Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

Amigos que entran a esta Casa de Paz. Gracias por estar aqui. Clikea en seguir y unete a nosotros

sábado, 28 de julio de 2012

Caminos de solidaridad y generosidad que nos llevan a la comunión verdadera

2Rey. 4, 42-44; Sal. 144; Ef. 4, 1-6; Jn. 6, 1-15

Jesús se había a un lugar apartado y tranquilo con los apóstoles, como escuchábamos el pasado domingo, y se había encontrado con una multitud que lo esperaba. ‘Le dio lástima de ellos y se puso a enseñarles con calma’, nos decía el evangelista Marcos.

Ahora es el evangelio de Juan el que nos dice que estaba en la otra orilla y ‘lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Se vuelve a manifestar el corazón compasivo y misericordioso de Jesús. Toma la iniciativa y pregunta a Felipe ‘¿con qué compraremos panes para que coman todos?’

La solidaridad es el mejor camino que nos lleva a la comunión verdadera. Cuando los problemas se agolpan y surgen las necesidades podemos tener la tendencia a querer ir cada uno por su lado y cada uno busca su solución. Esto nos puede llevar a divisiones o a enfrentamientos, a una lucha de los unos contra los otros y quizá así los problemas se crecen y nos puede ser más difícil la solución.

Si somos capaces de dejar de pensar cada uno en sí mismo y comenzar a pensar en los demás, o ver el problema que también tienen los otros, de darnos cuenta de que si cada uno ponemos nuestro grano de arena por pequeño que sea se puede crear la montaña que nos abre caminos para algo distinto, comenzaremos a amarnos más, a preocuparnos por los otros y el amor nos dará inventivas, aunque nos parezcan insignificantes que nos puedan descubrir algo distinto.

Jesús solamente hace una pregunta que va a despertar inquietud en los que le rodean que se preguntarán también por caminos de solución, aunque nos puedan parecer difíciles o imposibles. Pero alguien aparecerá con el pequeño grano de arena que comienza a hacer el montón que lo transformará todo. Ya alguien vendrá diciendo que allí ‘hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces…’ aunque también se preguntará ‘¿Qué es eso para tantos?’.

Jesús sabía lo que iba a hacer porque en su corazón había amor hasta el infinito y El era Dios que realiza maravillas cuando está entre nosotros los hombres. Jesús realiza el milagro pero no solo fue la multiplicación milagrosa de los panes sino la inquietud por el amor y la solidaridad que sembró en aquellos corazones. Así quiere hacerlo en nosotros también cuando nos acercamos sinceramente a El dispuestos a compartir nuestros pequeños cinco panes de cebada y sin hacernos reservas para nosotros mismos.

‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados y lo mismo todo lo que quisieron del pescado’. El evangelista nos dirá que eran cinco mil hombres y que lo que recogieron de sobra a la indicación de Jesús para que no se perdiera fueron doce canastas.

Este milagro es signo y tipo, anticipo de la Eucaristía que va a instituir. Los próximos domingos escucharemos su anuncio en la Sinagoga de Cafarnaún. Pero conviene fijarnos en lo que significa este signo, este milagro de Jesús y todo lo que nos enseña. La solidaridad es el mejor camino que nos lleva a la comunión verdadera dijimos hace unos momentos. Dicho de otra manera no podemos llegar a la verdadera comunión si no vamos por los caminos de la solidaridad y del amor. Sería un contrasigno que nos atreviéramos a celebrar la Eucaristía sin amor, sin estar abiertos a la solidaridad.

Por eso nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio que si cuando vamos a presentar nuestra ofrenda ante el altar no hay amor verdadero en nuestro corazón, porque quizá no nos hemos reconciliado debidamente con el hermano, porque vivamos en la división y el desencuentro con los que nos rodean, con los más cercanos a nosotros, si no hemos sabido romper las corazas de la indiferencia, la insolidaridad y el odio, vayamos primero a reconciliarnos con el hermano, vayamos a ese encuentro vivo de amor con el otro para que podamos sentarnos dignamente en la mesa del Señor.

Vayamos siempre a la Eucaristía con la disponibilidad de poner nuestros cinco panes de pobres - los panes de cebada eran los de los pobres - porque, aunque nos parezca que es poca cosa lo que podemos poner, el Señor sabrá multiplicarlo porque siempre con el Señor el amor se crece y se aumenta más y más para provocar el incendio del amor que transformará de verdad nuestro mundo. Nuestras pequeñas chispas de amor provocarán esa hoguera grande del amor que contagiará a todos los que se sientan iluminados por su luz.

Y de la misma manera no podemos salir de la Eucaristía si no hemos alimentado debidamente ese amor; tenemos que salir siempre de la Eucaristía con un amor más fuerte y más grande, más abiertos a los demás, con mejor disposición para el encuentro y la comunión con los otros, más comprometidos para luchar por lo bueno, por hacer un mundo mejor y más fraterno, sintiéndonos más hermanos que nos queremos más y estamos dispuestos a perdonarnos siempre.

Los problemas que afectan hoy a nuestra sociedad son grandes; estamos contemplando mucho sufrimiento y muchas angustias a nuestro alrededor. Los que creemos en Jesús no nos podemos quedar insensibles pensando quizá que la solución tiene que venir de otros, de los grandes y poderosos. Hoy Jesús nos está enseñando que tenemos que aprender a mirar con una mirada distinta lo que nos rodea con sus problemas. Jesús quiere sembrar también inquietud en nuestro corazón preguntándonos quizá ¿qué es lo que podemos hacer nosotros ante la magnitud de los problemas? ¿No hará falta que aparezca el chiquillo de los cinco panes de cebada y los dos peces? ¿No podrás ser tú, ser yo el que con mi pobreza, mis pocas cosas comience a ofrecerme solidario y a hacer algo?

Todo, menos quedarnos impasibles. El Señor quiere poner inquietud en el corazón. Si hemos venido a la Eucaristía al encuentro con El, seguro que nos estará pidiendo una actitud nueva, un nuevo gesto de solidaridad, una disponibilidad generosa. Esos pequeños gestos solidarios crearán más auténtica comunión. ¿Nos daremos la vuelta para no ver?

martes, 24 de julio de 2012


El camino de santiago nos lleva peregrinos hasta Jesús 
Hechos, 4, 33; 512.27-33; 12, 2; Sal. 66; 2Cor. 4, 7-15; Mt. 20, 20-28

El no estaba allá junto al Jordán cuando los primeros discípulos comenzaron a seguir a Jesús. Estaba su hermano Juan igual que Andres el hermano de Simón cuando el profeta del Jordán había señalado a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y se habían ido con él. Probablemente de la misma manera que Andrés fue pronto a anunciarle a su hermano Simón que habían encontrado el Mesías, por qué no Juan también habría venido a comunicarle a su hermano lo que habían descubierto.

Ahora junto a la orilla del lago cuando aquel profeta que había surgido les invitó a él y a su hermano, - ‘venid conmigo’- , como lo había hecho con los hermanos Simón y Andrés, a seguirle para hacerlos pescadores de hombres, lo habían dejado todo, las redes, la barca, su padre, los jornaleros, para irse con Jesús. De nuevo en las agua de aquel mismo lago tras una pesca milagrosa en la que habían ido a echar una mano a Simón y Andrés por la redada tan grande que habían cogido, que se les rompían las redes, habían escuchado de nuevo la invitación. ‘Os haré pescadores de hombres’.

El seguimiento a partir de entonces había sido constante. Su camino era ya el camino de Jesús. Formaría parte del número de los doce elegidos para ser apóstoles y enviados, pero con una predilección especial junto con su hermano y Simón Pedro Jesús los llevaría consigo a momentos especiales para ser especiales testigos de las maravillas de Dios que se manifestaban en Jesús. 

Caminarían al paso de Jesús con todo lo que eso podría significar y los caminos nuevos que se abrirían para sus vidas. Subirían con Jesús a lo alto del Tabor para verle transfigurado y contemplar la gloria de Dios que se les manifestaba en maravillosa teofanía. Caminos de ascensión y de mirada hacia lo alto para llenarse de trascendencia y llenarse de Dios. Serían escogidos de manera especial en la casa de Jairo para ser testigos de la resurrección de la niña. Caminos abiertos al amor y a la solidaridad ante el sufrimiento que impulsan siempre a actuar para la vida. Pero Santiago, Juan y Pedro serían extraordinarios testigos de la agonía y de la oración de Jesús en el huerto antes de la pasión, pero a quienes se les pediría además una vigilancia especial. Caminos de interiorización e iluminación que solo en la oración podemos encontrar.

Su camino quería ser el camino de Jesús aunque no siempre fuera fácil, porque surgían confusiones en lo que se esperaba del Mesias y las ambiciones aparecen facilmente en el corazón. siempre surgía entre los discípulos aunque estuvieran muy cerca de Jesús los sueños y aspiraciones por primeros puestos a pesar de todo lo que Jesús les había enseñado. Lo hemos escuchado  hoy en el evangelio.

Pero estaban dispuestos a beber el cáliz. Los primeros puestos serían los del servicio y los del amor. Desde ese amor caminaría Santiago lleno del Espíritu los caminos del mundo anunciando el evangelio. La tradición nos lo sitúa en España en corto tiempo después de Pentecostes y así nos consideramos nosotros herederos de la fe que él anunció. 

Dispuesto a beber el cáliz sería el primero de los apóstoles que diera su vida por el nombre de Jesús. Los Hechos de los Apóstoles nos narran las dificultades y persecusiones que tuvieron los apóstoles desde el primer momento plor anunciar el nombre de Jesús como nuestro único Salvador. Con detalle nos hablan de las prisiones y las comparecencias ante el Sanedrín de Pedro y Juan tras la curación del paralítico de la Puerta Hermosa, y más tarde el martirio de Esteban, el protomártir. Pero pronto aparecerá, como hemos escuchado hoy, el martirio también de Santiago. ‘El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, el hermano de Juan’. 

Una tradición secular situará la tumba del Apóstol en Compostela allá en las cercanías de Finisterre, el fin del mundo conocido entonces. Historias, quizá llenas de leyendas, nos traen los restos del apóstol hasta Galicia, donde tras manifestaciones prodigiosas se encuentra la tumba del Apóstol en torno a la cual se levanta la catedral que se convertiría en centro de peregrinaciones para el mundo cristiano ya desde la edad media junto con Roma y los Santos lugares, como sigue siéndolo hoy día. 

El camino de Santiago es el que trajo a los peregrinos y penitentes desde todos los rincones de Europa entonces, y ahora tendríamos que decir que desde todo el mundo, buscando la gracia y el perdón de los pecados tras ese camino penitente en el encuentro con el Señor. Desde muchas motivaciones se hace hoy el camino de Santiago, pero en su origen era un camino de penitencia en la búsqueda del perdón y de la gracia del Señor por los propios pecados. Hoy se tiende a mirar como un trasiego y encuentro de culturas en gentes que recorren el camino desde los diferentes lugares del mundo. 

Sin negar todo ese valor cultural que puede tener, y que fue base también de la construcción de Europa, creo que como creyentes tendríamos que fijarnos mejor en el camino interior que hace cada persona en ese ir hasta la tumba del apóstol. He tenido la suerte de ser testigo y confidente de corazones que han hecho ese camino. Es camino de encuentro con uno mismo, de encuentro con Dios y de encuentro con los demás haciendo resaltar las cosas y los valores más hermosos que llevamos dentro de nosotros.  

Hagamos o no hagamos fisicamente ese camino de Santiago - no todos estamos en condición de poderlo hacer - sin embargo ese otro camino interior que nos lleve a la búsqueda de una profunda espiritualidad, a la búsqueda del verdadero sentido de la vida, el verdadero sentido del hombre, creo que es un camino al que todos si estamos invitados a hacer. 

Cuando fuimos haciendo un repaso por esos momentos del evangelio donde va apareciendo la figura de Santiago, como la del resto de los apóstoles, hablamos de un camino que iba haciendo Santiago que era seguir el camino de Jesús. No sin dificultades, decíamos, porque dentro de cada uno van surgiendo muchas cosas, muchos tropiezos y obstáculos a ese camino. Santiago, con sus dudas, confusiones y ambiciones incluso, sin embargo se dejó conducir por el Señor. Fue decidido su ‘podemos’, ante la pregunta de Jesús sobre beber el cáliz que El había de beber.

De la mano y con el ejemplo del apóstol intentemos hacer nosotros también ese camino, camino de Santiago, que es realmente el camino que nos lleva hasta Jesús. Un camino de crecimiento interior, de purificación y de iluminación de nuestra vida. Un camino hecho de silencios, como es en parte el camino de Santiago, porque en ese silencio podremos escuchar la verdad de nuestro corazón, pero podremos escuchar la verdad de la voz de Dios que nos habla. Un camino de apertura a lo trascendente, porque quienes hacen ese camino miran mucho a las estrellas, miran mucho a lo alto, pero un camino abierto también a la solidaridad porque no es un camino de solitarios, aunque cada uno hace su camino, pero lo hacemos juntos caminando hacia una misma meta.

Creo que estos pensamientos nos vienen bien en este día en que celebramos la fiesta del Apóstol que trajo el primero el anuncio del evangelio de Jesús a nuestras tierras y al que proclamamos patrono y cuidador de nuestra fe, de nuestro camino de creyentes. Que todo ese camino nos lleve siempre al encuentro con Jesús. Dejémonos encontrar por El.

viernes, 20 de julio de 2012



Llevemos a Jesús a nuestra vida, a ese sitio, a ese tiempo tranquilo, apartado…

Jer. 23, 1-6; Sal. 22; Ef. 2, 13-18; Mc. 6, 30-34

Jesús había enviado a los Apóstoles de dos en dos ‘dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos’, como escuchamos el pasado domingo. Hoy los vemos regresar. ‘Volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’. 

‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco’, les dice Jesús. ‘No tenían tiempo ni para comer’, comenta el evangelista. Y trata de llevarlos en barca a ese lugar tranquilo y apartado, aunque como hemos visto allí también se encuentran con las gentes que los esperando. Pero ya comentaremos ese detalle también.

Escuchamos y contemplamos un gesto muy humano que nos repetimos muchas veces. En medio del ajetreo de la vida necesitamos en ocasiones detenernos, hacer un alto en el camino, desconectarnos de lo que estamos haciendo como solemos decir. Es el momento de descanso, el momento de retomar fuerzas, o el momento de ponernos a pensar para no dejarnos absorber por la rutina de lo que hacemos cada día, no quedarnos en la materialidad de las cosas o tratar de tener una mirada en cierto modo distinta y distante de aquello que es la tarea de cada día. 

Son momentos de descanso material pero pueden y deben ser momentos de recuperación también de nuestro espíritu. En estos días - precisamente en nuestro hemisferio - estamos en época de vacaciones en las que tratamos de descansar y de desconectar, como decíamos, de la rutina de la vida diaria, aunque también hemos de tener un pensamiento para aquellos que no pueden tener esas vacaciones. 

Sea que estemos de vacaciones o sea que no las podamos tener y sigamos en nuestro propio ambiente, creo que el Evangelio nos puede dar pautas para nuestra vida que nos ayuden. De una forma o de otra, todos, como hemos venido diciendo, necesitamos esos momentos de pausa en nuestra vida. Y decir pausa, como decir vacaciones, no significará una total inactividad, aunque también tengamos el descanso. Y decir pausa no es simplemente dejar a un lado por un tiempo nuestras actividades materiales, que nunca las responsbilidades. Creo que en esa pausa nos cabría algo más. 

La imagen que estamos contemplando en el evangelio en la que es el propio Jesús el que se lleva consigo a los apóstoles a ese lugar tranquilo y apartado para ese descanso nos puede ayudar a los creyentes a pensar que, porque estemos en ese momento de descanso, no significa que tengamos que desconectar de Dios. En nuestras parroquias desgraciadamente muchas veces constatamos que, con los niños o con los jóvenes, e incluso también muchas veces con los mayores, pareciera que le diéramos vacaciones a Dios. Vemos cómo merma toda actividad pastoral y como merma también la asistencia a la Iglesia para nuestro culto y para las celebraciones religiosas, para la participación en la Eucaristía del día del Señor.

Se fueron con Jesús a aquel sitio tranquilo y apartado. Llevemos a Jesús a nuestra vida también a ese sitio, a ese tiempo tranquilo, apartado, de descanso que nos podamos tomar. Sepamos encontrar ese momento para ese silencio interior, para encontrar esos momentos de soledad para estar con el Señor, para sentirlo junto a nosotros. 

Momentos de reflexión, momentos de hacer una mirada interior, momentos de repaso de lo que es nuestra vida, momentos de contarle al Señor eso que hacemos o que desearíamos hacer, momentos para hacer proyectos, momentos para encontrar una luz que en el ajetreo de la vida muchas veces se nos puede ocultar detrás de las materialidades que nos abruman, del consumismo que nos envuelve o de las sensualidades placenteras que tanto nos atraen. Es bueno, sí, que lo pasemos bien, pero tratemos de darle hondura grande a nuestra vida.

Momentos de oración, si, en un encuentro vivo con el Señor para sentir su fuerza, su gracia, y la luz de su Palabra que nos habla allá en lo secreto del corazón. Momentos que pueden ser de renovación y de crecimiento interior en nuestra propia espiritualidad que tanto necesitamos.

Todo esto que estamos comentando a partir de este texto del evangelio no es sólo por la ocasión de la coincidencia del tiempo de verano, de vacaciones que se vive en nuestras latitudes. Nos da pie, es cierto, a que con esta reflexión nos planteemos seriamente el saber aprovechar este tiempo, que puede ser para nosotros una gracia grande del Señor. Pero este ir con el Señor, porque El quiere que estemos con El, en medio de nuestras tareas y actividades de cada día de nuestra vida es algo que siempre todo cristiano ha de plantearse seriamente. 

Sí, en nuestra misión como cristianos de dar testimonio de Jesús ante los que nos rodean, necesitamos ir desde Jesús, desde ese encuentro, desde esa vida que nosotros vivamos unidos a Jesús. No podemos ir a los demás para hablarles de Jesús, si antes no hemos estado nosotros con Jesús, no solo para hablarles de ellos, de ese mundo que nos rodea y que está hambriento de Dios aunque no siempre quiera reconocerlo, sino también para nosotros llenarnos de Dios, llenarnos de vida, de su gracia. Mucho tendríamos que reflexionar en estos aspectos.

Pero, decíamos antes que hay un detalle que no podemos dejar pasar desapercibido en este episodio del evangelio. Es la mirada de Jesús cuando al llegar a aquel sitio se encuentra con aquella multitud que lo espera, que han ido por todos los caminos para llegar hasta donde estuviera Jesús. ‘Le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles’.

No se desentendió Jesús de aquella gente, aunque allí fuera con otras intenciones con los apóstoles. Y es lo que tiene que sucedernos a nosotros, estemos donde estemos, cualquiera que sea la situación. Es la mirada que tenemos que hacer siempre al mundo que nos rodea. Ya decíamos antes que también hemos de tener un pensamiento para aquellos que no pueden tener las vacaciones de las que hablábamos. Un pensamiento y una mirada para ese mundo que nos rodea y que bien sabemos cuántos en estos momentos lo están pasando mal. Una mirada, un pensamiento, es cierto, hemos de tener, porque tampoco podemos nosotros desentendernos nunca, y menos en estos momentos difíciles. 

La solidaridad siempre tendrá que aparecer en nuestro corazón y más cuando nos decimos seguidores de Jesús. Hay muchas maneras de expresarla. Cuando nos vamos con el Señor para estar con El, como nos invita hoy, seguro que El inspirará allá en lo más hondo de nosotros mismos, muchos gestos y hechos de compartir, suscitará mucha generosidad en nuestro corazón. Si estamos con el Señor seguro que nunca podremos cerrar los ojos ante la necesidad o los problemas de los demás.  

Vayamos, sí, ese sitio de descanso al que Jesús quiere llevarnos. Llevemos a Jesús allá donde estemos porque en El siempre encontraremos esa paz que El nos da, pero con Jesús nos sentiremos también siempre impulsados y comprometidos a más amar, a más entregarnos por los demás. 

viernes, 13 de julio de 2012


Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban, nuestra misión

Amós, 7, 12-15; Sal. 84; Ef. 1, 3-14; Mc. 6, 7-13
‘Ellos marcharon y predicaban la conversión. Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Lo hemos escuchado en el evangelio. Jesús llama a los doce y los envía con su misma misión. Ya nos decía de entrada que ‘Jesús recorría las aldeas de alrededor enseñando’. Lo hemos venido escuchando en el evangelio.
Es la misión de Jesús y es la misión de los que seguimos a Jesús. A nosotros nos la confía. Es la misión de la Iglesia de todos los tiempos que se sigue realizando, que hemos de seguir realizando hoy. Porque creemos en Jesús no para buscar un refugio donde escondernos porque las cosas marchen mal en nuestro entorno o en nuestro mundo, y allí nos refugiamos desentendiéndonos de esos problemas, de ese mal que nos envuelve. Como siempre recordamos la fe en Jesús nos compromete.
Como Jesús, como los apóstoles que hoy vemos enviados por Jesús tenemos un anuncio que realizar, el Evngelio, la Buena Nueva del Reino de Dios; pero ese anuncio lo hacemos con nuestras palabras y con nuestros signos; porque hemos de dar señales con nuestra vida de que sí es posible ese Reino de Dios.
Hemos de ser nosotros los primeros que nos dejemos transformar por ese mensaje, por esa gracia del Señor. La invitación primera de Jesús, como la de los apóstoles enviados, es a la conversión, a dejarnos transformar para encontrarnos con Dios, para que en verdad Dios esté en el centro de nuestra vida. Y cuando vivamos ese encuentro vivo con el Señor y nos convirtamos a Dios, cuando convirtamos a Dios en el centro de nuestra vida significará que también muchas otras cosas tendrán que cambiar, transformarse, vivirlas con un nuevo sentido y valor. Nuestra nueva forma de vivir tendrá que ser un signo para quienes nos vean de lo que es el Reino de Dios. ¡A cuánto nos compromete nuestra fe en Jesús!
Dice el evangelio que al tiempo que anunciaban el Reino ‘expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Quizá podríamos preguntarnos cómo vamos a realizar eso hoy. Porque no vamos a buscar al diablillo con ojos de fuego y rabo y un tridente, como las imágenes nos lo han presentado tantas veces y nos ha llenado la imaginación.
¿Cuáles son los demonios de nuestro mundo de hoy, cuáles son los males que lo acechan y que cuando se nos meten en nuestro corazón nos llevan a nosotros también al mal? Podemos pensar en el egoísmo que nos hace pensar tanto en nosotros mismos y nos vuelve insolidarios; podemos pensar en el materialismo de la vida que nos invade y nos hace consumistas o nos impide darle horizontes grandes a la vida; podemos pensar en tantas situaciones de injusticia que llevan al sufrimiento de tantos, que nos lleva a no respetar la dignidad de toda persona, que conduce a la miseria de los más pobres cada vez más pobres por el enriquecimiento egoísta e insolidario de los que se sienten más fuertes; podemos pensar en la violencia de todo tipo que hemos convertido en base de nuestro trato y de nuestras relaciones mutuas; podemos pensar en la falsedad e hipocresía con que vivimos la vida, en el lujo y el despilfarro que nos lleva a vivir desde las apariencias… en la muerte de tantos inocentes desde la violencia de las guerras, en el crimen abominable del aborto o la eutanasia… y así en tantas cosas más.
¿Queremos que nuestro mundo siga siendo así? ¿En el nombre de Jesús que expulsaba los espíritus inmundos, pero que vino a rescatarnos del mal con su redención no tendríamos nosotros que ir también expulsando ese mal de nuestro mundo? Es nuestra tarea. Primero, convirtiéndonos nosotros al Señor para que ese mal no entre en nuestro corazón y nuestras actitudes sean buenas, nuestros valores sean esos nuevos valores del evangelio, y así nos sintamos transformados desde lo más hondo para que nada de eso nos domine. Hemos de ser los primeros curados para que nuestra vida de justicia, de amor, de verdad, de paz sea un signo para cuantos nos rodean. ¡Cuánto tenemos que hacer en nuestra vida y también para transformar nuestro mundo y no sea nunca más el reino del mal sino que sea en verdad el Reino de Dios! El compromiso de nuestra fe. El compromiso por el Reino de Dios.
No siempre será fácil, como le sucedía a los profetas y como le anunciaba Jesús que les pasaría a los apóstoles - lo hemos escuchado esta semana en el texto paralelo de san Mateo - porque nuestra lucha contra el mal se tiene que convertir muchas veces en denuncia de ese mal y de esa injusticia. Y los poderosos no lo van a soportar ni permitir. Recordemos, en lo escuchado hoy en el profeta, que querían expulsarlo de Betel, la Casa de Dios, para que se fuera con sus profecías a otra parte porque sus palabras y los gestos de su vida incomodaban a los poderosos. ‘No soy profeta ni hijo de profeta, respondía, sino pastor y cultivador de higos, pero el Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: ve y profetiza a mi pueblo de Israel’. Así nos puede suceder también a nosotros.
‘Ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Tenemos que ser los enfermeros de Dios para nuestro mundo. Como el médico o el enfermero que va aplicando la medicina, el remedio y la cura a los cuerpos enfermos para hacerles recobrar la salud, así nosotros a nuestro mundo enfermo, a tantos corazones tan llenos de sufrimientos y que no solo solo los sufrimientos derivados de una enfermedad física - que también - hemos de llevarles el aceite humilde y generoso de nuestra caridad, de nuestro amor, de nuestro servicio, de nuestra solidaridad, de nuestro consuelo, de nuestra compañía, de nuestra palabra de aliento, de nuestra sonrisa que les dé ánimo, que les levante el espíritu, que les sane el dolor del alma.
¿Se podrá decir que ya no se pueden hacer milagros, que no podemos hacer milagros? Creo que son muchos los milagros que podemos hacer como pequeños granitos de arena en gestos pequeños, humildes, sencillos pero llenos de amor y generosidad con los que podemos mitigar muchos dolores y sufrimientos de nuestros semejantes.
Como consecuencia de aquel espíritu del mal que tanto domina nuestro mundo y a tantos hace sufrir, como decíamos antes, nos encontramos, si somos capaces de abrir un poquito los ojos, mucho sufrimiento a nuestro alrededor, muchas soledades, muchas carencias de afecto, muchos corazones desgarrados, muchas angustias, muchas desesperanzas y desilusiones. Ahí nos envía Jesús con su misma misión, con su fuerza y con su gracia.
Bendito sea el Señor que nos ha confiado esta misión. Como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios: ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales… y nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables ante El por el amor’. Que seamos irreprochables por el amor, que resplandezca así el amor en nuestra vida para que seamos en verdad signo del Reino de Dios para cuantos nos rodean. Que no nos falte la gracia y la fuerza del Señor para esa misión que nos ha confiado de ser testigos de su Reino.

viernes, 6 de julio de 2012


Anunciamos con fidelidad a Jesús ante un mundo desconcertado que le cuesta entender
Ez. 2, 2-5; Sal. 122; 2Cor. 12, 7-10; Mc. 6, 1-6
En la vida muchas veces nos suceden cosas que nos sorprenden, incluso nos sorprenden gratamente, pero que luego quizá por las expectativas que nos hacemos sobre eso que nos ha sucedido o por lo que nosotros hayamos imaginado que podía pasar nos hemos visto desconcertados o incluso desilusionados.

Algo de eso contemplamos en el hecho que nos relata hoy el evangelio. Al llegar Jesús a su pueblo Nazaret e ir el sábado a la Sinagoga, hacer la lectura y ponerse a explicar la Palabra, quizá también por la fama que habría llegado allí de lo que Jesús venía ya haciendo en Cafarnaún y otras partes, les había producido gran admiración. Pero luego veremos que se sienten desconcertados, no manifestarán gran confianza en lo que hace y dice Jesús, porque en fin de cuentas a El lo conocían de siempre porque allí se había criado y allí estaban sus parientes. Habían sentido en principio admiración y hasta cierto orgullo porque era de los suyos, pero no supieron descubrir el verdadero misterio de Jesús. ‘Los tenía desconcertados’.

Jesús mismo se sentirá desilusionado por la pobre acogida que le están haciendo y su falta de fe. ‘No desprecian a un profeta más que en su tierra y entre sus parientes y en su casa’, les dirá. ‘Y se extrañó de su falta de fe… y no pudo hacer allí ningun milagro’. Marchará Jesús a otros lugares de alrededor.

Lo que sucedió con Jesús entonces en Nazaret, su pueblo, sería lo que le seguiría sucediendo en su peregrinar por los pueblos de Palestina anunciando el mensaje del Reino. No todos lo aceptaban; aunque muchos lo seguían, se admiraban de sus milagros o las palabras de gracia que salian de sus labios, no todos, sin embargo, descubrían en El al Mesías Salvador que instaurando el Reino de Dios venía a redimirnos y a traernos la salvación. No todos querían o llegaban a entender el sentido de su persona y de su mensaje, el sentido del Reino de Dios que anunciaba, la salvación que ofrecía. Su camino acabaría en la pasión y en la cruz, aunque bien sabemos que todo no se quedó ahí porque le contemplamos resucitado y triunfador.

Era lo que había sucedido con los profetas, sucedió incluso con Juan Bautista, el precursor, ha sucedido en todos los tiempos con los apóstoles enviados en el  nombre del Señor y nos puede suceder a nosotros cuando queremos caminar en caminos de fidelidad total al evangelio.
Recordemos lo que hemos escuchado en la primera lectura, del profeta Ezequiel. ‘Yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde… te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos’. No fue fácil la misión del profeta, como lo fue la de todos los profetas. 

En ese sentido Pablo nos habla hoy de algo que le está costando mucho superar en su tarea y le pide al Señor que le libere de ello, pero el Señor le ha respondido ‘te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad’. Hermosa la reflexión que nos hace el apóstol. Grandeza del mensaje de Dios que se manifiesta en la debilidad porque la fuerza está en Dios que es el que da el verdadero valor.

¡Cuánto nos cuesta acoger y escuchar a Jesús sobre todo cuando vamos con nuestras propias ideas o expectativas! A Jesús no lo podemos encasillar en nuestros esquemas. Su mensaje no es un mensaje que sea para contentarnos. Y no es ya el mundo ajeno a la Iglesia que nos rodea a quien le gustaría escuchar otra cosa, sino que nosotros mismos tantas veces endurecemos nuestro oído o nuestro corazón ante el mensaje que nos ofrece el evangelio y también quisiéramos hacerle decir a Jesús, o hacerle decir a la Iglesia cosas que nos contenten o halaguen.

Nos encontramos muchos ‘doctores’ (y lo pongo así entre comillas con la expresión que hoy se emplea) en todos los ámbitos de la sociedad - y cómo se aprovechan de los medios de comunicación -, que quieren decirle a la Iglesia lo que tendría que enseñar. Todo el mundo quiere opinar, todos quieren hacer sus interpretaciones y cuando la Iglesia es fiel a su mensaje buscan la manera de descalificarla, de decir que está viviendo en las nubes (por decirlo de una manera suave) y que la Iglesia tendría que adaptarse y bajar el listón de sus exigencias, y cuando no pueden hacerlo de otra manera tratan de desprestigiar a quien lleva el mensaje para enturbiar la misión y la tarea de la Iglesia. ¿Se sentirán desconcertados porque no es el mensaje que les halague o les guste escuchar?

Si lo hiciéramos así, contentando a todo el mundo, dejándonos llevar por lo que le agrada a la gente, ¿estaríamos en verdad anunciando el mensaje de Jesús o nuestro propio mensaje? Tenemos que ser fieles al mensaje de Jesús y ya el Espíritu Santo nos va guiando y fortaleciendo en la misión que hemos de realizar, porque el mensaje de Jesús sigue siendo el mensaje de salvación para el hombre de hoy. No nos tenemos que asustar de lo que podamos encontrarnos en contra. Recordemos lo citado del profeta, pero también lo que el mismo Jesús nos anunció en el evangelio. ‘Pero el poder del infierno no la derrotará’. Nuestra fidelidad al mensaje de Jesús está por encima de los desconciertos del mundo.

Decía el evangelio que Jesús no hizo en Nazaret ningun milagro, salvo curar a algunos enfermos imponiéndoles las manos, por su falta de fe. Es la fe que tenemos que despertar en nuestra vida. Si muchas veces nos dejamos seducir por esas ideas del mundo, de las gentes que nos rodean, en referencia a todo lo que tendría que ser la Iglesia y su mensaje, es porque quizá también se nos ha debilitado nuestra fe. Muchas veces nos pueden faltar esos ojos de fe para descubrir el verdadero sentido de la Iglesia. 

No la podemos mirar como una organización mundana más, como una sociedad civil o cualquier asosiación, como una ONG, como se dice ahora. No es la mirada ni la consideración de un creyente sobre lo que es la Iglesia el verla asi. Es el sacramento universal de salvación que Cristo nos ha dejado para que vivamos en verdadera comunión de fe y de amor y así podamos llevar a vivir nuestra comunión con Cristo. En la Iglesia se nos manifiesta el Misterio de Cristo porque a través de ella nos llegará la Palabra de Dios y los sacramentos de nuestra salvación que en ella celebramos. Es el Cuerpo Místico de Cristo al que nos sentimos unidos como los sarmientos a la vid para que a través de ella nos llegue a nosotros la gracia divina de la salvación.

Por eso decíamos que tenemos que despertar nuestra fe. Necesitamos esa fe viva para que Cristo actúe con su gracia en nosotros. Con esos ojos de fe descubriremos en verdad todo el misterio de Cristo; con esa fe podremos escuchar su Palabra como mensaje de salvación para nuestra vida; con esa fe vivimos nuestra comunión de Iglesia que nos hace entrar en una comunión mas grande y profunda con el Señor; desde esa fe iremos creciendo más y más en el conocimiento de Cristo hasta llegar a unirnos plenamente con El, a configurarnos con El para ser una solo cosa con El viviendo su misma vida.

Si abrimos nuestro corazón a la fe cuántas maravillas realizará Dios en nosotros. Entonces podremos también nosotros, desde nuestra pequeñez y debilidad, hacer ese anuncio de Jesús y su evangelio al mundo que nos rodea, tarea y misión que Cristo nos ha confiado. Y lo hacemos con fidelidad.

Aqui puedes leer mas mensajes del Movimiento.

Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
Se ha producido un error en este gadget.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

Etiquetas