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Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 1 de marzo de 2014

Nuestra confianza en el Señor que nos llena de paz en medio de nuestras responsabilidades y preocupaciones



Nuestra confianza en el Señor que nos llena de paz en medio de nuestras responsabilidades y preocupaciones

Is. 49, 14-15; Sal. 61; 1Cor. 4, 1-5; Mt. 6, 24-34
¿Dónde ponemos nuestra confianza? Tenemos que creer, es cierto, en nosotros mismos y por supuesto hemos de valorarnos y valorar todas nuestras capacidades. Cuando hablamos de confianza, por supuesto, tenemos que tener también confianza en los demás, porque de lo contrario tenemos el peligro de llenar de falsedad e hipocresía nuestras relaciones. Vemos también todos los medios que hoy en la vida tenemos en nuestras manos, fruto del progreso que a la larga es progreso también del mismo hombre, al desarrollar su inteligencia y sus capacidades,  y que también nos van a ayudar en ese desarrollo y camino de nuestra vida.
Pero cuando nos hacemos la pregunta del principio es algo más quizá por lo que estamos preguntándonos. Porque por ahí pueden andar lo que son nuestras preocupaciones, aquellas cosas que ansiamos, nuestros sueños, y nos cuesta conseguir. Pero también puede tener aún una mayor trascendencia porque a la larga podemos estarnos preguntando por el sentido de nuestro vivir, aquello en lo que ponemos el sentido y el valor de nuestra existencia. 
Podemos perder de vista la trascendencia que tiene nuestra vida desde el sentido de nuestra fe, y podemos quedarnos en buscar apoyos materiales o meramente terrenos - y aquí podría entrar el dinero, las riquezas o la posesión de las cosas -. De ahí que en esa búsqueda de cosas andemos no preocupados o responsabilizados sino más bien agobiados perdiendo la paz de nuestro espíritu. Y esto sí es lo que tenemos que evitar, para que no nos creemos ataduras.
Hay una palabra que se repite varias veces en el texto del evangelio de hoy y que es algo de lo que quiere Jesús prevenirnos. ‘No estéis agobiados…’,  nos dice de una forma o de otra hasta cinco veces. Y nos pone el ejemplo esas cosas elementales de la vida como puede ser el vestido o el alimento, o los años que podamos vivir  en esta vida.
Y nos habla del Padre del cielo que nos ama y cuida de nosotros, porque si embellece las flores o cuida de los pájaros del cielo, ¿cómo no hará mucho más por  nosotros que somos sus criaturas preferidas y nos ama como a hijos? Es la confianza en la Providencia de Dios que en su infinito amor y sabiduría cuida de nosotros. Es una invitación a la confianza en Dios que nos ama y nos protege.
Por eso, nos dice, no podemos andar como los paganos que no creen en Dios. No nos podemos crear nosotros otros dioses. Por eso comenzaba el evangelio hablándonos de que no podemos servir, adorar a dos señores. ‘Nadie puede estar al servicio de dos amos… no podéis servir a Dios y al dinero’, nos dice tajantemente Jesús.
Ya el prometa Isaías nos decía algo hermoso. No podemos de ninguna manera decir que nos sentimos abandonados de Dios. Fue la experiencia que vivió el pueblo de Dios en aquellos tiempo difíciles de la cautividad lejos de su tierra, pero el profeta les habla de lo grande y hermoso que es el amor de Dios. ‘¿Es que puede una madre olvidarse de su criatura, no conmoverse por el hijo de sus entrañas? Pues, aunque ella se olvide, yo no te olvidaré’, les dice el profeta. Dios nunca nos olvidará; es Padre y es Madre porque es amor y amor infinito y ese amor infinito Dios lo está derrochando continuamente en nuestra vida. Hemos de abrir los ojos de la fe para descubrirlo y para sentirlo. Aunque sean duros y difíciles los momentos por los que estamos pasando, ahí siempre estará el amor de Dios.
Es en Dios en quien tenemos que poner toda nuestra confianza, porque es Dios el que da sentido y valor a todo lo que es nuestra vida. A eso nos está invitando el evangelio. Por eso, el auténtico creyente, el que quiere seguir en verdad el camino de Jesús buscará el Reino de Dios y su justicia, que lo demás se le dará por añadidura. Es la trascendencia que le damos a nuestra vida buscando lo que verdaderamente vale y es importante.
Podemos tener, es cierto, preocupaciones por esos trabajos y luchas de cada día; eso es responsabilidad, la responsabilidad con que tenemos que vivir nuestra vida, esa vida que Dios ha puesto en nuestras manos en esas tareas, en esas responsabilidades que en la vida asumimos y con las que no solo buscamos nuestra subsistencia sino que trabajamos para hacer entre todos un mundo mejor.
La confianza que ponemos en Dios no nos hace desentendernos de las responsabilidades de la vida de cada día; pero esas tareas, esas preocupaciones que podamos sentir ante lo que tenemos que hacer no nos puede hacer perder nunca la paz, porque es en Dios en quien ponemos toda nuestra confianza; es en Dios en quien encontramos esa fuerza y esa luz para realizar nuestras tareas. Es la paz que en la presencia de Dios ha de llenar siempre nuestro corazón.

sábado, 22 de febrero de 2014

Un evangelio que no es para timoratos ni mediocres

Lev. 19, 1-2.17-18; Sal. 102; 1Cor. 3, 16-23; Mt. 5, 38-48
El evangelio no lo entienden los timoratos, los que siempre andan a medias tintas, los que no son capaces de mirar a lo alto, más allá, más arriba, sino que se quieren quedar siempre en los mínimos o en lo que suponga el menor esfuerzo. El evangelio es para el que quiera tener un alma grande y tenga aspiraciones siempre a lo mejor y a lo más hermoso, el que tiene ansias de perfección y plenitud. Por eso en este mundo tan lleno de mediocridad cuesta tanto entender el evangelio, queremos estar haciéndonos nuestras componendas, buscando interpretaciones y rebajas.
Ante la página del evangelio que hoy hemos escuchado habremos oído quizá decir a muchos que bueno, eso está muy bonito, son hermosos ideales, pero que tenemos que saber interpretar lo que nos dice Jesús, porque las cosas no hay que tomárselas con tanta radicalidad. Son los mediocres y los timoratos; y cuidado no seamos nosotros de ellos también, porque le tengamos miedo a enfrentarnos de verdad y sin tapujos a esta página del evangelio, que forma parte del sermón del monte. Ya desde las primeras palabras del sermón del monte, donde se  nos proclaman las bienaventuranzas nos estamos haciendo nuestras interpretaciones que las suavicen y que nos las den en rebajas. No ha de ser esa nuestra postura ni nuestra manera de acercarnos al evangelio de Jesús.
Perdónenme quienes me escuchan, pero es el primer pensamiento que el Señor me ha sugerido en mi corazón al querer explicaros esta página del evangelio. Y comienzo diciéndomelo a mi mismo, porque soy tan pecador y tan mediocre como cualquiera de vosotros y tengo también la tentación de querer suavizar en mi favor la Buena Nueva del Evangelio, con lo que le estaría quitando o restando toda la verdad que contiene la Palabra de Jesús.
Tenemos que comenzar por lo que ya nos decía el libro del Antiguo Testamento, lo que Moisés le decía al pueblo de parte de Dios: ‘Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios,  soy santo’. No se trata simplemente de que tengamos que ser buenos. Es mucho más. ‘Seréis santos’. Y no es que seamos buenos por una exigencia ética, porque así pues no hacemos daño a los demás, nos llevamos bien, evitamos cosas malas; el motivo es más grande, el motivo está en Dios; luego tendrá sus consecuencias porque esa santidad nuestra hará todo esto necesariamente  en relación a los demás. Pero tenemos que ser santos, porque nuestra meta de perfección y santidad, y nuestro ideal está en Dios. ‘Porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo’.
¿No decía el Génesis que habíamos sido creados a imagen y semejanza de Dios? Pues ahí tenemos el motivo y la razón. Hechos a semejanza de Dios que es santo. Y cuanto más santos seamos más estaremos reflejando, presentando esa imagen de Dios, para que todos lleguen también a creer en El y a ser santos también.
Y ¿cómo conseguirlo? Nos lo decía san Pablo. ‘El Espíritu de Dios habita en vosotros…’ somos templo de Dios y ese templo de Dios es santo, luego nosotros tenemos que ser santos; para eso se nos ha dado su Espíritu. ‘Todos hemos bebido de un solo Espíritu’, nos dirá san Pablo en otro lugar. Y entonces, si estamos llenos de su Espíritu, estaremos llenos de su amor, de su misericordia, de su paz, de su gracia. Y eso se va a reflejar en nuestra vida, en lo que somos, en nuestra manera de vivir, en nuestro trato con los demás, en el amor que les tenemos a todos, en la capacidad de la misericordia y del perdón. Será lo que luego nos va a enseñar Jesús en el Evangelio.
‘Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto’ es la sentencia final que como conclusión nos pone Jesús hoy al final de sus palabras. Lo que decíamos, el mensaje del evangelio no es para los mediocres. No podemos quedarnos en medias tintas, en la mediocridad. Nuestra meta es bien alta. Porque además nos pregunta Jesús, si hacemos como todos, ¿qué mérito tenemos? ¿qué hacemos de extraordinario? Para seguir haciendo lo mismo, de la misma manera no hubiera hecho falta la venida del Hijo de Dios a encarnarse y estar en medio de nosotros. Si seguimos haciendo lo que todos hacen, ¿dónde está la Buena Noticia, la Buena Nueva del Evangelio? No habría ninguna  novedad.
No nos han de extrañar, entonces, las actitudes nuevas, las nuevas posturas, la nueva manera de actuar que nos propone Jesús. Para seguir ‘con el ojo por el ojo y el diente por el diente’ no necesitaríamos de evangelio. La novedad está en esa nueva actitud y postura, de perdón, de generosidad, de misericordia, de comprensión, de donación de nosotros mismos que nos está pidiendo Jesús si en verdad queremos decirnos sus seguidores.
Nos pone ejemplos muy concretos que hemos de traducir en muchas cosas concretas también de nuestra vida. Será nuestra humildad y nuestra mansedumbre, será la generosidad y la misericordia de la que hemos de llenar nuestro corazón y que se va a reflejar en actos concretos en la vida de cada día con los que están a mi lado. Lejos de nosotros el orgullo, la impaciencia, la mezquindad, la dureza e insensibilidad del corazón. La espiral de la violencia y del egoísmo tiene que romperse y lo que ha de iniciarse es la espiral del amor, de la solidaridad y de la misericordia.
Pero, ¿sabéis por donde tiene que empezar esa espiral? Porque quizá estamos esperando que empiece por el otro. No, tiene que empezar en nosotros mismos, tiene que empezar en mí, ha de decirse cada uno. No voy a comenzar a amar cuando el otro me haya amado primero. No es ese el estilo de Jesús ni de su amor. De la misma manera que nos dice san Juan que el amor de Dios fue el primero, porque El fue el que comenzó a amarnos, así ha de ser nuestro amor para con los demás, hemos de empezar nosotros sin esperar que el otro comience. ‘El amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino que El nos amó primero’, nos dice la carta de san Juan. Así nosotros en nuestro amor para con los demás. Esa es la grandeza del amor al estilo de Jesús.
De ahí se desprende lo que luego nos dirá Jesús del amor a quienes no nos aman, que se consideran enemigos. Porque un cristiano, además, no puede considerar nunca enemigo a nadie; el otro podrá considerarse mi enemigo, pero para mi tiene que ser siempre un hermano; quizá no nos entendemos, haya habido algo entre nosotros, me habrá quizá ofendido, pero es ahí donde tiene que estar nuestro amor. Por eso nos dirá Jesús que tenemos que amarlos, y cuando se nos atraviesen y no podamos tragarlos porque puede ser amargo lo que nos hayan hecho, comencemos a rezar por ellos. Será una sabia decisión para poder comenzar a amar.
Tajantemente nos lo dirá Jesús: ‘Habéis oído que se dijo: amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo. Yo, en cambio, os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen. Así seréis hijos de vuestro Padre del cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos’.
Es la valentía y la grandeza del amor. Es lo que serán capaces de alcanzar los que tienen un alma noble y grande. Lejos de nosotros, entonces, las mezquindades; lejos de nosotros esa pobreza que nos lleva a la envidia y al resentimiento, que nos lleva a guardar rencor en nuestra alma y a amargarnos nuestras entrañas haciéndonos perder la paz para siempre. Qué paz pueden sentir en su corazón los que son capaces de amar y de perdonar, los que son capaces de llegar a rezar por aquel que te haya podido hacer mal. ¿No querremos tener también nosotros esa paz en nuestro corazón?

sábado, 15 de febrero de 2014

la sabiduria del evangelio que nos conduce por caminos de plenitud



La Sabiduría del Evangelio que nos conduce por caminos de plenitud

Eclesiástico,  15, 16-21; Sal.118; 1Cor. 2, 6-10; Mt. 5, 17-37
‘Si quieres, guardarás los mandatos del Señor, porque es prudencia cumplir su voluntad…’ nos comienza diciendo el sabio del Antiguo Testamento. ‘Es inmensa la sabiduría del Señor, es grande su poder y lo ve todo’, sigue diciéndonos.
‘Si quieres…’, nos dice. Y pone delante como dos caminos donde hemos de escoger. ‘Ante ti estás puestos fuego y agua… delante del hombre están muerte y vida’. ¿Qué es lo que escogemos? ¿cuál es o ha sido el camino de nuestra vida?
Quienes hemos descubierto ‘esa sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos de nuestra gloria’, de  la que nos habla el apóstol san Pablo, porque hemos descubierto a Jesucristo, verdadera Sabiduría de Dios, Palabra y Revelación de Dios para nuestra salvación, tendríamos que decir que ya la elección la tenemos hecha, porque al optar por Jesús, como es nuestra fe, hemos optado por el camino de la vida. Por eso nos llamamos cristianos, discípulos de Jesús y en su nombre hemos sido bautizados para comenzar a vivir una vida nueva. Pero, en la realidad de la vida de cada día ¿lo vivimos así?
Reconocemos la debilidad de nuestra elección, la vida tan llena de imperfecciones y de infidelidades y pecados que vivimos, cuando en realidad tendríamos que vivir una vida santa si en verdad nos llamamos seguidores de Jesús y queremos vivir el estilo y el sentido de su evangelio. No estamos totalmente impregnados del espíritu del Evangelio, del espíritu de las bienaventuranzas y caminamos llenos de imperfecciones cuando tendríamos que ser santos y perfectos como nuestro Padre del cielo, tal como nos enseña Jesús. Pero hemos de reconocer que nuestra vida está llena de mediocridades.
Muchas veces habremos oído decir a más de una persona o quizá nosotros mismos lo hayamos pensado o incluso hasta expresado aquello de ‘yo no mato ni robo, yo no tengo pecado’. Yo me pregunto si un cristiano, seguidor de Jesús y de su evangelio puede llegar a decir una cosa así. Quien dice o piensa cosas semejantes, ¿habrá leído o escuchado con verdadera atención el pasaje del Evangelio que hoy se nos ha proclamado?
Yo no mato ni robo y ya pensamos que con eso somos buenos. ‘Si no sois mejores que los escribas y fariseos, nos dice hoy Jesús en el evangelio, no entraréis en el Reino de los cielos’. Y ellos eran ‘buenos’ podríamos decir porque eran muy cumplidores. Pero eso no basta para decir que somos discípulos de Jesús. Pero es que además un cristiano, seguidor de Jesús y que quiere vivir según el espíritu del evangelio no se puede contentar con decir que es bueno porque no hace esas cosas, sino que tiene que ir a más, a darle una profundidad mayor a lo que hace o lo que vive.
Hemos escuchado lo que nos ha dicho hoy Jesús en el evangelio. Matar es mucho más que quitar la vida de una forma violenta, porque hay otras violencias más sutiles con las que podemos mermar la vida o la dignidad de los demás. Es que hemos de evitar todo lo que de una forma u otra pueda dañar a la persona  en su dignidad. Por eso nos dice que ya no es solo el que no digamos mal del otro o insultemos al otro, sino que además nuestro camino es buscar siempre la paz y la reconciliación, el reencuentro, la armonía plena con aquellos con los que convivimos cada día. La reconciliación y el perdón son caminos fundamentales por los que hemos de saber caminar siempre, y bien sabemos cuánto nos cuesta.
Pero más aún, Jesús lo que nos viene a decir es que tenemos que amar para dar siempre vida y defender la vida. Y cuando no sabemos ser solidarios de verdad con el hermano que sufre, sea por lo que sea, y no somos capaces de compartir con él no solo lo que tenemos sino lo que somos no estamos dando vida, sino más bien, estamos mermando su vida. La indiferencia y la pasividad de los que nos creemos buenos es mucho peor en muchas ocasiones que la misma injusticia y crueldad con que puedan actuar los malos. Esa indiferencia y pasividad con que muchas veces nos comportamos es una tremenda incongruencia con la que nos manifestamos muchos que nos creemos buenos y hasta religiosos.
Así nos va desgranando Jesús en el sermón del monte lo que tiene que ser el sentido de vida de los que le seguimos y queremos vivir el Reino de Dios. Quiere Jesús para nosotros una vida en plenitud en todas las facetas de la vida. ‘No ha venido a abolir, sino a dar plenitud’. Es la plenitud del amor matrimonial en el camino de la fidelidad, pero en el camino del respeto a la persona, para no manipularla o utilizarla como si fuera un objeto de deseo y de posesión.
Será la rectitud con que hemos de vivir en todo momento alejando de nosotros todo lo que nos pueda conducir al pecado y a la muerte. Emplea Jesús unos ejemplos que nos suenan fuertes en su literalidad - lo de sacarte un ojo o cortarte una mano que te puede hacer caer o llevar por el camino del mal - pero con los que nos quiere expresar cómo no podemos hacer componendas nunca con el pecado porque nuestra vida ha de ser siempre para Dios, para darle gloria a Dios en todo aquello que hacemos. Entonces todo aquello que nos pueda alejar de ese camino de Dios hemos de arrancarlo de nuestra vida, de nuestra manera de vivir para vivir en esa santidad de vida de un hijo de Dios.
Finalmente nos hablará del respeto al santo nombre de Dios. Santificado sea tu nombre, nos enseñó a proclamar en nuestra oración, porque siempre hemos de saber bendecir y alabar a Dios. Hace una referencia al juramento que nunca puede ser ni en vano ni con mentira o falsedad, pero que nos está enseñando con qué honor y respeto tendríamos que usar el santo nombre de Dios.
El judío no mencionaba el nombre de Dios haciendo unos circunloquios para no nombrarlo aunque se estuviera haciendo referencia a El. Nosotros, en el lenguaje moderno tantas veces irrespetuoso, hemos caído en todo lo contrario porque desgraciadamente la blasfemia y la irreverencia al nombre de Dios y a todo lo sagrado es algo que se ha introducido demasiado en el lenguaje usual de los que nos rodean, algunas veces incluso de forma inconsciente dejándose llevar por el lenguaje de los demás. Creo que un cristiano es algo que tendría que cuidar mucho y manifestar también nuestra repulsa a tanta irreverencia de muchos a nuestro alrededor.
Seguir a Jesús no es dejarnos arrastrar por un camino de mediocridad donde nos contentemos con ser aparentemente buenos porque seamos cumplidores de la letra de la ley del Señor. El camino de Jesús es una camino que nos lleva a la plenitud y que cada día nos hace mirar más alto, porque no se trata solo de realizar algunos actos con los que de alguna forma queramos contentar a Dios, sino que se trata de actitudes profundas de las que hemos de impregnar nuestra vida, desde el sentido del evangelio, de la buena nueva que Jesús nos enseña con las bienaventuranzas en el Sermón del Monte.
La vida del cristiano tiene que ser una vida en continuo crecimiento como tiene que ser toda vida. San Vicente Paul decía que no puedes conformarte con lo que has hecho sino que siempre podemos hacer más. Es el camino que han seguido todos los santos, que nunca se dejaron dominar por la mediocridad. Y cuando más santo, más insatisfecho se siente, porque se dará cuenta de la imperfección con que aún vivimos o realizamos las cosas buenas que hacemos y siempre queremos, ansiamos hacerlas mejor.
Son las exigencias del amor; las exigencias que brotarán casi espontáneas de nuestro corazón cuando nos sentimos amados de Dios y queremos responderle cada día con un amor mayor.

sábado, 8 de febrero de 2014

SAL PARA DAR SABOR, LUZ PARA ILUMINAR Y PAN PARA COMPARTIR, TODA UNA AURORA LUMINOSA



Sal para dar sabor, luz para iluminar y pan para compartir, toda una aurora luminosa

Is. 58, 7-10; Sal. 111; 1Cor. 2, 1-5; Mt. 5, 13-16
Nos habla Jesús de sal para dar sabor, de luz que ilumine y, completándolo con el profeta, se nos habla de pan para compartir que es lo mismo que luz que hace amanecer como una aurora luminosa o sentido de sabor nuevo para una vida nueva.
Son las distintas imágenes que nos aparecen en el texto sagrado; son imágenes a la manera de comparaciones o parábolas que nos propone Jesús para ayudarnos a comprender el sentido de nuestra vida,  pero también el sentido nuevo que hemos de dar a nuestro mundo. Unas imágenes, hemos de reconocer, de gran sabiduría y significado.
La primera imagen que nos propone Jesús es la de la sal. ¿Para que sirve la sal? Mezclándola con nuestros alimentos los sazonamos, le damos sabor, pero además la sal puede ser conservante y pues hasta ser medicina. Un alimento sin sal no tiene sabor, es insípido, decimos; pero como decíamos también lo utilizamos como conservante para preservar de la corrupción; era también una señal de amistad y de acogida porque a quien llegaba como una bienvenida se le ofrecía el pan y la sal, que a nadie se debería negar.
Y Jesús nos dice que tenemos que ser sal del mundo. ¿Cuál es el sabor que nosotros podemos ofrecer? Si nos llamamos cristianos es porque el sabor que hemos de ofrecer es el de Cristo; El es el sentido profundo de nuestra vida. Cristo tiene que ser ese sentido profundo de la vida del hombre, ese sentido que hemos de darle a nuestro mundo. No hay otro nombre en quien podamos encontrar la salvación. Es lo que tenemos que ofrecer. Es el Evangelio que tenemos que transmitir.
Pero además, cuánto mal haríamos desaparecer de nuestra vida y de nuestro mundo si de verdad nos dejáramos impregnar por esa sal de Cristo, empapar del sentido de Cristo. Todo mal y toda corrupción tendrían que desaparecer. Por eso el cristiano, como la sal que se diluye en el alimento desapareciendo incluso aparentemente, así hemos de diluirnos en nuestro mundo para darle ese nuevo sabor de Cristo y de su evangelio. Porque no nos vamos a anunciar a nosotros, sino a quien vamos a anunciar es a Jesús; porque quien tiene que darle sabor a la vida es Jesús y su evangelio, nosotros solo somos instrumentos, aunque instrumentos bien importantes por la misión. Por eso no podemos perder el sabor de Cristo en nuestra vida de ninguna manera.
La otra imagen que Jesús nos propone es la luz. La luz que hay que ponerla en el lugar oportuno para que ilumine. De nada nos sirve una luz escondida, que no esté en el lugar adecuado para que nos libere de tinieblas, para que nos señale claramente el camino, para que descubramos el verdadero color de las cosas y su belleza, para que podamos ver y conocer donde estamos, con quien vivimos y caminamos por la vida, para  que descubramos el camino que hemos de recorrer e incluso las cosas que tenemos que hacer. En la oscuridad todo es negro y no tiene color y en consecuencia no podremos apreciar su belleza, perdemos el rumbo del camino y no podemos ver y conocer realmente lo que nos rodea o los que nos rodean con lo que la comunicación se nos hace más difícil.
Pero nos dice Jesús también que tenemos que ser luz. Una luz que no se puede ocultar, sino que hay que ponerla bien en alto para que pueda iluminar con el brillo de su resplandor a todos. Claro que no es nuestra luz la que ha de brillar en nosotros sino que nosotros vamos a trasmitir al que es la verdadera luz; de su luz nosotros participamos, con su luz es como nosotros tendremos que brillar y resplandecer, y desde esa luz que nosotros reflejamos podremos ayudar a los demás a que se encuentren con la verdadera luz. Es Jesús la verdadera luz que nos ilumina y nosotros iluminados y llenos de su luz podremos ser para los demás caminos que conduzcan a esa luz, conduzcan hasta Jesús.
¿En qué se ha de notar que nosotros estamos iluminados por esa luz? ¿en que se ha de notar que nosotros somos esa sal que sazone de nuevo sabor a nuestro mundo? Es la gran pregunta  y es nuestra principal tarea. Ya nos lo dice Jesús hoy en el evangelio, aunque tendremos que fijarnos también en lo que nos señala el profeta. ‘Alumbre así vuestra luz a los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro  Padre que está en el cielo’. Vean vuestras buenas obras, nos dice.
¿Qué nos decía el profeta? Nos hablaba de partir el pan con el hambriento, de hospedar a los pobres sin techo y de vestir al que ves desnudo. Nos está hablando el profeta con un lenguaje bien directo y claro. Nos está hablando del compartir, pero también quitar de nuestra vida todo lo que pueda ofender u oprimir al hermano; nos dice que ni podemos desear el mal a nadie, ni siquiera hablar mal de nadie; pero nos dice también que nunca podemos hacernos sordos al clamor de los que sufren a nuestro lado. Cuando hagamos todo esto bueno, nos dice, ‘entonces romperá tu luz como la aurora… brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad se volverá mediodía’, porque será así como manifestarás la gloria del Señor.
Esas son las buenas obras que tienen que resplandecer en nuestra vida para que todos puedan dar gloria a nuestro Padre del cielo. Ahí y así se manifestará la gloria del Señor. Ahí y actuando así nos estaremos en verdad nosotros manifestando como esa sal que da un sentido y sabor nuevo no solo a nuestra vida sino también a nuestro mundo. Ahí y así seremos luz y podremos hacer que todos alcancen esa luz y todos puedan dar gloria a nuestro Padre del cielo.
No podemos guardar la sal en el salero porque entonces no cumpliría su función; no podemos esconder la luz debajo de la cama, porque entonces no podrá iluminar los caminos de nadie; no podemos guardarnos el pan solo para nosotros mismos porque lo endureceríamos y lo echaríamos a perder; no podemos cerrar nuestro corazón siendo insensibles al dolor humano porque realmente nosotros estaríamos perdiendo humanidad y nos embruteceríamos y nos envileceríamos.
Quien ha saboreado la sal de Cristo para darle nuevo sabor a su vida y quien se ha dejado iluminar realmente por su luz, comenzará a dejar de pensar solo en si mismo para mirar con una mirada nueva y luminosa a los que están a su lado porque ya para siempre irá repartiendo amor. Sí, quien ha entendido lo que es el sentido de Cristo y se esfuerza por vivirlo aunque muchas sean las tinieblas que le rodean o muchos sean los contratiempos que le puedan turbar, siempre tendrá una luz brillante en sus ojos para mirar directamente con una mirada de amor, con muchos gestos de amor a los que le rodean.
¿Habremos aprendido a mirar con esa mirada luminosa a los hermanos con los que vamos compartiendo nuestro amor? ¿Habremos aprendido a ponernos a la altura del hermano con el que queremos compartir, al que queremos ofrecerle los gestos de nuestro amor? El que ama de verdad y quiere realizar auténticos gestos de amor siempre se pondrá a la altura del hermano, o más aun será capaz de ponerse de rodillas delante del hermano como lo hizo Jesús en la última cena delante de los apóstoles cuando les lavaba los pies, para mirarle a los ojos, para contagiarle de su amor, porque siempre el amor que irá repartiendo será el amor de Jesús, amando como amó Jesús.
‘Vosotros sois la luz del mundo’, nos dice Jesús. Y es que la luz siempre está relacionada con lo bello, con lo bueno y lo verdadero. La luz es claridad y belleza, la luz es bondad y santidad, la luz es verdad y autenticidad, pura transparencia. Porque la luz que nosotros queremos trasmitir es siempre la luz del amor de Jesús.

viernes, 31 de enero de 2014



La Presentación de Jesús con olores de ofrenda y purificación, de Epifanía y de Pascua

Mal. 3, 1-4; Sal. 23; Hebreos, 2, 14-18; Lc. 2, 22-40
‘Cuando llegó el tiempo de la Purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén,  para presentarlo al Señor, de acuerdo con la Ley del Señor’. La fiesta de este día tiene sabor de ofrenda y de purificación, tiene los olores aún de la Epifanía pero también preanuncian la Pascua. Son muchos los matices que tiene esta celebración, a los que unimos por una parte la celebración de la Vida Consagrada y para nosotros los canarios una resonancia muy mariana, pues con esa procesión de las Candelas con que comienza la celebración nos recuerda a nuestra Patrona la Virgen de Candelaria, aunque en muchos lugares más se celebra a la Virgen bajo esta advocación.
‘Aquí estoy, oh Padre, para hacer tu voluntad’, es el grito del Hijo al entrar en el mundo que hoy vemos, podíamos decir, de forma plástica en esta ofrenda que de todo primogénito varón se había de hacer al Señor. Ahí está Jesús en brazos de María que es llevado al templo para el rito de esta Ofrenda ritual, pero que es mucho más. Es la ofrenda de quien viene para ser nuestro Salvador y Redentor; es el inicio de la ofrenda que un día será cruenta en la cruz pero en cuya sangre nosotros seríamos purificados de nuestros pecados para hacernos nacer a una vida nueva de gracia y de santidad.
Por eso decimos que va a significar mucho más. Se va a convertir aquel momento en una nueva epifanía, en una manifestación de quien aquel niño ahora presentado al Señor, porque si allá en el Jordán resonó la voz del Padre desde el cielo señalándolo como el Hijo amado y preferido, ahora inspirados por el Espíritu llegan unos ancianos, Simeón y Ana, que vienen profetizando y anunciando a todos que en aquel niño habían de contemplar ‘a quien es presentado ante todos los pueblos como el Salvador, luz  para alumbrar a las naciones y gloria de su pueblo, Israel’. Ana ‘daba gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que aguardaban la liberación de Israel’.
Se cumplían las promesas. No solo el anciano Simeón podía descansar en paz porque sus ojos habían visto al Salvador, sino que todos podrían reconocerle así mismo como el Salvador que venía a realizar la anunciada liberación y salvación. Nosotros así también queremos reconocerle y de la misma manera que aquellos ancianos también queremos cantar nuestra alabanza y nuestra acción de gracias al Señor. Con nuestras lámparas - candelas - encendidas en nuestras manos hoy  nos hemos acercado al Señor en el comienzo de nuestra celebración. Así queremos proclamar quien es en verdad la luz de nuestra vida y cómo deseamos estar siempre iluminados por su luz para que podamos llegar un día a alcanzar con el alma limpia la luz eterna, como hemos pedido en la oración inicial.
Pero decíamos también que había olor de preanuncio de Pascua, porque las palabras con las que al anciano Simeón habla a María lo señalan como bandera discutida para muchos, pero una espada de dolor traspasaría un día el corazón de María transido de amor. Es, en cierto modo, un anuncio de pasión y de dolor, que es anuncio de pascua, porque es anuncio del paso de Dios en medio del dolor de la pasión y de la muerte para realizar nuestra redención.
Es muy importante la celebración de este día. Y no podemos menos que recordar en este día a todos los que han consagrado sus vidas al Señor en la vida religiosa o en los diferentes carismas de la vida consagrada para quienes tiene un especial significado esta celebración. Para ellos es un motivo de renovación de su consagración al Señor, recordando esa ofrenda de amor que han hecho de sus vidas cuando cada uno según su propio carisma se  han consagrado a Dios en el servicio de la Iglesia y en bien de los hermanos.
Un motivo también para todos de dar gracias a Dios y en la cercanía y conocimiento que podamos tener de religiosos o religiosas en sus diferentes congregaciones y contemplando su dedicación y su sacrificio elevar por ellos, en una actitud de acción de gracias, nuestra oración al Señor al tiempo que pedir por el aumento y despertar de las vocaciones a la vida consagrada que son una riqueza grande para la Iglesia.
María aparece continuamente en medio de nuestra celebración de hoy estando muy presente en la escena del Evangelio. Era la purificación de María, según lo prescribía la ley de Moisés. Pero en brazos de María y José entra Jesús en el templo para que se realizase la ofrenda que de todo primogénito varón había de hacerse al Señor. Y María escucha las palabras proféticas del anciano Simeón anunciando lo que va a ser pasión y va a ser Pascua donde María habría de ocupar también un lugar muy especial junto a la cruz de Jesús. ‘Y a ti una espada te traspasará el alma’, le dice el anciano, con lo que está de alguna manera señalando el lugar tan importante que María va a desempeñar al lado de la pasión de su Hijo, pero el lugar que María va a ocupar junto a todos los que desde entonces van a ser sus hijos, el lugar de María en la Iglesia.
María va a ser camino que nos señale a Jesús, nos conduzca hasta Jesús, nos presente a Jesús. Ahora en la infancia de Jesús siempre lo veremos en brazos de su madre. Pero en el momento cumbre de la redención, aunque a ella una espada de dolor le traspase el alma, la veremos también al lado de Jesús, participando en esa ofrenda suprema de su Hijo, cuando ella con su dolor está haciendo también ofrenda de amor.
Cuanto nos enseña esa presencia de María junto a Jesús y también siempre  a nuestro lado. Ella en nuestra tierra canaria también fue y sigue siendo camino que nos lleva hasta Jesús. Su bendita imagen aparecida en las costas de Chimisay en los albores de la conquista de estas islas prepararon el camino para que nuestros antepasados conocieran en aquel niño que la Imagen de la Chaxiraxi llevaba en sus brazos al Dios que es nuestro Señor y Salvador.
Así fue importante en aquellos momentos la presencia de la imagen bendita de María, a quien llamamos de Candelaria,  por la candela, la luz que lleva en sus manos. Así sigue siendo importante esa imagen de María de Candelaria a quien tanta devoción profesamos todos, porque de una forma incluso plástica nos está enseñando cual es la verdadera luz que hemos de buscar para nuestras vidas donde vamos a encontrar la salvación.
María de Candelaria, con la lámpara de luz en una mano, pero con Jesús también en sus brazos ha sido siempre para nosotros un camino certero que nos lleva a alcanzar la salvación. María también nos enseña, cuando hasta ella vamos con nuestros problemas y nuestros dolores, con nuestros sufrimientos del alma o con el sufrimiento físico también de nuestras enfermedades o limitaciones, a hacer en nuestro dolor una ofrenda de amor, como ella supo hacerlo al pie de la cruz de Jesús.
Traspasada el alma también por nuestros dolores y sufrimientos, por nuestras carencias y muchas veces desesperanzas, con María a nuestro lado, de ella aprendemos a hacer esa ofrenda de amor de nuestra vida, en ella encontramos como de nuevo renacen nuestras esperanzas y nos sentimos con fuerza para seguir luchando por hacer ese mundo nuestro en el que vivimos mejor.
Pidámosle a María que se mantenga siempre encendida en nuestras manos y en nuestro corazón esa luz de la fe y de la esperanza que recibimos en nuestro bautismo; que nos alcance del Señor, ella que es Madre intercesora como lo saben hacer siempre las madres, la gracia de mantener siempre muy viva la llama de nuestro amor. Que no nos falte nunca la luz de la vida, la luz de Jesús; que vivamos siempre iluminados por su salvación.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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