender a superar. Es cargar con la cruz, con mi cruz, pero que será el camino que nos llevará a la vida.
¿Cómo podremos llegar a emprender un camino así que sabemos que nos puede ser costoso y doloroso? Recordemos lo que decía el profeta en la primera lectura. ‘Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir…’ Es la seducción del amor. ¡Cómo tenemos que caldear nuestro corazón en el amor de Dios! Dejarnos seducir por el amor de Dios para vivir en su mismo amor. El profeta reconoce sin embargo que era el hazmerreír de todos y todos se reían de él. La Palabra del Señor que había recibido algunas veces le quemaba en su interior, pero era más fuerte el amor del Señor del que se sentía totalmente cogido, atrapado.

¿Vivimos nosotros un amor así? ¿Así nos sentimos seducidos por el amor de Dios, como dos enamorados que se sienten seducidos el uno del otro por el amor que se tienen? Cultivemos ese amor de Dios en nuestra vida. Que en verdad tengamos ansias de Dios, sed del Dios vivo, como hemos repetido en el salmo.

viernes, 22 de agosto de 2014

Confesamos nuestra fe en Jesús en plena comunión de Iglesia como no entendemos la Iglesia sin la confesión de fe en Jesús

Confesamos nuestra fe en Jesús en plena comunión de Iglesia como no entendemos la Iglesia sin la confesión de fe en Jesús

1s. 22, 19-23; Sal. 137; Rm. 11, 33-36; Mt. 16, 13-20
La verdadera confesión de fe en Jesús ha de tener siempre una referencia a la Iglesia, porque es en ella donde podemos hacer esa confesión de fe en Jesús con mayor plenitud y autenticidad; de la misma manera que nunca podremos entender el sentido de la Iglesia sin la referencia a la fe en Jesús, porque si no es desde esa fe no podremos entender nunca el sentido de la Iglesia.
Fijémonos en el evangelio que hemos proclamado; es tras la confesión de fe de Pedro en Jesús cuando Cristo anuncia la constitución de la Iglesia; podríamos decir que de la confesión de fe de Pedro en Jesús nace la  Iglesia, se instituye la Iglesia. Y será ahí en la Iglesia donde está la garantía de nuestra fe.
Vayamos por partes. Jesús está casi en los límites de Palestina con los discípulos en unos momentos de mayor tranquilidad y reposo, pues ahora las multitudes no andan tras Jesús llevándole enfermos o queriendo escucharle. Ya sabemos por otros momentos cómo a Jesús le gustaba llevarse a solas al grupo de los Doce o aquellos más cercanos a El a lugares tranquilos y apartados, aunque no siempre lo consigue. Serán momentos de mayor intimidad, de diálogo más tranquilo entre Jesús y sus discípulos más cercanos, de encuentros más profundos con Jesús.
En este clima surge la pregunta de Jesús, casi como una encuesta, para ver lo que las gentes piensan de El. ‘¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre?’ Allí están las respuestas de aquellos que aún no han llegado a una fe verdadera, aunque aprecian que en Jesús hay algo especial. ¿Será un profeta que ha surgido entre ellos? ¿será Juan Bautista a quien Herodes había decapitado que ha vuelto? ¿será Elías a quien esperaban su vuelta después de ser arrebatado al cielo en un carro de fuego como anunciaban los profetas? ¿será alguien como los grandes profetas antiguos, Jeremías o Isaías? Así se van desgranando las respuestas.
Pero Jesús quiere saber más, qué es lo que piensan ellos que con El han estado y están más cerca. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Y allí está Pedro que se adelanta como siempre. Allí están los impulsos del amor que siente por Jesús o habrá quizá algo más hondo en su corazón que ya no lo sabe por sí mismo. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’. Pero eso Pedro no lo ha podido aprender por sí mismo. Ha sido el Padre del cielo el que ha sembrado ese conocimiento en su corazón. Porque son palabras salidas del corazón. No es una respuesta meramente intelectual. ‘¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’. Es la alabanza de Jesús a la confesión de Pedro pero haciendo dirigir la mirada hacia quien ha sembrado esa sabiduría en el corazón.
Pero inmediatamente viene la promesa de Jesús, la institución de la Iglesia donde vamos en adelante a profesar esa fe verdadera. Pedro ha sido capaz de hacer esa hermosa confesión de fe porque se dejó conducir por el Espíritu divino, el Padre que se lo revelaba en su corazón. Y en esa fe de Pedro vamos para siempre a fundamentar nuestra fe. ‘Tú eres Pedro’, el que has hecho esta confesión de fe, ‘tú eres la piedra sobre la que edificaré mi Iglesia’, en torno a ti, como fundamento porque por esa fe estás unido a mi, todos se van sentir unidos para siempre confesando esa misma fe, todos los que confiesen esa fe van a sentirse Iglesia; y tendrán la garantía de que ‘el poder del infierno no la derrotará’. Y tú, Pedro, que eres piedra, piedra fundamental vas a tener ‘las llaves del Reino de los cielos, y todo lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo’. Está claro lo que es la voluntad de Jesús y su revelación.
Como decíamos al principio desde ahora nuestra confesión de fe verdadera en Cristo ya no la podemos hacer sin la Iglesia. Así lo quiso Cristo; así constituyó a Simón en Pedro, en piedra de esa Iglesia. Tenemos la garantía de la asistencia del Espíritu, como estuvo con Pedro en aquella confesión de fe, así estará también con nosotros si nos sentimos unidos a esa Iglesia. Porque ya nuestra fe no es lo que a nosotros nos parezca, como decían los discípulos al principio recogiendo lo que opinaban las gentes. Es lo que nos ha revelado el Señor lo que vamos a confesar en nuestra fe. Así ponemos totalmente nuestra fe en El.
Y como decíamos, no podemos entender el sentido de la Iglesia sin esa  confesión de fe en Jesús. Sin la fe la Iglesia no tiene sentido, porque no es una organización más, porque no es un ente de poder como pueda haber otros poderes en este mundo; no podemos confundir a la Iglesia con esas entidades de tipo político, social o cultural. La Iglesia es otra cosa que no podemos entender sino desde la fe.
A cuántos le oímos hablar de la Iglesia y no la ven sino bajo esos prismas humanos, esas categorías de nuestro mundo; y claro, no podrán entender lo que es la Iglesia, lo que hace la Iglesia, lo que constituye el ser de la Iglesia. De ahí esos prejuicios que se tienen contra todo el hacer de la Iglesia, y que la quieran ver como una organización de poder más en medio del mundo.
Y esto primero que nada hemos de tenerlo bien claro nosotros, los cristianos, miembros de la Iglesia. Formamos esa comunidad de fe y amor que tiene que hacernos sentir en comunión verdadera de Iglesia. Pero esa comunión, ese sentirnos familia porque somos y nos sentimos hermanos, no nace de unos lazos afectivos, no es por la carne o por la sangre, ni de otros condicionantes o intereses humanos, sino que es desde esa misma fe que tenemos en Jesús y que ahí en la Iglesia profesamos, confesamos, alimentamos y al mismo tiempo nos sentimos impulsados a trasmitirla, a darla a conocer a los demás.
Es la comunión de Iglesia que vivimos y que nos hace sentirnos en verdadera comunión con el Papa, porque es Pedro a quien Cristo constituyó piedra sobre la que se edificaba la Iglesia. No es una organización que busque el poder o que quiere tener en su mano los hilos del mundo; nos une la misma fe que confesamos en Jesús pero desde esa fe sabemos también que tenemos una misión que realizar en ese mundo, no desde el poder sino desde el servicio y desde el amor.
Claro que queremos un mundo mejor y deseamos que los dirigentes de nuestro mundo hagan lo posible porque eso sea realidad; y nosotros desde esa fe y desde ese amor nos sentimos comprometidos y ponemos nuestro granito de arena porque sabemos que solo desde un amor como el que nos enseña Jesús a vivir es como podremos lograr esa paz y ese bien para toda la humanidad.
Fijémonos que desde que falta el amor, aparecen las guerras y la violencia y se destruye la paz y estamos destruyendo nuestro mundo. Ponemos al servicio de ese mundo mejor nuestra manera de entender y de hacer las cosas, y al mismo tiempo rezamos para que quienes tienen en su mano lograr esa paz y bien para todos no cejen en su empeño y en su compromiso. Por eso la palabra de la Iglesia ha de ser siempre una palabra valiente y profética, aunque muchas veces no guste o sea malinterpretada.
Es importante que nos reafirmemos bien en nuestra fe. Tenemos la garantía que nos ha dado Jesús de que si la vivimos en la comunión de la Iglesia no nos faltará esa fuerza del Espíritu para vivirla y confesarla. Tengamos bien claro lo que significa nuestro ser Iglesia y vivamos con orgullo esa comunión de hermanos que nos une de manera especial desde esa fe y desde ese amor. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos lo revela todo allá en lo hondo de nuestro corazón.


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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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