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Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 27 de abril de 2013


El amor nuevo que nos pide Jesús y que es nuestro distintivo

Hechos, 14, 21-27; Sal. 144; Apoc. 21, 1-5; Jn. 13, 31-35
No es posible creer en Dios-Amor y seguir atrapado en la telaraña de nuestros egoísmos y mezquindades. Sólo quien es amado y se siente amado es a su vez capaz de amar. Quienes hemos vivido en toda su intensidad el misterio pascual de Cristo no podemos menos que amar y amar en el estilo y la manera de cómo nosotros hemos sido amados. Y nosotros seguimos celebrando la Pascua.
Hemos escuchado en el Apocalipsis: ‘El que estaba sentado en el trono dijo: lo hago todo nuevo’. Es el fruto más brillante de la pascua. Un mundo nuevo tiene que surgir de la pascua. ‘Un cielo nuevo y una tierra nueva, el primer cielo y la primera tierra han pasado…’ Es el amor nuevo que hemos de vivir y que nos ha de distinguir para siempre. El amor será el carné de identidad de los cristianos porque es signo concreto de una fuerza misteriosa inaccesible al ser humano: la fuerza del amor de Dios que se revela en su Hijo Jesús.
Es el mandato de Jesús que hoy le escuchamos en el evangelio. Un mandamiento nuevo,  nos dice. Mandamiento nuevo, ¿por qué? El amor está impreso en el corazón del hombre, podríamos decir, desde su misma naturaleza humana, desde su misma humanidad. Un amor que nos hace entrar en relación con nuestros semejantes en la que el ser humano se afianza a sí mismo en una relación mutua buscando armonía y entendimiento para alejar de sí aquello que le pudiera destruir, si todo lo basáramos en un enfrentamiento y en una lucha. Por el mismo amor a la vida el ser humano buscará ese entendimiento en el amor para evitar su destrucción. Por eso podemos decir que está impreso en el ser más intimo del hombre, de la persona, aunque pudiéramos dañarlo desde intereses que solo le hicieran mirarse a si mismo y nos pudiera volver egoístas. 
En la medida en que Dios se va revelando a la humanidad nos va revelando también la grandeza del ser humano construido desde el amor. El mandamiento del amor desde lo que es la voluntad del Dios está patente y claro también en el Antiguo Testamento porque ya los diez mandamientos nos enseñan a buscar el respeto y el valor de toda persona y en consecuencia el amor, nacido desde ese amor de Dios que expresamente se manifiesta en lo que es la historia de la salvación en el antiguo pueblo de Israel, en el Antiguo Testamento.
El mandamiento, pues, de amarnos los unos a los otros no es nuevo en sí mismo, sin embargo Jesús nos dice que nos da un mandamiento nuevo que es el amarnos los unos a los otros. ¿Dónde está la novedad? podríamos preguntarnos. La novedad está en la manera cómo ha de ser ese amor, porque Jesús nos dice que hemos de amarnos como El nos ama a nosotros. Esa es la novedad y esa es la Buena Noticia. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros’. Y como nos dice a continuación esa será la señal por la que nos reconocerán como discípulos de Jesús.
Mandamiento nuevo del amor porque constituye el único y radical compromiso de la Alianza nueva y eterna instaurada por Jesús en su entrega suprema de amor; mandamiento de amor recíproco - amarnos los unos a los otros - porque ya para siempre nadie será superior al otro porque además todos necesitamos del amor del otro.
Pero mandamiento nuevo del amor porque se funda en el amor de Jesús - ‘como yo os he amado’, nos dice - que es el modelo supremo de nuestro amor. ‘Si yo el maestro y el Señor os he lavado los pies, así debéis lavaros los pies los unos a los otros’, nos diría al principio de la cena pascual después de haber realizado el signo.
El amor que nos está pidiendo Jesús que nos tengamos tiene unas características muy precisas y hermosas, tenemos que reconocer. Será un amor generoso, rompedor de límites, gratuito, misericordioso, liberador y que nos hace entrar en una nueva comunión con resplandores y anuncios de plenitud y de eternidad.
Un amor que no tiene limites a la hora de dar ni de darse, que sabe esperar siempre y siempre dispuesto a comprender y a perdonar; un amor que nos hace humildes y sencillos para abajarnos siempre y ponernos en la actitud del servicio desinteresado; un amor generoso que ama a todos porque nadie se considerará ya un enemigo, y que llega a todos, al cercano y al lejano, al amigo de siempre y al desconocido.
Será un amor gratuito que ni se fija en méritos ni busca méritos ni recompensas sino que siempre será gracia - gratuito - como lo es la gracia del Señor que envía la lluvia o hace salir el sol sobre malos y buenos, sobre justos o injustos; un amor que se hace extraño en un mundo de intereses y de búsquedas de recompensas, donde todo se paga o se compra, pero que actúa entonces en la sintonía de Dios, mucho más hermosa que todas nuestras interesadas sintonías humanas.
Será un amor entrañable, como entrañable es la ternura y la misericordia de Dios como se nos refleja en el pastor que busca la oveja perdida o el padre que espera siempre con un corazón lleno de ternura tanto al hijo pródigo que se marchó como al hijo orgulloso que se quedó en la casa del padre para sentirse superior sobre su hermano. Es un amor siempre dispuesto a perdonar no una sino hasta setenta veces siete porque siempre ve en el otro un hermano y no será capaz nunca de tirar la primera piedra del juicio y la condena porque primero reconoce su debilidad y su propio pecado.
Será un amor liberador, porque amando de verdad nos liberamos de tantas cosas que nos atan por dentro, pero que será siempre una mano tendida al hermano para levantarlo, para restablecerlo en su dignidad, para ayudarle a caminar, para hacerle sentirse nuevo porque se sentirá querido y amado, comprendido y perdonado.
Será un amor que nos hará entrar en una relación nueva con el otro que es algo más incluso que un compartir solidariamente o una amistad, porque será empatizar desde lo más hondo con el otro para saber vivir una nueva relación de comunión, una nueva relación que nos hará saber comulgar también con el otro para amarlo desde lo más profundo, sea quien sea.
Y será un amor permanente, un amor que no desfallece ni se agota ni por el paso del tiempo ni por los contratiempos que puedan surgir, porque será un amor a la manera del amor que el Señor nos tiene que siempre es fiel en su amor por nosotros; un amor que nos abre a horizontes de plenitud y de eternidad porque nos hace participar del amor eterno e infinito de Dios.
Un amor nuevo, un amor distinto es el amor que nos pide Jesús y que nos enseña a vivirlo con su propio amor. Un amor de lo más humano pero también de lo más divino; un amor humilde, servicial, misericordioso; un amor que es paciente y que llena de esperanza; un amor delicado y fuerte, comprensivo y exigente; un amor que comparte el dolor y la alegría, un amor que sana y que libera; un amor que nos hace entrar en la más profunda comunión con el hermano y que nos acerca a Dios, al mismo tiempo que hace presente a Dios. Un amor que se alimenta en el amor de Dios y que al mismo tiempo se hace ofrenda y sacrificio porque en el amor - ahí está lo que es el amor y la entrega de Jesús - el mundo va a encontrar salvación.
‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. Es la señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos…’ ¿Se nos reconocerá por ese amor?

sábado, 20 de abril de 2013


Jesús, Buen Pastor está siempre a nuestro lado

Hechos, 13, 14.43-52; Sal. 99; Apoc. 7, 9.14-17; Jn. 10, 27-30
Este cuarto domingo de Pascua es conocido desde siempre como el domingo del Buen Pastor. Es la imagen con la que Jesús se nos presenta en el Evangelio pero, además todos los textos de la liturgia propios de este domingo, las oraciones, las antífonas, están impregnados de ese sentido y de una forma o de otra nos aparece esa imagen del Buen Pastor.
‘Yo soy el Buen Pastor - dice el Señor - conozco a mis ovejas y las mías me conocen’ es la antífona del Aleluya con que hemos aclamado el Evangelio antes de proclamarlo. De ello nos ha hablado Jesús. ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna’, nos decía en el evangelio.
Esta imagen del pastor es muy rica en significado para hablarnos de ese amor de Dios que nos busca y que nos llama, que nos cuida y que nos alimenta, que nos conduce por caminos seguros y nos llena de vida. Es imagen bien hermosa para manifestarnos todo  lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Un amor fiel que permanece invariable sobre nuestra vida, que nos llena de esperanza porque nos sabemos siempre amados de Dios.
En el mensaje que nos dejaba Benedicto XVI para la Jornada de oración por las vocaciones que se celebra en este día nos decía: ‘¿En qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. El, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo. Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno ha de hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse en realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás…’
¡Qué hermoso sentirse así amado por Dios! Es necesario que nos dejemos encontrar por su amor. Nos sentimos engrandecidos y llenos de vida, nos sentimos alentados a caminar con esperanza y a luchar con empeño por superarnos y crecernos, nos sentimos impulsados a amar más para entrar en una relación mutua más humana y más fraterna, nos sentimos con deseos profundos y comprometidos por hacer que nuestro mundo sea cada día un poco mejor, nos hace sentirnos con más confianza en nosotros mismos para sentirnos capaces de hacer ese mundo mejor. Siempre el que se siente amado se siente dignificado en su ser más intimo y eso le enseñará también a valor la dignidad de los demás a quienes ya mirará siempre como hermanos.
Y es que no nos sentimos solos, porque sabemos que Jesús, como Buen Pastor que está siempre al lado de sus ovejas, está junto a nosotros alentándonos con su presencia pero llenándonos también con su gracia. Como el pastor que buscará siempre los mejores pastos, el mejor alimento para sus ovejas, así el Señor nos ofrece cada día la riqueza de su Palabra que alimenta nuestra vida, pero también se nos dará El mismo para ser nuestra fuerza y nuestro alimento en la Eucaristía de su Cuerpo y Sangre.
Así nos cuida el Señor y nos defenderá como el pastor que no es un asalariado, porque el asalariado no defiende a las ovejas sino que cuando  ve venir al lobo huye y las abandona, como nos dice en otros lugares del evangelio. Hoy nos dice que sus ovejas ‘no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano’. Nos sentimos seguros en el amor del Señor.
Como nos decía Benedicto XVI ‘¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!... También hoy Jesús, el resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida… y en ese devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con El, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. El, que vive en la comunidad de los discípulos que es la Iglesia, también hoy nos llama a seguirlo’.
‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen’, que nos decía Jesús en el evangelio. Por una parte está esa respuesta nuestra escuchando al Señor y queriendo seguirle porque en El nos sentimos totalmente seguros con esa seguridad y certeza que nos da el amor, pero está también cómo el Señor nos conoce; y nos conoce por nuestro nombre, como somos, con nuestras necesidades y debilidades, con nuestras ilusiones y nuestras esperanzas; y aún así nos ama y nos está invitando continuamente a seguirle, a estar con El. Le escuchamos y nos llenamos de su luz; le escuchamos y nos sentimos envueltos por su amor; le escuchamos y nos ponemos en camino de vida eterna. Queremos seguir a Jesús, verdadero pastor de nuestra vida y al mismo tiempo Cordero de Dios que se sacrifica por nosotros para darnos vida.
Como ya hemos venido expresando al hacer mención al mensaje del Papa hoy estamos celebrando la Jornada de Oración por los Vocaciones. Jesús es el Buen Pastor de nuestra vida pero El se hace presente en su Iglesia en aquellos que llama con una vocación especial para ejercer ese ministerio de pastores en su nombre para bien de la Iglesia. Un día llamó a Pedro y a los Apóstoles para que continuaran su misión enviándolos por el mundo a anunciar el evangelio constituyendo la Iglesia en las comunidades de creyentes en el  nombre del Señor Jesús que iban surgiendo. Esa misión se continúa en los pastores que Dios sigue llamando a través de todos los tiempos como regalo de gracia para su Iglesia.
Pastores compenetrados en todo con Cristo Pastor y que se hacen pobres y desprendidos, con Cristo empobrecido, para evangelizar a los pobres; pastores humildes, con Cristo humillado y servidor, para estar más cerca de los pobres y los pequeños; pastores misericordiosos, con Cristo compasivo, para estar más abiertos a las miserias humanas; pastores pacíficos, con Cristo-Paz, para llegar a ser instrumentos de reconciliación; pastores limpios de corazón, con Cristo transparencia divina, para poder descubrir y proyectar la presencia de Dios en medio del mundo.
Hoy es un día de especial oración de las comunidades cristianas por sus pastores y también por todos aquellos llamados por el Señor con una vocación de especial consagración, como son los religiosos y religiosas, testigos de Cristo en medio del mundo. Oremos al dueño de la mies que envié obreros a su mies, como nos enseña Jesús en el evangelio. Como nos decía Benedicto XVI en su mensaje para esta Jornada ‘la oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza en medio del mundo’.
La abundancia de vocaciones es la mejor expresión de la intensidad de vida de nuestras comunidades cristianas; ‘la respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza el futuro de la Iglesia y a su tarea evangelizadora. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del evangelio, para la celebración de la Eucaristía y de todos los sacramentos’.
Oremos al Señor para no falten sacerdotes, personas que consagren su vida a Dios y al servicio de la Iglesia en una especial consagración en la vida religiosa en sus diferentes órdenes y carismas. Oremos al Señor para que sean muchos los llamados, pero que sientan en su corazón la fortaleza de la gracia para responder a su vocación con total fidelidad. Son un regalo bien preciado del Señor a su Iglesia. 

viernes, 12 de abril de 2013


Una nueva experiencia de Cristo resucitado para crecer en el amor

Hechos, 5, 27-32.40-41; Apoc. 5, 11-14; Jn. 21, 1-19
Una nueva experiencia de Cristo resucitado. Para los apóstoles y para nosotros que queremos seguir viviendo con intensidad la pascua. Cada experiencia pascual supone un aumento de fe, de amor, de esperanza. Así queremos vivirlo. Así queremos enriquecernos con la presencia del Señor. El evangelista dice que ‘fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos’. Las otras dos apariciones que nos narra Juan las escuchamos el pasado domingo.
Ahora están en Galilea. En la aparición a las mujeres que habían ido de mañana al sepulcro para embalsamar su cuerpo Jesús les había dicho: ‘Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán’. Han vuelto los discípulos a donde habían comenzado sus encuentros con Jesús y donde un día lo habían dejado todo para seguirle. Cuántos recuerdos y cuántas experiencias. Pero ahora se han vuelto de nuevo a la pesca.
Aunque han experimentado ya su presencia y la alegría del encuentro con El en las apariciones en el Cenáculo, les pasaría como nos pasa a nosotros tantas veces que fácilmente nos desalentamos porque se nos enfría el espíritu. La experiencia de la muerte de Jesús había sido muy dura para ellos y aunque ya se les había aparecido ahora todo parecía distinto, porque físicamente no siempre estaba con ellos y tenían que aprender a descubrirlo y verlo de una manera nueva. Fácilmente el corazón se les llenaba de tinieblas y de noche y parecía que ahora las cosas no les salían.
‘Me voy a pescar’, dice Pedro. ‘Vamos también nosotros contigo’, dicen también los otros. Pero ‘aquella noche no cogieron nada’. Volvían los recuerdos y se revivían muchas cosas; a veces parecía que la tristeza se les metía en alma como si fueran tinieblas y se les cegaban los ojos y la mente y el corazón.
Cuántas veces nos pasa en nuestros caminos de fe; nos asaltan las dudas, nos parece imposible eso de creer, nos sentimos arrastrados a la vuelta a las cosas de antes que ya un día habiamos querido dejar, el mar de la vida nos zarandea de muchas maneras, pareciera que hay vientos contrarios que no nos dejan caminar, nos sentimos en ocasiones frustrados porque no siempre conseguimos lo que nos proponemos, perdemos la ilusión y se nos apaga la esperanza, nos parece que andamos solos, sentimos ausencias que quizá nos hacen daño en el alma.
Y ahora un extraño - no lo reconcen - desde la orilla encima pregunta si han cogido algo y tienen pescado. No habían cogido nada. Pero aquel que les parece extraño les dice que a la derecha de la barca hay peces, que echen allí la red. Quizá pensarían para sus adentros ¡qué sabrá ese si nosotros hemos estado aquí toda la noche dando vueltas! Pero aunque sus orgullos pudieran verse abatidos, sin embargo le hacen caso, se dejan guiar, y echan la red por donde se les dice. ‘No tenían fuerzas para sacarla por la multitud de peces’.
Pero alguien tiene una mirada distinta, o es que el amor que ha sentido cerca de su corazón le hace despertar, y ‘aquel a quien Jesús tanto quería le dice a Pedro: ¡Es el Señor!’ Bastó esa palabra para que Pedro reaccionara y quizá se diera cuenta de algo que estaba también sintiendo en su corazón pero hasta entonces no había aprendido a leerlo. ‘Se ató la túnica y se echó al agua’. Algo comenzaba a cambiar en ellos.
Cuando se dejaron guiar comenzaron a reconocer a Jesús. Hasta entonces había sido de noche pero ahora comenzaba a amanecer, no solo porque la claridad del día asomaba por el horizonte, sino porque sus corazones se estaban llenando de nuevo de luz. ¡Qué bello amanecer en la orilla del mar de Galilea!
Donde está Jesús empieza a brillar con fuerza la luz, huyen los miedos que antes nos agarrotaban el alma, se siente de nuevo la paz en el corazón, no se siente ya nunca frío ni soledad, se acaban para siempre las frustaciones y las cobardias, brota de nuevo el amor y la amistad, la vida se llena de ilusión y de esperanza, florece el invierno en una nueva primavera, no faltarán los peces y el pan que nos alimenten en el camino.
‘Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces’. Llegaron hasta Jesús y ya Jesús les tenía preparado el almuerzo. ‘Al saltar a tierra, ven unas brazas con un pescado puesto encima y pan’. Jesús queriendo siempre alimentar nuestra fe y nuestro amor.
Estaban aprendiendo a reconocer a Jesús; estaban aprendiendo a poner amor en el corazón par tener unos ojos claros para tener una nueva mirada y ver todo con un nuevo resplandor; estaban aprendiendo a dejarse guiar de verdad y sin poner condiciones ni obstáculos; estaban aprendiendo también a llevar la barca repleta de peces, la barca de la Iglesia que tendrían que conducir en el nombre de Jesús. No hacía falta ya preguntar quien era. ‘Ninguno de los discípulos se atrevia a preguntarle quien era, porque sabían bien que era el Señor’.
San Juan de la Cruz meditando el evangelio nos dejó una frase lapidaria que muchas veces nos ha ayudado a pensar: ‘al atardecer de la vida seremos examinados de amor’. Esta vez el examen fue por la mañana, pero siempre el Señor nos está preguntando por nuestro amor. Es un examen por el que tendríamos que pasar muchas veces por si acaso se nos debilite o se nos enfrie.
Es lo que ahora hace Jesús con Pedro y tres veces le preguntará por su amor. ‘Simon, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ La respuesta de Pedro está pronto como siempre estuvo pronto para responder a las preguntas del Señor. En otra ocasión será sobre su fe y hará una proclamación bien hermosa. En otro  momento será Pedro quien porfíe con Jesús prometiendo que le seguiría a donde quiera que fuese, aunque luego pronto llegara la negación. Ahora Jesús le pregunta por el amor no una sino hasta tres veces, de manera que Pedro ya no sabe cómo responderle y le dirá ‘Señor, tú conoces todo, tú sabes que te amo’.
Al preguntarle sobre el amor le está preguntando sobre Dios, que es Amor. Le pregunta sobre los hermanos que son su misma presencia. Le pregunta sobre la comunidad que es comunión de amor. Le pregunta por su amor porque le va a confiar una misión prometida. ‘Tú eres piedra y sobre esta piedra fundaré mi Iglesia’, le dijo un día tras la confesión de fe, y ahora tras la protesta del amor le va a confiar el cuidado de los hermanos. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, le dirá Jesús porque ha de mantenerse firme en esa fe y en ese amor para poder confirmar en esa fe y en ese amor a los hermanos en la misión que le confía.
¿Qué le responderemos nosotros al hacernos esa pregunta? Sí, Señor, tú sabes que te amo, porque eres mi Dios y mi Señor, porque eres mi Salvador; tú sabes que te amo y que te amor en mis hermanos, a todos quiero amar, a los pequeños y a los pobres, a los enfermos y a los marginados; te amor, Señor, pero que no se me cieguen los ojos para saberte descubrir porque vienes a mi en el pequeño y en el pobre, en el enfermo y en el que está solo, en el que me puede parecer repugnante o aquel que no me cae en gracia.
Señor, tú sabes que te amo, pero dame de tu amor, repártenos tu pan para que aprendamos a amar, para que aprendamos y tengamos fuerza para reconocerte en los hermanos, para que seamos capaces de amarte siempre y en todos con los que nos vamos cruzando en el camino. Señor, yo te amo, pero haz crecer cada vez más mi amor incendiándolo en el fuego de tu amor.

sábado, 6 de abril de 2013


Seguimos viviendo y celebrando la Pascua del Señor

Hechos, 5, 12-16; Sal. 17; Apoc. 1, 9-19; Jn. 20, 19-31
Seguimos celebrando la Pascua. Seguimos queriendo vivir con igual intensidad que lo hacíamos el domingo de la resurrección del Señor la alegría de la pascua. No puede decaer. La liturgia de la Iglesia en su sabiduría ha querido prolongar durante estos ochos días la misma solemnidad para que sigamos viviendo intensamente a Cristo resucitado. Se prolongará cincuenta días del tiempo pascual hasta que lleguemos a Pentecostés. Lo seguiremos repitiendo - que no solo es repetir sino mucho más porque es celebrar y vivir - cada domingo cuando celebremos el día del Señor en la memoria del día en que el Señor resucitó.
Todo eso será posible porque estamos impregnados por el Espíritu de Cristo resucitado que nos hace gustar la misericordia del Señor, que reanima la fe del pueblo cristiano con la celebración de la Pascua, que nos hace recordar la riqueza grande del bautismo que hemos recibido por el que participamos del misterio de su muerte y resurrección, que nos hace vivir con gozo hondo nuestra fe manifestando a todos lo que es la alegría del cristiano en todo momento de su vida.
Su Espíritu fue el regalo de Pascua a sus discípulos como escuchamos hoy en el evangelio. Por la fuerza de su Espíritu nos llenamos de paz con el perdón de los pecados y se nos acaban los miedos y temores; por la fuerza del Espíritu en el Bautismo hemos comenzado a ser hijos de Dios, partícipes de su vida divina; con la presencia de su Espíritu en nosotros nos llenamos de esperanza y comenzamos a amar de una manera nueva con el amor que El con su entrega nos enseñó.
Es de lo que nos está hablando la Palabra que hoy se nos ha proclamado. En el evangelio hemos contemplado el encuentro de Cristo resucitado con los apóstoles reunidos en el cenáculo. ‘Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos’.
Muchos temores quedaban en sus corazones. La experiencia por la que habían pasado de la crucifixión y muerte de Jesús había, podíamos decir así, desestabilizado sus vidas. Parecía que sus esperanzas se acababan. Como dirían los discípulos que marchaban a Emaús ‘nosotros esperábamos que el fuera el futuro liberador de Israel’. Ahora temían incluso por sus vidas si acaso no les pudiera pasar lo mismo olvidando quizá todo lo que Jesús les había anunciado. ‘Estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos’.
Pero Jesús está allí en medio con un anuncio de paz. Aunque se sienten turbados con su inesperada presencia ‘se llenaron de alegría al ver al Señor’ como comenta el evangelista. ‘Paz a vosotros’, les repite por dos veces Jesús. Y les regala su Espíritu para el perdón de los pecados. Su Sangre había sido derramada en el Sacrificio de la nueva y eterna Alianza para el perdón de los pecados. La misericordia del Señor se derramaba sobre ellos y sus corazones se sentían para siempre inundados de paz.
Les había costado aceptar la cruz porque, ya desde los primeros anuncios que había hecho Jesús de su pasión, se habían rebelado contra esa posibilidad. Recordemos las reacciones de Pedro y lo que les costaba entender las palabras de Jesús. Tampoco quizá habían terminado de entender todo lo que Jesús había realizado y dicho en la última cena. Pero ahora derramando su Espíritu sobre ellos podrían terminar de comprender lo que es la misericordia divina y lo que es la paz que alcanzamos cuando así nos sentimos amados, con esa ternura de Dios - ¿misericordia no significaba algo así como la ternura de Dios? - y en El ya nos veremos liberados para siempre de todas nuestras culpas. Por eso hablamos en hoy del domingo de la misericordia, por eso podemos sentir de manera intensa ese saludo de paz de Jesús ya para siempre para nosotros.
Pero decíamos también que la celebración de este domingo viene a reanimar la fe del pueblo cristiano. El evangelio nos dice que Tomás no estaba entre ellos en esa primera aparición de Cristo resucitado a los discípulos. Le comentan ‘hemos visto al Señor’, pero a Tomás le cuesta creer. Quiere pruebas; quiere palpar por si mismo. ‘Si no veo en sus manos las señal de sus clavos, si no meto el dedo en el agujero de sus clavos y no meto la mano en su costado, no creo’. No ha sido el único que ha puesto en duda la resurrección del Señor que bien sabemos que eso se repite a lo largo de la historia de todos los tiempos. Que también pueden ser nuestras dudas, que nosotros también las tenemos en muchas ocasiones, que no siempre aceptamos todo con fidelidad, que hacemos nuestros distingos para ver lo que aceptamos y lo que no aceptamos, que nos hacemos nuestras reservas.
‘A los ocho días estaban otra vez dentro los discípulos y Tomas con ellos. Y llegó de nuevo Jesús, estando las puertas cerradas, se puso en medio’ y saludo de la misma manera, con la paz. Se dirige a Tomas ofreciéndole sus manos y su costado para que realice aquellas pruebas que había pedido. Pero no será necesario porque Tomás caerá a sus pies: ‘¡Señor mío y Dios mío!’ Será la exclamación y la proclamación de fe. ‘¿Por qué me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto’.
El testimonio de lo que contemplamos en la reacción de Tomás con sus dudas y con su proclamación de fe nos ayudan también a nosotros en nuestra fe. ‘Se reanima la fe de tu Iglesia’, como decíamos en la oración litúrgica. Todo sucede como en ejemplo para nosotros. Queremos proclamar nuestra fe no solo con nuestras palabras sino con toda nuestra vida. Ya no tienen que quedar dudas ni temores. Con Cristo resucitado y la fuerza de su Espíritu nos sentimos fuertes en nuestra fe y frente a todos los avatares que nos pueda presentar la vida.
Recitamos el Credo, resumen de nuestra fe, le damos nuestro Sí al Señor, pero queremos crecer en nuestra fe, queremos alimentar nuestra fe, queremos formarnos debidamente en nuestra fe conociendo cada vez con mayor hondura el misterio de Dios para que podamos llegar a dar razones de nuestra fe y de nuestra esperanza. Es necesario conocer bien lo que creemos para que podamos proclamarlo con toda claridad y valentía.
Testimonio que daremos con nuestras palabras sabiendo bien lo que creemos, pero testimonio que hemos de dar con las obras de nuestra vida. El texto de los Hechos de los Apóstoles que hemos escuchado en la primera lectura nos habla de cómo ‘crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se adherían al Señor’. El Espíritu del Señor estaba en medio de aquella comunidad y crecían más y más en la fe y en el amor.
‘Hacían muchos prodigios y signos en medio del pueblo’; eran los prodigios del amor que se manifestaba en la comunión que vivían entre ellos porque ‘en el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo’; eran los prodigios del amor ‘donde nadie pasaba necesidad’ y todo se remediaba todo sufrimiento en el ejercicio de la caridad. ‘Acudían llevando enfermos y poseídos del espíritus inmundos y todos eran curados’.
Sigamos viviendo con toda intensidad la Pascua del Señor. Que no decaiga nuestro espíritu ni se enfríe nuestra fe. Acojámonos a la misericordia del Señor y nos llenaremos de paz. Consideremos bien la grandeza a la que nos ha elevado Cristo cuando El se ha abajado para tomar nuestra naturaleza, nuestra vida. Recordemos el Bautismo de nuestra fe y la riqueza de gracia que se ha derramado sobre nosotros. Seamos en verdad conscientes de que por la sangre de Cristo hemos renacido a una vida nueva.
Demos gracias al Señor porque es bueno, porque su misericordia es eterna. Aleluya, cantemos al Señor.

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Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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