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Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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domingo, 31 de marzo de 2013


Es la Pascua, es el paso del Señor resucitado, vida de nuestra vida y de nuestro mundo

Hechos, 10, 34.37-43; Sal. 117; Col. 3, 1-4; Jn. 20, 1-9
‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’. Así tenemos que cantar sin cansarnos. Ha resucitado el Señor. Es la noticia. Es nuestra noticia de la que somos testigos. Es el anuncio que no podemos dejar de hacer. Y resuenan los aleluyas y nuestros cantos. Alabamos al Señor y no nos cansamos de darle gracias. Es la Pascua, la Pascua de resurrección. Es el paso del Señor que nos llenó de vida y de gracia dando su vida, entregándose por nosotros y ahora le contemplamos vivo y glorioso.
Anoche en la vigilia pascual se encendían las luces, tomadas de un fuego nuevo para iluminar las tinieblas del mundo y anunciar por todos los pueblos que Cristo ha resucitado, que ya no está en el sepulcro, sino que está vivo, está aquí presente en nosotros y entre nosotros. No buscamos más en el sepulcro de la muerte al que es la Vida. La muerte está ya vencida. Cristo ha resucitado y con El nosotros nos sentimos también sacados del sepulcro y llenos de vida. Y tomábamos de su luz porque tenemos que ser sembradores de luz en medio de nuestro mundo que tanto la necesita, sembrando fe y sembrando esperanza.
La fiesta de la Pascua es lo más misterioso y hermoso que podemos celebrar. Vimos roto el cuerpo de Jesús traspasado en la cruz. Recordemos cómo lo contemplábamos en la tarde del Viernes Santo. Ahora se nos anuncia que ese cuerpo ya no está roto en el sepulcro. ‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?’ escuchábamos anoche a los ángeles anunciar a las mujeres que iban al sepulcro. Está aquí, y no está roto sino resplandeciente y glorificado. ¡Ha resucitado!
Es nuestra alegría y nuestra esperanza. Es la fe que queremos proclamar. Es la noticia sorprendente, casi increíble, que nos repetimos. Pero sí, creemos que en verdad ha resucitado el Señor. Somos testigos porque nosotros lo sentimos vivo, está en nosotros y con nosotros. Aunque sea una noticia increíble para muchos que aun siguen poniendo en duda para nosotros es la certeza más grande. Es un anuncio que no todos comprendían y les costaba aceptar, entonces y ahora, pero ahí está el eje y centro de nuestra fe.
También a los apóstoles al principio les costó creer cuando las mujeres vinieron diciendo que el sepulcro estaba vacío, que los ángeles les habían anunciado que estaba vivo. Y cuando los apóstoles iban haciendo ese anuncio en la predicación del evangelio costaba más entender a muchos; recordemos cómo en Atenas cuando Pablo habla de resurrección, dándose la vuelta le dicen de eso nos hablarás otro día.
Hoy vemos en el evangelio a Pedro y Juan correr por las calles de Jerusalén hasta el sepulcro para comprobar lo que les había dicho María Magdalena. Al principio dudan pero al final terminarán creyendo. ‘Entró Pedro al sepulcro vio la vendas por el suelo y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no por el suelo con las vendas sino enrollado en un sitio aparte; luego entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro, vio y creyó. Hasta entonces no habían entendido las Escrituras: que El había de resucitar de entre los muertos’.
Más tarde, en distintos momentos se sucederán las manifestaciones de Cristo resucitado, en el Cenáculo, el camino de Emaús, junto al mar de Galilea... Y hemos escuchado en la primera lectura proclamar a Pedro, ya con la fuerza del Espíritu, ‘nosotros somos testigos de todo… lo mataron colgándolo de un madero, pero Dios lo resucitó al tercer día… y damos solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos y muertos…
Así nosotros con toda firmeza y convicción queremos hoy proclamar nuestra fe en la resurrección de Jesús, aunque algunos quieran tratarnos de ilusos. Es nuestra fe. Para quienes no tienen fe o están llenos de dudas pedimos que la fuerza del Espíritu ilumine sus corazones y sus mentes para que se abran al misterio de Dios. Esa fe que nos llena de alegría y da plenitud de sentido a nuestra vida.
Sí, creemos en Cristo vivo y presente, que está aquí, vivo entre nosotros; aquí en nuestro propio corazón, en lo más hondo de nosotros mismos los podemos sentir, como le sentimos por la fuerza del Espíritu en la Palabra y en los Sacramentos. Creemos porque además experimentamos en nosotros la fuerza de su resurrección con la que queremos caminar y luchar por ser nosotros unos hombres nuevos resucitados en Cristo y con la que nos sentimos impulsados para ir transformando nuestro mundo.
Porque Cristo sigue resucitando en nosotros cuando, a pesar de nuestros tropiezos y caídas, seguimos levantándonos una y otra vez; porque Cristo sigue resucitando en nosotros cuando somos capaces de sonreír con ilusión y esperanza a pesar de que muchos sean los problemas que tengamos; porque Cristo sigue resucitando en nosotros cuando el dolor y el sufrimiento nos hunden sino que nos hacen más humanos y más maduros porque le damos un sentido nuevo a todo lo que es nuestra vida.
Y con Cristo resucitado a nuestro lado nos sentimos felices cuando hacemos el bien y amamos, siendo capaces de olvidarnos de nosotros mismos; con la fuerza de Cristo resucitado somos capaces de perdonar y buscar la paz y el encuentro con el otro porque seguimos creyendo y confiando en la persona como Cristo ha confiado en mi a pesar de mis debilidades y fracasos.
Con la presencia de Cristo resucitado junto a mí por la fuerza de su Espíritu abro mi corazón a Dios y a su Palabra para ir descubriendo cada día lo bueno que tengo que hacer y me comprometo seriamente a ser cada día yo mejor pero hacer todo lo posible porque el mundo que me rodea sea también mejor. Nos sentimos envueltos cada vez más en más amor, más humanidad, más comprensión y más misericordia porque ‘si hoy nos queremos es que resucitó’.
La vivencia de la resurrección del Señor envuelve y llena mi vida totalmente porque ya mi vivir es Cristo, Cristo es mi vida. Y con Cristo en mi vida ya no hay lugar para el pecado, ya no hay lugar para la tristeza ni para la desesperanza, ya no hay lugar para la soledad ni el desamor, ya no hay lugar para la muerte. Cristo resucitado es nuestra santidad y nuestra justificación; Cristo nos sonríe y nos alegra con su sola presencia; Cristo nos enseña y nos garantiza que todo termina bien, que el Padre nos espera; Cristo es el Pastor bello que nos acompaña; Cristo es el amor resucitado y derramado; Cristo es la vida victoriosa.
Vayamos, pues, sembrando semillas de resurrección en nuestro mundo, empezando por los que están a nuestro lado cada día, la familia, los amigos, aquellos con los que convivimos o trabajamos, allí donde hacemos nuestra vida de cada día. Sembrar resurrección es sembrar amor y solidaridad, es sembrar paz y armonía, es llevar alegría a los que están tristes, es ayudar a levantar al caído, es poner ilusión en los corazones rotos y desesperanzados, es hacer que sean más autenticas y sinceras nuestras palabras y nuestra relación con los demás, es tender una mano al que se encuentra caído en el vicio y la esclavitud del pecado para ayudarle a levantarse, es buscar siempre caminos de reconciliación y perdón, es compartir generosamente lo que somos y tenemos para que nadie pase necesidad… es ‘buscar el Reino de Dios y su justicia’, como nos decía Jesús en el evangelio.
Y así cuantas cosas buenas podemos hacer que aunque nos parezcan pequeñas e insignificantes que nadie nota son, sin embargo, hermosas piedras que contribuyen a la construcción de un mundo mejor. A eso nos compromete nuestra fe en Cristo resucitado, así iremos resucitando nosotros cada día y haremos resucitar nuestro mundo haciéndolo mejor.
¡Cristo ha resucitado! Es nuestra fe con la que tenemos que iluminar nuestro mundo. Feliz pascua de Resurrección

sábado, 30 de marzo de 2013


¡Ha resucitado! No lo busquemos en el sepulcro, ha vencido el amor, ha vencido la vida


‘¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado’. No podemos menos que comenzar repitiendo las palabras del ángel a aquellas buenas mujeres que iban al sepulcro a buscar el cuerpo muerto de Jesús.
Pero nosotros las escuchamos de distinta manera. ‘¡Ha resucitado!’ Sí, está aquí. No lo buscamos en el sepulcro. Lo sentimos y lo vivimos ahora aquí entre nosotros. El Señor vive. Está aquí. Es lo que nos llena de alegría y de gozo grande en el corazón que se desborda en nuestros cantos y en toda la celebración pero que ha de desbordarse por toda nuestra vida.
En la tarde del Calvario elevábamos nuestros ojos a lo alto de la Cruz para mirar a Cristo de frente y para dejarnos mirar por El. A pesar de que el momento de pasión y sufrimiento nos embargaba el alma, sin embargo mirábamos por encima de todo aquel dolor y sufrimiento para contemplar el amor. Y allí estaba la respuesta.
Como nos decía el Papa Francisco en la tarde del Viernes Santo: ‘En realidad Dios ha hablado y ha respondido y su respuesta es la Cruz de Cristo. Una palabra que es amor, misericordia, perdón’. Allí estaba el anuncio de victoria. Por esto nuestro dolor entonces estaba lleno de esperanza porque en ese amor nos llegaba la salvación, la misericordia, el perdón. Esta noche cantamos definitivamente la victoria que ya comenzábamos a cantar al pie de la cruz porque contemplamos, sentimos, vivimos, celebramos a Cristo vivo, a Cristo resucitado. Y ese es el gozo hondo que nos embarga esta noche.
Un evangelista nos contaba que ‘al llegar el mediodía toda la región quedó en tinieblas’, pero ‘esta es la noche clara como el día, como hemos cantado en el pregón que nos anunciaba la pascua y la resurrección, la noche iluminada por mi gozo’. Todo en esta noche es luz. Se ha encendido el fuego nuevo, la luz nueva de Cristo resucitado. Se disipan las tinieblas, ha sido vencida la oscuridad de un mundo lleno de muerte y de pecado. Brilla en medio de nosotros como un signo de esa luz que nunca se apagará el Cirio Pascual para iluminarnos, para iluminar todo nuestro mundo, con esa luz nueva de la resurrección. Es la noche iluminada por la resurrección del Señor, la noche que se vuelva más clara que el día porque brilla el lucero que no tiene ocaso. Brilla la luz de Cristo resucitado y nosotros nos llenamos de su luz.
En las lecturas de la Palabra de Dios que nos han servido de guía a través de toda esta vigilia de espera de la resurrección del Señor hemos ido haciendo un recorrido por la historia de la salvación. Contemplábamos la obra creadora de Dios, la fe de Abrahán, la liberación de Egipto con el paso del mar Rojo, la voz de los profetas; todo un camino que nos ha ido conduciendo al momento cumbre que contemplamos, sentimos y vivimos: la presencia de Cristo resucitado en nosotros y en medio de nosotros. Todo venía a ser imagen, preparación y anticipo de la nueva creación que en Cristo se realiza cuando con su muerte y resurrección, liberándonos de la peor de las esclavitudes que es nuestro pecado, recrea en nosotros ese hombre nuevo de la gracia.
En la fuente del Bautismo, como un paso por el mar Rojo, nos sumergimos para comenzar a vivir esa vida nueva, para nacer a ese hombre nuevo. ‘Creemos en un solo bautismo para el perdón de los pecados’, confesamos en el credo de nuestra fe. Allí un día nos despojamos de ese hombre viejo de la esclavitud, del pecado; en esa fuente de la salvación por la fuerza del Espíritu nos llenamos de la vida divina de la gracia para ser hijos de Dios.
Es por eso por lo que en esta noche luminosa de la pascua renovamos nuestro bautismo, renovamos nuestros compromisos bautismales, al pie de la fuente bautismal e iluminados por la luz del Cirio Pascual, comprometiéndonos una vez más a no dejarnos vencer por la tentación y el pecado. Es algo serio e importante lo que vamos a hacer. Para eso hemos venido preparándonos a través de toda la Cuaresma. Ahí vamos a proclamar una vez más con todas nuestras fuerzas nuestra fe, esa fe que luego tenemos que proclamar ante el mundo para que todos un día puedan alcanzar esa luz de la fe dejando iluminar sus vidas por la luz de Cristo resucitado.
Al comenzar nuestra celebración y al encender el Cirio Pascual hemos realizado un signo muy importante que no puede pasar desapercibido y que tiene que significar mucho para nosotros. A las puertas de nuestro templo, de la Iglesia como solemos decir, hemos realizado ese signo de encender el Cirio en el fuego nuevo, y mientras íbamos entrando en la Iglesia íbamos encendiendo nuestros cirios de la Luz del Cirio Pascual o también de otros que ya la habían encendido antes que nosotros. Pero de una forma o de otra era luz tomada del Cirio la que encendíamos, porque es la Luz Cristo, Cristo que es nuestra Luz, la que nos ilumina.
¿Cómo ha llegado a nosotros la fe? ¿Cómo comenzamos a creer y como alimentamos luego nuestra fe? Fueron nuestros padres quizá desde la más tierna infancia, ha sido el testimonio que hemos contemplado en tantos a lo largo de la vida que nos despertaron a la fe, o en tanto que habremos sentido allá en lo hondo del corazón escuchando a Dios que nos hablaba, y ha sido la mediación de la Iglesia que en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en la oración y en la vida de la Iglesia. Se nos ha ido trasmitiendo esa luz de nuestra fe. Ahí está ese signo que hemos realizado cuando hemos tomado esa luz.
Pero no se queda ahí porque nos hemos trasmitido la luz los unos a los otros. Tenemos que trasmitirnos esa luz de la fe los unos a los otros. Esa luz no la podemos ni encerrar en la Iglesia ni guardárnosla solo para nosotros. Nosotros que la hemos recibido tenemos ahora que ir a los otros, también a los que no tienen fe, para con nuestro testimonio, nuestra palabra, nuestra vida ser un signo que trasmita, que despierte la fe para que, como decíamos, todos seamos iluminados por esa luz de Cristo resucitado.
Queremos hacer un mundo nuevo y desde Cristo resucitado nos ponemos en camino de realizarlo; en Cristo resucitado sentimos que sí es posible ese mundo nuevo; en Cristo resucitado, que ha venido a transformar nuestro mundo transformando nuestros corazones, sentimos la fuerza para irlo realizando. Es la nueva creación que comienza con Cristo para llegar a ese cielo nuevo y esa tierra nueva de la que nos hablará el Apocalipsis.
Desde Cristo resucitado tenemos que poner luz en nuestro mundo, llenándolo de amor y de solidaridad, poniendo paz en las relaciones mutuas de todos empezando por la convivencia de cada día con el que está a nuestro lado, poniendo sinceridad y autenticidad en nuestra vida y nuestro trato con los demás, luchando por una mayor justicia para que nadie sufra, poniendo ese bálsamo de ternura que llenen de dulzura, comprensión y misericordia nuestras mutuas relaciones. Pequeñas cosas, nos puede parecer, pequeñas semillas de luz que hemos de ir sembrando pero que iluminarán nuestro mundo.
Como decíamos antes, esta noche con la victoria de Cristo se disipan todas las tinieblas y nos llenamos de esperanza porque ha vencido el amor. Cantamos con gozo la resurrección del Señor. Cantamos con gozo y esperanza porque nos sentimos perdonados y renovados. Cantamos con gozo y esperanza porque sentimos que Dios sigue contando con nosotros a pesar de tantas debilidades que hay en nuestra vida y en Cristo resucitado encontramos nuestra fortaleza para ir a llevar esa luz, para trasmitir nuestra fe.
No buscamos más en el sepulcro de la muerte al que es la Vida. La muerte está ya vencida. Cristo ha resucitado y con El nosotros nos sentimos también sacados del sepulcro y llenos de vida. Resucitemos en verdad con El. Vivamos el resplandor de la resurrección. Que ese sea el grito de vida que proclamemos ante el mundo, nuestra fe. El Señor está aquí, estará para siempre en nosotros y con nosotros.
¡Feliz Pascua de Resurrección!

jueves, 28 de marzo de 2013


¿Cómo tenemos que mirar a Cristo crucificado?

Is. 52, 13-53, 12; Sal. 30; Hebreos, 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19,42
Hace unos días a través de estos medios de comunicación que hoy tenemos le envié a un amigo una fotografía de la imagen de un Cristo crucificado queriendo de alguna manera hacerle llegar con dicha imagen un mensaje propio para estos días. Inmediatamente me respondió: ‘Ver eso me entristece, tío, yo no quisiera estar ahí en su lugar’, a lo que yo le respondí ‘todo lo contrario nos da paz’. ‘Sí, me respondió, pero sufrió mucho’. Y yo simplemente le añadí. ‘Gracias a que El estuvo tenemos la salvación’, y le añadí ‘es el AMOR’. Entonces me respondió ‘mirándolo así me gusta más’.
¿Cómo tenemos que mirar a Cristo crucificado? Sí, es la pregunta que quizá tengamos que hacernos en esta tarde del viernes santo. ¿Cómo lo miramos? ¿Qué es lo que vemos? Es cierto que contemplar un cuerpo desgarrado cosido al madero de la Cruz no nos es nada agradable a la vista. ‘Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado…’ Es la descripción que con crudeza y realismo nos hacía el profeta.
Cuando levantamos los ojos a lo alto de la cruz, ¿es eso solo lo que contemplamos? Nuestra primera mirada se queda en el cuerpo dolorido de Cristo y como decía mi amigo ‘ver eso nos entristece, yo no quisiera estar en ese lugar’, no quisiéramos tener que encontrarnos frente a frente con ese dolor porque parece que nos hace daño. Pero como le decía, ‘él estuvo allí por nosotros’; en nuestro lugar, podríamos decir también; o podríamos pensar que El está allí en lo alto recogiendo todo el dolor y el sufrimientos de tantos que caminan a nuestro alrededor y a los que quizá nos cuesta mirar.
¿No nos ha pasado quizá más de una vez que vamos por la calle y allí en suelo está alguien tendiéndonos un cacharrito para que le pongamos algo porque no se atreve quizá ni a tender su propia mano y también nosotros volvemos la vista hacia otro lado porque no queremos mirar? Digo esto porque es lo más corriente que nos encontramos cada día en nuestras calles y parques o en las puertas de nuestras iglesias, pero son tantos los que pasan a nuestro lado arrastrando el dolor de su sufrimiento, de su soledad, de sus angustias, de sus penas y desesperanzas y no queremos mirar, o no queremos muchas veces enterarnos.
Mucho es el sufrimiento que hay en nuestro mundo, y pensamos en cuantos mueren de hambre y miseria a lo largo de nuestro mundo, o sufren consecuencias de guerras y violencias, pero también quizá no tan lejos muchas veces quienes padecen una cruel enfermedad sin una medicina que le alivie o una mano amiga que le acompañe en el lecho de su dolor. Son muchas las soledades y sufrimientos, las impotencias de tantos que no ven una luz para seguir caminando con esperanza. No digamos cuantos están sufriendo en estos momentos las consecuencias de la crisis económica que vivimos. La lista se haría interminable y hoy al ponerme a los pies de la cruz de Jesús y mirar a lo alto en ese cuerpo de Cristo atravesado y clavado en la cruz estoy viendo todo ese sufrimiento y ese dolor de todo tipo de tantos a nuestro alrededor. Ojalá, aprenda yo a mirar con una mirada nueva, con la mirada que Jesús desde la cruz me está enseñando a tener.
Y Jesús está ahí en la cruz y gracias a ella nos llega la salvación. Porque ahí en Jesús, ‘el que soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores, como nos decía el profeta, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por  nuestros crímenes, sus cicatrices nos curaron; maltratado, voluntariamente se humillaba, enmudecía como cordero llevado al matadero, no abría la boca, triturado con el sufrimiento entregó su vida como expiación, expuso su vida a la muerte, fue contado entre los pecadores, tomó nuestro pecado e intercedió por los pecadores’. Es la ofrenda del amor. Es el AMOR.
Sí, contemplemos el amor; mirado desde el amor las cosas se ven de distinta manera; descubramos que detrás y en el fondo de todo ese sufrimiento de Jesús en la cruz está el Amor. Obediente al Padre sube a la cruz, camina hasta el Calvario, entrega su vida por nosotros. ‘No se haga mi voluntad sino la tuya’, había dicho en Getsemaní. ‘Aprendió, sufriendo, a obedecer’, que nos decía la carta a los Hebreos, ‘y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Contemplamos en la cruz el amor y la salvación. Pero lo contemplamos como algo palpable y real para nuestra vida y para nuestro mundo. Su entrega no es un sueño. Su entrega nos ha puesto en camino de ser un hombre nuevo para hacer un mundo nuevo. Si nos sentimos nosotros traspasados por ese amor que se destila desde la cruz de Jesús ya nuestra vida tiene que ser distinta, no podemos vivir de la misma manera cerrando los ojos en nuestros miedos o nuestra insolidaridad y necesariamente comenzaremos a hacer ese mundo mejor, ese mundo nuevo.
Ya no podremos pasar por la vida volviendo nuestra vida hacia otro lado porque el amor nos habrá abierto los ojos de un modo nuevo. Se tiene que acabar la dureza de nuestro corazón para llenarnos de verdad de la ternura de Dios, de la compasión y de la misericordia, de un amor efectivo y real que comience a amar de verdad a los hermanos. No será necesario ya que nos tiendan un cacharrito para pedirnos algo porque nosotros por adelantado tenderemos generosamente y con amor nuestra mano sin ningún miedo ni prevención. Sabremos detenernos de verdad junto al hermano para acompañarlo en su soledad, para darle una esperanza en su angustia, para poner una nota de alegría en su tristeza.
Levantemos los ojos a lo alto de la cruz de Cruz pero vayamos con esa mirada directa al hermano con el que nos cruzamos en el camino de la vida. Miremos directamente a Jesús que viene a nuestro encuentro en esta tarde de viernes santo para llenarnos de su gracia, para llenarnos de verdad de su amor.
Todo ese mal y todo ese sufrimiento se va a ver transformado desde la Cruz de Cristo. La violencia se transformará en mansedumbre, la venganza en perdón, el odio en amor, la mezquindad en generosidad, la mentira en verdad. Desde la Cruz de Jesús se han de acabar los miedos y cobardías, la insolidaridad no tiene cabida en nuestro corazón, las tristezas se han de transformar en esperanza. Desde la cruz de Jesús nos sentimos perdonados y redimidos; sentimos una paz nueva en nuestro corazón y tenemos la esperanza de que en verdad podemos hacer algo nuevo en nuestra vida y en nuestro mundo. Desde la cruz sabemos bien lo que es la misericordia y el amor, la comprensión y el aliento para comenzar a caminar de nuevo.
Miremos a Jesús, miremos su cuerpo, sus manos, su corazón, su mirada y sentiremos que algo nuevo comienza para nuestra vida desde su amor y su entrega. La cabeza coronada de espinas de Jesús nos redime de nuestros orgullos; las manos abiertas y gastadas de bendecir y de servir  nos redimen de nuestras violencias y codicias; ese rostro ensangrentado de Cristo pero tras el cual se ven esos limpios y penetrantes nos enseñan a abandonar para siempre nuestras falsedades y cegueras; esos pies gastados y cansados de tantos caminos para hacer el bien nos esperan con paciencia y nos redimen de nuestras comodidades; ese cuerpo roto por los azotes y el sufrimiento nos redimen de nuestras crueldades; ese costado abierto de Cristo nos redime de nuestros egoísmos y desamores.
Con Cristo crucificado nos sentimos redimidos para comenzar a vivir una vida nueva que será principio de un mundo mejor. Pongámonos sin miedo a la sombra de la cruz que sabemos cierto que es camino de victoria y de resurrección. 

miércoles, 27 de marzo de 2013


El amor no tiene más razones para amar que el mismo amor. Es un amor como el de Jesús

Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11, 23-26; Jn. 13, 1-15
‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones’. Así lo establecía la ley mosaica. Era la Pascua, la fiesta de la pascua, la fiesta del Señor. Un día Dios pasó en medio de su pueblo y lo liberó de la esclavitud de Egipto. Había que recordarlo, había que celebrarlo; ‘ley perpetua para todas las generaciones’. Lo recordarían y lo celebrarían para siempre. Recordaban y celebraban el paso del Señor y la Alianza que con ellos hizo el Señor.
Por eso estaban reunidos aquella tarde para la cena pascual. Todo estaba bien prescrito y ritualizado, el cordero, la copa con el vino, el pan ácimo, el agua para las abluciones. Celebraban la pascua, la fiesta del Señor. Los discípulos enviados por Jesús lo habían preparado todo siguiendo fielmente las instrucciones de Jesús. Y fue en ese marco y por encima de aquellos ritos preestablecidos dándoles un sentido nuevo y distinto donde se iba a celebrar una alianza nueva, una alianza que tendría valor y duración eterna.
Era también el paso de Dios en medio de su pueblo que nos va a liberar no de una esclavitud terrena sino que nos daría una libertad nueva y una vida nueva, porque ya no se fundamentarían en un pan ácimo que los hombres pudieran hacerse ni en un cordero que pudieran comprar en el mercado para luego sacrificarlo. Allí estaba el verdadero Cordero, como un día el Bautista señalara, que con su sangre derramada iba a quitar los pecados el mundo. El pan que iban a partir y a compartir ya desde ahora sería el mismo Cuerpo de Cristo entregado por nosotros y la copa de la Alianza que iban a beber era la Sangre de Cristo derramada para el perdón de los pecados.
San Pablo nos lo recuerda. Si antes estaba establecido como ley para todas las generaciones la celebración de la antigua pascua, ahora habíamos recibido una tradición que procede del Señor, como nos dice el Apóstol y es lo que Jesús en la noche en que lo iba a entregar nos mandó hacer en memoria suya ahora sí por los siglos de los siglos. ‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre… haced esto en memoria mía’. Cada vez que comiéramos de ese pan y bebiéramos de ese cáliz estaríamos proclamando ya para siempre la muerte del Señor hasta su vuelta. Es la Eucaristía que celebraríamos para siempre como memorial de su pasión, muerte y resurrección.
Y eso será proclamar también que el Señor estará para siempre con nosotros y en nosotros. Como más tarde le pedirían los discípulos de Emaús ‘quédate con nosotros’, El ahora ya nos está adelantando que quiere ser presencia permanente entre nosotros y en nosotros, porque quien le coma vivirá por El y si queremos tener vida en nosotros habremos de comer su Cuerpo y beber su Sangre, como un día anunciara en la sinagoga de Cafarnaún. Es la Eucaristía alimento de vida y comunión.
Este signo de Jesús que nos dejó como sacramento eterno de su vida y su presencia entre nosotros y en nosotros vino precedido de otros signos que nos conducirían todos ellos a la sublimidad que se estaba viviendo en aquella cena del Señor y que nosotros hemos de vivir y alcanzar cada vez que celebramos la Eucaristía. Porque no habrá verdadera Eucaristía si no llegamos a amar con un amor tan sublime como con el que El nos amó.
Como describiría el evangelista al trasmitirnos el relato de aquella cena pascual había llegado ya la hora. ‘Sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaba en el mundo, los amó hasta el extremo’. Llegó la hora, la hora de la manifestación del amor más extremo, más sublime. Nos lo enseña Jesús con los signos y los gestos que realiza como  nos lo explicará luego con sus palabras.
Lo hemos escuchado y contemplado en el evangelio. Jesús a los pies de los discípulos como el servidor. Es el amor del que se entrega, del que entiende lo que es el verdadero amor, del que no convierte el amor en un canto de bonitas palabras llenas de poesía, sino del que ama hasta el final, hasta el extremo. Nos había ido diciendo y explicando cómo nuestro amor era algo más que simplemente hacer el bien porque me hacen el bien; nos había enseñado que había que hacerse el último y el servidor de todos, pero ahora lo contemplamos en El que es el Maestro y el Señor.
Algunas veces comenzamos a darle vueltas y vueltas en nuestra cabeza para encontrar razones para amar y cómo amar. El amor no tiene más razones para amar que el mismo amor. Amo porque amo. Así sencillamente sin más razones, sino con la razón más honda que es el mismo amor. No amo porque me amen o para que me amen; no amo porque otros me hicieron bien y yo, claro, tengo que corresponder. Amo porque amo, porque hay amor en mi vida y en mi corazón y es así como alcanzo la mayor plenitud y felicidad.
Y ¿cómo amo? Sirviendo; y aquí encontramos el ejemplo en el mismo Jesús. No solo porque quiero hacer el bien, lo cual es bueno y loable; amo, no simplemente porque soy bueno y no quiero hacer daño, lo cual está también bien, pero eso lo puede hacer cualquiera; amo, no solo cuando pueda hacerlo si no tengo otra cosa que hacer o en qué pensar, como si fuera un entretenimiento. Amo haciéndome servidor, y el servidor amará siempre; el servidor amará olvidándose de sí mismo solo para servir al otro; amo dándome y desgastándome sirviendo a todos aunque no obtenga recompensa ni beneficio porque entonces no sería amor.
Y aquí si pensamos ahora en quien es el modelo sublime de nuestro amor; pensamos en quien vemos ahora a los pies de sus discípulos a pesar de sus resistencias como la de Pedro que no quería dejarse lavar los pies; o a pesar de que sabía que allí entre ellos estaba el que lo iba a entregar; o a pesar de que le abandonarían y huirían a la hora del prendimiento o incluso le negarían; a pesar de que conocía sus debilidades y dudas o a pesar de que conocía todas esas debilidades y dudas El estaba amando, El estaba como el servidor, porque así nos estaría dando la señal por la que habríamos de distinguirnos para siempre. ‘Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve’, les dirá. Nos está enseñando el verdadero sentido y la auténtica medida del amor.
Es un amor sublime el que nos está enseñando Jesús; un amor gratuito y generoso hasta el final; un amor que se manifestará en palabras entrañables porque les llamará amigos porque les ha revelado los secretos del Reino, pero sobre todo se manifestará en gestos elocuentes y signos bien brillantes que nos están adelantando lo que va a ser su entrega hasta el final, hasta la cruz, hasta la muerte salvadora y redentora. Por eso nos dirá que nos amemos, pero no de cualquiera manera, sino como El nos ha amado. ‘Es mi mandamiento, que os améis los unos a los otros como yo os he amado’. ¿Hay amor más sublime? Y nos enseñará también entonces que amemos a los demás como si le amáramos a El, y esta es otra vertiente importante del amor cristiano, porque ‘lo que hacéis a uno de estos pequeños, conmigo lo hacéis, a mí me lo hicisteis’.
‘Haced esto en memoria mía…’ hemos escuchado que nos decía Jesús. ‘Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta del Señor, ley perpetua para todas las generaciones’,  escuchábamos al principio en referencia a la ley mosaica de la Pascua que congregaba a los discípulos con Jesús para aquella cena pascual. Pero ahora lo podemos volver a escuchar pero de manera diferente. Es fiesta, sí, es la pascua, es el día del amor, del amor de Cristo que estamos contemplando, pero del amor de Cristo que tiene que impregnar nuestra vida para vivir en su mismo amor, y con su mismo amor.
Estamos celebrando la Eucaristía en este día tan importante como memorial de la pasión, muerte y resurrección del Señor, pero démonos cuenta a cuánto nos compromete porque celebrar el misterio de Cristo no lo podemos hacer si no vivimos en su mismo amor y con su mismo amor.
Contemplamos y celebramos el lavatorio de los pies y el mandamiento del amor al mismo tiempo que le institución de la Eucaristía y el Sacerdocio en este día. No podemos separarlos de ninguna manera. Lavatorio, Eucaristía y amor fraterno se necesitan. Caridad sin Eucaristía quedaría muy pobre y podría secarse pronto; Eucaristía sin caridad, sería fría y meramente ritual. De la Eucaristía nace el lavatorio y el lavatorio hace la Eucaristía. Así tan íntima y esencialmente unidas están.
Solo quiero dejar una pregunta en el aire al son de las palabras de Jesús que hemos escuchado. Cuando salgamos de esta Eucaristía que ahora estamos queriendo vivir celebrar con tanto fervor, ¿iremos a lavar los pies de los hermanos?  Porque el Señor nos dijo: ‘Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Y ya sabemos lo significa esto y cuál es la sublimidad del amor cristiano.

viernes, 22 de marzo de 2013


El camino de la pasión y nuestro camino cargando con la cruz detrás de Jesús

Is. 50, 4-7; Sal. 21; Filp. 2, 6-11; Lc. 22, 14 - 23, 56
‘Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre’. Así lo proclamamos antes de la lectura del Evangelio. Así lo hemos contemplado en la proclamación de la pasión. Así lo vamos a meditar y celebrar en esta semana de pasión con la culminación del triduo pascual de la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Contemplamos y celebramos; meditamos y hacemos vida; nos dejaremos inundar por el misterio de amor y terminaremos rebosantes de vida nueva cuando lleguemos a la celebración pascual de la resurrección. Es un misterio grande de amor el que vamos a vivir.
Es Dios, el Hijo de Dios que se ha hecho hombre ‘que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo’, como confesamos en el Credo. Se rebajó, se despojó de todo, se hizo el último, el esclavo y el servidor de todos, como le había enseñado a los discípulos; actuando como un hombre cualquiera - y no olvidemos que era y es Dios - se rebajó hasta someterse a la muerte, una muerte de cruz. Así lo ha proclamado san Pablo en este himno cristológico que nos propone en la carta a los Filipenses.
Ahí y así lo hemos contemplado en la proclamación de la pasión. La pasión de Jesús, ¿será nuestra pasión? Cuando contemplamos crudamente cara a cara el dolor y el sufrimiento parece que todo se nos llena de negrura, nos cuesta atisbar algún resplandor de luz; cuando contemplamos el dolor y el sufrimiento de Jesús en su pasión y en su muerte también nos sentimos abrumados, pero hemos de saber descubrir toda la luz que brilla tras esa pasión. Porque siempre resplandece, y de qué manera, la luz del amor, de la vida, que despierta nuestra esperanza, que nos hace mirar la pasión que nosotros hemos construido en nuestra vida, pero que ha de provocar en nosotros deseos de conversión al amor.
Podría decir que paralelamente al camino de la pasión de Jesús vamos descubriendo el camino negro de la maldad del corazón del hombre. Seguían las ambiciones y deseos de grandezas, aparecían las actitudes violentas, las traiciones y las negaciones cobardes, la manipulación de las personas y las acusaciones falsas, los menosprecios y burlas y las cobardías que terminan en sentencias injustas; ahí están los discípulos que siguen aspirando a primeros puestos o la violencia de la espada, la traición de Judas o la negación de Pedro, las acusaciones manipuladas ante Pilatos, los desprecios de Herodes y la cobardía del gobernador romano que van tejiendo por así decirlo el camino de la pasión de Jesús.
¿Serán también las sombras de nuestra vida con nuestro pecado que también provoca el camino de la pasión de Jesús? Hemos de saber hacer una lectura de nuestra vida desde el relato de la pasión de Jesús.
Pero no todo es sombra y negrura porque la luz del amor de Jesús brilla sobre todo eso dando sentido a una pasión para transformar la negrura de nuestro pecado en la luz luminosa de la gracia que nos redime. ‘Aparta de mi ese cáliz, es el grito de Jesús en Getsemaní en el comienzo de su pasión, pero no se haga mi voluntad sino la tuya’. Es la ofrenda del amor; es la obediencia al Padre; es el plan de salvación que a todos nos va a alcanzar.
En ese camino aparecen, sin embargo, resplandores de solidaridad, de esperanza y de fe. Será el Cireneo que ayuda a llevar la cruz de Jesús o las mujeres compasivas que lloran al paso del cortejo camino del calvario y que van a recibir el consuelo de Jesús - ‘no lloréis por mi, llorad por vosotras y por vuestros hijos…’ -; será el ladrón arrepentido que suplica lleno de esperanza el poder entrar por la puerta del Reino - ‘acuérdate de mi cuando llegues a tu reino’ - o finalmente la confesión de fe del centurión que es capaz de descubrir detrás de la negrura de la muerte el resplandor de un amor que ha dado sentido a una muerte - ‘realmente, este hombre era justo’ - para concluir con el desprendimiento de quien ofrece su sepulcro nuevo para que lo ocupe el cuerpo de Jesús.
Mucho podemos reflexionar y meditar en torno a la pasión de Jesús, pero no ha de ser tarea de un momento ni de un día. Estos días de pasión tenemos que levantar nuestra mirada continuamente hacia la cruz de Jesús en lo alto del calvario. Para los cristianos que queremos vivir intensamente nuestra fe son días muy especiales y que hemos de vivir con gran intensidad sabiendo encontrar momentos y espacios para esa meditación, para esa reflexión, para esa oración. No es una contemplación solo externa la que tenemos que hacer, aunque bien nos ayudan plásticamente las imágenes sagradas que nos describen los diferentes momentos de la pasión del Señor para centrar bien nuestra meditación. Pero tiene que ser una profundización interior la que tenemos que hacer.
Todo ha de ser un camino que nos lleve a impregnarnos hondamente del misterio pascual de Jesús. Todo va a culminar cuando el próximo domingo celebremos y vivamos la resurrección del Señor. Hoy, casi como un anticipo, hemos aclamado al Señor en la conmemoración de su entrada en Jerusalén donde la gente sencilla y los niños le aclamaban y bendecían como el que viene en nombre del Señor. Bien lo sabemos nosotros y ya nuestro canto ha tenido esos ecos pascuales que con toda intensidad vamos a cantar en la noche de la resurrección y en el día de Pascua.
Cuando hemos cantado hoy la victoria de Cristo con nuestros hosannas sabíamos muy bien cual es ese verdadero camino de la victoria pascual que pasa por la cruz y culmina en la resurrección. Pero la gran victoria será cuando nosotros nos sintamos en verdad resucitados, renacidos, renovados en Cristo para vivir esa vida nueva de la gracia.
Ahora emprendamos ese camino de la pasión y del calvario. El evangelio nos decía quienes conducían a Jesús al Calvario ‘echaron mano de un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y le cargaron la cruz, para que la llevase detrás de Jesús’. Un día Jesús nos dijo que si queríamos ser sus discípulos tomásemos nuestra cruz de cada día y nos fuésemos con El. Vamos a tomar esa cruz, que ya sabemos bien cuantas cosas tiene de nuestra propia vida en aquellas negruras de las que antes hablábamos, y lo vamos a ser voluntariamente y con amor y vamos a cargar con ella para seguir a Jesús. El va delante, con Él pasaremos por el Calvario, pero sabemos que con El terminaremos en la gloria y el resplandor de la resurrección. Confesemos también nuestra fe en El, ‘verdaderamente es el Hijo de Dios’.

viernes, 15 de marzo de 2013


La misericordia divina y el perdón llenan de esperanza el corazón del pecador

Is. 43, 16-21; Sal. 125; Flp. 3, 8-14; Jn. 8, 1-11
Si digo para comenzar que el evangelio que hoy hemos proclamado y, aún más, todos los textos de la Palabra proclamada nos llenan de esperanza quizá alguien me pueda decir que me repito y que una vez más vuelvo a la misma cantinela. Pero os digo que no es una cantinela repetida sino que es lo que yo siento en mi mismo cuando escucho y trato de rumiar en mi interior la Palabra que el Señor hoy ha querido decirnos. ¿No se lleno de esperanza y de ansias de vida nueva el corazón de aquella mujer que no fue condenada por Jesús sino todo lo contrario recibió su generoso perdón?
Claro que hemos de reconocer que el mensaje de la Palabra de Dios escuchado allá en la sinceridad más honda de nuestro corazón siempre ha de suscitar esperanza. ¡Cómo no al sentirnos amados y perdonados por Dios! ¡Cómo no al sentir que se nos libera del peso de nuestra culpa confiando en que en verdad podemos enmendarnos y comenzar una vida nueva! Es la salvación más profunda que el Señor quiere ofrecernos en su amor.
‘Mirad que está brotando algo nuevo, ya está brotando, ¿no lo notáis?’, nos decía el profeta. Y habla de caminos en el mar, de sendas en medio de aguas impetuosas, de caminos por el desierto o de ríos en el yermo. Pero nos dice que no miremos para detrás, que no miremos lo antiguo aunque pudiéramos recordar que un día el Señor les hizo atravesar el mar Rojo y el Jordán, y los condujo por el desierto hasta la tierra prometida. Es algo nuevo lo que se nos anuncia. Por eso les dice ‘no recordéis lo de antaño, no penséis en lo antiguo’, no os quedéis pensando en esa cosas de otro momento sino de lo nuevo que se abre ante vuestros ojos.
Y el profeta hablaba en primer término de la liberación de la cautividad y de la vuelta del destierro; pero la mirada del profeta estaba puesta en un horizonte más futuro, porque podemos leerla con sentido mesiánico. El Bautista recogería esas imágenes para preparar la llegada del Mesías. No es necesario repetir ahora lo que tantas veces hemos escuchado en labios del Bautista.
Pero es a nosotros también a quien nos está diciendo que no miremos atrás, que se abren caminos nuevos delante de nosotros para nuestra vida. Y eso llena de esperanza. No nos quedemos simplemente contemplando la situación por la que pasamos con todos los males en los que nos vemos envueltos; no  nos quedemos en mirarnos a nosotros mismos para vernos hundidos y sin esperanza; no nos quedemos en lloros de plañidera por las cosas por las que pasamos y quizá no sabemos o no podemos resolver; no nos quedemos en que nuestra vida está llena de miseria por nuestros pecados. Son muchas las cosas que podríamos mirar. Ante nosotros, sin embargo, se nos abren caminos nuevos a pesar de esos desiertos y negruras, a pesar de esas sequedades o de esa aridez de nuestra vida.
El evangelio que se nos ha proclamado nos ayuda a levantar esa esperanza en nuestro corazón. ¿Cómo se sentiría aquella mujer cuando la empujan ante Jesús y ya la están condenando a morir apedreada por su pecado? ¿Cómo se sentiría al final cuando Jesús le dice ‘yo no te condeno, anda y en adelante no peques más’? Una vida nueva se abría ante ella.
Allí está tirada en medio de aquellos que vociferan condenándola, aunque realmente a quien querían en verdad condenar era a Jesús; ya sabemos sus intenciones. Está allí, es cierto, con su miseria, con su pecado, perdida la esperanza y temiendo lo peor porque en cualquier momento podían comenzar a caer las piedras sobre ella. Bastaba el más pequeño gesto. Pero con Jesús los gestos van a ser diferentes.
No podía ser de otra manera en quien comía con publicanos y pecadores, acudía tanto a la mesa del orgulloso fariseo buscando un cambio en el corazón o a la mesa del publicano Zaqueo para quien la presencia de Jesús en su casa significó el amanecer de un día nuevo porque allí llegó la salvación; no podía ser de otra manera en quien se había dejado lavar los pies por una pecadora o nos hablaría del amor y del perdón, del amor a los enemigos y de perdonar no siete veces sino setenta veces siete; no podía ser de otra manera en quien un día iba a decir ‘perdónalos porque no saben lo que hacen’ y le diría al ladrón arrepentido ‘hoy mismo estarás conmigo en el paraíso’.
Ya hemos escuchado con detalle en el evangelio los gestos y palabras de Jesús. La misma postura que un día tuvieron los que criticaban a Jesús porque comía con publicanos y pecadores es la de los que ahora vienen juzgando y condenando. ‘El que esté sin pecados que tire la primera piedra’, es la respuesta de Jesús ante sus preguntas y exigencias. Jesús no entra en la lógica ni en el juego de los acusadores. Jesús viene a ofrecernos algo nuevo. Jesús viene a salvar al hombre, viene a salvar a la persona. La sangre que El va a derramar no es para condenar sino para hacer un hombre nuevo, porque nos trae vida nueva.
Cuando todos desfilan y se quedan solos aquella mujer y Jesús frente a frente, las palabras de Jesús para aquella mujer no pueden ser sino palabras de vida, palabras que a nosotros nos llenan de esperanza también. ‘¿Nadie ha sido ahora capaz de condenarte? Pues yo ahora tampoco te condeno…’ vete, comienza una vida nueva, una vida regenerada, la vida que nace de la misericordia divina. Para eso había venido Jesús. La misericordia y el perdón siempre nos llenan de esperanza.
Nos miramos a nosotros y nos vemos, es cierto, envueltos en nuestras miserias, en nuestros problemas, en tantas y tantas carencias fruto de nuestra limitación o de nuestra debilidad, pero podemos comenzar una vida nueva, podemos comenzar algo nuevo. Nos invita hoy la Palabra del Señor a mirar hacia adelante. ‘Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?’, que nos decía el profeta. Siempre se pueden abrir caminos nuevos, pueden surgir esos ríos en la estepa de nuestra vida con la gracia que nos llena de fecundidad para las obras buenas. El Señor nos ofrece el agua viva de su gracia para apagar nuestra sed, para llenarnos de vida, para que comencemos también a hacer mejor nuestro mundo.
No caben ya los juicios ni las condenas; no podemos ya nunca más comenzar a tirar piedras de condenación a los demás. No podemos seguir mirando para detrás con desconfianza para mantenernos en prejuicios, ni para juzgar ni condenar ¿Quién soy yo para juzgar a mi prójimo? Nuestra misión al ir repartiendo misericordia es ir tendiendo las manos, no para tirar piedras, sino para ayudar a levantarse al hermano, ayudar a poner nueva ilusión en su vida rota porque es posible una vida distinta y mejor.
Nosotros hemos de ser también siempre los hombres y mujeres de la misericordia y del perdón porque de la misma manera que nosotros nos sentimos amados y perdonados por el Señor así hemos de hacer con los que están a nuestro lado. La Iglesia siempre tiene que mostrarse como la madre de la misericordia a imagen de Jesús que siempre cree y espera en el hombre nuevo que va a nacer del perdón que nos regala el Señor.
Que sepamos tender siempre las manos para dar ánimos a los que encontramos sin esperanza al borde del camino; tender siempre las manos para consolar a los que están tristes o con el corazón muy lleno de sufrimientos; tender manos cariñosas para hacer que todos se sientan queridos; tender manos y sonrisas que llenen de alegría y esperanza los corazones.
Lo que siempre tiene que vencer es el amor;  y con el amor la palabra buena, y el perdón y la comprensión, la alegría y la esperanza. De una cosa siempre podemos estar seguros y es que el Señor nos busca porque nos ama para regalarnos su misericordia y su perdón.

sábado, 9 de marzo de 2013


Un abrazo de amor y de perdón que nos enseña a ser misericordiosos

Josué, 5, 9-12; Sal. 33; 2Cor. 5, 17-21; Lc. 15, 1-3.11-32
‘Que el pueblo cristiano se apresure con fe viva y entrega generosa a celebrar las próximas fiestas pascuales’, pedíamos con la liturgia en este domingo. Nos apresuramos, llega ya el tiempo de la pascua, se anticipa la alegría de la pascua. La Palabra del Señor que se nos ha proclamado nos está invitando a anticipar ya esa fiesta y esa alegría. Todo nos invita a la fiesta, como contemplamos al padre de la parábola haciendo fiesta porque ha recobrado a su hijo.
Con ese entusiasmo seguimos dando nuestros pasos en este camino cuaresmal que ha de concluir en la fiesta grande de la Pascua. Ya se nos va manifestando ese rostro amoroso de Dios que nos ofrece el abrazo de su amor y su perdón. Para eso nos ha entregado a su Hijo y es lo que queremos celebrar y vivir. Pero esos pasos los vamos dando porque nosotros nos dejamos reconciliar, reencontrar con el Señor.
Un camino, como hemos venido reflexionando a través de toda la cuaresma, que se nos hace desierto, o que nosotros convertimos también en desierto cuando hemos querido hacer los caminos a nuestra manera alejándonos de la casa del Padre. La parábola del evangelio nos ofrece un hermoso mensaje. Primero que nada y fundamentalmente es el retrato del amor de Dios, pero nos está haciendo un retrato también de nosotros, de nuestra vida, de los caminos que hemos preferido escoger en tantas ocasiones.
Conocemos la parábola y las motivaciones para la parábola. La hemos escuchamos muchas veces y muchas veces también la hemos meditado, rumiado en nuestro corazón. Criticaban a Jesús porque dejaba que los publicanos y los pecadores se acercaran a El y comía con ellos; no es la primera vez ni será la única ocasión. Pero Jesús es la muestra del amor infinito de Dios, es el rostro del Padre misericordioso, aunque había tantos que no lo querían comprender. Siempre habrá puritanos que se creen ellos los justos y los únicos merecedores de todo; lo vamos a ver incluso en el trascurso de la parábola en alguno de sus personajes.
Por eso Jesús habla de ese hijo que se ha marchado y por allá anda desorientado y derrotado por los caminos de la vida. Se ha buscado sus propios desiertos de terror y soledad, cuando él pensaba que a su manera iba a encontrar el paraíso perdido, que solo él sabía encontrar la felicidad. Pero sus caminos le llevaron a la perdición y a la soledad más terrible. Lo expresa el hambre que pasaba, la situación en que vivía, a lo que tenía que dedicar al final su vida cuidando cerdos, cuando en verdad había tenido en sus manos lo mejor. Son desiertos duros, caminos intransitables; él se lo había buscado; desorientado del todo se encontraba perdido.
Pero desde el pozo de su soledad y de su miseria piensa que quizá pudiera encontrar una luz aunque fuera tenue y no fuera lo que antes tenía. ‘Cuantos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan mientras que yo aquí me muero de hambre. Me pondré en camino…’ Ya sé que no merezco llamarme hijo, pero iré a ver si me admite al menos como un jornalero. Lo que había sido un desierto duro para él en la soledad en que había caído le hizo recapacitar. Siempre podemos encontrarnos con nosotros mismos y desear la luz. Ojalá en esos momentos duros cuando estamos caídos en pozo hondo y oscuro de nuestra miseria fuéramos capaces de recapacitar.
Pero la luz lo estaba esperando. Temía encontrarse con el padre, del que consideraba que no merecía llamarse hijo - ‘he pecado contra el cielo y contra ti’ -, pero el padre lo estaba esperando. ‘Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió, y echando a correr se le echó al cuello y se puso a besarlo… celebremos un banquete, este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido, y lo hemos encontrado’.
‘Se levantó y se puso en camino adonde estaba su padre…’ Es el camino que nosotros hemos de hacer también. También muchas veces andamos desorientado y nos encontramos perdidos. Somos pecadores que de una forma o de otra nos hemos marchado de la casa del Padre. Se nos ha enfriado la fe o hemos dejado que el mal se hubiera metido en nuestro corazón. Pensábamos solo en nosotros mismos y queríamos hacer nuestros caminos sin contar con los caminos que Dios nos había señalado y trazado. Pretendemos tantas veces enmendar a Dios porque no queremos aceptar sus mandamientos como auténtico camino que nos lleva a la felicidad y a la plenitud y quisimos hacernos la vida a nuestra manera. Como aquel hijo que se marchó, que‘emigró a un país lejano y derrochó su fortuna viviendo perdidamente’, como decía la parábola.
Pero aquel hijo pródigo fue capaz de levantarse y ganó el amor del padre. El padre para quien lo importante no era la fortuna derrochada ni las cosas que se hubieran perdido, sino la persona, su hijo que estaba allí de vuelta. Sin embargo, allí estaba también el otro hijo, que parecía bueno y cumplidor, pero cuyo corazón sin embargo estaba maleado por el orgullo, la envidia, el mal querer y no quería aceptar a su hermano. Ni siquiera lo quiere considerar como un hermano. ‘Ese hijo tuyo…’ le dice a su padre, como si no fuera el padre de los ambos y los dos fueran hermanos. También estaba creando él una distancia con su padre aunque no se había marchado de casa, pero ahora  no quería entrar a la fiesta para recibir al hermano. No sé cual distancia sería mayor.
Si los fariseos y escribas murmuraban de Jesús porque comía con publicanos y pecadores, este hijo mayor de la parábola está haciendo de manera semejante porque no quiere encontrarse con su hermano al que considera poco menos que un maldito. No era capaz de alegrarse con su padre ni aceptar la misericordia y compasión que se desbordaba del corazón del padre. Había estado siempre junto a su padre pero da la impresión que nunca estuvo cerca porque su corazón estaba cerrado a la misericordia y a la compasión que derrochaba el amor del padre.
La reflexión se puede hacer larga porque son muchas las cosas que podríamos comentar y muchas las lecciones que podríamos sacar para nuestra vida. Tenemos que aprender lo que es el amor y la misericordia de Dios que es Padre bueno que nos ama y nos está ofreciendo el abrazo de su amor y su perdón, pero al mismo tiempo hemos de aprender a llenar también nuestro corazón de ese mismo amor y misericordia. De la misma manera tenemos que gozarnos cuando contemplamos a nuestro lado a otras personas que viven también esa paz nueva al sentirse amados de Dios y al sentirse perdonados; esto tiene que ser siempre un motivo de alegría para nosotros.
Cuando llegamos a gustar lo que es el amor que Dios nos tiene nos hemos de sentir contagiados de ese amor para vivir nosotros un amor igual. Ese amor y esa misericordia tienen que ser las actitudes y los valores más importantes que vivamos los que llevemos el nombre de cristianos. Misericordia y amor que hemos de expresar de mil maneras cada día con los que están a nuestro lado. Como hemos dicho en más de una ocasión así nos pareceremos más a Dios y así estaremos mostrando a cuantos nos rodean el rostro misericordioso de Dios.
Decíamos al principio de nuestra reflexión que nos apresurábamos a celebrar con fe viva las próximas fiestas pascuales; cuando ahora vamos sintiendo todo lo que es el amor y la misericordia que Dios tiene con nosotros, tiene también con tantos a nuestro lado estamos ya viviendo anticipadamente esa alegría de la pascua, porque estamos sintiendo que se va haciendo pascua en nosotros. Es lo que queremos vivir en cada Eucaristía cuando escuchamos la palabra del Señor, cuando nos alimentamos del Cuerpo y Sangre de Cristo entregado por nosotros, cuando vivimos en comunión honda y profunda con nuestros hermanos que caminan a nuestro lado.  

sábado, 2 de marzo de 2013


Nos descalzamos para ir al encuentro del misterio de Dios que nos envía a hacer anuncios de liberación

Ex. 3, 1-8.13-15; Sal. 102; 1Cor. 10, 1-6.10-12; Lc. 13, 1-9
Como música de fondo seguimos teniendo en este tercer domingo de Cuaresma el desierto, la soledad, el silencio, la montaña. Ya hemos venido diciendo que no hemos de rehuir el desierto ni la montaña, que no hemos de tener miedo a ese silencio y a esa soledad. Son un camino muy hermoso que nos harán profundizar dentro de nosotros mismos y nos llevarán a Dios. En ese silencio se cultivan las almas grandes,  capaces de grandes cosas, de grandes misiones, porque ahí tienen ocasión de ir a lo más hondo de sí mismos para encontrarse con Dios.
Siempre recuerdo desde hace muchos años a una persona a quien buscábamos y a quien deseábamos escuchar porque desde su sencillez sabia trasmitirnos hermosos pensamientos que nos llevaban a Dios. Era en un movimiento apostólico en cuyas reuniones siempre se buscaba su palabra y su reflexión. No era sino un simple cabrero, pero cuando le preguntábamos de donde sacaba aquellas reflexiones nos decía que del silencio y de la soledad cuando iba cuidando sus cabras por aquellos campos del sur de nuestra isla, entonces sin tanto desarrollo como ahora - lo conocí a principios de los setenta - y sí con muchos espacios abiertos que le facilitaban el silencio y la reflexión.
Hoy la Palabra de Dios nos ha hablado de ‘Moisés que llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar al Horeb, el monte de Dios’. Allí tiene una experiencia maravillosa y profunda de la presencia de Dios en su vida. Lo hemos escuchado, la zarza ardiendo sin consumirse, Moisés que se acerca preguntándose su significado y la voz que le llama por su nombre y la habla desde el cielo. ‘Quítate la sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado’.  Se siente inundado de la presencia de Dios. Y lleno de Dios se siente enviado a liberar a los israelitas de la opresión de Egipto.
Nos sentimos invitados nosotros a acercarnos al misterio de Dios en este camino de cuaresma que estamos haciendo. Nos sentimos invitados a mirar con una mirada nueva y distinta cuanto nos sucede o cuanto sucede en nuestro mundo al que tenemos también que dar una respuesta. Y es que con la mirada de Dios - Jesús nos enseña a ello - hemos de saber mirar nuestro mundo, ese mundo concreto en el que vivimos con sus problemas.
El Señor desde la zarza ardiendo le decía a Moisés que había visto la situación en que vivía su pueblo en Egipto y sus sufrimientos. Era necesario dar una respuesta. Por su parte, en lo que hemos escuchado en el evangelio, vienen a contarle a Jesús unos sucesos acaecidos en Jerusalén y en el templo con la represión con que habían obrado las autoridades romanas contra unos galileos. Y Jesús les hace mirar esas situaciones y esos problemas con una mirada distinta, porque han de ser una llamada a sus conciencias para un cambio de vida.
El Señor nos quiere enseñar a mirar también nuestra situación, los problemas que vivimos hoy en nuestra sociedad, la angustia y el sufrimiento de tanta gente por la situación social que vivimos en estos momentos, la desorientación de tantos que no saben quizá qué rumbo tomar en su vida, o la vida insulsa y frívola en que viven tantos otros porque solo se dejan llevar quizá por el momento presente o por lo más placentero.
¿Habrá una luz? ¿Habrá algo que pueda cambiar esa sociedad en la que estamos para darle una mayor profundidad, mayor plenitud a la vida? ¿Nos podemos desentender los cristianos dando por imposibles de resolver esas situaciones? ¿Qué tendríamos que hacer para despertar las conciencias dormidas, los corazones cerrados e insolidarios, o los espíritus ahogados por el vicio y por el mal?
Dios envió a Moisés a Egipto con la misión de liberar a su pueblo de aquella esclavitud. Jesús nos pide transformar nuestros corazones para que en verdad busquemos lo  verdaderamente es más importante. San Pablo nos dice que todas esas cosas suceden como para escarmiento nuestro, para hacernos pensar y reflexionar, para que vayamos en búsqueda del verdadero alimento espiritual de nuestra vida.
Es todo un misterio de amor el que se nos revela cuando nos acercamos a Dios para conocerle más. Pero algunas veces  nos es difícil conocerle y conocer ese misterio de amor en el que Dios quiere introducirnos para transformar nuestra vida y para que seamos capaces de ir también a ayudar a nuestros hermanos en esas situaciones difíciles en que se encuentran. Nos da miedo como Moisés que se tapó la cara temeroso de morir por alcanzar a ver a Dios. Pero no moriría porque Dios llenaba de forma nueva su vida y le confiaba una misión. Pero antes el Señor le pedía descalzarse.
¿Querrá significar algo esto que el Señor le pide? Sí, hemos de descalzarnos de nuestras ideas preconcebidas y nuestros prejuicios; hemos de descalzarnos de nuestros miedos y cobardías; pero hemos descalzarnos también de nuestras autosuficiencias y nuestros orgullos pensando que somos nosotros los salvadores de la humanidad; hemos de descalzarnos para sentir que Dios está con nosotros y que si recibimos una misión, si llegamos a hacer alguna cosa buena es porque Dios está con nosotros y no nos faltará su gracia, porque somos unos enviados de Dios y el Señor nos dice que está con nosotros.
Pensemos, sí, de cuantas cosas hemos de descalzarnos porque bien sabemos donde están nuestras limitaciones, nuestras rutinas, todas esas cosas en las que tropezamos una y otra vez. Hemos de descalzarnos para convertir de verdad nuestro corazón al Señor; hemos de descalzarnos para llegar a descubrir que si podemos llegar a dar frutos es porque en el Señor abonamos nuestra vida con su gracia y con humildad hemos de ir hasta El en los sacramentos que nos renuevan y nos fortalecen, nos alimentan y nos llenan de vida.
Jesús en el evangelio nos propondrá la pequeña parábola del hombre que venía a buscar fruto en su higuera, pero que, al no encontrarlo, aún la cavará una vez más y la abonará y regará para seguir esperando que llegue a dar fruto. Es lo que el Señor sigue haciendo con nosotros que tan remisos somos en tantas ocasiones para dar los buenos frutos que nos pide el Señor. Sigue ofreciéndonos su gracia, sigue iluminando nuestra vida con su Palabra, sigue alimentándonos con los sacramentos para que al final cambiemos, nos convirtamos a El y terminemos también por ir a los demás a llevar esa luz de la gracia que a todos ilumine.
En ese silencio que sepamos hacer en nuestro interior, allá en la soledad de nuestro corazón escuchemos la voz del Señor que nos llama y nos llama por nuestro nombre, porque así de personal es su amor; sintamos cómo el Señor viene a nuestra vida y nos está pidiendo la conversión de nuestro corazón; descubramos que si se nos revela este misterio del amor de Dios es para que nosotros vayamos a los demás para ayudarles a transformar sus vidas, a liberarse de tantas cosas que les oprimen allá en su interior y puedan encontrar la paz y la dicha de vivir en el Señor.

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Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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