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Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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martes, 25 de diciembre de 2012


Nos ha amanecido un día sagrado, una gran luz ha bajado a la tierra

‘Nos amanecido un día sagrado; venid, naciones, adorad al Señor, porque hoy una gran luz ha bajado a la tierra’. El amanecer de este día es distinto. El Sol no se ha quedado en lo alto del cielo, sino que ha bajado hasta la tierra para darle a todo un nuevo resplandor. La noche se había convertido en día y en el amanecer de este nuevo día tenemos al Sol en medio de nosotros.
Escuchábamos en la misma víspera del nacimiento del Señor que así lo cantaba Zacarías en el nacimiento del Bautista. Dios ha visitado a su pueblo, el sol que nace de lo alto nos ha visitado para iluminar a los viven en tinieblas y en sombra de muerte. Es un día nuevo; es un día distinto. Es navidad, es el día del nacimiento de Jesús en Belén, que es el día en que Dios quiso poner su tienda entre nosotros. Venid, adoremos al Señor porque una gran luz, la única luz que nos ilumina de verdad, ha bajado a la tierra, como decíamos en la antífona.
En medio de la noche cuando todo se llenó de resplandor en el nacimiento de Jesús - ¿cómo no iba a llenarse de resplandor si allí estaba la luz del mundo? - los ángeles entonaron el cántico de toda la creación para anunciar a los pastores que había nacido el Salvador. ‘Os traigo una buena noticia, una gran alegría para todo el pueblo, proclamaban: hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’. Y les dio las señales de cómo lo iban a encontrar. No tenían que ir a palacios ni a lugares importantes. Habían de buscar un pesebre y un niño recostado en él envuelto en pañales.
Y los pastores creyeron. Los pobres y sencillos tienen un especial olfato para las cosas de Dios y sus maravillas. Los poderosos, los sabios y los entendidos les cuesta más; cuando llegaron los magos a Jerusalén preguntando por el recién nacido tuvieron que ponerse a estudiar en las Escrituras. Y es cierto que las Escrituras los condujeron a Belén. Pero ahora los pastores, los sencillos, se fían de las palabras del ángel. ‘Vayamos derechos a Belén, a ver eso que nos ha pasado y nos ha comunicado el ángel’. Ya ellos estaban viviendo el acontecimiento, ‘a ver eso que ha pasado’ comentan.
Y se van corriendo derechos a Belén siguiendo las indicaciones del ángel y allí encontraron todo como les habían dicho. ‘Fueron corriendo y encontraron a María, a José y al Niño acostado en el pesebre’. Todo será admiración y alabanzas. Contaban una y otra vez todo lo sucedido. Los pobres se alegran en el Señor porque a ellos se les ha comunicado la Buena Noticia. ¿No nos recordará lo que Jesús luego nos dirá con los profetas en la sinagoga de Nazaret?
Nosotros en esta mañana también hemos venido a Belén, también hemos venido al encuentro con el Señor. También creemos y también queremos adorar. Queremos proclamar bien alto  y bien fuerte nuestra fe. Lo que nos han contando, lo que los profetas nos habían anunciado, lo que en la tradición de la Iglesia se nos ha ido comunicando y enseñando a través de los siglos, para lo que nos hemos ido preparando a lo largo del Adviento lo vemos cumplido delante de nuestros ojos.
Abrimos los ojos de la fe. Aquí está el Señor. Este niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en el pesebre es nuestro Salvador. ¿No decíamos que estamos necesitados de salvación? ¿No hemos venido reconociendo que en nuestra vida hay oscuridades, que nos llenamos de dudas en ocasiones, que algunas veces parece que hemos pedido la esperanza, que nos desalentamos tantas veces en nuestras luchas porque parece que el mal puede más que  nosotros? Aquí tenemos nuestro Salvador. Sí, nuestro Salvador, porque solo en Jesús vamos a encontrar la verdadera luz; solo en Jesús encontramos el aliento que nos anime en nuestros desalientos, solo en Jesús encontramos el perdón para tantas veces que hemos caído, que hemos errado el camino o por nosotros hemos querido tomar otro alejándonos de los caminos del Señor; solo en Jesús vamos a tener la fuerza para esa lucha de cada día por hacer un mundo mejor, solo en Jesús vamos a encontrar esa gracia que nos da nueva vida. Es quien nos ha redimido y dado nueva vida con el perdón de nuestros pecados.
Os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Este Jesús es el Ungido del Señor, el Mesías de Dios anunciado por los profetas, el Cristo en quien encontramos nuestra Salvación. Es el Señor, es quien, como diría después de Pentecostés Pedro, a quien Dios había constituido Señor y Mesías, resucitándolo de entre los muertos. Lo reconocemos como nuestro Señor, como el Hijo de Dios que el Padre ha enviado para ser nuestro Salvador. Tanto nos amo Dios que nos envió a su Hijo. Ahora nosotros lo reconocemos, ahora nosotros confesamos nuestra fe.
Es la noticia que nos ha convocado para venir hasta Belén, para venir al encuentro con Jesús en esta fiesta grande de su nacimiento. Pero es la noticia de la que nosotros también tenemos que hablar, tenemos que comunicar a los demás. Lo que ahora estamos viviendo no se puede quedar encerrado en estas cuatro paredes, lo que hemos visto y oído no lo podemos callar, como dirían mas tarde los apóstoles. Lo que es hoy nuestra alegría porque en Jesús se satisfacen todas nuestras esperanzas, en El encontramos todo el sentido y la alegría de nuestra vida no lo podemos callar.
Y no es solamente que estos días nos felicitemos o nos digamos feliz navidad, sino que tiene que ser algo mucho mas hondo que unas palabras lo que tenemos que trasmitir. Nuestra vida ha de ser signo en medio de los demás, como unas estrellas bien puestas en lo alto, que anuncien a la humanidad la salvación que nos trae Jesús.  
No todos a nuestro alrededor viven de igual manera la navidad. Para algunos son solamente unas fiestas que aprovechan para el descanso o la diversión o para el encuentro de los amigos o las familias. Quizás andan a oscuras porque la fe se les ha debilitado o la han perdido. Y es ahí donde tenemos que llevar nuestra luz, o menor, la luz de Jesús.
Es la fe que tenemos que despertar en los demás para que también vayan al encuentro con Jesús, para que todos se dejen iluminar por esa luz. Nuestra vida, nuestros comportamientos, nuestra manera de vivir la navidad, como la forma como nos enfrentamos a los problemas o nos comprometemos con nuestro mundo por hacerlo mejor, tiene que ser una luz que ilumina, una estrella que guié, un ángel anunciador que les conduzca a Belén, que les haga encontrarse con Jesús. Ese tendría que ser nuestro compromiso de navidad.
Nos ha amanecido un día sagrado. Ha aparecido la gracia y la bondad de Dios. Llega el Salvador, llega la salvación para nuestro mundo. Ha brillado bien alta la luz que nos anuncia el nacimiento de Jesús. Seamos luz que ilumine y conduzca a nuestro mundo a ese encuentro con Jesús. 

lunes, 24 de diciembre de 2012


Rebosamos de alegría porque nos ha nacido un Salvador

Is. 9, 1-3.5-6; Sal. 95; Tito, 2, 11-14; Lc. 2, 1-14
Confieso que siento ganas de comenzar esta reflexión cantando. ¿No tienen ganas ustedes también de cantar? ‘Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’, como les anunciaba el ángel a los pastores, como repetimos muchas veces nosotros en esta noche santa y luminosa del nacimiento del Señor.
Todo es una invitación a la alegría, ‘porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado’. La noche se ha llenado de resplandor y en el cielo brillan con un brillo especial las estrellas y es que ‘el sol nace de lo alto nos ha visitado para iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte’, como había proclamado Zacarías proféticamente. ‘Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres’. Las promesas se han cumplido. ‘Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’, le había dicho Isabel a María. Y aquí está su cumplimiento. ¿No tenemos mil motivos para cantar y para rebosar de alegría?
La gloria del Señor nos envuelve a nosotros también de claridad. Y aunque nos sobrecogen las maravillas del Señor, la grandeza del momento que vivimos ya de nosotros desaparece el temor, porque ha llegado el que nos viene a traer la paz, el que derrama el amor infinito de Dios en nuestros corazones y nos viene a llenar de nueva vida.
Es grande el misterio que esta noche contemplamos. Pero mira cómo son las cosas de Dios, este misterio no se manifiesta ni se realiza en medio de grandezas humanas. Así son las cosas de Dios. No es en las riquezas de los palacios, ni en el esplendor de los magníficos templos que los hombres levantar para dar culto al Creador, sino en un lugar pequeño y humilde, como fue Belén, como fue aquel establo, como es en aquel pesebre donde está recostado el niño envuelto en pañales, como les anuncia el ángel a los pastores, donde se realiza el misterio.
La página del evangelio no puede ser más sencilla, pero nos está señalando el misterio maravilloso de la Encarnación de Dios que nace hecho hombre como un niño en medio de la más absoluta pobreza para ser el Emmanuel, Dios con nosotros. Cuando los profetas anunciaban como hemos venido escuchando en el Adviento y nos invitaban a la alegría ‘porque el Señor ha cancelado tu condena y el Señor será el Rey de Israel en medio de ti, es un guerrero que salva’, quizá podíamos haber pensado en palacios reales o en ejércitos victoriosos.
Pero aquí está el misterio maravilloso de Dios. Ahí contemplamos a ese niño recién nacido envuelto en pañales y recostado en un pesebre, en medio de la pobreza de quien nada tiene, ni había sitio para él en la posada de Belén y allá aquel pequeño establo se tuvieron que ir sus padres María y José, que es el Mesías de Dios, que es el Hijo de Dios, que es nuestro Salvador.
Quizá hemos llenado de demasiada poesía el lugar de Belén y del nacimiento de Jesús y no terminamos de captar la maravilla y la grandeza del amor de Dios que se manifiesta, sí, en lo pequeño y en la pobreza, que por otra parte nos estará enseñando muchas cosas. Miremos, pues, ese mundo de pobreza que nos rodea y tratemos también de descubrir a Cristo en él; ahí también tenemos que encontrar a Cristo, ahí tiene que resplandecer la luz de Cristo. El nacimiento de Jesús en Belén nos tiene que hacer tener una mirada nueva a cuanto nos rodea. Nos enseñará también a hacer una lectura con ojos de fe de cuanto nos sucede o de la realidad de la vida de cada día.
¿Quién es ese niño que contemplamos envuelto en pañales y recostado en un pesebre? ¿Quién es el que viene y que con tanta esperanza estábamos esperando? Es el Señor y es el Salvador; es el Mesías anunciado y con tantas ansias esperado. Es quien viene a traernos la salvación, y cuando decimos que viene a traernos la salvación no es como cosa del pasado, sino que esa salvación se hace presente hoy y ahora en nuestra vida y para nuestro mundo.
Hemos repetido muchas veces que teníamos que sentirnos necesitados de salvación. Pues ha llegado nuestro salvador que cancela la deuda de nuestro pecado porque nos trae la gracia y el perdón. Ha llegado quien viene a iluminar nuestra vida, porque cuando hablamos esta noche de resplandores y de luz no lo hacemos como palabras bonitas y llenas de poesía sino como una realidad de auténtica salvación para nuestra vida, para nuestro mundo.
En Jesús encontramos la fuerza y la gracia para esa lucha de nuestra vida de cada día en muchas ocasiones tan dura; en El se despiertan todas nuestras esperanzas para nuestro corazón tan desilusionado y lleno de tinieblas en muchas ocasiones; en El comenzamos a vislumbrar que de verdad podemos hacer un mundo nuevo y mejor; en El sentimos que podemos ponernos de pie para vivir con un corazón libre y con un corazón siempre dispuesto a amar y hacer lo bueno.
Ese gozo de esa esperanza renacida en nuestros corazones con el nacimiento de Jesús es algo que hemos de también llevar a los demás; tenemos que contagiar de esa esperanza a tantos corazones que tienen rotas sus ilusiones y desesperanzas. Es el Salvador de todos los hombres; es una salvación que a todos los hombres ha de alcanzar. Tenemos que ser portadores de la Buena Noticia que trasmitieron los ángeles a los pastores, tenemos que ser nosotros evangelio para el mundo que nos rodea porque tenemos que anunciarle y hacerlo con nuestra propia vida además de con nuestras palabras que Jesús es en quien de verdad encontramos la salvación.
Tenemos que ser luz para los demás, luz que refleje a Cristo. Estos días todo se llena de luz porque celebramos la navidad, pero quizá muchos se sienten confundidos porque se quedan en las luces externas y efímeras y no han encontrado la verdadera luz que nos trae Cristo, la verdadera luz que es Cristo y su evangelio. No nos quedemos en luces de adorno sino vayamos en búsqueda de la verdadera luz. Celebramos la navidad pero no nos dejamos iluminar por la luz de Jesús, esa es la incongruencia grande en que vivimos. Y frente a todo eso nosotros los que creemos en Jesús tenemos que ser un signo auténtico de esa verdadera luz. Así hemos de manifestar y proclamar nuestra fe.
También quisiera en esta noche santa del nacimiento del Señor quisiera dar gracias a Dios porque aun en medio de tantas oscuridades que amenazan nuestro mundo, sin embargo podemos percibir destellos de luz en muchas personas buenas, en muchas personas generosas y solidarias, en muchas personas de buena voluntad que hacen el bien, pero en muchas personas que viven un compromiso por los demás y son capaces de compartir y trabajar seriamente por remediar necesidades, o por hacer un mundo mejor. No todo es oscuridad, también hay resplandores de fe y de amor. Son semillas de luz, son semillas del evangelio que van aflorando y por lo que tenemos que dar gracias al Señor.
‘Hoy nos ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor’, queremos, sí, cantar porque estamos llenos de gozo y alegría grande en esta noche en que celebramos el nacimiento del Señor. Sentimos que nace una nueva vida en nosotros. Vivamos esta navidad con toda intensidad conscientes de que en verdad podemos hacer un mundo mejor. Hagamos resplandecer en medio de nuestro mundo la luz verdadera que ilumina nuestra vida. Que así hagamos en verdad una navidad más feliz para todo nuestro mundo.

sábado, 22 de diciembre de 2012


¿Quién soy yo para que me visite el Señor con su salvación?

Miqueas, 5, 1-4; Sal. 79; Hebreos, 10, 5-10; Lc. 1, 39-45
‘¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?’, exclamó Isabel al saludo de María que venía de la lejana Galilea. Hemos tenido ocasión de reflexionar en estos últimos días sobre esta escena de la visita de María a su prima Isabel. Cuando nos encontramos en el cuarto domingo de Adviento, ya a las puertas de la nochebuena, la fiesta del nacimiento del Señor, queremos de mano de María y - ¿por qué no? - contemplando la fe de Isabel que está llena también del Espíritu Santo completar nuestra preparación para celebrar con toda hondura el Misterio de la Navidad.
También nosotros podemos preguntarnos en este momento, ¿quién soy yo para que venga a mi encuentro el Señor con su salvación? Necesitamos de una dosis grande de humildad, como hemos venido reflexionando a lo largo de todo el Adviento, para reconocer cuán necesitados - valga la redundancia - estamos de la salvación que el Señor viene a ofrecernos. Es una gracia del Señor que no merecemos, un don, un regalo del Señor. Pero es que solo Cristo puede ofrecernos la salvación. No hay ningún otro nombre, ni en el cielo ni en la tierra, que pueda darnos la salvación.
Necesitamos de esa humildad y necesitamos fortalecer nuestra fe. Para ello, como María y como Isabel, hemos de dejarnos conducir por el Espíritu de Dios. Isabel, llena del Espíritu Santo, tuvo ojos de fe para reconocer quien venía hasta ella, para reconocer movida por ese mismo Espíritu que María era la madre del Señor. Con María estaba llegando Dios de manera especial a aquel hogar de la montaña; María estaba llena de Dios, llena de gracia, llevaba en sus entrañas al Hijo de Dios que se encarnaba para ser nuestro Emmanuel, para ser para siempre Dios con nosotros. Isabel tuvo ojos de fe para descubrir lo que ningún humano le podía manifestar, porque supo escuchar en su corazón la voz del Espíritu que le revelaba aquel misterio de salvación.
¿Quién soy yo…? seguimos preguntándonos para merecer esa visita del Señor a nuestra vida. Pero Dios quiere llegar hasta nosotros, quiere hacerse presente en nuestra vida - ese es el estilo de su amor - y hemos de saber descubrir las señales de su presencia dejándonos conducir por el Espíritu. De muchas maneras, en muchos acontecimientos, en tantas personas que de una forma u otra llegan a nuestro lado o pasan junto a nosotros está llegando Dios en estos días a nuestra vida. Hemos de saber descubrirlo. Hemos de abrir los ojos de la fe.
¿Quién podía imaginar que en aquella muchachita jovencita llegaba Dios a la casa de Isabel y Zacarías en la montaña? ¿quién podría imaginar más tarde - y esto nos vale mucho a nosotros en estas vísperas de la navidad - que en aquel matrimonio joven que venía desde el lejano Nazaret y pasaba por la posada o por las puertas de Belén buscando donde cobijarse llegaba Dios para ser Emmanuel en medio de nosotros los hombres? Algunos cerraron las puertas o no tenían sitio para ellos, pero dichoso quien compasivo quizá les dirigió a aquel establo de los alrededores de Belén para que allí pudieran cobijarse. Y allí nació Dios hecho hombre.
Alguien puede llegar a nuestra puerta en estos días, algún acontecimiento puede suceder a nuestro lado o en nuestro mundo, alguna señal querrá poner el Señor junto a nosotros de su presencia; quizá en un problema, un dolor, un sufrimiento, una alegría… pero sepamos abrir los ojos para sintonizar con esas señales de Dios y no cerremos las puertas a Jesús que viene porque quiere nacer en nuestro corazón, quiere nacer y reinar en nuestra vida. Ya sabemos bien, Jesús nos lo enseña en el evangelio, en quienes quiere Jesús que le veamos a El y le acojamos.
Podemos fijarnos en la actitud de María que como buena mujer y madre lo normal hubiera sido que tras el anuncio del ángel de su divina maternidad hubiera comenzado a cuidarse y a preparar la llegada del hijo que iba a nacer de sus entrañas. Cuántas cosas preparan las madres para el nacimiento de su hijo y cómo se preparan ellas también. Pero ¿qué hizo María? ¿cuál, podríamos decir, fue la preparación que realizó? Marchar presurosa hasta la montaña porque allí estaba quien necesitaba su ayuda, a quien ella podía servir y fue desde el amor y en el amor cómo ella supo acoger al Dios que llevaba en sus entrañas para hacerse hombre y esas fueron las pautas de su preparación.
‘Dichosa tú porque has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá’, fue la alabanza de su prima Isabel. Dichosa María por su fe, esa fe que ella plantaba en lo hondo de su corazón pero envolvía y empapaba totalmente su vida. Dichosa María por su fe, porque se cumplían las promesas del Señor. Dichosa porque con el sí de su fe ella colaboró desinteresada y generosamente con el plan de Dios, que eran planes de amor y de salvación. Dios quiso contar con ella y allí está la disponibilidad y la generosidad de su fe que se transforma en obras de amor. Se puso en camino, fue aprisa allí donde ella podía manifestar su amor, y así llevó a Dios también hasta aquel hogar de la montaña.
Dichosos tenemos que sentirnos nosotros, sí, por nuestra fe. También queremos hacer el obsequio de nuestra fe y de nuestro amor. Dichosos porque tenemos la certeza del Señor que viene a nosotros con su salvación. Se cumplen todas las promesas de Dios. Lo anunciado ya en aquella primera página de la historia allá en el jardín del Edén tras el pecado de Adán ahora tiene su cumplimiento. Va a nacer de la mujer, de la nueva Eva, aquel que va a escachar la cabeza del maligno porque con su vida y con su muerte se va a realizar la obra de la redención.
Dichosos nosotros si ponemos toda nuestra fe en el Señor que viene a nuestra vida y con su salvación va a hacer un mundo nuevo. Dichosos nosotros si poniendo toda nuestra fe en el Señor nos dejamos conducir, prestamos nuestra generosa disponibilidad y colaboración para que se cumplan las promesas del Señor y podamos hacer más presente el Reino de Dios en nuestra vida y nuestro mundo. Creemos, sí, en Jesús que es nuestro salvador, y creemos en su victoria sobre el mal, y creemos en ese mundo de justicia y de verdad, de paz y de amor que podemos realizar con la fuerza del Señor.
Dichosos cuantos llenan de sentido y de valor sus vidas con la fe. Dichosos si con fe y con nos acercamos al misterio de la Navidad y sabemos descubrir a Dios que nos sale al encuentro en nuestra vida. Llenos de dicha y de alegría honda nos acercamos al misterio; llenos de dicha y de alegría abrimos los ojos de nuestro amor para descubrir, para reconocer y para acoger al Señor que llega a nosotros. Estemos atentos, tengamos prontitud en el corazón y diligencia con las obras de nuestro amor para acoger al Señor que llega y que encuentre sitio en la posada de nuestro corazón.
Que desde lo hondo del corazón con fe seamos capaces de decir: ‘Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad’. Esa obediencia de la fe, esa generosidad que pone la fe en nuestro corazón sea la cuna en que recibamos a Jesús.

sábado, 15 de diciembre de 2012


Estad alegres en el Señor que viene con su salvación

Sof. 3, 14-18; Sal.: Is. 12, 2-6; Filp. 4, 4-7; Lc. 3, 10-18
Dos aspectos destacan sobremanera en la liturgia de este tercer domingo de adviento en los que nos vendría bien detenernos un poco a reflexionar dejándonos iluminar por la Palabra del Señor en este camino que nos lleva a la Navidad.
Por una parte, ‘el pueblo estaba en expectación’, nos dice el evangelista para reflejarnos lo que estaba sucediendo con la presencia de Juan allá junto al Jordán preguntándose si él era el Mesías esperado y qué es lo que tenían que hacer. Por otra parte la liturgia de este día es toda una invitación a la alegría desbordante en la cercanía de la Navidad, fiesta de gozo y salvación, como decíamos en la oración litúrgica.
La cercanía de algo que va a resultar grandioso o importante para nuestra vida nos hace desearlo con toda intensidad, pero de alguna manera ya vamos gustando como anticipadamente el gozo y la alegría de aquello en lo que vamos a participar o que vayamos a recibir. Es lo que la liturgia quiere adelantarnos ya en este tercer domingo de Adviento. Es la cercanía de la navidad, pero eso hemos de entenderlo bien.
En su origen la alegría y la fiesta de la navidad había nacido del gozo del nacimiento del Señor y de todo lo que eso significaba y repercutía para nuestra vida. Es celebrar que Dios viene a nosotros con su salvación. Necesitamos sentirnos salvados, necesitamos de la salvación que solo de Dios nos puede venir. Pero se ha perdido ese sentido religioso y cristiano de la vida y de lo que es la navidad y ahora todo el mundo hace fiesta en navidad, pero ¿hace fiesta realmente porque siempre y experimenta en su vida esa salvación que Jesús nos  viene a traer?
Si uno escucha la mayoría de los medios de comunicación, escucha los anuncios comerciales que nos hablan de la fiesta de la navidad, si escucha incluso muchas canciones o villancicos que en estos días se cantan no aparece por ninguna parte en muchos de ellos el sentido religioso, no aparece por ninguna parte Jesús con su salvación ni el Dios que nos ama y que nos salva.
Nos han robado la palabra navidad y le han cambiado totalmente su sentido. Unas fiestas, unas comidas, unos encuentros familiares, de amigos, o de compañeros de trabajo, unos regalos, unos derroches sin límites, unas vanidades y un consumismo cada vez más intenso, pero en ningún lugar aparece la alegría que nos nace de Dios y que nos llega en el nacimiento de Jesús en Belén. Fijémonos incluso en el estilo y sentido de los adornos de nuestras calles y ciudades. ¿No tendremos que despertarnos los cristianos de todo esto y comenzar de verdad a celebrar en su más hondo sentido la navidad?
No digo que no haya cosas buenas en lo que hacemos porque es hermoso que se despierten en los hombres al menos por unos días unos sentimientos de solidaridad y nos preocupemos de los demás, o que las familias se encuentren y queramos hacer felices a los que nos rodean o con quienes convivimos. Eso sería una tarea que siempre hemos de tener en cuenta, pero navidad no es sólo eso, hay algo más hondo que hemos de tener en cuenta. No podemos prescindir de Dios en Navidad.
¿A qué alegría se nos invita y se nos hace partícipe ya en este tercer domingo de Adviento? ‘Regocíjate… grita de júbilo… alégrate y gózate de todo corazón…’ decía el profeta.  Y con el salmo ya respondíamos: ‘Gritad jubilosos: qué grande es en medio de ti el Santo de Israel’. Qué grande es el Señor, nos trae el perdón, nos dice que se acabaron los temores para siempre porque El está en medio de nosotros, viene con su salvación; el Señor se complace en nosotros porque nos ama y eso nos llena de júbilo. ¿Queremos más motivos para la alegría?
Claro que esta alegría nacerá en nuestro corazón si es que nosotros nos sentimos necesitados de la salvación, del perdón; será alegría para nosotros si tenemos fe y experimentamos de verdad en nuestro corazón que el Señor nos ama. Con humildad hemos de ser conscientes de que necesitamos la salvación y que esa salvación solamente nos puede venir de Dios. Cuando tenemos estos presupuestos entonces sí que nos alegramos en la cercanía de Dios que viene a nosotros, tendrá hondo sentido, entonces, la navidad porque es Dios que viene a nuestro encuentro para ofrecernos su salvación.
Es más, en la situación en que vive nuestra sociedad actualmente con su crisis en todos los sentidos, con los problemas de todo tipo que afectan a individuos y familias, con tantas cosas que hacen que a veces nos parezca verlo todo oscuro y la gente haya perdido la ilusión y la esperanza creo que la navidad, tal como estamos hablando de Dios que viene a nosotros con su salvación, es algo que necesitamos vivir con toda intensidad.
Dios quiere llegar a nuestra vida despertando en nosotros esa esperanza que necesitamos, quiere llegar a nuestra vida, y nuestra vida concreta con sus problemas y sus luchas, dándonos luz, ilusión, ganas de vivir y de luchar; en el Dios que viene con su salvación encontraremos esa fuerza que necesitamos al mismo tiempo que desde El encontraremos todo el sentido para hacer que en verdad nuestro mundo sea mejor.
‘¿Qué hemos de hacer?’, era la pregunta que la gente le hacía a Juan. Es la pregunta que nosotros también nos tenemos que hacer desde esas expectativas que son nuestra vida y desde esa esperanza de salvación que tenemos en nuestro corazón. ‘Dios nos ofrece hoy, ahora, a mi, a cada uno de nosotros la posibilidad de reconocerlo y de acogerlo, como hicieron los pastores de Belén, para que El nazca también en nuestra vida y la renueve, la ilumine y la transforme con su gracia, con su presencia’. Así nos decía el Papa Benedicto XVI y creo que es una tarea, la primera, que hemos de emprender. Reconocerlo y acogerlo para sentirnos transformados.
Pero aun sigue pendiente la pregunta ‘¿qué hemos de hacer?’ Si vamos a acoger y reconocer así a Jesús que es nuestro salvador nos damos cuenta de que hay muchas que mejorar, cambiar en nuestra vida. Es el examen serio que tenemos que hacernos. El Bautista de una forma concreta hablaba a todos aquellos que se acercaban a él señalándoles las cosas que en su vida concreta de cada día habían de corregir o de mejorar.  No se trataba de hacer cosas nuevas o diferentes, sino que se trata de hacer bien, con actitudes nuevas nacidas en un corazón nuevo esas cosas que cada uno tiene que hacer cada día en su vida.
Aprende a compartir y en consecuencia a amar de verdad; aprende a ser justo y no volverte exigente e intratable con los que están a tu lado. Que nadie sea injusto con nadie; que nos comportemos con autenticidad y sana libertad, alejando de nosotros toda hipocresía y falsedad; que alejemos de nosotros todo tipo de violencia en nuestras palabras, en nuestros gestos, en nuestro trato, o en las actitudes profundas que llevamos dentro en nuestra relación con los demás; que siempre busquemos la paz, construyamos la paz, la armonía, la concordia sabiendo dialogar con los otros; que nadie se aproveche o abuse de los demás sino que en verdad creemos entre nosotros una verdadera fraternidad; que nos olvidemos un poquito de nuestro yo para ser siempre para los demás con disposición generosa siempre para el servicio, para ayudar, para tender una mano.
Juan no es el Mesías, solamente es el profeta, la voz que clama en el desierto; él bautiza solo con agua para que demos señales de que en verdad estamos arrepentidos de nuestras actitudes y posturas negativas y comencemos a dar señales de conversión, de vuelta de nuestro corazón hacia Dios; ‘el que viene puede más que yo, les dice, y no merezco desatarle la correa de sus sandalias; El bautizará con Espíritu Santo y fuego’.
Estamos nosotros también expectantes, se acerca la Navidad, se acerca la salvación. Hemos de preparar los caminos; hemos de transformar nuestro corazón; hemos de quemar todas esas cosas negativas que hay en nuestra vida con el fuego del Espíritu. Queremos prepararnos con toda intensidad para la llegada del Señor; estamos alegres, con una alegría grande, porque nos sentimos amados de Dios, porque Dios quiere entrar en la casa de mi vida para habitar en mí, porque la misericordia del Señor se derrama sobre nuestros corazones, porque en Jesús tenemos la certeza de que podemos empezar una vida nueva con la salvación que nos trae para transformar nuestro corazón.

sábado, 8 de diciembre de 2012


Vino la palabra de Dios sobre Juan en el desierto

Baruc, 5, 1-9; Sal. 125; Filp. 1, 4-6.8-11; Lc. 3, 1-6
En Roma y sobre todo su imperio reinaba el emperador Tiberio; en Jerusalén Poncio Pilato era el gobernador de Judea; en Herodes era el virrey y sus hermanos Felipe en Iturea y Traconítide, y Lisanio en Abilene; en el templo de Jerusalén los sumos sacerdotes eran Anás y Caifás, pero a ninguno de ellos vino la Palabra del Señor. Podría parecer que en esos lugares de poder político y religioso podrían resonar grandes palabras, pero la Palabra de Dios vino a resonar en un lugar apartado, allá en el desierto junto al Jordán a un hombre sencillo y pobre que vivía en la mayor austeridad. ‘Vino la palabra de Dios sobre Juan, el hijo de Zacarías, allá en el desierto’.
Son las sorpresas de Dios. Sus caminos no son nuestros caminos ni nuestros planes son sus planes. Dios actúa de otra manera. Nosotros los hombres para preparar un acontecimiento que fuera importante y que pudiera tener trascendencia en la historia hubiéramos hecho otros preparativos quizá con grandes dispendios materiales y hasta con obras faraónicas para que quedara constancia no solo del acontecimiento sino de lo que nosotros habíamos hecho. Estamos acostumbrados en la vida a grandes inauguraciones y a monumentos o placas que dejen constancia de las cosas que los hombres consideramos importantes. Pero el actuar de Dios es otro.
La Palabra de Dios que iba a resonar sí que iba a tener una trascendencia para toda la humanidad y marcaría la historia. Pero los hechos van a comenzar a suceder allá en el desierto en una voz que se va a comenzar a escuchar pero sin los altavoces mediáticos o de grandes medios que hoy utilizaríamos. ¿Quién la va a escuchar en el desierto? Pero allí va a resonar. Un hombre famélico en su apariencia por la austeridad y penitencias que hacía, vestido solo con una piel de camello va a ser lo voz que resuene con fuerza. ‘Una voz grita en el desierto’, recordará el evangelista recordando lo anunciado previamente por los profetas.
¿A qué invita esa voz? ¿cuál es el mensaje? Es una gran noticia, es una buena noticia que merecerá la pena escuchar. ‘Todos verán la salvación de Dios’. Llega el esperado de las naciones, se van a cumplir todas las esperanzas de Israel, viene la salvación y no solo para Israel sino que será para todos los pueblos, para toda la humanidad. Y hay que preparar los caminos, allanando los senderos, elevándose los valles y abatiéndose las montañas para hacer ese camino recto que nos conduzca a la salvación.
Escuchábamos ese mismo mensaje en el profeta que anunciaba la vuelta del pueblo desterrado a Jerusalén. Marcharon entre lágrimas al destierro y ahora vuelven entre cantos y llenos de alegría. ‘A pie marcharon conducidos por el enemigo, pero Dios los traerá con gloria, como llevados en carroza real’.  Se enderezarán los caminos, los árboles darán sombra a Israel ‘porque Dios guiará a su pueblo con alegría, a la luz de su gloria con su justicia y su misericordia’.
Aquello que fue un momento de la historia de Israel se convirtió en signo de lo que ahora hay que realizar porque ahora se va a manifestar en plenitud lo que es la misericordia del Señor que trae la salvación para toda la humanidad. Por eso ahora Juan ‘recorría toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados’. Sobre Juan había llegado la Palabra del Señor que ahora proclamaba para todos los hombres desde la humildad y la pobreza del que está en el desierto, desde la austeridad de una vida de penitencia para ser un signo para todos de esa conversión del corazón que había que realizar.
Hoy también, y podríamos recordar las coordenadas históricas que vivimos en el momento presente y también en la situación social concreta en la que vivimos, nos llega la Palabra del Señor. No será por grandes medios sino que será quizá en el silencio de cada corazón que la quiera escuchar, en cualquier lugar que haya una persona de buena voluntad y que quiera vivir con sinceridad y autenticidad su vida podrá escuchar esta Palabra, esta voz que resuena fuerte en medio de desierto de nuestro mundo pero que tendrá que hacerse eco en cada uno de nosotros porque a cada uno nos invita, nos llama también a la conversión para preparar los caminos del Señor.
El Señor quiere seguir llegando a nuestro mundo, quiere hacerse presente en medio de nuestra sociedad porque todos están bien necesitados de esa salvación que el Señor nos trae. Puede sucederle a nuestro mundo, como a aquellos grandes personajes de la historia de aquel momento que nos recordaba el evangelista, que estaban en sus cosas, en sus propias preocupaciones, en sus afanes de poder y para ellos no resonó la Palabra del Señor.
Así puede suceder y de hecho sigue sucediendo en nuestro mundo en medio del cual va a brillar la estrella de la navidad pero no van a entender su luz, la van a interpretar a su manera y para sus intereses, no van a escuchar esa voz que nos llama a algo nuevo y distinto.
Así nos puede suceder a nosotros también que andemos tan encandilados en medio de nuestra sociedad materialista y consumista que no sepamos captar el mensaje y aunque digamos que hacemos fiesta de navidad, sin embargo siga sin llegar de verdad el Señor a nuestra vida; tengamos cerrado el corazón en nuestros afanes y preocupaciones y no  nos demos cuenta de quien está llamando a nuestra puerta.
Que llegue a nosotros esa voz que grita en el desierto; que sobre nosotros llegue esa Palabra del Señor y sepamos acogerla. Juan desde el evangelio nos está dando la voz de alerta, no para asustarnos sino para anunciarnos la Buena Noticia. Dios se ha compadecido de nosotros y viene con su salvación.
Ante la proximidad de la llegada del Señor, que eso tiene que ser en verdad la navidad para nosotros, hemos de despertar; no podemos seguir con nuestras lámparas apagadas; es necesario estar vigilantes y orando pidiendo la venida del Señor. Esa lámpara que vamos encendiendo en la corona de Adviento esto nos recuerda.
Nos invita a la conversión, porque para preparar de verdad el camino del Señor muchas cosas habrá que corregir y arreglar en los caminos de nuestra vida personal como en los caminos de nuestra sociedad. Menos soberbia y más humildad, menos violencia y más justicia, menos codicia y egoísmo y más solidaridad y amor, menos hipocresía y mentira y más verdad y autenticidad en nuestra vida.
Habremos de purificarnos. Juan invitaba a un bautismo de penitencia para la conversión. Nosotros tenemos los sacramentos y en especial el sacramento de la Penitencia que ya nos hace partícipes de esa gracia redentora que Cristo nos ganara con su muerte en la cruz. Por eso es algo que tenemos que pensarnos muy bien para disponernos a recibir ese sacramento que nos purifica, pero nos trae el perdón del Señor y nos llena de su gracia.
Y mantener la esperanza de que con Cristo podemos hacer ese mundo nuevo. Quitemos pesimismos y negruras de nuestra vida que nos hacen creer que nada puede cambiar, que las cosas no tienen arreglo. Con la gracia del Señor que llega a nuestra vida si cada uno ponemos nuestro granito de arena podremos ir haciendo un mundo mejor y podremos salir de esas situaciones difíciles en las que vivimos.
Como nos decía el apóstol: ‘Esta es mi oración: que vuestro amor siga creciendo más y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores. Así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables cargados de frutos de justicia…’ Lo podremos hacer. La gracia del Señor no nos faltará.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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