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Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 22 de febrero de 2014

Un evangelio que no es para timoratos ni mediocres

Lev. 19, 1-2.17-18; Sal. 102; 1Cor. 3, 16-23; Mt. 5, 38-48
El evangelio no lo entienden los timoratos, los que siempre andan a medias tintas, los que no son capaces de mirar a lo alto, más allá, más arriba, sino que se quieren quedar siempre en los mínimos o en lo que suponga el menor esfuerzo. El evangelio es para el que quiera tener un alma grande y tenga aspiraciones siempre a lo mejor y a lo más hermoso, el que tiene ansias de perfección y plenitud. Por eso en este mundo tan lleno de mediocridad cuesta tanto entender el evangelio, queremos estar haciéndonos nuestras componendas, buscando interpretaciones y rebajas.
Ante la página del evangelio que hoy hemos escuchado habremos oído quizá decir a muchos que bueno, eso está muy bonito, son hermosos ideales, pero que tenemos que saber interpretar lo que nos dice Jesús, porque las cosas no hay que tomárselas con tanta radicalidad. Son los mediocres y los timoratos; y cuidado no seamos nosotros de ellos también, porque le tengamos miedo a enfrentarnos de verdad y sin tapujos a esta página del evangelio, que forma parte del sermón del monte. Ya desde las primeras palabras del sermón del monte, donde se  nos proclaman las bienaventuranzas nos estamos haciendo nuestras interpretaciones que las suavicen y que nos las den en rebajas. No ha de ser esa nuestra postura ni nuestra manera de acercarnos al evangelio de Jesús.
Perdónenme quienes me escuchan, pero es el primer pensamiento que el Señor me ha sugerido en mi corazón al querer explicaros esta página del evangelio. Y comienzo diciéndomelo a mi mismo, porque soy tan pecador y tan mediocre como cualquiera de vosotros y tengo también la tentación de querer suavizar en mi favor la Buena Nueva del Evangelio, con lo que le estaría quitando o restando toda la verdad que contiene la Palabra de Jesús.
Tenemos que comenzar por lo que ya nos decía el libro del Antiguo Testamento, lo que Moisés le decía al pueblo de parte de Dios: ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios,  soy santo’. No se trata simplemente de que tengamos que ser buenos. Es mucho más. ‘Seréis santos’. Y no es que seamos buenos por una exigencia ética, porque así pues no hacemos daño a los demás, nos llevamos bien, evitamos cosas malas; el motivo es más grande, el motivo está en Dios; luego tendrá sus consecuencias porque esa santidad nuestra hará todo esto necesariamente  en relación a los demás. Pero tenemos que ser santos, porque nuestra meta de perfección y santidad, y nuestro ideal está en Dios. ‘Porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’.
¿No decía el Génesis que habíamos sido creados a imagen y semejanza de Dios? Pues ahí tenemos el motivo y la razón. Hechos a semejanza de Dios que es santo. Y cuanto más santos seamos más estaremos reflejando, presentando esa imagen de Dios, para que todos lleguen también a creer en El y a ser santos también.
Y ¿cómo conseguirlo? Nos lo decía san Pablo. ‘El Espíritu de Dios habita en vosotros…’ somos templo de Dios y ese templo de Dios es santo, luego nosotros tenemos que ser santos; para eso se nos ha dado su Espíritu. ‘Todos hemos bebido de un solo Espíritu’, nos dirá san Pablo en otro lugar. Y entonces, si estamos llenos de su Espíritu, estaremos llenos de su amor, de su misericordia, de su paz, de su gracia. Y eso se va a reflejar en nuestra vida, en lo que somos, en nuestra manera de vivir, en nuestro trato con los demás, en el amor que les tenemos a todos, en la capacidad de la misericordia y del perdón. Será lo que luego nos va a enseñar Jesús en el Evangelio.
‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’ es la sentencia final que como conclusión nos pone Jesús hoy al final de sus palabras. Lo que decíamos, el mensaje del evangelio no es para los mediocres. No podemos quedarnos en medias tintas, en la mediocridad. Nuestra meta es bien alta. Porque además nos pregunta Jesús, si hacemos como todos, ¿qué mérito tenemos? ¿qué hacemos de extraordinario? Para seguir haciendo lo mismo, de la misma manera no hubiera hecho falta la venida del Hijo de Dios a encarnarse y estar en medio de nosotros. Si seguimos haciendo lo que todos hacen, ¿dónde está la Buena Noticia, la Buena Nueva del Evangelio? No habría ninguna  novedad.
No nos han de extrañar, entonces, las actitudes nuevas, las nuevas posturas, la nueva manera de actuar que nos propone Jesús. Para seguir ‘con el ojo por el ojo y el diente por el diente’ no necesitaríamos de evangelio. La novedad está en esa nueva actitud y postura, de perdón, de generosidad, de misericordia, de comprensión, de donación de nosotros mismos que nos está pidiendo Jesús si en verdad queremos decirnos sus seguidores.
Nos pone ejemplos muy concretos que hemos de traducir en muchas cosas concretas también de nuestra vida. Será nuestra humildad y nuestra mansedumbre, será la generosidad y la misericordia de la que hemos de llenar nuestro corazón y que se va a reflejar en actos concretos en la vida de cada día con los que están a mi lado. Lejos de nosotros el orgullo, la impaciencia, la mezquindad, la dureza e insensibilidad del corazón. La espiral de la violencia y del egoísmo tiene que romperse y lo que ha de iniciarse es la espiral del amor, de la solidaridad y de la misericordia.
Pero, ¿sabéis por donde tiene que empezar esa espiral? Porque quizá estamos esperando que empiece por el otro. No, tiene que empezar en nosotros mismos, tiene que empezar en mí, ha de decirse cada uno. No voy a comenzar a amar cuando el otro me haya amado primero. No es ese el estilo de Jesús ni de su amor. De la misma manera que nos dice san Juan que el amor de Dios fue el primero, porque El fue el que comenzó a amarnos, así ha de ser nuestro amor para con los demás, hemos de empezar nosotros sin esperar que el otro comience. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero’, nos dice la carta de san Juan. Así nosotros en nuestro amor para con los demás. Esa es la grandeza del amor al estilo de Jesús.
De ahí se desprende lo que luego nos dirá Jesús del amor a quienes no nos aman, que se consideran enemigos. Porque un cristiano, además, no puede considerar nunca enemigo a nadie; el otro podrá considerarse mi enemigo, pero para mi tiene que ser siempre un hermano; quizá no nos entendemos, haya habido algo entre nosotros, me habrá quizá ofendido, pero es ahí donde tiene que estar nuestro amor. Por eso nos dirá Jesús que tenemos que amarlos, y cuando se nos atraviesen y no podamos tragarlos porque puede ser amargo lo que nos hayan hecho, comencemos a rezar por ellos. Será una sabia decisión para poder comenzar a amar.
Tajantemente nos lo dirá Jesús: ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.
Es la valentía y la grandeza del amor. Es lo que serán capaces de alcanzar los que tienen un alma noble y grande. Lejos de nosotros, entonces, las mezquindades; lejos de nosotros esa pobreza que nos lleva a la envidia y al resentimiento, que nos lleva a guardar rencor en nuestra alma y a amargarnos nuestras entrañas haciéndonos perder la paz para siempre. Qué paz pueden sentir en su corazón los que son capaces de amar y de perdonar, los que son capaces de llegar a rezar por aquel que te haya podido hacer mal. ¿No querremos tener también nosotros esa paz en nuestro corazón?

sábado, 15 de febrero de 2014

la sabiduria del evangelio que nos conduce por caminos de plenitud



La Sabiduría del Evangelio que nos conduce por caminos de plenitud

Eclesiástico,  15, 16-21; Sal.118; 1Cor. 2, 6-10; Mt. 5, 17-37
‘Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad…’ nos comienza diciendo el sabio del Antiguo Testamento. ‘Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo’, sigue diciéndonos.
‘Si quieres…’, nos dice. Y pone delante como dos caminos donde hemos de escoger. ‘Ante ti estás puestos fuego y agua… delante del hombre están muerte y vida’. ¿Qué es lo que escogemos? ¿cuál es o ha sido el camino de nuestra vida?
Quienes hemos descubierto ‘esa sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos de nuestra gloria’, de  la que nos habla el apóstol san Pablo, porque hemos descubierto a Jesucristo, verdadera Sabiduría de Dios, Palabra y Revelación de Dios para nuestra salvación, tendríamos que decir que ya la elección la tenemos hecha, porque al optar por Jesús, como es nuestra fe, hemos optado por el camino de la vida. Por eso nos llamamos cristianos, discípulos de Jesús y en su nombre hemos sido bautizados para comenzar a vivir una vida nueva. Pero, en la realidad de la vida de cada día ¿lo vivimos así?
Reconocemos la debilidad de nuestra elección, la vida tan llena de imperfecciones y de infidelidades y pecados que vivimos, cuando en realidad tendríamos que vivir una vida santa si en verdad nos llamamos seguidores de Jesús y queremos vivir el estilo y el sentido de su evangelio. No estamos totalmente impregnados del espíritu del Evangelio, del espíritu de las bienaventuranzas y caminamos llenos de imperfecciones cuando tendríamos que ser santos y perfectos como nuestro Padre del cielo, tal como nos enseña Jesús. Pero hemos de reconocer que nuestra vida está llena de mediocridades.
Muchas veces habremos oído decir a más de una persona o quizá nosotros mismos lo hayamos pensado o incluso hasta expresado aquello de ‘yo no mato ni robo, yo no tengo pecado’. Yo me pregunto si un cristiano, seguidor de Jesús y de su evangelio puede llegar a decir una cosa así. Quien dice o piensa cosas semejantes, ¿habrá leído o escuchado con verdadera atención el pasaje del Evangelio que hoy se nos ha proclamado?
Yo no mato ni robo y ya pensamos que con eso somos buenos. ‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, nos dice hoy Jesús en el evangelio, no entraréis en el Reino de los cielos’. Y ellos eran ‘buenos’ podríamos decir porque eran muy cumplidores. Pero eso no basta para decir que somos discípulos de Jesús. Pero es que además un cristiano, seguidor de Jesús y que quiere vivir según el espíritu del evangelio no se puede contentar con decir que es bueno porque no hace esas cosas, sino que tiene que ir a más, a darle una profundidad mayor a lo que hace o lo que vive.
Hemos escuchado lo que nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio. Matar es mucho más que quitar la vida de una forma violenta, porque hay otras violencias más sutiles con las que podemos mermar la vida o la dignidad de los demás. Es que hemos de evitar todo lo que de una forma u otra pueda dañar a la persona  en su dignidad. Por eso nos dice que ya no es solo el que no digamos mal del otro o insultemos al otro, sino que además nuestro camino es buscar siempre la paz y la reconciliación, el reencuentro, la armonía plena con aquellos con los que convivimos cada día. La reconciliación y el perdón son caminos fundamentales por los que hemos de saber caminar siempre, y bien sabemos cuánto nos cuesta.
Pero más aún, Jesús lo que nos viene a decir es que tenemos que amar para dar siempre vida y defender la vida. Y cuando no sabemos ser solidarios de verdad con el hermano que sufre, sea por lo que sea, y no somos capaces de compartir con él no solo lo que tenemos sino lo que somos no estamos dando vida, sino más bien, estamos mermando su vida. La indiferencia y la pasividad de los que nos creemos buenos es mucho peor en muchas ocasiones que la misma injusticia y crueldad con que puedan actuar los malos. Esa indiferencia y pasividad con que muchas veces nos comportamos es una tremenda incongruencia con la que nos manifestamos muchos que nos creemos buenos y hasta religiosos.
Así nos va desgranando Jesús en el sermón del monte lo que tiene que ser el sentido de vida de los que le seguimos y queremos vivir el Reino de Dios. Quiere Jesús para nosotros una vida en plenitud en todas las facetas de la vida. ‘No ha venido a abolir, sino a dar plenitud’. Es la plenitud del amor matrimonial en el camino de la fidelidad, pero en el camino del respeto a la persona, para no manipularla o utilizarla como si fuera un objeto de deseo y de posesión.
Será la rectitud con que hemos de vivir en todo momento alejando de nosotros todo lo que nos pueda conducir al pecado y a la muerte. Emplea Jesús unos ejemplos que nos suenan fuertes en su literalidad - lo de sacarte un ojo o cortarte una mano que te puede hacer caer o llevar por el camino del mal - pero con los que nos quiere expresar cómo no podemos hacer componendas nunca con el pecado porque nuestra vida ha de ser siempre para Dios, para darle gloria a Dios en todo aquello que hacemos. Entonces todo aquello que nos pueda alejar de ese camino de Dios hemos de arrancarlo de nuestra vida, de nuestra manera de vivir para vivir en esa santidad de vida de un hijo de Dios.
Finalmente nos hablará del respeto al santo nombre de Dios. Santificado sea tu nombre, nos enseñó a proclamar en nuestra oración, porque siempre hemos de saber bendecir y alabar a Dios. Hace una referencia al juramento que nunca puede ser ni en vano ni con mentira o falsedad, pero que nos está enseñando con qué honor y respeto tendríamos que usar el santo nombre de Dios.
El judío no mencionaba el nombre de Dios haciendo unos circunloquios para no nombrarlo aunque se estuviera haciendo referencia a El. Nosotros, en el lenguaje moderno tantas veces irrespetuoso, hemos caído en todo lo contrario porque desgraciadamente la blasfemia y la irreverencia al nombre de Dios y a todo lo sagrado es algo que se ha introducido demasiado en el lenguaje usual de los que nos rodean, algunas veces incluso de forma inconsciente dejándose llevar por el lenguaje de los demás. Creo que un cristiano es algo que tendría que cuidar mucho y manifestar también nuestra repulsa a tanta irreverencia de muchos a nuestro alrededor.
Seguir a Jesús no es dejarnos arrastrar por un camino de mediocridad donde nos contentemos con ser aparentemente buenos porque seamos cumplidores de la letra de la ley del Señor. El camino de Jesús es una camino que nos lleva a la plenitud y que cada día nos hace mirar más alto, porque no se trata solo de realizar algunos actos con los que de alguna forma queramos contentar a Dios, sino que se trata de actitudes profundas de las que hemos de impregnar nuestra vida, desde el sentido del evangelio, de la buena nueva que Jesús nos enseña con las bienaventuranzas en el Sermón del Monte.
La vida del cristiano tiene que ser una vida en continuo crecimiento como tiene que ser toda vida. San Vicente Paul decía que no puedes conformarte con lo que has hecho sino que siempre podemos hacer más. Es el camino que han seguido todos los santos, que nunca se dejaron dominar por la mediocridad. Y cuando más santo, más insatisfecho se siente, porque se dará cuenta de la imperfección con que aún vivimos o realizamos las cosas buenas que hacemos y siempre queremos, ansiamos hacerlas mejor.
Son las exigencias del amor; las exigencias que brotarán casi espontáneas de nuestro corazón cuando nos sentimos amados de Dios y queremos responderle cada día con un amor mayor.

sábado, 8 de febrero de 2014

SAL PARA DAR SABOR, LUZ PARA ILUMINAR Y PAN PARA COMPARTIR, TODA UNA AURORA LUMINOSA



Sal para dar sabor, luz para iluminar y pan para compartir, toda una aurora luminosa

Is. 58, 7-10; Sal. 111; 1Cor. 2, 1-5; Mt. 5, 13-16
Nos habla Jesús de sal para dar sabor, de luz que ilumine y, completándolo con el profeta, se nos habla de pan para compartir que es lo mismo que luz que hace amanecer como una aurora luminosa o sentido de sabor nuevo para una vida nueva.
Son las distintas imágenes que nos aparecen en el texto sagrado; son imágenes a la manera de comparaciones o parábolas que nos propone Jesús para ayudarnos a comprender el sentido de nuestra vida,  pero también el sentido nuevo que hemos de dar a nuestro mundo. Unas imágenes, hemos de reconocer, de gran sabiduría y significado.
La primera imagen que nos propone Jesús es la de la sal. ¿Para que sirve la sal? Mezclándola con nuestros alimentos los sazonamos, le damos sabor, pero además la sal puede ser conservante y pues hasta ser medicina. Un alimento sin sal no tiene sabor, es insípido, decimos; pero como decíamos también lo utilizamos como conservante para preservar de la corrupción; era también una señal de amistad y de acogida porque a quien llegaba como una bienvenida se le ofrecía el pan y la sal, que a nadie se debería negar.
Y Jesús nos dice que tenemos que ser sal del mundo. ¿Cuál es el sabor que nosotros podemos ofrecer? Si nos llamamos cristianos es porque el sabor que hemos de ofrecer es el de Cristo; El es el sentido profundo de nuestra vida. Cristo tiene que ser ese sentido profundo de la vida del hombre, ese sentido que hemos de darle a nuestro mundo. No hay otro nombre en quien podamos encontrar la salvación. Es lo que tenemos que ofrecer. Es el Evangelio que tenemos que transmitir.
Pero además, cuánto mal haríamos desaparecer de nuestra vida y de nuestro mundo si de verdad nos dejáramos impregnar por esa sal de Cristo, empapar del sentido de Cristo. Todo mal y toda corrupción tendrían que desaparecer. Por eso el cristiano, como la sal que se diluye en el alimento desapareciendo incluso aparentemente, así hemos de diluirnos en nuestro mundo para darle ese nuevo sabor de Cristo y de su evangelio. Porque no nos vamos a anunciar a nosotros, sino a quien vamos a anunciar es a Jesús; porque quien tiene que darle sabor a la vida es Jesús y su evangelio, nosotros solo somos instrumentos, aunque instrumentos bien importantes por la misión. Por eso no podemos perder el sabor de Cristo en nuestra vida de ninguna manera.
La otra imagen que Jesús nos propone es la luz. La luz que hay que ponerla en el lugar oportuno para que ilumine. De nada nos sirve una luz escondida, que no esté en el lugar adecuado para que nos libere de tinieblas, para que nos señale claramente el camino, para que descubramos el verdadero color de las cosas y su belleza, para que podamos ver y conocer donde estamos, con quien vivimos y caminamos por la vida, para  que descubramos el camino que hemos de recorrer e incluso las cosas que tenemos que hacer. En la oscuridad todo es negro y no tiene color y en consecuencia no podremos apreciar su belleza, perdemos el rumbo del camino y no podemos ver y conocer realmente lo que nos rodea o los que nos rodean con lo que la comunicación se nos hace más difícil.
Pero nos dice Jesús también que tenemos que ser luz. Una luz que no se puede ocultar, sino que hay que ponerla bien en alto para que pueda iluminar con el brillo de su resplandor a todos. Claro que no es nuestra luz la que ha de brillar en nosotros sino que nosotros vamos a trasmitir al que es la verdadera luz; de su luz nosotros participamos, con su luz es como nosotros tendremos que brillar y resplandecer, y desde esa luz que nosotros reflejamos podremos ayudar a los demás a que se encuentren con la verdadera luz. Es Jesús la verdadera luz que nos ilumina y nosotros iluminados y llenos de su luz podremos ser para los demás caminos que conduzcan a esa luz, conduzcan hasta Jesús.
¿En qué se ha de notar que nosotros estamos iluminados por esa luz? ¿en que se ha de notar que nosotros somos esa sal que sazone de nuevo sabor a nuestro mundo? Es la gran pregunta  y es nuestra principal tarea. Ya nos lo dice Jesús hoy en el evangelio, aunque tendremos que fijarnos también en lo que nos señala el profeta. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro  Padre que está en el cielo’. Vean vuestras buenas obras, nos dice.
¿Qué nos decía el profeta? Nos hablaba de partir el pan con el hambriento, de hospedar a los pobres sin techo y de vestir al que ves desnudo. Nos está hablando el profeta con un lenguaje bien directo y claro. Nos está hablando del compartir, pero también quitar de nuestra vida todo lo que pueda ofender u oprimir al hermano; nos dice que ni podemos desear el mal a nadie, ni siquiera hablar mal de nadie; pero nos dice también que nunca podemos hacernos sordos al clamor de los que sufren a nuestro lado. Cuando hagamos todo esto bueno, nos dice, ‘entonces romperá tu luz como la aurora… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’, porque será así como manifestarás la gloria del Señor.
Esas son las buenas obras que tienen que resplandecer en nuestra vida para que todos puedan dar gloria a nuestro Padre del cielo. Ahí y así se manifestará la gloria del Señor. Ahí y actuando así nos estaremos en verdad nosotros manifestando como esa sal que da un sentido y sabor nuevo no solo a nuestra vida sino también a nuestro mundo. Ahí y así seremos luz y podremos hacer que todos alcancen esa luz y todos puedan dar gloria a nuestro Padre del cielo.
No podemos guardar la sal en el salero porque entonces no cumpliría su función; no podemos esconder la luz debajo de la cama, porque entonces no podrá iluminar los caminos de nadie; no podemos guardarnos el pan solo para nosotros mismos porque lo endureceríamos y lo echaríamos a perder; no podemos cerrar nuestro corazón siendo insensibles al dolor humano porque realmente nosotros estaríamos perdiendo humanidad y nos embruteceríamos y nos envileceríamos.
Quien ha saboreado la sal de Cristo para darle nuevo sabor a su vida y quien se ha dejado iluminar realmente por su luz, comenzará a dejar de pensar solo en si mismo para mirar con una mirada nueva y luminosa a los que están a su lado porque ya para siempre irá repartiendo amor. Sí, quien ha entendido lo que es el sentido de Cristo y se esfuerza por vivirlo aunque muchas sean las tinieblas que le rodean o muchos sean los contratiempos que le puedan turbar, siempre tendrá una luz brillante en sus ojos para mirar directamente con una mirada de amor, con muchos gestos de amor a los que le rodean.
¿Habremos aprendido a mirar con esa mirada luminosa a los hermanos con los que vamos compartiendo nuestro amor? ¿Habremos aprendido a ponernos a la altura del hermano con el que queremos compartir, al que queremos ofrecerle los gestos de nuestro amor? El que ama de verdad y quiere realizar auténticos gestos de amor siempre se pondrá a la altura del hermano, o más aun será capaz de ponerse de rodillas delante del hermano como lo hizo Jesús en la última cena delante de los apóstoles cuando les lavaba los pies, para mirarle a los ojos, para contagiarle de su amor, porque siempre el amor que irá repartiendo será el amor de Jesús, amando como amó Jesús.
‘Vosotros sois la luz del mundo’, nos dice Jesús. Y es que la luz siempre está relacionada con lo bello, con lo bueno y lo verdadero. La luz es claridad y belleza, la luz es bondad y santidad, la luz es verdad y autenticidad, pura transparencia. Porque la luz que nosotros queremos trasmitir es siempre la luz del amor de Jesús.

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Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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