Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

Amigos que entran a esta Casa de Paz. Gracias por estar aqui. Clikea en seguir y unete a nosotros

viernes, 31 de diciembre de 2010

Celebramos a Jesús, contemplamos a María y pedimos por la paz


Núm. 6, 22-27;

Sal. 66;

Gál. 4, 4-7;

Lc. 2, 16-21

La alegría de la navidad se prolonga y se desborda un día y otro. Llegamos a la octava de la Navidad con el mismo entusiasmo y fervor. No es para menos si consideramos el misterio grande que estamos celebrando. No nos cansamos de mirar a Belén para contemplar a Jesús, misterio de Dios que se hace hombre; derroche de amor de Dios que se hace Emmanuel, Dios con nosotros, y viene a buscarnos para ofrecernos la Salvación.

Hoy en la liturgia, en una de sus oraciones, decimos cómo nos llena de gozo celebrar el comienzo de nuestra salvación. Así es, pues todas las promesas mesiánicas las vemos cumplidas en Jesús, desde aquel primer evangelio, primer anuncio de salvacion que ya allá en el paraíso tras el pecado de Adán se nos hizo. Contemplamos a la estirpe de la mujer que aplastará la cabeza de la serpiente maligna.

Pero celebrar la Navidad, que es celebrar el nacimiento de Jesús, no lo podemos hacer sin María. Como nos decía san Pablo hoy ‘cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley para rescatar a los que estábamos bajo la ley para que recibiéramos el ser hijos por adopción…’ Miramos a Belén, miramos a Jesús y miramos a María.

Es María, la madre de Jesús, que así es también la Madre de Dios. Por eso, hoy, octava de la Navidad, celebramos la fiesta grande de la mujer que hizo posible al Emmanuel, al Dios con nosotros; celebramos a María, la Madre de Dios. El don y la grandeza más excelsa de María que, porque iba a ser la Madre de Dios, estaba llena de gracia, llena de Dios. Así la invocamos desde el concilio de Efeso, siendo esta la fiesta más antigua dedicada a María en la liturgia romana. La llamamos Inmaculada o la proclamamos asunta al cielo en cuerpo y alma, la llamamos madre nuestra porque nos la dio Jesús en la Cruz, y contemplamos en ella las más excelsas virtudes, pero todo porque es la madre de Jesús, la Madre de Dios.

Como nos resume admirablemente el Concilio, ‘la Virgen María, al anunciarle el ángel la Palabra de Dios, la acogió en su corazón y en su cuerpo y dio la Vida al mundo. Por eso se la reconoce y se la venera como verdadera Madre de Dios y del Redentor. Redimida de la manera más sublime en atención a los méritos de su Hijo y unida a El de manera íntima e indisoluble, está enriquecida con este don y dignidad: es la Madre del Hijo de Dios. Por tanto, es la hija predilecta del Padre y el templo del Espíritu Santo’ (LG 53).

Hoy nos gozamos nosotros con María. Es bendición de Dios para nosotros. Por ella nos vino Cristo y, como decíamos recordando el texto litúrgico, es el comienzo de la salvación para nosotros. Nos gozamos con María como todos se gozan con una madre en el nacimiento de su hijo. Cómo no vamos nosotros a gozarnos con su dicha de ser la Madre de Dios.

Pero nos gozamos nosotros con María y damos gracias a Dios porque también la ha hecho nuestra madre. La felicitamos en este día tan hermoso pero nos felicitamos con ella por tenerla siempre junto a nosotros haciéndonos presentes las bendiciones de Dios, pero al mismo tiempo dejándonos llevar de su mano para acercarnos a Jesús, para llegar a Dios y a la salvación. Ella siempre nos conducirá hasta Jesús y nos estará diciendo en todo momento: ‘haced lo que El os diga’.

Una cosa tendríamos que pedirle a María en especial en este primer día del año. Muchas cosas le pedimos siempre a María porque ella es la madre intercesora que nos protege y nos confiamos a ella muchas veces en nuestras peticiones para hacerlas llegar al trono de Dios. Aparte de pedirle que nos consiga siempre esa gracia de Dios que nos haga mantenernos firmes en nuestra fe y en nuestro amor y que no perdamos nunca la esperanza, en este comienzo del año queremos pedirle especialmente por la paz para nuestro mundo.

sábado, 25 de diciembre de 2010

Feliz Navidad para todos los amigos de la paz

Ha nacido el UNICO REY DEL CIELO Y DE LA TIERRA ALEGREMONOS Y ADORESMOLE POR TODOS AQUELLOS QUE NO LO HACEN

Gloria al Padre, al Hijo y al Espiritu Santo.
AMEN

La familia escuela de humanismo y semillero de santidad a imagen de la Sagrada Familia de Nazaret


Eclesiástico, 3, 2-6.12-14; Sal. 127; Col. 3, 12-21; Mt. 2, 13-15.19-23

‘Los pastores fueron corriendo y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre’. Así escuchábamos ayer en el evangelio. Así lo encontrarán los Magos de Oriente, como escucharemos en unos días. Y en el evangelio hemos escuchado hoy que nos habla de aquella sagrada familia de José, María y Jesús con sus dificultades que le harán emigrar a Egipto y luego finalmente establecerse en Nazaret.

Hoy celebramos la fiesta de la Sagrada Familia. En medio de este ambiente navideño que por otra parte tiene también tan hermosas resonancias familiares, la liturgia nos invita en este primer domingo después de la celebración del Nacimiento del Señor a contemplar y a celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret, imagen en quien mirarse y modelo que imitar para todas nuestras familias.

El Dios amor no podía encontrar mejor realidad humana a la hora de encarnarse y hacerse presente en medio de nosotros para nuestra salvación que la familia. Cuna de amor donde se hace realidad viva esas variadas situaciones de nuestro amor humano. ‘Una realidad con los cuatro rostros del amor humano: paternidad, filiación, hermandad y nupcialidad’ (Puebla 1979).

En la familia llega a la más hermosa plenitud el amor matrimonial y esponsal de un hombre y una mujer que forman matrimonio; en la familia se vive con toda intensidad todo lo que es el amor de una paternidad y una maternidad en esa donación de amor tan hermosa que hacen los padres para con sus hijos; y es en la familia donde se vive esa hermosa relación filial que ya no es solo recibir amor sino también ofrenda de amor de unos hijos para con sus padres; y es también en la familia donde se tiene la rica experiencia de esa hermosisima relación fraternal del amor de los hermanos que caminan juntos, que crecen y maduran juntos alimentados en el amor de los padres, y donde se aprenderá todo el sentido del amor al otro para vivir siempre en esa donación de si a favor de los demás. Es por eso por lo que decimos también que ‘la familia es la célula primera y vital de la sociedad y la primera escuela de virtudes sociales’, como nos enseña el concilio Vaticano II.

La familia, pues, escuela de la más rica y hermosa humanidad, como el mejor caldo de cultivo para la realización de sí mismo y el mejor semillero de un crecimiento espiritual. ‘Escuela del más rico humanismo’, que nos dice la Gaudium et spes del Concilio. En la familia no vivimos unas relaciones interesadas ni nuestro trato desde un mercantilismo del doy para que me des o me das para que yo te dé. No son las cosas materiales las que nos unen, sino son otros lazos más íntimos y sutiles nacidos del amor más puro los que crean y mantienen esa comunidad de vida y amor que es la familia.

Es la familia, entonces, escuela también escuela de espiritualidad de tal manera que como cristianos la podemos llamar también Iglesia doméstica. Es ahí donde mejor poder aprender a conocer a Dios, donde primero se nos habla de Dios y se nos descubre su misterio de amor aprendiendo a llamarlo Padre; pero será ahí en la familia donde aprenderemos a relacionarnos con Dios – en la familia deberíamos aprender las primeras oraciones – y donde hemos de saber hacer Iglesia que escucha y ora al Señor, que le alaba y la de gracias en las distintas situaciones de la vida, y donde también aprenderá a contar con la ayuda y la fuerza de Dios en las diversas necesidades de la vida.

Como familias cristianas hemos de saber poner el centro de nuestra vida en Jesús al tiempo que de El y su Palabra recibir la luz que nos guíe, nos ilumine en los caminos de la vida y nos de la fuerza que necesitamos. Si supiéramos hacerlo que distinta sería la realidad en comparación con tantas familias rotas y con dificultades de todo tipo que contemplamos a nuestro alrededor. Lástima que nuestras familias cristianas no sepan aprovechar y beneficiarse, por decirlo de alguna manera, de toda esa riqueza de gracia que Cristo nos deja en el sacramento del matrimonio.

Hoy miramos a la Sagrada Familia de Nazaret y en ella podemos ver reflejadas todas esas virtudes y valores que hemos de cultivar en el seno de nuestras familias. Precisamente la realidad en que se nos presenta en concreto en el texto hoy escuchado no es una situación fácil. La huída a Egipto como unos emigrantes o unos desplazados de la sociedad, como tantas situaciones difíciles que contemplamos a nuestro alrededor. Pero allí está la entereza de una familia unida, de un matrimonio de creyentes que se dejan conducir por el Señor, de una fortaleza humana y espiritual que les hace afrontar esas situaciones difíciles de una manera distinta.

Es por eso por lo que tenemos que aprender a entrenarnos y hacer ese crecimiento de nuestra vida interior, de una espiritualidad profunda que nos dé sentido y fortaleza porque en verdad nos dejemos guiar por el Espíritu del Señor y en El siempre encontremos la fortaleza de la gracia. Es la gracia del sacramento que un matrimonio cristiano recibe cuando se casa en el Señor, cuando vive en verdad su matrimonio como sacramento. Que distinta sería la solución de tantos problemas que afectan al matrimonio y a la familia si se supiera contar con la gracia y la fuerza del Sacramento, que es la gracia y la fuerza del Señor.

Muchas reflexiones podríamos seguir haciéndonos en torno a esta realidad de la familia. Mucho tendríamos que aprender de aquel hogar bendito de Nazaret. Pero hoy en nuestra celebración vamos a pedir con toda intensidad por la familia, que en la sociedad en la que vivimos se ve hasta bombardeada por tantas cosas que quieren destruirla. Para nosotros es un valor fundamental que no podemos dejar desaparecer de ninguna manera.

Pidamos al Señor por nuestras familias y pidamos por todas las familias que se encuentran con problemas. Pueden ser problemas de subsistencia para muchos en estos momentos de crisis económica y social, pero pueden ser también otros problemas sociales y humanos los que puedan poner en peligro su estabilidad. Pidamos al Señor por esos matrimonios rotos y esas familias destrozadas donde falta la paz, porque quizá se haya enfriado el amor.

El texto de la Carta a los Colosenses nos da hermosas pistas de esas virtudes que hemos de cultivar: miseriordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión, perdón y aceptación mutua, unidad, amor. Y todo iluminado por la Palabra del Señor y alimentado con la oración y la alabanza al Señor.

Pidamos hoy a la Sagrada Familia de Nazaret que se derramen abundantes bendiciones del Señor sobre nuestras familias y se pueda seguir dando ese hermoso testimonio del amor y sigan siendo esas escuelas de humanidad, de espiritualidad, como antes decíamos, y verdaderos semilleros donde cultivemos cada día la santidad de nuestra vida.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Es navidad porque ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre


Es navidad porque ha aparecido la bondad de Dios y su amor al hombre

Caminaba esta mañana por la calle ensimismado en mis pensamientos cuando detrás de mi escuché la angelical voz de un niño que iba cantando con mucha alegría ‘cumpleaños feliz’. Curioso me volví y miré a su madre con una sonrisa y espontáneamente me dijo, es su cumpleaños pero él se lo va cantando a todos.

Ese detalle tan bonito de aquel niño me hizo pensar. Estamos nosotros también celebrando un cumpleaños; es el cumpleaños de Jesús, celebramos su nacimiento hoy. Tendríamos que cantarle nosotros a El el cumpleaños feliz – lo queremos hacer con nuestros cantos y con toda nuestra fiesta -, pero resulta que es Jesús el que quiere cantarnos a nosotros - sí, El a nosotros – el cumpleaños feliz. Nosotros nos alegramos y nos felicitamos porque estamos celebrando el nacimiento de Jesús. Y con mucha y honda alegría tenemos que celebrarlo.

Hoy es un día grande porque el que tenemos que felicitarnos, es cierto. Pero nos felicitamos no sólo porque ahora todo el mundo tiene buenos deseos los unos para con los otros. Eso está bien y así cada día tendríamos que saber hacernos felices los unos a los otros. Pero nos felicitamos porque tenemos a Jesús, porque celebramos su nacimiento, con todo lo que eso significa para nosotros, y para nuestro mundo. Y de ahí es de donde tiene que brotar toda nuestra alegría; eso es lo que tiene que producir en nuestros corazones todos esos buenos deseos que hoy nos tenemos.

Anoche nos sentimos sorprendidos con su nacimiento y con el anuncio de los ángeles de que entre nosotros teníamos ya un Salvador. Como aquellos pastores de Belén corríamos anoche hasta el portal, corremos ahora en esta mañana de pascua, venimos aquí para ver, para contemplar eso que el Señor nos ha anunciado por medio del ángel.

Hoy toda la Iglesia se congrega en torno a este Niño nacido en Belén que bien sabemos que es el Emmanuel, que es Dios con nosotros, que es nuestro Salvador que viene a liberarnos de las tinieblas y a inundarnos de su luz. Con gozo grande, con alegría profunda queremos celebrar con la mayor sencillez al tiempo que con la solemnidad que se merece el Señor la Eucaristía en este día de Pascua.

Bueno será que nos detengamos un poco a considerar el misterio grande que celebramos. Maravilla del amor de Dios, locura de amor. ‘En el misterio santo que hoy celebramos, Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente entre nosotros de un modo nuevo; el que era invisible en su naturaleza se hace visible al adoptar la nuestra; el eterno, engendrado antes del tiempo, comparte nuestra vida temporal para ssumir en sí todo lo creado, para reconstruir lo que estaba caído y restaurar de este modo el universo, para llamar de nuevo al reino de los cielos al hombre sumergido en el pecado’.

Así lo expresa maravillosamente la liturgia de este día en uno de los prefacios de la Navidad. Presente en medio de nosotros, lo contemplamos asumiendo nuestra naturaleza pero para darnos vida, para elevarnos, para limpiarnos y purificarnos de nuestro pecado, para regalarnos su vida. Toma nuestra vida y nos regala su vida. Cargará con nuestro pecado para llenarnos de gracia.

Todo eso hemos de contemplar al mirar a este Niño recien nacido en Belén. No nos quedamos en un niño aunque ahora lo contemplemos en el misterio de su nacimiento. Es Dios verdadero en medio nuestro al hacerse también verdadero hombre. Se hace así nuestra salvación, nuestra vida. No podemos separarlo nunca del misterio pascual. Pensemos que estamos celebrando hoy su nacimiento y lo hacemos celebrando el misterio pascual de su muerte y resurrección que es lo que celebramos y proclamamos siempre en la Eucaristía.

Necesitamos, sí, penetrar con fe profunda en el misterio que estamos celebrando y así nos llenaremos de inmensa alegría. Una alegría que nace de toda esta consideración que nos hacemos del amor que el Señor nos tiene y alegría que vivimos hondamente en la medida en que queremos comenzar a vivir esa nueva vida de amor a la que El nos llama. Por eso nos desbordamos en estos días en gestos de amor para con los demás; parecería que todos somos más buenos; parece que la paz es más posible, y la armonía entre todos; hoy nos sentimos más impulsados a buscar lo bueno para con los demás y a hacernos felices los unos a los otros.

Pero todo eso tiene que nacer de Jesús, de su amor, de ese regalo grande que Dios nos ha hecho cuando nos ha dado a Jesús, cuando se ha hecho hombre por nosotros y por nuestra salvación. Sí así lo hacemos lo podremos vivir con mayor profundidad y hondura. No será un deseo fugaz o una palabra que se lleva el viento, o la alegría que surja por estímulos artificiales.

Cuando comenzamos al revés, y digo al revés en el sentido de que lo hacemos buscando cosas externas que nos estimulen a esa alegría y a esa fiesta, todo se quedará en nada, en unos días de fiesta pasajera, pasarán esos momentos de euforia y seguiremos luego con las mismas batallitas de todos los días y con las mismas negruras en nuestras relaciones. Qué lástima que para muchos la navidad se quede en eso nada más.

Pero cuando arrancamos de verdad de ese amor tan grande de Dios que se nos manifiesta en Cristo, entonces sí que estaremos comenzando un mundo nuevo de auténtico amor y verdadera fraternidad. Los que vivimos inmersos en la luz de la Palabra hecha carne hemos de hacer resplandecer en obras y en obras de amor esa fe que tenemos en nuestro corazón. Es una de las peticiones que hacemos en las oraciones de la liturgia de este día.

Que resplandezca con el nacimiento de Jesús nuestra fe; que resplandezca nuestro amor. Nos llenamos de alegría y queremos contargiar de esa alegría verdadera al mundo. Que con la presencia de Cristo en nuestra vida, dejándolo que penetre profundamente en nuestro corazón, desaparezcan para siempre esas superficialidades y vanalidades.

En en el Niño Dios que contemplamos nacer hoy en Belén tenemos toda la fuerza que puede transformar nuestro mundo. ‘Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro salvador, y su amor al hombre…’ nos decía el apóstol en una de las lecturas de esta fiesta. Tenemos el amor que es el que en verdad lo transformará; el amor que hará que nuestro mundo sea mejor cuando nos amemos más entre nosotros, seamos capaces de compartir y ser solidarios los unos con los otros, el amor que nos hace hermanos y nos hará vivir en paz y en bonita armonía. Pidamos esa gracia del Señor.

El evangelio del nacimiento nos dice que después que los pastores llegaron al lugar del nacimiento, contemplando ‘a María y a José, y al niño acostado en el pesebre… se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído, todo como les habían dicho’. Es como nosotros tenemos que prolongar nuestra celebración más allá de los muros de la iglesia en que lo celebremos, porque daremos gloria y alabanza a Dios contando a todos lo que es nuestra fe, lo que hoy hemos contemplado y celebrado. Cuando nos felicitemos, pues, los unos a los otros en este día de Navidad hemos de hacerlo haciendo referencia a Jesús porque esa es, tiene que ser la verdadera Navidad que celebramos y que vivimos.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Es navidad fiesta de gozo y salvación



Es navidad fiesta de gozo y salvación

Tenemos que repetir el anuncio sin cansarnos. Hoy es un día de alegría desbordante. ‘Fiesta de gozo y salvación con alegría desbordante’, ya decíamos hace días en nuestras oraciones y para eso nos preparábamos. ‘Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’. Los pastores, aunque con gran temor cuando los envolvió la gloria del Señor con su claridad, creyeron el anuncio de los ángeles y corrieron hasta Belen.
Nuestra noche también se ha llenado de claridad y resplandor en el nacimiento de Jesús. Desaparecen las tinieblas y todo se llena de luz no porque pongamos unas lucecitas tintineantes, sino porque la luz que brota del portal de Belén es la verdadera luz que nos ilumina y nos trasforma, es la luz que nos llena de gracia y nos hace contemplar a Dios. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande… una luz les brilló…’ que decía el profeta. Así nosotros también en esta noche que se convierte en noche de luz y de vida.
Hemos venido nosotros también hasta Belén. Hemos escuchado ese anuncio y nosotros también queremos comunicárselo a los demás. En la ciudad de David, en Belén, nos ha nacido el Salvador; es el Señor. Es Jesús, el hijo de María pero que es nuestro salvador. Así le dijo el ángel que había que llamarlo. Su nombre nos viene del cielo. Es el Hijo del Altísimo que le anunció el ángel a María, porque es el Hijo de Dios. El Señor está con nosotros. Es el Emmanuel anunciado por los profetas. Dios está aquí. Dios está en medio de nosotros.
Así lo contemplamos en el relato sencillo y a la vez asombroso que nos hace Lucas del nacimiento de Jesús. Sencillo porque podría parecer simplemente el nacimiento de un niño de unos padres pobres y emigrantes, como tantos que podemos ver a nuestro lado, que no tienen donde guarecerse y se tienen que acomodar en la pobreza de una cueva o un estable. Pero es al mismo tiempo impresionante lo que estamos contemplando porque quien nace allí de María es Dios que se ha hecho hombre. El que viene a asumir nuestra naturaleza y condición mortal y lo hace en la más extrema pobreza es el mismo Dios que será nuestro Salvador. Cuántas cosas nos podría enseñar esta escena maravillosa que contemplamos.
Lo esperábamos, lo buscábamos. Queríamos llenar nuestro corazón de esperanza, y de esperanza de la verdadera. Había ansias de cosas grandes en nuestro corazón; presentíamos que tenía que haber algo que diera hondura a nuestra vida, que saciara nuestras aspiraciones más hondas, o que elevara nuestro espíritu a algo más alto o más espiritual. Buscábamos una salvación que nos diera nueva vida. Estábamos buscando a Dios quizá sin saberlo y Dios nos ha salido al encuentro, ha venido a estar con nosotros, se ha encarnado en el seno de María para hacerse hombre como nosotros pero para ser también Emmanuel, Dios con nosotros. Deseado de las naciones, esperanza de los hombres, consuelo de los afligidos, vida y luz para los que estamos en las tinieblas de la muerte del pecado, Buena Noticia para los pobres y los que sufren.
Queríamos encontrarnos con la Salvación y la Salvación ha llegado, ha llegado el Salvador. Tenemos que alegrarnos, tenemos que hacer fiesta, tenemos que gozarnos desde lo más hondo, porque ha llegado lo más grande y más hermoso que podíamos esperar. Nos ha llegado Dios. Por eso para los cristianos hoy es un día de fiesta especial. La celebración de esta fiesta cristiana ha contagiado al mundo a través de la historia, aunque quizá hoy siga habiendo gente que celebre la Navidad sin saber bien lo que es la Navidad. ¿Necesitará unos nuevos ángeles que lo anuncien para que todos los sepan de verdad? ¿No tendríamos que hacer ese anuncio los cristianos dándole un verdadero sentido a la Navidad?
Nosotros no podemos olvidar ese auténtico sentido de la Navidad. Nada ni nadie podrá apagarnos esa alegría. Nadá tedrá que apartarnos de lo que es el centro de la Navidad, el nacimiento del Salvador. Nuestra alegría no se puede desvirtuar. No podemos distraernos con otras cosas. Todo esto, mejor aún, Cristo Jesús tiene que ser en verdad el centro de nuestra celebración de la navidad como es el centro de nuestra vida.
Ahora sí que decimos Jesús con el más profundo amor y con el más verdadero sentido. Lo hemos visto, está con nosotros. Diremos Jesús porque con su salvación ha comenzado algo nuevo en nuestra vida. Es el tronco viejo lleno de pecado que ha reverdecido para hacer brotar una flor nueva, una vida nueva. Recordemos el tronco de Jesé anunciado por el profeta. En la fría y oscura noche de nuestras dudas y de las tinieblas de nuestras infidelidades ha brotado una primavera llena de flores nuevas prometedoras de buenas frutos. Cristo que nace en nuestra vida y en nuestro corazón hará surgir esa nueva primavera para el mundo con el testimonio de nuestras obras de amor.
‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres…’ nos decía el apóstol. Hemos visto aparecer la gracia Dios en el niño recién nacido en Belén porque es Dios que viene a nosotros y con El todo es gracia, todo es vida, todo es regalo de Dios, todo es amor y salvación.
‘Ha aparecido la gracia de Dios…’ Es la vida de la gracia en la que nos sentimos tan amados que ya nos sentimos y somos hijos en el Hijo que nos regala su vida divina. Es la vida nueva de la gracia que, porque nos sentimos amados, aprendemos de verdad lo que es el amor y ahora sí que comenzamos a amarnos con un amor nuevo y de verdad. Es la vida nueva de la gracia que nos hace sentirnos hermanos y se ha creado una comunión nueva y paz y armonía entre todos nosotros.
Con el nacimiento de Jesús florecen ya en nuestro corazón esos valores tan hermosos que nos hacen más solidarios y más generosos, que nos llevan a compartir y a ser capaces de amar de corazón, que nos comprometen a hacer un mundo más justo y más lleno de paz, que llenan nuestro corazón de misericordia y de compasión. Era lo que pedíamos de corazón en este camino que hemos seguido de preparación y en lo que hemos ido ejercitándonos; y ya lo tenemos aquí. Cristo está con nosotros y ya vivimos una vida nueva. Es lo que con la navidad tiene que resplandecer en nosotros.
Esta noche santa y preciosa del nacimiento del Señor parece que nos amamos más, todos nos deseamos mucha felicidad y mucha paz, todos hacemos lo posible por encontrarnos con los seres queridos para hacerlos felices, con los amigos para compatir y parece que ya vamos derramando amor sobre todos los que nos encontramos.
Que desborde nuestra alegría y contagiemos a los demás. Nadie puede estar triste a nuestro lado sin que le ofrezcamos nuestro consuelo. Nadie se puede sentir solo porque ahí estamos nosotros para ofrecerle nuestra compañía y nuestro cariño que alivie soledades. Repartamos sonrisas de amor y alegremos el corazón de los que están tristes o sufren por cualquier motivo.
Es lo que queremos hacer para que sea verdadera navidad, para no quedarnos en cosas superficiales, sino para con nuestro amor hacer presente de verdad a Jesús en nuestro mundo, en ese mundo en el que vivimos, empezando por el ámbito familiar o donde realizamos nuestra convivencia. Será así como vivamos verdadera navidad.
‘Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor’, proclamaba todo el coro celestial alabando a Dios. Que nuestra navidad, esta celebración que ahora estamos viviendo pero todo lo que va a ser nuestra fiesta navideña sea en verdad para la gloria de Dios y para hacer llegar la paz a todos los hombres, porque todos somos amados de Dios.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Noche de Paz

MI CUMPLEAÑOS

Festejemos con alegria el Cumpleaños de Jesus. Faltan 4 dias para que llegue el REY DEL UNIVERSO TODO


 
Amigos de la paz que les parece si  preparamos la Comunidad para la venida del Niño Jesus a nuestra Casa.
Les propongo traer en este panel todo lo que deseen relacionado con la Navidad, cartas, mensajes, historias de navidad y lo que quieran
Me ayudan a poner linda la CASA PARA RECIBIR AL REY que esta por VENIR

Los espero con alegria
santidad y amor
Adriana

viernes, 17 de diciembre de 2010

Como José descubrir el designio de Dios y la colaboración que nos pide

Is. 7, 10-14;

Sal. 23;

Rm. 1, 1-7;

Mt. 1, 18-24


La navidad está cerca. Se cumplen las promesas. Nos sentimos seguros y firmes en nuestra esperanza. Queremos abrirnos a Dios que llega a nuestra vida y lo queremos hacer hoy como lo hizo María, como lo hizo José.

En este cuarto domingo de Adviento miramos a María, pero nos aparece como en contrapunto la figura de José y de él también tenemos que aprender para abrirnos al misterio de Dios que llega a nosotros, para tener unos ojos sensibles a lo divino como los tuvo José y aprender a descubrir también ese misterio de Dios, esos planes de Dios y prestar también la colaboración que Dios nos pide como lo hizo él.

Como lo hizo con María a quien Dios envía un ángel del cielo para comunicarle la maravilla de amor y de gracia que en ella se iba a realizar esperando también su sí, lo hizo también con José. Si María se sintió turbada ante las palabras del ángel que le manifetaban tanta grandeza de Dios para con ella, para José fueron momentos duros y difíciles hasta que no descubrió los designios de Dios, pues no entendía lo que pasaba en María. Fueron momentos de prueba en los que José manifestó la entereza de su vida y la reciumbre de su fe.

Era bueno. Las tinieblas de la duda le rodeaban pero en su bondad no quería hacer daño. Prefería quizá pasar por un doloroso silencio en su corazón, pero a él también Dios se le manifiesta y podíamos decir que también su corazón estaba lleno de gracia, del amor del Señor que quería contar con El.

‘No temas, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criartura que hay en su vientre viene del Espíritu Santo’. Las tinieblas se transforman en luz. También se siente tocado por la mano de Dios y él ha de colaborar igualmente en los planes de Dios. ‘Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados’. Ponerle el nombre era la función del padre. Ahí tiene José que ocupar el lugar que Dios tenía reservado para él en la obra de la salvación.

‘Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho Dios por el profeta…’ Lo hemos escuchado en la primera lectura. Es la señal que Dios nos da y que tenemos que saber descubrir. ‘El Señor, por su cuenta, os dará una señal. Mirad la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel que significa Dios con nosotros’.

María diría como respuesta al anuncio del ángel: ‘Aquí está la esclava del Señor. Hágase en mí según tu palabra’. José, en silencio como lo hacía siempre, también aceptaba el plan de Dios. ‘Hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a su casa a su mujer’. José había entrado también en el plan de Dios, en los designios divinos para nuestra salvación. Llamará al niño Jesús como le había dicho el ángel ‘porque El salvará a su pueblo de los pecados’.

¿No es hermosa la lección de José? Fidelidad y obediencia; silencio y obediencia; docilidad, humildad, servicio. Pocas pinceladas más nos dan los evangelistas de la vida de José, pero ese será el estilo del recorrido de su vida. Apertura a los designios de Dios en todo momento y obediencia; la obediencia de la fe, silenciosamente, siempre dispuesto a servir. Caminará a Belén cuando las circunstancias históricas se lo pidan, aunque también fueran momentos difíciles y llenos de carencias, pero ahí está viendo la voluntad del Señor. Marchará a Egipto para no poner en peligro la vida del niño y regresará más tarde a Nazaret en lugar de quedarse en Judea, porque en todo lo que va aconteciendo él descubre los designios de Dios para él.

Es la lección que tenemos que aprender y el camino que nos tiene que llevar a descubrir todo lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en esta navidad. Con fidelidad y esperanza también tenemos que aprender a abrir nuestro corazón a Dios y a su presencia maravillosa para descubrir también sus designios de amor para nosotros y para nuestro mundo. Tener unos ojos sensibles a lo divino y a lo sobrenatural como decíamos que había tenido José. Necesitamos esa sensibilidad para que se despierte nuestra fe, para que seamos capaces de admirarnos ante las maravillas que Dios quiere realizar en nosotros y a través de nosotros en los demás, en nuestro mundo.

José colaboró fielmente en ese designio de Dios que era designio de amor y salvación para la humanidad. Si nosotros llegamos a ser capaces de vivir esta navidad de una manera distinta dejándonos inundar por todo el misterio de Dios que llega a nosotros al encarnarse para nuestra salvación, no nos podemos quedar sólo para nosotros tantas maravillas de Dios sino que será algo que hemos de trasmitir, contagiar a los que nos rodean. No es sólo para nosotros; como nos decía san Pablo ‘por El hemos recibido ese don y esa misión: hacer que todos respondan a la fe, para gloria de su nombre’. Que todos puedan responder a la fe es tarea en la que hemos de empeñarnos y comprometernos.

Ya hemos dicho en otro momento de nuestro camino de adviento que el mundo necesita señales para descubrir a Dios y su plan de salvación para nosotros, y decíamos también que nosotros hemos de ser esos signos vivos del amor y de la presencia de Dios en medio del mundo. Es la colaboración que nos pide el Señor como a José. Nuestra vida quizá callada como la de José, sin embargo ha de ser un grito que despierte a los demás, una semilla que haga brotar y florecer la fe en muchos a nuestro lado.

‘Le puso por nombre Jesús porque El salvará a su pueblo…’ Con nuestra vida, con nuestro testimonio vamos nosotros diciendo también Jesús a cuantos nos rodean para que a todos llegue también esa salvación que viene a traernos. Diremos Jesús cuando hagamos ver que navidad no son sólo bonitas palabras y buenos deseos, que navidad no son sólo unos regalos que nos podamos hacer porque nos los trae papá Noel o los Reyes Magos, que navidad no son sólo unas luces parpadeantes que pongamos como adorno, que navidad no son unas simples fiestas para comer bien o mucho, sino que Navidad es el nacimiento de Jesús, que es el Hijo de Dios y nuestro Salvador.

Y diremos Jesús porque El sí es el gran regalo de Dios para nosotros porque nos está mostrando todo el amor que Dios nos tiene, que nos perdona y nos salva, que nos llena de vida y nos hace hijos, que nos pone en un camino de amor para que todos nos amemos y sintamos hermanos, y que nos llena de felicidad, pero no una felicidad externa y de jolgorio, sino una felicidad grande en lo más hondo de nosotros mismos porque nos llenamos de Dios, de su vida y de su gracia.

Aprendemos de José, aprendemos de María a abrirnos a Dios que llega a nosotros. Fidelidad y obediencia de fe, escucha de Dios y silencio como José, docilidad, humildad y servicialidad son actitudes que tenemos que poner en nosotros y así nos prepararemos de la mejor manera a vivir la próxima navidad.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Amigo aprovecha esta semana para acercarte a la Misa.Cristo esta llegando y te espera con los brazos abiertos y su corazon encendido de Amor por ti.






















Amigos  tengo un gran deseo en mi alma .
Que hermoso seria que al menos 10 personas de nuestra comunidad se acercaran a recibir el CUERPO SANTISIMO DE CRISTO con amor y ofrecieran la eucaristia por la paz para esta Navidad.

Animate amigo acercate a un templo cercano, confiesate si no lo hiciste y recibe al Señor con mucho AMOR.


Santidad y amor
ADRI



La Santa Misa

A la hora de tu muerte, tu mayor consuelo serán las Misas que durante tu vida oíste.
Cada Misa que oíste te acompañará en el tribunal divino y abogará para que alcances perdón.
Con cada Misa puedes disminuir el castigo temporal que debes por tus pecados, en proporción con el fervor con que la oigas.
Con la asistencia devota a la Santa Misa, rindes el mayor homenaje a la Humanidad Santísima de Nuestro Señor.
La Santa Misa bien oída suple tus muchas negligencias y omisiones.
Por la Santa Misa bien oída se te perdonan todos los pecados veniales que estás resuelto a evitar, y muchos otros de que ni siquiera te acuerdas.
Por ella pierde también el demonio dominio sobre ti.
Ofreces el mayor consuelo a las benditas ánimas del Purgatorio
Consigues bendiciones en tus negocios y asuntos temporales.
Una Misa oída mientras vivas te aprovechará mucho más que muchas que ofrezcan por ti después de la muerte.
Te libras de muchos peligros y desgracias en los cuales quizás caerías sino fuera por la Santa Misa.
Acuérdate también de que con ella acortas tu Purgatorio.
Con cada Misa aumentarás tus grados de gloria en el Cielo. En ella recibes la bendición del sacerdote, que Dios ratifica en el cielo.
Al que oye Misa todos los días, Dios lo librará de una muerte trágica y el Angel de la guarda tendrá presentes los pasos que dé para ir a la Misa, y Dios se los premiará en su muerte.
Durante la Misa te arrodillas en medio de una multitud de ángeles que asisten invisiblemente al Santo Sacrificio con suma reverencia.
Cuando oímos misa en honor de algún Santo en particular, dando a Dios gracias por los favores concedidos a ese Santo, no podemos menos de granjearnos su protección y especial amor, por el honor, gozo y felicidad que de nuestra buena obra se le sigue.
Todos los días que oigamos Misa, estaría bien que además de las otras intenciones, tuviéramos la de honrar al Santo del día.
La Misa es el don más grande que se puede ofrecer al Señor por las almas, para sacarlas del purgatorio, librarlas de sus penas y llevarlas a gozar de la gloria. – San Bernardo de Sena.
El que oye Misa, hace oración, da limosna o reza por las almas del Purgatorio, trabaja en su propio provecho. – San Agustín.
Por cada Misa celebrada u oídas con devoción, muchas almas salen del Purgatorio, y a las que allí quedan se les disminuyen las penas que padecen. – San Gregorio el Grande, Papa.
Durante la celebración de la Misa, se suspenden las penas de las almas por quienes ruega y obra el sacerdote, y especialmente de aquellas por las que ofrece la Misa. –San Gregorio el Grande
Puedes ganar también Indulgencia Plenaria todos los lunes del año ofreciendo la santa Misa y Comunión en sufragio de las benditas almas del Purgatorio. Para los fieles que no pueden oír Misa el lunes vale que la oigan el domingo con esa intención.
Se suplica que apliquen todas las indulgencias en sufragio de las Almas del Purgatorio, pues Dios nuestro Señor, y ellas le recompensaran esta caridad.
La Santa Misa es la renovación del Sacrificio del Calvario, el Mayor acto de adoración a la Santísima Trinidad. Por eso es obligación oírla todos los domingos y fiestas de guardar.

martes, 7 de diciembre de 2010

La oración

Bendito sea Dios que nos ha bendecido dándonos a María


Bendito sea Dios que nos ha bendecido dándonos a María

Gén. 3, 9-15.20; Sal. 97; Ef. 1, 3-6.11-12; Lcv. 1, 26-38

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales…’ Bendito sea Dios que en Cristo nos ha bendecido dándonos a María ‘para que la gloria de su gracia redunde en alabanza suya…’

Sí, María la bendición de Dios para nosotros, para la Iglesia. Con gozo hoy celebramos esta fiesta de María en su Inmaculada Concepción porque así nos sentimos bendecidos de Dios en María. Bendición de Dios, podemos decir, porque es la llena de gracia, en quien Dios se ha complacido – ‘llena de gracia… has encontrado gracia ante Dios’, le dice el ángel – pero es también en quien Dios ha querido bendecirnos, porque por ella nos ha llegado la gracia y la salvación, por ella nos llegó Cristo, que es la más grande bendición de Dios para nosotros en su salvación. Es la mujer, anunciada en el Génesis, cuya estirpe, Cristo Jesús, aplastaría la cabeza de la serpiente.

Y hoy nos gozamos con María; y bendecimos a Dios con María – ‘proclama mi alma la grandeza de Dios… porque el poderoso ha hecho en mí obras grandes’ que canta María – y bendecimos a Dios por María, porque nos la ha dado no sólo como la mejor madre que pudiéramos imaginar, sino que en ella tenemos el mejor espejo y reflejo en que mirarnos para vivir la santidad de Dios a la que estamos llamados. Elegidos de Dios en Cristo, somos como nos ha dicho san Pablo hoy, ‘para que fuésemos santos e irreprochables an él por el amor’.

En medio de este camino de Adviento nos aparece esta fiesta de María, tan entrañable y tan querida. Todos nos gozamos en esta fiesta de la Inmaculada. Nos aparece en esta fecha en las combinaciones que hacen referencia a su nacimiento y a las otras fiestas del misterio de Cristo. Nos volverá a aparecer la figura de María en el último domingo de adviento ya en la inmediata cercanía de la Navidad. Pero el contemplar hoy a María, Inmaculada en su Concepción, nos puede valer mucho como estímulo y camino en este Adviento que nos conduce a la Navidad, al nacimiento de Cristo.

‘Por la Concepción Inmaculada de la Virgen María, hemos dicho en la oración, preparaste a tu Hijo una digna morada’. Limpia y preservada de todo pecado en previsión de la muerte de Cristo se convirtió en esa digna morada del Hijo de Dios que iba a nacer y que en sus entrañas se encarnaba. María, palacio de Dios, casa de Dios – la podemos llamar -, templo y morada de Dios, y de qué manera, para hacerse Emmanuel, para hacerse Dios con nosotros. Palacio y casa de Dios en su corazón humilde y lleno de amor, que eran las más bellas riquezas que la adornaban para hacerla toda santa.

‘Porque preservaste a la Virgen María ded toda mancha de pecado original para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo, y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura’, que proclamamos en el prefacio. Purísima, la llamamos; sin pecado concebida, le decimos en nuestras invocaciones y jaculatorias.

Podíamos atrevernos a decir que para encarnarse y hacerse hombre Dios se vistió de María, pero al mismo tiempo podemos contemplar cómo fue vestida de Dios con el traje de la gracia y la santidad. Entonces cuando nosotros queremos vestirnos de Dios, porque queremos vestirnos de santidad y de gracia tenemos un modelo de vestidura en María, en su santidad y en su gracia. Vestirnos de María no es ponernos un ropaje externo, sino vestirnos interiormente de todas las virtudes y de toda la santidad de María, que es un vestirnos de Dios, un vestirnos de Cristo que es entrañar a Cristo y vivir a Cristo y como Cristo. San Simón Grignon de Monfort nos habla también del molde perfecto que es María en el que el Hijo de Dios se hizo hombre, se moldeó como hombre podríamos decir, y en el que nosotros podemos introducirnos para así copiar de la manera más pefecta la santidad de Cristo y de María.

Nosotros, es cierto, estamos marcados por el pecado y necesitamos de la redención de Cristo para vernos libres de El y alcanzar el perdón, pero al contemplar así a María, digna morada del Hijo de Dios que en sus entrañas se encarnaba, nos impulsa a cómo limnpiar y purificar nuestro corazón para recibir a Cristo ahora que nosotros también nos disponemos a celebrar su nacimiento. Por eso puede ser tan significativa para nosotros el que celebremos esta fiesta de la Inmaculada Concepción de María mientras caminamos hacia la Navidad. Es la tarea de purificación, de renovación y de conversión que vamos realizando a través del Adviento.

De María tenemos que aprender; de manos de María tenemos que caminar. ¡Cuánto nos enseña una madre! ¡Cuánto nos enseña María! La carta a los Hebros nos dice que Cristo al entrar en el mundo gritó ‘aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’; ahora contemplamos a María que repite lo mismo ‘Aquí está la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra’. Cristo nos enseñará eso mismo en el evangelio, que seremos dichosos si escuchamos la Palabra, si cumplimos la voluntad del Padre. ‘Dichosos los que escuchan la Palabra y la cumplen, la ponen en práctica, hacen la voluntad del Padre’. He aquí una hermosa lección de María.

Si María llegó a esta disponibilidad para sentirse así la esclava del Señor y en ella se hiciera siempre lo que era la voluntad de Dios es porque María se había dejado inundar por Dios, de Dios. La vemos contemplando el misterio de Dios que se le manifiesta en la visita y las palabras del ángel. ‘Se turbó ante estas palabras y se preguntaba que saludo era aquel’. Su turbación no era miedo ni temor, sino admiración y asombro ante lo que Dios le manifestaba, pero dejaba que el misterio de Dios llegara a ella, penetrara en ella, la inundara totalmente. Llena de Dios no podía hacer otra cosa que la voluntad de Dios.

En otro momento del evangelio se dirá que ‘guardaba y meditaba en su corazón’ cuántas cosas le iban sucediendo. Era ese llenarse de Dios y así podría surgir esa disponibilidad, esa generosidad, ese amor que le envolvería toda su vida como la veremos luego en otros momentos de servicio - en casa de Isabel en la montaña -, de atención a las necesidades de los demás – en Caná de Galilea - o de comunión como en el cenáculo con los discípulos de Jesúsn después de la Ascensión.

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo, con toda clase de bienes espirituales y celestiales…’ que nos ha bendecido en María, dándonos a María. Que en ella nos llenemos de todas las bendiciones de Dios. Que de ella aprendamos a vivir esa vida de gracia y santidad. Que como María, purificándonos de todo pecado, llenándonos de gracia y de amor, seamos también digna morada donde también nazca y reine de Dios, como queremos que sea en verdad en la celebración de la Navidad.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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