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Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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martes, 24 de diciembre de 2013

Hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad

‘Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad’. Así nos describe san Juan con profundidad teológica el misterio que hoy estamos celebrando en la Natividad del Señor. Misterio de profundidad infinita, misterio de Dios ante el cual tendríamos que asombrarnos más y más, cuanto más lo meditemos y lo celebremos.
No podemos acostumbrarnos al Misterio de Dios; ante El siempre tenemos que postrarnos en adoración y sentirnos tan pequeños y pecadores como se sentía Isaías cuando en una visión vislumbró la gloria del Señor. Es tiempo de reconocimiento y de adoración; es tiempo de postrarnos ante Dios que aunque le veamos tan cercano es verdaderamente Dios que ha querido hacerse Emmanuel, hacerse Dios con nosotros.
Misterio ante el que tenemos que poner a juego toda nuestra fe. No es algo que nosotros hayamos descubierto por nosotros mismos, sino que el mismo Dios nos ha revelado. Misterio ante el que hemos de sentirnos humildes y pequeños, porque ¿quiénes somos nosotros para Dios así nos haya amado tanto que haya querido tomar nuestra carne, nuestra naturaleza humana para sin dejar de ser Dios hacerse hombre como nosotros?
Anonadados nos sentimos ante tal amor pero sentimos al mismo tiempo cómo El nos levanta porque ha venido a hacer este maravilloso intercambio de amor pues cuando el Hijo de Dios se ha revestido de nuestra naturaleza humana haciéndose hombre como nosotros,  nos confiere a nosotros dignidad eterna, nos levanta y nos hace hijos partícipes de su vida ya para siempre.
Hemos contemplado su gloria, gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de  verdad’. En la noche de Belén cuando en la humildad y pobreza de un establo se estaba realizando tan admirable misterio en el Hijo de Dios se hacía hombre y nacía de María, los ángeles del cielo no pudieron quedarse quietos y armaron un gran revuelo celestial. Allá corrieron los ángeles a anunciarlo, porque tan grande misterio no podía quedarse oculto a los ojos de los hombres.
La quietud y el silencio de la noche de Belén se llenó de resplandores y de cánticos. Allí estaban unos pastores al raso cuidando sus rebaños y a ellos, los pobres y los humildes como iba a ser siempre la manera de presentarse el Hijo de Dios, se dirigieron los ángeles para anunciarles la Buena Nueva. ‘Os traigo una buena noticia que no se puede acallar, una gran alegría para todo el pueblo de la que todos tienen que participar: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’. Y les dan las señales de cómo han de encontrarlo: ‘Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre’.
De pesebres y de pobreza podían entender los pastores acostumbrados como estaban a una vida pobre. Pero, ¿cómo había de entenderse eso de que el Salvador, el Mesías, el Señor se iba a encontrar hecho niño recién nacido recostado en un pesebre? Corren de todas maneras los pastores en búsqueda de las señales. Encontraran todo como les había anunciado el ángel.
Pero la noche se había revestido de resplandores; la gloria del Señor se estaba manifestando; legiones de ángeles entonaron un cántico a la gloria del Señor; los cánticos de los ángeles retumbaban entre las colinas y los campos de Belén, aunque solo los pobres y los sencillos podrían escucharlos, porque Dios solo se revela a los que son pequeños, humildes y sencillos.
Hoy ha brillado una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Señor, repetimos una y otra vez en las diversas antífonas de la liturgia de esta fiesta. Ha nacido Dios hecho hombre; la luz de Dios nos envuelve para siempre. Y llenos de la luz de Dios nos llenamos de alegría; todo son cánticos y fiesta en este día.
Pero no perdamos el sentido de esa alegría, de esos cánticos, de esa fiesta. No es una fiesta cualquiera; no es simplemente que nos reunamos para comer juntos y todos tengamos parabienes los unos para con los otros. Es bueno que nos deseemos felicidad los unos a los otros, que nos reunamos y hasta que intercambiemos regalos. Pero no olvidemos cual es el gran regalo que hoy estamos festejando, el regalo que nos hace Dios cuando nos da a su Hijo que se hace hombre para ser nuestra luz y nuestra vida.
Jesús es nuestra salvación y nuestra esperanza. Es quien nos arranca de la esclavitud del mal y del pecado para que vivamos una vida nueva en que hagamos posible que en verdad nos hagamos felices los unos a los otros. No es nuestra alegría, es la alegría de Dios que llega a nosotros y nos hace vivir de una manera nueva y distinta.
No olvidemos el verdadero sentido de la navidad; no quitemos a Jesús de nuestra navidad, de nuestra fiesta y nuestra alegría. Muchos ya no dicen feliz navidad, porque parece que la palabra que hace referencia al nacimiento de Jesús les molestara o les hiciera daño y solo dicen felices fiestas. Nosotros tenemos que decir que es la navidad, el nacimiento de Jesús, verdadero Dios que se ha hecho hombre, lo que nos hace verdaderamente felices.
Y esto tenemos que decirlo, proclamarlo, porque es proclamar nuestra fe y nuestra esperanza. Esto es proclamar que nosotros creemos de verdad que en Jesús encuentra el hombre, encuentra el mundo la salvación.
Celebramos al que nació para salvarnos, para llenarnos de vida, para hacernos de verdad felices; celebramos al que nació para liberarnos del mal más profundo que nos esclaviza y nos llena de muerte y para eso quiere darnos nueva vida, quiere enseñarnos como hemos de vivir para que todos seamos verdaderamente libres y felices; celebramos al que nació para hablarnos del Padre, para descubrirnos el misterio de Dios, de ese Dios que nos ama, que lo podemos sentir tan cercano junto a nosotros porque es Dios con nosotros, ese Dios que nos ama porque es nuestro Padre y está siempre regalando con su amor y su misericordia; celebramos al que vino a compartir nuestra vida, nuestras lágrimas y nuestros sufrimientos, pero que quiere levantarnos, quiere darle un sentido nuevo a todo lo que vivamos incluso nuestras limitaciones y sufrimientos, quiere vencer todo lo que sea muerte y dolor para hacernos vivir una vida llena de felicidad.
Celebramos al que vino a nosotros porque nos amaba y quiere enseñarnos lo que es el amor verdadero que es algo más que palabras, y para eso le veremos entregarse  en la más profunda y total entrega de amor. ¿Cómo no llenarnos de alegría con la presencia de Jesús en medio nuestro? ¿cómo no hacer fiesta en su nacimiento?

Contagiemos al mundo de esa alegría profunda y verdadera que nosotros encontramos en Jesús. Llenémonos de esa luz de Dios y contagiemos de luz, de la luz de Cristo, a nuestro mundo. Celebremos con verdadero sentido la navidad del Señor. Pero no la celebremos solo un día sino prolonguemos cada día ese gozo de la fe que tenemos en Jesús porque siempre tenemos que ser esos anunciadores de esa Buena Nueva. Que el mundo, que todos lleguen a conocer de verdad que nos ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor.

Una buena noticia de luz y de alegría: nace Dios

Is. 9, 1-3.5-6; Sal. 95; Tito, 2, 11-14; Lc. 2, 1-14
‘Oh Dios que has iluminado esta noche santa con el nacimiento de Cristo, la luz verdadera…’ Así comenzaba la oración de la liturgia de esta noche santa. Todo brilla lleno del esplendor de la luz de Cristo. En medio de la oscuridad de la noche, que nos habla de muchas oscuridades, el ángel del Señor se presentó a unos pastores que estaban en los alrededores de Belén guardando sus rebaños para anunciarles una Buena Nueva ‘y la gloria del Señor los envolvió con su claridad’.
‘No temáis, les dice anunciando la paz, os traigo una buena noticia - es un evangelio lo que anuncia -, una gran alegría para todo el pueblo, - siempre el evangelio es una buena noticia que llena de alegría y si no fuera así no sería verdadero evangelio -  hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador: en Mesías, el Señor…’
La noche de Belén se transformó; las tinieblas se disipan, los sufrimientos y las penas se mitigan, las tristezas se transforman en alegría, porque las promesas se cumplen. Por eso con todo sentido podíamos escuchar al profeta para recordar sus anuncios. ‘El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande… una luz les brilló…’ todos se llenan de alegría como los segadores se gozan al recoger sus cosechas, les dice el profeta. ‘Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado’.
Es la alegría grande que nosotros en esta noche también vivimos. Todo es fiesta y alegría en esta noche santa en que celebramos el nacimiento del Señor. Nos sentimos iluminados, arrancados de las tinieblas, nos ha llegado el Salvador, Dios está con nosotros porque tenemos al hijo nacido de la virgen, tenemos al Emmanuel anunciado por los profetas. Pero tiene que ser una alegría que vivamos desde lo más hondo de nosotros mismos porque nos sentimos de verdad iluminados y arrancados de las tinieblas. Por fuera manifestaremos también esa alegría con nuestros cantos y nuestras mutuas felicitaciones, pero tiene que ser algo que sintamos en lo más hondo de nosotros mismos.
Somos conscientes de cuantas tinieblas envuelven nuestra vida y nuestro mundo. Cuántas tristezas y oscuridades, cuánto sufrimiento y cuantas soledades nos envuelven. Contemplamos excesivas violencias y egoísmos en nuestro entorno; sentimos el dolor de tanta gente se encuentra como desorientada y sin rumbo en la vida porque no tiene fe ni esperanza; nos desgarra el alma la mentira y la falsedad en que se hunden tantos llenando de vanidad y de hipocresía la vida; nos hacen saltar lagrimas del alma la insolidaridad de tantos, o el desencanto y desilusión que viven los que no tienen esperanza y llenan su vida de pesimismo y de depresiones; tantas tinieblas de dudas y de increencia, de desconfianza de todo y de todos, tinieblas de orgullos, envidias y lujuria con las que dejan envolver su vida. Son muchas las tinieblas y las oscuridades que también nos pueden tentar a nosotros.
Pero esta noche es una noche de esperanza, de luz, de vida, de amor. Sabemos que esas tinieblas pueden ser vencidas.  Ha nacido la luz, ha nacido Cristo, luz verdadera que viene a iluminar nuestro mundo; y aunque las tinieblas se resisten y no quieren aceptar esa luz, nosotros tenemos un mensaje que trasmitir, una luz con la que iluminar, porque nosotros queremos dejarnos iluminar esa luz llenando nuestra vida de paz, de amor, de vida y con ella queremos contagiar a los demás.
Los ángeles anunciaron a los pastores que estaban en las oscuridades de la noche en los campos de Belén para que fueran al encuentro de la luz, porque en la ciudad de David les había nacido un salvador, el Mesías, el Señor. Ellos se dejaron envolver por aquella claridad y buscaron la luz verdadera y llegaron hasta Belén, llegaron hasta Jesús llenos de esperanza y de alegría.
A nosotros se nos ha hecho también ese anuncio de Luz en esta noche, pero nosotros ahora tenemos que ser como aquellos ángeles que resplandecientes de la luz de Dios llevemos ese anuncio a nuestro mundo. Las tinieblas no tienen la última palabra aunque se resistan a la luz. Ese mundo tan lleno de tinieblas se puede transformar. Hay una esperanza, es posible el amor, es posible la paz, es posible salirnos de nosotros mismos para vivir un nuevo sentido de solidaridad; es posible despojarnos de todas esas tinieblas; es posible transformar nuestro mundo.
Para eso ha nacido Jesús. Es la salvación que nos trae. Es la salvación que nosotros hemos de vivir dejándonos iluminar por su luz. Es la Buen Noticia que nosotros también tenemos que anunciar  a nuestro mundo.  Es navidad. Es el tiempo nuevo del amor y de la paz. Pero tiempo del amor, de la paz, de la fraternidad, de la solidaridad, de la justicia, de la verdad, pero no de un día sino para siempre que para eso ha venido Jesús.
‘Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres,  enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos’, enseñándonos a renunciar a las tinieblas para vivir para siempre en la luz. Es lo que esta noche celebramos. Es lo que esta noche queremos vivir. No lo celebramos como algo pasado, sino como algo presente y vivo ahora en nuestra vida. Celebramos el nacimiento de Jesús sintiendo que Dios llega ahora a nuestra vida y nos pone en camino de luz, en camino de vida nueva, en camino de amor. Lo celebramos porque lo vivimos. Lo celebramos porque también nos sentimos capacitados para hacer ese anuncio.
Los ángeles fueron los primeros portadores del evangelio del nacimiento de Jesús. Ahora somos nosotros los portadores de ese Evangelio, de esa Buena Noticia que nuestro mundo necesita escuchar. Tienen que desaparecer las desesperanzas y las tinieblas que oprimen tantos corazones porque hay un camino que podemos recorrer, un camino de una vida nueva con el que podemos en verdad transformar nuestro mundo. El nacimiento de Jesús que estamos celebrando nos pone en camino de ello.

Que sea en verdad feliz navidad porque nos llenemos todos de su luz.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Vayamos con alegría y esperanza al encuentro de Jesús nuestro Salvador

Is. 7,10.14; Sal. 23; Rom. 1, 1-7; Mt. 1, 18-24
Cuando se atisba ya en el horizonte el resplandor de un nuevo amanecer en la cercanía de la Navidad aparecen en el evangelio las figuras de José y de María que nos ayudan a caminar al encuentro de esa luz, de esa paz y de esa alegría en el nacimiento del Señor.
Somos conscientes de que muchos resplandores superficiales pueden encandilarnos y confundirnos y también las oscuridades de la vida y de los problemas pueden hacer que nos parezca más negro nuestro futuro que algunas veces se nos presenta tan incierto por los problemas y las crisis que nos envuelven en la vida de cada día; pero tenemos cierta una esperanza con la que queremos caminar, una fe grande que queremos proclamar y un nuevo sentido de vida que desde Jesús sabemos que podemos dar a cuanto nos sucede.
Nada nos puede hacer perder la alegría de esa esperanza, nada nos tiene que perturbar para quitarnos la paz cuando ponemos toda nuestra confianza en el Señor. Es por ahí por  donde hemos de caminar hacia la navidad para no quedarnos en superficialidades que son el canto de un día pero que no nos dan verdadera profundidad y sentido a nuestra vida. Con Jesús podemos alcanzar una paz permanente y una alegría profunda porque en El queremos poner toda nuestra esperanza y nuestra confianza. Cuando nos disponemos a celebrar la Navidad es que queremos proclamar con toda nuestra vida que Jesús en verdad es nuestra Salvación. Esa confesión de fe tiene que estar llena de profundidad para no quedarnos en cosas externas y superficiales que no son la verdadera navidad.
Fijémonos en lo que vemos en la Palabra de Dios hoy. Hay un contraste fuerte entre la figura de Acaz que nos aparece en la primera lectura y José en el Evangelio. Históricamente el momento que nos refleja la primera lectura era un momento difícil para el pueblo de Israel y el Señor por el profeta quiere anunciar al rey cómo puede obtener la paz; pero Acaz, aunque es un hombre religioso, ha puesto su confianza no en Dios sino en las alianzas que pueda hacer entre los hombres con sus ejércitos e intereses políticos. El profeta le ofrece una señal que Acaz no termina de aceptar, pero allí queda la señal que luego para nosotros va a tener un profundo sentido mesiánico: ‘Una virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pondrá  por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros’.
Por su parte José pasa también por un momento de crisis y de dudas. ‘María estaba desposada con José  y antes de vivir juntos resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo’. A José le cuesta entender, pero hemos de reconocer que, además de ser un hombre de una fe grande que pone toda su confianza en Dios, era un hombre totalmente enamorado; está  por medio el amor y no quiere hacer daño, por eso no quiere dar publicidad sino que quede todo en el secreto; quiere quedarse en segundo plano, pero Dios tiene otros planes para él.
Sabe José hacer silencio en su corazón para escuchar a Dios. Cómo tenemos que aprender a hacerlo porque algunas veces nos vemos aturdidos o por los problemas que nos van apareciendo en la vida con toda su gravedad y otras veces son ruidos superficiales los que nos ensordecen y no nos permiten percibir la voz de Dios. Cuántas cosas que nos pueden distraer. Es una imagen de ese silencio interior lo que se nos dice que en sueños se le apareció el ángel del Señor. No es una ilusión ensoñadora, sino un silencio del corazón que se abre a Dios.
‘No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y le pondrás por  nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de los pecados’, le dice el ángel. Allí se le está revelando el misterio de Dios. El hijo que María lleva en sus entrañas es el Emmanuel, Dios con nosotros, como ya había anunciado el profeta y habíamos escuchado nosotros en la primera lectura de Isaías; se llamará Jesús porque es nuestra luz y nuestra Salvación. Y José dijo sí - ‘hizo lo que le había mandado el ángel del Señor y se llevó a casa a su mujer’ - y entró en el plan de Dios. Entendió su misión, la misión que Dios le confiaba realizando su oficio de padre; el poner el nombre eso quiere expresar. 
Cuánto nos enseña para nuestra vida de cada día. Nos vemos envueltos en dudas y problemas que muchas veces nos afectan profundamente. Cada uno tenemos nuestros problemas y en cada corazón van surgiendo muchas veces muchos interrogantes ante situaciones que no vemos claras. Cuantos sufrimientos vemos también a nuestro alrededor en personas que vemos caminar agobiados por los problemas y parece que no tienen esperanza. Cuantos también se encierran en sí mismos porque quizá las situaciones por las que pasan les hacen verlo todo negro.
A algunas personas no les gusta oír hablar, por ejemplo, de Navidad, quizá agobiados por esos problemas o quizá porque se han creado una falsa ilusión e imagen de lo que es la navidad y cuando pasan por estrecheces o quizá se ven solos porque les faltan sus familiares más allegados con quienes en otra ocasión celebraron la navidad, ahora nos dicen que la navidad se acabó para ellos y no hay quien los saque de sus negruras y desesperanzas. ¿No pudiera suceder mucho de todo esto porque quizá hemos perdido la fe en lo que es la verdadera navidad? ¿No será  que quizá queremos hacer una navidad sin Jesús, por muchos belenes que hagamos y muchas figuritas que tengamos del niño Jesús?
Tenemos que descubrir su verdadero sentido para que podamos celebrar la navidad de forma auténtica. Y el verdadero sentido está en lo que le dice el ángel a José. Ese niño que va a nacer, ¿quién es? ‘Le pondrás  por nombre Jesús’, le decía el ángel a José, ‘porque el salvará a su pueblo de sus pecados’. Ese niño cuyo nacimiento vamos a celebrar es Jesús que es nuestro Salvador; es Jesús que es el Emmanuel, que es Dios con nosotros; es Jesús, el Hijo del Altísimo, el Hijo de Dios, que nos viene a manifestar, y de qué manera, el amor infinito de Dios por el hombre al que le ofrece su salvación.
Ahí en medio de esos problemas u oscuridades en que podamos vivir, envueltos en ese mal que atenaza nuestro mundo, nosotros vamos a celebrar que Jesús es nuestro Salvador, es la auténtica Luz que nos ilumina y da sentido a toda nuestra vida y a nuestro mundo. Tenemos que estar convencidos de esto para que podamos hacer una auténtica y verdadera navidad. Es el anuncio que nosotros, los creyentes, también tenemos que hacer a nuestro mundo, porque el mundo, todos los hombres necesitamos esa luz y esa salvación. ¿Será eso lo que en verdad celebramos y vivimos en la forma como solemos hacer navidad? ¿Esperamos y deseamos la salvación que Jesús viene a ofrecernos?
Tenemos que aprender de José y de María a quienes hoy contemplamos en el Evangelio; cómo se abrieron a Dios, hicieron silencio en su corazón para poder escuchar la voz de Dios. Necesitamos en medio de toda la barahúnda de ruidos que nos aturden estos días en que el mundo nos anuncia a su manera la navidad - cuánto consumismo, cuanta superficialidad en tantas cosas - detenernos un poco para escuchar a Dios, para prepararnos de verdad para recibir a Jesús como la verdadera esperanza de salvación para nosotros y para nuestro mundo.
Dejémonos iluminar por la Palabra del Señor. Lo necesitamos y lo necesita nuestro mundo. Es también el testimonio que nosotros los creyentes hemos de dar al mundo, el anuncio que tenemos que hacer. Vivamos esa cercanía de Dios que viene a nosotros en esa situación concreta, con nuestras oscuridades y problemas, con nuestros sufrimientos y nuestros deseos de un mundo mejor, y acojamos la salvación que el Señor nos ofrece. Preparémonos para una auténtica navidad.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Demos señales de que viene el Señor nuestro único Salvador y la alegría de nuestra vida

Is. 35, 1-6.10; Sal. 145; Sant. 5, 7-10; Mt. 11, 2-11
¿Quiénes son los que más se alegran al recibir una buena noticia? Pues aquellos para quienes esa buena noticia significa un anuncio de algo bueno para sus vidas; el preso que está en la cárcel y al que se le anuncia la libertad se alegrará mucho más que el que está libre y quizá esa noticia ni le signifique nada para su vida; el enfermo que siente que tiene una enfermedad irremediable pero lo anuncian que se puede curar, que pronto va a recobrar la salud en esa esperanza de una pronta salud se llenará su corazón de alegría; el pobre al que se le anuncia que se le acaban todos sus males y la escasez de medios para su vida se llenará de honda alegría con esa noticia.
Hablamos nosotros desde nuestra fe en Jesús de Evangelio, de Buena Noticia, pero, ¿viviremos en una alegría así? ¡Qué triste sería que tanto hablar de Evangelio, pero ya no sea Buena Noticia para nosotros que nos llene de alegría! Y esa da muchas veces la impresión viendo nuestra vida, viendo la vida de la mayoría de los cristianos que decimos que tenemos fe en Jesús pero en quienes no brilla precisamente esa alegría de la fe. Tendría que hacernos pensar.
‘Juan estaba en la cárcel’, nos dice el evangelista, y le llegan noticias de Jesús, de las obras que hacía. El había anunciado su venida - era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor - y había querido preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor, lleno como estaba del Espíritu divino que lo hacía profeta y más que profeta, como nos dirá hoy Jesús de él. Pero quizá había insistido en algunas cosas desde su espíritu del Antiguo Testamento y ahora lo que escuchaba de Jesús podría quizá parecerle un tanto extraño. Envía a sus discípulos a preguntarle a Jesús. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?’
¿Cuál es la respuesta de Jesús? ¿Qué es lo que Jesús hace? Dar cumplimiento a lo que habían anunciado los profetas y que tenía que ser motivo de una alegría grande. ‘A los pobres se les anuncia una Buena Noticia’. A aquellos, como decía el profeta, de manos débiles y de rodillas vacilantes, a aquellos que se sienten acobardados por tantos problemas como tienen en la vida y que parece que andan como ciegos sin saber qué hacer o hacia donde dirigirse, a aquellos que andan desorientados porque quizá no pueden escuchar una palabra que les oriente o que les levante el ánimo, se les anuncia una salvación, verán la gloria del Señor, viene para ellos el Señor con su salvación.
El profeta había anunciado: ‘Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decir a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis, mirad a vuestro Dios que viene en persona, resarcirá y os salvará; por eso se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará… alegría perpetua, gozo y alegría… pena y aflicción se alejarán’.
Se está realizando en Jesús. El lo había anunciado recordando al profeta Isaías en la Sinagoga de Nazaret, que a los pobres se les anunciaría una Buena Noticia. Pero también había dicho en el monte de las bienaventuranzas que serian felices los pobres, los que sufrían y lloraban, los que tenían una inquietud en su corazón de bien y de justicia que era como hambre y sed profunda, los que iban a padecer por su nombre… porque todo iba a cambiar, porque llegaba el Reino de Dios y El sería el único Señor de nuestra vida.
Por eso ahora ante la pregunta que le hacía Juan a través de sus enviados les había respondido: Decid a Juan que sí, que en mi se está cumpliendo lo que anunciaron los profetas, que vengo a traer una Buena Noticia de alegría para todos, ‘id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio’; decidle a Juan que todos se llenan de alegría como si surgiera una nueva primavera,  porque ‘el desierto y el yermo se regocijarán’ como si se llenaran de flores para hacer un hermoso jardín; ‘se alegrarán el páramo y la estepa, florecerán como olorosa flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría; tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión’.
Es la Buena Noticia, el Evangelio de Jesús. Es la Buena Noticia, el Evangelio que es Jesús. No son cosas que se hacen sino que es Jesús que viene y El es esa Buena Noticia para nosotros porque con El presente en nuestra vida todo se tiene que transformar. Nos sentimos con Jesús divinizados, nuestra vida es distinta ya para siempre; con Jesús recuperamos nuestra dignidad y nuestra grandeza; con la presencia de Jesús sentimos que nos levantamos para caminar con una nueva dignidad; con Jesús a nuestro lado hay una nueva esperanza en nuestra vida y comienza a rebrotar una alegría nueva en nuestro corazón.
Viene el Señor, viene en persona con su salvación para arrancarnos de nuestras tristezas y cobardías y llenarnos de una nueva alegría,  para caldear nuestro corazón con un nuevo estilo de amor donde todos comenzaremos a amarnos de verdad; viene el Señor con su salvación y, sí, comenzamos a amarnos más y a sentirnos más solidarios los unos con los otros; viene el Señor y aprenderemos a acercarnos de una manera nueva a los que sufren a nuestro lado tendiendo con amor nuestra mano o poniendo nuestro hombro para que sirva de apoyo a los que se sienten débiles; viene el Señor con su salvación y sabremos trasmitir paz y fortaleza a los corazones desgarrados y que se sienten acobardados quizá por tantos sufrimientos; viene el Señor con su salvación y en verdad tenemos que comenzar a hacer un mundo nuevo.
Y es que la pregunta que le vinieron a hacer a Jesús de parte de Juan, puede transformarse en pregunta que el mundo nos pueda estar haciendo a nosotros  los cristianos. ¿En verdad creéis que Jesús es la verdadera luz y salvación para nuestro mundo? ¿Tenemos los cristianos algo que decir a nuestro mundo en el nombre de Jesús? Nuestra respuesta no puede ser de otra manera que de la forma que la dio Jesús. Mirad, ved, comunicad lo que estáis viendo en la vida de los cristianos. ¿Se verán esas señales en nosotros de que en verdad creemos en Jesús como nuestro Salvador?
En la medida en que vayamos haciendo esas obras de Jesús estaremos dando verdadera respuesta. Son las obras de nuestro amor, de nuestra solidaridad, de nuestra cercanía al que sufre, de nuestra verdadera comunión con todos las que tienen que hablar por nosotros. Es esa sonrisa e ilusión que vayamos sembrando en tantos corazones desgarrados, es esa paz que tratamos de trasmitir con nuestra propia paz y que queremos construir frente a un mundo de violencia la que tiene que hablar.
Son las señales que en tantas cosas cada uno de nosotros tiene que dar. Son las señales que está dando la Iglesia en tantas obras que realiza, en tanta solidaridad que despierta, en tanta paz que quiere ir construyendo en nuestro mundo. Tenemos que reconocer la obra de la Iglesia en tantas obras de misericordia que a través de tantos atendiendo a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a los que están más abandonados y marginados de nuestro mundo que se siguen realizando.
¿Quiénes son los que se quedan hasta el final tras esas  grandes catástrofes que se suceden a lo largo y ancho de nuestro mundo? Allí veremos a los misioneros, a los religiosos y religiosas, a los voluntarios cristianos comprometidos que se quedan cuando ya nadie se acuerda de aquellas calamidades. Tenemos que recocerlo; tenemos que hacer que se sepa para que se vean los signos de Jesús que se siguen realizando en nuestro mundo, y el mundo pueda creer.

Es  la Buena Noticia del Evangelio que tenemos que anunciar, que nos llena de alegría y que quiere llenar de alegría nueva y de esperanza a nuestro mundo. Viene el Señor, que es nuestro Salvador, el verdadero Salvador de nuestra vida y de nuestro mundo.

viernes, 6 de diciembre de 2013

de la mano de la Inmaculada sentiremos que Dios está con nosotros

De mano de María Inmaculada sentiremos que Dios está con nosotros

Gén. 3, 9-15.20; Sal. 97; Rm. 15, 4-9; Lc. 1, 26-38
 En medio de nuestro camino del Adviento nos aparece hoy la figura de María. Volveremos a encontrarnos con ella en el cuarto domingo de Adviento, pero en este segundo domingo al coincidir con la fiesta de la Inmaculada se nos ha permitido centrarnos también en María nuestra  celebración.
María es ese faro de esperanza que nos ilumina y que nos orienta para que vayamos hasta Jesús. Ella es la madre que hizo posible el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre porque en sus entrañas se encarnó pero es también la madre que nos enseña a creer y a confiar, a poner nuestra esperanza en Dios y a dejar entrar a Dios en nuestra vida, como ella lo hizo, para dejarnos conducir por sus caminos. Como madre de Dios y madre nuestra nos enseña donde está Dios y cómo hemos de abrir nuestro corazón a Dios para que lo llene de su gracia y de su santidad.
‘¿Dónde estás?’ es la llamada Dios al hombre buscándole allá en aquel jardin del paraíso terrenal donde lo había colocado. El hombre se había escondido con temor al ver la desnudez de su vida a causa del pecado. ‘¿Dónde estás?’ es una búsqueda de amor más que un reproche como siempre hace un padre en la búsqueda de su hijo al que siempre amará aunque se haya apartado de él. El hombre no quiso escuchar la voz de Dios sino la voz del tentador que le ofrecía ser como Dios. En el diálogo que sigue aparecerá palpable la insolidaridad que se apodera fácil del corazón del hombre donde, aunque se sienta la culpa, sin embargo siempre se tratará de echar la culpa al otro. Es el mal, el vacío del desamor que se apodera del corazón del hombre y nos conducirá por caminos de mentira y de muerte.
‘¿Dónde estás?’ es la búsqueda continua de Dios a través de toda la historia de la salvación porque es el Señor el que siempre vendrá al encuentro del hombre por eso en este texto del Génesis - que llamamos por eso Protoevangelio - terminaremos escuchando un anuncio de salvación. Dios no abandona a la humanidad  a su suerte; Dios le ofrece salvación y liberación. Porque Dios querrá siempre la vida para el hombre y en su amor nos ofrecerá a su propio Hijo para que derrote ese mal y llene ese vacío del corazón del hombre con un nuevo sentido del amor. En Jesús comenzará una nueva era para la humanidad.
En contraste en el Evangelio la pregunta no es ‘¿dónde estás?’ sino más bien será la afirmación del ángel diciendole a María que en ella está Dios. ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… has encontrado gracia ante Dios’. María es la mujer que sí supo escuchar la voz de Dios abriendo su corazón al Misterio aunque en principio en su humildad se sintiera sobrecogida por el anuncio del ángel. ‘María se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel’, que dice el evangelista. Aunque era grande lo que se le anunciaba y podría parecer que trastocara todos sus planes humanos allí ella estaba dispuesta a dejarse conducir por Dios, a dejarse hacer por Dios. Sus preguntas son totalmente humanas porque en ellas se trasluce su humildad pero también la búsqueda de la mejor forma de cumplir la voluntad de Dios para su vida.
Y Dios se complace en María, y el Poderoso hará obras grandes en ella, y por María, porque hizo posible la Encarnación de Dios en sus entrañas, llegará para siempre, por todas las generaciones, la misericordia de Dios para con el hombre. ‘Has encontrado gracia ante Dios’, le dice el ángel. ¿Cómo no la vamos a ver toda pura e inmaculada, como hoy la proclamamos  en esta fiesta si así estaba ella llena de Dios, inundada por el Espiritu Santo? ‘El Espiritu Santo vendrá sobre ti y la fueza del Altísimo te cubrirá con su sombra’, le anuncia el ángel del Señor.
Dios le pregunta al hombre ¿dónde estás?, pero al mismo tiempo nos está diciendo dónde y cómo le podemos encontrar a El. Ahí tenemos un camino, hacer como María, la mujer humilde pero con disponibilidad total que abre su corazón a Dios. Porque esa apertura del corazón de María a Dios hará posible un maravilloso misterio de amor de Dios para con nosotros.
En las entrañas de María se encarnará para hacerse hombre, pero es que ya para siempre Dios será el Emmanuel, el Dios con nosotros; ‘concebirás y darás a luz un  hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará el Hijo del Altisimo… por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Y en Jesús, el Hijo de María que es el Hijo de Dios, ya tenemos para siempre la puerta de Dios abierta para nosotros, para encontrarnos con Dios, para ir a Dios, para mejor escuchar a Dios, para llegar a vivir a Dios, porque así Dios querrá habitar en nosotros. ‘Mi Padre y yo vendremos a El y haremos morada en él’, que nos dirá luego Jesús en el evangelio.
‘¿Dónde estás?’, era la pregunta de Dios buscando al hombre y ¿dónde estamos? puede ser la pregunta que nos hagamos nosotros. Si por una parte está esa búsqueda de Dios al hombre, tiene que estar también por nuestra parte nuestra apertura ante el misterio de Dios que se nos revela, que se nos manifiesta. 
María nos está enseñando a abrir nuestro corazón a Dios. En su humildad, en su disponibilidad, en la generosidad de la que ella había llenado su corazón nos está enseñando esas actitudes fundamentales que nosotros hemos de tener. ¿Dónde estamos, cuál es el camino que nosotros estamos haciendo para abrirnos al misterio de Dios, para acoger a Dios que viene a nuestra vida? Es lo que tenemos que pensar, es lo que tenemos que humildemente plantearnos.
María al final reconocería que Dios la hizo grande, que Dios realizó en ella cosas grandes, pero siempre se llamó a sí misma la humilde esclava del Señor dispuesta a que ella se cumpliera su Palabra, lo que era su voluntad. La actitud de la soberbia y del orgullo, como la de Adán que quería ser como Dios, es algo que tenemos que hacer desaparecer de nuestro corazón porque siempre hemos de saber reconocer que Dios es nuestro único Señor.
Tenemos que liberarnos de todo aquello que nos impide vivir del todo abiertos a Dios; arrancar apegos que nos hacen tener vacío el corazón y sueños de grandeza que tantas veces nos hacen insolidarios con los demás y llenos de mentira e hipocresía, como se manifestó ya al principio en la misma ruptura entre Adán y Eva que no reconocían su culpa y mutuamente se acusaban.
Ya expresábamos al principio que en este camino de Adviento María es un faro de esperanza que ilumina nuestra vida y nos señala trayectorias que nos lleven a Dios. Contemplar a María Inmaculada en esta fiesta que celebramos en medio del Adviento nos ayuda mucho en ese camino de preparación para la venida y la llegada del Señor a nuestra vida que celebramos en Navidad. María nos está enseñando a estar atentos al misterio de Dios, a su Palabra y a su presencia; con su pureza y su santidad es también un espejo donde mirarnos para aprender a ir reflejando en nosotros todas sus virtudes, toda su santidad,  toda la apertura de su corazón a Dios.

Caminemos de mano de María y también sentiremos que Dios está con nosotros.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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