Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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viernes, 26 de julio de 2013

Le pedimos que nos enseñe a orar y nos enseña a decir Padre

Gén. 18, 20-32; Sal. 137; Col. 2, 12-14; Lc. 11, 1-13
‘Enséñanos a orar’, le piden a Jesús sus discípulos ‘una vez que estaba orando en cierto lugar’. Eran un pueblo creyente a los que acompañaba la oración en todos los momentos del día. Así estaba prescrito en la ley del Señor, ya salieran o entraran de casa, ya comenzaran un trabajo o se retiraran a descansar, ya fuera cada día en cualquier ocasión o de manera especial cuando el día del Señor se reunía en la sinagoga para el rezo de los Salmos y la escucha de la Palabra.
David les había dejado hermosos cánticos e himnos que eran utilizados en el culto - o al menos se le atribuían a David que había reglamentado el culto del templo - pero los profetas que iban apareciendo en medio del pueblo les enseñaban a orar como lo hacía ahora Juan con sus discípulos allá en el desierto junto al Jordán. De su época era el grupo de los esenios que en las orillas del mar muerto llevaban una vida dedicada por entero a la oración.
Veían a Jesús orar en toda ocasión, y ya no era solamente cuando estaba reglamentado por el culto o la ley, sino que contemplaban como se retiraba a solas en muchas ocasiones a orar, ya fuera en el descampado o subiera a las montañas altas, como sucedió en el Tabor. Ahora le piden que les enseñe. ¿Cómo ha de ser la oración que han de hacer a Dios? ¿Se reducirán a repetir los salmos que ya traía el libro sagrado o habría otra manera?
Y Jesús les deja un modelo de oración; un modelo no significa simplemente una fórmula a aprender de memoria y repetir, sino un estilo y un sentido de lo que ha de ser la verdadera oración del discípulo. Y aunque muchas veces nos entretengamos en dar muchas explicaciones y buscar razonamientos para analizar lo que Jesús les enseñó, realmente era algo muy sencillo que estaba al alcance de todo creyente.
Sencillo porque simplemente Jesús nos enseñaba cómo ponernos delante de Dios, con qué actitud profunda del corazón y con qué espíritu. Es simplemente eso, ponernos ante Dios reconociendo en su presencia su amor. Por eso la primera palabra es Padre y ahí va todo encerrado. Decir Padre es decir tú, mi Dios me amas; a ti quiero yo amarte respondiendo a tu amor.
Cuando decimos Padre, cuántas cosas estamos reconociendo. Si decimos Padre es porque nos sentimos amados y porque queremos amar. Y cuando queremos amar queremos todo lo bueno para aquel a quien amamos y de quien nos sentimos amados. Cuando decimos Padre es que queremos portarnos como hijos; cuando decimos Padre estamos mirando con unos nuevos ojos no solo al Dios que nos creó y que nos ama, sino que estaremos mirando con una mirada distinta cuanto nos rodea, cuantos nos rodean.
Cuando le decimos Padre a Dios, queremos su gloria, la gloria del nombre del Señor; nos estamos regocijando sabiendo que ese Dios nos ama y nos quiere como hijos y su nombre para siempre será bendito, será lo más dulce que pongamos en nuestros labios y ya para siempre su voluntad será para siempre nuestra norma y nuestro estilo de actuar.
Una cosa muy sencilla nos está enseñando Jesús, porque nos está enseñando a pronunciar con un nuevo sabor una palabra, padre. Y en ese padre descargamos nuestro corazón, todo cuando llevamos dentro de nosotros. Por eso al decir Padre nos damos cuenta de nuestras necesidades, pero también nos damos cuenta de las necesidades de los hermanos que están a nuestro lado. Por eso tras esa palabra irán surgiendo esas peticiones para el pan de cada día, para el sentido nuevo de cada día en que hemos de vivir, para sentir toda la fuerza divina en nosotros para vernos libres de todo mal y de toda tentación.
Le pedimos al Señor que nos enseñe a orar y nos enseña a decir Padre. Y ahí está todo lo que tenemos que decirle a Dios. Ahí está toda la alegría y el gozo grande del alma al sentirnos amados de ese Dios que es nuestro Padre.
Luego nos explicará Jesús que podemos tener la confianza y la certeza absoluta de que en nuestra oración Dios siempre nos escucha. Es el Padre que escucha a sus hijos y le dará lo mejor. Pero es también el amigo a quien no nos importe importunar, porque siempre al final terminará cediendo para darnos lo que necesitamos. Por eso no nos podemos cansar de nuestra oración primero porque estamos gozándonos en ese encuentro con el Padre bueno que nos ama, pero además porque nos da la confianza para que acudamos a El en toda ocasión.

Por eso nos dice: ‘Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre’. No podemos acercarnos al Señor con desconfianza. Eso es lo que hará que no se nos conceda lo que pedimos, porque es que no lo hacemos con fe, con la confianza total que nos enseña Jesús a tener con el Padre.

viernes, 12 de julio de 2013

¿Qué es lo que tengo que hacer? Trata de ver a Dios y ámale

Deut. 30, 10-14; Sal. 68; Col. 1, 15-20; Lc. 10, 25-37
‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Un maestro de la ley se presentó a Jesús y le preguntó, dice el evangelista, ‘para ponerlo a prueba’. Luego seguirá haciendo más preguntas. Es curioso. Es un maestro de la ley el que hace las preguntas cuando sería él quien diera las respuestas y explicaciones. Pero ya sabemos. ¿Quería realmente saber o lo que estaba haciendo era poner a prueba al Maestro, quizá porque no había estudiado en sus escuelas rabínicas? Pero en el fondo así lo está reconociendo y llamando, Maestro.
De todas formas, aparte de las intenciones que pudiera tener, es una interesante pregunta. Dará pie para que Jesús nos dé una hermosa explicación, un mensaje bien hermoso. Pregunta el escriba por lo que hay que hacer para alcanzar la vida eterna que, de alguna manera, está preguntando que ha de hacer para alcanzar a Dios. Nosotros ya podemos entender lo que es la vida eterna. Todos queremos conocer a Dios; todos queremos alcanzar a Dios, en el fondo, vivir a Dios. Como nos decía el libro del Deuteronomio ‘el mandamiento del Señor está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca, cúmplelo’. Tratemos de descubrirlo para que lleguemos a vivirlo.
La pregunta, respondida con otras palabras, pero con un mensaje semejante sería y me atrevo a proponerlo casi como un lema: trata de ver a Dios y ámale. Nos puede parecer simple la respuesta al tiempo que alguno podría pensar que imposible. Ver a Dios y pensamos en su inmensidad y en su grandeza, pensamos en sus perfecciones infinitas y pensamos en un misterio insondable. Imposible nos puede parecer. Pero se trata de eso, de ver a Dios para amarle. ¿Cómo vamos a amarle sin verle ni conocerle? No podemos amar lo abstracto; en el misterio nos parece imposible penetrar. Verlo con nuestros propios ojos nos parece inaccesible. Podríamos hacernos muchas elucubraciones con estas palabras que estoy diciendo y pensar que necesitaríamos todo un estudio de la teología, que es la ciencia de Dios, la ciencia que estudia a Dios. Pero pienso, sin embargo, que es algo mucho más sencillo y es lo que de alguna forma nos va repitiendo y enseñando Jesús a lo largo del evangelio.
¿Dónde y cómo podemos ver a Dios? Recorramos las páginas del evangelio. Es el misterio que Jesús nos viene a desvelar. Hoy en la respuesta de Jesús y la parábola que a continuación nos propone ante la segunda pregunta del letrado nos está hablando del prójimo. Y nos dirá al final como una conclusión: ‘Anda, haz tu lo mismo’. Y ¿qué es lo que hizo aquel buen samaritano? Amar a aquel hombre que estaba caído al borde del camino y estaba amando a Dios. En aquel hombre comenzó a ver a Dios y comenzó a amar intensamente a Dios.
Recordemos lo que nos dirá Jesús cuando nos hable del juicio final. ‘Todo lo que a uno de estos hermanos pequeños hicisteis, a mi me lo hicisteis’. Luego en el hermano, en el prójimo, en el hombre que sufre o que pasa hambre, en el que está tirado al borde del camino - ¡cuántos hay tirados al borde del camino de la vida en nuestro entorno! - hemos de ver a Jesús, allí está el rostro de Jesús. Y ahí, en el hermano, tenemos que amar a Jesús, vamos a manifestar de verdad que amamos a Dios.
Nos dirá primero que tenemos que amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos; luego en un paso más adelante nos dirá Jesús que tenemos que amarlo como El nos ha amado. Ya es una medida grande porque grande e infinito es el amor que nos tiene Jesús que ha llegado a dar su vida por nosotros. Y ahora estamos viendo como una razón grande para amar al prójimo es que ahí estamos viendo a Jesús, estamos viendo a Dios y por eso lo estaremos amando.
Así pues, ahí en el hermano tirado al borde del camino hemos de amar con un amor como el de Jesús. Como aquel samaritano que se bajó de su cabalgadura, que cargó con el hombre malherido, que lo cuidó y lo sanó, así tenemos que amar nosotros; así estaremos entonces amando a Dios; así estaremos alcanzando la vida eterna.
No es fácil, hemos de reconocer, porque quizá el deseo primero que tengamos en nuestro corazón es que queremos amar algo que sea amable y agradable; no siempre quizá ese rostro del hermano con quien nos cruzamos y al que tenemos que amar no nos sea del todo agradable desde nuestros prejuicios, desde las concepciones que tengamos del amor y de lo que hemos de amar, o porque quizá veamos demasiadas miserias humanas, o de aquello que quizá pensamos que es lo primero que tengamos que hacer. Pero ahí está la grandeza y la sublimidad del amor cristiano.
Aquel sacerdote y aquel levita que pasaron por el camino y dieron un rodeo para no toparse de frente con el hombre caído al borde del camino quizá pensaban que su amor a Dios estaba solamente en aquel culto que iban a dar en el templo de Jerusalén. Pero ya vemos cual es el culto agradable que hemos de darle a Dios, como nos está enseñando Jesús, y cómo hemos de manifestarle de la mejor manera ese amor que hemos de tenerle a Dios para que en verdad sea con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser. Descubramos, pues, lo que es la sublimidad del amor cristiano, del amor que le hemos de tener a Dios.
Es la pregunta que nos aparecía desde el principio. ‘Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?’ Pero es la respuesta que como mensaje resumido, como un lema, dábamos también. Trata de ver a Dios y ámale. Tratamos de ver a Dios en el prójimo, en el hermano y lo vamos a amar con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas, con todo el ser. Como tiene que ser siempre el amor a Dios. Como tiene que ser también el amor al prójimo. Porque ya nos decía Jesús que el segundo es semejante al primero y asó nos decía cómo habíamos de amar al prójimo.

Ahora tenemos que hacer el esfuerzo de volver a leer el texto del evangelio y en especial la parábola que Jesús nos propone. Vamos a comprender muchas cosas. Veamos entonces cómo tenemos que amar a Dios; veamos entonces como hemos de hacer para alcanzar la vida eterna. Miremos donde está nuestro prójimo y estaremos viendo donde está Dios. Cuando lo descubramos con toda sinceridad, amémosle sobre todas las cosas. El nos da la fuerza de su Espíritu para que podamos hacerlo.

viernes, 5 de julio de 2013

pongamonos en camino de construir el reino de dios

Pongámonos en camino de construir el Reino de Dios

Is. 66, 10-14; Sal. 65; Gál. 6, 14-18; Lc. 10, 1-2.17-20
‘¡Poneos en camino!’, les dice Jesús a aquellos ‘setenta y dos discípulos que envió por delante, de dos en dos, a todos los pueblos y lugares adonde pensaba ir El’. Iban a ser como los precursores de su camino. Iban subiendo a Jerusalén pero seguían haciendo el anuncio del Reino allá por donde iban. Nos recuerda el principio del Evangelio. El Bautista había salido también al desierto a preparar los caminos; era el precursor del Mesías con una misión muy clara y muy concreta.
Ahora de semejante manera, podríamos decir, Jesús envía a estos discípulos también con una misión muy clara y muy concreta. Los había ido preparando; no solo a los doce, sino al grupo más amplio de los discípulos que lo seguían y estaban con El. Ya les había indicado el sentido de su subida a Jerusalén y se había puesto en camino. Les había ido señalando algunas características de cómo habían de ser sus discípulos, lejos de la violencia o imposición, con disponibilidad total y radical, siempre caminando hacia adelante para ir abriendo el surco y realizar la siembra de la semilla de la Palabra de Dios.
‘¡Poneos en camino!’ Ahora los envía completando las instrucciones. Conscientes de la abundancia de la mies y de la escasez de los obreros, por eso el camino que habían de hacer en el nombre del Señor lo habían de iniciar invocando al Señor. ‘La mies es abundante y los obreros pocos; rogad al dueño de la mies que mande obreros a su mies’. Eran ellos los ahora enviados que en el nombre y con la gracia del Señor habían de salir a hacer también ese primer anuncio del Reino de Dios.
‘¡Poneos en camino!’ y lo primero que ha de aparecer es su disponibilidad y su confianza. No van dotados de medios humanos y la tarea tampoco ha de ser fácil. ‘Mirad que os mando como corderos en medio de lobos’. Ya cuando los apóstoles habían ido a buscar alojamiento se encontraron oposición. Ahora y en adelante no les va a faltar.
Escasos de medios humanos quizá, porque han de ir vacíos de apoyos externos, sin embargo han de llevar el corazón lleno de Dios y de su paz que es la verdadera riqueza. ‘Decid primero: paz a esta casa’. Es el primer anuncio y saludo. Como los ángeles en Belén en su nacimiento. También había pobreza de medios, era un simple establo y unos pobres pastores que cuidaban sus rebaños pero allí resonaba el anuncio de la paz.
La misión de Jesús es siempre una misión de paz. Es lo que nos viene a traer Jesús. La misión del discípulo de Jesús ha de ser igualmente siempre una misión de paz: nuestros gestos, nuestras miradas, nuestras palabras, nuestras actitudes siempre han de ser anunciadoras de paz; es lo que nosotros hemos de llevar a los demás, a ese mundo que nos rodea obsesionado quizá por otras cosas, añorando quizá tiempos o lugares de abundancia o satisfacciones inmediatas, pero olvidándose de la verdadera paz del corazón que es lo primero que tendríamos que buscar.
No son los bienes materiales o las riquezas humanas los que nos van a dar la verdadera paz; hemos de buscarla en lo más hondo de nosotros mismos y en otros valores de mayor importancia y nos lleven a la verdadera plenitud; hemos de saber sentirla en el corazón donde el Señor siempre depositará esa semilla de la paz que hemos de hacer crecer. Es un don de Dios al tiempo que una tarea. Por eso, el verdadero discípulo de Jesús con sus palabras y con su vida siempre ha de estar haciendo ese anuncio de paz, siempre ha de ser misionero de la paz, siempre ha de estar comprometido en ser constructor de la paz allí donde esté.
‘Si entráis en un pueblo y os reciben bien, comed lo que os pongan, curad a los enfermos que haya, y decid: está cerca de vosotros el Reino de Dios’. Es el anuncio pero son también las señales del Reino que ya se están dando. Es la acogida, el compartir, el curar y consolar; es la paz que se va sembrando en los corazones, es el amor que comienza a florecer; es el mal que se va arrancando del corazón, es el reconocimiento de la presencia del Señor. Ahí se están dando las señales del Reino de Dios que llega, pero tarea en la que nos hemos de comprometer.
Cuando regresaron de nuevo al encuentro con Jesús sus corazones desbordaban de alegría y de paz; se sentían satisfechos y alegres por la misión que habían cumplido. ‘Los setenta y dos volvieron muy contentos y le dijeron: Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre’. Pero Jesús les advierte que estén alegres no por las satisfacciones o reconocimientos humanos que pudieran tener, sino porque sus nombres estaban inscritos en el cielo.
Siempre nos está recordando Jesús lo esencial; nunca nos podemos dejar cautivar por vanidades humanas que nos llenen de orgullo, sino que nuestra mirada ha de estar puesta en el cielo, en la vida eterna junto a Dios. ‘Estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo’, les dice. Allí será donde verdaderamente seremos ensalzados, que es lo importante; es el premio de la vida eterna en la plenitud del Reino de los cielos. Qué bien nos viene recordar estas palabras de Jesús ya que somos tan dados a la búsqueda de esos reconocimientos.
Este envío que Jesús hace de estos setenta y dos discípulos tendría que hacernos pensar mucho. No simplemente estamos recordando lo que entonces hizo Jesús. Estamos celebrando aquí y ahora la misión que a nosotros Jesús también nos confía. No es una palabra que nos suene antigua lo que ahora estamos escuchando sino que es una Palabra, la Palabra que Dios hoy, aquí y ahora a nosotros nos está diciendo.
Como aquellos setenta y dos discípulos a nosotros Jesús también nos dice: ‘¡Poneos en camino!’ y tenemos que ir por delante, tenemos que ser precursores, con nuestra palabra, con nuestros gestos, con nuestro actuar, con nuestra vida, de ese Reino de Dios que está cerca, que está en medio de nosotros; reino de Dios que hemos de descubrir y que hemos de hacer florecer. Constatar esas señales del Reino de Dios que ya se están dando entre nosotros cuando somos capaces de compartir y de sentir preocupación por los demás, o cuando vamos sembrando pequeñas semillas de paz allí donde estamos con nuestros gestos, con nuestra mirada, con nuestra sonrisa, con nuestras palabras, con nuestra forma nueva de actuar.
Nos queremos más cada día, es porque el Reino de Dios se está haciendo presente entre nosotros; nos esforzamos por vivir en paz y en armonía, y estamos dando señales de que el Reino de Dios es importante para nosotros; sentimos dolor en el corazón por los que tienen tantas carencias a nuestro lado y ponemos nuestro granito de arena para remediarlo, es señal de que el Reino de Dios se está adueñando de nuestro corazón; somos capaces de tener una palabra amigable con el vecino o con el que está a nuestro lado, le llevamos una sonrisa al que sufre, o ponemos un poquito de ilusión en el corazón de quien parece que pierde la esperanza, estamos sembrando semillas del Reino de Dios que harán florecer un día un mundo nuevo y mejor.
Tengamos esperanza de que esas pequeñas cosas que queremos hacer a cada momento un día vayan a hacer florecer la vida en el corazón de muchos a quienes se les han roto las ilusiones y las esperanzas. Así iremos construyendo el Reino de Dios, así iremos sembrando la paz de Dios en el corazón de los hombres y haremos un mundo mejor.

No  nos quedemos quietos, pongámonos en camino como nos pide hoy el Señor y nuestros nombres estarán inscritos en el cielo.

Aqui puedes leer mas mensajes del Movimiento.

Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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