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Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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viernes, 18 de julio de 2014

Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento

Enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento

Sab. 12, 13.16-19; Sal. 85; Rm. 8, 26-27; Mt. 13, 24-43
‘Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’, viene a ser la conclusión de estas parábolas que nos propone Jesús y de sus explicaciones. Para mí son palabras de consuelo y de esperanza, porque a pesar de las oscuridades o de las maldades en que nos veamos envueltos en este camino de la vida al final hay una luz, al final podremos brillar con esa luz si hemos sabido mantener la esperanza y hemos tratado de ser fieles.
Muchas veces decimos que estamos aquí en medio de un valle de lágrimas; es lo que expresamos en esa oración a la Virgen en la que la invocamos como madre y reina de misericordia, a quien acudimos para que después de este valle de lágrimas con ella podamos también alcanzar la gloria del cielo. Es cierto que muchas veces la vida se nos hace dura, son muchos los contratiempos o las tentaciones que tenemos que sufrir y aunque quisiéramos que todo fuera bueno sabemos que el mal y el bien se entremezclan en nuestros corazones, pero también es la realidad del mundo en el que vivimos.
Dios creó el mundo bueno; recordemos aquella primera página de la Biblia en que se nos habla de la creación; ‘y vio Dios que todo era bueno’; así salió de las manos del Creador. Como la buena semilla sembrada en el campo de la vida, tal como nos habla hoy la parábola que Jesús nos ha propuesto.
Pero apareció el mal que pervirtió el corazón del hombre, como nos dice la Biblia. En la parábola se nos habla del maligno que sembró la mala semilla, la cizaña donde el propietario había sembrado buena semilla. ‘¿No sembraste buena semilla en tu campo? ¿de dónde sale la cizaña?’, se preguntan los criados cuando ven aparecer la cizaña en medio de las buenas espigas. ‘Un enemigo lo ha hecho’, es la respuesta.
La parábola es un buen retrato de nuestra vida y de nuestro mundo. Y digo también un retrato de nuestra vida porque no nos podemos poner como fuera del cuadro, como si fuéramos simplemente espectadores y a nosotros eso no nos tocara porque los malos son los otros. Ese mal se nos mete también en nuestro corazón; y aquí tendríamos que decir aquello de que ‘el que esté sin pecado que tire la primera piedra’. Tenemos, es cierto, buenos sentimientos y buenos deseos; queremos obrar con rectitud y hacer las cosas bien; pero bien sabemos que no siempre es así, que somos débiles y pecadores y muchas veces hemos dejado meter el mal en nuestro corazón y no todo lo que hacemos es bueno.
Con realismo tenemos que saber leer la parábola y nuestra vida, pero también con la esperanza que el Señor quiere ofrecernos. Aquellos criados querían arrancar la mala cizaña, pero el propietario tiene otra forma de entender las cosas. Las deja crecer juntas, la buena y la mala cimiente, espera hasta el final, donde será el juicio definitivo. Mientras, podríamos decirlo así, está la esperanza del Señor sobre nosotros.
Cuando vemos el mal que nos rodea - y en eso nos es más fácil ver el mal que nos rodea que el propio mal que hay en nosotros - sentimos el impulso de pensar que por qué no se arranca de una vez para siempre ese mal del mundo; si Dios es tan poderoso y tan bueno y justo, pensamos, por qué con su poder no castiga ya todo ese mal que existe fulminando con un rayo que los destruya a todos los que obran el mal. Así pensamos. Pero ¿cuál es el pensamiento de Dios?
La parábola nos está dando pistas porque nos está hablando de la paciencia misericordiosa de Dios que siempre espera nuestro cambio y nuestra conversión. Cuánto nos habla Jesús de la misericordia de Dios a lo largo del evangelio; cómo se manifiesta Jesús siempre misericordioso y compasivo buscando el cambio y la conversión del pecador.
De ello nos hablaba ya el sabio del Antiguo Testamento que escuchamos en la primera lectura. ¿En qué se manifiesta el poder del Señor? ‘Tu poder es el principio de la justicia, y tu soberanía universal te hace perdonar a todos… juzgas con moderación y nos gobiernas con gran indulgencia… obrando así, enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano y diste a tus hijos la dulce esperanza de que, en el pecado, das lugar al arrepentimiento’. ¡Qué bellas y consoladoras palabras! El Señor nos manifiesta su poder y grandeza no en la fuerza, sino en la misericordia y el perdón. Por eso, teníamos que decir con el salmo, ‘Tú, Señor, eres bueno y clemente’.
Dios nos espera. Su misericordia está siempre presente. Y ese amor y esa misericordia del Señor tiene que movernos a la conversión, a que seamos buena semilla, buena planta que demos buenos frutos. Y de la misma manera que sentimos y experimentamos esa misericordia del Señor sobre nuestra vida, así hemos de mostrarnos nosotros con los demás. ¿Quiénes somos nosotros para condenar? ¿Por qué tenemos que estar siempre mirando que el mal está en los otros y no somos capaces de ver lo malo que hay también muchas veces en nuestro corazón? Por eso, como nos decía el sabio del antiguo testamento ‘enseñaste a tu pueblo que el justo debe ser humano’. Podríamos recordar otras parábolas del evangelio.
Nos queda pensar, siguiendo con el evangelio que hoy hemos escuchado, que esa buena semilla que hay en nosotros, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, hemos de plantarla también para que se haga planta grande que llene de vida nuestro mundo. Esas pequeñas semillas de nuestro amor y nuestra bondad, esos buenos deseos que tenemos ahí dentro de nuestro corazón en la búsqueda de lo bueno, de la verdad, de lo que es justo, vayamos sembrándolas en nuestro mundo porque así desde esas pequeñas cosas que hacemos podemos irlo en verdad transformando.
Nos habla también Jesús, en la otra parábola, de la levadura que hace fermentar la masa. Esa fe que tenemos en nuestro corazón, esos valores del evangelio de los que nosotros queremos impregnar nuestra vida, ese sentimiento espiritual que nos hace tender hacia arriba y nos hace buscar cosas grandes tienen que ser granos de levadura que nosotros vayamos metiendo en la masa de nuestro mundo, tantas veces tan materialista, tan afanado por el consumismo, tan deseoso de placeres terrenales que le impiden dar trascendencia a la vida.
Vayamos llevando esa levadura que tenemos en nuestra vida a ese mundo que nos rodea, y aunque nos parezca que poco podemos hacer, sabemos que basta un puñado pequeño de levadura para que haga fermentar toda la masa. Es lo que podemos hacer con lo que tenemos de bueno en nosotros, con nuestra fe y con nuestros sentimientos espirituales; es lo que podemos hacer acompañando a nuestro mundo y sus problemas con nuestra oración y la vivencia de esos valores espirituales y así podremos hacer en verdad que nuestro mundo sea mejor.
Comenzábamos recordando las palabras finales de Jesús a los comentarios que hizo sobre la parábola; ‘entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre’, y decíamos que esas palabras eran de gran consuelo y esperanza. Pero diría más, son palabras también que nos comprometen; hemos de brillar como el sol en el Reino de nuestro Padre; han de brillas nuestras buenas obras, como nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio, para que todos den gloria al Padre del cielo; hemos de resplandecer porque tenemos que ser buena semilla, levadura que transforme nuestro mundo.
Es el compromiso de nuestra fe que tenemos que vivir de forma concreta ahí en ese terreno de nuestra vida de cada día. Cada día tenemos que hacer un poco mejor el ambiente en el que vivimos, la familia, los amigos de los que nos rodeamos, el lugar de nuestro trabajo, allí donde hacemos nuestra convivencia. Nos quejamos tantas veces que vemos tanto egoísmo, tanto materialismo, tantas maldades. No nos quejemos sino pongamos nosotros bondad, amor, solidaridad, alegría, paz, esperanza, ilusión. Contagiemos, como levadura, de todo eso a los que nos rodean.

Y que nunca, de ninguna manera, nosotros seamos cizaña porque nos domine el egoísmo o la maldad. En eso tenemos que aprender a superarnos cada día. Y lo podemos hacer porque el Espíritu del Señor está en nosotros y El ora en nuestro corazón con gemidos inefables, como nos decía san Pablo, para pedir lo que mas nos conviene; pidamos esa conversión de nuestro corazón para ser siempre buena semilla para los demás, levadura para nuestro mundo.

sábado, 12 de julio de 2014

Superficialidad, inconstancia, dureza de corazón impedirán que la semilla brote y llegue a dar fruto



Superficialidad, inconstancia, dureza de corazón impedirán que la semilla brote y llegue a dar fruto

Is. 55, 10-1; Sal. 64; Rm. 8, 18-23; Mt. 13, 1-23
Nos encontramos hoy ante una de las parábolas quizá más bella de todas las parábolas del Evangelio y también hemos de decir quizá una de las más conocidas. ¿Quién no la ha escuchado más de una vez y también reflexionado y meditado? Pero por eso mismo, me atrevo a decir, puede surgir dentro de nosotros la postura y la actitud más peligrosa que podamos  tener no solo ante esta parábola que ya la damos por sabida sino al mismo tiempo ante toda la Palabra de Dios.
Porque nos la sabemos y hasta somos capaces de darle una explicación ante su sentido nos puede suceder lo que Jesús denuncia con palabras de Isaías y que es lo que le motiva a hablar en parábolas. La propia parábola podría desenmascarnos esas posturas peligrosas que podemos tener ante la propia Palabra de Dios, que cuando la escuchamos la damos ya por sabida y casi pasamos por alto su más profundo sentido.
Nos sucede tantas veces cuando escuchamos el evangelio, que decimos que ya eso lo sabemos y que nos están repitiendo lo mismo. Se nos repite lo mismo, pero ¿damos señales de cambio en nuestra vida? ¿No necesitaremos escucharlo una y otra vez hasta que penetre profundamente en nosotros y nos transforme?
Hoy Jesús nos dice, como decíamos, recordando a Isaías al responder a la pregunta de los discípulos de por qué habla en parábolas. ‘Oiréis con los oídos sin entender;  mirareis con los ojos sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo,  son duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure’.
Sí, conocemos la parábola y la acabamos de escuchar ahora en su proclamación. Fijémonos bien donde está el mensaje, porque Jesús ya nos da una explicación, aunque en nuestra superficialidad tenemos la tentación de quedarnos en la anécdota y pasar de largo. Pero eso es lo primero que Jesús nos denuncia, la superficialidad. La primera tentación que ahora mismo nosotros podemos tener al escucharla una vez más pudiera ser esa. Como la semilla que se queda sobre la tierra repisada y endurecida del camino que no penetra dentro de la tierra donde tendría que germinar.
Pasamos por alto ante la parábola o ante la Palabra del Señor y no nos detenemos a hacernos una reflexión profunda. Fuera la superficialidad, quedarnos por fuera, en lo exterior. La semilla tiene que penetrar en la tierra, la Palabra tiene que penetrar dentro de nosotros. ¿Cómo? Detengámonos ante la Palabra, mastiquémosla, rumiémosla, reflexionemos tratando de encontrar su sentido pero tratando de confrontarla de verdad con nuestra vida.
Miremos bien nuestra vida y sin miedos dejándonos iluminar, dejándonos enseñar. Es una actitud humilde la que hemos de tener. Y humilde viene de ‘humus’, palabra latina que significa tierra, suelo; bajémonos hasta el suelo en esa actitud humilde para poder abrirnos de verdad a esa Palabra que el Señor nos dice.
Y casi como una consecuencia o una continuación viene a lo que se refiere el segundo tipo de tierra en el que cae la semilla; lo sembrado en terreno pedregoso tampoco podrá dar fruto porque aunque en principio pueda brotar no tiene la tierra suficiente ni la humedad necesaria para que esa planta pueda permanecer. Son los que no son capaces de echar raíces por su inconstancia, que pronto se cansan, que se agostan con las dificultades y no saben permanecer en el camino emprendido.
Cuantas promesas nos hacemos tras un momento de fervor, pero eso, se quedan en promesas y propósitos que nunca se cumplirán, que no llevaremos a término. Necesaria la constancia, importante la perseverancia. ¿Por qué tantas veces tiramos la toalla ante la primera dificultad o cuando se nos exige esfuerzo? Porque quizá solo estamos contando con nosotros mismos. La  raíces que no penetran hondo en la tierra no tienen la humedad necesaria y pronto la planta se secará; los que son inconstantes y pronto olvidan sus buenos propósitos quizá no han sabido contar con el Señor, no han alimentado su vida de verdad en la oración y en la gracia de los sacramentos.
Pero tenemos otras dificultades. Se nos habla de lo sembrado entre zarzas y abrojos que ahogarán pronto la planta que se quedará sin dar fruto. Cuántas corazas cubren nuestra vida. La coraza es dura para que no pueda penetrar nada a través de ella. Sí, corazas impenetrables son esas cosas que se convierten en nuestras primeras preocupaciones e intereses que nos impedirán descubrir otros valores por los que luchar, otras metas en la vida de mayor altura y profundidad, otros ideales que nos hagan mirar a lo alto o que llenen de verdadera espiritualidad nuestra vida.
Cuando nuestros intereses estén en el dinero o las ganancias materiales, en las satisfacciones prontas y egoístas que nos puedan satisfacer prontamente, en las vanidades mundanas que nos halagan o nos hagan creernos superiores a todos, cuando lo que buscamos es un pronto placer o satisfacción, una rápida ganancia o el orgullo del poder o del tener, nuestros oídos se hacen sordos a valores espirituales, no dejamos sitio para Dios en nuestro corazón, vivimos embrutecidos encerrados solo en lo material. Es el corazón embotado que decía el profeta, el corazón endurecido que no será capaz ni de ver ni de oír lo que el Señor quiere decirnos, el corazón insensibilizado que no será capaz de entender de un verdadero amor.
Solo la tierra cultivada y trabajada podrá recibir la semilla que producirá grandes frutos. ¿Qué tenemos que hacer para ser esa tierra buena? Ya la parábola y el comentario que hemos ido haciendo nos dan pistas para ello.
No nos quedemos en lo superficial sino abramos nuestro corazón desde lo más profundo y no nos parapetemos después de nuestros egoísmos, orgullos o vanidades. Reguemos esa tierra de nuestra vida con la gracia del Señor en el cultivo del espíritu de oración que nos haga en verdad sintonizar con Dios y no perder nunca esa sintonía. Rompamos esas corazas que nos encierran en nosotros mismos para tener ojos que miren hacia lo alto y un corazón sensible al verdadero amor que alimentamos en Dios.
Que el Señor nos ayude a ser esa tierra buena, porque solo lo podemos ser con su gracia, pero dejándonos nosotros hacer por el Señor. Que la lluvia de su gracia empape la tierra de nuestra vida y daremos fruto.

sábado, 5 de julio de 2014

Sencillez, mansedumbre, humildad algo más que tres palabras

Sencillez, mansedumbre, humildad algo más que tres palabras

Zac. 9, 9-10; Sal. 144; Rm. 8,9.11-13; Mt. 11,25-30
Sencillez, mansedumbre, humildad son algo más que tres palabras. Pueden hablarnos de actitudes fundamentales e importantes que nos faciliten nuestras mutuas relaciones pero pueden hablarnos también de actitudes a plantar muy hondas en nuestro corazón para abrirnos al misterio de Dios y penetrar en él.
Corazones engreídos y arrogantes no nos facilitan el encuentro con los demás; ante ellos nos sentimos incómodos y molestos y nos hacen rehuir a aquellos que así se manifiestan. Cuánto nos facilita el trato mutuo la sencillez y la espontaneidad de quien humilde se acerca a ti manifestándose humano y cercano; el corazón lleno de mansedumbre sabe ganarse la confianza de aquel con quien trata y nos hacer entrar fácilmente en sintonías de amistad que nos lleven al compartir.
Pero son los humildes y sencillos los que más fácilmente se abren al misterio de la trascendencia porque no buscando apoyos humanos que les aten saben tender su mirada hacia lo alto, al tiempo que tienen suficiente silencio en el corazón como para sentir el latir de Dios que se manifiesta de mil maneras; desde su pobreza se sienten desprendidos de apegos humanos que es el mejor camino para descubrir la presencia del Dios que les ama de manera especial y se les revela. Y es que el que sabe ser humilde sabe escuchar más allá de los sentidos para entrar en sintonía con lo espiritual y con lo divino.
El que es engreído y cree que todo se lo sabe se encierra en si mismo porque se cree autosuficiente y que nada necesita, pero al final tiene el peligro de ir atándose a las cosas o lo que cree poseer quedándose en una materialidad en su vida que le impide abrirse a lo que le trasciende y le hace mirar hacia otros valores que le puedan llevar por caminos más espirituales y de mayor plenitud.
Es lo que está queriendo decirnos hoy Jesús en el evangelio. Primero le escuchamos dar gracias al Padre que ha escondido todo este su misterio a los sabios y entendidos y lo ha revelado a la gente sencilla. Es la experiencia de revelación de Dios que están viviendo los que con corazón humilde se acercan a El y le siguen. Es la forma también cómo Dios se nos revela en Jesús tal como lo vemos en los caminos del Evangelio.
¿Quiénes fueron los primeros que escucharon el anuncio de su nacimiento? Los pobres pastores que pasaban la noche al raso bajo el techo de las estrellas cuidando en su pobreza sus ganados como medio de sus sustento. Pero si queremos podemos ir más atrás en los inicios del Evangelio para encontrarnos con María, la que se llamaba a sí misma la humilde esclava del Señor y es a quien se manifiesta el ángel del Señor, quien ha sido la elegida de Dios para ser su madre y la que está llena de gracia  porque rebosa de Dios, a quien le ha abierto su corazón. O podemos pensar en aquel hogar de la montaña de Judea capaz de admirarse de las maravillas de Dios y sentir la presencia del Dios que lo visitaba y lo llenaba de gracia.
Pero si seguimos recorriendo las páginas del evangelio veremos que es el pueblo sencillo el que acude a Jesús desde su pobreza y su humildad, que solo los que con corazón humilde se acercan a Jesús saldrán de su presencia confortados y llenos de luz porque serán los pueden captar y recibir mejor el mensaje del evangelio y la salvación que nos trae Jesús.
Son los pobres, los enfermos, lo que nada tienen, los que saben reconocer sus oscuridades y su hambre de Dios los que van a poder escuchar la Buena Nueva - recordemos lo anunciado por el profeta que los pobres son evangelizados - y saldrán llenos de gracia, sanados y salvados de su presencia. En cuántos momentos así podemos fijarnos.
Los inválidos caminan, los ciegos ven, a los sordos se les abren los oídos, los que tienen mucho de muerte en sus vidas saldrán sanados y resucitados de la presencia de Jesús, como los paralíticos o los leprosos, que podríamos recordar tantos del evangelio. Los hambrientos de Dios como Nicodemo se encontrarán en camino de renacer de nuevo porque sabrá sorprenderse ante lo que descubre y sentirá así la presencia de Dios en Jesús; los que reconocen lo que hay de muerte en sus vidas como Zaqueo se encuentran que la salvación llega a su casa, se levantarán del sueño de la muerte como la hija de Jairo o saldrán de su sepulcro como Lázaro de Betania, porque se les anuncia la resurrección y la vida. Muchos momentos podríamos recordar así.
Así nos está revelando Jesús todo lo que es el amor de Dios. En Jesús se nos manifiesta el amor del Padre que nos ha entregado a su Hijo - tanto nos amó Dios - y por eso nos dirá en otro momento que el que lo ve a El, ve al Padre. Ahora nos está diciendo: ‘Nadie conoce al Hijo más que el Padre y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiere revelar’.
Jesús nos está invitando a que vayamos a El porque en El tenemos nuestra paz,  en El encontraremos el verdadero amor, en el encontraremos la luz y la fortaleza para nuestro caminar, pero en El encontraremos también nuestro descanso y el alivio de nuestra fatigas. ‘Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré… y en mí encontrareis vuestro descanso’. Y es que El viene hasta nosotros ‘justo y victorioso’, como decía el profeta, pero en la humildad y en la mansedumbre, no montado en caballos o carros de combate, sino ‘modesto y cabalgando en un asno, en un pollino de borrica’. Así nos lo anunciaba Zacarías y así lo veremos entrar victorioso en la ciudad de Jerusalén.
Pero nos preguntamos, ¿cómo hemos de ir a El? Ya sabemos que en la vida estamos agobiados con nuestras luchas y nuestros problemas; ya sabemos que tenemos la tentación de perder la paz y la serenidad del alma cuando son fuertes las cargas que caen sobre nuestros hombros o sobre nuestro espíritu; ya sabemos cuánto nos sentimos turbados y hasta angustiados muchas veces por los problemas, las presiones y tentaciones que sufrimos de todos lados; ya sabemos como nos sentimos como desorientados y nos parece que nos tenemos nada en que apoyarnos cuando nos llega el dolor o la enfermedad; ya sabemos como muchas veces nos sentimos vacíos y no es solo por la pobreza de medios para resolver nuestras necesidades, sino porque quizá hemos vaciado nuestra vida de verdaderos valores. Nos sentimos pobres si con sinceridad miramos nuestra vida.
Pues Jesús nos dice que vayamos a El y aprendamos de El. ¿Qué tenemos que aprender? A hacer nuestro corazón semejante al suyo que es un corazón lleno de mansedumbre y de humildad. ‘Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso’. Hemos de hacer que nuestro corazón se parezca a su corazón; como nos dirá san Pablo que tengamos los mismos sentimientos de Cristo Jesús.
Y es que con Jesús ese yugo que tenemos que llevar en nuestros problemas o nuestras necesidades se hace llevadero y la carga nos parecerá ligera. Y es que Jesús se convierte en nuestro cireneo que va a ir levantando el peso de nuestra cruz, para con su gracia ayudarnos a llevarla. Con Jesús a nuestro lado sentiremos de verdad paz en nuestro corazón, nuestra vida se ve iluminada de una manera distinta y nuestro camino se hace más llevadero. ‘Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera’, terminará diciéndonos Jesús. Y es que por la fe que tenemos en Jesús sentimos que su Espíritu nos vivifica, nos llena de vida, habita en nosotros.
Sencillez, mansedumbre, humildad son algo más que tres palabras. Son un camino que nos lleva hasta Dios; son el camino de Jesús y serán nuestro camino también para encontrarnos de verdad con los demás y así encontraremos a Dios.


sábado, 28 de junio de 2014

Una confesion de fe que nos abre el camino de la Iglesia



Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia

Hechos, 12. 1-11; Sal. 33; 2Tim. 4, 6-8.17-18; Mt. 16, 13-19
Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia. ‘Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo’, confiesa Pedro. ‘Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mí Iglesia… te daré las llaves del Reino de los cielos: lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo’.
Ciertamente el momento es solemne y de suma trascendencia. Jesús les pregunta por su fe y es Pedro el que se adelanta a confesarla. ‘No te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo’, le dice Jesús. Pero ‘así como mi Padre me ha enviado, así os envío yo’, dirá Jesús en otra ocasión, pero de ahora en adelante Pedro tiene una misión, ha sido enviado, se le confiado la Iglesia, ha de mantenerse firme, porque ha de confirmar para siempre en la fe a sus hermanos.
Desde el principio del evangelio los encuentros de los primeros discípulos, y, si queremos, en especial de Pedro van a ser impactantes y Pedro se va a sentir sobrecogido por lo que el Señor le va revelando y le va confiando. Será su hermano Andrés el que lo lleve a Jesús ‘porque hemos encontrado al Mesías’, pero desde el primer momento ya Jesús lo llama por su nombre, aunque le anunciará que va a ser piedra, una piedra fundamental en la futura Iglesia. ‘Tú eres Simón, el hijo de Jonás; en adelante te llamarás Cefas, (es decir, Pedro)’. El cambio de nombre significa el anuncio o la concesión de una misión especial.
Será junto al lago, cuando estén remendando las redes o limpiando la barca y los llame para seguirle, o será después de la pesca milagrosa en la que ya Pedro adelanta una confesión de confianza en la palabra de Jesús -‘por tu nombre, porque tú me lo dices, aunque yo sé que no hay pesca porque he estado toda la noche bregando, echaré las redes’- cuando Pedro impresionado se siente pecador en la presencia de Jesús al que ya está contemplando como una presencia extraordinaria y maravillosa de Dios, pero Jesús los llamará para ser pescadores de hombres. ‘Apártate de mi, que soy un pecador’, le había dicho Pedro postrándose ante Jesús, pero Jesús les dirá en una y otra ocasión: ‘Venid conmigo que os haré pescadores de hombres’.
Otro momento de sentirse impresionado por la manifestación de la gloria del Señor será en lo alto del Tabor. Grande y maravilloso es el misterio de luz que están contemplando y merece la pena quedarse allí para siempre. ‘Haremos tres chozas, una para ti, otra para Moisés, otra para Elías’, será el deseo de Pedro. Pero allí se estará confirmando desde el cielo todo el misterio de Dios que se revela en Jesús. ‘Este es mi hijo amado, escuchadlo’, será la voz que se escucha.
Habrán de escuchar a Dios, escuchar a Jesús, pero habrá que volver a la llanura de la vida, y aunque ahora aun no puedan hablar de ello, después de la resurrección de la que es un signo y un anticipo aquella teofanía que habían contemplado, Pedro confesará valientemente con la fuerza del Espíritu ante todos que aquel Jesús que todos habían conocido Dios lo había constituido Señor y Mesías.
Todavía habrían de venir las dudas, las cosas difíciles de comprender y hasta las cobardes negaciones. Aunque cuando Jesús anunciaba su pasión le decía que se quitara eso de la cabeza que eso no podía suceder, sin embargo estaba dispuesto a todo por Jesús hasta dar la vida por El. Habría de pasar por el sueño, la oscuridad y la soledad de Getsemaní, que le debilitaría hasta ceder con su negación ante los criados del Pontífice, pero más tarde su confesión ya sería de amor, y de un amor tan grande que solo Jesús podía saber hasta donde podía llegar. ‘Tú lo sabes todo, tú sabes que te amo’. Y tras esa confesión no solo de fe sino de amor, vendría la confirmación de la misión que él tendría en la Iglesia. ‘Apacienta mis ovejas, apacienta mis corderos’.
Una confesión de fe que nos abre el camino de la Iglesia, habíamos dicho al principio de nuestra reflexión. Y es lo que hoy en esta fiesta de los santos Apóstoles san Pedro y san Pablo estamos en cierto modo celebrando. Hoy es una fiesta muy eclesial, muy con sentido de Iglesia. Al celebrar a san Pedro estamos celebrando también el día del Papa, sucesor de Pedro,  con la misma misión de Pedro en medio de la comunidad eclesial.
Una buena ocasión para que nosotros también proclamemos con toda intensidad nuestra fe. Nos sentimos sobrecogidos también por la experiencia de nuestra fe, porque no es algo meramente humano lo que vivimos y en lo que creemos. Es algo sobrenatural que a nosotros también nos envuelve, porque en la medida en que vamos siendo conscientes de la fe que confesamos nos vamos viendo envueltos por el misterio de Dios que se nos manifiesta e invade totalmente nuestra vida. Es algo que también a nosotros nos sobrepasa cuando vemos el misterio de Dios tan cerca de nuestra vida, como lo iba sintiendo Pedro. No es algo frió que solo confesemos con nuestras palabras, sino que al ir confesando nuestra fe, desde lo más hondo de nosotros mismos tenemos que irnos abriendo al misterio de Dios.
¿Nos sentiremos pequeños y pecadores, como se sentía Pedro? ¿Nos sentiremos indignos como Isaías cuando contempló en una visión todo el misterio de la gloria de Dios? ¿Nos sentiremos entusiasmados quizá como Pedro en el Tabor y querremos quedarnos allí embelesados sin darnos cuenta que tenemos que bajar de la montaña y volver a la llanura de la vida donde está nuestra tarea de hacer presente a Dios en medio del mundo? ¿Tendremos el entusiasmo de Pedro de decir que estamos dispuestos a todo por seguirle, pero que luego veremos que no es tan fácil dar la cara, que vendrán momentos de dolor y de pasión y eso es duro y que casi preferiríamos rehuirlos y tendremos la tentación de echarnos para detrás?
Toda esa mezcolanza de cosas nos pueden suceder y muchas más. Pero tenemos que saber seguir hasta el final con nuestra confesión de fe y con nuestra confesión y porfía de amor, como Pedro. Y es que ahora nosotros sabemos que no estamos solos, porque sabemos que no nos va a faltar nunca la presencia del Espíritu que nos fortalece y nos hace ver las cosas con mayor claridad.
Pero además nosotros sabemos otra cosa y es que la fuerza del Espíritu del Señor está en su Iglesia y tenemos a Pedro a nuestro lado en la persona del Papa y de los pastores de la Iglesia que nos ayudan y nos animan, que nos iluminan con la luz de la Palabra del Señor; pero sabemos también que en esa tarea de proclamar y anunciar nuestra fe nos sentimos en comunión de Iglesia, que es una tarea de toda  la Iglesia y allí donde yo esté confesando y proclamando mi fe conmigo está la Iglesia, están mis hermanos creyentes formando todos juntos como una piña para hacer ese anuncio misionero.
Como hemos venido diciendo con Pedro también nuestra confesión de fe nos abre el camino de la Iglesia. Es así como nos quiso Jesús. No ha venido Cristo con su salvación para que sigamos encerrados en nuestros egoísmos e individualidades, viviendo la fe cada una por su lado y ajeno a los demás. Cuando Cristo viene a traernos la salvación ya se nos dice que con su sangre vino a traer la reconciliación y la paz. Vino a destruir los muros que nos separaban. Y no es que simplemente nos reconciliemos con Dios y en lo demás sigamos de la misma manera. Nuestra reconciliación y nuestra paz pasa por nuestra vuelta a Dios, es cierto, pero también nuestra vuelta al encuentro con los demás para vivir una nueva comunión y un nuevo amor entre todos nosotros.
Por eso nuestra fe no la vivimos tan individualizada que no nos importen los demás; todo lo contrario nuestra fe en Jesús tiene siempre  un sentido de comunión y en comunión con los demás hermanos hemos de vivirla. Por eso venimos diciendo que la confesión de nuestra fe en Jesús nos abre a los caminos de la Iglesia.

sábado, 21 de junio de 2014

Una nueva comunión de amor que nos tiene que hacer entrar en comunión con nuestros hermanos

Una nueva comunión de amor que nos tiene que hacer entrar en comunión con nuestros hermanos

Deut. 8m 2-3.14-16; Sal. 147; 1Cor. 10, 16-17; Jn. 6, 51-58
 Nos reunimos en torno a la mesa de este sacramento admirable, para que la abundancia de tu gracia nos lleve a poseer la vida celestial’. Es lo que hoy aquí nos congrega en esta fiesta del amor. No se cansa Dios de amarnos y de seguir dándonos pruebas maravillosas de su amor como este Sacramento de la Eucaristía que hoy estamos celebrando. Que la abundancia de gracia que se derrama de la Eucaristía nos inunde de vida eterna.
Para saciar el hambre de los hombres, Dios hizo bajar el maná en el desierto. Lo necesitaba aquel pueblo que caminaba en un duro peregrinar. No era un camino de rosas el que iban realizando por el desierto; muchas eran las espinas que iban apareciendo en aquel duro camino, el hambre, la sed, el cansancio, las dudas que los atormentaban de si realmente merecía la pena atravesar aquellos desiertos, la incertidumbre de lo que iban a encontrar aunque se les prometiera una tierra que manaba leche y miel. Pero Dios estaba con ellos y los alimentaba con el maná, un hermoso signo del verdadero pan del cielo que un día Jesús nos daría.
En el evangelio veremos que para saciar el hambre de los hombres, allá en el descampado Jesús multiplica los panes; muchas veces hemos escuchado el relato de ese milagro de Jesús; era el signo de un pan nuevo pero que tendría que ir acompañado de unas actitudes nuevas. Fue necesaria la colaboración de los apóstoles que buscaban donde hubiera pan y el ofrecimiento generoso para compartir de quien tenía unos pocos panes, pero la muchedumbre había comido un pan nuevo como signo y anticipo también de algo nuevo que significaba el Reino nuevo anunciado por Jesús.
Pero al fin, para saciar definitivamente el hambre de los hombres, Dios mismo se hizo pan, para partirse en una ofrenda nueva de amor y para dejarse comer y pudiéramos tener entonces ya una vida nueva para siempre. Ahora sí que sería el verdadero pan de vida bajado del cielo para que el que lo comiera no supiera lo que era morir para siempre.
Les costó a las gentes de Cafarnaún terminar de entender lo que Jesús les hablaba de ese pan que comiéndolo daría vida para siempre, sobre todo cuando Jesús les dice que El es ese ‘Pan vivo bajado del cielo’ y que ‘el que coma de ese pan vivirá para siempre’. ¿Nos costará a nosotros también? ¿llegaremos a terminar de entender lo que significa comer de ese Pan vivo que Cristo nos da? Podría parecer que no siempre lo tenemos muy claro ni es tan firme la fe que tengamos en las palabras  de Jesús.
Sigamos tratando de ahondar en lo que Jesús quiere decirnos y lo que ha de significar para nuestra vida este misterio de amor que Cristo nos revela. Había pedido Jesús fe en El para poder tener vida. ‘Mi Padre, les había dicho, quiere que todos los que vean al Hijo y crean en El, tengan vida eterna, y yo los resucitaré en el último día’. La fe que tenían en Jesús tenía sus lagunas porque les costaba entender y aceptar las palabras de Jesús sobre todo cuando les diga que tienen que comer su carne y beber su sangre para poder tener vida. ‘Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros’. Y ahora repitiendo casi de forma textual lo que les había dicho de la voluntad del Padre de que habían de creer en El, les dirá también que ‘el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día’.
Creer en Jesús significará comerle y quien le coma se llenará de vida eterna, quien le coma está llamado a la resurrección en el último día. Y es que comer a Cristo es hacer que Cristo habite en nosotros y nosotros en El. Comer a Cristo significa llenarnos de vida para que sea su vida la que esté en nosotros para siempre. Pero tenemos que decir más, el que se llena de la vida de Cristo está dejándose inundar de su amor ya para siempre y el que come a Cristo ya no podrá hacer otra cosa que amar con un amor como el de Cristo.
Y esto tendrá muchas consecuencias para nosotros, porque comiendo ese pan bajado del cielo, que ya sabemos que es Cristo mismo, ya nuestra vida va a tener un nuevo sentido y valor y ya seremos capaces de hacer ese peregrinar por la vida, por muy duro que se nos presente, con una nueva fuerza, con un nuevo sentido, con una nueva ilusión. Es que ‘el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mi y yo en El’, que nos dirá Jesús.
Con Cristo a nuestro lado se nos acaban las dudas y los cansancios porque El es nuestro alimento y el agua viva que sacia nuestra sed. Merecen la pena nuestras luchas por ser ese hombre nuevo que tenemos que hacer y por trabajar por lograr ese mundo nuevo que tenemos que construir. El pueblo que peregrinaba por el desierto se fue amasando como pueblo, el pueblo de la antigua alianza, en aquel peregrinar lleno de pruebas y dificultades con la presencia de Dios en su peregrinar, pero ya nosotros desde Cristo y nuestro bautismo nos sentimos ese pueblo nuevo, ese pueblo de la nueva y eterna alianza.
Habiendo comido a Cristo, Pan vivo bajado del cielo y pan de vida para nosotros, y habitando ya Cristo en nosotros desde la Eucaristía con que nos alimentamos no podemos soportar que haya a nuestro lado hombres y mujeres con hambre, que pasen necesidad o se vean hundidos en sus problemas. De Cristo en la multiplicación de los panes aprendimos cómo nosotros también tenemos que poner a disposición nuestros panes y multiplicarlos todo lo que haga falta para ese compartir generoso y en justicia con los demás.
Saciarnos de Cristo comiéndolo en la Eucaristía nos compromete, y de qué manera, a vivir una nueva comunión, un nuevo sentido del amor y la justicia con todos los que están a nuestro lado. Decíamos que para saciar el hambre de los hombres Dios mismo se hizo pan que se parte y se reparte para poder llenar de vida a todos los hombres.
Comer a Cristo en la Eucaristía, como decíamos antes, hace que Cristo habite en nosotros y nosotros en El, lo que tendrá que hacer que de la comunión salgamos en verdad cristificados, convertidos en otros Cristos, si Cristo en verdad habita en nosotros, y como Cristo y con Cristo hemos de saber nosotros hacernos pan para partirnos y para repartirnos entre y con los demás, para dejarnos comer por los demás desde nuestra entrega de amor. No son ya cosas de  las que tenemos que desprendernos para compartir, sino que hemos de ser nosotros mismos los que nos hemos de partir y repartir en el servicio del amor hacia los demás.
Decíamos que a las gentes de Cafarnaún les costaba entender lo que Jesús les estaba diciendo cuando les estaba anunciando el misterio de la Eucaristía. Nos preguntábamos si acaso a nosotros nos costaría también. Creo que ya no es tanto entender las Palabras de Jesús que muchas veces las hemos escuchado, sino el vivir lo que Jesús nos está diciendo, hacerlo vida en nosotros después de comerle a El. 
Nos es fácil quizá confesar nuestra fe en la presencia de Cristo en las especies sacramentales del pan y el vino de la Eucaristía y decir que es verdadera y realmente el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Lo que quizá ya no sea tan fácil es esa cristificación que se ha de realizar en nuestra vida cada vez que venimos a comulgar. Venir a comulgar a Cristo es hacernos nosotros comunión para los demás viviendo un mismo sentido de amor que el de Cristo. Ir a la comunión eucaristía no lo podemos hacer con todo sentido si no vamos también a la comunión con el hermano partiéndonos y repartiéndonos nosotros por el amor que ya no es solo repartir o compartir cosas, sino que es  dejarnos comer por el hermano, porque así por amor nos damos.
Fiesta del amor, decíamos al principio, que es esta fiesta de la Eucaristía que hoy estamos celebrando. Fiesta y compromiso del amor tenemos que reconocer que es porque de otra manera sin comprometernos no tendría sentido. Es el día de la Caridad, no solo porque sea el día de Cáritas como una invitación a compartir con los hermanos más necesitamos a través de esa obra comprometida de la Iglesia, sino porque comiendo a Cristo nos vamos a impregnar de la caridad de Cristo porque así nos llenamos de su vida.
Riqueza de vida y de gracia que Cristo nos regala. Cuánto tenemos que dar gracias a Dios y con qué intensidad de amor y compromiso hemos de vivir nuestras Eucaristías.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

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Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

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