Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

Amigos que entran a esta Casa de Paz. Gracias por estar aqui. Clikea en seguir y unete a nosotros

viernes, 13 de diciembre de 2013

Demos señales de que viene el Señor nuestro único Salvador y la alegría de nuestra vida

Is. 35, 1-6.10; Sal. 145; Sant. 5, 7-10; Mt. 11, 2-11
¿Quiénes son los que más se alegran al recibir una buena noticia? Pues aquellos para quienes esa buena noticia significa un anuncio de algo bueno para sus vidas; el preso que está en la cárcel y al que se le anuncia la libertad se alegrará mucho más que el que está libre y quizá esa noticia ni le signifique nada para su vida; el enfermo que siente que tiene una enfermedad irremediable pero lo anuncian que se puede curar, que pronto va a recobrar la salud en esa esperanza de una pronta salud se llenará su corazón de alegría; el pobre al que se le anuncia que se le acaban todos sus males y la escasez de medios para su vida se llenará de honda alegría con esa noticia.
Hablamos nosotros desde nuestra fe en Jesús de Evangelio, de Buena Noticia, pero, ¿viviremos en una alegría así? ¡Qué triste sería que tanto hablar de Evangelio, pero ya no sea Buena Noticia para nosotros que nos llene de alegría! Y esa da muchas veces la impresión viendo nuestra vida, viendo la vida de la mayoría de los cristianos que decimos que tenemos fe en Jesús pero en quienes no brilla precisamente esa alegría de la fe. Tendría que hacernos pensar.
‘Juan estaba en la cárcel’, nos dice el evangelista, y le llegan noticias de Jesús, de las obras que hacía. El había anunciado su venida - era la voz que clamaba en el desierto para preparar los caminos del Señor - y había querido preparar un pueblo bien dispuesto para el Señor, lleno como estaba del Espíritu divino que lo hacía profeta y más que profeta, como nos dirá hoy Jesús de él. Pero quizá había insistido en algunas cosas desde su espíritu del Antiguo Testamento y ahora lo que escuchaba de Jesús podría quizá parecerle un tanto extraño. Envía a sus discípulos a preguntarle a Jesús. ‘¿Eres tú el que ha de venir o hemos de esperar a otro?’
¿Cuál es la respuesta de Jesús? ¿Qué es lo que Jesús hace? Dar cumplimiento a lo que habían anunciado los profetas y que tenía que ser motivo de una alegría grande. ‘A los pobres se les anuncia una Buena Noticia’. A aquellos, como decía el profeta, de manos débiles y de rodillas vacilantes, a aquellos que se sienten acobardados por tantos problemas como tienen en la vida y que parece que andan como ciegos sin saber qué hacer o hacia donde dirigirse, a aquellos que andan desorientados porque quizá no pueden escuchar una palabra que les oriente o que les levante el ánimo, se les anuncia una salvación, verán la gloria del Señor, viene para ellos el Señor con su salvación.
El profeta había anunciado: ‘Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decir a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis, mirad a vuestro Dios que viene en persona, resarcirá y os salvará; por eso se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará como un ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará… alegría perpetua, gozo y alegría… pena y aflicción se alejarán’.
Se está realizando en Jesús. El lo había anunciado recordando al profeta Isaías en la Sinagoga de Nazaret, que a los pobres se les anunciaría una Buena Noticia. Pero también había dicho en el monte de las bienaventuranzas que serian felices los pobres, los que sufrían y lloraban, los que tenían una inquietud en su corazón de bien y de justicia que era como hambre y sed profunda, los que iban a padecer por su nombre… porque todo iba a cambiar, porque llegaba el Reino de Dios y El sería el único Señor de nuestra vida.
Por eso ahora ante la pregunta que le hacía Juan a través de sus enviados les había respondido: Decid a Juan que sí, que en mi se está cumpliendo lo que anunciaron los profetas, que vengo a traer una Buena Noticia de alegría para todos, ‘id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven, y los inválidos andan; los leprosos quedan limpios, y los sordos oyen; los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio’; decidle a Juan que todos se llenan de alegría como si surgiera una nueva primavera,  porque ‘el desierto y el yermo se regocijarán’ como si se llenaran de flores para hacer un hermoso jardín; ‘se alegrarán el páramo y la estepa, florecerán como olorosa flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría; tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarión’.
Es la Buena Noticia, el Evangelio de Jesús. Es la Buena Noticia, el Evangelio que es Jesús. No son cosas que se hacen sino que es Jesús que viene y El es esa Buena Noticia para nosotros porque con El presente en nuestra vida todo se tiene que transformar. Nos sentimos con Jesús divinizados, nuestra vida es distinta ya para siempre; con Jesús recuperamos nuestra dignidad y nuestra grandeza; con la presencia de Jesús sentimos que nos levantamos para caminar con una nueva dignidad; con Jesús a nuestro lado hay una nueva esperanza en nuestra vida y comienza a rebrotar una alegría nueva en nuestro corazón.
Viene el Señor, viene en persona con su salvación para arrancarnos de nuestras tristezas y cobardías y llenarnos de una nueva alegría,  para caldear nuestro corazón con un nuevo estilo de amor donde todos comenzaremos a amarnos de verdad; viene el Señor con su salvación y, sí, comenzamos a amarnos más y a sentirnos más solidarios los unos con los otros; viene el Señor y aprenderemos a acercarnos de una manera nueva a los que sufren a nuestro lado tendiendo con amor nuestra mano o poniendo nuestro hombro para que sirva de apoyo a los que se sienten débiles; viene el Señor con su salvación y sabremos trasmitir paz y fortaleza a los corazones desgarrados y que se sienten acobardados quizá por tantos sufrimientos; viene el Señor con su salvación y en verdad tenemos que comenzar a hacer un mundo nuevo.
Y es que la pregunta que le vinieron a hacer a Jesús de parte de Juan, puede transformarse en pregunta que el mundo nos pueda estar haciendo a nosotros  los cristianos. ¿En verdad creéis que Jesús es la verdadera luz y salvación para nuestro mundo? ¿Tenemos los cristianos algo que decir a nuestro mundo en el nombre de Jesús? Nuestra respuesta no puede ser de otra manera que de la forma que la dio Jesús. Mirad, ved, comunicad lo que estáis viendo en la vida de los cristianos. ¿Se verán esas señales en nosotros de que en verdad creemos en Jesús como nuestro Salvador?
En la medida en que vayamos haciendo esas obras de Jesús estaremos dando verdadera respuesta. Son las obras de nuestro amor, de nuestra solidaridad, de nuestra cercanía al que sufre, de nuestra verdadera comunión con todos las que tienen que hablar por nosotros. Es esa sonrisa e ilusión que vayamos sembrando en tantos corazones desgarrados, es esa paz que tratamos de trasmitir con nuestra propia paz y que queremos construir frente a un mundo de violencia la que tiene que hablar.
Son las señales que en tantas cosas cada uno de nosotros tiene que dar. Son las señales que está dando la Iglesia en tantas obras que realiza, en tanta solidaridad que despierta, en tanta paz que quiere ir construyendo en nuestro mundo. Tenemos que reconocer la obra de la Iglesia en tantas obras de misericordia que a través de tantos atendiendo a los pobres, a los enfermos, a los ancianos, a los que están más abandonados y marginados de nuestro mundo que se siguen realizando.
¿Quiénes son los que se quedan hasta el final tras esas  grandes catástrofes que se suceden a lo largo y ancho de nuestro mundo? Allí veremos a los misioneros, a los religiosos y religiosas, a los voluntarios cristianos comprometidos que se quedan cuando ya nadie se acuerda de aquellas calamidades. Tenemos que recocerlo; tenemos que hacer que se sepa para que se vean los signos de Jesús que se siguen realizando en nuestro mundo, y el mundo pueda creer.

Es  la Buena Noticia del Evangelio que tenemos que anunciar, que nos llena de alegría y que quiere llenar de alegría nueva y de esperanza a nuestro mundo. Viene el Señor, que es nuestro Salvador, el verdadero Salvador de nuestra vida y de nuestro mundo.

viernes, 6 de diciembre de 2013

de la mano de la Inmaculada sentiremos que Dios está con nosotros

De mano de María Inmaculada sentiremos que Dios está con nosotros

Gén. 3, 9-15.20; Sal. 97; Rm. 15, 4-9; Lc. 1, 26-38
 En medio de nuestro camino del Adviento nos aparece hoy la figura de María. Volveremos a encontrarnos con ella en el cuarto domingo de Adviento, pero en este segundo domingo al coincidir con la fiesta de la Inmaculada se nos ha permitido centrarnos también en María nuestra  celebración.
María es ese faro de esperanza que nos ilumina y que nos orienta para que vayamos hasta Jesús. Ella es la madre que hizo posible el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre porque en sus entrañas se encarnó pero es también la madre que nos enseña a creer y a confiar, a poner nuestra esperanza en Dios y a dejar entrar a Dios en nuestra vida, como ella lo hizo, para dejarnos conducir por sus caminos. Como madre de Dios y madre nuestra nos enseña donde está Dios y cómo hemos de abrir nuestro corazón a Dios para que lo llene de su gracia y de su santidad.
‘¿Dónde estás?’ es la llamada Dios al hombre buscándole allá en aquel jardin del paraíso terrenal donde lo había colocado. El hombre se había escondido con temor al ver la desnudez de su vida a causa del pecado. ‘¿Dónde estás?’ es una búsqueda de amor más que un reproche como siempre hace un padre en la búsqueda de su hijo al que siempre amará aunque se haya apartado de él. El hombre no quiso escuchar la voz de Dios sino la voz del tentador que le ofrecía ser como Dios. En el diálogo que sigue aparecerá palpable la insolidaridad que se apodera fácil del corazón del hombre donde, aunque se sienta la culpa, sin embargo siempre se tratará de echar la culpa al otro. Es el mal, el vacío del desamor que se apodera del corazón del hombre y nos conducirá por caminos de mentira y de muerte.
‘¿Dónde estás?’ es la búsqueda continua de Dios a través de toda la historia de la salvación porque es el Señor el que siempre vendrá al encuentro del hombre por eso en este texto del Génesis - que llamamos por eso Protoevangelio - terminaremos escuchando un anuncio de salvación. Dios no abandona a la humanidad  a su suerte; Dios le ofrece salvación y liberación. Porque Dios querrá siempre la vida para el hombre y en su amor nos ofrecerá a su propio Hijo para que derrote ese mal y llene ese vacío del corazón del hombre con un nuevo sentido del amor. En Jesús comenzará una nueva era para la humanidad.
En contraste en el Evangelio la pregunta no es ‘¿dónde estás?’ sino más bien será la afirmación del ángel diciendole a María que en ella está Dios. ‘Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo… has encontrado gracia ante Dios’. María es la mujer que sí supo escuchar la voz de Dios abriendo su corazón al Misterio aunque en principio en su humildad se sintiera sobrecogida por el anuncio del ángel. ‘María se turbó ante estas palabras y se preguntaba qué saludo era aquel’, que dice el evangelista. Aunque era grande lo que se le anunciaba y podría parecer que trastocara todos sus planes humanos allí ella estaba dispuesta a dejarse conducir por Dios, a dejarse hacer por Dios. Sus preguntas son totalmente humanas porque en ellas se trasluce su humildad pero también la búsqueda de la mejor forma de cumplir la voluntad de Dios para su vida.
Y Dios se complace en María, y el Poderoso hará obras grandes en ella, y por María, porque hizo posible la Encarnación de Dios en sus entrañas, llegará para siempre, por todas las generaciones, la misericordia de Dios para con el hombre. ‘Has encontrado gracia ante Dios’, le dice el ángel. ¿Cómo no la vamos a ver toda pura e inmaculada, como hoy la proclamamos  en esta fiesta si así estaba ella llena de Dios, inundada por el Espiritu Santo? ‘El Espiritu Santo vendrá sobre ti y la fueza del Altísimo te cubrirá con su sombra’, le anuncia el ángel del Señor.
Dios le pregunta al hombre ¿dónde estás?, pero al mismo tiempo nos está diciendo dónde y cómo le podemos encontrar a El. Ahí tenemos un camino, hacer como María, la mujer humilde pero con disponibilidad total que abre su corazón a Dios. Porque esa apertura del corazón de María a Dios hará posible un maravilloso misterio de amor de Dios para con nosotros.
En las entrañas de María se encarnará para hacerse hombre, pero es que ya para siempre Dios será el Emmanuel, el Dios con nosotros; ‘concebirás y darás a luz un  hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande, se llamará el Hijo del Altisimo… por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios’. Y en Jesús, el Hijo de María que es el Hijo de Dios, ya tenemos para siempre la puerta de Dios abierta para nosotros, para encontrarnos con Dios, para ir a Dios, para mejor escuchar a Dios, para llegar a vivir a Dios, porque así Dios querrá habitar en nosotros. ‘Mi Padre y yo vendremos a El y haremos morada en él’, que nos dirá luego Jesús en el evangelio.
‘¿Dónde estás?’, era la pregunta de Dios buscando al hombre y ¿dónde estamos? puede ser la pregunta que nos hagamos nosotros. Si por una parte está esa búsqueda de Dios al hombre, tiene que estar también por nuestra parte nuestra apertura ante el misterio de Dios que se nos revela, que se nos manifiesta. 
María nos está enseñando a abrir nuestro corazón a Dios. En su humildad, en su disponibilidad, en la generosidad de la que ella había llenado su corazón nos está enseñando esas actitudes fundamentales que nosotros hemos de tener. ¿Dónde estamos, cuál es el camino que nosotros estamos haciendo para abrirnos al misterio de Dios, para acoger a Dios que viene a nuestra vida? Es lo que tenemos que pensar, es lo que tenemos que humildemente plantearnos.
María al final reconocería que Dios la hizo grande, que Dios realizó en ella cosas grandes, pero siempre se llamó a sí misma la humilde esclava del Señor dispuesta a que ella se cumpliera su Palabra, lo que era su voluntad. La actitud de la soberbia y del orgullo, como la de Adán que quería ser como Dios, es algo que tenemos que hacer desaparecer de nuestro corazón porque siempre hemos de saber reconocer que Dios es nuestro único Señor.
Tenemos que liberarnos de todo aquello que nos impide vivir del todo abiertos a Dios; arrancar apegos que nos hacen tener vacío el corazón y sueños de grandeza que tantas veces nos hacen insolidarios con los demás y llenos de mentira e hipocresía, como se manifestó ya al principio en la misma ruptura entre Adán y Eva que no reconocían su culpa y mutuamente se acusaban.
Ya expresábamos al principio que en este camino de Adviento María es un faro de esperanza que ilumina nuestra vida y nos señala trayectorias que nos lleven a Dios. Contemplar a María Inmaculada en esta fiesta que celebramos en medio del Adviento nos ayuda mucho en ese camino de preparación para la venida y la llegada del Señor a nuestra vida que celebramos en Navidad. María nos está enseñando a estar atentos al misterio de Dios, a su Palabra y a su presencia; con su pureza y su santidad es también un espejo donde mirarnos para aprender a ir reflejando en nosotros todas sus virtudes, toda su santidad,  toda la apertura de su corazón a Dios.

Caminemos de mano de María y también sentiremos que Dios está con nosotros.

sábado, 30 de noviembre de 2013

Porque viene, se le espera, El nos tiene anunciada su venida

Is. 2, 1-5; Sal. 121; Rm. 13, 11-14; Mt. 24, 37-44
Llega el tiempo del Adviento y van surgiendo, como rebotando, una serie de palabras con las que queremos expresar lo que son los sentimientos que brotan en nosotros ante la llegada del Adviento o que nos señalan una serie de actitudes que consideramos importante vivir en este tiempo.  
Hablamos de adviento y hablamos de la venida del Señor; hablamos de adviento y enseguida surgen el pensamiento de la esperanza o de la vigilancia, como  nos recuerda la noche con sus sueños y tinieblas de la que hay que despertar parece que se  nos abriera un camino que nos condujera a la luz; va sintiéndose como aparecen unos sentimientos de alegría por algo que está por llegar y nos sentimos en la necesidad de preparar algo o de prepararnos nosotros ante un acontecimiento grande que se acerca a nuestra vida y de alguna manera va a influir en nosotros, en nuestros sentimientos o en nuestras actitudes.
Pero ¿qué es el Adviento?, nos seguimos preguntando en el fondo; ¿qué es lo que tenemos que hacer o preparar?, parece que son preguntas que se nos hacen o nos hacemos a nosotros mismos.
La palabra en si misma, Adviento, sí que nos está hablando de una venida y de una venida para la que hemos de estar preparados. En sentido cristiano estamos hablando de la venida del Señor, porque por una parte nos disponemos a celebrar su primera venida en la carne cuando se hizo Enmanuel para ser Dios con nosotros que nos traía la salvación; pero nos sigue hablando de una venida del Señor que ya no es solo celebración y memorial de algo pasado, sino que nos hace pensar en el futuro y en su segunda venida al final de los tiempos.
Pero media el tiempo presente en el que también hemos de saber descubrir una venida, la venida del Señor que llega a nuestra vida y para lo que hemos de estar atentos para no perdernos su presencia y su gracia salvadora en el  hoy de nuestra vida. La liturgia con que celebramos nuestra fe está empapada de estos tres aspectos, llamémoslos así, de su venida.
Porque viene, se le espera, pero además El nos tiene anunciada su venida. Es por eso por lo que realmente, sí, llamamos a este momento tiempo de esperanza. Esperamos al Señor como lo anunciaban y esperaban los profetas del Antiguo Testamento y como lo esperaba el pueblo creyente de Israel deseosos de la llegada de su Mesías; esperamos la venida del Señor porque nos prometió una venida con gran poder y gloria al final de los tiempos donde el Hijo del Hombre llegará como juez que nos juzgue en el último día; esperamos la venida del Señor cada día y en cada momento porque El nos prometió su presencia para siempre con nosotros hasta el final de los tiempos y muchas veces se nos nublan los ojos del alma y no sabemos descubrir su presencia ni llenarnos de su gracia salvadora.
Pero nuestra esperanza no es una esperanza pasiva; es una esperanza que nos hace estar atentos y vigilantes, como el vigía o el centinela que espera la llegada del amanecer de un nuevo día pero durante la noche está vigilante para que en medio de aquellas tinieblas no haya ninguna sorpresa que nos pudiera poner en peligro.
Pero la esperanza verdadera nunca se vive desde el agobio ni la angustia; la esperanza verdadera no solo nos hace abrir bien los ojos para que no haya ningun peligro que nos dañe, sino para estar muy atento a las señales que van anunciandonos la llegada de lo que esperamos; la esperanza verdadera nos hace vivir con un sentido nuevo todo aquello que nos va pasando en la espera del sumo bien que estamos esperando y deseando; la esperanza verdadera va ya pregustando las mieles de la alegría que un día podrá vivir en plenitud, aunque ahora el camino se haga tortuoso o esté lleno de sufrimientos y dificultades; la verdadera esperanza no nos deja adormecernos en rutinas y desganas, ni nos permite dejarnos sucumbir en medio de los esfuerzos y responsabilidades que cada día hemos de vivir.
La verdadera esperanza nos hace fuertes y maduros, nos da ánimos para la lucha y para la superación en valores y virtudes cada día, nos impulsa al crecimiento de nuestra verdadera personalidad humana pero levanta también nuestro espíritu haciendonos mirar hacia lo alto para poner grandes metas e ideales en la vida. La verdadera esperanza nos hace cada día más humanos y más divinos al mismo tiempo, porque caminando con los pies a ras de tierra en lo que es la vida de cada día, nos hace levantar el espíritu dándole alas de trascendencia a lo que hacemos o por lo que luchamos acercándonos más a Dios.
Sin embargo somos conscientes de que muchas veces nuestra esperanza se nos puede debilitar por muchos motivos y razones. Nos podemos sentir turbados por los agobios que nos producen los problemas que nos envuelven en lo inmediato de cada día o podemos sentir la tentación de tirar la toalla en nuestro camino de superación porque quizá nos sintamos débiles o incapaces; podemos cegarnos en el deseo de las cosas cercanas e inmediatas que deseamos obtener pronto y podemos olvidar la grandeza de aquellas otras cosas por las que merece mantener el esfuerzo y la lucha porque ponen altas metas e ideales en nuestra vida.
Todo esto puede hacer que nos encontremos en medio de un mundo donde muchas veces se ha perdido la esperanza; las crisis y los problemas pueden cegarnos el alma y hacernos olvidar lo que es verdaderamente grande y nos haría grandes; el materialismo que todo lo invade o el deseo del placer fácil nos pueden hacer que nos arrastremos demasiado a ras de tierra dejándonos llevar por la pasión inmediata y se pierda toda ilusión por algo más grande y mejor.
Pero en medio de ese mundo estamos nosotros celebrando el Adviento. Y no olvidamos que viene el Señor y su venida viene a avivar nuestra esperanza haciendola rebrotar con los más hermosos y puros deseos. En medio de ese mundo queremos mantener nuestra esperanza porque sabemos que viene a nuestra vida el que con su salvación va a hacer surgir un mundo nuevo empezando por transformar nuestro corazón.
Aunque sean muchas las cosas que nos quieran adormecer o hacer perder la esperanza nosotros queremos escuchar el grito que nos despierta y nos da fuerza para salir de esas sombras de tinieblas en que el mundo con sus pasiones quiere envolvernos. Sí, queremos estar atentos y vigilantes porque no sabemos a que hora vendrá nuestro Señor. Atentos y vigilantes porque queremos estar bien preparados y pertrechados con las armas de la luz y con el escudo protector de la Palabra de Dios y revestidos con el vestido de la gracia del Señor.
‘Daos cuenta del momento en que vivís, nos decía el apóstol san Pablo; ya es hora de despertarnos del sueño porque nuestra salvación está cerca… conduzcámonos como en pleno día… vestíos del Señor Jesucristo’. Que nada nos confunda ni nos distraiga de un verdadero Adviento. Habrán otras luces que brillarán queriéndonos encandilar y confundir; aunque brillen muchas luces externas sin embargo el mundo sigue envuelto en las tinieblas de la noche y muchas veces rechaza la luz verdadera.
De cuántas cosas nos habla el mundo para decirnos que eso es navidad. Busquemos la verdadera navidad, la que llega a nosotros con la venida del Señor a nuestra vida y nos hará vivir la verdadera salvación del Señor. Que no son comidas ni golosinas, ni regalos superficiales ni encuentros muchos de ellos llenos de falsedad e hipocresía. No nos dejemos engatusar ni confundir. Dejemonos, sí, transformar por la presencia y la gracia del Señor para hacer que nosotros seamos mejores y nuestro mundo sea mejor y esté más lleno de justicia y de paz, para hacer que en verdad todos lleguen a reconocer que Dios es el único Señor de nuestra vida y que el Evangelio de Jesús tendrá que ser el verdadero motor de nuestro mundo para hacer un mundo mejor que realmente sea el Reino de Dios.

‘Estad preparados porque a la hora que menos pensais llega el Hijo del Hombre’. Que no perdamos la perspectiva de la verdadera esperanza en nuestra vida.

viernes, 22 de noviembre de 2013

Demos gracias a Dios que nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido

2Sam. 5, 1-3; Sal. 121; Col. 1, 12-20; Lc. 23, 35-43
‘Demos gracias a Dios que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. El nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’.
He querido comenzar la reflexión en esta fiesta de Cristo Rey del Universo que estamos celebrando con estas palabras de acción de gracias del apóstol san Pablo que hemos escuchado en la carta a los Colosenses. Vaya por delante, como solemos decir, y por encima de todo nuestra acción de gracias por el don de la fe, porque podamos confesar que Jesús es el Señor. Pero sí hemos de preguntarnos también por el sentido de esta fiesta y celebración para que podamos llegarla a vivir con toda profundidad.
Lo menos que se lo podría ocurrir a alguien es que fuera a buscar a un rey en un lugar de suplicio y de tormento; tampoco podría parecer que tuviera sentido el buscar el trono de un rey en un cadalso, en este caso, en una cruz. Los reyes los buscaríamos en otra parte y con otros, por así decirlo, ornamentos. Pero es lo que nos presenta hoy la liturgia de la Iglesia para poner ante nuestros ojos a Cristo Rey. Pero bien sabemos que tiene su sentido. Ya le respondería Jesús a Pilatos que su reino no es como los de este mundo; que si fuera como los reinos de este mundo allá estarían sus ejércitos para defenderlo. Sin embargo proclamamos a Jesucristo Rey.
Del Reino nos estuvo hablando siempre. El primer anuncio que nos hacía cuando comenzó por Galilea era invitarnos a la conversión porque llegaba el Reino de Dios. Las palabras algunas veces nos pueden jugar malas pasadas, porque depende de lo que entendamos por las palabras que decimos. Esperaban un Mesias, un Ungido que ese es el significado de la palabra hebrea si la tradujéramos literalmente, y el Ungido era el Rey. Luego el Mesías habría de ponerse al frente de su pueblo como rey, pero ¿de qué manera? ¿a la manera de los reyes de este mundo?
Cuando los discípulos andan allá poco menos que peleandose los unos con los otros por ver quien era el que había de ser principal, de ocupar el primer puesto, ya les dice Jesús que ellos no pueden actuar a la manera de los poderosos de este mundo. ‘El que quiera ser primero entre vosotros que sea vuestro servidor, que se haga el último y el servidor de todos’, les diría.
¿Cómo aceptaría Jesús que la gente lo considerara a El como rey? Ya recordamos que tras la multiplicación de los panes cuando comenzaron a pensar en proclamarlo rey, se escondió en la montaña porque no era eso lo que El buscaba ni era así su misión. Sin embargo hay otro momento en que sí aceptar que lo aclamen de esa manera.
Cuando san Lucas nos narra la entrada de Jesús en Jerusalen unos días antes de la Pascua, pide que le traigan un borrico que los discípulos ‘lo aparejaron con sus mantos y lo ayudaron a montar; y cuando se acercaba ya la bajada del monte de los Olivos, la masa de los discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos, por todos los milagros que habian visto, diciendo: ¡Bendito el que viene como Rey, en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en lo alto, Hosanna…’ Y cuando los fariseos le piden que mande callar a la gente en aquellas aclamaciones, les dirá: ‘Os digo que, si estos callan, gritarán las piedras’.
‘Bendito el que viene como Rey, en nombre del Señor’. Ahora sí acepta Jesús que le aclamen como Rey cuando llega ya la pascua y la que va a ser pascua eterna y definitiva. Llega el momento de la ofrenda de amor, del servicio y la entrega hasta el final, del amor del que ama hasta dar la vida, de la sangre derramada en rescate y sacrificio para arrancarnos del reino de las tinieblas y llevarnos al Reino de la Luz. Ahora se va a proclamar en verdad que Jesús es nuestro Rey. Y no solo porque se ponga en el estandarte de la ejecución la razón de aquella condena ‘éste es el rey de los judíos’, sino porque en verdad Jesús se nos está mostrando como Rey.
Alrededor de la cruz de Jesús vamos a escuchar muchos gritos y muchas burlas. ‘A otros a salvado, que se salve a sí mismo si El es el Ungido de Dios… si eres el Rey de los judíos, sálvate a ti mismo… ¿no eres tú el Mesias?’ diría uno de los condenados al mismo suplicio, ‘sálvate a ti mismo y a nosotros contigo’.
Pero allá alguien que está en el mismo dolor y en el mismo suplicio está contemplando todo con unos ojos distintos, porque parece que una luz le ha llegado al alma. El dolor y el sufrimiento pueden hacer que nos rebelemos contra todo, pero puede ser también un camino que nos ayude a encontrar un sentido a lo que parece que no tiene sentido, si abrimos al menos una rendija del alma para que entre la luz. Es lo que sucedió con el otro de los condenados. Su grito será por una parte para recriminar al otro condenado al mismo suplicio que allá se rebelaba contra todo entrando en el juego de las burlas o de la desesperación, pero por otra parte será un grito de confianza y de esperanza, porque por esa rendija del alma de su dolor ha entrado la luz de la fe. ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’. Hermosa profesión de fe; profunda confesión de esperanza.
Es el que hoy está enseñándonos a que proclamemos con todo sentido a Jesucristo como nuestro Rey. Está descubriendo lo que es el verdadero amor y cuando hay paz de verdad en el alma. Por un camino que quizá nos pudiera parecer imposible, por el camino del mismo suplicio y del mismo dolor y sufrimiento aquel hombre se ha abierto a la fe para reconocer en verdad que Jesús es el Señor. Allí, en la misma Cruz, ha encontrado la Buena Noticia del Evangelio y ha entrado en el camino de la vida y de la salvación. ‘Te lo aseguro, hoy mismo estarás en mi reino, estarás conmigo en el paraiso’. Qué hermoso encontrar así la salvación definitiva.
Estamos concluyendo hoy el Año de la fe al que nos convocó Benedicto XVI y que el Papa Francisco nos ha ayudado a concluir. Y de qué mejor manera que concluirlo con una profesión de nuestra fe reconociendo que Jesús es en verdad el Señor, el único Señor de nuestra vida, nuestro Rey. Pero no pueden ser solo palabras que digamos con nuestros labios, aunque con nuestros labios también hemos de proclamarlas bien en alto para que a muchos puede alcanzar ese rayo de luz que les abra a la fe. Hemos de proclamar nuestra fe con toda nuestra vida.
Hemos venido queriendo ahondar más y más en nuestra fe con las reflexiones que la Iglesia nos ha ofrecido a lo largo del año y con la participación de forma viva en las celebraciones de nuestra fe. Pero quizá aun pudiera faltarnos algun otro fogonazo de luz para que nos despierte de forma viva a vivir nuestra fe con mayor intensidad.
Quiero fijarme en ese hermoso testimonio que nos ofrece el que llamamos el buen ladrón, que desde la misma cruz y el mismo dolor supo o pudo encontrar la luz. Quizá pasamos también nosotros por problemas que nos puedan agobiar sobre todo en las circunstancias sociales en que se vive en hoy, o quizá estamos envueltos en dolores y sufrimientos por enfermedades, achaques o debilidades que nos pueden aparecer en la vida; que desde ahí sepamos ponernos a la altura de la cruz de Cristo y le miremos y nos miremos, como lo hizo aquel hombre del evangelio en el calvario.

Ahí también nosotros podemos encontrar esa Buena Nueva del Evangelio que nos lleve a resucitar o reavivar nuestra fe. Sería un hermoso colofón para este año que hemos recorrido. Que desde ahí, en lo que es nuestra vida, sepamos descubrir a Jesús como nuestro único y verdadero salvador. Es el Señor, el Dios de nuestra salvación. Por eso podemos terminar nuestra reflexión con las mismas palabras de san Pablo con que la iniciamos: ‘Demos gracias a Dios que nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. El nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados’

sábado, 16 de noviembre de 2013

Una esperanza para nuestro mundo desde el anuncio del  nombre salvador de Jesús

Mal. 3, 19-20; Sal. 97; 2Tes. 3, 7-12; Lc. 21, 5-19
‘A los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas’. Palabras consoladoras, palabras de esperanza las que escuchamos en el profeta. Son anticipo y podríamos decir eco anticipado de las que va a pronunciar Jesús en el final del evangelio hoy proclamado: ‘Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.
Necesitamos escuchar palabras así que nos animen a la esperanza. En todos los sentidos, en los aspectos humanos de la vida y también en lo que es el camino de nuestra vida cristiana. El camino que vamos haciendo en la vida no siempre es fácil. Y es que ese camino, que nosotros hemos de saber recorrer desde el sentido de la fe, con una visión de fe en los ojos de nuestra alma si en verdad nos llamamos cristianos, es un camino que vamos haciendo en este mundo nuestro tan convulso y a veces complicado; y las situaciones sociales por las que pasamos en los momentos concretos que vivimos no los podemos poner como en un aparte de lo que como creyentes vamos queriendo vivir. El mundo necesita esperanza; nosotros necesitamos también esperanza.
Como ya nos decía el concilio Vaticano II, y nos lo ha recordado nuestro obispo en la carta con motivo del Día de la Iglesia Diocesana, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo…” (Gaudium et spes, 1). Esa situación nos afecta; no podemos ser insensibles ante el sufrimiento humano de tantos a nuestro alrededor; y en esa situación concreta cuando queremos vivir nuestra fe, cuando queremos vivir como creyentes nos cuesta, porque incluso vamos a encontrar oposición fuerte a neustras posturas de creyentes y de cristianos. Y en esa situación concreta de nuestro mundo hemos de ser luz. Tener nosotros esperanza y tratar de llevar la luz de la esperanza también a ese mundo en el que vivimos.
Esa descripción que nos hecho hoy el evangelio no la podemos mirar ni casi como una anécdota que se pueda referir a lo que vivieron los cristianos en aquellos primeros tiempos, ni quedarnos solamente para los momentos finales de la historia y del mundo desde ese género apocalíptico en que están descritos. Es cierto que tienen ese sentido escatológico. No lo podemos perder de vista y así llenemos de trascendencia nuestra vida, sabiendo que un día hemos de presentarnos delante del Señor. Pero son también una fotografía de nuestra historia, la que han vivido tantos antes que nosotros y la que nosotros vivimos también en el momento presente.
Aunque el evangelista, en lo que hoy hemos escuchado, arranca de la destrucción del templo de Jerusalén, que probablemente cuando se escribió este evangelio de Lucas, ya se había realizado, continúa, sin embargo, describiéndonos los avatares, podríamos decir, por los que los cristianos de todos los tiempos han tenido que pasar. La fe de los cristianos siempre se ha visto probada en mil dificultades, persecuciones, desencuentros con el mundo que nos rodea, confusiones en muchas ocasiones, incomprensiones por parte de quienes no quieren entender lo que es el mensaje evangélico que queremos vivir y proclamar.
Forma parte, podríamos decir, del guión del que quiere ser seguidor de verdad de Jesús, del discípulo de Cristo. El nos lo había anunciado. ‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio’, nos ha dicho. Y ser constantes en la adversidad ha sido y es una buena prueba de fuego para depurar nuestra fe y mantenernos en fidelidad. Por eso siempre se ha dicho que la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Y la fe probada siempre saldrá fortalecida. Como el oro purificado en el crisol.
Pero nosotros caminamos con la confianza de la presencia del Señor, de la fuerza de su Espíritu. Ya le hemos escuchado decir hoy en el evangelio: ‘Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’. Y como ya mencionábamos con la perseverancia tendremos la salvación.
Todos los tiempos han tenido sus momentos difíciles y la oposición a la fe, la indiferencia de tantos o la persecución, unas veces más solapada y otras más abierta y directa siempre ha estado presente en la vida de la Iglesia. Pero hemos de sentirnos fuertes en el Señor y la proclamación de nuestra fe tenemos que seguir haciéndola y el anuncio de Jesús y del mensaje del evangelio no se puede acallar. De nuestra parte está el Señor. Por eso, como decíamos al principio recogiendo tanto el texto del profeta como las palabras finales del evangelio de hoy, esas palabras nos confortan y nos llenan de esperanza y nos sentimos siempre fortalecidos con la gracia del Señor.
Antes decíamos que el mundo necesitaba de esperanza, necesita también una luz que llene de sentido la vida de los hombres y mujeres de hoy. Aunque digamos que vivimos en una sociedad cristiana bien sabemos que nuestro mundo se ha descristianizado y necesita una nueva evangelización. Es el anuncio que nosotros tenemos que hacer. Es el grito de la Iglesia en medio de nuestro mundo, pero que damos sobre todo con el testimonio de nuestras obras. Es la tarea en que todos hemos de sentirnos comprometidos. No siempre es fácil, porque no todos querrán aceptar esa luz del evangelio. Pero no podemos cruzarnos de brazos y escondernos porque sea difícil la misión. No vamos a hacer como Jonás que porque le parecía difícil la misión que Dios le encomendaba se embarco en rumbo contrario al que debía de ir.
Cuando además hoy en nuestra Iglesia española estamos celebrando el Día de la Iglesia Diocesana es en lo que  nos implica precisamente esta Jornada. Desde una conciencia de que somos Iglesia, desde ese sentir el gozo de nuestra pertenencia a la Iglesia, la familia de los hijos de Dios hasta comprender muy bien cual es la misión que la Iglesia tiene que realizar en medio de nuestro mundo; bien sabemos que cuando decimos Iglesia no estamos pensando ni un ente abstracto que este al margen de nosotros, ni en algo que pongamos más arriba en las nubes como si solo correspondiera a algunos, sino que nos sentimos todos Iglesia y todos comprometidos con su misión.
Y la misión de la Iglesia es hacer ese anuncio de Jesús y de su evangelio. En Jesús está la salvación y esa salvación ha de llegar a todos los hombres. Por eso queremos hacer presente a Jesús en medio del mundo, y en ese mundo concreto donde nosotros vivimos. ‘Es hacer presente a Jesús y su mensaje de salvación que ilumina el camino de la vida, que trae esperanza y amor’.
Sentimos cómo el Señor ilumina nuestra vida cuando queremos ser fieles, como nos decía el profeta, y nos abrimos a Dios y a su salvación. Y el gozo que vivimos con nuestra fe y con nuestra pertenencia a la Iglesia no nos lo podemos quedar para nosotros solos sino que hemos de compartirlo con los demás; hemos de hacer partícipes a cuantos nos rodean de esa dicha y ese gozo. En la medida en que llevemos esa salvación a los demás, más enriquecidos nos veremos nosotros con esa gracia del Señor.
Iluminemos de esperanza a nuestro mundo con la luz del Evangelio de Jesús.


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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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