Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 29 de septiembre de 2012


En todos hay algo bueno para contribuir a hacer un mundo mejor

Núm. 11, 25-29; Sal. 18; Sant. 5, 1-6; Mc. 9, 38-43.45.47-48
En ocasiones damos la impresión de que nos creemos que nosotros somos los únicos buenos o los únicos que sabemos hacer las cosas bien. Mala cosa es el orgullo de creernos únicos y creernos los mejores. Pero sabemos lo que nos pasa, desconfiamos de los demás, desconfiamos de que puedan hacer las cosas bien, desconfiamos de que haya algo bueno en los que quizá no piensan como nosotros o tienen otras ideas.
Pasa esto en todos los campos, en lo religioso o en lo político, en el tema de los conocimientos o de las experiencias, en muchas facetas de la vida; somos un encanto para poder pegas a lo que hacen los demás… Mala contribución hacemos al bien común y a la construcción de un mundo mejor con estas desconfianzas y con este no saber respetar y valorar las cosas, las ideas o la manera de hacer de los otros. Mal contribuimos a una buena convivencia con actitudes así. Cuántos conflictos nos evitaríamos.
Hoy Jesús nos da una buena lección. Igual que el joven Josué, celoso de salvaguardar la autoridad de Moisés, quiso hacer callar a aquellos que sin estar en la tienda del encuentro recibieron también el espíritu de profecía, en el evangelio vemos como Juan viene diciendo que trataron de impedir que expulsasen demonios aquellos que sin ser del grupo de Jesús pero en su nombre realizaban tales milagros. ‘No se lo impidáis, les dice Jesús, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de mi. El que no está contra nosotros, está a favor nuestro’.
‘Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta y recibiera el espíritu del Señor’, le respondió Moisés. Lo que presiente Moisés y de alguna manera habla proféticamente es algo que con Jesús se va a realizar, porque desde el Bautismo que nos une a Jesús con Jesús nos hace sacerdotes, profetas y reyes. Somos un pueblo santo, sacerdotal y profético. Ungidos estamos todos por el Espíritu del Señor para que podamos hacer las obras de Dios. Lo bueno y lo justo ya no es prerrogativa de unos pocos, sino que quien está haciendo el bien siempre en él también podemos y tenemos que descubrir el Espíritu de Dios que está actuando en él.
Es lo que nos hace sentirnos en verdad pueblo de Dios que camina unido; pueblo de Dios que se siente en comunión verdadera; pueblo de Dios en que cada uno hemos de ir poniendo nuestro grano de arena de bondad y de amor, de obras de justicia y de verdad; pueblo de Dios en que nos queremos y respetamos, y nos valoramos y nos aceptamos; pueblo de Dios en que todos nos sentimos responsables de su marcha, de su caminar; pueblo de Dios que sentimos la preocupación por lo bueno, la preocupación por las cosas de la Iglesia como algo nuestro, la preocupación por ese mundo en que habitamos y aprendemos a convivir con todos aunque nos puedan parecer distintos porque piensen de forma distinta, pero en donde siempre valoramos lo bueno que hacen los demás, porque hasta una cosa tan sencilla como un vaso de agua dado con buena intención ya es una manifestación, una semilla de reino de Dios que estamos encontrando.
Y como pueblo santo que hemos de ser no sólo cada uno ha de evitar lo malo, alejarse de lo malo, sino que además nunca podemos incitar a lo malo a los que están a nuestro lado. Por eso la dureza con que Jesús habla del escándalo, que es ese incitar a lo malo, y como hemos de procurar alejarnos de todo lo que sea malo, poniéndonos esas expresiones tan duras de que es mejor entrar cojo, manco o tuerto en el reino de los cielos que con todos los miembros o sentidos ser arrojado al fuego del infierno.
Jesús en estas conversaciones que va teniendo con sus discípulos más cercanos les va ayudando a descubrir esas actitudes y valores nuevos que han de tener en su corazón y plasmar en su vida quienes quieren seguirle. No tiene que ser sólo el entusiasmo que podamos sentir por Jesús cuando le vemos realizar cosas maravillosas sino que es un irnos impregnando del espíritu de Jesús que nos está enseñando ese nuevo actuar.
Cuando venimos aquí a la Eucaristía y escuchamos su Palabra es así cómo tenemos que escucharla abriendo nuestro corazón a la enseñanza que nos va desgranando Jesús para ir dándole la vuelta a nuestra vida, cambiando esas actitudes muchas veces cerradas y egoístas que se nos han metido en el corazón para comenzar a actuar de una forma nueva y distinta. Es la maravilla del Evangelio que se nos va anunciando y vamos escuchando y que nos va haciendo tener una mirada nueva a cuanto nos rodea.
Cómo tenemos que aprender a abrir los ojos para descubrir todo lo bueno que hay a nuestro alrededor, todo lo bueno que florece también en el corazón y en la vida de los que nos rodean, cómo tenemos que ir quitando prejuicios de nuestra vida que tanto daño nos hacen porque cuando nos acercamos con un prejuicio al otro ya nos costará aceptarlo, comprenderlo y descubrir todo lo bueno que también hay en él.
Tenemos que saber superar esos impulsos primarios que muchas veces surgen en nosotros que si vemos en un momento algo que no nos gusta o con lo que no estamos de acuerdo, ya luego seguimos con ese prejuicio y no somos capaces de ver que también pueden haber otras cosas buenas en la persona, o que también la persona puede cambiar una actitud o una postura no buena que en algún momento haya podido tener. Queremos que nos acepten a nosotros y que reconozcan también que podemos cambiar, pero cuánto nos cuesta reconocerlo en los otros.
Ese estilo de amor que nos enseña Jesús se tiene que traducir en esa mirada nueva al otro, en esa aceptación, en ese respeto, en esa valoración que hacemos de los demás. Siempre será una mirada llena de amor, de comprensión, de amistad, rebosante de paz. Y si con ese estilo de amor que nos enseña Jesús en el evangelio estamos llamados a hacer un mundo nuevo - decimos siempre que queremos construir el Reino de Dios - es por esos caminos donde aprendemos a colaborar juntos cada uno poniendo su granito de bondad y de amor es como podremos lograrlo.
Todo esto hemos de vivirlo con sinceridad dentro de nuestra propia Iglesia, que siempre ha de ser madre de misericordia, como en el ámbito de nuestras relaciones de convivencia de cada día con los que están a nuestro lado, familia, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, o los que cohabitamos en un mismo lugar. Dijimos en el ámbito de la propia iglesia y hemos de reconocer cuántas divisiones y separaciones se han creado en la Iglesia de Jesús que se han ahondado más y más con el paso de los siglos. Qué distinto sería todo si todos los creyentes en Jesús tuviéramos una mirada distinta y más llena de amor con los hermanos.
De cuántos prejuicios tenemos que liberarnos; intentémoslo y veremos que nuestra convivencia va a florecer en frutos de hermosa amistad y armonía, nuestras relaciones estarán más llenas de paz, y además veremos cómo podemos hacer grandes cosas, hermosas cosas que nos harán a todos mejores.
Llenémonos del Espíritu de Jesús, que es espíritu de fortaleza y de profecía, de comunión y de paz, de temor de Dios y de amor y lograremos un mundo mejor que cada vez más se parezca al Reino de Dios.

viernes, 21 de septiembre de 2012


Unos pasos de humildad, de servicio, de acogida al otro camino de la verdadera grandeza

Muchas veces tenemos en la vida silencios bien significativos; silencios en el desconcierto sin saber a qué quedarnos; silencios llenos de temor porque no entendemos y no sabemos cómo preguntar para no quedarnos como al desnudo; silencios porque quizá nuestros pensamientos o nuestros deseos no están muy en consonancia con aquellos con los que estamos; silencios quizá desde nuestra mala conciencia por lo que nos callamos en cierto modo avergonzados. Muchos silencios que en cierto modo manifiestan una falta de paz en nuestro corazón.

Jesús quiere ir a solas con sus discípulos más cercanos porque con ellos quiere tener una conversación en mayor profundidad para instruirles, para prepararles ante todo lo que está por suceder. Una vez más les está anunciando su entrega hasta la muerte aunque ellos no entienden y no quieren preguntar. ‘El Hijo del Hombre va a ser entregado en manos de los hombres y lo matarán; y después de muerto, a los tres días resucitará’, les dice.  Pero ellos ‘no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle’. 

Con la imagen que ellos se habían hecho de Jesús y lo que pensaban que tenía que ser el Mesías como alguien que se iba a presentar triunfador y victorioso, les costaba entender lo que Jesús hablaba de entregarse y de entregarse hasta la muerte. Cuesta darnos hasta arrancarnos de nosotros mismos. Cuesta entender el verdadero camino y sentido de la pascua. Siempre tenemos la tentación de hacernos nuestras reservas y pensamos que no es necesario quizá llegar a tanto. Por eso las palabras de Jesús se les hacían duras y difíciles. Y a ellos se les hacía difícil preguntar. Los miedos que crean silencios.

El no aclarar bien las cosas hará que luego sigan con sus sueños, a pesar de lo que Jesús les anunciaba y los caminos que les enseñaba. Por eso, a pesar de las palabras de Jesús, seguirán pensando en triunfos y en honores y por el camino irían discutiendo quien va a ser el más importante, el que va a ser el primero en ese Reino de Dios que ellos sienten que es inminente tras los anuncios que Jesús ha ido haciendo. 

‘Llegados a Cafarnaún y una vez en casa Jesús les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino?’ Y ellos que pensaban que Jesús no los había oído. Una vez más el silencio por respuesta. ‘Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el más importante’. La mala conciencia les hacía callar. Cuántas veces Jesús les había explicado las cosas y ellos seguían con la mente cerrada. 

‘Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo: Quien quiera ser el primero que sea el último de todos y el servidor de todos’. Así claramente, con rotundidad. Hazte el último, hazte el servidor. Por ahí va la verdadera grandeza. Es el camino de Jesús que no vino ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por todos. Es el camino que va a hacer Jesús cuando suba a Jerusalén, porque no serán los hombres los que lo entregarán, sino que será el amor el que lo entrega; El mismo se entrega, es una entrega de amor, de amor sin límites, de amor hasta el extremo. Porque El da su vida libremente, nadie se la arrebata. Así es la ofrenda y el sacrificio que va a ofrecer.

Lo hemos reflexionado y hemos escuchado las reflexiones que en este sentido nos ha ofrecido el apóstol Pablo. Se rebajó hasta hacerse el último; pasó por uno de tantos, no quería destacar en grandezas humanas se sometió a la muerte y a la muerte más ignominiosa, a la muerte de Jesús. Ho hay amor más grande.

Y ese es el camino de amor que nos enseña, el camino de la humildad y del servicio. Algunas veces pensamos que tenemos que hacer grandes cosas, algo extraordinario y especial, pero es en las cosas pequeñas de cada día donde tenemos que manifestar ese espíritu. Es la fidelidad de las cosas pequeñas. Es la fidelidad en las cosas ordinarias de cada día, allí donde vivimos, allí donde estamos, allí donde convivimos, con los que nos rodean, con la familia, con los amigos, con los compañeros de trabajo de cada día, con los que nos vamos encontrando. Dios no nos pide cosas extraordinarias, sino que seamos capaces de hacer extraordinariamente bien, con un extraordinario amo, esas cosas ordinarias de cada día.

Son tantos detalles, pequeños e insignificantes a veces, son tantos los gestos de amor, de servicio, de generosidad que podemos tener en cualquier momento. Una palabra buena, un favor que surge espontáneo con el que está a nuestro lado, una mano que tendemos para ayudar a caminar, a levantarse, a cruzar de un lado a otro, una sonrisa y un gesto de amabilidad, una buena cara para el que está a nuestro lado o con quien nos encontramos, una palabra de gratitud por algo que hayan hecho bien o a favor nuestro. Ahí en esas pequeñas cosas se tiene que manifestar la bondad de nuestro corazón, ese espíritu de servicio que nos hemos propuesto como lema de nuestra vida.

Jesús termina hoy en el evangelio este encuentro y lección con sus discípulos diciéndonos cómo tenemos que ser acogedores con todos. Nos es fácil quizá poner buena cara o tener un gesto de bondad con aquellos que nos hacen bien, o que consideramos importantes para nosotros en la vida. Pero Jesús nos está enseñando que tenemos que ser acogedores para con los pequeños, para los que nos pueden parecer menos importantes. Es por eso,  por lo que ‘acercando a un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo: El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí no me acoge a mi sino al que me ha enviado’.

En el niño está la imagen de lo pequeño, de quien no es importante, del que quizá pasa desapercibido porque no resplandece o destaca por nada especial. En la época de Jesús y en aquella cultura los niños eran poco valorados. Por eso es imagen de quienes son los que tenemos que aprender a acoger. Hay tantos a la vera del camino de nuestra vida que vamos dejando a un lado por un motivo u otro. Son tantas las discriminaciones y distinciones que vamos haciendo con los que nos rodean. Pero Jesús nos está diciendo cómo y a quienes tenemos que aprender a acoger. En ese acercamiento al que es pequeño o nos pueda parecer el último encontraremos nuestra verdadera grandeza.

Vamos a dejar que Jesús nos hable ahí en esos silencios que se nos hacen en el corazón. Seguro que sentiremos el ardor de su Palabra, el fuego de su Espíritu que nos enardece, la Luz que disipa esas tinieblas y oscuridades que se nos meten dentro tantas veces. Aunque en ocasiones sintamos el temor a dar el paso en esa entrega dejémonos conducir por el Espíritu del Señor que nos dé valentía y fortaleza. Que nos llenemos de esa Sabiduría de Dios, que nos viene de lo alto, como nos decía Santiago en su carta, que ‘es pura y además amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante, sincera’.

viernes, 14 de septiembre de 2012


Una confesión de fe anuncio comprometido de pascua
Is. 50, 5-9; Sal. 114; Sant. 2, 14-18; Mc. 8, 27-35

Muchas veces la gente se preguntaba quien era Jesús cuando contemplaban los milagros que hacía o escuchaban sus enseñanzas. Se quedaban admirados ante sus obras, intuían que un gran profeta había aparecido entre ellos y acudían de todas partes a escucharle porque su corazón se llenaba de esperanza.  Pero en su mayoría no habían llegado a descubrir la verdad de Jesús. ¿Les sucedería igual a aquellos que más cerca estaban de Jesús, a los que había escogido de manera especial?

Ahora es Jesús el que hace la pregunta. Se la hace a los cercanos. Con el grupo de los que están siempre con El marcha incluso casi fuera del territorio de Israel. ‘Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Filipo’. En la cercanías de las fuentes del Jordán. En ocasiones veremos a Jesús cuando va de camino con los discípulos que aprovecha para hablarles y explicarles a ellos de manera especial muchas cosas. 

Ahora pregunta. Son momentos de una especial intimidad y cercanía. ‘¿Quién dice la gente que soy yo?’ Es como diríamos hoy una encuesta para ver la opinión de la gente. Opiniones variadas. ‘Unos, Juan Bautista; otros, Elías; y otros, uno de los profetas’. 

La presencia de Juan allá en el Jordán había impactado a la gente que acudía a escuchar su palabra y bautizarse en aquel bautismo con que los preparaba para la llegada inminente del Mesías. Pero Herodes lo había metido en la cárcel y lo había mandado decapitar instigado por Herordías y dejándose arrastrar por su cobardía, como ya hemos reflexionado en otras ocasiones. Incluso Herodes llegó a pensar que Jesús era Juan que había vuelto.

Elías era el paradigma de los profetas en tiempos difíciles para Israel y había sido arrebatado al cielo. Vivían con la esperanza de su vuelta, como había expresado otro profeta. Cuando apareció el Bautista, algunos pensaron que era la vuelta de Elías. Ahora hay quien piensa que Jesús es Elías que ha vuelto. 

Pero la mayoría se quedaban con la idea de que era un profeta. Así lo manifestaban cuando contemplaban las obras de Jesús. ‘Un gran profeta ha aparecido entre nosotros’, exclamaron en más de una ocasión. Pero no habían descubierto aún nada más, aunque también algunos le hacían una fuerte oposición. 

Por eso la pregunta ahora va más directa a los discípulos cercanos para que manifiesten que es lo que ellos piensan de Jesús. ‘Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?’ Pedro se adelanta a responder. Como en otras ocasiones que dirá que por Jesús está dispuesto a todo. Ahora confiesa la fe que ha nacido en él desde un corazón muy lleno de amor a Jesús. ‘Tú eres el Mesías’. 

Los otros evangelistas darán la respuesta más completa, ‘tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo’. Y nos comentarán que Jesús le dice a Pedro que si ha sido capaz de decir eso no lo ha hecho por sí mismo sino porque el Padre se lo ha revelado en su corazón. Marcos nos dirá que ‘les prohibió terminantemente decírselo a nadie’, como cuando la teofanía del Tabor que les dijo que no hablaran de ello hasta que el Hijo del Hombre hubiera resucitado de entre los muertos.

No deben decirlo a nadie para que la gente no entre en confusiones sobre lo que era realmente la misión del Mesías. Ya sabemos lo que pensaban, un Mesías liberador de Israel de la opresión de los romanos, un Mesías con un carácter más político y guerrero que profético. Cuántas confusiones tenemos nosotros también en la cabeza en ocasiones de lo que ha de ser nuestra fe en Jesús. 

Por eso ahora comenzará Jesús a explicarles lo que realmente le va a pasar. ‘El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día. Y se los explicaba con toda claridad’, comenta el evangelista.

Pero si era difícil para ellos entender lo que era la misión del Mesías por la idea que se habían hecho, difícil les era ahora comprender y aceptar las palabras de Jesús que anunciaba su pasión, muerte y resurrección. Esto no le podía pasar a Jesús. Había tanta gente que lo quería, como lo querían ellos, como lo quería Pedro. Era inconcebible que sucedieran esas cosas que anunciaba Jesús. Pedro tratará de quitarle la idea de la cabeza a Jesús.

Jesús lo rechaza. Es como una tentación para él. ‘¡Apártate de mí… tu piensas como los hombres, no como Dios!’ Nuestras maneras de pensar a lo humano. Cuánto les costó a los discípulos darle la vuelta de verdad a su corazón, a sus ideas, a su manera de pensar y actuar. Tantas veces vemos a Jesús enseñar y corregir cuales habían de ser esas actitudes nuevas que tendrían que resplandecer en sus vidas.

Los reconocimientos y las grandezas nos encandilan. El poder es una tentación que está ahí al acecho; y cuando hablamos de poder no será necesario en grandes cosas, pero siempre queremos estar por encima, ser más. Ya Jesús allá en el desierto había sido tentado por el diablo con ese brillo del poder, de la grandeza, del reconocimiento a lo humano y había rechazado las tentaciones. Jesús mismo cuando tenga que enfrentarse a lo que estaba ahora anunciando sentiría también en él la debilidad humana y preferiría no beber el cáliz. Pero estaba por encima el cumplir la voluntad del Padre, aceptar el plan de Dios, realizar la salvación desde la entrega y el amor supremo hasta el final.

Subir el camino de la pascua no siempre es fácil cuando vislumbramos que en esa pascua tiene que haber pasión y muerte para poder llegar a la resurrección. Hacer ese camino de entrega hasta el sacrificio, de la donación total hasta olvidarse de sí mismo no siempre es fácil. Seguir a este Jesús que es el Mesías y Salvador, pero implicando nuestra vida totalmente en ese salvación que El nos da que se tiene que manifestar en una vida nueva en la que hemos de dejar atrás ese hombre viejo de la ambición, del orgullo, de los afanes de grandeza y de superioridad, del egoísmo y de la insolidaridad, no siempre es fácil. Proclamar nuestra fe en Jesús con todas sus consecuencias para que no se quede en palabras bonitas es algo realmente comprometido. 

Por eso a Pedro le asustan las palabras de Jesús. Confiesa, es cierto, su fe en Jesús proclamándolo como el Mesías Salvador y el Hijo de Dios pero eso le exigirá emprender un camino nuevo. Preferiría no oír hablar de esas cosas.  Jesús viene a purificar su pensamiento, su corazón; viene a ayudarle a comprender de verdad por donde tienen que ir el camino del Evangelio, del Reino de Dios. Por eso terminará diciéndole que ‘quien quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga’. 

Es el camino que hace Jesús entregando su vida por amor. Sólo el que es capaz de esa entrega podrá tener vida para siempre, podrá alcanzar la salvación. ‘Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará’. Y nosotros que queremos nadar y guardar la ropa, que queremos seguir haciéndonos nuestras reservas por si acaso, que andamos muchas veces midiendo hasta donde podemos llegar y lo que no podemos traspasar quedándonos en el límite. 

Pero el estilo de los que siguen a Jesús tiene que ser distinto. ‘Sólo los arriesgados, los esforzados, alcanzarán el Reino de los cielos’, como nos dirá en otra ocasión. La generosidad de nuestra entrega, la disponibilidad de nuestro corazón, el entusiasmo que hemos de poner en el seguimiento de Jesús para darlo todo, porque aspiramos a poner nuestro tesoro allí donde no nos lo pueden robar. Cuántas cosas nos enseña Jesús. 

Que nuestra fe no se nos quede en palabras. Confesemos nuestra fe en Jesús pero que se manifieste esa confesión en las obras de nuestra entrega, de nuestro amor, de nuestro compromiso por un mundo mejor.

viernes, 7 de septiembre de 2012


Los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará…
Is. 35, 4-7; Sal. 145; Sant. 2, 1-5; Mc. 7, 31-37

Sin verdadera comunicación es difícil que podamos entrar en comunión los unos con los otros; comunicándonos nos conocemos, trasmitimos lo profundo de nosotros mismos y entramos también en lo profundo que el otro quiere trasmitirnos. Por los sentidos físicos nos comunicamos porque hablamos, vemos, oimos, palpamos y la discapacidad por falta de alguno de nuestros sentidos crea dificultad en la comunicación y en consecuencia de la comunión entre unos y otros. Pero no son sólo estas barreras de discapacidad fisica las que pueden crear impedimentos porque desgraciadamente muchas veces en la vida ponemos barreras que nos impiden esa necesaria comunicación y comunión.

Hoy el evangelio nos está hablando de un hombre sordo que además apenas podía hablar. Quienes hayamos tenido la experiencia de convivir o estar cercano a personas sordas sabemos de la dificultad de esa comunicación y cuántos problemas se crean además para la convivencia. Muchas amarguras y tristezas podemos contemplar en ocasiones en estas personas. Es cierto que la inteligencia humana hace maravillas y llegamos a crearnos y utilizar otros lenguajes para la comunicación y una persona madura sabe saltar, al menos lo intenta, esas barreras que pudieran apartarnos los unos de los otros y superar esas tristezas y amarguras. Cosa que no siempre es fácil y tendría que ser un toque de atención para todos.

Le presentaron a este sordomudo a Jesús  ‘y le piden que le imponga la manos’. Ya hemos escuchado el relato del evangelio con los gestos que Jesús realiza tocando sus oidos y su lengua, y a aquel hombre ‘al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y hablaba sin dificultad’. Se manifiesta así la gloria del Señor y al divulgarse la noticia  ‘en el colmo de su asombro decían: Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos’. 

El profeta había anunciado, como escuchamos en la primera lectura. ‘Sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios que trae el desquite, viene en persona, resarcirá y os salvará: se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, la lengua del mudo cantará…’ Viene el Señor con su salvación. En el evangelio le contemplamos realizando maravillas. El Señor sigue haciendo maravillas en nosotros. Lo que escuchamos en el evangelio son signos de toda esa salvación que el Señor quiere para nosotros.

El mensaje que nos quiere ofrecer hoy la Palabra de Dios es hermoso y es profundo. Tenemos que descubrir y sentir todo lo que el Señor quiere trasmitirnos. Este pasaje del evangelio me hace pensar y reflexionar en muchas cosas. De entrada tendríamos que decir que no pongamos barreras en nuestro corazón y en nuestro espíritu a la Palabra que el Señor quiere dirigir a nuestra vida. Podríamos ya pedirle que toque nuestros oídos, nuestra lengua, nuestro corazón, nuestra vida para que se abran de verdad a su Palabra, que algunas veces no queremos escuchar, algunas veces nos hacemos sordos a lo que el Señor quiere decirnos o pedirnos.

Una cosa en lo que también nos ilumina esta Palabra del Señor es en la solidaridad que tendríamos que aprender a tener con todas aquellas personas que padecen algun tipo de discapacidad física en sus sentidos, - ciegos, cojos, sordos o cualquier otra limitación o discapacidad -, y que ya tendríamos, tanto a nivel personal o individual, pero también desde nuestra sociedad, que aprender a valorar a estas personas cuyo valor y dignidad está por encima de esas limitaciones, y también poner todo lo necesario para no crearles barreras en su comunicación con los demás, así como ayudarles a que ellas mismas se valoren y sean capaces de desarrollar todas las posibilidades que tienen como personas. Cuánto habría que hacer en este sentido.

Pero también podemos abundar en algo más. En el comienzo de esta reflexión, casi como una introducción, hablábamos de la comunicación que nos lleva a la comunión, y decíamos que no nos quedamos sólo en la comunicación que a través de nuestros sentidos físicos podemos realizar. 

Y hemos de reconocer que en muchas ocasiones ponemos barreras en esa comunicación mutua. Con qué facilidad nos encerramos en nosotros mismos de forma egoísta aislándonos de los demás, ignorándonos mutuamente quizá. En un mundo en el que vivimos hoy tan adelantado en medios de comunicación que nos facilitan el poder estar en contacto on personas de cualquier lugar del planeta - ahí tenemos internet o los modernísimos medios de telefonía -, quizá no somos capaces de escuchar al que está más cerca de nosotros y creamos aislamientos y silencios en nuestras relaciones. 

Qué difícil se nos hace a veces escucharnos sin prevenciones ni prejuicios. Y cuando no nos escuchamos de verdad que injustos somos con los que nos rodean, porque enseguida nacen sospechas y desconfianzas. Y ese no es el camino del amor verdadero que un cristiano ha de vivir.

No somos capaces de abrir nuestro corazón a nadie y tenemos miedo a compartir lo más hondo de nuestro yo a causa quizá de nuestros miedos o complejos. En la vida nos vamos encontrando con seres que caminan solos, quizá porque ellos no han sabido abrirse a los demás, pero también muchas veces porque somos nosotros los que los aislamos, le negamos la comunicación. Por otra parte cuántas discriminaciones vamos haciendo en la vida desde tantos baremos que nos creamos para aceptar a unos sí y a otros no. 

Muchas más cosas podríamos reflexionar en este sentido. Si antes pedíamos que el Señor pusiera su mano sobre nosotros para despertarnos y abrir los oidos de corazón a la Palabra que quiere decirnos, ahora tenemos que seguirle pidiendo, sí, que ponga su mano sobre nuestra vida para que rompamos de una vez por todas esas barreras que de una forma o de otra nos vamos creando y que nos separan, aislan o hacen surgir discriminaciones.

El Señor que nos ha dejado el mandamiento del amor como nuestro distintivo despierte ese amor en nuestro corazón para que lleguemos a esa verdadera comunicación que nos lleve a una comunión profunda entre todos. Que abramos nuestros ojos a la luz del evangelio, nuestros oídos a su Palabra salvadora para que nos dejemos transformar por su gracia y ser ese hombre nuevo del evangelio, en el estilo del amor que Jesús vivió y nos enseña que hemos de tenernos los unos con los otros.

Viene el Señor, como decia el profeta, a traernos la salvación. Que llegue su salvacion en verdad a nosotros porque se nos abran nuestros ojos y oidos a su gracia salvadora. Que se abran también nuestros labios que seamos capaces de trasmitir esa Palabra de salvación a los demás. No echemos en saco roto la gracia del Señor.

Aqui puedes leer mas mensajes del Movimiento.

Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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