Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

Amigos que entran a esta Casa de Paz. Gracias por estar aqui. Clikea en seguir y unete a nosotros

viernes, 30 de diciembre de 2011

Nos encontramos con María y celebramos a la Madre de Dios



Núm. 6, 22-27;
 Sal. 66;
 Gál. 4, 4-7;
 Lc. 2, 16-21
Los pastores fueron corriendo y encontraron a María, a José y al Niño acostado en el pesebre’. Seguimos encontrándonos con Jesús. Seguimos celebrando a Jesús. Seguimos celebrando el misterio de la Navidad. No nos cansamos en nuestra alegría y nuestra fiesta. No nos cansamos de dar gracias a Dios porque nos ha dado a su Hijo. Tanto es el amor que nos tiene que nos lo entregó.
Pero si todo se centra en Jesús en estos días – como tiene que ser siempre en la vida del cristiano que no tiene otro centro que Jesús y más en estos días de la Navidad – hoy miramos de manera especial a María. Nos encontramos con María, como aquellos pastores que corrieron a Belén para ver lo que les había anunciado el ángel del Señor. Es la madre del Niño recién nacido que lo acuna en sus brazos maternales, pero es que es la Madre del Señor, la Madre de Dios. ¡Cuánta maravilla!
Como nos sucede en nuestros comportamientos humanos cuando en nuestro entorno nace un niño, nos alegramos y nos festejamos en aquel nacimiento y vamos a ver al niño recién nacido, pero vamos también a ver a la madre, a felicitarla, a regalarla con nuestro aprecio, nuestro cariño y nuestras atenciones. Así la liturgia a los ocho días del nacimiento de Jesús, aunque no hemos dejado de contemplar a la madre en todo momento siempre al lado de Jesús, hoy de manera especial la Iglesia quiere festejarla, por eso, porque es la Madre de Jesús, porque es la Madre de Dios.
Como nos decía san Pablo ‘cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer (María), nacido bajo la ley… para que recibiéramos el ser hijos por adopción’. Qué hermoso lo que nos dice el Apóstol ‘nacido de una mujer’, por medio de María nos viene quien viene a hacernos hijos, a rescatarnos y a salvarnos, a regalarnos la vida de Dios.
Recordamos en la historia la alegría de los cristianos de Éfeso cuando en el concilio se declaró que siendo Jesús verdadero Hijo de Dios, María era verdaderamente la Madre de Dios. Se organizaron inmediatamente grandes desfiles procesionales y la gente se congregó para aclamar llena de alegría a la Teotokos, a la Madre de Dios. Es lo que hoy estamos celebrando.
Ahí está María, en silencio como ella sabe hacerlo, contemplando, meditando, guardando en su corazón todo cuanto está aconteciendo. En silencio seguirá cantando a Dios desde su corazón porque grandes son las maravillas que Dios está obrando en ella. No podemos pensar que aquel hermoso cántico de María cuando lo de la visita a su prima Isabel fuera sólo algo que saliera de su corazón en aquel momento, sino que hemos de reconocer que era el cántico permanente del corazón de María.
María estará desbordando su corazón de gozo en el Señor por cuanto sucede pero es que está viendo ante sus ojos aquello que proféticamente había proclamado en aquel canto del Magnificat. Se había fijado el Señor en su pequeñez y eso la había llevado a cantar al Señor. ‘Ha hecho el Poderoso obras grandes en mí; su nombre es Santo’, cantaba María. Pero es que ahora son los pobres, los pequeños, los humildes, los pastores de Belén los que han recibido la noticia del cielo y los que vienen alabando al Señor que así se manifiesta a los pequeños y los humildes.
‘Desplegó la fuerza de su brazo… y ensalzó a los humildes y a los pobres colmó de bienes’. Mucha gente importante podría haber en Belén en aquellos días o en la no tan lejana Jerusalén, pero será a los pastores a los que llevó la Buena Noticia el ángel del Señor. Son los pobres que son evangelizados, los pobres a los que llega la Buena Noticia. Así son las maravillas del Señor. ‘Y los pastores se volvieron dando gloria y alabanza al Señor por lo que habían visto y oído, todo como les habían dicho’.
Nosotros también queremos cantar al Señor con María y como los pastores de Belén. María nos enseña a cantar y bendecir al Señor. Y le damos gracias por cuantas maravillas hace el Señor con nosotros y en favor nuestro. No podemos dejar de bendecir al Señor. A nosotros que somos pequeños y humildes también se nos manifiesta el amor del Señor. Aquí estamos con nuestra pobreza, nuestras carencias y llenos de debilidades. El listado de nuestras flaquezas humanas sería grande al que tenemos que unir nuestros muchos pecados. Pero el Señor nos ama. El Señor a nosotros también nos está regalando su amor a través del amor de cuantos nos rodean. Sepamos ver la mano del Señor.
Y además el Señor nos ha regalado a María, su Madre, la Madre de Dios, que es también nuestra madre a la que queremos amar con todo nuestro corazón. María, la Madre del Señor que está ahí delante de nuestros ojos enseñándonos tantas cosas con su vida, siendo un estímulo grande en el camino de nuestra santidad y superación personal, pero que también nos está alcanzando la gracia del Señor con su poderosa intercesión maternal.
En la octava de la Navidad hoy estamos celebrando a María pero no somos ajenos al discurrir de la vida y de los tiempos en este día que es también el comienzo del Año. Es un día en que todos se felicitan y se desean lo mejor para el año nuevo. Es un día en que imploramos las bendiciones del Señor para nosotros y para nuestro mundo. Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros, como nos decía la bendición de libro de los Números, porque bien que necesitamos su favor y su gracia. No vamos ahora a hacer aquí un listado de cuantos problemas afectan a nuestro mundo que todos somos bien conscientes de ello, pero sí pedimos la gracia y la bendición del Señor para que los hombres tengamos la sabiduría de encontrar los caminos que nos conduzcan por caminos de luz, nos conduzca por caminos de paz y de progreso para todos para que nadie sufra, para que todos en verdad tengan una vida digna.
Este día primero del Año desde hace mucho tiempo que ha convertido en la Iglesia en una Jornada de oración por la paz. Es la paz anunciada por los ángeles en el nacimiento de Jesús porque para todos es la paz, porque todos somos amados de Dios. Como siempre el Papa nos ha enviado un hermoso mensaje para esta Jornada de la Paz con el título ‘educar a los jóvenes en la justicia y en la paz’.
No podemos detenernos aquí con todo detalle en dicho mensaje y solo entresacamos algunos párrafos. ‘La paz es fruto de la justicia y efecto de la caridad. Y es ante todo don de Dios. Los cristianos creemos que Cristo es nuestra verdadera paz: en Él, en su cruz, Dios ha reconciliado consigo al mundo y ha destruido las barreras que nos separaban a unos de otros (cf. Ef. 2,14-18); en Él, hay una única familia reconciliada en el amor. Pero la paz no es sólo un don que se recibe, sino también una obra que se ha de construir. Para ser verdaderamente constructores de la paz, debemos ser educados en la compasión, la solidaridad, la colaboración, la fraternidad…
«Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,9). La paz para todos nace de la justicia de cada uno y ninguno puede eludir este compromiso esencial de promover la justicia, según las propias competencias y responsabilidades. Invito de modo particular a los jóvenes, que mantienen siempre viva la tensión hacia los ideales, a tener la paciencia y constancia de buscar la justicia y la paz, de cultivar el gusto por lo que es justo y verdadero, aun cuando esto pueda comportar sacrificio e ir contracorriente.
A todos vosotros, hombres y mujeres preocupados por la causa de la paz. La paz no es un bien ya logrado, sino una meta a la que todos debemos aspirar. Miremos con mayor esperanza al futuro, animémonos mutuamente en nuestro camino, trabajemos para dar a nuestro mundo un rostro más humano y fraterno y sintámonos unidos en la responsabilidad respecto a las jóvenes generaciones de hoy y del mañana, particularmente en educarlas a ser pacíficas y artífices de paz’.
Que el Señor vuelva su rostro sobre nosotros y nos conceda su paz. María, Madre y Reina de la paz nos la alcance del Señor.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Creo




Creo en el Amor Puro
Creo en Cristo
Creo que si la siembra fue Amor aun cuando el mal quiera nublar el bien, Dios que ve en lo secreto ve el Amor.
Creo en la santidad
Creo que el bien triunfa
Creo en la transformación del mal por el bien

Aun cuando todo parezca un aparente fracaso
CREO
Creo que es posible recuperar lo SAGRADO
Creo que DIOS pone en el corazon deseos realizables, aquello que ya nos fue dado desde el primer dia que nos creo.
Creo firmemente en la osadia y la valentia mistica, en el goce de la contemplacion
Creo en el despojo y en el vaciarse como inicio de un renacer
Creo en la palabra como gracia y en el silencio profundo del AMOR
Creo que somos eternos aprendices
Creo en la espontaneidad del asombro adoratriz
Creo en DIOS CREADOR
Creo en el Hijo Redentor
Creo en el Espiritu SANTO DEL AMOR
Aletheia


Pido la divina inocencia, la pureza,la humildad .

Solo  los puros de corazón verán a Dios.


Adriana

Hoy viernes hacemos reparacion y desagravio por los ultrajes a CRISTO y su Iglesia.

Todo cristiano debería ser un alma reparadora, Jesucristo pide constantemente la reparación a través de almas privilegiadas.

¿Qué es reparar? Reparar es consolar el Corazón de Cristo y compensarle por los ultrajes que recibe constantemente y encima pedir misericordia por la persona o personas que le ofenden. El amor de reparación es semejante al que nos tiene Jesucristo que fue el Gran Reparador.

El Padre Eterno ama inmensamente a las almas reparadoras en las que ve un calco de su Unigénito. Estas almas sólo piensan en consolar a Jesús y lo quieren por puro amor. Se puede decir que es el amor perfecto hacia Dios.

Reparar los pecados ajenos sí, pero reparar también los nuestros. No se trata de pagar sino de reparar. Los encarcelados pagan condena por sus malas obras, pero no reparan porque reparar es ante todo amar.

Cuando un alma ruega por un pecador con deseo ardiente de que se convierta, el Sagrado Corazón encuentra en esta súplica reparación por la ofensa recibida y la mayor parte de las veces esta alma obtiene lo que pide, aunque sea en el último momento (Diario de Sor Benigna Consolata).

Pío XI y su encíclica Miserentisimus Redemptor (1928) nos dice que es de JUSTICIA y de AMOR expiar las ofensas hechas a Dios y es deber de todos compensarle por dichas ofensas. El deber de expiación incumbe a todo el Género Humano.

Pero si grande es buscar reparaciones propias, son más grandes aceptar las que Dios nos envía y sobre todo las que Dios nos inspira.

La Santa Misa es la mejor reparación que podemos ofrecer a Jesucristo y al Padre Eterno, siempre y cuando se asista con fervor.

sábado, 24 de diciembre de 2011



Aunque el tiempo metereológico estuviera hoy con densos nubarrones sin embargo hoy es el día en que más resplandece el Sol. Ya entendemos que no es el sol que brilla en lo alto del firmemente sino el Sol que nos ha venido de lo Alto y que ha brillado con luz divina incluso en lo más denso de la noche.
Todo nos habla hoy de luz. Todo resplandece con un nuevo resplandor. Entre nosotros ha nacido el que es la Luz verdadera que ilumina a todo hombre. Por eso en medio de la noche de Belén había resplandores de cielo, porque allí estaba el cielo, allí estaba Jesús recién nacido que viene a iluminarnos con su luz. Por eso la liturgia puede decir ‘hoy brillará una luz sobre nosotros porque nos ha nacido el Señor’.
Es lo que los ángeles anunciaban en la noche de Belén a los pastores. ‘Os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo: hoy en la ciudad de David nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y ahí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y costado en un pesebre’. Los pastores corrieron a Belén entre los resplandores del cielo mientras los ángeles cantaban la gloria de Dios y la paz para los hombres. Ya no necesitaban otra luz de luminarias de la tierra, porque les iluminaba la luz que venía del cielo y que se había posado en Belén. Y lo encontraron todo como les habian dicho los ángeles.
‘Ha aparecido la bondad de Dios, nuestro Salvador, y su amor al hombre’, nos dirá san Pablo. Se ha manifestado la gloria de Dios. ‘Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios… el Señor da a conocer su victoria’. Es el Señor, es el Rey, es el Mesías redentor que nos ha nacido, es el Salvador que viene a nosotros, es luz que viene a iluminarnos cuando tantas veces quizá rechazamos la luz, es el Hijo de Dios que se ha encarnado tomando nuestra naturaleza humana en el seno de María, es ‘la Palabra de Dios que se ha hecho carne y ha plantado su tienda entre nosotros. y hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’.
Y es que ‘en el misterio santo que hoy celebramos, Cristo, el Señor, sin dejar la gloria del Padre, se hace presente de un modo nuevo entre nosotros’, que decimos con la liturgia. Así pues, ‘la luz de la gloria de Dios brilló ante nosotros con un nuevo resplandor’. Dios se hace visible, Dios está entre nosotros. Dios se hace Emmanuel y así podremos podremos contemplar la gloria de Dios, así podremos conocer a  Dios. Nos llega la Palabra, se hace presente entre nosotros el Verbo de Dios que se nos revela, se nos da a conocer, nos habla con palabras divinas que se hacen humanas para que lleguemos a comprender todo el misterio de Dios que es Amor.
Ante el misterio de Dios que se  nos revela y se nos manifiesta no nos queda otra cosa que confesar nuestra fe. Nos postramos y adoramos. Reconocemos y damos gracias. Confesamos nuestra fe con alegría y convencimiento y nos sentimos renovados y transformados. Admirable intercambio que se realiza y nos llena de salvación. El Hijo de Dios ha tomado nuestra frágil condición humana para levantarnos, para elevarnos, para sobrenaturalizarnos al llenarnos de la vida de Dios. La gracia de Dios llega a nuestra vida y nos hace hijos en el Hijo, porque viene a traernos el perdón pero viene a regalarnos su vida.
Sí, es momento para detenernos ante el Misterio, contemplarlo, meditarlo, rumiarlo en el corazón. Cuántas consideraciones podemos hacernos, cuánto amor tenemos que sentir en nuestro corazón. No  nos podemos cansar de contemplar y meditar, de hacerlo vida y hacerlo oración. Es momento para ponernos ante aquel pequeño pesebre y contemplar allí al Hijo de Dios y cantar al Señor, y darle gracias, y gritar nuestra fe.
Y bien alta tenemos que confesar nuestra fe para que todos lleguemos a reconocer en verdad a Jesús y sepamos acoger su salvación. Tenemos que gritarla muy fuerte para que no haya confusiones y no cambiemos la navidad por lo que no es Navidad. Lo que estamos celebrando no es otra cosa que el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre. Tenemos que celebrar la verdadera navidad.
Por eso es día de dicha y felicidad, por cuanto nos regala Dios con su amor que nos entrega a su Hijo único. De ese amor Dios que así experimentamos en nosotros nace toda esa dicha y felicidad para que sea la más verdadera, la más profunda, la que nunca se acaba. Y, claro, nuestra dicha y felicidad tendrá que desbordarse para que alcance a los demás y todos puedan llegar a descubrir la salvación de Dios. Es importante para nosotros la navidad porque estamos llenándonos e inundándonos del amor de Dios. Por ahí tenemos que comenzar para celebrar una verdadera navidad. Qué lástima los que celebran fiestas de Navidad sin acordarse de Jesús, sin tener presente a Jesús.
Es la fiesta del amor de Dios que se desborda sobre nosotros y claro tenemos que hacerla la fiesta del amor, del amor compartido, del amor que desde Dios llevamos a los demás para que todos nos sintamos hermanos, para que aprendamos entonces a querernos con un amor verdadero, para que entonces encontremos la verdadera paz de los corazones. Por eso nos felicitamos, nos alegramos mutuamente, nos deseamos lo mejor que es amarnos y querernos, y sentirnos hermanos, y llenarnos de paz. Que no sean sólo palabras que se queden en buenos deseos de un día. Que no sean sonrisas forzadas u ocasionales de un día las que brillen en nuestros rostros, sino que reflejemos la alegría verdadera que llevamos en el corazón.
Todo esto que estamos contemplando, meditando, rumiándo en nuestro corazón y haciéndolo oración y alabanza al mismo tiempo nos compromete. Todo ese inmensa maravilla de amor que descubrimos no nos la podemos quedar para nosotros. Porque si a nosotros nos llena de alegría y de esperanza grande el misterio de la Navidad que estamos celebrando, por qué no trasmitir esa alegría y esperanza a cuantos nos rodean cuando sabemos cuantos son los que caminan llenos de sufrimientos y desesperanzas a nuestro lado.
Esa luz que nos ha iluminado tenemos que llevarla también a los demás. Tenemos que disipar tantos negros nubarrones que se abaten sobre nuestro mundo. Si decíamos al principio que para nosotros brilla de manera especial el sol hoy porque nos ha nacido el Salvador, que ese Sol ilumine también a los que nos rodean, ilumine y llene de esperanza a todo nuestro mundo.
Sí, el mundo está necesitando esa luz; hay muchos hambrientos de paz y de amor; mucha sed de la verdadera alegría hay a nuestro alrededor. En nuestra mano está esa luz, esa paz y ese amor, esa alegría verdadera. De nosotros depende, de nuestra forma de vivir nuestra fe, el que la puedan encontrar. Gritemos nuestra fe en Jesús al mundo para que todo puedan encontrar esa gracia y esa salvación.
Permítanme que termine esta reflexión con unos versos que he tomado prestados y que os sirvan como mi felicitación de navidad:

En Navidad Dios quiere nacer en ti
para iluminar tu vida
y ayudarte a ser luz para los demás.
Acoge este rayo de luz que llega hasta ti:
Viene en forma de ternura:
déjate llevar por ella.
Viene en forma de alegría:
camina a su lado y contágiala.
Viene en forma de paz:
ofrécela a todos sin distinción.
Viene en forma de comprensión:
que sea alimento de la acción.
Viene con sencillez:
no la busques en las cosas complicadas.
Viene como generosidad:
entrégate intensamente a los demás.
Viene como perdón:
repártelo a todos y sé puente de unión.
Viene como armonía:
deja que llene tu corazón.
Viene como gratuidad:
sé agradecido en toda ocasión.
En esta Navidad y siempre te deseo…
ojos para ver el Misterio,
manos para ser buen samaritano,
olfato para rastrear lo nuevo,
pies veloces para acercarte al hermano,
gusto para saborear lo bueno,
oídos para escuchar al que está a tu lado,
presencias que acompañen en la vida,
acontecimientos que te ayuden a madurar
y ser más humano,
entrañas de misericordia,
y una vida plena que ofrezcas como regalo.
¡Feliz Navidad!

viernes, 23 de diciembre de 2011

Una gran noticia: Nos ha nacido Dios, nos ha nacido el amor, nos ha nacido la paz



Ya la noticia se ha producido. Acabamos de escuchar su anuncio. Es la Buena Noticia, el Evangelio que esta noche se proclamó solemne por los ángeles en Belén; es la Buena Noticia, el Evangelio que se repite esta noche en todos los lugares del mundo. Mensajeros nos la habían ido anunciando y para este momento nos habíamos venido preparando; los profetas, Juan el Bautista, María nos habían poniendo las señales y nos habían ido señalando el camino que habíamos de recorrer.
‘Mirad que yo envío mi mensajero para que prepare el camino ante mí’, habían anunciado los profetas. El mensajero llegó finalmente preparando los caminos y quienes escuchaban el mensaje purificaban su vida con la conversión del corazón. Juan Bautista lo señalaba ya bien cercano, porque nos decía que ya estaba entre nosotros y habíamos de aprender a reconocerlo.
Ha llegado el momento en que la Luz ha comenzado a brillar con fuerza y la noche ya no es noche, porque las estrellas han dejado paso al Sol que viene de lo alto y que todo lo ilumina. ‘Os traigo una buena noticia, una gran alegría: nos  ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor’.
‘El pueblo que habitaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban en tierras de sombra y una luz les brilló’, había dicho el profeta. ‘La gloria del Señor los envolvió con su claridad’, y los ángeles cantaban a gloria. ‘Ha aparecido la gracia de Dios que nos trae la salvación para todos los hombres’ nos diría san Pablo para hablarnos del momento de la salvación, de la gloria, de la gracia que con Jesús nacía para todos nosotros.
Y nosotros también nos llenamos de alegría. Hoy es fiesta. Hoy es la fiesta grande del Nacimiento de Jesús. Todos se llenan de alegría y ya no sabemos ni cómo celebrarlo; tanta fiesta hacemos que hasta los que no terminan de creer en el Salvador también hacen fiesta. Todos nos contagiamos. Todos tendríamos que conocer bien la gran noticia, la Buena Nueva de Salvación que para todos nos llega. Tendríamos que saber contagiar de nuestra fe para que todos lleguen a descubrir la Luz verdadera que viene a este mundo y nos trae la salvación. Tendría que ser un compromiso de quienes hemos puesto toda nuestra esperanza en el Salvador que nos ha nacido.
La luz que esta noche brilla con tanto resplandor tiene que de verdad iluminar a todos los hombres. Las tinieblas de la desesperanza tendrían que desaparecer para siempre. Si escuchamos de verdad en lo  hondo del corazón esta gran noticia que se nos comunica tendrían que desaparecer para siempre tantas negruras que nos atormentan y nos hacen sufrir.
El Niño recién nacido que contemplamos esta noche entre las pajas de un pesebre o en los brazos de María es nuestro consuelo y nuestra fortaleza en nuestros sufrimientos y en nuestras debilidades; es nuestra vida y el que nos llena de paz que nos resucitará de tanta muerte y hará brotar en nuestros corazones nuevos sentimientos de entendimiento y de armonía para que sepamos entendernos y querernos, de humildad y de generosidad para saber ir al encuentro con los demás; es el que nos despierta para una vida nueva y pone en nuestros corazones gérmenes de paz y de amor para que llenos de esperanza y de ilusión todos comencemos a hacer un mundo nuevo.
Ese Niño recién nacido que es anunciado a los pastores como el Salvador, el Mesías y el Señor, es el Hijo del Altísimo encarnado en las entrañas de María para ser Dios con nosotros, para ser Emmanuel. El profeta lo había anunciado y el ángel así se lo comunicó a María en la Anunciación de Nazaret. ‘La Virgen concebirá y dará a luz un  hijo y le pondrá por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’, había dicho entonces el profeta. ‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo’, había anunciado el ángel.
No podemos olvidarnos. No podemos pensar en otra cosa ni darle otro nombre. Nuestra fiesta ya no es simplemente la fiesta del solsticio del invierno. El Sol que nos ha brillado con su luz no es una luz cualquiera, porque quien brilla entre nosotros es el Hijo del Altísimo, es el Hijo de Dios hecho hombre. No nos felicitamos por una fiesta cualquiera sino que nos felicitamos porque está Dios con nosotros. Nos felicitamos en el amor de Dios que se ha derramado sobre nosotros y nos trae la vida y la salvación. Nos felicitamos en el mundo nuevo de esperanza y amor que con Jesús nos ha nacido. Y esto tenemos que decirlo muy alto y muy claro para que no haya confusión.
Es navidad, es el nacimiento de Jesús, el Hijo de Dios lo que nosotros estamos celebrando y lo que tenemos que proclamar a los cuatro vientos. Es la fe que profesamos esta noche con rotundidad y es la fe que tenemos que trasmitir y contagiar a los demás. Nuestra alegría no es una alegría cualquiera. Es la alegría que nace de nuestra fe; es la alegría que nace del misterio que contemplamos y celebramos y que da sentido y valor a nuestra vida. Es el anuncio lleno de alegría que tenemos que llevar a los demás. Un anuncio alegre y entusiasta que nace del convencimiento de nuestra fe hasta contagiar a los demás.
Profesamos una fe que nos llena de esperanza para ver auroras de luz para nuestro mundo anunciadoras de tiempos mejores si en verdad nos disponemos a seguir a este Salvador que nos ha nacido. Por eso decíamos que las negruras tienen que desaparecer de nuestra vida y de nuestro mundo. Queremos celebrar la Navidad con tanto hondura y profundidad que ya nuestra vida tiene que ser distinta después de la vivencia de la presencia de Dios en medio de nosotros que experimentamos.
No puede ser una navidad cualquiera; no puede ser una navidad triste porque en el mundo haya problemas; tiene que ser una navidad llena de esperanza porque creemos que en Cristo es posible ese mundo nuevo y en el Niño recién nacido que contemplamos en Belén tenemos toda la fuerza de la gracia para nuestra lucha y para nuestro trabajo por hacer un mundo nuevo y mejor.
Es la gran noticia que esta noche recibimos, que nos llena de alegría y que nos pone en camino. Vayamos y comuniquemos a nuestro mundo que nos ha nacido un Salvador y que el mundo tiene ya esperanza, todos hemos de tener esperanza porque en Jesús nos nace un mundo nuevo que es el Reino de Dios.
Alegría, hermanos, que nos ha nacido Dios. Es nochebuena: nos ha nacido el amor, nos ha nacido la paz.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Nos ha llegado una carta del cielo


2Sam. 7, 1-5.8-12.14-16;

Sal. 88;

Rom. 16, 25-27;

Lc. 1, 26-38

Hay noticias que nos llenan de alegría, que nos sorprenden o nos aturden, por inesperadas, por la importancia de la noticia, por las repercusiones que pueden tener en nuestra vida, por el compromiso. ‘Te voy a dar una noticia’, nos dice alguien y nos quedamos ansiosos en la duda de lo que se nos va a comunicar. Recibimos una carta que no esperábamos, y, o la abrimos rápidamente a ver qué nos dice, o le damos vueltas y vueltas antes de abrirla y leerle temerosos quizá de lo que se nos puede decir o anunciar.

Hoy un ángel viene a traer una noticia a María. Grande tiene que ser la noticia cuando es tal el embajador que viene del cielo a traerla; algo extraordinario tiene que ser cuando comienza el ángel con tales saludos y alabanzas. ‘Alégrate, la llena de gracia, el Señor está contigo’. Grandioso tiene que ser para tales saludos y María se queda ensimismada ‘ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel’.

Porque poco menos que tiene que sacudirla el ángel para que quite sus temores. ‘No temas, María’, y ahora la llama ya por su nombre. ‘Has hallado gracia ante Dios’, y el ángel le anuncia que el Salvador va a venir, que el anunciado por los profetas y deseado de las naciones está al llegar, que el Mesías a hacerse presente en medio del pueblo que lo esperaba, que el Hijo de Dios se va a encarnar en sus entrañas.

‘Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús’. Se ha de llamar Jesús, porque es el Hijo de Dios y Dios le ha puesto ese nombre; se ha de llamar Jesús porque es Dios que salva, es Dios que se hace presente con su salvación. Es el Hijo del Altísimo. Es el Hijo de Dios. El Espíritu Santo vendrá sobre ti. Serás la Madre de Dios.

Y María sigue contemplando, meditando, rumiando aquella sorprendente noticia. ¿Quién es ella para merecer tal don? ¿Cómo podrá realizarse milagro tan grande? El Misterio de Dios que en su inmensidad llena el universo está inundando el corazón de María, y ella se sigue sintiendo pequeña para algo tan grande. El que no cabe en todo el universo porque todo lo desborda en su omnipotencia y en su omnipresencia se va a hacer presente en sus entrañas. Y ella es pequeña, es una humilde servidora, la esclava del Señor. ‘Hágase en mí según tu palabra’, es la respuesta de María. Es que no sabe decir otra cosa quien siempre ha vivido en las manos de Dios y de Dios se ha dejado ir haciendo. ‘Aquí está la esclava del Señor’.

Nos ha llegado a nosotros una carta del cielo. Una embajada se acerca también a nuestra vida. Para nosotros es también esa Buena Noticia que hoy escuchamos. Viene el Señor con su salvación tan esperada. También a nosotros se nos dice: ‘el Señor está contigo’. Nos llega el Salvador con su gracia y su perdón. ‘Has hallado gracia ante Dios’. Dios se hace presente entre nosotros, en nuestra vida, en nuestro mundo. El ángel también nos anuncia a nosotros la navidad. Es la gran noticia que escuchamos este domingo y ya la navidad está cerca.

Hay, sin embargo, un peligro: que no llegue a ser noticia para nosotros porque nos creamos que ya nos la sabemos; que ya no nos impacte ni nos sintamos soprendidos porque nos hemos acostumbrado o hemos hecho otra cosa de la navidad. Así nos irá entonces en la navidad que no puede ser en consecuencia la verdadera navidad. Es el gran peligro y la gran tentación de acostumbrarnos a las cosas que ya entonces no le damos importancia. Es el gran peligro y tentación de que la Palabra del Señor ya no nos diga nada, no llegue a ser para nosotros Buena Noticia. Algo nos estaría fallando.

Tenemos que aprender de María y dejarnos sorprender por la Palabra de Dios. Tenemos que aprender de María y llenarnos de su espíritu humilde porque sólo así Dios se nos revela y se nos manifiesta. Tenemos que aprender de María para saber abrir nuestro espíritu y nuestro corazón al misterio de Dios. Tenemos que aprender de María y aprender a rumiar en nuestro corazón las cosas de Dios que se nos van manifestando, aunque tengamos que hacernos preguntas, aunque no todo siempre lo entendamos. Tenemos que aprender de María y poner en juego toda nuestra fe para abrir los ojos y reconocer ese mensaje divino que nos anuncia que Dios está con nosotros, que para nosotros es también su gracia y su vida.

No podemos decir sin más, bueno, ya estamos en el cuarto domingo de adviento y el próximo fin de semana es navidad. Parecería que nos dejamos llevar por superficialidad de las cosas que se repiten sin más y no es para nosotros la gran Noticia, la Buena Noticia de que el Señor está cerca y viene a ser Dios con nosotros.

Lo hemos estado esperando; nos hemos ido preparando a través de todo el adviento para este momento. Mucho habremos reflexionado y orado. Somos conscientes de que el mundo necesita esta venida del Señor; hay tanto sufrimiento a nuestro alrededor, hay tantos problemas y agobios, hay tantas desesperanzas, hay tanta gente que ha perdido la ilusión y se siente sin fuerzas para luchar, hay tanta gente que camina como en tinieblas, o desorientados, o sin metas en la vida, hay tanta gente envuelta en las redes de la muerte y del pecado.

Necesitamos que venga el Señor con la salvación. Necesitamos esa luz que nos despierte y nos llene de nuevas esperanzas. Necesitamos esa fuerza espiritual que sea consuelo que nos reconforte en nuestros agobios o sufrimientos. Necesitamos esa vida nueva que sólo en el Señor podemos encontrar y que El viene a traernos. Seguimos orando al Señor pidiendo que venga y que venga pronto y transforme nuestros corazones para que se pueda transformar nuestro mundo.

Estos días en nuestros hogares estamos con muchos preparativos de muchas cosas porque queremos celebrar bien y con mucha alegría la navidad. Una de las cosas, de las bonitas costumbres de nuestros hogares que no deberíamos de perder, es el hacer nuestro Belén, nuestro portalico de Belén, que sea como un signo en medio de nuestro hogar del misterio que estamos celebrando. Allí en medio colocaremos a Jesús en su bendita Imagen, pero que sea signo de que en el portalico de Belén de nuestra vida coloquemos en verdad a Jesús. No una imagen, sino al mismo Jesús. Tenemos que hacer un nuevo portal de Belén bien significativo para cuantos nos rodean.

Que en verdad coloquemos a Jesús en el centro de nuestra vida para que nos ilumine con su luz, para que se despierten de nuevo nuestras esperanzas e ilusiones por algo nuevo y distinto, por un mundo nuevo que llamamos Reino de Dios. Que en verdad coloquemos a Jesús ahí en el centro de todo y nos demos cuenta de que nosotros tenemos que ser ese consuelo de Jesús para cuantos sufren a nuestro alrededor, que nosotros hemos de llevar esa fuerza y esa gracia del Señor a los que se sienten débiles o derrotados.

Que en verdad coloquemos a Jesús en el centro de todo porque llevemos la Buena Noticia de su evangelio de salvación a todos para que encuentren la gracia, el perdón, el amor y la paz que viene a traernos Dios. ‘El Señor está contigo’, el Señor está con nosotros. Que en verdad coloquemos a Jesús en medio de todo nuestro mundo para que hagamos la más hermosa navidad y nuestro mundo se sienta transformado por la presencia de Dios en medio de nosotros. Que sintamos en verdad que hemos hallado gracia ante los ojos de Dios.

Tenemos una hermosa tarea que realizar.

viernes, 9 de diciembre de 2011

Igual que Juan vayamos al mundo como testigos de luz para dar testimonio de Jesús


Is. 61, 1-2.10-11;

Sal.: Lc. 1, 46-54;

1Tes. 5, 16-24;

Jn. 1, 6-8.19-28

‘Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan, no era él la luz, sino testigo de la luz, venía como testigo para que por su testimonio todos vinieran a la fe’. Así nos comienza hoy el texto del evangelio. Allá en el desierto, junto al Jordán lo hemos contemplado en toda su austeridad, ‘vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura… se alimentaba de saltamontes y miel silvestre…’

Es la figura del profeta que repetidamente estos días contemplamos y escuchamos. Nos habla su vida, su austeridad, su penitencia, su humildad, sus palabras vibrantes que quieren despertar los corazones. Con toda su vida está siendo testigo que nos conduce a la luz, porque nos conduce a Jesús. Es el Precursor, el que viene antes, el que prepara los caminos, caminero de Dios, podríamos llamarlo.

A El acuden de todas partes porque se despiertan las esperanzas en la pronta venida del Mesías. De Jerusalén, de toda Judea, de la lejana Galilea acuden a escuchar su palabra y su invitación a la conversión. Como un nuevo Elías, con el espíritu y el poder de Elías, es la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. Y la gente se sumerge en el agua del Jordán para someterse a aquel bautismo de penitencia y purificación confesándose pecadores.

Se despiertan esperanzas, pero se despiertan interrogantes en los corazones. No todos quizá comprenderán aquello nuevo que está surgiendo allá en el desierto. No se debe apagar el Espíritu ni despreciar el don de profecía, como más tarde diría san Pablo y hoy también hemos escuchado. Pero surge la embajada enviada desde Jerusalén. ‘Los judíos – las autoridades religiosas – de Jerusalén enviaron sacerdotes y levitas a preguntar a Juan’.

Surge el interrogatorio. ‘¿Tú quién eres?... ¿eres tú Elías?... ¿Eres tú el profeta?... ¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han enviado. ¿Qué dices de ti mismo?... ¿por qué bautizas?’

Juan lo tiene claro. ‘Yo no soy el Mesías… no soy el profeta… Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino al Señor, como dijo el profeta Isaías’. Allí está la humildad del Bautista. El no es la Palabra, sino la voz que anuncia la Palabra que está por llegar.

‘Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis; el que viene detrás de mí, y al que no soy digno de desatar la correa de su sandalia’. Es el precursor que viene antes, que prepara los caminos. Jesús dirá de él que no ha nacido de mujer uno mayor que Juan, pero él no se considera digno de desatar la correa de su sandalia.

Cuánto nos está enseñando Juan con su austeridad, con su humildad, con sus gestos y actitudes, con su presencia allá en la orilla del Jordán. Viene a preparar caminos; viene a caldear los corazones; viene a ayudarnos a abrir nuestros oídos porque llega la Palabra. Nos grita, nos despierta, nos saca de nuestras modorras o nos abaja de nuestros pedestales.

El camino para ir hasta Jesús ha de ser un camino que pase también por la humildad, por la disponibilidad y la apertura de nuestro corazón y nuestra vida. Sólo así lo encontraremos porque es así también como se va a manifestar El, como le vamos a contemplar en Belén, y en los caminos de Palestina, y en el Calvario y en la Cruz.

Viene el que está ungido por el Espíritu del Señor, como decía el profeta, y por eso es el Mesías; viene a traernos una Buena Noticia - El mismo es esa Buena Noticia – que nos anuncia salvación, año de gracia, vida nueva, consuelo para los que sufren, paz para los atormentados en su corazón, liberación de todas las cosas que nos atan y esclavizan, amor que transforma los corazones para transformar el mundo.

Todo eso nos llena de gozo – es el domingo de la alegría en medio del camino del adviento por la esperanza que suscita en nuestros corazones con el anuncio de su cercana venida – y el profeta desborda de gozo y alegría en el Señor invitándonos a vestirnos también nosotros ese manto de triunfo, de alegría esperanzada. Por eso hemos cantado también en el salmo con el cántico de María proclamando la grandeza del Señor, la grandeza de su amor para con nosotros.

Todo esto nos está señalando claramente las cosas fundamentales que hemos de preparar para la venida del Señor. Porque hemos de hacer el camino. Nuestra esperanza nunca es pasiva. Recordemos lo que en otros momentos se nos dice de tener las lámparas encendidas en nuestras manos para esperar la llegada del Señor con suficiente aceite para que no se nos apaguen. San Pablo cuando nos invitaba hoy a la alegría nos decía también ‘sed constantes en orar. Dad gracias en toda ocasión: ésta es la voluntad de Dios en Cristo Jesús respecto a vosotros’. Y nosotros le gritamos, ‘marana tha, ven Señor Jesús… ven pronto, Señor, no tardes’.

Pero si el que viene lleno del Espíritu del Señor viene dar buena noticia a los que sufren, vendar los corazones desgarrados, anunciar la amnistía y la libertad a los cautivos para que se proclame el año de gracia del Señor, creo que nosotros hemos de convertirnos en signo de todo eso medio de nuestro mundo con tantos corazones rotos y divididos, con tanto sufrimiento y con tantas ataduras tan difíciles de romper. Por nuestra vida, por los que hacemos, por nuestras actitudes, por el amor que transpiramos en todo nuestro ser, tenemos que convertirnos en signos de esa gracia salvadora del Señor para nuestro mundo.

Juan fue un testigo de la luz, y con toda su vida vino a dar testimonio en medio de su mundo concreto. Nuestro mundo de hoy necesita de ese testimonio, necesita unos testigos. Es lo que tenemos que ser nosotros. Pensemos, por ejemplo, cómo todo el mundo celebra navidad a su manera un año y otro año y sin embargo no se produce la transformación y salvación que Jesús viene a traernos. Sigue nuestro mundo igual con los mismos sufrimientos y sin esperanza. Esto tiene que dolernos.

¿No tendremos algo de culpa nosotros, los creyentes, porque no damos suficientemente el testimonio valiente de Jesús por nuestra vida, por el amor que repartimos, por la paz que llevamos a los demás, por el compromiso por hacer un mundo más justo? Tenemos que hacer presente ese año de gracia del Señor. Tenemos que hacer más presente a Jesús. Si sentimos esa preocupación y ponemos nuestra parte entonces estaremos en verdad preparando los caminos del Señor. Algo, es cierto, vamos haciendo, pero nuestro compromiso tendría que ser mayor.

Estamos esperando con fe la fiesta del nacimiento del Señor, como decíamos en la oración, que lleguemos a celebrar la Navidad, fiesta de gozo y salvación, con alegría desbordante, porque en verdad sintamos que el Señor nace en nosotros y un poquito más en el mundo que nos rodea.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

María, la llena de gracia, la Inmaculada, la Purísima

Gén. 3, 9-15.20;

Sal. 97;

Ef. 1, 3-6.11-12;

Lc. 1, 26-38

Esta fiesta de la Virgen que hoy estamos celebrando, esta Solemnidad de la Inmaculada Concepción de María, es una de las fiestas más hermosas de la Virgen, más entrañables para el pueblo cristiano. A través del año son muchas las fiestas que en nuestro amor y devoción a la que es la Madre de Dios y nuestra madre vamos celebrando.

Celebramos su Maternidad divina origen y fuente podíamos decir de todo el misterio de María, o celebramos su Asunción gloriosa al cielo en Agosto que es fiesta muy querida y entrañable para el pueblo cristiano; celebramos su Natividad o la celebramos en las diversas advocaciones con que la honramos, la invocamos y la amamos según nuestros propios lugares o según también los sentimientos que afloran en nuestro corazón en honor de la Madre.

Pero esta es la fiesta de la Inmaculada, la fiesta de la Purísima, así sin más, y está surgiendo ahí en nuestro corazón nuestro amor de de hijos a Madre tan querida y tan preclara. Y la contemplamos toda pura, toda llena de radiante hermosura, con la belleza más original y más grande, como tantos artistas magistralmente nos la han querido plasmar en cuadros, en imágenes, en poesías y cantos.

La liturgia también se desborda en este día en todo el esplendor de sus imágenes y sus signos en los diversos textos que se nos ofrecen para cantar a María, para cantar con ella la gloria del Señor. No nos cansamos de intentar decir cosas bellas a la Madre y ofrecerle el más tierno y puro amor, como siempre todo buen hijo quiere hacer.

Qué no haría un hijo por su madre si en su mano estuviera el poderle dar lo más hermoso o adornarla con las más preciadas joyas. Es lo que quiso hacer Dios con la que iba a ser la Madre de Jesús, la Madre del Hijo de Dios encarnado, en fin de cuentas, la Madre de Dios. Si como consecuencia del pecado de Adán todos nacemos con la mancha del pecado original no iba a permitir Dios que quien iba a prestar sus entrañas para que el Hijo de Dios se encarnase haciéndose hombre para nuestra salvación, para vencer la muerte y el pecado naciera con esa mancha en su alma.

Es el misterio admirable y maravilloso que hoy en María estamos celebrando. En virtud de los méritos de Cristo Ella iba a ser preservada de todo pecado. ‘Porque preservaste a la Virgen María de toda mancha de pecado original para que en la plenitud de la gracia fuese digna madre de tu Hijo…’ cantamos en el prefacio para cantar la gloria del Señor y darle gracias. ‘Preparaste a tu Hijo una digna morada y en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado… la preservaste limpia de toda mancha de modo singular…’ repetimos una y otra vez en las diversas oraciones litúrgicas.

María, la llena de gracia, la que encontró gracia ante el Señor, como la saluda y le dice el ángel de la anunciación. ‘La virgen se llamaba María’, había dicho el evangelista cuando nos describe el cuadro donde se iba a realizar y hacer presentes las maravillas del Señor. Pero cuando el ángel la saluda de entrada no es ese el nombre que utiliza, sino que la llama ‘la llena de gracia’.

A todos los significados que los gramáticos puedan buscar en la etimología de María hay que añadir el significado que le da el ángel a su nombre, ‘la llena de gracia’. Luego sí le dirá, ‘no temas, María…’ porque tu eres la llena de gracia, porque ‘has encontrado gracia ante Dios’. Encontró gracia ante de Dios y se inundó de Dios, ‘el Señor está contigo’, le sigue diciendo el ángel. Tan llena de Dios que está inundada del Espíritu Santo para hacer que de Ella nazca Dios hecho hombre. ‘La fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra… y el Santo que va a nacer, se llamará Hijo de Dios’. Es el misterio de Dios que nos describe el evangelista y tantas veces hemos escuchado y meditado.

Si Dios así la reviste de toda gracia y hermosura, gracia que va a brillar en su fe y en su amor, en su alma siempre dispuesta para Dios y en su corazón siempre rebosante de amor para amar y para servir, hasta hacer posible que todos quepamos en su corazón de Madre cuando el mismo Dios nos la regala, cómo no vamos nosotros también a piropearla con nuestro amor, a cantar los cánticos más bellos para María, cómo no vamos a alegrarnos con la alegria más grande y más pura en su fiesta como hoy lo hacemos. Ya quisiera ser músico y poeta para cantar las más hermosas melodías en su honor o entonar los más bellos cánticos y poemas.

Pero es que además en el espejo de María hemos de mirarnos, como se miran siempre todos los hijos que quieren imitar a su madre. ‘Comienzo e imagen de la Iglesia, esposa de Cristo, llena de juventud y de radiante hermosura’, le dice la liturgia en el prefacio. La belleza del corazón de María, la belleza de la santidad de María es el espejo donde hemos de mirarnos porque ahí nos está señalando el camino de santidad y de gracia que nosotros hemos de recorrer también; ahí estamos contemplando la santidad de María que es el vestido con que nosotros nos hemos de vestir, o el molde en el que nos hemos de meter para formarnos a imagen de María.

María, la primera redimida, porque en previsión de los méritos de Cristo, su Hijo, fue preservada del pecado, va delante de nosotros señalándonos el camino, diciéndonos con su santidad que es posible hacer ese camino de seguimiento a Jesús si somos capaces como ella de plantar en nuestro corazón y en nuestra vida la Palabra de Dios. ¿No recordamos lo que diría Jesús que quien escucha la Palabra de Dios y la pone en práctica ese es su madre y su hermano y su hermana? Ahí lo tenemos, ahí tenemos a María delante de nosotros enseñándonos, si nos parecemos a ella, cómo hemos de saber acoger la Palabra de Dios en nuestro corazón.

Ahí camina María delante de nosotros con esa disponibilidad total de su corazón para amar y para servir haciéndose la última y la esclava de todos como luego Jesús nos enseñará en el evangelio que quien se hace el último y el servidor de todo ése será el más grande en el Reino de los cielos. Transformemos nuestro corazón a imagen del corazón de María para que así siempre esté lleno y rebosante de amor. Tengamos los ojos de María para ver con mirada nueva e ir descubriendo en cada momento donde hemos de poner todo nuestro amor como ella lo hacía. Y así, una a una, vayamos copiando todas sus virtudes, vayamos revistiéndonos de su santidad, llenándonos de la gracia del Señor.

Cantemos al Señor que ha hecho maravillas en María. ‘Cantad al Señor un cántico nuevo que ha hecho maravillas’, que decíamos en el salmo. Cantemos y bendigamos al Señor que en Cristo nos ha bendecido también a nosotros con toda clase de bendiciones espirituales y celestiales, como decía san Pablo en la carta a los Efesios. Bendecimos a Dios que nos ha elegido y nos ha llamado para que seamos santos e irreprochables en el amor, pero que nos ha dado a María como el más sublime ejemplo y modelo de amor, de gracia, de santidad, porque nos la ha dado como Madre.

Es la fiesta de la Purísima, de la Inmaqculada y al contemplar la santidad de María nos sentimos impulsados a vivir una santidad igual. A María celebramos, a María la bendecimos y la invocamos, a María le pedimos que sea siempre esa madre buena e intercesora que nos alcance esa gracia del Señor. Ella era la ‘llena de gracia’, - y también ese tendría que ser nuestro nombre si imitáramos más a María – ‘la llena de gracia’ que se dejó inundar por el Espíritu divino, que nos ayude, que nos enseñe cómo llenarnos de esa gracia del Señor, cómo dejarnos inundar por el Espíritu de Dios, cómo tener esa disponibilidad y esa fe en nuestro corazon para sentir que también siempre Dios está con nosotros.

sábado, 3 de diciembre de 2011

Consolad a mi pueblo… hablad al corazón… aquí está vuestro Dios



Is. 40, 1-5.9-11;

Sal. 84;

2Pd. 3, 8-14;

Mc. 1, 1-8

Hay ocasiones, que por las cosas que nos suceden, el estado de ánimo en que nos encontremos o los fracasos o adversidades que vamos sufriendo en la vida, pareciera que nada nos pudiera servir de consuelo. Nos podemos encontrar desalentados o haber perdido la esperanza, las cosas no son de nuestro agrado o nos sentimos abrumados quizá por lo que hayamos hecho, en nuestro agobio y desesperanza lo podemos ver todo negro y parece que la esperanza se hubiera perdido. Hemos de reconocer que nos encontramos gente a nuestro lado que han perdido así la esperanza y nos pudiera suceder a nosotros también en ocasiones.

Sin embargo y a pesar de todo esto, la Palabra que hoy escuchamos es una palabra de esperanza y de consuelo. Así ha comenzado el profeta precisamente. ‘Consolad, consolad a mi pueblo, dice nuestro Dios; hablad al corazón de Jerusalén, gritadle, que se ha cumplido su servicio y está pagado su crimen…’

Este es el alegre y esperanzador anuncio profético para el pueblo sometido a cautividad en Babilonia y al que se le abren las puertas para que pueda volver a su tierra y reconstruir Jerusalén y el templo del Señor. Es tal la alegría y la esperanza que no habrá valles ni montañas ni desiertos que se interpongan o puedan obstaculizar su camino hacia la libertad. ‘En el desierto preparadle un camino al Señor, allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale…’

Para nosotros ya no es sólo la palabra de esperanza dicha para aquel pueblo en aquellas circunstancias de retorno después de la esclavitud, sino que son palabras llenas de profecía que se han hecho realidad en quien iba a ser el precursor del Mesías y se iba a convertir en el heraldo y mensajero que preparase los caminos del Señor. La figura del Bautista aparece ya en este segundo domingo de Adviento con la profecía de su vida y sus palabras.

Será lo que el evangelista recordará ya desde el inicio del relato del evangelio para recordarnos y señalarnos al Bautista. Estamos en el inicio del evangelio de Marcos. ‘Yo envío mi mensajero delante de ti, para que te prepare el camino – recuerda la profecía de Isaías -. Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos’. Y nos habla de Juan el que desde la penitencia y la austeridad de vida predicaba junto al Jordán y bautizaba a los que confesaban sus pecados para preparar la inminente venida del Mesías.

Pero nosotros podemos decir aún más, porque son también palabras que nos despiertan a la esperanza en el momento presente invitándonos también al consuelo y a la alegría porque el Señor viene a nuestra vida iluminando nuestra vida y transformando nuestro corazón. Sí, hay esperanza para nuestra vida; un faro de luz se enciende también para nosotros porque nos llega el consuelo de Dios, la salvación de Dios. Bien que lo necesitamos desde todos los aspectos de la vida, ya sea lo social que vivimos, ya sea también en la situación espiritual en que nos encontramos.

Se tienen que disipar también las tinieblas del desaliento y la desesperanza con las que envolvemos tantas veces nuestra vida y de ninguna manera podemos dejar que las negruras del fracaso o del mal nos envuelvan el corazón. No nos podemos dejar abatir por los agobios de los problemas que en la vida nos quieran atormentar. Con la venida del Señor todo lo vemos distinto y lleno de luz, prometedora de vida nueva. Con la venida del Señor necesitamos también en la vida de la Iglesia ese ánimo, ese consuelo y esa esperanza porque muchas veces también nos sentimos acobardados y no damos el testimonio claro que tendríamos que dar.

Viene también para nosotros la salvación; llega a nuestra vida la gracia redentora y trasformadora que nos hace un hombre nuevo lleno de vida nueva. El perdón que el Señor nos trae con su salvación nos llena de paz y renace la verdadera alegría en nuestro corazón. ‘Mirad, el Señor Dios llega con poder… viene con El su salario y su recompensa lo precede… está pagado su crimen, pues la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados’.

Es la salvación que nos trae Jesús. Es el regalo de su amor y de su perdón. Ya no nos sentiremos hundidos más porque tenemos la confianza del amor del Señor. Qué gozo y qué consuelo. Es que, como nos decía san Pedro, ‘nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia’, que esté lleno de la santidad verdadera y de la gracia que con el perdón nos trae la paz.

Pero esa invitación a la esperanza, esa palabra de alivio y de consuelo es palabra también comprometedora. Es palabra de exigencia para nuestra vida, porque si así vislumbramos la salvación que el Señor nos ofrece en su venida, hemos de vislumbrar también ese sentido de vida nueva que hemos de darle a nuestra existencia. Es palabra, entonces, que nos interroga por dentro, que nos hace reflexionar, que nos invita y exige que le demos nuevos rumbos a nuestra vida. Es llamada a la conversión.

Juan predicaba allá en el desierto junto al Jordán para que se convirtiesen al Señor. Era la voz que grita en el desierto para preparar los caminos del Señor. Es la voz que nosotros escuchamos también en nuestro corazón para ponernos en un nuevo camino. Aquello que anunciaba el profeta para los que volvían a Jerusalén donde no habría ni desiertos ni montañas, ni valles, ni colinas que se interpusiesen en su camino, es lo que ahora también hemos de hacer nosotros.

Reconstruimos nuestra vida con la gracia del Señor, enderezamos lo que está torcido en tantos caminos no rectos por los que nos hemos dejado llevar; igualamos y mejoramos lo escabroso de las violencias que tantas veces nos arrastran al enfrentamiento y a la lucha de los unos contra los otros para hacer que sea siempre sólo el amor lo que dé sabor y sentido a nuestra vida; allanamos los valles y montañas de los orgullos que habíamos dejado meter en nuestro corazón, para vivir ahora en la humildad, sencillez y austeridad; queremos que nuestra vida sea una calzada hermosa para nuestro Dios, para que Dios sea en verdad el Rey y Señor de nuestra vida, porque en fin de cuentas es lo que queremos aceptar, el Reino de Dios en nuestra vida.

Hemos sido bautizados no ya sólo con agua porque queramos hacer penitencia de nuestros pecados, sino con agua y con el Espíritu, que ha purificado nuestro corazón para hacer surgir en él la nueva vida de los hijos de Dios. ‘Yo os he bautizado con agua, decía Juan el Bautista, pero El os bautizará con Espíritu Santo’.

Es importante este segundo paso que damos en el camino del Adviento. Con la esperanza que se aviva en nuestro corazón tendríamos que sentirnos distintos, con mayor alegría, con mayor empuje y compromiso, con una ilusión renacida por hacer ese mundo nuevo. Y ante tanto desaliento que vemos a nuestro alrededor por toda la situación que vive hoy nuestra sociedad, nosotros tenemos que sembrar con nuestras actitudes, con nuestra alegría y entusiasmo semillas de esperanza. La fe y la esperanza de nuestra vida nos comprometen con el mundo en que vivimos y nos comprometen también dentro de nuestra Iglesia.

Como decía el profeta, y nos lo dice a nosotros también, ‘súbete a un monte elevado heraldo de Sión; alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala, no temas, di a todo el mundo que te rodea: Aquí está nuestro Dios. Mirad, el Señor Dios llega con poder… como un pastor que apacienta el rebaño, su brazo lo reúne…’ Con nuestra vida, con nuestro testimonio tenemos que ser testigos y anunciadores de esa esperanza.

viernes, 30 de septiembre de 2011

¿Qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?



Is. 5, 1-7;

Sal. 79;

Filp. 4, 6-9;

Mt. 21, 33-43

‘Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: Escuchad otra parábola…’ Hemos de reconocer que esta parábola que hoy Jesús nos propone nos resulta dura en su contenido. Es, podríamos decir, un camino de infidelidad y de muerte. Tiene incluso una resonancia pascual en el hijo que empujaron fuera de la viña y mataron.

Pero aún así tiene el hermoso trasfondo del amor que aquel propietario tenía a su viña y por la que tanto había hecho. Por eso la liturgia de la Iglesia nos la propone al mismo tiempo que en la primera lectura nos ha ofrecido el canto de amor del amigo a su viña que bien entendemos que es el canto de amor que Dios hace por su pueblo, el canto de amor de Dios por el hombre su criatura preferida.

‘Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña. Mi amigo tenía una viña en fértil collado. La entrecavó, la descantó, y plantó buenas cepas; construyó en medio una atalaya y cavo un lagar… ¿qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?... la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel; son los hombres de Judá, su plantel preferido…’

La viña del Señor de los ejércitos somos nosotros el pueblo del Señor… su plantel preferido, los que somos los elegidos y amados del Señor. Nos lo tenemos que repetir. No nos podemos cansar de meditarlo, de rumiarlo en nuestro corazón. Lo hemos hecho muchas veces, hemos reflexionado mucho sobre el amor que Dios nos tiene, pero no siempre es lo suficiente.

Decíamos antes que era dura la parábola y que es un camino de infidelidad y de muerte. Es el camino de nuestras infidelidades, el camino de nuestras respuestas negativas; el camino tantas veces recorrido de nuestro olvido de Dios; el camino que queremos recorrer a nuestra manera porque en nuestro orgullo o autosuficiente no soportamos que nos señalen lo que tenemos que hacer; el camino lleno de debilidades, de abandonos, de cansancios, de rutinas que tantas veces hacemos y vivimos.

Pero como tantas veces hemos contemplado también está la llamada incansable que Dios una y otra vez nos hace; está el amor paciente de Dios que siempre espera que cambiemos y demos una buena respuesta. Aquel propietario envió una y otra vez a sus servidores a percibir los frutos de aquella herencia que había confiado a aquellos labradores.

Cuando hacemos una lectura de la parábola viendo en ella reflejada toda la historia del pueblo de Israel recordamos a los profetas y a tantos hombres de Dios que el Señor fue suscitando en la historia de su pueblo que les recordaban la Alianza y les invitaban una y otra vez a renovarla en fidelidad en sus corazones. Profetas rechazados, profetas no escuchados, profetas los que hacían oídos sordos en su infidelidad y su pecado. Por eso esas palabras duras del final de la parábola ‘hará morir de mala muerte a esps malvados y arrendará la viña a otros labradores que le entreguen los frutos a sus tiempos’ tenían que resonar fuertes en aquellos a los que Jesús directamente estaba dirigiendo la parábola.

Allí estaba aquel hijo rechazado, maltratado, arrojado fuera de la viña y que al final mataron. Hay un anuncio pascual porque Jesús está haciendo un anuncio de lo que iba a ser su muerte. Rechazado por los principales del pueblo moriría fuera de la ciudad en el horrible tormento de la cruz. Era la piedra rechazada pero convertida en piedra angular.

Cita Jesús el texto de la Escritura: ‘No lo habéis leido en la Escritura? La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente’. No quisieron contar con Jesús pero Jesús es la piedra angular de la historia y del hombre. Jesús se convierte desde lo alto de la cruz en su muerte redentora en el eje y el centro de toda la humanidad. Es la piedra angular, es el centro y el fundamento del hombre y de la historia; es el sentido último de nuestra vida y de toda nuestra existencia.

Por eso la lectura que nosotros tenemos que hacer de la parábola no es sólo fijándonos en lo que Jesús quería decirle a su pueblo, sino en lo que Jesús quiere decirnos a nosotros. Ya dijimos, somos esa viña del Señor, ese plantel preferido del Señor. Queremos dar frutos. Queremos responder a tanta llamada de amor, a pesar también de nuestras debilidades y flaquezas. Queremos que en verdad sea la piedra angular de nuestra vida porque El es nuestra Salvación y lo es todo para nosotros.

Pero sí esta parábola puede ser una llamada de atención, un despertarnos de las modorras en las que podemos caer a veces. Una invitación a reconocer cuanto ha hecho y sigue haciendo el Señor por nosotros. ‘¿Qué más podría hacer por mi viña que yo no lo haya hecho?’ nos pregunta también a nosotros y cada uno miremos nuestra historia personal así como la historia de nuestro pueblo, de nuestra Iglesia, de nuestra comunidad y lo que también nosotros podríamos y tendríamos que hacer.

Y aquí podemos pensar en que somos trabajadores de esa viña del pueblo de Dios que el Señor ha puesto en nuestras manos. En esa Iglesia a la que pertenecemos, en esa comunidad en la que vivimos y alimentamos nuestra vida cristiana, ahí donde hacemos nuestra vida y convivimos diariamente tenemos una tarea que realizar, un testimonio que dar, una manera distinta de hacer las cosas en nombre de nuestra fe y de nuestro amor cristiano. En nuestra diócesis se nos está llamando a ser verdaderos discípulos pero también misioneros de nuestra fe en medio de nuestros hermanos y no podemos cerrar los ojos ni los oídos para desentendernos de esa tarea.

No podemos cruzarnos de brazos cuando tanto hay que hacer en nuestro mundo. No podemos encerrar el tesoro de la fe sólo para nosotros cuando el mundo que nos rodea necesita tanto de esa luz de la fe. No podemos desentendernos de los problemas de los demás cuando tanto sufrimiento hay a nuestro alrededor y es necesaria tanta solidaridad para mejorar la situación de todos pero también para hacer un mundo más humano y más fraterno.

Por eso esas palabras finales también son un toque de atención para nuestra vida. ‘Os digo que se os quitará a vosotros el reino de los cielos y se dará a un pueblo que produzca sus frutos’. Esa viña del Señor que es nuestro mundo necesita de nuestro amor, de nuestra solidaridad, de la luz de nuestra fe para que todos puedan vislumbrar que son amados del Señor.

Aqui puedes leer mas mensajes del Movimiento.

Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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