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Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 30 de abril de 2011

En su gran misericordia la pascua no llena de paz, alegría y perdón

Hechos, 2, 42-47; Sal. 117; 1Pd. 1, 3-9; Jn. 20, 19-31

‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva, para una herencia incorruptible, pura, imperecedera, que os está reservada en el cielo…’

Así tenemos que comenzar bendiciendo a Dios con las palabras del apóstol. ‘Bendito sea Dios… nos ha hecho nacer de nuevo… por la resurrección de Jesucristo…’ Seguimos hoy con toda solemnidad celebrando la resurrección de Jesús. Estamos en la octava de la Pascua. Y tenemos que considerar bien cuánto significa eso para nuestra vida; cuánta es la gracia que por la misericordia de Dios alcanzamos. Un nacer de nuevo, una vida nueva, un bautismo que nos salva y que hemos querido renovar, revivir con toda intensidad en esta Pascua.

Hemos escuchado en el evangelio el relato de lo sucedido en la tarde de aquel primer día cuando Cristo resucitado se manifiesta a los discípulos, reunidos, encerrados en el cenáculo. También lo sucedido en el mismo lugar ocho días después cuando Cristo vuelve a manifestarse ahora ya con los once reunidos, porque también estaba Tomás. Lo escuchamos en la Palabra que se nos ha proclamado, lo revivimos con nuestra fe, lo sentimos vivo en nosotros mismos, en nuestra vida, porque de la misma manera Cristo resucitado llega a nosotros, se hace presente también en medio nuestro.

‘Paz a vosotros’, es el saludo pascual de Jesús en una y otra ocasión. ‘Mi paz os dejo, mi paz os doy, no como la da el mundo’, habíamos escuchado decir a Jesús en otra ocasión. Paz de Jesús para nuestros miedos y cobardías: estaban ‘con las puertas cerradas por miedo a los judíos’, comenta el evangelista. Paz que disipa dudas y nos da seguridad. Paz que nos llena de fortaleza y valor. Paz que nos hace sentirnos nuevos desde dentro de nosotros mismos. Paz de quienes nos sentimos amados, salvados, perdonados. Paz de vida, de amor, de perdón, de gracia. Es un regalo del Señor que tenemos que saber acoger.

¿Cómo no van a sentir la alegría de que Jesús resucitado esté allí en medio de ellos? ‘Los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor’. Era verdad lo que los ángeles habían dicho a los mujeres en el sepulcro. Era verdad lo que venían contando las mujeres, o aquellos discípulos que habían marchado a la finca de Emaús y decían que Jesús había estado con ellos. Tenía su sentido lo del sepulcro vacío. ‘Se llenaron de inmensa alegría al ver al Señor’. Es la alegría que nosotros sentimos también y con la que venimos celebrando hondamente la pascua y la resurrección. También en la fe nosotros sentimos a Cristo resucitado en medio de nosotros.

Allí está Jesús resucitado, quien había dado su vida, quien se había entregado por amor, quien había derramado su sangre para el perdón de los pecados. Con Jesús, como decíamos, llega la gracia y el perdón, llega la salvación. Para nosotros y para el mundo entero. Por eso confía a los discípulos la misión de la reconciliación y del perdón.

Enviados por Jesús como el había sido enviado por el Padre para anunciar el perdón y la gracia, para pronunciar la Palabra de gracia que nos trae el perdón porque no solo va a ser anuncio, sino va a ser de ahora en adelante sacramento porque en esa Palabra pronunciada por los apóstoles y sus sucesores tenemos la seguridad el perdón que Cristo nos ha obtenido con su entrega y su muerte, que Dios nos ha dado. Es el hermoso regalo de Pascua de Jesús a sus discípulos. ‘Recibid el Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados les quedan perdonados… como el Padre me ha enviado, así os envío yo…’

Se despierta de nuevo la fe. Renace la fe con la alegría de sentir a Cristo en medio nuestro. Se disipan las dudas. Porque como Tomás también tantas veces estamos queriendo buscar pruebas que podamos palpar con nuestra manos. Cuando el grupo de los discípulos le cuenta a Tomas que han visto al Señor están sus reticencias y dudas. ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los clavos, si no meto mi mano en su costado, no lo creo’. Es la prueba que exige Tomás.

¿Una fe sólo basada en pruebas razonables y palpables a lo humano? Fe es confiar y fiarse. Fe es abrir el corazón al misterio y al amor. Fe es abrir los ojos del alma para dejarse conducir por Dios. En fin de cuentas, es algo sobrenatural, es un don de Dios que por supuesto El quiere regalarnos y nosotros humildemente hemos de saber aceptar. Fe es fiarnos del amor de Dios que tantas pruebas nos da cuando nos entrega a Jesús.

Cuando a los ocho días, estando ya Tomás con el grupo, aparece Jesús resucitado de nuevo, ya Tomás no necesitará pruebas. ‘Señor mío y Dios mío’, es su emocionado exclamación y su confesión de fe ahora llena de humildad. Vayamos con humildad a Dios, pongámonos con humildad ante Dios cuando quiere llegar a nuestra vida. Ya sabemos que el se manifiesta y se revela de manera especial a los sencillos y a los humildes.

‘¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’, exclamará Jesús. Dichosos nosotros que no necesitamos ojos de la cara ni palpar con nuestras manos sino que desde la fe sabemos aceptar a Jesús, reconocer a Jesús presente en medio nuestro. Como nos decía Pedro, ‘no habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no lo veis y creéis en El; y os alegráis con un gozo inefable y transfigurado, alcanzando así la meta de vuestra fe: vuestra propia salvación’.

Qué hermoso es lo que estamos viviendo en estos días. Cómo nos sentimos transfigurados en la Pascua del Señor. Cómo sentimos que se derrama sobre nosotros la misericordia del Señor. Por algo este domingo el Papa Juan Pablo II, a quien hoy precisamente la Iglesia declara Beato, quiso que se llamara y así lo celebráramos como el domingo de la misericordia. ‘En su gran misericordia, por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos’, recordamos que nos decía el apóstol. Y hemos pedido en la oración al ‘Dios de la misericordia infinita que reanime la fe de su pueblo en la celebración de estas fiestas de pascua’.

Pedimos sí, que ‘se acrecienten en nosotros los dones de su gracia para que comprendamos mejor la inestimable riqueza del bautismo que nos ha purificado, del espíritu que nos ha hecho renacer y de la sangre que nos ha redimido’. Cuánta gracia por la misericordia del Señor recibimos. Cuánto regalo de amor Jesús nos hace. Qué riqueza y qué grandeza se nos ha conferido cuando en el Bautismo se nos ha hecho hijos de Dios. No lo podemos olvidar. Hemos de tenerlo siempre muy presente en nuestra vida. Eso nos ayudará a vivir más santamente, a responder mejor a la gracia y al amor del Señor. ‘Demos gracias al Señor que es bueno y que es eterna su misericordia’, como cantamos en el salmo.

Que sintamos esa paz que Cristo resucitado nos da y nos gocemos en verdad con el perdón que nos regala al tiempo que seamos ministros de reconciliación y de perdón para con nuestros hermanos. Es el regalo de amor que un cristiano enamorado de Cristo ha de saber ir haciendo allá por donde va para poner paz, para reavivar el amor, para que los corazones se llenen siempre de la verdadera alegría. Ojalá llegáramos a vivir el amor y la comunión que vivían las primeras comunidades de jerusalén como nos expresa el texto de los Hechos. Podría ser una comprometida respuesta a la Palabra de Dios escuchada en esta Pascua.

Que la intercesión del Beato Juan Pablo nos alcance de Dios esa gracia de santidad para nuestra vida.

viernes, 29 de abril de 2011

ORACIÓN PARA IMPLORAR FAVORES POR INTERCESIÓN DEL SIERVO DE DIOS JUAN PABLO II

Oh Trinidad Santa,
Te damos gracias por haber concedido a la Iglesia al Papa Juan Pablo II
y porque en él has reflejado la ternura de Tu paternidad, la gloria de
la cruz de Cristo y el esplendor del Espíritu de amor.

Él, confiando totalmente en tu infinita misericordia y en la maternal
intercesión de María, nos ha mostrado una imagen viva de Jesús Buen
Pastor, indicándonos la santidad, alto grado de la vida cristiana
ordinaria, como camino para alcanzar la comunión eterna Contigo.

Concédenos, por su intercesión, y si es Tu voluntad, el favor que
imploramos, con la esperanza de que sea pronto incluido en el número de
tus santos. Amén.

jueves, 28 de abril de 2011

Este domingo es el dia de la Misericordia. Cristo prometio que todos los que se confiesen ese dia y comulguen obtendran la remision total de las culpas y penas de los pecados

¿En qué consiste la Fiesta de la Divina Misericordia?

La Fiesta de la Divina Misericordia había sido, hasta el año 2000 una devoción privada. Pero ya el 5 de mayo de ese año la Congregación del Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos de la Santa Sede declaró el Segundo Domingo de Pascua, es decir, el domingo siguiente al Domingo de Resurrección, como “Segundo Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia”.

El Papa Juan Pablo II había dado la sorpresa al mundo de hacer ese anuncio el día en que canonizó a Sor Faustina Kowalska, precisamente en el Domingo de la Divina Misericordia del año 2000. “En todo el mundo el Segundo Domingo de Pascua recibirá el nombre de Domingo de la Divina Misericordia. Una invitación perenne para el mundo cristiano a afrontar, con confianza en la benevolencia divina, las dificultades y las pruebas que esperan al género humano en los años venideros”.

Así, lo que era una devoción privada, muy extendida ya en muchas partes del mundo católico, pasó a ser Fiesta oficial de la Iglesia. El Papa dispuso que se conservaran los mismos textos tanto en el Misal Romano, como en la Liturgia de las Horas.

El texto evangélico de ese domingo (Jn. 20, 19-31) es elocuente en cuanto a la Misericordia Divina: narra la institución del Sacramento de la Confesión o del Perdón. Es el Sacramento de la Misericordia Divina.

¿En qué consiste, entonces, esta Fiesta de la Divina Misericordia? He aquí lo que dijo Jesús a Santa Faustina: “Deseo que la Fiesta de la Misericordia sea un refugio y amparo para todas las almas y, especialmente, para los pobres pecadores. Ese día están abiertas las entrañas de mi Misericordia. Derramo un mar de gracias sobre las almas que se acerquen al manantial de mi Misericordia. El alma que se confiese y reciba la Santa Comunión obtendrá el perdón total de las culpas y de las penas” (Diario 699).

Es decir, quien arrepentido se confiese y comulgue el Domingo de la Divina Misericordia, podrá recibir el perdón de las culpas y de las penas de sus pecados, gracia que recibimos sólo en el Sacramento del Bautismo o con la indulgencia plenaria. O sea que si su arrepentimiento ha sido sincero y si cumple con las condiciones requeridas, el alma queda como recién bautizada, libre inclusive del reato de las penas del purgatorio que acarrean sus pecados aun perdonados.

La devoción de la Divina Misericordia, incluye también la Hora de la Divina Misericordia, la Coronilla (o Rosario) de la Divina Misericordia y la Novena preparatoria a la Fiesta de la Misericordia, que por cierto no es condición requerida para recibir las gracias especiales el día de la Fiesta de la Divina Misericordia.

Juan Pablo II el Primero de Mayo su Beatificacion. Escuchala en www.radiofelatina.net

sábado, 23 de abril de 2011

Qué noche tan dichosa en que Cristo resucitó de entre los muertos


Qué noche tan dichosa en que Cristo resucitó de entre los muertos

‘Esta es la noche, en que, rotas las cadenas del abismo, Cristo asciendo victorioso del abismo… ¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos’.

Así cantábamos con júbilo al inicio de esta noche santa. Nos alegramos, se alegra toda la tierra, se alegran todos los coros celestiales. ‘Que las trompetas anuncien la salvación’. Que las campanas repiquen a gloria. Bendito sea el Señor que nos da un gozo y una alegría tan grande. ¡Cristo ha resucitado! ¡Cristo ha vencido a la muerte! Cristo nos da la victoria sobre el pecado.

Ya no vamos nosotros al sepulcro para contemplar a un crucificado muerto. Queremos ver la tumba vacía. Queremos escuchar el anuncio de los ángeles. Queremos sentir la alegría de aquellas Marías que se encontraron la tumba vacía. ‘Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos…’ Con temblor, no de miedo sino de emoción, cantamos llenos de alegría la resurrección del Señor.

Lo había anunciado repetidas veces Jesús cuando anunciaba su pasión y su muerte. ‘Al tercer día resucitará’. Pero no terminaban de entender. Por eso seguían encerrados en el cenáculo con miedo a los judíos. Había manifestado su gloria allá en el Tabor a los tres discípulos predilectos, le había dicho que no hablaran de ello hasta después de su resurrección de entre los muertos, pero no habían entendido ni se habían atrevido a preguntar qué significaba aquello. Ahora podían comprenderlo. Ahora se llenarían de alegría, como nos seguimos alegrando nosotros a lo largo de los siglos cuando celebramos, como lo hacemos en esta noche, como lo hacemos en este día, la resurrección del Señor.

‘Estas son las fiestas de Pascua, en las que se inmola el Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles’, cantábamos en el pregón recordando aquella pascua judía que era anticipo y preparación de nuestra pascua. Se ha inmolado el Cordero. Lo contemplamos entregado por nosotros muerto en la cruz, en la tarde del viernes santo. Pero lo contemplamos ahora vencedor, resucitado, lleno de la gloria de Dios, consagrando no ya las puertas, sino consagrando nuestra vida con su sangre que nos ha lavado y purificado, que nos ha llenado de nueva vida, la vida de la gracia, la vida que nos hace hijos de Dios.

Hemos sido iluminados por la luz de Cristo resucitado y ya nuestra vida tiene siempre que resplandecer con esa luz de Dios. Hemos sido arrancados de las tinieblas de la muerte y del pecado. Estamos llenos de su luz y de su vida. Con la luz de Cristo resucitado parece que vemos la vida, las luchas, los trabajos, todo lo que es nuestra existencia con nuevos ojos. Es que los ojos que contemplan con fe la luz de Cristo resucitado tienen una mirada luminosa para verlo todo con nuevo optimismo.

No somos, ni tenemos que ser unos derrotados por fuertes que sean los problemas o las tentaciones. Con Cristo podemos vencer como El venció la muerte. Con la fuerza del Espíritu de Cristo resucitado podemos vencer el mal, el pecado, la tentación. Dejémonos llenar de esa luz; dejémonos llenar de su Espíritu victorioso.

Esta noche hemos ido haciendo un recorrido por toda la historia de la salvación desde la creación hasta la victoria de Cristo resucitado que estamos celebrando. Contemplamos la historia de un pueblo que fue llamado desde Abraham, liberado de Egipto con Moisés haciendo paso del mar Rojo desde la esclavitud hasta la libertad del pueblo nuevo, alentado una y otra vez por los profetas que seguían manteniendo la esperanza del Mesías Salvador que había de venir.

Es también nuestra historia, nuestra vida, porque de esa misma manera el Señor nos ha llamado y elegido, nos ha hecho pasar por las aguas del bautismo – del que aquel paso del mar Rojo fue una imagen anunciadora – y la palabra del Señor que vamos escuchando nos va alentado también en nuestra lucha para mantener nuestra fe, nuestra fidelidad al Señor. ‘Si hemos muerto con Cristo, creemnos que también viviremos con El’. Y eso ha sido una realidad en nuestra vida desde el bautismo que un día recibimos y que esta noche renovamos.

En Cristo por la fuerza de su Espíritu somos fortalecidos continuamente con la gracia de los sacramentos. Algunas veces quizá se nos hace duro el camino y la lucha. Pero cuando contemplamos esta noche a Cristo resucitado, se renacen nuestras esperanzas, nuestros deseos de luchar, nuestra voluntad de vivir esa vida nueva que Cristo nos ofrece. Y vemos que es posible porque tenemos a Cristo de nuestra parte. Le contemplamos a El resucitado y nos sentimos nosotros renovados, impulsados a esa vida nueva del evangelio, a resplandecer con esa santidad a la que estamos llamados. Hasta nos sentimos optimistas frente a la negrura de nuestro mundo.

Cristo resucitado también nos sale al encuentro como a aquellas mujeres que marchaban del sepulcro llenas de alegría con el anuncio del ángel tras contemplar la tumba vacía. ‘Alegraos… no tengáis miedo’, les decía Jesús a aquellas mujeres, nos dice a nosotros también. Que no se turbe de ninguna manera nuestra alegría. El Señor está con nosotros, ¿a quién vamos a temer? Nada ya nos puede acobardar.

También a nosotros nos dice: ‘Id a anunciar a mis hermanos…’ Esta gran noticia, esta alegría no nos la podemos guardar para nosotros. Tenemos que comunicarla, tenemos que anunciarla. Esta luz de la resurrección tiene que inundar nuestra mundo. Llevemos la noticia a los demás. Que con nuestras palabras, con nuestras actitudes, con el gozo que desborda de nuestro corazón y que se tiene que notar también exteriormente, llevemos ese anuncio a los demás.

Tenemos que felicitar a todos porque Cristo a resucitado, porque es noticia y es alegría para todos. No nos acobardemos porque haya alguien que no lo entienda. Nosotros, sí lo entendemos, y lo anunciamos, y tenemos que hacerle ver a nuestro mundo la fe que tenemos en Cristo resucitado.

Quizá estos días de pasión externamente hemos tenido muchas cosas que expresan nuestra fe, pero es una lástima que llegue este día, el más importante, y no sigamos con esa manifestación externa de nuestra fe y de nuestra alegría pascual. Quizá se ponían colgaduras con crespones en el día del viernes santo, pero no somos capaces de poner banderas de fiesta en la mañana del día de la resurrección del Señor. Mucho tendríamos que cambiar en este sentido muchas costumbres.

Gritemos al mundo: ¡Cristo ha resucitado! Contagiemos la alegría pascual a todos. Felicitémonos de verdad con una alegría nacida del corazón contagiado de la luz de Cristo resucitado.

Aqui puedes leer mas mensajes del Movimiento.

Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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