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Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 12 de octubre de 2013

La necesaria acción de gracias para cantar la gloria del Señor por los bienes recibidos

2Reyes 5, 14-17; Sal. 97; 2Tim. 2, 8-13; Lc. 17, 11-19
Siempre hay un gran paralelismo entre el texto de la primera lectura y el evangelio, y hoy lo podemos apreciar de una manera especial. Siempre hay una cierta relación entre un texto y otro y hoy en ambos textos se nos habla de unos leprosos curados y de una respuesta a esa gracia del Señor. Podemos fijarnos en los detalles. Mucho es lo que podemos aprender para nuestra vida y para el camino de nuestra fe.
Eliseo, el profeta, por una parte, con su visión de las cosas de Dios y su poder taumatúrgico, que se nos ofrece en la primera lectura, y Jesús, el gran profeta que había surgido en medio del pueblo como le aclamaban las gentes por otro lado, pero que es realmente nuestro único salvador, como se nos presenta en el evangelio.
Un leproso, Naamán el sirio, que con sus reticencias y también con sus exigencias viene solicitando la curación de su enfermedad y por otra parte el grupo de los diez leprosos que salen al encuentro de Jesús en el camino entre Galilea y Samaría gritando a Jesús que tenga compasión de ellos y de entre los que destacaríamos el samaritano, también un extranjero, al que veremos volver a los pies de Jesús después de curado.
Unos gestos sencillos y humildes que le pide el profeta que ha de realizar el leproso sirio como lavarse siete veces en las aguas del Jordán y que finalmente realizará a pesar de sus reticencias y la palabra de Jesús que envía sencillamente a los leprosos a que se presenten a los sacerdotes, cumpliendo la ley de Moisés, para que les reconozca su curación.
Finalmente un reconocimiento por parte de Naamán, el sirio, que se había curado de que el Dios de Israel es el único Señor al que ahora va a adorar para siempre, y por otra parte la gloria del Señor que vino a proclamar solamente uno de los curados, el samaritano, postrándose ante Jesús alabando a Dios y dándole gracias.
Al tiempo, surge la pregunta de Jesús que a nosotros también nos podría decir muchas cosas. ‘¿No han quedado limpios los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿no ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios?’ Pero aquel no sólo se había curado viéndose libre de la lepra sino que también había alcanzado la salvación. ‘Tu fe te ha salvado’, que le dice Jesús.
Y en medio de todo esto, nosotros, que seremos capaces o no de reconocer la lepra de nuestros pecados que nos lleva a la muerte, pero a quienes hoy el Señor nos está hablando para que con confianza vayamos a El con fe para dejarnos no sólo curar sino alcanzar verdaderamente la salvación. No nos quedamos en comentar lo sucedido en una y otra escena, sino que en ellas hemos de vernos reflejados y de allí tenemos que saber deducir el mensaje que para nosotros tiene hoy la Palabra proclamada.
Es el Señor el que viene a nuestro encuentro para ofrecernos su salvación. Vamos a El pero El nos busca y nos llama. Es el Señor el que ilumina nuestra vida para que seamos capaces de reconocer cuanto de muerte hay en nosotros, pero que El es quien puede en verdad llenarnos de vida. Nos cuesta muchas veces reconocer las oscuridades de nuestra vida y nos cuesta dejarnos conducir por la Palabra del Señor que nos está siempre ofreciendo caminos de salvación.
La imagen de los leprosos que le salen al paso en el camino a Jesús, pero que se quedan lejos siguiendo las duras leyes judías que no permitían a los leprosos vivir en medio de la comunidad y junto a sus familias sino que habían de vivir en lugares apartados y marginados de todo el mundo, nos está expresando de manera muy palpable nuestra situación cuando por el pecado nos hemos apartado de Dios. Podíamos comparar también con la descripción de la vida llena de miseria y suciedad que vivía el hijo pródigo tras abandonar la casa del padre llenando su vida de miseria y de pecado. Cómo nos aleja de Dios nuestro pecado y nos encierra en nosotros mismos que hasta nos hace romper los vínculos de amor con los hermanos.
Cristo nos llama; es el pastor que ha venido a buscar la oveja perdida y se alegrará y hará fiesta por nuestra vuelta; quiere que volvamos a estar con El que nos ofrece su perdón y su gracia mientras que nosotros hemos de poner esas actitudes de arrepentimiento reconociendo por una parte nuestro pecado, pero reconociendo lo grande y maravilloso que es el amor que El nos tiene que nos está siempre ofreciendo su perdón. Como le pidiera Jesús a los leprosos que se presentaran a los sacerdotes o Eliseo a Naamán que se lavara en el Jordán, el Señor nos pide que busquemos la mediación de la Iglesia en el Sacramento para que nos veamos limpios, para que se restituya de nuevo la gracia en nuestro corazón, para que alcancemos la gracia del perdón y la salvación.
Hemos de reconocer que muchas veces somos reticentes y nos cuesta acercarnos al Sacramento. Humildad tendríamos que saber poner en el corazón para dejarnos conducir por la gracia del Señor y, como aquella mujer pecadora de la que nos habla en otra ocasión el evangelio, llenar nuestra vida de amor para que amando mucho se nos perdonen nuestros pecados.
Pero sí hemos de terminar siempre dando gloria al Señor. Dar gloria al Señor supone reconocer el bien recibido, agradecer a quien ha intervenido con su mediación pero, sobre todo, rendir nuestro espíritu lleno de gratitud ante la bondad del Señor. Somos muy fáciles para acudir a pedir al Señor de nuestras necesidades que nos socorra y que nos ayude; recibimos la gracia del Señor y qué pronto olvidamos la mano de amor infinito y llena de misericordia que se ha posado sobre nuestra alma con su gracia; qué pronto nos olvidamos de dar gracias a Dios.
Tenemos que preguntarnos, por ejemplo, cuántas veces después de recibir el perdón del Señor en el Sacramento de la Penitencia nos hemos parado para darle gracias al Señor por el perdón recibido. A lo más, nos preocupamos de cumplir la penitencia, como decimos. Nos parecemos a aquellos leprosos que muy cumplidores fueron corriendo a presentarse a los sacerdotes para cumplir con lo prescrito por la ley cuando se vieron limpios. Sólo uno, el samaritano, se volvió atrás, consideraba que ahora había algo más importante, para venir hasta Jesús y postrarse ante El dando gloria a Dios y dándole gracias por el don recibido.
Esa actitud de acción de gracias tendría que ser lo normal en nuestra vida cristiana y en nuestra oración. En fin de cuentas la fe que tenemos es la respuesta y el agradecimiento por todo el amor infinito que el Señor nos tiene y que  nos regala su salvación.  Somos los hombres y las mujeres de la Eucaristía y Eucaristía bien sabemos que significa acción de gracias. Tendríamos que ser, entonces, siempre los hombres y las mujeres de la acción de gracias. El rito lo realizamos al celebrar la Eucaristía, pero la actitud profunda de nuestro corazón de gratitud y acción de gracias al Señor quizá nos falta muchas veces de forma explícita.

Sepamos reconocer los dones del Señor y sepamos en todo momento darle gracias.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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