Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

Amigos que entran a esta Casa de Paz. Gracias por estar aqui. Clikea en seguir y unete a nosotros

lunes, 31 de diciembre de 2012


Días de bendiciones que nos traen con Jesús la paz para todos los hombres

Núm. 6, 22-27; Sal. 66; Gál. 4, 4-7; Lc. 2, 16-21
No queremos que se acabe la Navidad. No nos podemos cansar de la Navidad. Algunos pueden estar cansados de fiestas y otros desearán que las fiestas no se acaben nunca en ese afán de divertirse y pasarlo bien. Claro que todos tenemos deseos de ser felices, pero no es por una fiesta así por lo que nosotros queremos prolongar la navidad. Es que el misterio que estamos celebrando es tan grande, tan maravilloso que queremos seguir sintiendo su miel en nuestro corazón porque es seguir saboreando el amor tan maravilloso que Dios nos tiene.
Estamos en la octava de la Navidad, pero aún nos quedan días para seguir saboreando el espíritu de la navidad hasta que lleguemos a la Epifanía y al Bautismo del Señor. Dios ha venido a nosotros y nos quiere llenar de bendiciones. Por eso nos felicitamos en estos días. No es solo que hagamos fiestas, entre un año nuevo o nos hagamos unos regalos. Nos felicitamos en el amor tan grande que Dios nos tiene que viene a nosotros para traernos la salvación, porque ha vuelto su rostro sobre nosotros y ha derramado gracia y bendiciones sobre nosotros, porque quiere estar a nuestro lado para que no olvidemos nunca el amor y construyamos continuamente la paz.
Y desde las bendiciones de Dios nos sentimos comprometidos a también nosotros llenar de bendiciones a los demás. Volvamos su rostro sobre ellos, como le pedíamos al Señor, y que nuestras miradas, nuestros gestos, nuestras palabras vayan llenas de amor y de paz para todos. No es solo una palabra la que vamos a decir queriendo expresar un buen deseo, sino que sinceramente vamos a volvernos sobre nuestros hermanos los hombres con una mirada nueva y distinta, la mirada de la amistad, de la comprensión, de la paz, del ánimo que levante el espíritu, la mirada llena de la sonrisa del amor.
Sí, que nuestras palabras, nuestras miradas, nuestros gestos sean siempre de bendición, porque digamos bien - eso significar bendecir -, porque hagamos el bien, porque nuestras actitudes y nuestros gestos sean siempre de bien. Todos podemos bendecir; todos debemos bendecir. Se ha perdido esa costumbre de pedir la bendición o de dar la bendición y así nos va en la vida. Retomemos esa bonita costumbre pero llenando de verdadero sentido nuestras bendiciones y que sean para todos.
Y nuestra gran bendición para los demás sea llevar a Jesús. Para que todos se encuentren con Jesús. Para que todos sepan acoger esa bendición de Dios para la humanidad que es Jesús. Para que todos nos abramos a la salvación que Jesús nos ofrece. Hoy, a los ocho días, la octava de la navidad, hemos escuchado en el evangelio que ‘tocaba circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el ángel antes de su concepción’.
Recordamos que el ángel le había dicho a José ‘y le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará al pueblo de sus pecados’. Jesús significa ‘Dios nos salva’. Es el Salvador que los ángeles anunciaron a los pastores que había nacido en la ciudad de David. Es el Salvador, la bendición de Dios para la humanidad, como decíamos, porque con Jesús comenzará una humanidad nueva, la humanidad que hunde sus raíces en el amor; la humanidad que se siente amada por Dios que así nos ha enviado a su Hijo, y la humanidad que se comienza a construir desde ese amor de una manera nueva. Es el Jesús que nosotros hemos de llevar en nuestro corazón y que hemos de llevar a los demás, como la más grande bendición de Dios.
Día de bendiciones parece que es éste que estamos celebrando hoy. Porque miramos a la madre, miramos a María. ‘Los pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José y al Niño acostado en el pesebre’. Nuestra mirada se vuelve hoy de manera especial a María, la madre de Jesús que es la madre de Dios, pero que es también para nosotros una bendición de Dios porque nos la ha dado como madre.
Qué gozo más grande sintió el pueblo cristiano cuando pudo proclamar con toda la firmeza de la fe que verdaderamente María era la Madre de Dios. Es el gozo de los hijos por la madre. Es el gozo que sentimos todos en estos días porque mirando a Jesús, siempre vemos a María a su lado. Qué importante fue el sí de María ante el anuncio del ángel, porque se convirtió en la Madre de Dios, porque Dios quiso contar con ella, con su colaboración, en la tarea de nuestra salvación porque ella nos trajo a Jesús.
Cuando hablamos de María siempre nuestras palabras se quedan cortas para todo lo que de ella quisiéramos decir. Queremos llenarla de bendiciones y alabanzas como hiciera Isabel cuando fue María a visitarla en la montaña, como lo hizo aquella mujer anónima que alabando a Jesús alabó también a la madre que lo trajo al mundo, como lo hiciera Jesús cuando la llama dichosa porque ella sí supo plantar en su corazón la Palabra de Dios para que diera fruto, y como lo han hecho todas las generaciones en la Iglesia a través de los siglos dando cumplimiento a su propia profecía de que ‘dichosa me llamarán todas las generaciones’.
Pero hoy bendecimos a María y una vez más queremos recibir sus bendiciones para nosotros y para nuestro mundo. Sí, que ella nos alcance todas las bendiciones de Dios volviendo su rostro maternal, sus ojos misericordiosos, sobre nosotros sus hijos que aun caminamos por este valle de lágrimas y que ella nos alcance la gracia de la salvación; que ella, reina de la paz, nos alcance ese don preciado de la paz para nuestro mundo que tanto lo necesita.
El primero de enero celebramos ya desde hace muchos años la Jornada Mundial de la Paz. Tenemos que orar por la paz. Tenemos que trabajar por la paz. Tenemos que convertirnos en mensajeros de la paz para nuestro mundo. Los ángeles cantaban la gloria del Señor en el momento del nacimiento de Jesús, pero cantaban también la paz para los hombres a los que Dios ama, la paz para nuestro mundo al que Dios ama. Por eso para nosotros los cristianos no puede ser ajeno a nuestra oración y a nuestro compromiso, y de manera especial estos días, el tema de la paz.
‘Bienaventurados los que trabajan por la paz’, nos dice el Papa, rememorando la bienaventuranza de Jesús, en su mensaje para esta Jornada, que bien merecería la pena una lectura atenta y una amplia reflexión porque es muy hermoso. Alguien ha dicho de este mensaje del Papa que es casi como una pequeña encíclica. No podemos en la brevedad de esta reflexión extendernos en su comentario pero sí destacar y subrayar ese compromiso que como creyentes en Jesús hemos de tener con la paz de nuestro mundo.
Como nos dice en el mismo inicio de su mensaje ‘Cada nuevo año trae consigo la esperanza de un mundo mejor. En esta perspectiva, pido a Dios, Padre de la humanidad, que nos conceda la concordia y la paz, para que se puedan cumplir las aspiraciones de una vida próspera y feliz para todos… los cristianos, como Pueblo de Dios en comunión con él y caminando con los hombres, se comprometen en la historia compartiendo las alegrías y esperanzas, las tristezas y angustias, anunciando la salvación de Cristo y promoviendo la paz para todos’.
La paz concierne a la persona humana en su integridad e implica la participación de todo el hombre. Se trata de paz con Dios viviendo según su voluntad. Paz interior con uno mismo, y paz exterior con el prójimo y con toda la creación. Comporta principalmente… la construcción de una convivencia basada en la verdad, la libertad, el amor y la justicia.
Nos habla de la paz como don de dios y obra y tarea del hombre, de que los que trabajan por la paz son quienes aman, defienden y promueven la vida en su integridad, de cómo para construir el bien de la paz es necesario un nuevo modelo de desarrollo y de economía, de una educación para la cultura de la paz, y finalmente recordando la oración de san Francisco nos dice que oremos al Señor para que seamos instrumentos de la paz para nuestro mundo para llevar amor donde haya odio, perdón donde hubiese ofensa, la verdadera fe donde hubiese duda.
Oremos por la paz. Que sea la bendición de Dios que con Jesús llega a nuestra tierra. Paz a los hombres que Dios ama.

sábado, 29 de diciembre de 2012


El matrimonio y la familia, un acorde de la música del amor de Dios

1Sam. 1, 20-22.24-28; Sal. 83; 1Jn. 3, 1-2.21-24; Lc. 2, 41-52
‘Jesús bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad… e iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres’. El Hijo de Dios que se ha encarnado nace en el seno de una familia y en el seno de una familia crece, como dice el evangelio ‘en sabiduría, estatura (edad, como niño, como adolescente y como joven) y en gracia’. En una familia nació Jesús y en familia pasó la mayor parte de su vida. En la familia Jesús aprendió a rezar, a leer, a trabajar. Y a su vez Jesús dio a la familia dignificación y santidad. Jesús convirtió con su presencia la familia en algo sagrado, convirtió el amor de los esposos en sacramento.
En el marco de las fiestas de Navidad, en medio de las celebraciones del nacimiento de Jesús la liturgia de la Iglesia nos invita hoy a celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret, aquel hogar en el que Jesús nació y creció. Y contemplar a la Sagrada Familia en ella queremos ver como en un espejo nuestras familias. Por eso hoy es un día especial para las familias cristianas cuando en estos días en nuestra celebración de la navidad del Señor el encuentro de las familias ha tenido tanta importancia y es algo que se ha vivido con especial intensidad en nuestros hogares. Miramos a la sagrada Familia de Nazaret y mucho tenemos que aprender, mucho tenemos que copiar de sus virtudes, de todo lo que era la vida de aquel bendito  hogar.
Allí Jesús, que se quiso hacer en todo semejante a nosotros, en el seno del hogar aprendió y vivió lo más humano y lo más hermoso de nuestra humanidad. Hablar de familia es hablar de amor y de comunión, es hablar de convivencia y de caminar juntos, es hablar de cercanía y de comprensión, es hablar de mutua aceptación y de profundo respeto, es hablar de crecimiento como persona y de cultivo de los valores más trascendentes. La familia es el semillero de la vida, el mejor campo de cultivo de la personalidad del individuo, la raíz más honda que da fuerza y consistencia a nuestra sociedad toda; la familia vivida en profundidad nos hace percibir lo que es la profundidad de Dios, la vida de Dios.
A alguien en una ocasión le escuché decir que el matrimonio y la familia es como un acorde de la música de Dios. Dios es vida y es amor; es vida porque es el que existe por sí mismo y desde siempre, y es amor como ya nos lo dice san Juan en sus cartas; pero Dios es profunda e intima comunión en el misterio de su Trinidad de personas que forman una única unidad en su naturaleza en la que no hay ninguna división; y Dios se hace misericordia y perdón, en su inmensidad se hacer cercano tanto como para vivir en nuestra propia vida.
Cuando el hombre y la mujer llegan a vivir con toda profundidad esa comunión de vida y de amor que es el matrimonio y que se prolonga en la familia podemos decir que están entrando en esa sintonía de Dios, porque en su amor y en todo lo que rodea esa profundidad del amor de su matrimonio no están sino haciéndonos resonar ese acorde de la música de Dios, ese acorde del amor y de la vida y comunión de amor de Dios.
¿Por qué decimos que el matrimonio para nosotros va más allá de lo que pueda ser un contrato de partes, una relación jurídica o un compromiso meramente formal? Para el cristiano que fundamenta toda su vida y, en consecuencia, su relación de amor en Dios, el matrimonio se convierte en sacramento de Dios. El amor matrimonial vivido en toda su profundidad y con todas sus consecuencias de unidad y de comunión se convierte en signo, en manifestación de lo que es el amor el amor de Dios, en presencia del amor de Dios en su propio amor humano. San Pablo hace como una mutua comparación entre el amor del hombre y la mujer con el amor que Cristo tiene por su Iglesia. Sintonía del amor de Dios, acorde de la música del amor infinito de Dios.
Como nos enseñaba el concilio Vaticano II, cuyos cincuenta años de su inauguración estamos conmemorando en este Año de la Fe, en la Gaudium et spes, ‘cuando el Señor sale al encuentro de los esposos cristianos por medio del sacramento del matrimonio… el amor conyugal auténtico es asumido por el amor divino y se rige y se enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia… Cristo permanece en los esposos para que con su mutua entrega se amen con perpetua fidelidad, como El mismo ha amado a la Iglesia y se entregó por ella’ (GS48).
Es la gracia con la que el Señor enriquece a los esposos y a las familias cristianas que han puesto en El toda su fe y toda su esperanza y desde su amor quieren vivir su propio amor humano con toda intensidad. Algunas veces los cristianos no hemos reflexionado lo suficiente para ahondar con toda profundidad en la riqueza de lo que es el amor matrimonial y familiar en un sentido cristiano, contemplado desde lo que es como una participación del amor de Dios.
Es triste contemplar a tantos matrimonios rotos y a tantas familias divididas y destrozadas que no hacen sino producir más y más dolor y sufrimiento en sus miembros. Es un dolor y sufrimiento que a todos nos afecta y ante el que no podemos ser insensibles pensado que eso a nosotros no nos pasa o no nos puede pasar. Es necesario, por supuesto, que los que van a contraer matrimonio vayan con la suficiente y necesaria madurez humana y cristiana al sacramento, pero es necesario saber contar luego a lo largo de la vida con la presencia de la gracia del Señor que nunca nos faltará.
Hoy, al contemplar y celebrar a la Sagrada Familia de Nazaret, como decíamos antes, no podemos menos que mirar a nuestras familias y orar por nuestras familias. Queremos aprender, como decíamos, de aquel Hogar de Nazaret, pero queremos impetrar la gracia y la fuerza del Señor para que nuestros matrimonios cristianos renueven - hagan nuevo  continuamente - su propio amor y contribuyan con todos sus medios a la felicidad de cada uno de los miembros de la familia.
Que se manifiesten de verdad como ese acorde de la música del amor de Dios en la forma como cultivan todos esos valores que harán más fecundo cada día su amor desde la cercanía y la comunión, desde el respeto y la valoración de cada uno de sus miembros, desde el espíritu de servicio y la capacidad de comprensión y perdón, desde la apertura de sus vidas a la trascendencia y desde el cultivo de todos los valores que eleven el espíritu, desde la generosidad de unas manos abiertas para siempre hacer el bien y desde la oblación en el amor de sus propias vidas, aunque sea en el sacrificio, en el día a día de su caminar.
Y esto a todos nos afecta y todos tenemos que poner nuestro granito de arena para hacer que nuestro mundo sea mejor desde unas familias cada día más felices porque como personas cada uno de nosotros desde todos esos valores que en la familia cultivamos vayamos creciendo más y más en lo que es la riqueza más profunda de nuestra vida y nos hará alcanzar la mayor plenitud, el amor con el que reflejamos lo que es el amor de Dios. 

martes, 25 de diciembre de 2012


Nos ha amanecido un día sagrado, una gran luz ha bajado a la tierra

‘Nos amanecido un día sagrado; venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra’. El amanecer de este día es distinto. El Sol no se ha quedado en lo alto del cielo, sino que ha bajado hasta la tierra para darle a todo un nuevo resplandor. La noche se había convertido en día y en el amanecer de este nuevo día tenemos al Sol en medio de nosotros.
Escuchábamos en la misma víspera del nacimiento del Señor que así lo cantaba Zacarías en el nacimiento del Bautista. Dios ha visitado a su pueblo, el sol que nace de lo alto nos ha visitado para iluminar a los viven en tinieblas y en sombra de muerte. Es un día nuevo; es un día distinto. Es navidad, es el día del nacimiento de Jesús en Belén, que es el día en que Dios quiso poner su tienda entre nosotros. Venid, adoremos al Señor porque una gran luz, la única luz que nos ilumina de verdad, ha bajado a la tierra, como decíamos en la antífona.
En medio de la noche cuando todo se llenó de resplandor en el nacimiento de Jesús - ¿cómo no iba a llenarse de resplandor si allí estaba la luz del mundo? - los ángeles entonaron el cántico de toda la creación para anunciar a los pastores que había nacido el Salvador. ‘Os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo, proclamaban: hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’. Y les dio las señales de cómo lo iban a encontrar. No tenían que ir a palacios ni a lugares importantes. Habían de buscar un pesebre y un niño recostado en él envuelto en pañales.
Y los pastores creyeron. Los pobres y sencillos tienen un especial olfato para las cosas de Dios y sus maravillas. Los poderosos, los sabios y los entendidos les cuesta más; cuando llegaron los magos a Jerusalén preguntando por el recién nacido tuvieron que ponerse a estudiar en las Escrituras. Y es cierto que las Escrituras los condujeron a Belén. Pero ahora los pastores, los sencillos, se fían de las palabras del ángel. ‘Vayamos derechos a Belén, a ver eso que nos ha pasado y nos ha comunicado el ángel’. Ya ellos estaban viviendo el acontecimiento, ‘a ver eso que ha pasado’ comentan.
Y se van corriendo derechos a Belén siguiendo las indicaciones del ángel y allí encontraron todo como les habían dicho. ‘Fueron corriendo y encontraron a María, a José y al Niño acostado en el pesebre’. Todo será admiración y alabanzas. Contaban una y otra vez todo lo sucedido. Los pobres se alegran en el Señor porque a ellos se les ha comunicado la Buena Noticia. ¿No nos recordará lo que Jesús luego nos dirá con los profetas en la sinagoga de Nazaret?
Nosotros en esta mañana también hemos venido a Belén, también hemos venido al encuentro con el Señor. También creemos y también queremos adorar. Queremos proclamar bien alto  y bien fuerte nuestra fe. Lo que nos han contando, lo que los profetas nos habían anunciado, lo que en la tradición de la Iglesia se nos ha ido comunicando y enseñando a través de los siglos, para lo que nos hemos ido preparando a lo largo del Adviento lo vemos cumplido delante de nuestros ojos.
Abrimos los ojos de la fe. Aquí está el Señor. Este niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en el pesebre es nuestro Salvador. ¿No decíamos que estamos necesitados de salvación? ¿No hemos venido reconociendo que en nuestra vida hay oscuridades, que nos llenamos de dudas en ocasiones, que algunas veces parece que hemos pedido la esperanza, que nos desalentamos tantas veces en nuestras luchas porque parece que el mal puede más que  nosotros? Aquí tenemos nuestro Salvador. Sí, nuestro Salvador, porque solo en Jesús vamos a encontrar la verdadera luz; solo en Jesús encontramos el aliento que nos anime en nuestros desalientos, solo en Jesús encontramos el perdón para tantas veces que hemos caído, que hemos errado el camino o por nosotros hemos querido tomar otro alejándonos de los caminos del Señor; solo en Jesús vamos a tener la fuerza para esa lucha de cada día por hacer un mundo mejor, solo en Jesús vamos a encontrar esa gracia que nos da nueva vida. Es quien nos ha redimido y dado nueva vida con el perdón de nuestros pecados.
Os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Este Jesús es el Ungido del Señor, el Mesías de Dios anunciado por los profetas, el Cristo en quien encontramos nuestra Salvación. Es el Señor, es quien, como diría después de Pentecostés Pedro, a quien Dios había constituido Señor y Mesías, resucitándolo de entre los muertos. Lo reconocemos como nuestro Señor, como el Hijo de Dios que el Padre ha enviado para ser nuestro Salvador. Tanto nos amo Dios que nos envió a su Hijo. Ahora nosotros lo reconocemos, ahora nosotros confesamos nuestra fe.
Es la noticia que nos ha convocado para venir hasta Belén, para venir al encuentro con Jesús en esta fiesta grande de su nacimiento. Pero es la noticia de la que nosotros también tenemos que hablar, tenemos que comunicar a los demás. Lo que ahora estamos viviendo no se puede quedar encerrado en estas cuatro paredes, lo que hemos visto y oído no lo podemos callar, como dirían mas tarde los apóstoles. Lo que es hoy nuestra alegría porque en Jesús se satisfacen todas nuestras esperanzas, en El encontramos todo el sentido y la alegría de nuestra vida no lo podemos callar.
Y no es solamente que estos días nos felicitemos o nos digamos feliz navidad, sino que tiene que ser algo mucho mas hondo que unas palabras lo que tenemos que trasmitir. Nuestra vida ha de ser signo en medio de los demás, como unas estrellas bien puestas en lo alto, que anuncien a la humanidad la salvación que nos trae Jesús.  
No todos a nuestro alrededor viven de igual manera la navidad. Para algunos son solamente unas fiestas que aprovechan para el descanso o la diversión o para el encuentro de los amigos o las familias. Quizás andan a oscuras porque la fe se les ha debilitado o la han perdido. Y es ahí donde tenemos que llevar nuestra luz, o menor, la luz de Jesús.
Es la fe que tenemos que despertar en los demás para que también vayan al encuentro con Jesús, para que todos se dejen iluminar por esa luz. Nuestra vida, nuestros comportamientos, nuestra manera de vivir la navidad, como la forma como nos enfrentamos a los problemas o nos comprometemos con nuestro mundo por hacerlo mejor, tiene que ser una luz que ilumina, una estrella que guié, un ángel anunciador que les conduzca a Belén, que les haga encontrarse con Jesús. Ese tendría que ser nuestro compromiso de navidad.
Nos ha amanecido un día sagrado. Ha aparecido la gracia y la bondad de Dios. Llega el Salvador, llega la salvación para nuestro mundo. Ha brillado bien alta la luz que nos anuncia el nacimiento de Jesús. Seamos luz que ilumine y conduzca a nuestro mundo a ese encuentro con Jesús. 

lunes, 24 de diciembre de 2012


Rebosamos de alegría porque nos ha nacido un Salvador

Is. 9, 1-3.5-6; Sal. 95; Tito, 2, 11-14; Lc. 2, 1-14
Confieso que siento ganas de comenzar esta reflexión cantando. ¿No tienen ganas ustedes también de cantar? ‘Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’, como les anunciaba el ángel a los pastores, como repetimos muchas veces nosotros en esta noche santa y luminosa del nacimiento del Señor.
Todo es una invitación a la alegría, ‘porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado’. La noche se ha llenado de resplandor y en el cielo brillan con un brillo especial las estrellas y es que ‘el sol nace de lo alto nos ha visitado para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte’, como había proclamado Zacarías proféticamente. ‘Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres’. Las promesas se han cumplido. ‘Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’, le había dicho Isabel a María. Y aquí está su cumplimiento. ¿No tenemos mil motivos para cantar y para rebosar de alegría?
La gloria del Señor nos envuelve a nosotros también de claridad. Y aunque nos sobrecogen las maravillas del Señor, la grandeza del momento que vivimos ya de nosotros desaparece el temor, porque ha llegado el que nos viene a traer la paz, el que derrama el amor infinito de Dios en nuestros corazones y nos viene a llenar de nueva vida.
Es grande el misterio que esta noche contemplamos. Pero mira cómo son las cosas de Dios, este misterio no se manifiesta ni se realiza en medio de grandezas humanas. Así son las cosas de Dios. No es en las riquezas de los palacios, ni en el esplendor de los magníficos templos que los hombres levantar para dar culto al Creador, sino en un lugar pequeño y humilde, como fue Belén, como fue aquel establo, como es en aquel pesebre donde está recostado el niño envuelto en pañales, como les anuncia el ángel a los pastores, donde se realiza el misterio.
La página del evangelio no puede ser más sencilla, pero nos está señalando el misterio maravilloso de la Encarnación de Dios que nace hecho hombre como un niño en medio de la más absoluta pobreza para ser el Emmanuel, Dios con nosotros. Cuando los profetas anunciaban como hemos venido escuchando en el Adviento y nos invitaban a la alegría ‘porque el Señor ha cancelado tu condena y el Señor será el Rey de Israel en medio de ti, es un guerrero que salva’, quizá podíamos haber pensado en palacios reales o en ejércitos victoriosos.
Pero aquí está el misterio maravilloso de Dios. Ahí contemplamos a ese niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre, en medio de la pobreza de quien nada tiene, ni había sitio para él en la posada de Belén y allá aquel pequeño establo se tuvieron que ir sus padres María y José, que es el Mesías de Dios, que es el Hijo de Dios, que es nuestro Salvador.
Quizá hemos llenado de demasiada poesía el lugar de Belén y del nacimiento de Jesús y no terminamos de captar la maravilla y la grandeza del amor de Dios que se manifiesta, sí, en lo pequeño y en la pobreza, que por otra parte nos estará enseñando muchas cosas. Miremos, pues, ese mundo de pobreza que nos rodea y tratemos también de descubrir a Cristo en él; ahí también tenemos que encontrar a Cristo, ahí tiene que resplandecer la luz de Cristo. El nacimiento de Jesús en Belén nos tiene que hacer tener una mirada nueva a cuanto nos rodea. Nos enseñará también a hacer una lectura con ojos de fe de cuanto nos sucede o de la realidad de la vida de cada día.
¿Quién es ese niño que contemplamos envuelto en pañales y recostado en un pesebre? ¿Quién es el que viene y que con tanta esperanza estábamos esperando? Es el Señor y es el Salvador; es el Mesías anunciado y con tantas ansias esperado. Es quien viene a traernos la salvación, y cuando decimos que viene a traernos la salvación no es como cosa del pasado, sino que esa salvación se hace presente hoy y ahora en nuestra vida y para nuestro mundo.
Hemos repetido muchas veces que teníamos que sentirnos necesitados de salvación. Pues ha llegado nuestro salvador que cancela la deuda de nuestro pecado porque nos trae la gracia y el perdón. Ha llegado quien viene a iluminar nuestra vida, porque cuando hablamos esta noche de resplandores y de luz no lo hacemos como palabras bonitas y llenas de poesía sino como una realidad de auténtica salvación para nuestra vida, para nuestro mundo.
En Jesús encontramos la fuerza y la gracia para esa lucha de nuestra vida de cada día en muchas ocasiones tan dura; en El se despiertan todas nuestras esperanzas para nuestro corazón tan desilusionado y lleno de tinieblas en muchas ocasiones; en El comenzamos a vislumbrar que de verdad podemos hacer un mundo nuevo y mejor; en El sentimos que podemos ponernos de pie para vivir con un corazón libre y con un corazón siempre dispuesto a amar y hacer lo bueno.
Ese gozo de esa esperanza renacida en nuestros corazones con el nacimiento de Jesús es algo que hemos de también llevar a los demás; tenemos que contagiar de esa esperanza a tantos corazones que tienen rotas sus ilusiones y desesperanzas. Es el Salvador de todos los hombres; es una salvación que a todos los hombres ha de alcanzar. Tenemos que ser portadores de la Buena Noticia que trasmitieron los ángeles a los pastores, tenemos que ser nosotros evangelio para el mundo que nos rodea porque tenemos que anunciarle y hacerlo con nuestra propia vida además de con nuestras palabras que Jesús es en quien de verdad encontramos la salvación.
Tenemos que ser luz para los demás, luz que refleje a Cristo. Estos días todo se llena de luz porque celebramos la navidad, pero quizá muchos se sienten confundidos porque se quedan en las luces externas y efímeras y no han encontrado la verdadera luz que nos trae Cristo, la verdadera luz que es Cristo y su evangelio. No nos quedemos en luces de adorno sino vayamos en búsqueda de la verdadera luz. Celebramos la navidad pero no nos dejamos iluminar por la luz de Jesús, esa es la incongruencia grande en que vivimos. Y frente a todo eso nosotros los que creemos en Jesús tenemos que ser un signo auténtico de esa verdadera luz. Así hemos de manifestar y proclamar nuestra fe.
También quisiera en esta noche santa del nacimiento del Señor quisiera dar gracias a Dios porque aun en medio de tantas oscuridades que amenazan nuestro mundo, sin embargo podemos percibir destellos de luz en muchas personas buenas, en muchas personas generosas y solidarias, en muchas personas de buena voluntad que hacen el bien, pero en muchas personas que viven un compromiso por los demás y son capaces de compartir y trabajar seriamente por remediar necesidades, o por hacer un mundo mejor. No todo es oscuridad, también hay resplandores de fe y de amor. Son semillas de luz, son semillas del evangelio que van aflorando y por lo que tenemos que dar gracias al Señor.
‘Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’, queremos, sí, cantar porque estamos llenos de gozo y alegría grande en esta noche en que celebramos el nacimiento del Señor. Sentimos que nace una nueva vida en nosotros. Vivamos esta navidad con toda intensidad conscientes de que en verdad podemos hacer un mundo mejor. Hagamos resplandecer en medio de nuestro mundo la luz verdadera que ilumina nuestra vida. Que así hagamos en verdad una navidad más feliz para todo nuestro mundo.

sábado, 22 de diciembre de 2012


¿Quién soy yo para que me visite el Señor con su salvación?

Miqueas, 5, 1-4; Sal. 79; Hebreos, 10, 5-10; Lc. 1, 39-45
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’, exclamó Isabel al saludo de María que venía de la lejana Galilea. Hemos tenido ocasión de reflexionar en estos últimos días sobre esta escena de la visita de María a su prima Isabel. Cuando nos encontramos en el cuarto domingo de Adviento, ya a las puertas de la nochebuena, la fiesta del nacimiento del Señor, queremos de mano de María y - ¿por qué no? - contemplando la fe de Isabel que está llena también del Espíritu Santo completar nuestra preparación para celebrar con toda hondura el Misterio de la Navidad.
También nosotros podemos preguntarnos en este momento, ¿quién soy yo para que venga a mi encuentro el Señor con su salvación? Necesitamos de una dosis grande de humildad, como hemos venido reflexionando a lo largo de todo el Adviento, para reconocer cuán necesitados - valga la redundancia - estamos de la salvación que el Señor viene a ofrecernos. Es una gracia del Señor que no merecemos, un don, un regalo del Señor. Pero es que solo Cristo puede ofrecernos la salvación. No hay ningún otro nombre, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda darnos la salvación.
Necesitamos de esa humildad y necesitamos fortalecer nuestra fe. Para ello, como María y como Isabel, hemos de dejarnos conducir por el Espíritu de Dios. Isabel, llena del Espíritu Santo, tuvo ojos de fe para reconocer quien venía hasta ella, para reconocer movida por ese mismo Espíritu que María era la madre del Señor. Con María estaba llegando Dios de manera especial a aquel hogar de la montaña; María estaba llena de Dios, llena de gracia, llevaba en sus entrañas al Hijo de Dios que se encarnaba para ser nuestro Emmanuel, para ser para siempre Dios con nosotros. Isabel tuvo ojos de fe para descubrir lo que ningún humano le podía manifestar, porque supo escuchar en su corazón la voz del Espíritu que le revelaba aquel misterio de salvación.
¿Quién soy yo…? seguimos preguntándonos para merecer esa visita del Señor a nuestra vida. Pero Dios quiere llegar hasta nosotros, quiere hacerse presente en nuestra vida - ese es el estilo de su amor - y hemos de saber descubrir las señales de su presencia dejándonos conducir por el Espíritu. De muchas maneras, en muchos acontecimientos, en tantas personas que de una forma u otra llegan a nuestro lado o pasan junto a nosotros está llegando Dios en estos días a nuestra vida. Hemos de saber descubrirlo. Hemos de abrir los ojos de la fe.
¿Quién podía imaginar que en aquella muchachita jovencita llegaba Dios a la casa de Isabel y Zacarías en la montaña? ¿quién podría imaginar más tarde - y esto nos vale mucho a nosotros en estas vísperas de la navidad - que en aquel matrimonio joven que venía desde el lejano Nazaret y pasaba por la posada o por las puertas de Belén buscando donde cobijarse llegaba Dios para ser Emmanuel en medio de nosotros los hombres? Algunos cerraron las puertas o no tenían sitio para ellos, pero dichoso quien compasivo quizá les dirigió a aquel establo de los alrededores de Belén para que allí pudieran cobijarse. Y allí nació Dios hecho hombre.
Alguien puede llegar a nuestra puerta en estos días, algún acontecimiento puede suceder a nuestro lado o en nuestro mundo, alguna señal querrá poner el Señor junto a nosotros de su presencia; quizá en un problema, un dolor, un sufrimiento, una alegría… pero sepamos abrir los ojos para sintonizar con esas señales de Dios y no cerremos las puertas a Jesús que viene porque quiere nacer en nuestro corazón, quiere nacer y reinar en nuestra vida. Ya sabemos bien, Jesús nos lo enseña en el evangelio, en quienes quiere Jesús que le veamos a El y le acojamos.
Podemos fijarnos en la actitud de María que como buena mujer y madre lo normal hubiera sido que tras el anuncio del ángel de su divina maternidad hubiera comenzado a cuidarse y a preparar la llegada del hijo que iba a nacer de sus entrañas. Cuántas cosas preparan las madres para el nacimiento de su hijo y cómo se preparan ellas también. Pero ¿qué hizo María? ¿cuál, podríamos decir, fue la preparación que realizó? Marchar presurosa hasta la montaña porque allí estaba quien necesitaba su ayuda, a quien ella podía servir y fue desde el amor y en el amor cómo ella supo acoger al Dios que llevaba en sus entrañas para hacerse hombre y esas fueron las pautas de su preparación.
‘Dichosa tú porque has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’, fue la alabanza de su prima Isabel. Dichosa María por su fe, esa fe que ella plantaba en lo hondo de su corazón pero envolvía y empapaba totalmente su vida. Dichosa María por su fe, porque se cumplían las promesas del Señor. Dichosa porque con el sí de su fe ella colaboró desinteresada y generosamente con el plan de Dios, que eran planes de amor y de salvación. Dios quiso contar con ella y allí está la disponibilidad y la generosidad de su fe que se transforma en obras de amor. Se puso en camino, fue aprisa allí donde ella podía manifestar su amor, y así llevó a Dios también hasta aquel hogar de la montaña.
Dichosos tenemos que sentirnos nosotros, sí, por nuestra fe. También queremos hacer el obsequio de nuestra fe y de nuestro amor. Dichosos porque tenemos la certeza del Señor que viene a nosotros con su salvación. Se cumplen todas las promesas de Dios. Lo anunciado ya en aquella primera página de la historia allá en el jardín del Edén tras el pecado de Adán ahora tiene su cumplimiento. Va a nacer de la mujer, de la nueva Eva, aquel que va a escachar la cabeza del maligno porque con su vida y con su muerte se va a realizar la obra de la redención.
Dichosos nosotros si ponemos toda nuestra fe en el Señor que viene a nuestra vida y con su salvación va a hacer un mundo nuevo. Dichosos nosotros si poniendo toda nuestra fe en el Señor nos dejamos conducir, prestamos nuestra generosa disponibilidad y colaboración para que se cumplan las promesas del Señor y podamos hacer más presente el Reino de Dios en nuestra vida y nuestro mundo. Creemos, sí, en Jesús que es nuestro salvador, y creemos en su victoria sobre el mal, y creemos en ese mundo de justicia y de verdad, de paz y de amor que podemos realizar con la fuerza del Señor.
Dichosos cuantos llenan de sentido y de valor sus vidas con la fe. Dichosos si con fe y con nos acercamos al misterio de la Navidad y sabemos descubrir a Dios que nos sale al encuentro en nuestra vida. Llenos de dicha y de alegría honda nos acercamos al misterio; llenos de dicha y de alegría abrimos los ojos de nuestro amor para descubrir, para reconocer y para acoger al Señor que llega a nosotros. Estemos atentos, tengamos prontitud en el corazón y diligencia con las obras de nuestro amor para acoger al Señor que llega y que encuentre sitio en la posada de nuestro corazón.
Que desde lo hondo del corazón con fe seamos capaces de decir: ‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’. Esa obediencia de la fe, esa generosidad que pone la fe en nuestro corazón sea la cuna en que recibamos a Jesús.

sábado, 15 de diciembre de 2012


Estad alegres en el Señor que viene con su salvación

Sof. 3, 14-18; Sal.: Is. 12, 2-6; Filp. 4, 4-7; Lc. 3, 10-18
Dos aspectos destacan sobremanera en la liturgia de este tercer domingo de adviento en los que nos vendría bien detenernos un poco a reflexionar dejándonos iluminar por la Palabra del Señor en este camino que nos lleva a la Navidad.
Por una parte, ‘el pueblo estaba en expectación’, nos dice el evangelista para reflejarnos lo que estaba sucediendo con la presencia de Juan allá junto al Jordán preguntándose si él era el Mesías esperado y qué es lo que tenían que hacer. Por otra parte la liturgia de este día es toda una invitación a la alegría desbordante en la cercanía de la Navidad, fiesta de gozo y salvación, como decíamos en la oración litúrgica.
La cercanía de algo que va a resultar grandioso o importante para nuestra vida nos hace desearlo con toda intensidad, pero de alguna manera ya vamos gustando como anticipadamente el gozo y la alegría de aquello en lo que vamos a participar o que vayamos a recibir. Es lo que la liturgia quiere adelantarnos ya en este tercer domingo de Adviento. Es la cercanía de la navidad, pero eso hemos de entenderlo bien.
En su origen la alegría y la fiesta de la navidad había nacido del gozo del nacimiento del Señor y de todo lo que eso significaba y repercutía para nuestra vida. Es celebrar que Dios viene a nosotros con su salvación. Necesitamos sentirnos salvados, necesitamos de la salvación que solo de Dios nos puede venir. Pero se ha perdido ese sentido religioso y cristiano de la vida y de lo que es la navidad y ahora todo el mundo hace fiesta en navidad, pero ¿hace fiesta realmente porque siempre y experimenta en su vida esa salvación que Jesús nos  viene a traer?
Si uno escucha la mayoría de los medios de comunicación, escucha los anuncios comerciales que nos hablan de la fiesta de la navidad, si escucha incluso muchas canciones o villancicos que en estos días se cantan no aparece por ninguna parte en muchos de ellos el sentido religioso, no aparece por ninguna parte Jesús con su salvación ni el Dios que nos ama y que nos salva.
Nos han robado la palabra navidad y le han cambiado totalmente su sentido. Unas fiestas, unas comidas, unos encuentros familiares, de amigos, o de compañeros de trabajo, unos regalos, unos derroches sin límites, unas vanidades y un consumismo cada vez más intenso, pero en ningún lugar aparece la alegría que nos nace de Dios y que nos llega en el nacimiento de Jesús en Belén. Fijémonos incluso en el estilo y sentido de los adornos de nuestras calles y ciudades. ¿No tendremos que despertarnos los cristianos de todo esto y comenzar de verdad a celebrar en su más hondo sentido la navidad?
No digo que no haya cosas buenas en lo que hacemos porque es hermoso que se despierten en los hombres al menos por unos días unos sentimientos de solidaridad y nos preocupemos de los demás, o que las familias se encuentren y queramos hacer felices a los que nos rodean o con quienes convivimos. Eso sería una tarea que siempre hemos de tener en cuenta, pero navidad no es sólo eso, hay algo más hondo que hemos de tener en cuenta. No podemos prescindir de Dios en Navidad.
¿A qué alegría se nos invita y se nos hace partícipe ya en este tercer domingo de Adviento? ‘Regocíjate… grita de júbilo… alégrate y gózate de todo corazón…’ decía el profeta.  Y con el salmo ya respondíamos: ‘Gritad jubilosos: qué grande es en medio de ti el Santo de Israel’. Qué grande es el Señor, nos trae el perdón, nos dice que se acabaron los temores para siempre porque El está en medio de nosotros, viene con su salvación; el Señor se complace en nosotros porque nos ama y eso nos llena de júbilo. ¿Queremos más motivos para la alegría?
Claro que esta alegría nacerá en nuestro corazón si es que nosotros nos sentimos necesitados de la salvación, del perdón; será alegría para nosotros si tenemos fe y experimentamos de verdad en nuestro corazón que el Señor nos ama. Con humildad hemos de ser conscientes de que necesitamos la salvación y que esa salvación solamente nos puede venir de Dios. Cuando tenemos estos presupuestos entonces sí que nos alegramos en la cercanía de Dios que viene a nosotros, tendrá hondo sentido, entonces, la navidad porque es Dios que viene a nuestro encuentro para ofrecernos su salvación.
Es más, en la situación en que vive nuestra sociedad actualmente con su crisis en todos los sentidos, con los problemas de todo tipo que afectan a individuos y familias, con tantas cosas que hacen que a veces nos parezca verlo todo oscuro y la gente haya perdido la ilusión y la esperanza creo que la navidad, tal como estamos hablando de Dios que viene a nosotros con su salvación, es algo que necesitamos vivir con toda intensidad.
Dios quiere llegar a nuestra vida despertando en nosotros esa esperanza que necesitamos, quiere llegar a nuestra vida, y nuestra vida concreta con sus problemas y sus luchas, dándonos luz, ilusión, ganas de vivir y de luchar; en el Dios que viene con su salvación encontraremos esa fuerza que necesitamos al mismo tiempo que desde El encontraremos todo el sentido para hacer que en verdad nuestro mundo sea mejor.
‘¿Qué hemos de hacer?’, era la pregunta que la gente le hacía a Juan. Es la pregunta que nosotros también nos tenemos que hacer desde esas expectativas que son nuestra vida y desde esa esperanza de salvación que tenemos en nuestro corazón. ‘Dios nos ofrece hoy, ahora, a mi, a cada uno de nosotros la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que El nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine y la transforme con su gracia, con su presencia’. Así nos decía el Papa Benedicto XVI y creo que es una tarea, la primera, que hemos de emprender. Reconocerlo y acogerlo para sentirnos transformados.
Pero aun sigue pendiente la pregunta ‘¿qué hemos de hacer?’ Si vamos a acoger y reconocer así a Jesús que es nuestro salvador nos damos cuenta de que hay muchas que mejorar, cambiar en nuestra vida. Es el examen serio que tenemos que hacernos. El Bautista de una forma concreta hablaba a todos aquellos que se acercaban a él señalándoles las cosas que en su vida concreta de cada día habían de corregir o de mejorar.  No se trataba de hacer cosas nuevas o diferentes, sino que se trata de hacer bien, con actitudes nuevas nacidas en un corazón nuevo esas cosas que cada uno tiene que hacer cada día en su vida.
Aprende a compartir y en consecuencia a amar de verdad; aprende a ser justo y no volverte exigente e intratable con los que están a tu lado. Que nadie sea injusto con nadie; que nos comportemos con autenticidad y sana libertad, alejando de nosotros toda hipocresía y falsedad; que alejemos de nosotros todo tipo de violencia en nuestras palabras, en nuestros gestos, en nuestro trato, o en las actitudes profundas que llevamos dentro en nuestra relación con los demás; que siempre busquemos la paz, construyamos la paz, la armonía, la concordia sabiendo dialogar con los otros; que nadie se aproveche o abuse de los demás sino que en verdad creemos entre nosotros una verdadera fraternidad; que nos olvidemos un poquito de nuestro yo para ser siempre para los demás con disposición generosa siempre para el servicio, para ayudar, para tender una mano.
Juan no es el Mesías, solamente es el profeta, la voz que clama en el desierto; él bautiza solo con agua para que demos señales de que en verdad estamos arrepentidos de nuestras actitudes y posturas negativas y comencemos a dar señales de conversión, de vuelta de nuestro corazón hacia Dios; ‘el que viene puede más que yo, les dice, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias; El bautizará con Espíritu Santo y fuego’.
Estamos nosotros también expectantes, se acerca la Navidad, se acerca la salvación. Hemos de preparar los caminos; hemos de transformar nuestro corazón; hemos de quemar todas esas cosas negativas que hay en nuestra vida con el fuego del Espíritu. Queremos prepararnos con toda intensidad para la llegada del Señor; estamos alegres, con una alegría grande, porque nos sentimos amados de Dios, porque Dios quiere entrar en la casa de mi vida para habitar en mí, porque la misericordia del Señor se derrama sobre nuestros corazones, porque en Jesús tenemos la certeza de que podemos empezar una vida nueva con la salvación que nos trae para transformar nuestro corazón.

sábado, 8 de diciembre de 2012


Vino la palabra de Dios sobre Juan en el desierto

Baruc, 5, 1-9; Sal. 125; Filp. 1, 4-6.8-11; Lc. 3, 1-6
En Roma y sobre todo su imperio reinaba el emperador Tiberio; en Jerusalén Poncio Pilato era el gobernador de Judea; en Herodes era el virrey y sus hermanos Felipe en Iturea y Traconítide, y Lisanio en Abilene; en el templo de Jerusalén los sumos sacerdotes eran Anás y Caifás, pero a ninguno de ellos vino la Palabra del Señor. Podría parecer que en esos lugares de poder político y religioso podrían resonar grandes palabras, pero la Palabra de Dios vino a resonar en un lugar apartado, allá en el desierto junto al Jordán a un hombre sencillo y pobre que vivía en la mayor austeridad. ‘Vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías, allá en el desierto’.
Son las sorpresas de Dios. Sus caminos no son nuestros caminos ni nuestros planes son sus planes. Dios actúa de otra manera. Nosotros los hombres para preparar un acontecimiento que fuera importante y que pudiera tener trascendencia en la historia hubiéramos hecho otros preparativos quizá con grandes dispendios materiales y hasta con obras faraónicas para que quedara constancia no solo del acontecimiento sino de lo que nosotros habíamos hecho. Estamos acostumbrados en la vida a grandes inauguraciones y a monumentos o placas que dejen constancia de las cosas que los hombres consideramos importantes. Pero el actuar de Dios es otro.
La Palabra de Dios que iba a resonar sí que iba a tener una trascendencia para toda la humanidad y marcaría la historia. Pero los hechos van a comenzar a suceder allá en el desierto en una voz que se va a comenzar a escuchar pero sin los altavoces mediáticos o de grandes medios que hoy utilizaríamos. ¿Quién la va a escuchar en el desierto? Pero allí va a resonar. Un hombre famélico en su apariencia por la austeridad y penitencias que hacía, vestido solo con una piel de camello va a ser lo voz que resuene con fuerza. ‘Una voz grita en el desierto’, recordará el evangelista recordando lo anunciado previamente por los profetas.
¿A qué invita esa voz? ¿cuál es el mensaje? Es una gran noticia, es una buena noticia que merecerá la pena escuchar. ‘Todos verán la salvación de Dios’. Llega el esperado de las naciones, se van a cumplir todas las esperanzas de Israel, viene la salvación y no solo para Israel sino que será para todos los pueblos, para toda la humanidad. Y hay que preparar los caminos, allanando los senderos, elevándose los valles y abatiéndose las montañas para hacer ese camino recto que nos conduzca a la salvación.
Escuchábamos ese mismo mensaje en el profeta que anunciaba la vuelta del pueblo desterrado a Jerusalén. Marcharon entre lágrimas al destierro y ahora vuelven entre cantos y llenos de alegría. ‘A pie marcharon conducidos por el enemigo, pero Dios los traerá con gloria, como llevados en carroza real’.  Se enderezarán los caminos, los árboles darán sombra a Israel ‘porque Dios guiará a su pueblo con alegría, a la luz de su gloria con su justicia y su misericordia’.
Aquello que fue un momento de la historia de Israel se convirtió en signo de lo que ahora hay que realizar porque ahora se va a manifestar en plenitud lo que es la misericordia del Señor que trae la salvación para toda la humanidad. Por eso ahora Juan ‘recorría toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados’. Sobre Juan había llegado la Palabra del Señor que ahora proclamaba para todos los hombres desde la humildad y la pobreza del que está en el desierto, desde la austeridad de una vida de penitencia para ser un signo para todos de esa conversión del corazón que había que realizar.
Hoy también, y podríamos recordar las coordenadas históricas que vivimos en el momento presente y también en la situación social concreta en la que vivimos, nos llega la Palabra del Señor. No será por grandes medios sino que será quizá en el silencio de cada corazón que la quiera escuchar, en cualquier lugar que haya una persona de buena voluntad y que quiera vivir con sinceridad y autenticidad su vida podrá escuchar esta Palabra, esta voz que resuena fuerte en medio de desierto de nuestro mundo pero que tendrá que hacerse eco en cada uno de nosotros porque a cada uno nos invita, nos llama también a la conversión para preparar los caminos del Señor.
El Señor quiere seguir llegando a nuestro mundo, quiere hacerse presente en medio de nuestra sociedad porque todos están bien necesitados de esa salvación que el Señor nos trae. Puede sucederle a nuestro mundo, como a aquellos grandes personajes de la historia de aquel momento que nos recordaba el evangelista, que estaban en sus cosas, en sus propias preocupaciones, en sus afanes de poder y para ellos no resonó la Palabra del Señor.
Así puede suceder y de hecho sigue sucediendo en nuestro mundo en medio del cual va a brillar la estrella de la navidad pero no van a entender su luz, la van a interpretar a su manera y para sus intereses, no van a escuchar esa voz que nos llama a algo nuevo y distinto.
Así nos puede suceder a nosotros también que andemos tan encandilados en medio de nuestra sociedad materialista y consumista que no sepamos captar el mensaje y aunque digamos que hacemos fiesta de navidad, sin embargo siga sin llegar de verdad el Señor a nuestra vida; tengamos cerrado el corazón en nuestros afanes y preocupaciones y no  nos demos cuenta de quien está llamando a nuestra puerta.
Que llegue a nosotros esa voz que grita en el desierto; que sobre nosotros llegue esa Palabra del Señor y sepamos acogerla. Juan desde el evangelio nos está dando la voz de alerta, no para asustarnos sino para anunciarnos la Buena Noticia. Dios se ha compadecido de nosotros y viene con su salvación.
Ante la proximidad de la llegada del Señor, que eso tiene que ser en verdad la navidad para nosotros, hemos de despertar; no podemos seguir con nuestras lámparas apagadas; es necesario estar vigilantes y orando pidiendo la venida del Señor. Esa lámpara que vamos encendiendo en la corona de Adviento esto nos recuerda.
Nos invita a la conversión, porque para preparar de verdad el camino del Señor muchas cosas habrá que corregir y arreglar en los caminos de nuestra vida personal como en los caminos de nuestra sociedad. Menos soberbia y más humildad, menos violencia y más justicia, menos codicia y egoísmo y más solidaridad y amor, menos hipocresía y mentira y más verdad y autenticidad en nuestra vida.
Habremos de purificarnos. Juan invitaba a un bautismo de penitencia para la conversión. Nosotros tenemos los sacramentos y en especial el sacramento de la Penitencia que ya nos hace partícipes de esa gracia redentora que Cristo nos ganara con su muerte en la cruz. Por eso es algo que tenemos que pensarnos muy bien para disponernos a recibir ese sacramento que nos purifica, pero nos trae el perdón del Señor y nos llena de su gracia.
Y mantener la esperanza de que con Cristo podemos hacer ese mundo nuevo. Quitemos pesimismos y negruras de nuestra vida que nos hacen creer que nada puede cambiar, que las cosas no tienen arreglo. Con la gracia del Señor que llega a nuestra vida si cada uno ponemos nuestro granito de arena podremos ir haciendo un mundo mejor y podremos salir de esas situaciones difíciles en las que vivimos.
Como nos decía el apóstol: ‘Esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables cargados de frutos de justicia…’ Lo podremos hacer. La gracia del Señor no nos faltará.

viernes, 7 de diciembre de 2012


María Inmaculada, sonrisa de Dios para nosotros

Gn. 3, 9-15.20; Sal. 97; Ef. 1, 3-6.11-12; Lc. 1, 26-28
‘Desbordo de gozo con el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novia que se adorna con sus joyas’.
Así comienza la liturgia de este día con esta antífona en que la Iglesia pone en labios de María este cántico de gozo y alabanza al Señor porque se siente engalanada de toda gracia y de toda hermosura. Son palabras proféticas en las que está inspirado también el cántico de María, el Magnificat, que tantas veces hemos escuchado y cantado.
También nosotros queremos hacer nuestro este cántico de alabanza al Señor cuando hoy celebramos esta hermosa fiesta de María en su Inmaculada Concepción y con María nos llenamos de gozo y queremos cantar también porque nos ha dado a María y en ella renacen también nuestras esperanzas y nuestros mejores deseos, reconociendo también cómo el Señor a nosotros nos viste ese traje de fiesta de su gracia.
Yo diría que celebrar esta fiesta de María en su Inmaculada Concepción en este marco y camino del Adviento que vamos recorriendo es contemplar en María la sonrisa de Dios para toda la humanidad. El Señor se complace en María, en su pureza y en su santidad, en su disponibilidad y su apertura a Dios, en su amor y en su esperanza y el darnos a María es como un guiño de amor que Dios quiere tener con toda la humanidad. A través de María nos va a llegar el más hermoso regalo de Dios cuando nos entrega a su Hijo que se hace amor por amor a nosotros, porque en sus entrañas se va a encarnar para ser Emmanuel, Dios que esté con nosotros; es un guiño de amor de Dios, es la prueba del amor grande, infinito que Dios nos tiene.
Habíamos destruido la belleza y la bondad del hombre tal como El nos había creado cuando escogimos el camino del pecado que nos alejaba de Dios - todo cuanto había creado era bueno, como repite como una muletilla el Génesis -. Sin embargo Dios sigue pensando en el hombre, sigue amando a la humanidad a pesar de que seamos pecadores - esa es la maravilla del amor de Dios que nos ama aun cuando seamos nosotros pecadores - y ya desde los umbrales de la humanidad pecadora nos promete un salvador. Un día la cabeza del maligno va a ser escachada, ‘la estirpe de la mujer’ que nos anuncia en el Génesis.
María es esa mujer de la que nos nacería el Salvador; María va ser la digna morada donde se encarnase el Hijo de Dios para ser nuestro salvador, y por eso, como confesamos en nuestra fe y hemos expresado también en la oración de la liturgia, ‘en previsión de los méritos del Hijo de Dios’, que iba a ser también el hijo de María, la preservó de todo pecado y la hizo limpia de toda mancha haciéndola Inmaculada desde el primer instante de su Concepción.
‘Preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original, para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo y comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de limpia hermosura’, como proclamaremos en el prefacio.
‘Exulta sin mesura, hija de Sión, lanza gritos de júbilo, hija de Jerusalén. He aquí que viene tu rey’. Sí, lanzamos gritos de alegría que salen de lo hondo de nuestro corazón en esta fiesta grande de María. No podemos menos que hacerlo, porque María nos llena de alegría. Si, como decíamos antes, María es como la sonrisa de Dios para la humanidad, porque cuando celebramos esta fiesta de María estamos viendo cerca la llegada del Salvador.
‘He aquí que viene tu rey’. Viene el Señor, por eso con tan júbilo celebra la Iglesia esta fiesta de la Inmaculada en medio de este camino de austeridad y preparación para la venida del Señor que es el adviento. Dios quiso así preparar la cuna - preparó ‘una digna morada’ - para el Señor haciendo santa y pura a María y María aceptó ese plan de Dios - ‘hágase en mi según tu palabra’, la hemos escuchado decir en el evangelio - y se dejó hacer por Dios haciendo que en ella entonces brillaran todas las virtudes.
Se sentía pequeña y humilde - ‘la esclava del Señor’ - pero reconoció ese actuar de Dios por eso su corazón desborda de gozo y se alegra en el Señor, su Salvador, como cantaría ella también. Podríamos considerar cómo sería el gozo que sentiría María en su corazón, porque aunque turbada ante las palabras del ángel por su humildad, luego sabía meditar y rumiar en su corazón todo cuanto le sucedía para que así surgiera ese continuo cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios en toda su vida.
Gozosa sentiría al niño en sus entrañas; gozosa correría hasta la montaña para servir, para ayudar a su prima Isabel, como desbordaría de gozo en el encuentro de aquellas dos benditas mujeres, así surgió el cántico del Magnificat; gozosa en el nacimiento aunque fuera en la pobreza de Belén y gozosa en cada momento, aunque algunos fueran duros como su huida a Egipto o más tarde el camino del Calvario. Pero, ¿cómo no iba a sentir gozo en su corazón si llevaba Dios en sus entrañas, en su vida?
María es la bendita de Dios, es la bendición de Dios para nosotros. En ella se derramaron todas las bendiciones de Dios, bendiciones que no solo fueron para ella cuando Dios la hizo grande, sino a través de ella nos llegaron todas esas bendiciones de Dios. ‘Bendito sea Dios, decía san Pablo, Padre de nuestro Señor Jesucristo que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales’. En María, la primera, estamos viendo esas bendiciones de Dios que la hizo pura y santa, que la preservó de todo pecado y la lleno de gracia porque iba a ser la madre de Cristo, como ya hemos reflexionado.
Contemplando a María aprendemos también a reconocer todas esas bendiciones con que Dios nos ha enriquecido llenándonos de su gracia. Por eso, como decíamos al principio, queremos hacer nuestro el cántico de María de acción de gracias al Señor. Nos ha vestido el Señor a nosotros también con traje de gala o el manto de triunfo de la gracia que nos ha hecho hijos de Dios, como nos recuerda hoy san Pablo, lo que ha de impulsarnos continuamente a que cada día seamos más santos y resplandezca más el amor en nuestra vida. Cuántas gracias recibimos continuamente de Dios y que muchas veces  no sabemos aprovechar.
Vivimos con gozo grande esta fiesta de María y nos sentimos llenos de esperanza, y con esa esperanza renacida en nosotros transportemos a nuestra vida esa sonrisa de Dios que es María a la que queremos tener siempre a nuestro lado, en quien queremos mirarnos como en un espejo para querer parecernos cada vez a ella en la santidad de nuestra vida.
Hoy queremos mirar a María y quedarnos como extasiados contemplando la belleza de su vida que es su amor y su santidad. Miremos a María, contemplemos a María; cuando tengamos miedo, miremos a la Virgen estado de buena esperanza; cuando nos sintamos derrotados, miremos a la Virgen vestida de sol; cuando nos sintamos sucios por nuestro pecado, miremos a la Inmaculada; cuando nos sintamos tristes, escuchemos a María que canta el Magnificat; cuando nos sintamos solos, miremos a María que va a dar a luz al ‘Dios con nosotros’; cuando tengamos dudas en nuestro corazón, escucha a la mujer que dice Si, hágase.
María, madre de la esperanza, enséñanos a esperar, enséñanos a prepararnos para sentir al Mesías que ha de nacer en nosotros.

sábado, 1 de diciembre de 2012


Necesitamos renovar nuestra esperanza y contagiar esperanza a nuestro mundo

Jer. 33, 14-16; Sal. 24; 1Ts. 3, 12-4, 2; Lc. 21, 25-28.34-36
El adviento es la puerta que nos abre y nos introduce a un nuevo año litúrgico. El misterio de la salvación envuelve totalmente la vida del cristiano y, aunque siempre está presente en nuestra fe y en nuestra vida, todo el misterio salvador de Cristo, sin embargo vamos viviendo con singular intensidad en cada momento ese misterio de Cristo según la liturgia nos lo vaya ofreciendo a nuestra consideración y celebración. De ahí esos diferentes momentos que nos va ofreciendo la liturgia a través del recorrido del año, pero siempre es el misterio salvador de Cristo lo que celebramos y lo que queremos llevar a nuestra vida.
Iniciamos el Adviento, este tiempo litúrgico que nos ayuda a prepararnos a celebrar el misterio de la Navidad, que no es solo un recuerdo de aquel momento del nacimiento de Cristo, sino que es ese celebrar como Dios viene a nosotros, viene a nuestra vida, vino en un momento concreto de la historia en que se hizo carne, se hizo hombre para salvarnos y redimirnos, pero lo vivimos también en la esperanza de su futura venida al final de los tiempos, recordándonos cómo tenemos que trascender nuestra vida, abriéndonos al misterio del más allá, de la vida eterna, de la gloria del cielo.
Caminamos este camino de la tierra sintiendo cómo Dios se sigue haciendo presente en nosotros y con nosotros en ese caminar, pero ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo’ en ese momento final de la historia. Repito, vamos haciendo este camino sintiendo cómo Cristo viene y está con nosotros llenándonos de esperanza, alentando nuestra vida, fortaleciéndonos en nuestras luchas, iluminándonos para hacer ese mundo nuevo del Reino de Dios anticipo de ese cielo nuevo y esa tierra nueva que nos anuncia en el Apocalipsis.
Pienso que es un momento importante para avivar nuestra fe y nuestra esperanza y así le demos luego hondo sentido a la navidad que vamos a celebrar. Escucha uno las voces de nuestro alrededor y, a causa de la situación social que vivimos, encuentra uno muchos pesimismos y tristezas. Muchos quizá, porque no pueden celebrar una navidad tan consumista cómo la sociedad nos tiene acostumbrados, piensan que ya no pueden celebrar la navidad, lo que significaría que olvidamos el hondo sentido que tiene que tener la navidad al celebrar al Dios que se hace hombre, nace niño en Belén, pero viene para ser nuestro Salvador.
Comprendo, y me hago solidario con ellos por supuesto, las muchas amarguras que pasan muchas personas y muchas familias porque la vida se está haciendo muy dura. Algunas veces escucha uno agoreros que nos pretenden anunciar que esto va a estallar porque no puede seguir así. Se le puede a uno contagiar esa angustia en el corazón con tanto sufrimiento que contemplamos.
También  nos damos cuenta de que muchos se abaten en esa desesperanza y angustia porque han quitado la trascendencia de su vida, cuando han querido construirla lejos de Dios. La falta de la presencia de Dios en la vida del hombre le hace caminar demasiado absorto quizá solo en las realidades materiales o las realidades de nuestro mundo y es necesario levantar nuestra mirada a Dios para darle otro sentido a la vida, darle otro valor más hondo a todo aquello que vamos haciendo o viviendo.
La palabra de Jesús en el evangelio puede servirnos de luz. Nos habla es cierto y nos describe momentos impresionantes de catástrofes y de angustias, de miedos y ansiedades - ¡cuánto de eso no vemos cada día a nuestro alrededor en tantas personas! - pero al mismo tiempo nos anuncia Jesús su venida. ‘Verán venir al Hijo del Hombre en una nube con gran poder y majestad’. Y la venida de Jesús siempre es para salvación. Por eso escuchar ese anuncio de la venida del Señor, como nos dice El, nos hace levantar nuestra cabeza, nuestra mirada hacia lo alto porque ‘se acerca nuestra liberación’.
No podemos dejarnos llevar por agobios, no podemos dejarnos arrastrar por desesperanzas que nos pueden hacer buscar válvulas de escape que nos lleven por caminos de vicio o de mal, hemos de saber despertar nuestra esperanza. ‘Tened cuidado, nos dice, no se os embote la mente con el vicio, la bebida y los agobios de la vida, y se os eche encima aquel día’.
Creemos en el Señor que está a nuestro lado y por dura que sea la situación que vivamos, por difíciles que sean los momentos por los que pasemos, siempre tenemos una luz, siempre nos acompaña la gracia y la fuerza del Señor, siempre podemos sacar una lección buena de cuanto  nos pasa para aprender a poner el granito bueno que comience en verdad a construir un mundo mejor.
Por eso con esperanza, avivándola en nosotros y queriéndola contagiar a cuantos nos rodean, iniciamos este camino del Adviento, que es camino que nos lleva al encuentro con el Señor. Viene el Señor a nuestra vida y su presencia tiene que ser renovadora de muchas cosas en nosotros. Primero que nada, quitando todo lo que signifique desaliento y desesperanza. Pero entendiendo también que la presencia del Señor que viene nos impulsa a algo nuevo y a algo nuevo.
¿Cómo despertaremos esa esperanza a nuestro alrededor? Yo diría, por los caminos del amor. Como nos dice san Pablo, ‘que el Señor os colme y os haga rebosar de amor a todos’. Fijémonos en las palabras que emplea, colmar hasta rebosar. No un amor mezquino, quedándonos a ras de los mínimos, sino un amor colmado, rebosante, porque es la forma de contagiar. Cuando empecemos a amarnos de verdad despertaremos una sonrisa nueva en el corazón de cuantos se sienten amados y quien se siente amado pronto comenzará también a rebosar de amor y a compartir amor. Y es que el amor no se agota porque lo compartamos, sino más bien sabemos que se crece más. Quien sonríe en el corazón es porque una esperanza se ha despertado en su vida.
Como un signo que hemos añadido a nuestra liturgia vamos a ir encendiendo semana tras semanas las luces de nuestra corona de Adviento. Pero que no se nos quede en un signo ritual sino que sea expresión de lo que va naciendo en nuestro corazón y de lo que queremos vivir de verdad. Esas luces de la fe, de la esperanza, del amor, de la oración para pedir con fuerza que venga el Señor tienen que ser algo que de verdad nos iluminen por dentro.
Entremos pues con toda intensidad en este camino del Adviento y que se vaya renovando con fuerza la esperanza de nuestro corazón. Viene el Señor y nos trae la salvación. No olvidemos que la fuerza con que nosotros vivamos esa esperanza va a contagiar de esperanza a nuestro mundo tan necesitado de ella. Si cuando llegue la navidad hemos encendido esas luces de esperanza en los corazones de los que están a nuestro lado estaremos celebrando bien la navidad, porque será la señal de que el Señor va llegando al corazón de muchos a nuestro alrededor. Eso será un camino de salvación.

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Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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