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Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 28 de septiembre de 2013

El combate de la fe que hemos de hacer mirando los ojos del hermano que sufre a nuestro lado

Amós, 6, 1.4-7; Sal. 145; 1Tim. 6, 11-16; Lc. 16, 19-31
‘Hombre de Dios, practica la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la delicadeza. Combate el buen combate de la fe…’ son las recomendaciones que le hacía san Pablo a su discípulo Timoteo, como hemos escuchado en la segunda lectura.
¿Cómo combatir, conquistar ese combate de la fe? Y nos habla de justicia, de piedad, de amor, de paciencia, de delicadeza. Ese combate de la fe lo tenemos que realizar, por así decirlo, con los pies en la tierra, en esa vida concreta que vivimos cada día. Algunos podrían pensar en la fe y quedarse en alturas sobrenaturales y místicas.
Sí es algo sobrenatural porque la fe es un don de Dios, nos une a Dios, pero hemos de reconocer que no seremos capaces de vivir unidos a Dios por la fe si rompemos los lazos de unión en el amor, en la justicia, en el bien que hacemos, con los hermanos. La fe no nos aísla del mundo que vivimos, sino todo lo contrario porque nos tiene que hacer vivir cada día más comprometidos con ese mundo que nos rodea, con esos hermanos que caminan a nuestro lado.
Un ejemplo de quien no fue capaz de vivir este sentido de la vida, lo contemplamos en la parábola que Jesús nos propone en el evangelio. Quien vive encerrado en sí mismo, en las cosas o riquezas, en los placeres y el pasarlo bien aislándose de cuantos le rodean no podrá ni abrirse a Dios ni encontrarse con Dios.
Es la imagen del ‘hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba espléndidamente cada día’. A su puerta estaba ‘un mendigo llamado Lázaro, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que tiraban de la mesa del rico’,  a quien no era capaz de ver ni de reconocer.
Es la descripción que nos hacía también la profecía de Amós de los ricos acostados en lechos de marfil, arrellanados en divanes, comiendo los carneros del rebaño y las terneras del establo, bebiendo buenos vinos y ungidos con perfumes exquisitos, pero que no se dolían del desastre de José.
Ni el rico epulón veía a Lázaro, ni aquellos ricos descritos en la profecía se dolían del sufrimiento de quienes estaban a su lado. Encerrados en sí mismos, en sus riquezas o en sus placeres su corazón era insensible al sufrimiento de quien estaba a su lado.
Jesús dice el evangelista que dijo la parábola a los fariseos. Jesús nos dirige su Palabra, esta Palabra que hoy se nos ha proclamado y que está queriendo llegar a nuestros corazones a nosotros, también a los hombres y mujeres de nuestro tiempo. Nunca la Palabra del Señor es solo un recuerdo del pasado, sino que siempre es una palabra viva y actual; una palabra que se nos dice hoy y aquí a nosotros.
¿Nos interpelará de alguna manera? ¿Nos hará preguntarnos por nuestra sensibilidad ante los problemas de los demás? ¿Sentimos como algo nuestro y que nos lacera el corazón - el mío y el tuyo, no nos quedemos en algo indeterminado - la situación por la que están pasando tantos hoy a nuestro alrededor en la actual coyuntura de nuestro mundo?
Pudiera ser que nosotros no tengamos tantos problemas ni necesidades, que mas o menos nuestra vida vaya resuelta con nuestro trabajo o con lo que tenemos - y no hablamos de excentricidades, de riquezas o de lujos que podamos o no podamos tener - pero en el camino de la calle de cada día nos podemos ir encontrando gente con problemas, con necesidades, que nos tienden la mano solicitando una ayuda o quizá hasta en su orgullo se callan su necesidad pero sin saber como salir adelante, y nosotros, ¿qué hacemos? ¿seguimos nuestro camino sin mirar al lado quizá para no enterarnos?
Hablamos, es cierto, de los problemas de pobreza y muy gordos que se están dando hoy en nuestra sociedad, pero también podríamos hablar de otros muchos problemas, como la soledad y el abandono que padecen muchos, como la angustia y falta de alegría tantos por los mil agobios que nos da la vida, como el dolor y sufrimiento por enfermedades propias o de aquellas personas cercanas, o el sufrimiento por sus debilidades o discapacidades donde nadie quizá les tienda una mano para ayudarle a valerse por sí mismos. Algunas veces no nos enteramos o no queremos enterarnos.
La parábola sigue diciéndonos muchas cosas. ‘Murió el mendigo y lo llevaron al seno de Abrahán. Se murió también el rico y lo enterraron’. Y nos habla del abismo en el que se encontraba en medio de sufrimientos, torturado por las llamas y sin nadie que refrescara su lengua con un poco de agua. Y ya escuchamos el diálogo surgido entre el rico desde el abismo y Abrahán.
Cuando ya se resigna porque allá se ve castigado lejos de Dios porque no había sabido ver ni escuchar a Dios en vida, ahora pide que envíe a Lázaro a avisarles a sus hermanos para que no les suceda lo mismo. Ya escuchamos la respuesta de Abrahán: ‘Tienen a Moisés y los profetas; que los escuchen… si no escuchan a Moisés y a los profetas, no harán caso ni aunque resucite un muerto’.
Decir Moisés y los profetas entendemos muy bien que se está refiriendo a la Palabra de Dios. La ley, significa en Moisés, y los profetas eran el fundamento de toda la Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento. Cuando ahora nosotros escuchamos esa expresión bien sabemos que se está haciendo referencia a la Palabra de Dios.
Es lo que estamos haciendo ahora nosotros. Queremos escuchar al Señor que nos habla y nos habla desde la Palabra de Dios proclamada y que con fe estamos queriendo escuchar. Dejémonos interpelar por esa Palabra que el Señor quiere decirnos y que nos llega al interior de nuestro corazón. No nos hagamos oídos sordos, aunque nos escueza en las heridas de nuestra alma. No nos encerremos en nosotros mismos, sino abrámonos a la acción de Dios.
Ahora entenderemos mejor aquella recomendación que nos hacía san Pablo en sus palabras dirigidas a Timoteo. Vamos a combatir el buen combate de la fe y tenemos que hacer brillar en nuestra vida la delicadeza y el amor, la paciencia humilde pero también la confiada esperanza, la búsqueda del bien y la lucha por la justicia, el amor que nos compromete y el compartir que nos hace generosos, los oídos abiertos del corazón para escuchar el lamento del hermano que sufre pero también los ojos atentos para descubrir la necesidad que hemos de remediar, las manos y los pies prontos para el servicio y para la ayuda, y la palabra que anime y dé esperanza a tantos que van cansados por la vida.
Cuántas cosas podemos hacer; cuántas cosas tenemos que hacer a favor del hermano Lázaro que vemos a nuestra puerta, sentado quizá a nuestro lado, o en la orilla de ese camino de la vida. Pero quien cree en Jesús ni puede pasar de largo, ni entretenerse en sus cosas porque ya lo tiene todo resuelto, ni vivir con un corazón insensible. La fe que tenemos en Jesús nos pone siempre en camino, nos compromete, nos hace luchar por los demás, pero también llena siempre de alegría nuestro corazón en la satisfacción de todo lo bueno que hacemos o podemos hacer.

Así hemos de conquistar la vida eterna a la que fuimos llamados. Así podemos cantar para siempre la gloria del Señor. ‘A El honor e imperio eterno. Amén’.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Responsabilidad, justicia y solidaridad para hacer un mundo mejor

Amós, 8, 4-7; Sal. 112; 1Tim. 2, 1-8; Lc. 16, 1-13
Lo malo nunca lo podemos imitar, pero de todo, sin embargo, podemos sacar lecciones. Es lo que nos sucede hoy con la parábola del evangelio. Suele desconcertar a muchos. ¿Cómo puede narrarnos Jesús una historia de sobornos, injusticias, malversaciones y ambiciones egoístas? Es lo que puede resultar chocante para muchos si no profundizamos bien en lo que Jesús quiere decirnos.
En las cosas materiales habitualmente somos muy sagaces y cuando se trata de ganancias nos afanamos sin medida, porque todo nos puede parecer poco. Si somos tan astutos y afanosos en esas cosas de interés material, que son siempre cosas caducas y efímeras, ¿cómo no es que ponemos tanto empeño en aquellas cosas que verdaderamente merecen la pena? Claro que primero que nada hemos de tener claro qué es lo verdaderamente importante para nosotros. Quizá tendríamos que hacernos una revisión de nuestra escala de valores. Pero se supone que un cristiano, un discípulo de Jesús tiene bien claro cuál ha de ser la meta de su vida y qué es lo verdaderamente importante, aunque nos sintamos tentados por muchas cosas.
A alguien le pudiera extrañar que al final de la parábola Jesús alabe a aquel administrador injusto por la astucia con que actuó. Fijémonos que ya nos lo describe como un hombre injusto, un hombre que está obrando una injusticia. Pero lo que quiere Jesús decirnos es que los hijos de la luz tendríamos que ser más astutos en los asuntos espirituales y que dan verdadera grandeza al hombre. ‘Y el amo felicitó al administrador injusto, por la astucia con que había procedido’. Y continua diciéndonos Jesús: ‘Ciertamente los hijos de este mundo son más astutos con su gente que los hijos de la luz’.
Nos habla a continuación de cómo tenemos que aprender a ser fieles en las cosas pequeñas, porque será de la única manera que luego seremos capaces de ser fieles en las cosas importantes. ‘El que es de fiar en lo menudo también en lo importante es de fiar; el que no es honrado en lo menudo tampoco en lo importante es honrado’, viene a sentenciarnos Jesús.
Con ello nos está diciendo Jesús que también esas cosas materiales de las que tenemos que valernos, como es el dinero, hemos de aprender a actuar siempre con honradez, con justicia y con sensibilidad también para aquellos que menos tienen. Recordaríamos aquí lo que en otro momento nos ha dicho de guardarnos un tesoro en el cielo, porque no apeguemos nuestro corazón a los tesoros de la tierra, sino que sepamos generosamente compartir para beneficiar también a los que están a nuestro lado y pudieran tener menos que nosotros.
No caben en un cristiano posturas y actitudes egoístas y ambiciosas que nos encierren en nosotros mismos y nos hagan olvidarnos de los que están a nuestro lado. Lo que tenemos o lo que poseemos no está en nuestras manos para un beneficio egoísta en el que solo pensemos en nosotros mismos, sino también hemos de ver como podemos beneficiar a los demás.
Siempre recuerdo lo que un empresario cristiano, muy consciente de sus responsabilidades y de su fe, de sus sentimientos cristianos y de la ética de su vida, me decía en una ocasión; me comentaba que con lo que tenía podía vivir cómodamente sin tener que meterse en empresas y obras nuevas cada día, pero me decía que si lo hacía así no era por las ganancias que para él pudiera tener sino porque así estaba colaborando a que muchos tuvieran trabajo y pudieran tener un futuro mejor. Espero que siga con esos buenos sentimientos en su corazón.
Hoy nos dice Jesús: ‘Ganaos amigos con el dinero injusto, para que cuando os falte, os reciban en las moradas eternas’. Nos habla entonces de la responsabilidad con que hemos de vivir nuestra vida; una responsabilidad que tiene un carácter social porque desde el desarrollo de nuestras responsabilidades personales podemos estar contribuyendo, tenemos que estar contribuyendo al bien y a la mejora de nuestro mundo.
Pero nos habla también Jesús de cómo hemos de tener cuidado en el manejo de estas cosas terrenas para que no se nos apegue el corazón. El brillo del oro es muy encantador, el brillo de las riquezas nos encanta el corazón y nos subyuga esclavizándonos. Y cuando nos hacemos esclavos de esas cosas materiales se nos endurece el corazón, comenzamos a darle más importancia a las cosas que a las personas, rompemos las relaciones fraternales que tendríamos que tener los unos y los otros, tratamos de manipularnos buscando que todo esté a nuestro servicio o al servicio de nuestras ganancias, y en nuestra ambición y sueños de poder y de grandeza terminamos siendo unos ogros los unos contra los otros.
En la primera lectura el profeta nos hacía una tremenda descripción de lo que sucedía entonces, pero que es una buena descripción de lo que sigue sucediendo hoy. Tendríamos que hacer una lectura del profeta poniendo nombre de situaciones y de cosas que pasan hoy también en nuestro mundo.
Cómo nos destrozamos mutuamente y cómo destrozamos la convivencia y la armonía de nuestro mundo, cómo llegamos a destrozar incluso la naturaleza cuando nos dejamos arrastrar por esas ambiciones de grandezas y poder y por esos brillos del oro y las riquezas.  ¿Qué está detrás de esas guerras que destrozan nuestra humanidad sino la ambición de ganancias y de poder?
En la segunda lectura de la carta de san Pablo a Timoteo el apóstol nos pedía hacer oraciones, plegarias y súplicas por todos los hombres, y nos decía de forma muy concreta, ‘por todos los que ocupan cargos, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible con toda piedad y decoro’. Oramos, sí, por la paz - ‘una vida tranquila y apacible’ que decía el apóstol -, pero oremos también para que haya mayor justicia en nuestro mundo. Oremos para que los dirigentes de nuestra sociedad se conduzcan por caminos que nos lleven a una verdadera paz desde una mayor justicia, y que nunca las ambiciones de poder y de grandeza los cieguen, porque eso sería malo para nuestro mundo.

Recordemos finalmente lo que terminaba diciéndonos Jesús. ‘Ningún siervo puede servir a dos amos, porque, o bien aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se dedicará al primero y no hará caso del segundo. No podéis servir a Dios y al dinero’.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Los acoge, los busca y les invita a hacer fiesta

Ex. 32, 7-11.13-14; Sal. 50; 1Tim. 1, 12-17; Lc. 15, 1-32
Ese acoge a los pecadores y come con ellos’. Es la crítica y la murmuración de los fariseos y de los escribas cuando contemplaban las actitudes y el actuar de Jesús. Podíamos decir que aquí tenemos la clave del mensaje del evangelio de hoy, porque de aquí parte también el sentido de las tres parábolas que propone Jesús a continuación y hoy hemos escuchado.
Sí, podía responderles Jesús ‘los acojo, y no solo los acojo sino que los busco, pero aún más, es que los invito a la mesa, hago fiesta con ellos, los invito a hacer fiesta’. ‘Acoge a los pecadores y come con ellos’; los busca como un día buscaría a Zaqueo entre las ramas de la higuera invitándose a su casa; como acogió a la mujer pecadora e incluso la defendió ante Simón, el fariseo, porque es una pecadora, pero ama mucho y ahora está llorando sus pecados con mucho amor; como acogió y defendió a la mujer adúltera, porque nadie tiene derecho a condenar si primero se mira a mi mismo y ve que tiene también el mismo pecado.
Hoy nos hablará del pastor que va a buscar a la oveja perdida y hará fiesta con sus amigos porque la ha encontrado; y nos hablará de la mujer que revuelve toda la casa buscando la moneda extraviada y llamará a las amigas con alegría porque encontró lo que creía perdido; y finalmente nos hablará del padre que espera y que acoge, que levanta del suelo y restituye de nuevo en su dignidad al hijo que se había marchado y aun rogará también al hijo que se cree un niño bueno para que sea también acogedor con su hermano, queriendo llevarlo también a la fiesta que ha preparado.
Ha venido Dios a buscarnos y nos llama y nos acoge cuando volvemos a El sea cual sea la situación en que nos encontremos. Porque ahí está presente el amor y el amor verdadero no sabe llevar esas cuentas que recuerdan y echan en cara pasadas situaciones. Ahí está presente el amor que espera siempre porque siempre quiere contar con el amado al que le está ofreciendo siempre su abrazo de amor y de perdón para que reemprenda nueva vida. Es el amor que levanta, el amor que ofrece siempre un abrazo de comprensión, que llena de paz el alma.
Pero es el amor que nos interpela para que vivamos en el mismo amor, para que acojamos con el mismo corazón abierto. Es el amor que nos hace pensar y repensar nuestras anteriores actitudes para que comencemos a actuar con un nuevo espíritu que será siempre de acogida y de alegría, un nuevo espíritu que nos llena de paz y que va creando lazos nuevos de fraternidad con todos porque de todos ya para siempre nos sentiremos hermanos.
Siempre que escuchamos y meditamos este texto de esta parábola nos vemos a nosotros como ese hijo que se ha marchado de la casa del padre y que nos sentimos llamados a volver a él porque nos enseña cuál y cómo es el amor del padre que nos espera y que hará fiesta a nuestra vuelta. Pero creo que un mensaje más podemos deducir de este episodio del evangelio que hemos escuchado y estamos meditando.
Decíamos que una clave importante era esa acogida por parte de Jesús de los pecadores con los que terminaba comiendo y haciendo fiesta. Lo que critican los fariseos y los escribas es esa actitud de acogida por parte de Jesús, pero que era precisamente lo negativo que brillaba en ellos. Jesús acogía a los pecadores, pero ellos en lugar de abrir puertas más lo que querían era cerrarlas para dejar a los que ellos consideraban pecadores siempre por fuera, en una palabra, su ‘no-acogida’.
¿Eso no nos tendría que interpelar a nosotros también? Está bien esa primera interpretación y mensaje que siempre hacemos de la parábola, como hemos venido también mencionando, pero ¿cuál es la actitud que nosotros tenemos ante los demás, ante aquellos que nosotros no consideramos que son de los nuestros o que consideramos que son menos dignos?
Tendríamos que aprender de Jesús porque demasiado estamos con las puertas cerradas en los caminos de la vida. Sí, teóricamente lo sabemos, pero en la práctica de lo que hacemos  ¿cómo acogemos al que nosotros vemos distinto? Y lo vemos distinto por el color de su piel o la distinta raza que intuimos que tiene; y lo vemos distinto porque quizá es un inmigrante que ha dejado su tierra y ahora lo vemos deambular de acá para allá buscando un trabajo o un trozo de pan que llevarse al estómago vacío; y lo vemos distinto porque quizá ha caído en la desgracia de los vicios, el alcohol, la droga o no sé cuantas cosas y lo vemos hecho una piltrafa a nuestro lado que tenemos miedo hasta de darle la mano porque nos puede contagiar; y lo vemos distinto porque lo vemos tirado por la calle porque no tiene donde caerse muerto, o es un okupa o nos parece que procede de esas zonas marginales de nuestra sociedad, en una palabra, un marginado. Y así podríamos pensar en tantos a los que nos cuesta acoger, porque no son de los nuestros, porque nos caen mal, porque han sido un desastre en su vida, por no sé cuantas cosas más.
¿Qué haría Jesús hoy? ¿También nosotros como los fariseos murmuraríamos que ‘acoge a los pecadores y come con ellos’? Ojo, no digamos tan rápido que nosotros no lo hacemos, sino fijémonos en cuales son nuestras actitudes, nuestras posturas ante esas situaciones, y nuestros actos reales en la vida.
Pensemos en una cosa más, ¿qué lugar ocupan en nuestra iglesia, en nuestras comunidades, esas personas del listado que hacíamos antes de los que vemos diferentes? ¿Están sentados con nosotros en nuestras celebraciones? Y no digamos que es que ellos no vienen porque tendríamos que preguntarnos si salimos en su búsqueda como el pastor que fue a buscar la oveja perdida o la mujer que revolvió toda la casa para encontrar la moneda extraviada. ¿No podría ser que nos pareciéramos al hijo mayor que ni siquiera llamó hermano al que regresaba a la casa del padre?

¿No tendría que llegarnos por ahí el mensaje que recibiéramos del Evangelio para que aprendamos a ser acogedores como Jesús?

viernes, 6 de septiembre de 2013

Condiciones para ser discípulo de Jesús

Sab. 9, 13-18; Sal. 89; Filemón, 9-10.12-17; Lc. 14, 25-33
‘¿Quién conoce el designio de Dios? ¿Quién comprende lo que Dios quiere? ¿quién rastreará las cosas del cielo? ¿Quién conocerá tu designio si tú no le das sabiduría, enviando tu santo espíritu desde el cielo?’ Eran las preguntas que se hacía el sabio del Antiguo Testamento. Es lo que en el fondo nos preguntamos y pedimos cuando nos acercamos al Señor y queremos conocer su voluntad. Es la súplica, la oración que hemos de tener en nuestro corazón cuando venimos a escuchar su Palabra.
No acudimos a la Palabra de Dios buscando conocimientos o ciencias humanas; no buscamos la erudición de querer saber cosas ni el que tiene que explicar la Palabra del Señor a los demás ha de buscar simplemente explicaciones humanas, sino tratar de descubrir lo que el Señor quiere decirnos, lo que nos pide manifestándonos su voluntad. Por ello, esa ha de ser nuestra oración, invocar el Espíritu divino que nos dé esa sabiduría. Es lo que humildemente pido al Señor cuando me pongo a reflexionar sobre la Palabra para descubrir lo que el Señor quiere que os trasmita en mi reflexión. Siempre intento acercarme a la reflexión sobre la Palabra es un espíritu de fe y de oración.
Hemos escuchado en el evangelio que, mientras Jesús va subiendo a Jerusalén, mucha gente iba haciendo el mismo camino con El. ‘Mucha gente acompañaba a Jesús’, nos dice el evangelista. Pero, ¿serán en verdad todos discípulos, gente que quiere seguir a Jesús? Es lo que quiere plantear, cómo ser su discípulo. Es lo que trata de explicar Jesús. Hasta tres veces repite en lo que hoy le hemos escuchado ‘no puede ser mi discípulo’, si no se atiene a las exigencias que Jesús plantea. En la experiencia del evangelio vemos que muchos le escuchan, le aclaman en determinados momentos, pero pocos serán los que de verdad siguen y aman a Jesús hasta el final. A los propios discípulos más cercanos incluso les costó mucho y cuando llegó el momento de la pasión por allá andaban desorientados y hasta escondidos con miedo.
Y es que ese camino de seguir a Jesús hay que tomárselo en serio. No es seguirle porque todos le siguen; no es que soy cristiano porque aquí siempre todos hemos sido cristianos, todos estamos bautizados desde chiquititos. Es una decisión muy personal que hemos de tomar tras la invitación de Jesús a seguirle; una decisión personal y muy reflexionada. Hemos de saber bien lo que significa ser discípulo de Jesús, lo que comprende el ser cristiano. No se trata de dejarnos llevar, sino haber descubierto bien lo que Jesús significa para nosotros y lo que nos plantea el evangelio que ha de ser nuestra vida.
Para que lo entendamos Jesús nos propone dos pequeñas parábolas. La del hombre que quiere construir la torre o la del que va a hacer la guerra. Ha de detenerse previamente a reflexionar si podrá acabar la torre porque tiene todos los elementos necesarios; si podrá enfrentarse al enemigo porque tiene las armas y los ejércitos necesarios y suficientes para poder hacerlo. No sea que eche los cimientos y no pueda acabar la torre, o tenga que enviar legados para pedir condiciones de paz.
Tres cosas nos dice Jesús que son importantes y que tenemos que tener bien en cuenta. No se trata de renunciar sin más, porque además seguir a Jesús, ser cristiano no es cuestión simplemente de renunciar como si todo fuera malo; podríamos decir, que se trata de poner las cosas en su sitio. Queremos seguir a Jesús porque queremos vivir en el Reino de Dios - recordemos que ese fue su anuncio primero - y vivir el Reino de Dios tiene sus exigencias.
Además, si decimos Reino de Dios, es porque estamos reconociendo que Dios es nuestro único Señor, nuestro único Rey; nada tendría que estar por encima o ser primero. Es la primera de las exigencias, que el reconocimiento de Dios, el amor de Dios sea lo primero y todo lo que luego tengamos que vivir en nuestra realidad humana lo vivamos en esa referencia de Dios. No nos dice que no tengamos que amar al padre o a la madre, al hermano o la hermana, a la mujer o al marido, ni que no tengamos que amarnos a nosotros mismos. Muchas veces cuando interpretamos estas palabras de Jesús parece como si dijéramos que no podemos amar a los demás porque de lo contrario no seríamos discípulos de Jesús. Lo que nos está diciendo es ‘posponer’, porque el primer lugar es para Dios, y desde ese amor que le tenemos a Dios poniéndolo verdaderamente como centro de nuestra vida surge necesariamente el amor que le tengamos a los demás.
Fijémonos en las palabras de Jesús: ‘Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre o a su madre, a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío’. Repito no nos dice que no los amemos, ni nos amemos a nosotros, sino que el amor primero, que luego será fuente de todo amor, es el amor que le tenemos a Dios. En el mandamiento del amor nos dirá o que amemos a los demás como nos amamos a nosotros mismos, o como nos ama Dios.
Luego nos dirá que ‘quien no lleve su cruz detrás de mi no puede ser discípulo mío’. ¿Qué significa eso? No es llevar la cruz de Jesús, que ya también nos invitará a llevarla cuando por amor nos demos por los demás, sino llevar su propia cruz. Y llevamos la cruz detrás de Jesús, siguiendo a Jesús. Llevemos la cruz que podemos pensar en la vida dura a la que tenemos que enfrentarnos cada día; podemos pensar en nuestras responsabilidades y trabajos, aunque muchas veces se nos puedan hacer duros; podemos pensar en la cruz del sufrimiento, la enfermedad, los problemas a los que tenemos que enfrentarnos; podemos pensar, sí, en esa cruz del hermano que tratamos desde nuestro amor como buen cireneo ayudársela a llevar.
No podemos rehuir la cruz, porque no podemos dejar de asumir la vida con sus problemas o con sus responsabilidades, con el esfuerzo de superación que hemos de vivir cada día o con esa ofrenda de amor que seremos capaces de hacer por los demás. En ese camino, con esa cruz, siguiendo detrás de Jesús, caminaremos somos sus discípulos. En el tenemos el ejemplo y la motivación.
En la tercera cosa que nos señala sí tenemos que aprender a valorar lo que verdaderamente es importante en la vida y nunca ninguna cosa material podemos convertirla en dios, en ídolo de nuestra vida. Aquí sí que nos habla de renuncia, porque no podemos servir a dos señores, como nos dirá en otro lugar del evangelio. No podemos servir a Dios y a las riquezas. Por eso, ‘el que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío’.
Es necesario, pues, hacer una valoración; es cierto que tenemos que valernos de medios materiales en ese necesario uso e intercambio de lo que tenemos para buscar siempre una subsistencia y una vida digna. Pero no podemos ser esclavos del dinero; es más tenemos que darle una buena función a eso que tenemos para que nuestro tesoro no sean esos bienes materiales sino que en verdad lo depositemos en el cielo.
Por eso lejos de nosotros toda avaricia y toda codicia que nos encierre en nosotros mismos y nos esclavice bajo el dominio de la ambición por las cosas materiales y por las riquezas. Ya nos lo enseña en muchos lugares del evangelio. Recordemos lo que le pedía al joven rico que le preguntaba lo que había de hacer para alcanzar la vida eterna. Por eso, renunciar para despojarnos de esos apegos, pero para ponerlo en función también del bien que podamos hacer a los demás desde nuestro compartir generoso.

Queremos caminar con Jesús, queremos ser sus discípulos. Es algo serio que no podemos hacer de cualquier manera. Qué importante que nos vayamos empapando cada día más del mensaje y del espíritu del Evangelio. Qué importante también el que pidamos ese espíritu de sabiduría para conocer el designio de Dios.

Aqui puedes leer mas mensajes del Movimiento.

Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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