Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

Amigos que entran a esta Casa de Paz. Gracias por estar aqui. Clikea en seguir y unete a nosotros

viernes, 30 de agosto de 2013

Un amor primero, universal y sin esperar recompensa

Eclesiastico, 3, 19-21.30-31; Sal. 67; Hb. 12, 18-19.22-24; Lc. 14, 1.7-14
Lo que nos dice hoy el evangelio, al menos en su primera parte, nos pueden parecer unas normas elementales de urbanidad y buenas maneras a la hora de sentarnos a la mesa cuando somos invitados. Pero si nos detenemos un poco a reflexionar lo que nos dice Jesús y las sentencias que nos da como conclusión podemos descubrir algo elemental, sí, pero fundamental para nuestro comportamiento como cristianos.
Jesús aprovecha cualquier ocasión para dejarnos su mensaje siempre con la novedad del evangelio, de la buena nueva de salvación que para nosotros es su palabra y su presencia. Jesús observa la manera de actuar de aquellos que han sido invitados también a la mesa, aunque ya el evangelista nos dice que ellos estaban también al acecho de lo que Jesús hiciera o dijera. ‘Notando, nos dice, que los invitados escogían los primeros puestos’. Cuántos codazos y carreras nos damos en la vida por los lugares de honor. Sucedía entonces y sigue sucediendo hoy, porque las ambiciones del corazón siguen estando presentes. Cuantos ejemplos podríamos poner de la vida de cada día en todos los ambientes.
El mensaje que Jesús nos está dejando en este episodio es uno con el mensaje repetido del evangelio en cuanto a la manera de actuar y de vivir de los que le siguen. Me recuerda el fondo de este mensaje la reflexión que en cierta ocasión escuché de cómo había de ser nuestro amor para ser semejante al amor que el Señor nos tiene. El amor verdadero es un amor primero, un amor universal y un amor sin esperar recompensa, como lo es el amor de Dios.
Un amor primero porque el amor siempre se adelanta, no está esperando a ser amado para amar. Si amar es darse, no espera a que le den, sino antes se da él. Así es el amor de Dios, un amor primero, porque como nos enseña san Juan en sus cartas ‘el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros y emvió a su Hijo para liberarnos de nuestros pecados’. Dios se adelantó en su amor hacia nosotros, cuando nosotros estábamos en nuestro pecado; se adelantó a amarnos enviándonos a su Hijo para llenarnos de su amor. No es otra cosa la redencion y la salvación que recibimos en Jesús.
Así tiene que ser nuestro amor en que no esperamos a ser amados sino que nosotros amamos porque ahí está la esencialidad del amor, en la generosidad para darse siempre y primero. Por eso nuestro amor es un amor universal, un amor a todos sin distinción; ya nos enseñará Jesús que hemos de amar a los enemigos también o a aquellos que nos hayan hecho daño. Recordemos todo el mensaje del Sermón del Monte.
Y en esa generosidad y disponibilidad del amor, y en esa universalidad, amamos no porque pensemos cobrarnos ese amor que le tenemos a los demás, sino que somos capaces de amar sin esperar recompensa. Lo contrario sería, podríamos decir, como una compraventa de nuestro amor, o de las cosas buenas que nosotros hagamos por los demás. No sería un amor generoso porque no sería un amor gratuito.
Yo diría que en ese sentido está lo que Jesús nos está enseñando hoy. No buscamos reconocimientos ni honores; por eso nos dice que no pretendamos puestos principales en la mesa; ‘vete a sentarte en el último puesto’, nos dice Jesús. En consonancia está lo que le escuchábamos al sabio del Antiguo Testamento en la primera lectura: ‘Hijo mio, en tus asuntos procede con humildad, y te querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas, y alcanzarás el favor de Dios’.
¿No nos recuerda esto lo que Jesús le dijera a los discípulos cuando discutían por los primeros puestos? ‘El que quiera ser primero y principal hágase el último y el servidor de todos’. Hoy nos deja Jesús casi como un resumen la hermosa sentencia: ‘Porque todo el que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido’. Nos lo repetirá más veces en el evangelio.
Pero todo eso se viene a completar con lo que finalmente nos enseñará Jesús. ¿A quien hemos de buscar cuando vamos a dar una comida o un banquete? ¿A quién principalmente hemos de hacer el bien? ¿A quién nos puede corresponder? Como decíamos antes fijándonos en el estilo del amor de Dios para convertirlo en nuestra manera de amar, amamos sin buscar recompensa. ‘Por eso, cuando des un banquete invita a pobres, lisidados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los muertos’.
Pero hemos de reconocer una cosa. ¡Cuánto nos cuesta llegar a pensar así y actuar de esta manera! Pensemos en el día a día de nuestra vida y de nuestras relaciones con los demás. Cuánto nos gusta que nos reconozcan las cosas buenas que hacemos y que se sientan agradecidos hacia nosotros nosotros por lo que hayamos podido hacer por ellos. Qué sí, que estamos buscando reconocimientos, que nos digan lo buenos que somos, que reconozcan lo que un dia hicimos por ellos, que nos estén eternamente agradecidos. Se nos cae la baba cuando  nos dan una plaquita. Nos quejamos fácilmente, ‘mira tú ése cómo se porta conmigo, con todo lo que yo he hecho por él…’ Cuantas veces lo pensamos en nuestro interior si nos sentimos desairados por algo o por alguien; y no solo lo pensamos sino que de alguna manera lo manifestamos.
Ya habremos escuchado aquello de ‘haz bien, y no mires a quien’. Lo importante es lo bueno que tu hagas a favor de los demás. Y no lo hagamos nunca esperando una recompensa o un reconocimiento. Dale más bien gracias a Dios que ha puesto esa capacidad de amor en tu corazón y sé siempre generoso con los otros. Y siempre con mucha humildad, porque si dejas meter el orgullo en el corazón, si te llenas de soberbia porque no te lo reconocen, estás maleando todo eso bueno que hayas podido hacer.
‘Los justos se alegran, gozan en la presencia de Dios, rezábamos en el salmo, rebosando de alegría’. Que sintamos en nuestro corazón siempre la alegría del amor que repartimos con generosidad. No esperamos a ser amados para amar, sino que nuestro amor vaya siempre por delante. Seamos los primeros en hacer el bien, sin que nos lo pidan, porque rebosemos de generosidad en nuestro corazón.

Tenemos tantas oportunidades si queremos de ser generosos y de hacer el bien. Llena siempre tu corazón de compasión y de misericordia. Adelántate a ver donde está quizá la necesidad, donde puedes tener el detalle de tu delicadeza de amor y haz el bien calladamente. Tu mano derecha no ha de saber lo que hace tu mano izquierda, pero Dios que ve nuestro corazón te premiará y lo hará con una recompensa eterna. Atesora un tesoro en el cielo, como escuchamos en el evangelio. ‘Te pagarán cuando resuciten los muertos’, que nos decía Jesús en el evangelio. Y esa paga de vida eterna sí que es valiosa. 

viernes, 23 de agosto de 2013

Tenemos la esperanza de sentarnos a la mesa del Reino de Dios

Tenemos la esperanza de sentarnos en la mesa del Reino de Dios

Is. 66, 18-21; Sal. 116; Hb. 12, 3-7.11-13; Lc. 13, 22-30
‘Uno se le acercó a Jesús y le preguntó: ¿serán pocos los que se salven?’ Una pregunta, podríamos decir, curiosa que le hacen a Jesús. En alguna ocasión los discípulos cercanos a Jesús viendo las exigencias que Jesús planteaba se preguntaban ‘entonces, ¿quién puede salvarse?’ Ahora, nosotros, recogiendo en cierto modo esa pregunta a Jesús quizá nos preguntamos ¿nosotros alcanzaremos la salvación?
En la respuesta de Jesús de alguna manera hay como dos partes, porque por un lado nos dice ‘esforzaos por entrar por la puerta estrecha’ diciéndonos que algunos no van a ser reconocidos pero por otra parte nos dice que ‘vendrán de oriente y de occidente, del norte y del sur y se sentarán con Abraham, Isaac y Jacob y todos los profetas en la mesa del Reino de Dios’.
En este sentido ya nos anunciaba el profeta Isaías, en la primera lectura, que vendrá ‘a reunir a las naciones de toda lengua, vendrán para ver mi gloria… hasta el monte santo de Jerusalén’, con lo que queda claro ese mensaje de la salvación universal, que no tendrá un carácter exclusivista, sino que está abierta a todos los hombres de toda condición.
 El Señor viene como nuestro Salvador y es el regalo de gracia que El nos ofrece sin que nosotros lo merezcamos. Pero tiene sus exigencias. No es por el mero hecho de que seamos de un pueblo o de una raza, porque todos los hombres estamos llamados a la salvación, sino que tiene que estar nuestra manera de responder a ese regalo de gracia que  nos ofrece el Señor.
Por eso nos dice ‘esforzaos por entrar por la puerta estrecha’. Responder a esa llamada de gracia comporta una vida, unas actitudes, unos comportamientos, una manera de actuar y de vivir. Es ponernos a seguir un camino y ya en otro momento Jesús nos dirá que ancho es el camino que nos lleva a la perdición.
‘Muchos intentarán entrar y no podrán’, nos dice Jesús. ‘Llamaréis a la puerta diciendo: Señor, Señor, ábrenos, pero os replicará desde dentro: no sé quienes sois…’ Sería tremendo que nos llegara a suceder una cosa así. Nos recuerda otra parábola, la de las doncellas que habían de tener encendidas sus lámparas para la llegada del esposo. No les era suficiente con estar allí más o menos en vela en el camino esperando, sino que era necesario algo más: habían de tener las lámparas encendidas y con suficiente aceite para que no se apagaran. Pero no tuvieron suficiente aceite y no pudieron entrar porque sus lámparas no estaban encendidas en el momento preciso.
No nos vale decir es que yo soy cristiano de toda la vida, es que yo cuando era joven hice muchas cosas buenas, cumplí con los primeros viernes y asistía a todas las fiestas de las vírgenes y de los santos. ¿Era solo eso lo que había que hacer? ¿qué es lo que estoy haciendo ahora, cómo estoy respondiendo a la gracia del Señor en este momento? Se nos puede haber apagado esa lámpara de nuestra fe y de nuestro amor porque en lugar de preocuparnos del aceite de la gracia nos dejamos arrastrar por la tentación y dejamos que el pecado se nos metiera en la vida.
Creo que este evangelio tiene que hacernos pensar y sin temor ninguno dejar que la Palabra del Señor nos interpele por dentro, nos haga hacernos muchas preguntas que nos lleven a una corrección del rumbo quizá de nuestra vida. Eso de la corrección algunas veces no nos gusta; no nos agrada que nos pongan el dedo en la llaga para señalarnos posturas o actitudes que tendríamos que mejorar en nuestra vida, cuando tendríamos que estar agradecidos en que alguien nos ame de tal manera que nos corrija y nos ayude a ser mejores.
Se nos mete fácilmente el orgullo en el alma. Pero fijémonos lo que nos ha dicho el Señor hoy en la carta a los Hebreos. ‘Hijo mío, no rechaces el castigo del Señor, no te enfades por su reprensión; porque el Señor reprende a los que ama… aceptad la corrección porque Dios os trata como a hijos, pues ¿qué padre no corrige a sus hijos?’ Pensemos, pues, en el amor de Padre que Dios tiene para con nosotros.
Que no se nos apague nuestra fe; que no se nos enfríe el amor; que no perdamos nunca la esperanza de vida y salvación poniendo toda nuestra confianza en el Dios que nos ama. Pero estas virtudes, esenciales en el camino de nuestra vida cristiana, son como unas plantas muy delicadas que tenemos que cuidar para que no se estropeen ni se pierdan; son una luz que hemos de cuidar de mantener siempre encendida en nuestra vida frente a los vendavales de las dudas y de los errores, de los materialismos y sensualidades, de las pasiones y de tantas cosas que pudieran hacerla peligrar.
Si queremos llevar una luz encendida que nos ilumine el camino para no perder el rumbo sabiendo que hay muchos vientos y tormentas que pudieran ponerla en peligro de apagarse, ya buscaríamos el modo de preservarla, de buscar todo lo que sea necesario para evitar que se nos apague o nos falte el combustible que la alimente. No sé si siempre en la vida cuidamos así la luz de nuestra fe. Nos dejamos fácilmente influir por tantas cosas, por tantas ideas que nos aparecen de un lado y de otro en quienes en su increencia tratan de destruirnos, apartarnos de esa luz de nuestra fe; no nos fortalecemos lo suficiente con una profundización y formación adecuada para enfrentarnos y superar dudas y errores que se  nos pueden plantear.
Y lo que estamos diciendo de la luz de la fe hemos de decirlo también de nuestro amor y de nuestra esperanza. Tenemos que ir puliendo esa piedra preciosa de nuestra vida para que vaya resplandeciendo más y más nuestro amor y nuestra esperanza. ¿Dónde podemos a aprender a amar de verdad? En el amor de Dios, empapándonos más y más de ese amor de Dios, hundiéndonos en Dios en la intimidad y en la profundidad de la oración.
Una oración que tiene que ser llenarnos de Dios para que luego con nuestro amor seamos capaces de trasparentar a Dios. Entonces podremos amar con un amor como el de Dios. Quien se ha empapado así de Dios con sus obras, con su amor, con su vida estará siendo signo de Dios para los demás; a través de su amor el cristiano tiene que dar a conocer a Dios.
Con una fe así de intensa y con un amor que nos trasparenta lo que es el amor que Dios nos tiene, nuestra esperanza se mantendrá firme y segura. Tenemos la certeza de que todo eso que vivimos en nuestra fe y en nuestro amor no se queda reducido al tiempo presente sino que trasciende hacia la plenitud de la vida eterna. Nos sentimos seguros haciendo ese camino, que será, sí, un camino de lucha y de esfuerzo por superarnos cada día, pero camino alegre en la esperanza porque a los que son fieles Dios les tiene reservado una recompensa eterna. La esperanza llena de alegría y de paz nuestra vida.

Es la salvación que deseamos y esperamos porque sabemos que el amor que el Señor  nos tiene nos perdonará las debilidades que nos han hecho tropezar quizá muchas veces en el camino de la vida y tenemos la esperanza de la salvación eterna, de podernos un día sentar con los que vienen de oriente y de occidente, del norte y del sur, en la mesa del Reino eterno de Dios.

viernes, 16 de agosto de 2013

Palabras de Jesús que nos inquietan y nos han de hacer sentir el ardor del Espíritu

Jer. 8, 4-6.8-10; Sal. 39; Hb. 12, 1-4; Lc. 12, 49-53
‘He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá estuviera ya ardiendo!’ A muchos les asustan estas palabras de Jesús y muchos también se valen de estas palabras para hacer sus interpretaciones más o menos interesadas de Jesús y de sus palabras. No nos ha de extrañar. Es signo de contradicción, como lo había anunciado proféticamente el anciano Simeón.
Hablar de prender fuego - y más escuchando estas palabras en estos días calurosos de verano - no podría hacer pensar en destrucción. El fuego todo lo devora, bien lo sabemos por cuando arden nuestros momentos o por cuando tenemos la desgracia de cualquier incendio que destruye bienes y propiedades.
Pero también sabemos del sentido purificador del fuego, bien porque arrojemos a la hoguera aquellas cosas que no nos sirven y de las que queremos desprendernos, o también por su utilización para la purificación de metales preciosos o para la elaboración de resistentes aceros que nos valgan en nuestras construcciones. Ya no es destructor sino purificador o también elemento en cierto modo constructivo y creador de tantos materiales con los que podemos, por ejemplo, elaborar hermosas obras de arte. Ya le vamos viendo un sentido menos negativo, más bien positivo por cuanto de bueno puede salir de él.
Pero seguimos preguntándonos por el sentido de las palabras de Jesús, que continúa hablándonos de un bautismo por el que ha de pasar y del que nos dice además ‘¡qué angustia hasta que se cumpla!’. Nos ayuda a entender estas palabras de Jesús lo que le preguntaba a aquellos dos que vinieron con la pretensión de ocupar los primeros puestos, uno a la derecha y otro a la izquierda. ‘¿Podéis beber la copa que yo he de beber o ser bautizados con el bautismo con yo voy a ser bautizado?’ Bien entendemos que Jesús se estaba refiriendo a su pasión.
Ahora la había venido anunciando una y otra vez y manifiesta la angustia, el ansia profunda que hay en su corazón por la pasión redentora que ha de sufrir. ‘¡Cuánto he deseado celebrar esta pascua con vosotros antes de morir!’, sería la exclamación que brotaba del corazón de Cristo al comienzo de la cena Pascual.
No en vano Juan el Bautista cuando le preguntaban por el bautismo de agua que él realizaba allá junto al Jordán anunciaba al que había de venir y que nos bautizaría con Espíritu Santo y fuego. Precisamente los signos que se manifiestan en Pentecostés a la hora de la efusión del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo son las lenguas de fuego, cual llamaradas, que aparecieron sobre las cabezas de los Apóstoles. Fue el fuego del Espíritu que transformó los corazones de los apóstoles para que luego con valentía salieran a hacer el anuncio de Jesús. O podemos recordar también como los discípulos de Emaús cuando volvían después de su experiencia del encuentro con Cristo resucitado comentaban cómo mientras Jesús les hablaba y estaba con ellos les ardía el corazón.
Ese es el fuego del Espíritu que tiene que arder en nuestro corazón, en nuestra vida, purificándonos de nuestros miedos y cobardías, de las confusiones que nos dividen o que nos encierran en nosotros mismos para que salgamos valientemente a comportarnos como testigos que no podemos callar, que no podemos dejar de hablar de esa fe que transforma nuestros corazones, de esa fe que nos llena de alegría y nos entusiasma, de esa fe que tenemos que contagiar cual una llama que se va propagando más y más para llevar esa luz a nuestro mundo. Es el fuego del Espíritu que siembra inquietud en nuestro corazón y que no nos deja quietos.
La fe no es una dormidera para nuestra alma, como algunos hayan podido pensar a nuestro alrededor, sino que siembra inquietud en nuestro corazón y nos lanza al anuncio y al compromiso, nos lanza a dar testimonio en todo momento de lo que vivimos allá en lo más hondo de nosotros. Si alguna vez alguien haya podido decir que la fe nos adormece es porque no conocen bien el sentido de nuestra fe y cuando no se conoce bien es fácil juzgar pero es fácil también equivocarse, o también porque quizá los cristianos no hemos dado el testimonio valiente que teníamos que haber dado y eso ha creado esa confusión. No busquemos nunca la fe que nos adormece porque esa no es la verdadera fe.
No será, sin embargo, tarea fácil. Hoy Jesús nos dice ‘¿pensáis que he venido a traer al mundo paz?’ No es la paz de los muertos que ya no nos inquieta la que Jesús ha venido a traernos. Es la inquietud que siembra en nuestro corazón y que hará que también podamos ser un signo de contradicción para los que están a nuestro lado y no nos entienden. ‘No, sino división’, se responde Jesús a esa pregunta. Y nos habla de esa división que incluso en el ámbito de los más cercano a nosotros como puedan ser nuestras familias puede surgir.
Una división, podríamos decir, que comienza quizá dentro de nosotros mismos cuando en nuestro corazón nos vemos envueltos en esa inquietud y tenemos que tomar opciones, y no sabemos que hacer en ocasiones, porque quizá los que estén a nuestro lado no nos van a entender o se nos van a poner en contra. Es ese ardor que sentimos dentro de nosotros mismos y que nos hace luchar, gastarnos, dar todo lo más y mejor de nosotros, porque no podemos soportar el sufrimiento de tantos a nuestro alrededor.
Pero a pesar de esas inquietudes que no nos dejan quietos o de la división o desencuentros que podamos tener con los que nos rodean, sin embargo Jesús sí nos dará su paz, pero, como decíamos, no una paz que nos adormece sino la paz del gozo que sentimos por esa opción que hemos hecho por Jesús, por su evangelio, por los valores del Reino de Dios.
Y aunque vivamos muchas veces zarandeados en medio de nuestros trabajos y compromisos o de las luchas que tenemos que sostener por inquietar a los demás, por trabajar por hacer que nuestro mundo sea mejor y nos duelan muchas cosas que vemos en nuestro mundo muchas veces injusto y que nos puedan hacer sufrir, sin embargo hay una paz en el corazón que nadie nos podrá quitar en esa satisfacción por lo bueno que estamos haciendo y por lo que queremos entregarnos.
Que ese fuego del Espíritu llene nuestro corazón. No lo temamos ni lo rehuyamos. Dejémonos quemar por él, porque va a transformar nuestro corazón, porque será también transformador de nuestro mundo. Es nuestra tarea, nuestro compromiso. Es nuestra alegría, la alegría de la fe que vivimos y que queremos contagiar a nuestro mundo.

Recordemos cuanto nos ha dicho el Papa Francisco de esa inquietud, nacida de la fe, que hemos de sentir en nuestros corazones y que nos haga salir e ir al encuentro del mundo que nos rodea con el testimonio de nuestra fe. Nos lo repite continuamente, no nos podemos quedar encerrados en nosotros mismos o solamente con los nuestros sino que ese ardor del Espíritu en nuestro corazón nos tiene que hacer misioneros de verdad. No es tarea de un día, sino tarea de todos los días.

miércoles, 14 de agosto de 2013

María se puso en camino y hoy la contemplamos en la montaña alta de su glorificación

Apoc. 11, 19; 12, 1.3-6.10; Sal. 44; 1Cor. 15, 20-27; Lc. 1, 39-56
La descripción que nos ha hecho el texto del Apocalipsis, aunque en una clara referencia a la Iglesia, siempre nos ha servido para ver en esta ‘mujer vestida de sol, la luna por pedestal, coronada con doce estrellas’ la imagen de la Virgen asunta al cielo, que hoy celebramos. De tal manera nos ha servido esta descripción del Apocalipsis que los pintores y los artistas, cuando han querido plasmarnos una imagen de María gloriosa y triunfante en su Inmaculada Concepción o en su Asunción al cielo, han empleado precisamente estos mismos signos e imágenes que nos hablan de su glorificación.
Contemplamos hoy a María en el final de su camino en la tierra pero que es glorificada al ser llevada en cuerpo y alma a los cielos en su gloriosa Asunción. Ya decíamos que las imágenes del Apocalipsis a quien primero quieren describirnos es a la Iglesia y precisamente hoy cuando cantamos la glorificación de María en el prefacio de la plegaria eucarística diremos que ‘ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada… consuelo y esperanza de tu pueblo todavía peregrino en la tierra’.
Completó María su peregrinar por esta tierra y es consuelo para nosotros que aun seguimos haciendo ese camino de peregrinos y hoy la contemplamos en ese final de su peregrinación así glorificada y así con ella nos gozamos y felicitamos. Podíamos contemplar y meditar ese peregrinar de María que nos ayude y estimule en nuestro duro peregrinar. ¿No fue también duro el peregrinar de María? Pero ella lo hizo con gozo y esperanza llevada por las alas de la fe y del amor. Fijémonos. Ya veremos como ella en todo momento siempre está abierta a Dios.
En el evangelio hoy hemos escuchado que María se puso en camino. El ángel le había anunciado las maravillas que Dios estaba haciendo en ella que se consideraba a si misma la humilde esclava del Señor. Inundada y poseída por el Espíritu Santo su hijo sería el Hijo del Altísimo, le había anunciado el ángel en Nazaret. Y ¿qué hace María? Ponerse en camino. ‘María se puso en camino y fue aprisa a la montaña’, nos dice el evangelista.
Parece que su meta primera es la montaña de Judea para servir a su prima Isabel que la necesitaría en su maternidad. Pero su camino no se quedó ahí. Hoy la contemplamos subir a la montaña alta de Dios, que no era solo el Tabor del anuncio de la resurrección, sino a la glorificación definitiva y en plenitud con el Señor. Pero fijémonos que María siempre está en camino; primero serían, como hemos mencionado, las montañas de Judea, pero sería el camino de Belén no fácil para una madre a plena gestación y a punto de su alumbramiento y que se vería rodeada de pobreza y soledad, porque solo la cuna de un establo podía dar por cuna a su hijo recién nacido; circunstancias la de Belén que nos hablan de caminos de soledad y pobreza de tantos en el camino de la vida.
En camino como un emigrante desplazado o perseguido va la Sagrada Familia a Egipto para preservar la vida de su hijo recién nacido; en camino la veremos volver a Nazaret o subir a Jerusalén por la pascua con tantas circunstancias que rodean su vida con situaciones semejantes a las que seguimos viviendo los hombres de nuestro tiempo; ¿no podríamos contemplar aquí tantas situaciones y circunstancias semejantes con que nos vamos encontrando también en tantos hombres y mujeres de nuestro tiempo?
Luego será el camino de María siguiendo a Jesús, pues aunque los evangelios poco nos dicen de María al lado de Jesús en su predicación y vida pública, como le sucede a toda madre, nunca estaría lejos de su Hijo y algunas veces se hará notar su presencia como en Caná con sus ojos abiertos a la necesidad y al servicio, o cuando su presencia servirá para que Jesús nos enseñe a escuchar la Palabra de Dios y plantarla en nuestro corazón como lo hizo siempre María, la que ‘iba guardando todo en su corazón’, como repite varias veces el evangelio en la infancia de Jesús.
 La veremos luego haciendo camino de Pascua, al encuentro de Jesús en la calle de la amargura o de pie firme ante la cruz de Jesús en lo alto del Calvario. ‘Mirad y ved si hay un dolor semejante a mi dolor’, podría decirnos María con el profeta cuando está asumiendo en su propia carne, en su propio corazón todo el misterio pascual de Jesús, en su pasión, muerte y resurrección. Casi mejor quedarnos en silencio sin decir mucho más.
María será la que luego camine con la Iglesia naciente en actitud de oración que nunca es actitud pasiva sino de búsqueda de caminos cuando la vemos con los apóstoles reunidos en el Cenáculo en la espera de Pentecostés. Pero será luego el camino permanente que María seguirá haciendo con la Iglesia a través de los siglos, con nosotros sus hijos, aquellos que Jesús le confió desde la cruz.
Hoy la contemplamos y celebramos en el final de su peregrinación cuando es glorificada en su Asunción al cielo, pero como bien recordábamos lo que luego vamos a expresar en el prefacio ella, ‘figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada, es también consuelo y esperanza de tu pueblo todavía peregrino en la tierra’.
Sí, la contemplamos en su camino, en su peregrinar que es nuestro mismo camino y peregrinación porque a ella la vemos en situaciones y circunstancias, como decíamos, bien semejantes a las que nosotros seguimos viviendo hoy. En ella contemplamos nuestra misma pobreza y nuestros mismos sufrimientos; cómo podríamos ver retratados en su corazón, reflejados en su corazón de madre todos los sufrimientos de sus hijos. No hay dolor en nuestro corazón que no podamos contemplar en el corazón lleno de amor de María.
Pero la contemplamos la mujer fuerte, la mujer de fe firme y templada en mil adversidades y contratiempos, la mujer de un corazón profundamente lleno de amor, la mujer de un espíritu abierto y siempre dispuesto a servir, a hacer el bien, a buscar solución a los problemas, la mujer orante y abierta siempre a Dios en quien encuentra siempre su fortaleza, la mujer llena e inundada del Espíritu divino.
Es para nosotros, sí, consuelo, estímulo, esperanza, porque además la sentimos a nuestro lado. Es la madre que Jesús quiso darnos desde la cruz cuando quiso ponernos a todos nosotros en su corazón de madre. Nos sentimos amados, nos sentimos muy cerquita de su corazón, como se sienten los hijos junto a su madre, y aunque hoy la contemplamos y celebramos en su glorificación en el cielo, sabemos que ella sigue estando a nuestro lado, sigue alcanzándonos la gracia y la fuerza del Señor.
Como decía la liturgia en su antífona al comienzo de la celebración ‘alegrémonos todos en el Señor al celebrar este día de fiesta en honor de la Virgen María; de su Asunción se alegran los ángeles y alaban al Hijo de Dios’. En su Asunción nos alegramos nosotros porque en ella vemos el camino abierto, si somos capaces de seguir sus pasos, para alcanzar también nosotros esa glorificación en el cielo.

Nos sentimos elevados, impulsados a lo alto, que ‘aspirando siempre a las realidades divinas, como decíamos en la oración, lleguemos a participar con ella de su misma gloria en el cielo… que nuestros corazones, abrazados en tu amor, vivan siempre orientados a Dios… y por la intercesión de la Virgen Madre, que ha subido a los cielos, lleguemos a la gloria de la resurrección’.

sábado, 10 de agosto de 2013

CONFIANZA, ESPERANZA, VIGILANCIA… UNAS ACTITUDES QUE FAVORECEN LA INTENSIDAD DE LA VIDA CRISTIANA

Confianza, esperanza, vigilancia… unas actitudes que favorecen la intensidad de la vida cristiana

Sab. 18, 6-9; Sal. 32; Hb. 11, 1-2.8-19; Lc. 12, 32-48
La virtud de la esperanza ha de estar jalonando continuamente la vida del cristiano. No solo como una esperanza que nos abre a la trascendencia y al futuro, que no solo nos pueda hacer pensar en la plenitud de la vida eterna sino como necesaria en el día a día en el que vamos construyendo nuestra vida cristiana. Es un camino que se nos puede hacer costoso por muchas razones y nos podemos ver zarandeados por mil peligros y tentaciones y esa virtud nos sostiene y nos fortalece para ayudarnos a ese convencimiento de que sí es posible vivir esa vida cristiana a pesar de todas las dificultades.
De entrada sintamos en nuestro corazón esa palabra de Jesús que hemos escuchado ya desde el principio del evangelio proclamado. ‘No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino’. Muchas veces a lo largo del evangelio escuchamos esta palabra ‘no temas’, cuando las dudas nos asaltan, cuando los miedos parecen paralizarnos, cuando nos podamos sentir desorientados y sin saber qué camino tomar, o cuando tenemos que enfrentarnos a grandes decisiones. Palabra del ángel a María en Nazaret y a los pastores en Belén; palabra de Jesús resucitado a las mujeres que habían ido al sepulcro o a los discípulos encerrados en el cenáculo, y así en distintos momentos. Una palabra de ánimo, de confianza, de esperanza.
Ahora nos dice Jesús ‘no temas… porque el Padre ha tenido a bien daros el Reino’, porque es posible, sí, realizar el Reino de Dios en nuestra vida; es un don de Dios y la gracia nos acompaña para realizarlo y nos llena de fortaleza. Como cuando les anuncia Jesús dificultades y problemas, persecuciones y tribunales les dirá también ‘no temáis’ porque el Espíritu estará con nosotros y pondrá palabras para nuestra defensa y para el testimonio que hemos de dar.
Esa palabra y ese anuncio de Jesús de que el Padre nos ha dado el Reino nos llena de esa esperanza en nuestro camino y en nuestra lucha. Una esperanza que no es pasiva, para dejar que las cosas pasen y lleguen por sí mismas, sino que nos pone en alerta y vigilancia. ‘Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas’. No se ciñe la cintura para ir al descanso, sino cuando se está dispuesto a salir, a emprender camino o a realizar un trabajo. Es la actitud vigilante que hemos de tener.
Por eso nos habla también de las lámparas encendidas. Con la lámpara encendida estamos esperando y tenemos la certeza de la pronta llegada. Es una señal de nuestra espera y de nuestra vigilancia; es la luz que como faro alumbra el camino y nos señala a donde ir o lo que hay que evitar. Son los peligros que afrontamos en la vida; son las dificultades para vivir nuestra vida cristiana amenazados como estamos con tantas tentaciones que quieren desorientar nuestro camino o arrastrarnos por distintos senderos. Hay una luz que nos ilumina. Encendida ha de estar la lámpara de nuestra fe que nos da sentido y nos hace caminar el verdadero camino de la plenitud.
Nos pone ejemplos Jesús, a la manera de pequeñas parábolas, para hablarnos del sentido y del estilo de esa vigilancia; como el centinela que está en su puesto de vigía o como el criado que espera que llegue su señor y ha de abrirle la puerta; como el que está vigilante para que no lo asalte el ladrón y se preocupa de tener las cosas a buen recaudo impidiendo todo lo que pudiera facilitar el acceso del que viene a robar; como el que es el administrador y tiene que ser fiel en su administración y tratar las cosas con toda responsabilidad de la que un día ha de dar cuenta.’Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió, más se le exigirá’, terminará diciéndonos hoy Jesús.
En la tarea de la construcción de nuestra vida cristiana, que en fin de cuentas es la respuesta que hemos de dar con nuestra vida a todo ese misterio de amor en que el Señor nos ha ofrecido su salvación, nos es necesaria esa esperanza de la que venimos hablando y esa vigilancia. Por supuesto, cuando tenemos la experiencia de ese encuentro vivo con el Señor y con la salvación que nos ofrece, nuestro primer impulso es de fervor y entusiasmo. Queremos responder, queremos ser fieles, queremos darle a nuestra vida todo ese sentido de amor que aprendemos de Jesús y de su evangelio.
Pero bien sabemos que cuando se va prolongando esa respuesta y ya no es la tarea de un día o de un momento, sino que es algo que continuamente hemos de ir viviendo, nos aparecen las tentaciones de los cansancios que nos hacen perder el ritmo, de las rutinas que nos ahogan, de las cosas que nos distraen de aquí y de allá atrayéndonos por otros caminos y nuestro fervor se puede enfriar y la frialdad se nos puede meter en el alma y es entonces cuando tenemos que cuidar mucho esa actitud de vigilancia con que continuamente hemos de estar.
Nos cuesta; muchas veces no nos es fácil; aparece de nuevo el pecado muchas veces en nuestra vida que nos enfría el Espíritu. Tenemos que tener esperanza que es confianza también en la ayuda de la gracia del Señor para fortalecernos de verdad en nuestro camino. Fuerte puede ser el tentador, pero más fuerte es la gracia del Señor. Hemos de saber aprovecharla, no echarla en saco roto.
La segunda lectura, en la carta a los Hebreos, se nos ha hablado de la fe que da seguridad y certeza a nuestra vida. ‘Por su fe, son recordados los antiguos’, nos dice y nos recuerda a Abrahán y a Sara. Dios hacía promesas a Abrahán de una descendencia numerosa y parecía que aquello no se realizaba nunca, no se podía realizar. Pero Abrahán confió; confió cuando se dejó llevar por la palabra del Señor que le llamaba y se puso en camino ‘sin saber a donde iba’, que dice el autor sagrado. Confió cuando incluso Dios le pedía el sacrificio de su propio hijo, el hijo que era de la promesa, en quien habían de cumplirse todas las promesas. Sabía El que su Dios era un Dios de vida y tenía poder para llenarlo de vida para siempre.
Es la fe que nosotros queremos poner también en el Señor. Tras la experiencia de Jesús podríamos decir que tenemos más razones para que creer que el mismo Abrahán, porque en Jesús sabemos que está Dios con nosotros, es Dios con nosotros (Emmanuel), pero además es la prueba suprema del amor que Dios nos tiene cuando ha muerto por nosotros para que tengamos vida.
Es la fe que nos impulsa y nos da todos los motivos para confiar en el Señor, pero la que nos impulsa al amor, porque nuestra respuesta será siempre una respuesta de amor. Es la que impulsa nuestro corazón a la generosidad y al compartir porque nuestro verdadero tesoro no está en las bolsas de cosas o bienes que guardemos aquí en este mundo, en esta tierra, sino que cuando vivimos así desprendidos el tesoro lo tenemos bien guardado en el cielo. ‘Un tesoro inagotable’, nos señala Jesús.

‘No temas, pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha tenido a bien daros el Reino’. No tememos, tenemos confianza, tenemos esperanza, estamos vigilantes. El Señor llega a nuestra vida y queremos en verdad abrirle nuestro corazón.

sábado, 3 de agosto de 2013

Una hondura espiritual y trascendente que es más que una pompa de jabón

Una hondura espiritual y trascendente que es más que una pompa de jabón

Eclesiastés, 1, 2; 2, 21-23; Sal. 89; Col. 3, 1-5.9-11; Lc. 12, 13-21
No terminamos nunca de aprender la lección. Con lo que nos va sucediendo en la vida o contemplamos lo que va sucediendo en nuestra sociedad tendríamos que aprender a escarmentar en cabeza ajena, como se suele decir, pero no terminamos de aprender. No sé, pero parece que fuéramos niños que corriéramos tras unas pompas de jabón sin darnos cuenta de que se van a desvanecer en el aire.
Hace unos días al pasar por una plaza había alguien que estaba haciendo eso, pompas de jabón; confieso que nunca las había visto tan grandes y con figuras tan caprichosas; y como suele suceder allá había unos niños que corrían tras ellas tratando de atraparlas en su juego sin caer en la cuenta de que pronto al tocarlas se quedaban en nada; pero lo curioso era que los mayores que pasábamos por el lugar también nos quedábamos como atontados mirando y casi como queriendo correr también a atraparlas.
Pompas de jabón, vanidades… Así comenzaba el texto del sabio del Antiguo Testamento. ‘Vanidad de vanidades y nada más que vanidad…’ Curioso que la palabra hebrea empleada en el esto sagrado ‘hebel’ su primer significado es soplo, utilizado en sentido metafórico para designar algo efímero, transitorio, una realidad inconsistente y fugaz que no se puede aferrar. Me vino la imagen de la pompa de jabón.
¿Queremos apoyar nuestra vida en una pompa de jabón? ¿en algo efímero, transitorio y fugaz? Nos aparecen varias sentencias en el texto de la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado. ‘Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús; pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y por otra parte san Pablo al invitarnos a mirar hacia arriba, a no quedarnos solamente a ras de la tierra con las cosas materiales, nos advierte que entre otras cosas también ‘la codicia y la avaricia son una idolatría’. Nos recuerda aquello que en otra ocasión nos dice Jesús en el evangelio que no podemos servir a dos señores, a Dios y a las riquezas.
El texto del evangelio de hoy arranca del hecho de que alguien viene a pedirle a Jesús que haga de árbitro o de juez con su hermano que le está reclamando la herencia. No quiere Jesús entrar en esos pleitos familiares, pero si nos deja un hermoso mensaje para que no apeguemos nuestro corazón a lo material. ‘Guardaos de toda clase de codicia, nos dice Jesús; pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes’. Y ya hemos escuchado la parábola que nos propone.
Somos bien conscientes de que tenemos que valernos en la vida de los bienes materiales; es la forma de nuestro intercambio, de la remuneración material de lo que hacemos o trabajamos, son los medios materiales que necesitamos para nuestro sustento y para la obtención de aquello que necesitamos  y justo es que lo tengamos y por ese medio logremos una vida digna y que también podamos disfrutar de todo eso bueno que tengamos a nuestro alcance. Sentimos arder nuestro corazón en compasión y hasta en angustia cuando contemplamos a tantos que hoy lo pasan mal por la carencia de esos medios que les lleva a profundas y dolorosas necesidades. Y no podemos quedarnos con los brazos cruzados ante esos problemas que hacen sufrir a tantos.
Pero lo que estamos escuchando hoy en el Evangelio y toda la Palabra de Dios es un iluminarnos para que le demos un hondo sentido a la vida y al uso también de esos bienes. Se nos habla de la codicia, de la avaricia, de esa ambición desmedida por la posesión de cosas o de bienes, de esa acumulación de cosas materiales pensando que es así donde y cómo vamos a alcanzar la felicidad verdadera. Nos viene bien hacernos estas reflexiones, también ¿por qué no? en medio de este tiempo de vacaciones y de disfrute, porque bien sabemos que vivimos en un mundo demasiado materialista, demasiado sensual que se pueden convertir en tristes idolatrías de nuestra vida.
Cuidado con las pompas de jabón, como veíamos en las imágenes del principio de nuestra reflexión. Tenemos el peligro de descuidar esos valores que van a dar más trascendencia y profundidad a nuestra vida quedándonos solo en lo material. Hay tantas cosas que pueden contribuir a nuestra felicidad y a la de cuantos nos rodean y no es precisamente solo desde la posesión de esos bienes materiales.
Cuidemos y cultivemos de verdad todo aquello que nos ayude a una mejor convivencia y armonía con los que están a nuestro lado. Y ahí podríamos fijarnos en tantos detalles y señales de respeto, de sinceridad, de sencillez y humildad, de encuentro y entendimiento que habríamos de tener con los que están a nuestro lado, desterrando de nuestro corazón vanidades, orgullos, posturas egoístas e insolidarias, desconfianzas... Son cosas sencillas que podemos hacer sin que nos cueste nada más que nuestra buena voluntad poniendo lo mejor de nosotros mismos y nos hacen verdaderamente felices a todos.
Y como nos decía san Pablo ‘buscad los bienes de allá arriba… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra… despojaos del hombre viejo, con sus obras, y revestíos del nuevo…’ Elevemos nuestra mirada, elevemos nuestro espíritu; no nos podemos quedar en lo terreno, somos un ser espiritual; démosle trascendencia a nuestra vida, porque no nos quedamos en el aquí y ahora de nuestra vida terrena y presente. Démosle verdadero hondura espiritual a todo lo que hacemos y vivimos.
Cultivemos los valores de la fe. Sintamos cómo desde Jesús nuestra vida se transforma. En Cristo vamos descubriendo en verdadero valor de lo que hacemos y de lo que vivimos. El que elevemos nuestro espíritu, el que sepamos dar trascendencia a lo que hacemos, no significa que nos desentendamos de nuestro mundo y de lo que aquí tenemos que vivir, o de las cosas que aquí tenemos que usar. Vamos a encontrar su verdadero valor. Y si nos dejamos en verdad transformar por Cristo necesariamente estaremos contribuyendo a transformar nuestro mundo a imagen del Reino de Dios.
Y en la fidelidad y responsabilidad con que usemos de esos bienes materiales nos daremos cuenta también de su trascendencia para los demás, porque con ello estaremos contribuyendo a hacer nuestro mundo mejor. Recordemos que nos enseña en sus parábolas a saber valorar y hacer fructificar hasta el más pequeño de los talentos. No nos desentendemos, pues, de este mundo, sino todo lo contrario, todo eso que está en nuestras manos nos daremos cuenta que está para el bien de todos y estaremos contribuyendo a la felicidad de todos mejorando nuestro mundo.

No nos apoyamos en una pompa de jabón, en una vanidad. Qué profundidad aprendemos a darle a nuestra vida desde el sentido del evangelio. Que en todo aquello que hacemos o de lo que disfrutamos no busquemos nuestra gloria sino que de la trascendencia que le damos a todos busquemos siempre la gloria del Señor.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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