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Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 19 de febrero de 2011

La sublimidad del amor para perdonar, para amar e. incluso, orar por todos



Lev. 19, 1-2.17-18;

Sal. 102;

1Cor. 3, 16-23;

Mt. 5, 38-48

‘Yo soy amigo de mis amigos’ es una frase que escuchamos decir en muchas ocasiones a quienes quieren expresarnos su bondad o buena voluntad. ‘Yo ayudo al que me ayuda… soy bueno con los que son buenos conmigo…’ solemos decir también. Está bien quizá para definirnos en los perfiles de las redes sociales cibernéticas, pero si lo tratamos de entender a la luz del evangelio que hoy hemos escuchado nos damos cuenta de que nos quedamos pobres.

Con ser ya algo bueno todo eso que expresamos el amor cristiano es algo mucho más sublime. Como nos dirá Jesús ‘si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario?’ Eso lo hace cualquiera. La meta y el ideal que nos propone Jesús es bien alto. Ya nos había dicho el Levítico ‘Sed santos, porque yo, el Señor, soy santo’. Ahora nos dice Jesús: ‘sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’. Lucas en su evangelio por su parte nos dice: ‘Sed misericordiosos, compasivos como vuestro Padre es compasivo’.

Y ¿qué es lo que hemos dicho en el salmo? ‘El Señor es compasivo y misericordioso’. El Dios del amor y de la misericordia es nuestro modelo. El Dios que siempre nos está manifestando su amor y su misericordia es el que llenará también nuestro corazón de amor y de misericordia.

Claro que en la cabeza quizá podemos tenerlo muy claro, pero en el día a día de nuestra vida cuando nos vamos encontrando y conviviendo con los que nos rodean, familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, gente con la que nos vamos tropezando por la calle o en nuestra vida social, ya nos costará más. Cuando le ponemos rostro a ese amor, cuando le ponemos nombre y apellidos a las personas a las que tenemos que amar, cuando las contemplamos con sus luces o con sus sombras hay que hacer un esfuerzo para vivir un amor como el que nos enseña Jesús.

Nos habla Jesús de quienes nos ofenden o hacen daño, de aquellos que quizá nos caen mal o son exigentes con nosotros y nos reclaman, o de aquellos a los que podríamos considerar enemigos y nos pone la antítesis de lo que habitualmente hacemos y de lo que quiere El que aprendamos a hacer. ‘Habéis oído que se dijo… yo, en cambio, os digo…’ ¡Con qué autoridad nos habla Jesús! Puede hacerlo. Es nuestro Maestro. Es el Verbo de Dios, la Palabra de Dios.

‘No hagáis frente al que os agravia…’ Es una nueva manera de hacer las cosas. Es la respuesta del amor a la violencia. Es la respuesta de la generosidad frente a la exigencia y al egoísmo. Es la respuesta de la concordia frente al que quiere dividir o enfrentar. Es la respuesta del amor y del perdón a la venganza o al resentimiento. Desarmemos las armas de la violencia, del egoismo, de la división o de la venganza con el bálsamo del amor, de la generosidad y del perdón.

Rompe Jesús la ley del talión para sembrar en nosotros unas actitudes nuevas de amor, generosidad, misericordia y compasión. Aunque solemos considerar la ley del talión como una concesión a una venganza sin límites que aparentemente me diera derecho en la venganza a hacer todo el daño posible a quien me haya tratado mal, realmente la ley del talión, entendámoslo bien, ya era en sí una limitación a esa venganza ilimitada, porque en justicia sólo se podría hacer daño al otro en la misma medida en que me haya hecho daño a mí. De ahí lo del ‘ojo por ojo y diente por diente’. Pero Jesús quiere romper totalmente esa espiral de venganza justiciera y de violencia, poniéndonos en camino de otras actitudes de misericordia, compasión y perdón, nacidas de un amor verdadero.

‘Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen…’ No cabe en el camino del Reino el odio y el rechazo del otro porque no sea del grupo de los amigos o de los que piensen o actúen como yo. El amor ha de tener una categoría universal y nadie puede quedar excluído. Y si aún te cuesta amar al otro cuando le has puesto nombre y puede resultar ser un enemigo o contrincante, reza por él. Cuando se sea capaz de rezar por el otro aunque no sea de mis amigos, o incluso de mis enemigos, ya estaré comenzando a ponerle en mi corazón y al final terminaré amándole. Claro que cuando entramos en estas categorías del amor se están comenzando a desaparecer las listas de los considerados como enemigos, porque a quien se ama nunca se le podrá ya considerar como un enemigo.

Y es que hay una razón muy poderosa. Esas personas están en el corazón de Dios, son amados de Dios, porque Dios ama a todos, ¿por qué no les voy a amar yo también? Intentemos, pues, irlos poniendo en nuestro corazón, en nuestras entrañas, siendo capaces de ponerles en nuestra oración, y así llegaremos amar también entrañablemente como nos ama Dios. ‘Así seréis hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.

Son las sublimidades del amor cristiano, de un amor al estilo del amor de Jesús. Es así el amor que Dios nos tiene. Es así la ternura de Dios, de un Dios que nos ama desde lo más hondo de sus entrañas, nos ama entrañablemente. ‘El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas… como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles’. Así hemos rezado en el salmo. Que no sean solo unas palabras que hayamos dicho, sino que sea algo que tengamos bien anclado en nuestra vida.

Es lo que recordamos al principio y nos decía Jesús. ‘¿Qué hacéis de extraordinario? ¿Qué premio tendréis si solo amáis a los que os aman…’ De ahí esa invitación de Jesús que nos hace entrar en un camino de mayor perfección y santidad, que es entrar en un camino de mayor amor, de más misericordia y compasión. ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, soy santo… y no odiarás sino amarás, no guardarás rencor sino que al menos amarás a tu hermano como a ti mismo’, como decía el Levítico.

Aunque Jesús, cuando nos propone ese camino de perfección como la del Padre del cielo, nos llegará a decir que tenemos que amar como El nos ha amado. Y entonces sí entenderemos toda esa sublimidad del amor que nos pide Jesús. Es que no vamos a hacer otra cosa que amar con su amor. Será su Espíritu en nosotros quien nos dé fuerza y haga posible en nosotros un amor así

viernes, 4 de febrero de 2011

Construyamos un mundo con sabor y lleno de luz, llevémosle a Jesús


Is. 58, 7-10; Sal. 111; 1Cor. 2, 1-5; Mt. 5, 13-16

‘A esto le falta sal, no sabe a nada’, habremos dicho en más de una ocasión. O ‘qué oscuro está este lugar, necesitaria unas luces para poder ver por donde se camina’. Al escucharme estas frases podemos estar pensado en una comida que nos ha salido insípida o podemos pensar en un lugar cualquiera al que le harían falta unas luces para poder caminar sin peligro en la noche. Pero seguro que podríamos estar pensando en algo más, que no sea referirnos a una comida o a unas luces en la calle.

Creo que es en lo que quiere hacernos pensar hoy la Palabra de Dios que se nos ha proclamado. Porque realmente nos está diciendo Jesús que nosotros tenemos que ser esa sal y esa luz. Mal nos podrían disolver en un alimento o ponernos de luminarias en una vía. Pero sí nos dice Jesús: ‘Vosotros sois la sal de la tierra… vosotros sois la luz del mundo…’

Después de habernos proclamado el mensaje de las Bienaventuranzas como escuchamos el pasado domingo, hoy nos viene a decir esto Jesús. Y que la sal no se puede desvirtuar, perder su sabor, ni la luz se puede ocultar, sino que tiene que dar sabor y tiene que alumbrar. Gran mensaje y gran exigencia nos está planteando Jesús.

Triste sería que nos dijeran que al mundo le falta sabor porque nosotros no se lo hemos sabido dar. Aunque hemos de reconocer que desgraciadamente nuestro mundo cada vez más en muchos va perdiendo ese sabor de Cristo. Somos conscientes de cómo muchos van perdiendo el sentido de una religiosidad auténtica, pero cómo también se van perdiendo los valores cristianos en nuestra sociedad. Cuántas violencias, cuántos resentimientos, cuánta venganza, cuánto odio, cuánto individualismo… Pero eso ha de hacernos sentir inquietud en nuestro corazón.

Creer en Jesús y ser su discípulo para seguirle significaría que tanto nos hemos impregnado del mensaje del Reino de Dios, del mensaje del Evangelio que tendríamos que ser como quienes tanto se han empapado de una fuerte colonia que vamos dejando el rastro de su olor allá por donde quiera que vamos. Pero que no es sólo olor, aunque ya san Pablo nos dirá también que tenemos que dar ‘el buen olor de Cristo’, sino que nosotros hemos de ser como la sal que se diluye de tal manera en nuestro mundo, en quienes nos rodean, que van a adquirir un nuevo sabor, el sabor y el sentido de Cristo.

Esto claro, tiene sus exigencias para nuestra vida. Porque no vamos a llevar nuestro sabor sino el de Cristo, no vamos a llevar nuestra luz sino la de Cristo. Es así, entonces, como tenemos que empaparnos nosotros de ese sabor de Cristo y de su evangelio. Eso significará cómo tenemos que estar unidos a Cristo, cómo tenemos que dejar conducir por su Espíritu.

Para ser esa sal que lleve el sabor de Cristo allí donde estemos tenemos que cada día más dejarnos transformar por el Espíritu del Señor. Eso entraña ese cultivo de nuestra vida espiritual y cristiana en la escucha de la Palabra, en la oración, en ese crecimiento espiritual. No podemos dejar que esa sal que tenemos que ser se desvirtúe, pierda sabor.

Por eso, siempre espíritu de superación y crecimiento. De ahí que nos revisemos continuamente para no decaer en rutinas y frialdades. Porque si no nos cuidamos espiritualmente también podemos enfriarnos y ya sabemos en que termina una frialdad espiritual. Es necesario estar atentos para vivir intensamente todas esas virtudes y valores cristianos. Y eso tenemos que hacerlo en todas las etapas de nuestra vida, seamos jóvenes o seamos mayores, en cualquier situación.

Cuando Jesús nos ha dicho que tenemos que ser luz, ha terminado diciéndonos: ‘alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo’. Tenemos que iluminar y serán nuestra buenas obras, las obras de nuestro amor las que harán resplandecer nuestra luz.

De forma muy concreta nos ha hablado el profeta Isaías. ¿Cómo romperá a brillar nuestra luz para hacer desaparecer toda oscuridad? ‘Parte tu pan con el hambriento, hospeda a los pobres sin techo, viste al que ves desnudo, no te cierres a tu propia carne’, nos dice. Más adelante continúa: ‘cuando destierres de ti la opresión, el gesto amenazador y la maledicencia… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’.

Son las obras del amor las que tienen que resplandecer para hacer desaparecer toda oscuridad. Cuánto negativo tenemos que quitar y purificar de nuestra vida: egoísmo, maldad, malos tratos, violencia, insultos, envidias y resentimientos, orgullos que nos envanecen, desprecios que humillan a los demás, malos gestos que pueden herir a los que nos rodean, injusticia, corrupción, hipocresía, mentira… todo eso son sombras y oscuridades que fácilmente se nos pueden meter en la vida. Tenemos que revisarnos, como decíamos antes, porque algunas veces nos cegamos tanto que no nos queremos dar cuenta de lo negativo que podamos tener.

A la contra, actuando en positivo, tiene que resplandecer nuestra generosidad, nuestra capacidad de desprendernos de lo nuestro para compartir; hemos de tener un corazón puro y limpio para abrirlo generosamente con amor y seamos capaces de ser siempre acogedores con los demás; la compasión y la misericordia han de ser tan fervientes en nosotros para ser siempre comprensivos con los otros, dispuestos siempre a perdonar y a disculpar, a mirar siempre en positivo a los que nos rodean y ser colaboradores generosos en todo lo bueno que hay o se puede hacer a nuestro lado.

Qué mundo tan feliz lograríamos si fuéramos capaces de impregnar de este sabor del amor, este sabor de Cristo a cuantos nos rodean. Ese tendría que ser siempre nuestro compromiso, nuestra tarea. Así estaríamos llevando la luz de Cristo a nuestro mundo. No nos quejaríamos de oscuridades, como decíamos al principio, y todo tendría otro sabor más gustoso porque nos haría felices a todos.

Y eso no es necesario ir muy lejos para realizarlo. Empecemos ahí donde estamos, en la familia, en donde realizamos nuestra convivencia, en el círculo de nuestros amigos o nuestros vecinos, en nuestro lugar de trabajo. Vayamos poniendo esos granitos de sal y de luz, con esa palabra buena, con ese gesto de cariño y amistad, con ese compartir generoso ante cualquier necesidad.

Seremos buena sal, seremos hermosa luz. Nuestro mundo sería mejor. Estaríamos plantando así a Jesús y el Reino de Dios en nuestra sociedad.

martes, 1 de febrero de 2011

La presentación en el templo un anuncio de Pascua



Mal. 3, 1-4; Sal. 23; Hebreos, 2, 14-18; Lc. 2, 22-40

La celebración litúrgica de este día tiene aún rememoraciones de la Navidad, pero de alguna manera puede ser anticipo y anuncio de Pascua; nos recuerda ofrendas y sacrificios de acción de gracias como los ofrecidos en el templo de jerusalén con motivo del nacimiento de todo primogénito varón que había de ser consagrado al Señor, pero nos está adelantando lo que va a ser el sacrificio definitivo del Cordero Pascual.

Por otra parte nos aparece la figura de María a la que se le está anunciando la Pascua desde el propio nacimiento de su hijo, y que para nosotros los canarios tiene un significado especial esa presencia de María porque a ella la contemplamos en todo lo que ha representado y seguirá representando su figura de Candelaria, de portadora de la luz para nuestra tierra y nuestra fe.

La liturgia de este día que ya ha tenido un significativo inicio con la bendición de las candelas y esa procesión luminosa hasta el altar al encuentro del que viene como luz de las naciones, nos ofrece por otra parte un salmo en medio de la proclamación de la Palabra con ciertos aires de triunfo y de gloria. ‘¡Portones, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria! ¿quién es ese Rey de la gloria?’

Si hubieran sido conscientes los sacerdotes y levitas del templo, como lo fueron el anciano Simeón y la profetisa Ana, de quién era aquel niño que en brazos de José y María era presentado al Señor con la ofrenda de los pobres, un par de tórtolas o dos pichones, hubieran mandado a llamar a todos los cantores del templo de Jerusalén y hubieran convocado al pueblo para aclamarle con este salmo de triunfo.

Aquel niño no era solamente el hijo de aquellos galileos pobres que ahora venían al templo como mandaba la ley de Moisés para hacer la presentación y la ofrenda sino que aquel niño era en verdad el Señor al que había que aclamar y recibir. Era el que había anunciado el profeta. ‘De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscais, el mensajero de la Alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar’. Los angeles en su nacimiento así lo habían anunciado a los pastores, ‘en la ciudad de David os ha nacido un salvador, es el Mesías, es el Señor’. Claro que tenemos que cantar con el Salmo: ‘Que se alcen las antiguas compuertas, va a entrar el Rey de la gloria’

Pero allí estaba sí aquel niño primogénito por quien se iba a pagar la ofrenda de los pobres, pero que en verdad era el Cordero que se iba a inmolar y que un día sería señalado como el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Era el Sacerdote, el Pontífice, pero era también la Víctima que se iba a ofrecer, como Cordero inmaculado del que eran signos aquellos corderos que cada pascua se inmolaban y se comían. Este si que es el verdadero Cordero, que se inmola, que nos quita el pecado, pero que además se nos da en comida cuando se nos da en la Eucaristía.

Por eso decía que tiene esta celebración rememoraciones de la navidad, pero tiene también esa connotación pascual, porque además así se estará anunciando a María profeticamente por aquel anciano Simeón. Anciano que recogía en sí lo que eran todas las esperanzas de Israel, el deseo profundo de todos los corazones que quieren sentir a Dios, vivir su salvación. ‘Hombre honrado y piadoso que aguardaba el Consuelo de Israel y en quien moraba el Espíritu Santo’.

Hombre de fe y de esperanza firme que confiaba poder ver un día con sus ojos al Salvador porque así se lo había revelado el Espíritu en lo hondo de su corazón. Allí estaba siendo testigo, el más cualificado lleno como estaba del Espíritu del Señor, de la entrada del ‘mensajero de la Alianza’, de aquel en cuya sangre se iba a realizar la Alianza nueva y eterna, la Alianza definitiva.

El sería el que anunciaría a María la Pascua. ‘Mira: Este está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como una bandera discutida; así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y a ti una espada te traspasará el alma’. María feliz y dichosa por ser la Madre del Señor, feliz y dichosa por su fe y porque ha plantado como nadie la Palabra de Dios en su corazón se convertirá en Madre dolorosa, porque si ahora está con su hijo haciendo esta primera ofrenda al Padre - ¿estará diciendo Jesús lo que nos dice la carta a los Hebreos, ‘aquí estoy, oh, Padre, para hacer tu voluntad’? –; pero María estará también en el momento supremo de la Pascua, en el momento de la ofrenda definitiva de la Sangre de la Nueva Alianza en el Altar de la Cruz junto a su Hijo, el Pontífice y Sacerdote, pero junto a su Hijo que es también la Víctima, Cordero Inmaculado que se ofrece al Padre.

Y a María la contemplamos hoy conduciéndonos a Jesús. En sus manos está la luz, porque en sus manos está Jesús. Con su Si hizo posible la encarnación del Verbo de Dios en sus entrañas y que el Enmanuel estuviera con nosotros. En sus manos está la luz porque ella siempre nos lleva hasta Jesús para que en El encontremos la Palabra de vida y nos llenemos de su salvación.

Bendita imagen de María de Candelaria presente en nuestras tierras canarias incluso antes de que llegaran los primeros misioneros a anunciarnos la Buena Nueva de la Salvación, el Evangelio de Jesús. María con la luz en sus manos fue la primera misionera en estas tierras porque hacía mirar a lo alto para que viendo en ella la Madre del Sol, pudiera un día contemplar a quien era el verdadero sol, la verdadera luz de nuestra salvación. Así esa imagen bendita de María fue la primera misionera, la que preparó los caminos cual precursora para que un día pudiéramos conocer, seguir y amar a Jesús.

Así ha estado María siempre presente entre nosotros y así surge esa devoción filial a la Madre que nos cuida y nos protege y nos alcanza la gracia salvadora del Señor para nosotros. Es la Madre más hermosa que tenemos y a quien amamos desde lo más profundo de nuestro corazón porque es la Madre del Señor y porque es nuestra Madre. Que no se enturbie ni se difumine nunca esa presencia de María de Candelaria en medio de nuestro pueblo, que no la desterremos nunca de nuestro corazón. Tenemos que cuidar mucho nuestra devoción a María, purificándola quizá de muchas impurezas y confusiones, y manteniendo lo más puro posible nuestro amor a María.

Que nos dejemos iluminar por su luz que no es otra que la de Cristo. Hemos comenzado hoy con la liturgia en esa procesión de entrada con nuestras luces encendidas porque queremos que así el Señor nos encuentre cuando venga a nosotros porque mantengamos encendida nuestra fe, porque en verdad resplandezcamos siempre por nuestras obras de amor, y así nos haga pasar al Banquete eterno de su gloria, al Banquete del Reino de los Cielos; podamos ser presentados ante el Señor con el alma limpia, como pedíamos en la oración litúrgica.

Que María nos ayude a mantenernos en esa fe, en ese amor y en esa santidad.

Se celebra también la jornada de la vida consagrada

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Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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