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Adri

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sábado, 1 de junio de 2013

La fiesta de la Eucaristía un compromiso de amor: dadles vosotros de comer

Gén. 14, 18-20; Sal. 109; 1Cor. 11, 23-26; Lc. 9, 11-17
‘Tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que los repartieran. Comieron todos y se saciaron…’ Es lo que hemos escuchado en el evangelio pero con casi las mismas palabras san Pablo nos trasmitía la tradición que había recibido ‘que procede del Señor’, como nos dice: ‘En la  noche en que iban a entregarlo, tomó un pan y pronunciando la acción de gracias, lo partió y lo repartió… esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros’. Pero ahora  nos añade: ‘haced esto en memoria mía’.
Es lo que hoy nos congrega de una forma especialmente solemne en este día, pero que nos congrega cada día y de manera especial en el día del Señor. Hoy es la fiesta grande de la Eucaristía, la fiesta en que celebramos y queremos trasmitir a todo el mundo saliéndonos incluso de nuestros templos el Misterio, el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, Sacrificio de la nueva y eterna Alianza.
¿Qué es lo que contemplamos? ¿Qué es lo que celebramos? Un misterio infinito de amor. Cristo que se nos da; Cristo que se nos entrega. ‘En la última cena con los apóstoles, para perpetuar su pasión salvadora, se entregó a sí mismo como Cordero Inmaculado y Eucaristía perfecta’, que vamos a proclamar en el prefacio de nuestra acción de gracias de hoy. Sí, es el Cordero Inmaculado que fue inmolado en sacrificio de amor por nosotros. Cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando el sacrificio de Cristo, porque cada vez que comemos de este pan y bebemos de este cáliz estaremos anunciando su muerte hasta que vuelva.
Sacramento que nos alimenta y nos vivifica, que nos santifica y nos llena de vida. Sacramento de amor que nos congrega para que en el amor vivamos y en el mismo amor nos entreguemos y a su manera. Sacramento que nos hace presente a Cristo para que en El lo reconozcamos; presencia permanente en el sacramento eucarístico que nos enseña a reconocerle también en los hermanos, sacramentos que también se convierten para nosotros de su presencia.
Quiso hacerse pan, hacerse comida porque es el signo más hermoso que nos habla del amor y de la comunión que entre todos los que en él creemos hemos de tener. La multiplicación de los panes, que hemos escuchado en el relato del evangelio, es signo que nos anticipa lo que va a ser para siempre el signo de la Eucaristía. Una comida que nos congrega y nos reúne en torno a Jesús y donde vamos a comer a Cristo y a entrar en profunda comunión con El.
Ya sabemos que reunirnos en torno a una mesa para una comida suscita sentimientos de gozo, de comunicación, de amistad. Se reúnen los que se siente hermanos y amigos para compartir juntos y con alegría una comida. Se reúnen los que quieren sentirse hermanos y amigos quizá en un momento determinado para restablecer y alimentar un amistad, una comunicación y una comunión que pudiera estar perdida o en peligro.
En torno a la mesa nos sentimos alegres, nos comunicamos espontáneamente, entramos en una bonita comunión que estrecha los lazos del amor y de la amistad. Bien sabemos que no es solo lo que comemos, sino lo que compartimos, lo que hablamos y las nuevas e intensas relaciones que mutuamente establecemos. Compartimos y comemos juntos el pan de la amistad mejorando nuestras mutuas relaciones humanas y nuestra calidad de vida y relación. Es una bendición poder compartir juntos esa comida que se convierte siempre en banquete de vida.
Cristo así quiso hacerse Eucaristía, hacerse comida que nos congregue para compartir nuestro amor y nuestra amistad; comida que alimente y haga crecer ese amor y esa nueva relación de profunda comunión. No olvidamos el memorial que hacemos de su entrega y sacrificio de amor, sino que haciendo memoria de esa entrega y amor precisamente vamos a alimentar nuestro amor y nuestra comunión de hermanos. ‘Haced esto en memoria mía’, nos dijo porque en su mismo amor y entrega también nosotros hemos de vivir.
La Eucaristía celebra el amor y alimenta el amor. Celebra primero que nada el amor de Cristo que por nosotros se entregó, pero necesariamente al mismo tiempo estamos celebrando ese amor que nosotros en el nombre de Jesús queremos vivir; pero además cuando Cristo se hace alimento está significándonos la gracia que nos regala al darnos su Cuerpo como alimento para que así fortalezcamos nuestro amor y lleguemos a vivir en esa necesaria y profunda comunión entre nosotros para siempre. Nunca podrá haber una Eucaristía sin amor y que no nos conduzca a más amor. La Eucaristía siempre tendrá que terminar en compromiso de amor.
Por eso hoy queremos escuchar con especial atención esa palabra que Jesús nos ha dicho en el evangelio al contemplar aquella multitud hambrienta a su alrededor. ‘Dadle vosotros de comer’. Nos lo dice a nosotros también. Miramos a nuestro alrededor y contemplamos, sí, una multitud hambrienta; quizá primero que nada nos fijamos en la situación dura y difícil que puedan estar pasando tantos hoy en nuestra sociedad. No podemos cerrar nuestro corazón ni de ninguna manera insensibilizarnos ante la situación difícil que pasan tantos en su necesidad. Cuando hoy celebramos esta fiesta del amor que es la Eucaristía sentimos ese compromiso del amor.
No podemos decir que somos pobres y que poca cosa quizá nosotros tenemos o podemos hacer. San Basilio de Cesarea, un santo padre de la Iglesia antigua en el siglo IV decía: ‘Sólo sabes decir: no tengo nada que dar, soy pobre. En verdad, eres pobre y privado de todo bien: pobre en amor, pobre en humanidad, pobre en confianza en Dios, pobre en esperanza eterna’.
Cuando Jesús nos dice hoy en esta fiesta de la Eucaristía al mirar la multitud que  nos rodea ‘dadle vosotros de comer’, quizá quiere que nos fijemos en esos pobres de amor a los que tenemos que alimentar, en los que tenemos que despertar al amor; y no son solo los que no se sienten queridos o son abandonados, sino aquellos que no saben amar porque han llenado su corazón de egoísmo y cerrazón; aquellos que se han cerrado al amor verdadero porque solo saben amarse a sí mismo y se vuelven insolidarios, fríos, insensibles, injustos con los hermanos, porque esa insensibilidad es también una forma de injusticia. Es una gran pobreza que también tenemos que ayudar a curar, alimentándolos de amor.
Quienes estamos celebrando hoy esta fiesta grande de la Eucaristía y queriendo así proclamar a voz en grito, podríamos decir, nuestra fe en Jesús lo tenemos que expresar con nuestro amor, auténtico y verdadero. Si de cada Eucaristía siempre hemos de salir amándonos más, cuando hoy queremos darle especial intensidad a esta fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo mucho más comprometidos con el amor hemos de salir de nuestra celebración.
Y ese compromiso de amor ha de manifestarse en una comunión más intensa que vivamos entre nosotros los que cada día convivimos, ya sean nuestras familias, el círculo de nuestros amigos, los compañeros de trabajo o allí donde habitualmente compartimos nuestra vida. Más comunión que es querernos más, que es ser siempre comprensivos los unos con los otros en los achaques de cada día y saber perdonarnos en todo momento. Más comunión que es sentirnos verdaderamente solidarios los unos con los otros compartiendo nuestras alegrías pero también sabiendo acompañarnos en nuestras penas y sufrimientos poniendo una especial empatía con los que sufren a nuestro lado.
Y por supuesto ese compromiso de amor con el que hemos de salir de nuestra celebración por justicia y amor nos ha de hacer que nos sintamos solidarios de manera efectiva con los que pasan necesidad o padecen especiales sufrimientos. Cuánto tenemos que aprender a compartir y cuanto hemos de aprender a consolar para mitigar sufrimientos.

Y en ese compromiso de amor de nuestra Eucaristía hoy, como nos pide Cáritas, hemos de aprender a vivir más sencillamente para que otros, sencillamente, puedan vivir. Vive con sencillez y la convivencia nos hará más felices. Aprendamos del amor de Jesús y alimentemos nuestro amor en Jesús que para eso se nos da como alimento en la Eucaristía.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.
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Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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