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Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

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Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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viernes, 7 de noviembre de 2014

Una confesión de fe con profundo sentido eclesial pero una manifestación de que somos signos de la presencia de Dios

Una confesión de fe con profundo sentido eclesial pero una manifestación de que somos signos de la presencia de Dios

Ez. 47, 1-2.8-9.12; Sal. 45; 1Cor. 3, 9-11.16-17; Jn. 2, 13-22
‘He aquí la morada de Dios entre los hombres: ellos serán su pueblo y “Dios con ellos” será su Dios… Pueblo convocado por el Verbo de Dios, pueblo reunido en torno a Cristo, pueblo que escucha a su Dios: Iglesia del Señor. Templo construido por profetas y apóstoles,  templo en que Cristo es la piedra angular… Iglesia del Señor…’
Es un canto que quizá muchas veces hemos cantado y que nos ha introducido hoy a la celebración de la Eucaristía del domingo, día del Señor, pero en que tenemos como celebración especial la Dedicación de la Catedral de Roma, la Basílica de san Juan de Letrán y que es la Sede del Obispo de Roma, en consecuencia la Sede del Papa. Por eso la liturgia de la Iglesia lo quiere celebrar con especial solemnidad por todo lo que significa esta fiesta para toda la cristiandad.
Aparte de la profunda connotación eclesial que tiene esta celebración donde queremos sentirnos en comunión con la Iglesia universal y en consecuencia sentirnos en comunión con quien en nombre de Cristo es el Pastor toda la Iglesia es un momento propicio para hacer una profunda profesión de fe en Cristo y en su Iglesia. Como Pedro en aquel momento que lo reconoció como el Mesías de Dios, el Ungido del Señor, el Hijo de Dios en quien teníamos toda nuestra salvación. Y no podemos olvidar que tras esa confesión de fe de Pedro está el anuncio de Jesús de la constitución de la Iglesia. ‘Tú eres Pedro y sobre esta piedra construiré la Iglesia’.
Por eso la fe de Pedro nos mantiene unidos y en comunión con los hermanos; la fe de Pedro nos llama y nos congrega; la fe de Pedro va a ayudarnos a mantener y conservar nuestra fe como le dijo Cristo que había de animar la fe los hermanos. Por eso sentirnos en comunión con la Iglesia es garantía de mantenernos en fidelidad, de seguir los caminos que nos señaló el Señor. Si estamos con Pedro, Cristo estará con nosotros, nos atrevemos a decir. ‘Mantente firme para que confirmes en la fe a tus hermanos’, que le diría Cristo.
Somos el pueblo convocado por la Palabra del Señor, reunido en torno a Cristo, que quiere escuchar a su Dios, como señalábamos con el canto que recordábamos al principio de nuestra reflexión. Somos ese templo de Dios, ese edificio de Dios, como nos dirá san Pablo en sus cartas, edificado sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, pero donde Pedro es esa piedra que nos une, pero en donde Cristo es la verdadera piedra angular.
En el evangelio hemos escuchado ese episodio de la expulsión de los mercaderes del templo, como un signo de esa purificación que quería Jesús para la casa del Señor, que ha de ser casa de oración, casa de lugar de encuentro con Dios. ‘Morada de Dios entre los hombres’, se ha de convertir el templo santo, todo templo consagrado al Señor, como un signo en medio de los hombres, en medio del mundo de esa presencia de Dios. Eso han de significar nuestros templos levantados en medio de la comunidad, como ese lugar también donde hemos de acudir para sentir una especial presencia de gracia, presencia del Señor.
Por una parte nos reconforta el contemplar nuestros templos cristianos en medio de las ciudades y de los pueblos, siempre con su cruz levantada en lo alto de tus torres y campanarios, porque nos están señalando ese lugar sagrado donde podemos vivir un encuentro especial con el Señor, donde podemos encontrar la paz y el silencio para nuestro recogimiento en la oración al Señor; pero también por otra parte porque sabemos que allí, en las celebraciones que en ellos realicemos, mana para nosotros la fuente de gracia del Señor que nos llena de vida y nos tonifica y fortalece en ese camino de nuestra vida cristiana.
Recordemos aquel manantial de agua que brotaba del templo del Señor, como nos hablaba el profeta, y que allí por donde pasaba todo lo llenaba de vida y hacía que brotaran los frutos. Así contemplamos también a nuestros templos como esos manantiales de gracia y de vida para alimentarnos y que demos frutos de vida eterna. ¿No es allí donde celebramos los sacramentos, caudales y canales de gracia para nosotros y donde escuchamos la Palabra de Dios?
Pero eso nos lleva a algo más. La santidad de ese templo material, de ese edificio construido para albergar al pueblo de Dios reunido para el culto del Señor, para la escucha de su Palabra, para la celebración de los sacramentos, para nuestra oración y nuestro cántico de alabanza al Señor, nos tiene que conducir a descubrir el verdadero templo del Señor.
Primero, es Cristo mismo, el Emmanuel,  presencia de Dios de Dios en medio de los hombres; Cristo es el lugar, por decirlo de alguna manera, de nuestro encuentro con Dios. En El encontramos la gracia y la vida; por El, con El y en El daremos gloria y honor al Padre para siempre, como lo hacemos siempre en la Eucaristía; a través de El conocemos al Padre, porque quien le ve a El ve al Padre, y porque es El quien nos revela para siempre el misterio de Dios ya que es el Verbo de Dios, la Palabra y revelación de Dios. Y siempre será por Cristo por quien oremos al Padre, porque nos garantiza que cuanto pidamos en su nombre, siempre lo alcanzaremos de Dios. Podríamos recordar muchos textos del Evangelio.
Pero luego nosotros por nuestra unión con Cristo somos, nos hemos convertido en ese templo del Señor. Para eso fuimos ungidos y consagrados en nuestro bautismo, para ser verdadera morada de Dios y para ser templos de su Espíritu. ¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?’ nos ha dicho hoy san Pablo en la carta a los Corintios. Nuestros cuerpos, nuestra vida toda ha de ser esa ofrenda que unidos a Cristo hagamos al Padre para su gloria.
Si de nuestros templos materiales decíamos que se convertían en signos de la presencia de Dios en medio de nosotros, si de Cristo mismo, verdadero y real templo de Dios, decíamos también que es la señal cierta de esa presencia llena de gracia de Dios en medio de nosotros, ¿qué tendríamos que decir de nuestra vida si también decimos que somos templo y morada de Dios? De igual manera, tendríamos que decir, nuestras vidas han de ser signos de esa presencia de Dios en medio del mundo.
Allí donde vaya un cristiano se ha de notar que va lleno de Dios y está Dios; allí donde está un cristiano con la santidad de su vida, con sus buenas obras de amor, con su compromiso por la paz y la justicia para hacer un mundo nuevo y mejor, se ha de decir también que es una señal de Dios, un signo de Dios en medio de sus hermanos los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Nuestras obras de amor han de significar y hacer presente a Cristo en medio del mundo.
Lo fueron los santos porque la santidad de sus vidas hacía presente a Dios. Lo hemos de ser nosotros porque el mundo necesita de esos signos, necesita esos testigos que con sus vida manifiesten el amor y la presencia de Dios en medio nuestro.
Hoy nos alegramos en esta fiesta de la dedicación de la Catedral del Papa. Como decíamos al principio nos ha de llevar a una proclamación de nuestra fe y a una manifestación de nuestro sentido eclesial por nuestra comunión con toda la Iglesia. Pero la consideración de la santidad de todo templo consagrado al Señor se convierte para nosotros en un compromiso serio de santidad en nuestra vida, porque siendo por nuestra consagración bautismal templos vivos de Dios, así hemos de convertirnos en signos de la presencia de Dios en medio de nuestros hermanos los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

Que el Espíritu del Señor que nos consagró y mora en nosotros nos dé la fuerza de la gracia para vivir esa necesaria santidad en nuestra vida y poder ser digno signo de la presencia de Dios. Que se pueda decir de nosotros también: He aquí la morada de Dios entre los hombres’.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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