Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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viernes, 21 de noviembre de 2014

Reconocer que Jesús es nuestro Rey es aprender que para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos

Reconocer que Jesús es nuestro Rey es aprender que para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos

Ez. 34, 11-12.15-17; Sal. 22; 1Cor. 15, 20-26.28; Mt. 25, 31-46
El primer anuncio que hace Jesús es la llegada del Reino de Dios. Había que prepararse para reconocer esa soberanía y ese señorío de Dios sobre el hombre, sobre la historia y sobre toda la creación. Es lo que hoy en esta fiesta que culmina el año litúrgico queremos celebrar, Jesús es Señor, Jesús es el Rey del universo. Como decía san Pedro en el inicio de su predicación apostólica ‘Dios lo constituyó Señor y Mesías resucitándolo de entre los muertos’.
A lo largo del evangelio vemos como Jesús centró su predicación y la realización de sus signos en anunciar la inminencia de la soberanía de Dios. Lo proclama a través de sus parábolas; se hace presente a través de los signos que realiza, expulsión de demonios, curación de enfermos, resurrección de los muertos; se va a realizar en su anonadamiento (kénosis) hasta la muerte en la cruz y por su resurrección de entre los muertos; se actualiza constantemente con la fuerza del Espíritu y se convierte en objeto de esperanza final para los creyentes en Jesús y para humanidad entera.
Todo es una proclamación de la soberanía de Dios. Jesús es el Señor. La Iglesia continúa ahora la obra salvadora y liberadora de Jesús cuando los que creemos en Jesús le reconocemos como nuestro Rey y Señor y queremos realizar su misma obra, vivir su misma vida, impregnarnos de su mismo amor. Y esto lo celebramos hoy con toda solemnidad porque queremos vivirlo con toda la intensidad de nuestra vida.
No dejamos de valorar todo lo que pueda ser el esfuerzo del hombre que busca a Dios, tiene ansias de Dios y quiere conocer a Dios. Es cierto que es un ansia y un deseo de trascendencia y de infinito que anida en el corazón de todo hombre. Pero sí tenemos que afirmar que realmente todo parte de la búsqueda de Dios al hombre. Es el Señor el que nos busca y el que nos llama, el que nos regala y manifiesta su amor y quiere en verdad llevarnos hasta El. A ello, es cierto, hemos de dar una respuesta, pero es el amor infinito de Dios el que nos ha enviado a su Hijo Jesús para llevarnos por caminos de vida y de salvación. Tanto amó Dios al mundo, tanto amó Dios al hombre…
Fijémonos en la Palabra de Dios. ¿Qué nos decía el profeta Ezequiel? ‘Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas siguiendo su rastro… buscaré a las ovejas perdidas, recogeré a las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas… yo mismo apacentaré a mis ovejas…’ Es hermoso este texto del profeta y mucho tendríamos que meditarlo para reconocer ese amor del Señor y aprender a darle gracias.
Y contemplamos a Jesús, el Buen Pastor, como tantas veces hemos meditado, que cuida a sus ovejas, las conoce por su nombre, busca a la perdida, nos alimenta y da la vida por sus ovejas, como tantas veces nos ha explicado en el evangelio. No podíamos menos que repetir en el salmo ‘el Señor es mi pastor, nada me falta, en verdes praderas me hace recostar, me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas… porque tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término’. Es nuestra respuesta hecha oración y nuestra acción de gracias.
Pero a tanto amor del Señor se ha de corresponder nuestra respuesta hecha vida. Es de lo que vamos a ser examinados al final del tiempo. De ello nos habla el evangelio. ¿Habremos vivido nosotros esa soberanía de Dios en nuestra vida? ¿Nos habremos sentido en verdad guiados por Cristo como verdadero pastor de nuestra vida, reconociendo su voz y dejándonos conducir y alimentar por El? ¿Habremos dado señales de que en verdad vivíamos el Reino de Dios? ¿Por qué cosas se nos va a preguntar? Ahí está la clave.
Sencillamente tendríamos que decir que ‘para entrar en el Reino de Dios hay que pasar por la vida de los hermanos’. Sí, no nos va a preguntar el Señor, y cuidado que nos puede parecer paradójico pero no nos escandalicemos, si rezaste mucho o rezaste poco, cuántas promesas hiciste o cuántas velas encendiste delante del altar, cuántos ramos de flores llevaste a la Iglesia para que estuviera bonito el altar o a cuántas procesiones asististe. Nos va a preguntar si pasaste por la vida de los hermanos, si te detuviste junto a la vida de los hermanos, si dedicaste tiempo para escucharlos o para darles consuelo, si compartiste con ellos tu comida o lo que tenías, si los acompañaste en su dolor y sufrimiento y fuiste capaz de desvivirte por ellos. Como decía san Juan de la Cruz ‘en el atardecer de la vida vamos a ser examinados de amor’. Vivir, pues, el Reino de Dios es pasar por la vida de los hermanos.
¿No es eso lo que nos ha dicho hoy el evangelio? Como un estribillo repetido por cuatro veces ya sea en afirmación o en pregunta se nos ha dicho: ‘Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme’. Seis puntos o seis aspectos que se nos han repetido cuatro veces en el evangelio. ¿Cómo tenemos que buscar a Dios? ¿Cómo tenemos que encontrar a Dios? ‘Lo que hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis’.
Por eso  nos dirá: ‘Venid, vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo’. Estaremos heredando el Reino, viviendo el Reino cuando seamos capaces de entrar en esa órbita del amor. La persona de Jesús, la persona que es Dios se identifica con la persona que necesita ser ayudada. Jesús se esconde en cada ser humano necesitado de amor. Cualquier cosa que sea hecha a un necesitado, crea amor. Y este amor nos une a Cristo. Cuando nos encontremos cara a cara con Dios, sólo una posesión contará y será importante: el amor.
Ya nos damos cuenta que no es un amor cualquiera del que estamos hablando; no es pura filantropía. Es que cuando estamos queriendo amar de esta manera, de forma que seamos capaces de llegar a ver a Jesús en el hermano, es porque estamos queriendo amar con un amor como el de Jesús. Así nos lo dejó como distintivo por el cual habría de reconocérsenos. Mucho tenemos que estar unidos a Jesús, mucho tenemos que llenarnos de Dios para ser capaces de un amor de este calibre.
Claro que necesitamos rezar, orar a Dios, alimentarnos de los sacramentos para recibir esa gracia, para sentir la fuerza de su Espíritu para poder hacerlo.  Pero no nos refugiamos en nuestros rezos o en nuestras misas para olvidarnos o desentendernos de los demás. De ninguna manera, porque eso no tendría sentido. Es que nunca nuestra oración la separaremos de los hermanos a los que tenemos que amar; nunca nuestra eucaristía o los sacramentos que celebremos nos hará vivir aislados de los demás, sino todo lo contrario.
Acordémonos que si no estamos reconciliados en el amor con los hermanos, Jesús nos dice que dejemos la ofrenda allí a un lado del altar y vayamos primero a vivir esa reconciliación de amor con los hermanos, porque a todos tenemos que traerlos en el corazón cuando venimos a Dios para amarlos como un amor como el de Dios.

¿Entenderemos ahora bien lo que ha de significar esta celebración que hoy estamos viviendo proclamando a Jesucristo Rey del universo? Esa soberanía de Dios la vamos a vivir de verdad cuando todos hayamos sido capaces de pasar por la vida de los demás. Un paso que nunca podrá ser indiferente y frío, sino que siempre tendrá que ser un paso de amor y de solidaridad.

viernes, 14 de noviembre de 2014

Invitados a pasar al banquete del Señor porque contribuimos con nuestros talentos a hacer Iglesia y un mundo mejor

Invitados a pasar al banquete del Señor porque contribuimos con nuestros talentos a hacer Iglesia y un mundo mejor

Prov. 31, 10-13.19-20.30-31; Sal. 127; 1Tes. 5, 1-6; Mt. 25, 14-30
‘Pasa al banquete de tu señor’, les dice el personaje de la parábola a los dos que habían negociado los talentos que se les había confiado. Les habla de un cargo importante por haber sabido ser fieles en lo poco - ‘eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante’ -, pero parece que lo importante será ese banquete en el que podrán participar - ‘pasa al banquete de tu señor’ -.
Confieso que muchas veces he escuchado y meditado esta parábola fijándome en muchos detalles que en ella se nos describen, pero quizá a lo que menos le había dado importancia había sido lo del banquete en el que podían participar quienes habían sabido ser fieles en la tarea que se les había encomendado. Me pregunto qué nos querrá decir Jesús al hablarnos de ello en la parábola que nos propone.
En lo primero en que siempre pensamos al escuchar esta parábola es en esa tarea que Dios ha puesto en nuestras manos cuando al concluir la obra de la creación confía al hombre todo aquello que Dios ha creado para que el hombre con sus capacidades, con la inteligencia con que Dios le dotó y con todos los valores del ser humano, desarrolláramos ese mundo puesto en las manos del hombre. Cada uno tenemos nuestras cualidades y valores, a cada uno se nos han confiado unos talentos como dice el lenguaje de la parábola, y ahora está en nuestras manos desarrollar esos valores que tenemos, esa inteligencia y capacidades para seguir con la construcción del mundo y hacerlo más desarrollado y mejor.
El creyente valora ahí el trabajo humano que nos ennoblece y que desarrolla nuestras capacidades y con el que vamos colaborando cada uno desde su puesto y según sus propias capacidades en la construcción de nuestro mundo. Ahí tenemos todo el desarrollo de las ciencias y del pensamiento humano a través de toda la historia de la humanidad con el que tratamos de crecer como personas y tratamos al mismo tiempo de hacer la vida mejor para toda la humanidad.
Ojalá todos supiéramos participar de una forma positiva para hacer un mundo feliz donde todos pudiéramos disfrutar de esa riqueza de la obra creada de Dios. La imagen del banquete al que son invitados los que están desarrollando todas sus capacidades y valores, esos talentos que se le confiaron según nos expresa la parábola, ¿no sería expresión de ese mundo de felicidad que entre todos tendríamos que construir?
En la parábola nos aparece uno que no quiso contribuir, que enterró su talento, imagen y expresión de los que sólo piensan en sí mismos, acobardados y llenos de miedo, egoístas quizá e insolidarios sólo pensaron en guardar ese talento para sí; y ya sabemos que cuando nos encerramos en nosotros mismos el resultado será siempre negativo para la relación con los demás y con ello no contribuiremos desde lo que somos a hacer ese mundo mejor. Quizá pensando en el banquete sólo para sí al final se quedaron fuera del verdadero banquete de la vida que a todos nos haría más felices.
Nosotros los creyentes, los que hemos puesto nuestra fe en Jesús llamamos a la construcción de ese mundo mejor el Reino de Dios. La humanidad no había logrado hacer ese mundo mejor y más feliz porque el mal se había introducido en el corazón del hombre con el pecado y en lugar de unión y comunión nos habíamos dispersado llenando nuestro mundo de egoísmo, injusticia y violencia. Cristo vino a restaurar el corazón del hombre y desde el principio El anunció la llegada del Reino de Dios. Su Buena Nueva es anunciarnos y decirnos como lo hemos de construir y cómo en esa tarea todos hemos de participar.
Los anuncios de los profetas para los tiempos mesiánicos habían hablado también de un banquete al que toda la humanidad está invitada. Muchas veces hemos leído y meditado ese anuncio del profeta Isaías y Jesús mismo con sus parábolas nos compara el Reino de Dios con un banquete de bodas, como tantas veces hemos escuchado.
Hoy Jesús nos propone esta parábola que nos habla de aquel hombre que confía a sus empleados diversos talentos mientras él se va de viaje. A la vuelta quiere ver qué es lo que han hecho de aquellos talentos y al ajustar cuentas con ellos a los que han sido capaces de negociarlos, como hemos escuchado, los invita a pasar al banquete de su señor.
Aquí tenemos que ver nuestra misión y nuestra tarea. Aquí tenemos que pensar en ese mundo mejor que el Señor quiere que nosotros vayamos construyendo. Aquí tenemos que ver nuestra corresponsabilidad con el mundo en el que vivimos. Pero aquí hemos de ver algo más desde esa fe que tenemos en Jesús cómo nosotros estamos contribuyendo de verdad a la construcción del Reino de Dios.
La jornada eclesial que hoy estamos celebrando nos ayuda en nuestra reflexión y nos ayuda a sacar conclusiones concretas de esta Palabra de Dios que se nos ha proclamado y estamos queriendo llevar a nuestra vida. Es hoy el Día de la Iglesia Diocesana. Como nos dice nuestro Obispo en su carta para esta Jornada ‘con esta celebración, pretendemos que todos los fieles, tomen conciencia de su pertenencia a la Iglesia y, al mismo tiempo, colaboren al sostenimiento de las actividades de apostolado y socio-caritativas que se realizan a favor del Pueblo de Dios y de la sociedad en general’.
La Iglesia, comunidad de fe y amor de todos los que creemos en Jesús, es signo y expresión de ese Reino de Dios anunciado por Jesús y lo vivimos como Iglesia Diocesana entre aquellos que vivimos en un mismo territorio que es lo forma la Iglesia local o lo que llamamos la Diócesis. En ella nos sentimos todos en comunión y fraternidad sintiéndonos todos comprometidos desde esa fe que tenemos en Jesús en hacer ese mundo nuevo donde todos nos sintamos hermanos, como una gran familia, y donde todos contribuyamos, colaborando los unos con los otros, a ese mundo de paz, a ese mundo solidario, a ese mundo mejor, a ese mundo donde todos cada día podamos ser más felices con la ayuda y la fuerza de la gracia del Señor.  Ahí vivimos nuestra fe y nos sentimos comprometidos también a anunciarla, a trasmitirla a los demás.
Todos nos sentimos Iglesia. Todos hacemos y construimos Iglesia. Todos hemos de participar en la vida de la Iglesia. Y así surgen y se desarrollan los diferentes carismas para trabajar dentro del pueblo de Dios cada uno según su capacidad y sus valores. Así surgirán en la vida de la diócesis y en nuestras parroquias las diferentes obras de apostolado en las que nos sentimos implicados para entre todos hacer y construir Iglesia.
Como nos dice el Obispo en otro de sus párrafos ‘además de la insustituible tarea de los sacerdotes, que representan al obispo y presiden a los fieles en nombre de Nuestro Señor Jesucristo, las parroquias cuentan con miles de cristianos directamente comprometidos que se ocupan de la catequesis, de la atención a los más necesitados a través de Cáritas, del servicio a los enfermos, del sostenimiento económico, de las celebraciones litúrgicas, de las fiestas religiosas y de otras muchas acciones pastorales que conforman la vida y misión de la parroquia. En cualquier lugar de nuestra Diócesis, la labor de la Iglesia es fruto de la generosidad de muchos. Para ellos, nuestro reconocimiento y gratitud, termina diciéndonos, por su generosa entrega y buen hacer en los diversos campos de la vida de la Iglesia’.
Ahí tenemos que ver también, al hilo del evangelio que hoy hemos escuchado, cuales son nuestros talentos y cómo nosotros contribuimos con lo que somos y lo que es nuestra vida con toda su riqueza o su pobreza a la vida de la Iglesia. No podemos enterrar el talento, sea grande o pequeño, que se nos ha confiado. Seremos pequeños, pobres, mayores, con limitaciones incluso físicas en nuestra vida ya sea por los años o por otras discapacidades que podamos tener, pero todos ponemos nuestro talento, nuestro grano de arena, la obra buena que nosotros podemos hacer, nuestra contribución económica o nuestra oración acompañada del ofrecimiento de nuestros sufrimientos como un sacrificio que presentamos al Señor.
Sintamos que al final el Señor nos invita, porque hemos sabido ser fieles hasta en lo poco y en lo pequeño, a pasar a su banquete del Reino de los cielos. Es la esperanza de la vida eterna donde todo lo vamos a vivir en plenitud junto al Señor. Ahora también somos invitados a este banquete de la Eucaristía en que se nos da en prenda la gloria de la vida futura. Celebramos lo que es ser Iglesia. Aquí nos sentimos congregados en la unidad por la fuerza del Espíritu Santo los que creemos en Jesús para vivir y alimentar esa comunión que nos hace sentirnos Iglesia. Y desde aquí con la fuerza y la gracia del Señor saldremos más comprometidos con nuestra Iglesia y con nuestro mundo.

Como nos invita nuestro Obispo demos ‘gracias a Dios por la Iglesia, a sentirnos en ella como en nuestra familia y a colaborar, con nuestro trabajo apostólico y con nuestra ayuda material, al desarrollo de su misión y también a su sostenimiento económico’.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Una confesión de fe con profundo sentido eclesial pero una manifestación de que somos signos de la presencia de Dios

Una confesión de fe con profundo sentido eclesial pero una manifestación de que somos signos de la presencia de Dios

Ez. 47, 1-2.8-9.12; Sal. 45; 1Cor. 3, 9-11.16-17; Jn. 2, 13-22
‘He aquí la morada de Dios entre los hombres: ellos serán su pueblo y “Dios con ellos” será su Dios… Pueblo convocado por el Verbo de Dios, pueblo reunido en torno a Cristo, pueblo que escucha a su Dios: Iglesia del Señor. Templo construido por profetas y apóstoles,  templo en que Cristo es la piedra angular… Iglesia del Señor…’
Es un canto que quizá muchas veces hemos cantado y que nos ha introducido hoy a la celebración de la Eucaristía del domingo, día del Señor, pero en que tenemos como celebración especial la Dedicación de la Catedral de Roma, la Basílica de san Juan de Letrán y que es la Sede del Obispo de Roma, en consecuencia la Sede del Papa. Por eso la liturgia de la Iglesia lo quiere celebrar con especial solemnidad por todo lo que significa esta fiesta para toda la cristiandad.
Aparte de la profunda connotación eclesial que tiene esta celebración donde queremos sentirnos en comunión con la Iglesia universal y en consecuencia sentirnos en comunión con quien en nombre de Cristo es el Pastor toda la Iglesia es un momento propicio para hacer una profunda profesión de fe en Cristo y en su Iglesia. Como Pedro en aquel momento que lo reconoció como el Mesías de Dios, el Ungido del Señor, el Hijo de Dios en quien teníamos toda nuestra salvación. Y no podemos olvidar que tras esa confesión de fe de Pedro está el anuncio de Jesús de la constitución de la Iglesia. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré la Iglesia’.
Por eso la fe de Pedro nos mantiene unidos y en comunión con los hermanos; la fe de Pedro nos llama y nos congrega; la fe de Pedro va a ayudarnos a mantener y conservar nuestra fe como le dijo Cristo que había de animar la fe los hermanos. Por eso sentirnos en comunión con la Iglesia es garantía de mantenernos en fidelidad, de seguir los caminos que nos señaló el Señor. Si estamos con Pedro, Cristo estará con nosotros, nos atrevemos a decir. ‘Mantente firme para que confirmes en la fe a tus hermanos’, que le diría Cristo.
Somos el pueblo convocado por la Palabra del Señor, reunido en torno a Cristo, que quiere escuchar a su Dios, como señalábamos con el canto que recordábamos al principio de nuestra reflexión. Somos ese templo de Dios, ese edificio de Dios, como nos dirá san Pablo en sus cartas, edificado sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, pero donde Pedro es esa piedra que nos une, pero en donde Cristo es la verdadera piedra angular.
En el evangelio hemos escuchado ese episodio de la expulsión de los mercaderes del templo, como un signo de esa purificación que quería Jesús para la casa del Señor, que ha de ser casa de oración, casa de lugar de encuentro con Dios. ‘Morada de Dios entre los hombres’, se ha de convertir el templo santo, todo templo consagrado al Señor, como un signo en medio de los hombres, en medio del mundo de esa presencia de Dios. Eso han de significar nuestros templos levantados en medio de la comunidad, como ese lugar también donde hemos de acudir para sentir una especial presencia de gracia, presencia del Señor.
Por una parte nos reconforta el contemplar nuestros templos cristianos en medio de las ciudades y de los pueblos, siempre con su cruz levantada en lo alto de tus torres y campanarios, porque nos están señalando ese lugar sagrado donde podemos vivir un encuentro especial con el Señor, donde podemos encontrar la paz y el silencio para nuestro recogimiento en la oración al Señor; pero también por otra parte porque sabemos que allí, en las celebraciones que en ellos realicemos, mana para nosotros la fuente de gracia del Señor que nos llena de vida y nos tonifica y fortalece en ese camino de nuestra vida cristiana.
Recordemos aquel manantial de agua que brotaba del templo del Señor, como nos hablaba el profeta, y que allí por donde pasaba todo lo llenaba de vida y hacía que brotaran los frutos. Así contemplamos también a nuestros templos como esos manantiales de gracia y de vida para alimentarnos y que demos frutos de vida eterna. ¿No es allí donde celebramos los sacramentos, caudales y canales de gracia para nosotros y donde escuchamos la Palabra de Dios?
Pero eso nos lleva a algo más. La santidad de ese templo material, de ese edificio construido para albergar al pueblo de Dios reunido para el culto del Señor, para la escucha de su Palabra, para la celebración de los sacramentos, para nuestra oración y nuestro cántico de alabanza al Señor, nos tiene que conducir a descubrir el verdadero templo del Señor.
Primero, es Cristo mismo, el Emmanuel,  presencia de Dios de Dios en medio de los hombres; Cristo es el lugar, por decirlo de alguna manera, de nuestro encuentro con Dios. En El encontramos la gracia y la vida; por El, con El y en El daremos gloria y honor al Padre para siempre, como lo hacemos siempre en la Eucaristía; a través de El conocemos al Padre, porque quien le ve a El ve al Padre, y porque es El quien nos revela para siempre el misterio de Dios ya que es el Verbo de Dios, la Palabra y revelación de Dios. Y siempre será por Cristo por quien oremos al Padre, porque nos garantiza que cuanto pidamos en su nombre, siempre lo alcanzaremos de Dios. Podríamos recordar muchos textos del Evangelio.
Pero luego nosotros por nuestra unión con Cristo somos, nos hemos convertido en ese templo del Señor. Para eso fuimos ungidos y consagrados en nuestro bautismo, para ser verdadera morada de Dios y para ser templos de su Espíritu. ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ nos ha dicho hoy san Pablo en la carta a los Corintios. Nuestros cuerpos, nuestra vida toda ha de ser esa ofrenda que unidos a Cristo hagamos al Padre para su gloria.
Si de nuestros templos materiales decíamos que se convertían en signos de la presencia de Dios en medio de nosotros, si de Cristo mismo, verdadero y real templo de Dios, decíamos también que es la señal cierta de esa presencia llena de gracia de Dios en medio de nosotros, ¿qué tendríamos que decir de nuestra vida si también decimos que somos templo y morada de Dios? De igual manera, tendríamos que decir, nuestras vidas han de ser signos de esa presencia de Dios en medio del mundo.
Allí donde vaya un cristiano se ha de notar que va lleno de Dios y está Dios; allí donde está un cristiano con la santidad de su vida, con sus buenas obras de amor, con su compromiso por la paz y la justicia para hacer un mundo nuevo y mejor, se ha de decir también que es una señal de Dios, un signo de Dios en medio de sus hermanos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Nuestras obras de amor han de significar y hacer presente a Cristo en medio del mundo.
Lo fueron los santos porque la santidad de sus vidas hacía presente a Dios. Lo hemos de ser nosotros porque el mundo necesita de esos signos, necesita esos testigos que con sus vida manifiesten el amor y la presencia de Dios en medio nuestro.
Hoy nos alegramos en esta fiesta de la dedicación de la Catedral del Papa. Como decíamos al principio nos ha de llevar a una proclamación de nuestra fe y a una manifestación de nuestro sentido eclesial por nuestra comunión con toda la Iglesia. Pero la consideración de la santidad de todo templo consagrado al Señor se convierte para nosotros en un compromiso serio de santidad en nuestra vida, porque siendo por nuestra consagración bautismal templos vivos de Dios, así hemos de convertirnos en signos de la presencia de Dios en medio de nuestros hermanos los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Que el Espíritu del Señor que nos consagró y mora en nosotros nos dé la fuerza de la gracia para vivir esa necesaria santidad en nuestra vida y poder ser digno signo de la presencia de Dios. Que se pueda decir de nosotros también: He aquí la morada de Dios entre los hombres’.

sábado, 1 de noviembre de 2014

CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Oramos por los difuntos con la esperanza de que su morir ha sido pasar a sentir y a vivir el amor y la ternura de Dios para siempre

Lam. 3,17 - 26; Sal. 129; Rm. 6, 3-9; Jn. 14, 1-6
Ayer celebrábamos la fiesta de todos los Santos, de todos aquellos que gozan ya para siempre de la visión de Dios cantando eternamente las alabanzas del Señor; celebrábamos a aquellos que por su vida santa y de fidelidad son para nosotros ejemplo y estímulo en nuestro peregrinar por este mundo con la esperanza puesta en el cielo y que nos confiábamos a si intercesión para que alcanzáramos de Dios esa gracia que nos haga pregustar ya aquí en la tierra ese amor gratuito de Dios sintiéndonos así impulsados a vivir en santidad, en fidelidad.
Hoy la liturgia de la Iglesia nos invita a hacer esta conmemoración de todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección, de todos los que han muerto en la misericordia del Señor pidiendo que sean admitidos  por esa benevolencia y misericordia divina a contemplar la luz del rostro de Dios.
Siempre la oración de la Iglesia por los difuntos está marcada por la esperanza, nunca desde un dolor lleno de amargura y desesperación, porque por encima de todo confiamos en la misericordia del Señor. Creo que esto tenemos que subrayarlo mucho, porque aun en personas muy religiosas nos encontramos muchas veces amargura y desesperación a la hora de la muerte de los seres queridos, como si en verdad no se tuviera esperanza, como si no pusiéramos toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Y esa amargura que sentimos en el dolor de la muerte de los seres queridos, se convierte en miedo y desesperación muchas veces ante lo que puede significar nuestra propia muerte.
En la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en el texto de las Lamentaciones se nos comenzaba describiendo esa zozobra que se pasa en el alma en el dolor y sufrimiento y ante la muerte, aunque el profeta quería describir la situación por la que había pasado el pueblo de Israel al verse destruido y llevado al exilio. Hoy escuchamos este texto como una luz desde la Palabra de Dios ante la situación de dolor y sufrimiento, como decíamos, ante la muerte. ‘Me han arrancado la paz… se me acabaron las fuerzas… fíjate en mi pesar, en la amarga hiel que me envenena… me invade el abatimiento…’
Pero todo no se queda ahí, porque a pesar del dolor fuerte por el que se está pasando hay una esperanza que dulcifica ese dolor y nos da un sentido nuevo a nuestro vivir y morir. ‘Pero, apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza. La misericordia de Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión…’ El amor, la ternura de Dios, la compasión y la misericordia no se acaban. Es lo que nos da sentido y nos da fuerza. Hemos de saber experimentar que Dios nos ama y es tierno como una madre.
Amor y ternura de Dios que hemos de saber saborear ahora mientras caminamos en esta vida peregrinos en el mundo, pero amor y ternura de Dios que podemos experimentar y saborear para siempre después de la muerte en la vida eterna. Alguien ha dicho que morir es pasar a sentir y a vivir para siempre el amor y la ternura de Dios. Siendo esto así, ¿caben amarguras y desesperanzas ante la muerte? ¿caben miedos y temores ante el hecho de la misma muerte que un día nos ha de llegar? Vamos a disfrutar de ese amor y ternura de Dios para siempre.
¿No hemos escuchado en el evangelio las palabras de Jesús que nos hablaba de que iba a prepararnos sitio? ‘No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros’. Por eso ponemos toda nuestra fe en El y nuestro corazón se llena de esperanza. Quiere el Señor que donde esté El, estemos también nosotros. Y como nos iba diciendo en el Evangelio El se volvía al Padre; así nos quiere llevar con El, que estemos con El, que estemos entonces gozando de la visión de Dios. ¿Y qué es disfrutar de la visión de Dios sino sentirnos inundados de su luz, de su amor, de su ternura para siempre? ¿Qué más podemos pedir?
Recordemos también lo que nos decía ayer la carta de san Juan cuando nos hablaba de la gracia de ser y sentirnos hijos de Dios. ‘Ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando El se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Cuando se nos descorra ese velo en la hora de nuestra muerte nos haremos en su ternura y amor semejantes a El, porque le veremos tal cual es, porque podremos disfrutar para siempre de esa visión de Dios.
Todo esto que estamos reflexionando llena de sentido nuestra vida, no solo de cada a ese momento de la muerte, aunque ya es muy importante que descubramos esa trascendencia de nuestra vida y lo que nos espera detrás del umbral de la muerte, sino también para vivir el momento presente de nuestra vida. Quien tiene esta fe en el Señor no puede vivir de cualquier manera; un sentido nuevo tiene su vivir, el camino que ahora vamos haciendo. No es solo ya que no miremos la muerte como un destino final detrás del cual no hay nada, sino que hemos de aprender a vivir este camino desde lo que Jesús nos revela para saborear y disfrutar del amor de Dios ahora en el momento presente y luego en plenitud de eternidad  unidos a Dios para siempre.
‘A donde yo voy, ya sabéis el camino’, les dice Jesús. Pero ya vemos que por allá sale uno de los discípulos replicándole: ‘Señor, no sabemos adonde va, ¿cómo podemos saber el camino?’ Pueden ser las dudas que también permanezcan en nuestro interior cuando nos escuchamos con toda atención las palabras de Jesús.  Pueden ser las dudas de tantos que no terminan de empaparse del evangelio y que no han descubierto todavía toda la verdad de Jesús.
Ya vemos cómo responde Jesús. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Qué importante que descubramos esto. Es Jesús nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida. Lo es todo para nosotros. Cuanto nos cuesta descubrirle y seguirle; cuánto nos cuesta hacerle el sentido y la razón de nuestra vida; cuanto nos cuesta vivirle. Serán las tentaciones; serán nuestras debilidades; será el mundo de increencia que nos rodea y que nos contagia; será la falta de esperanza. Conozcamos a Jesús, amemos a Jesús, vivamos a Jesús.
Ayer decíamos que contemplábamos a los santos que son para nosotros estímulo y ejemplo. Fijémonos cuánto amaban a Jesús y la fidelidad con que vivían su vida. Por eso lo contemplábamos ya disfrutando de esa visión de Dios, viviendo ese amor y esa ternura de Dios cantando su alabanza por toda la eternidad. Es lo que tenemos que aprender a hacer ahora aquí mientras caminamos. Es a lo que nos impulsa la esperanza que nace en nuestro corazón desde toda la verdad que Jesús nos trasmite sobre el sentido de la vida y de la muerte.
Hoy nos estamos haciendo estas consideraciones en esta conmemoración que hacemos de todos los difuntos,  y por supuesto, recordamos de manera especial a nuestros difuntos, a nuestros seres queridos que murieron en el Señor, en la esperanza de la vida eterna. Esperamos y deseamos que vivan ya para siempre en ese amor y esa ternura de Dios, como decíamos antes.
Pero hoy nosotros tenemos que convertirnos en Iglesia suplicante, en Iglesia que intercede por sus difuntos ante Dios para que alcancen esa misericordia del Señor encontrando la paz, la luz, la vida de Dios para siempre. Es lo que ha de significar para el cristiano esta conmemoración de los difuntos que hacemos en este día. No son solo recuerdos que tengamos de ellos; es bueno recordarlos, sí, y recordar y dar gracias a Dios por todo lo bueno que con ellos vivimos y de ellos aprendimos.

Pero sabemos que somos pecadores y necesitamos de la misericordia de Dios, por eso no es solo un recuerdo, un regalo de unas flores que pongamos en su memoria, sino la oración que por ellos hacemos. Nunca, como decíamos al principio, desde la amargura y desesperanza, sino siempre desde nuestra fe y la esperanza que hemos puesto en el Señor. ‘Apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza’, que decía el autor de las lamentaciones. Porque ‘La misericordia de Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión…’ Con esa esperanza elevamos nuestra oración al Señor por todos nuestros difuntos.

viernes, 31 de octubre de 2014

Reunidos con toda la Iglesia veneramos la memoria de todos los santos y cantamos la alabanza del Señor

Reunidos con toda la Iglesia veneramos la memoria de todos los santos y cantamos la alabanza del Señor

Apoc. 7, 2-4.9-14; Sal. 23; Mt. 5, 1-12
‘Reunidos en comunión con toda la Iglesia veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; la de su esposo san José; la de los santos apóstoles y mártires… y la de todos los santos; por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección’.
Es la conmemoración que se hace en la primera plegaria eucarística - de manera semejante en el resto de plegarias eucarísticas - cada vez que la Iglesia se reúne para celebrar la Eucaristía. ‘Reunidos en comunión con toda la Iglesia…’ decimos. Así tenemos que sentirnos siempre. Hoy en esta Solemnidad la Iglesia lo hace de manera especial cuando queremos celebrar a todos los santos; a ellos queremos sentirnos unidos en comunión con toda la Iglesia, la Iglesia que aún peregrina en este mundo, con la Iglesia triunfante y gloriosa con la que deseamos un día poder merecer ‘compartir la vida eterna y cantar las alabanzas del Señor’, como expresamos también en otra de las plegarias.
Y cuando celebramos a todos los santos como hoy lo hacemos, lo mismo que cuando hacemos memoria y celebramos ya en particular a cada uno a lo largo del año litúrgico, queremos contar con su ejemplo y con su intercesión. ‘Por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección’, pedimos.
Una fiesta muy hermosa la que hoy celebramos que nos llena de alegría, de optimismo y de esperanza a los cristianos que aun caminamos en este valle de lágrimas. De la alegría, porque celebramos el triunfo y la gloria de esa multitud innumerable de personas que ya gozan de Dios y, al mismo tiempo, desde Dios siguen en contacto con nosotros como intercesores y como estímulo de vida, como hemos expresado. Ellos son el mejor fruto de la Pascua de Cristo, y quieren vernos a nosotros también asociados a su triunfo.
Del optimismo, porque nosotros lo mismo que ellos, siendo fieles al Espíritu Santo y haciendo el mismo camino del Evangelio, podemos llegar a la meta, a nuestra plenitud en Dios y gozar eternamente de su gloria y de su paz.
De esperanza, porque ellos fueron hombres y mujeres como nosotros que, viviendo su vida ordinaria al ritmo de la voluntad de Dios, en circunstancias a veces mucho tan difíciles o más que las nuestras, pudieron alcanzar la misma santidad a la que todos estamos llamados.
Nos alegramos, pues, en esta fiesta, pero su celebración es un estímulo grande para nuestra vida. Nos ha de hacer reflexionar mucho la contemplación de esa multitud innumerable que canta la gloria del Señor, como nos describe el libro del Apocalipsis. Nos recuerda que nosotros hemos de formar parte de ese cortejo del Cordero porque somos también los redimidos del Señor. Es nuestra grandeza y nuestra gloria porque con la sangre del Cordero hemos sido redimidos y rescatados, hemos sido purificados - hemos lavado y blanqueado nuestras vestiduras, nuestra vida, en la sangre del Cordero - y nos hemos convertido en hijos.
Grande es nuestra dignidad y nuestra gloria por pura gracia, por la gran benevolencia del Señor que ha sido el que nos ha llamado hijos cuando por la fuerza del Espíritu divino desde nuestro Bautismo hemos participado de la vida divina y comenzado a ser hijos de Dios. Y estamos llamados a que un día podamos verle cara a cara porque ‘seremos semejantes a El y lo veremos tal cual es’. ¿No es esto motivo para la alegría, para el optimismo y para la esperanza?
Contemplar hoy la gloria de todos los santos, además de llenarnos de esperanza en ese deseo de un día participar también de su gloria, nos hace sentirnos impulsados con su ejemplo a vivir nosotros esa santidad en nuestra vida. ‘Todo el que tiene esperanza en El se purifica a si mismo, como El es puro’, nos decía la carta de san Juan. Queremos ser santos, queremos purificarnos, queremos emprender ese camino de la santidad desde ese ejemplo y modelo que son para nosotros todos los santos que hoy celebramos. Sabemos que podemos ser santos porque otros hermanos nuestros, con nuestras mismas debilidades y flaquezas, lograron hacer ese camino de santidad.
¿Qué es lo que ellos hicieron? Seguir un camino de fidelidad. Empaparse del espíritu del Evangelio de Jesús para así vivir la vida de Jesús y merecer la bienaventuranza, como hoy escuchamos en el evangelio. Vivieron la gratuidad del amor de Dios en sus vidas y sus vidas se vieron transformadas por la fuerza del amor haciendo realidad el Reino de Dios en sus vidas y más presente en consecuencia en el mundo que les rodeaba.
El profeta había anunciado que los pobres, los hambrientos, los que estaban llenos de sufrimientos, los oprimidos eran los destinatarios de la salvación. Recordemos lo anunciado en la sinagoga de Nazaret. Serán ellos los que van a experimentar en sus vidas mejor que nadie lo que es esa gratuidad del amor de Dios. ‘De ellos es el Reino de los cielos, escuchamos hoy en las bienaventuranzas, ellos serán consolados, quedarán saciados, alcanzarán misericordia, verán a Dios, se llamarán hijos de Dios’. Por eso, nos dirá Jesús que serán ‘dichosos los pobres, y los que sufren, y los hambrientos, y los que tienen un corazón limpio de maldades pero lleno de misericordia, los que trabajan por la justicia y por la paz, aunque no sean comprendidos o sean despreciados o perseguidos’.
Ese ha de ser nuestro camino. No nos sirven las autosuficiencias o el creernos ya poseedores de todo porque con ello creemos que seríamos felices. No nos vale encerrarnos en nosotros mismos o  en nuestras cosas olvidándonos o prescindiendo de los demás. La salvación no la alcanzamos por nosotros mismos por muchas cosas que tengamos o creamos saber. Desde la gratuidad del amor de Dios hemos de aprender a actuar de la misma manera para vaciarnos de nuestro yo siendo capaces de olvidarnos de nosotros mismos para dar cabida en nuestro corazón a los demás, sintiendo en nosotros el dolor de los que sufren, el hambre de los hambrientos, los deseos de paz y de justicia de todos los hombres de buena voluntad.
El que está lleno de si mismo y de aquello que piensa que son sus riquezas, no tendrá lugar en su corazón para dar cabida a los demás. El que no ha sabido experimentar en su vida lo que es la misericordia y el amor de Dios no sabrá lo que es tener misericordia con los otros para amarlos con un amor generoso. El que no ha sabido poner a Dios en el centro de su corazón no tendrá ojos para mirar con una mirada distinta de amor a los que le rodean, como el que no sabe abrir su corazón desinteresada y generosamente a los demás tampoco será capaz de abrirlo a Dios, para que sea en verdad el único Señor de su vida y viva en consecuencia el Reino de Dios.
Cuando emprendemos ese camino sentiremos en el corazón la dicha y la felicidad más grande, aunque nos cueste arrancarnos de nosotros mismos y tengamos que llorar quizá lágrimas amargas en el corazón al hacer nuestro el sufrimiento de los demás, pero que se convertirán al final en lágrimas de amor, de dicha y de felicidad.
Y todo eso, nos dice el Señor, que un día lo podremos vivir en plenitud en la gloria del cielo. Hoy lo contemplamos en todos los santos que estamos celebrando y que nos sirven de estímulo y ejemplo. Hoy les pedimos a todos los santos que sean intercesores nuestros para alcanzarnos del Señor esa gracia que nos haga gustar ese amor gratuito de Dios y nos llene de la fuerza de su Espíritu para vivir con toda intensidad la Buena Nueva del Evangelio de Jesús.

Hacemos ahora el camino de la Iglesia peregrina, alimentados con la gracia y la presencia del Señor que se nos da y nos llena de vida en la mesa de los Sacramentos con la esperanza de que un día podamos participar con todos los ángeles y los santos en la mesa del banquete del Reino de los cielos, enjugadas ya las lágrimas de nuestros ojos en la contemplación de la gloria de Dios, cantando eternamente las alabanzas del Señor.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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