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Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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miércoles, 16 de abril de 2014

contemplamos un amor que se arrodilla para servir...



Contemplamos un amor que se arrodilla para servir y entregarse hasta el extremo de dar la vida y darnos su vida

Ex. 12, 1-8.11-14; Sal. 115; 1Cor. 11.23-26; Jn. 13, 1-15
Era importante la cena de la pascua que los judíos celebraban cada año. Era un recuerdo imborrable lo que rememoraban pues sus padres habían sido liberados de la esclavitud de Egipto liderados por Moisés, pero donde el Señor se había mostrado grande y poderoso. Cada  año cuando llegaba la pascua, así estaba prescrito, habían de escoger un cordero, conforme a todo lo que estaba ritualizado con todo detalle de lo que habían de hacer; un cordero que se sacrificaría en el templo y luego comerían en familia recordando el paso liberador del Señor en Egipto pero que ellos sentían vivo y presente entre ellos. Era la Pascua.
Para eso habían hecho ahora los preparativos según las instrucciones de Jesús.  El cordero sacrificado, el agua para las purificaciones, los panes Ázimos, las lechugas amargas con su salsa del color de los ladrillos que fabricaban en Egipto, el vino para las bendiciones… todo estaba preparado. Ahora se habían reunido en aquella sala de la parte alta de la casa que generosamente les habían facilitado, pero ya desde el comienzo de la cena se palpaba que todo iba a ser distinto. ‘Mi momento está cerca’, había mandado decir Jesús a quien le facilitaría aquella sala. Y ahora nos dice el evangelista que ‘sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en este mundo, los amó hasta el extremo’.
Seguirían fielmente los rituales establecidos pero pronto comenzarán a realizarse signos que nos hablarían de que algo distinto estaba sucediendo, signos que nos hablarán de una nueva pascua; unos signos que quedarían para perpetuidad pero que nos darían señales de una vida nueva, de un estilo distinto, de una pascua nueva que se iba a convertir en Alianza eterna. Unos signos que no solo iban a servirnos para recordar lo que entonces estaba sucediendo o iba a suceder, sino que lo actualizarían y lo harían presente para siempre cada vez que esos signos se repitiesen.
Todo aquello que allí esa noche estaba sucediendo se habría de repetir cada día recordando y haciendo presente al Señor. Ese iba a ser su mandato: ‘haced esto en conmemoración mía… si yo el maestro y el Señor’ lo he hecho, de ahora en adelante vosotros también tendréis que hacer lo mismo, viene a decirles Jesús.
Dos signos, que en el fondo serán como uno solo; dos signos que habían de seguirse repitiendo a través de los tiempos si en verdad querríamos vivir en esa Alianza nueva y eterna que ahora se constituía. Sería el signo del amor en el lavarse los pies los unos a los otros, y sería el signo del pan y el vino  que ya no serían pan y vino sino presencia real y verdadera para siempre de Jesús en medio de nosotros como la expresión más sublime del amor. Los dos un mismo signo, porque será para siempre el signo del amor que nos habría de distinguir.
Ya lo hemos escuchado en el Evangelio. ‘Jesús se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe. Echa agua en una jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido’. No simplemente les ofrece agua para que hagan sus purificaciones; El, que es el Maestro y el Señor, se pone de rodillas delante de sus discípulos para lavarles los pies. Algo inaudito, pero que conociendo a Jesús venía a expresar lo que era toda su vida.
Es el signo del amor. El signo del amor que nos manda repetir. El signo del amor más humilde y más entregado. El signo del amor que es el signo del servicio y de la entrega. El signo del amor que nos habla de cercanía y de humildad profunda. El signo del amor, sí, que nos habla de lo que es el amor verdadero. Porque para amar de verdad no lo podemos hacer nunca desde arriba, como no podemos lavar los pies de nadie desde la altura; al menos, será necesario ponernos a su altura; pero Jesús nos enseña algo más importante para ese amor, ponernos de rodillas delante de aquel a quien amamos. Cuánto nos dice Jesús con ese signo de su amor. Cómo tenemos que aprender.
Luego nos dirá ‘si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies los unos a los otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis’. Contemplando el gesto de Jesús comprenderemos mejor lo que luego nos dirá que es su mandamiento. Que nos amemos los unos a los otros, nos dirá. Pero amarnos los unos a los otros no es hacerlo de cualquier manera ni con cualquier  medida. Un día se nos había dicho que nos amemos los unos a los otros al menos como nos amamos a nosotros mismos. Ahora Jesús, con sus gestos y con sus palabras nos dirá más, porque la medida de ese amor es amar como El nos ha amado. ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’.
Es un amor que se arrodilla, porque quien es capaz de hacerlo así no rivalizará con el otro, no querrá ser el primero, no le hará sentirse principal o importante.  Es un amor que se hace servicial, porque ‘el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir’; sabe hacerse el último y el servidor de todos porque esa será la verdadera grandeza, recordamos que les decía a los discípulos cuando discutían por los primeros puestos. Es un amor que nos purifica; ese ser capaz de lavar los pies a los otros nos purifica de nuestros orgullos, nos abaja de nuestros pedestales, nos cura en humildad, los limpia el corazón de malas querencias. Es un amor que nos abrirá los ojos para contemplar a Jesús y postrarnos ante El para adorarle, porque a eso nos tiene que llevar el amor que le tenemos.
Ese fue el primer signo del amor y de su presencia para siempre con nosotros. El que realiza a continuación es como una consecuencia de tanto amor como nos tiene. En la cena comían el cordero  pascual que era un recuerdo y una memoria del paso salvador de Dios que les liberó de la esclavitud de Egipto. Ahora ya no sería un cordero cualquiera el que íbamos a comer como memorial de esta Pascua eterna y salvadora para siempre. Juan lo había señalado a El como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo; y el Cordero iba a ser inmolado, pues comenzaba su pasión que era la Pascua nueva y eterna en su Sangre derramada en la Cruz, como la prueba más grande del amor más grande.
Un día había anunciado que comerle a El era tener vida para siempre, porque El era el Pan vivo bajado del cielo que da vida al mundo. ‘Quien come mi carne y bebe mi sangre tendrá vida para siempre y yo lo resucitaré en el último día’, había anunciado en la sinagoga de Cafarnaún. Y ahora Cristo se nos da, se hace Sacramento para que le comamos y le vivamos, para sepamos vivir su presencia para siempre y para que adorándole a El aprendamos a amar de verdad a los hermanos, para que comiéndole en la Eucaristía mientras caminamos aun por esta tierra tengamos la prenda segura de la vida que dura para siempre.
‘Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros… este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre… cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva’. Así nos lo recuerda san Pablo, como una tradición que ha recibido del Señor y que a su vez él nos ha trasmitido. La noche de su entrega, la noche que nos dio las muestras supremas de su amor así nos dejó este memorial. Lo mismo que había dicho que si El les había lavado los pies, a su vez ellos tenían que hacer lo mismo, ahora nos dice que eso mismo han de hacerlo en conmemoración suya para siempre. Y le comeremos a El. Y le viviremos a El.
Cada vez que le comemos hacemos memorial de su entrega y de su amor; cada vez que celebramos la Eucaristía no lo podemos hacer si no estamos viviendo su mismo amor y su misma entrega; cada vez que nos ponemos de rodillas delante de la Eucaristía para adorar su presencia tenemos que estar recordando que así tenemos que ponernos de rodillas delante de los otros para ofrecerles nuestro amor, porque ahí en ellos, y especialmente en los más pobres o los más vulnerables, siempre tenemos que verle a El.  No podrá haber Eucaristía donde no haya amor; no podremos comer a Cristo en la Eucaristía si no vamos con nuestro amor siempre al encuentro con los demás para lavarles los pies.
Hoy estamos celebrando el amor. Estamos iniciando el triduo pascual de la muerte y la resurrección del Señor y no hacemos otra cosa sino contemplar el amor infinito del Señor que así se entrega y así se da por nosotros. Cada día un buen cristiano, un buen seguidor de Jesús, ha de celebrar con toda intensidad el amor. Hoy parece que se hace más intenso contemplando los signos del amor que Jesús nos muestra. Hoy mirando y contemplando a Jesús en todos sus signos de amor nos tenemos que sentir como más impulsados a vivir un amor así. Es que estamos mirando el amor de Jesús que llegó hasta el extremo, al mayor amor.
Decimos que el Jueves Santo es el día del amor fraterno, porque recordamos el mandato de Jesús. Comamos a Cristo en la Eucaristía, sacramento de su amor que nos ha dejado, para que nos llenemos intensamente de su amor y así aprendamos a amar siempre a los demás, aprendamos a ponernos de rodillas los unos delante de los otros para lavarles los pies. Y ya sabemos todo lo que eso significa y cómo podemos hacerlo.

viernes, 4 de abril de 2014

Una invitación a la fe, a la vida y la resurrección y a cantar siempre la gloria del Señor

Una invitación a la fe, a la vida y la resurrección y a cantar siempre la gloria del Señor

Ez. 37, 12-14; Sal. 129; Rm. 8,  8-11; Jn. 11, 1-45
Todo en este quinto domingo de Cuaresma es una invitación a la fe, una invitación a la vida y la resurrección, un buscar siempre y en todo la gloria de Dios. Jesús es el agua viva, es la luz del mundo y es la resurrección y la vida. Son los mensajes que en estos tres domingos centrales de la Cuaresma hemos venido escuchando y se concluye con la proclamación que hoy nos hace Jesús en sus palabras y en la resurrección de Lázaro.
Con todo detalle nos lo describe el evangelista. Desde la enfermedad de Lázaro que le anuncian sus hermanas a Jesús, pero luego tras su muerte la llegada de Jesús a Betania con los hermosos diálogos entre Jesús y Marta primero y luego también con María, las hermanas de Lázaro, para concluir sacando a Lázaro del sepulcro.
Ya Jesús, cuando le llega la noticia de la enfermedad de Lázaro, dirá que todo ‘servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado en ella’. Y cuando al final Marta replique que ya lleva cuatro días  enterrado, le dirá: ‘¿No te he dicho que si crees verás la gloria  de Dios?’
Por medio está siempre presente una invitación a la fe. A los discípulos les dice, cuando por fin decide ir a Judea y en la dudas que surgen en ellos por el temor a lo que le pueda pasar pero también por las palabras y expresiones que emplea hablando de la muerte como de un sueño, ‘Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado allí, para que creáis’.
Será luego la hermosa confesión de fe de Marta a la llegada de Jesús tras la afirmación de Jesús de que El es la resurrección y la vida, ‘el que cree en mi, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’. Y le pregunta a Marta, que ya había expresado su fe en la resurrección del último día, ‘¿crees esto?’; a lo que Marta contestará: ‘Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo’.
Ahí tenemos esa invitación a la fe y a la vida. ‘Para que creáis’, nos dice también el Señor allá en lo hondo de nuestro corazón; para que se manifieste la gloria de Dios, porque en la resurrección de Lázaro se nos está anunciando ya el cercano misterio pascual que vamos a celebrar; es anuncio de vida y de resurrección. La propia resurrección de Lázaro en cierto modo provocó y aceleró los acontecimientos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, porque cuando los dirigentes judíos ven cómo la gente se va tras Jesús después de tan extraordinario acontecimiento, ya buscarán la manera de acabar pronto, como veremos más adelante en el evangelio. Pero hemos de reconocer también que es anuncio de vida y de resurrección para cuantos creemos en Jesús.
‘Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestros sepulcros’, escuchábamos al profeta en la primera lectura. ‘Os infundiré mi espíritu y viviréis’, continuaba diciéndonos. Y al apóstol san Pablo le escuchamos decirnos: ‘Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros’.
Nos habla, no lo podemos negar, del artículo de nuestra fe en la resurrección de los muertos al final de los tiempos; pero nos está hablando también de que en la medida en que nos unimos a Jesús - y ahí está nuestra participación en el misterio pascual de Cristo en virtud de los sacramentos - y si vivimos unidos a Jesús por  la fuerza del Espíritu esa resurrección se va realizando cada día en nosotros porque nos va arrancando de cuanto de muerte hay en nuestra vida.
Es lo que tenemos que reconocer; es en lo que tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu del Señor. Cuando ahora estamos hablando de muerte, no solo nos estamos refiriendo a ese momento final de nuestra vida terrena, sino cuanto de muerte hay en la realidad de nuestra vida y cuanto de muerte vamos dejando que se introduzca en nuestra vida.
Podemos pensar en nuestras dolencias, limitaciones y enfermedades que de alguna manera merman esa vida física de nuestro cuerpo, pero que nos afectan a todo nuestro yo, pero podemos pensar en nuestras tristezas, nuestras depresiones, nuestros desencantos, nuestras soledades, nuestras carencias de amor que nos hacen vivir sin vivir, sin alegría y sin esperanza. Situaciones que nos afectan a nuestro espíritu y a nuestra calidad de vida, que nos limitan y nos impiden vivir con intensidad nuestro ser.
Muerte es para tantos la pobreza y las carencias materiales en que viven, las esclavitudes a que se ven sometidos cuando sus vidas son manipuladas por los poderosos, la marginación y los desprecios que tienen que soportar, la falta de oportunidades en la vida para crecer como personas y para desarrollar todas sus capacidades. Muerte es el vacío de valores que contemplamos en muchos en nuestra sociedad y que nos puede contagiar, la falta de sensibilidad, las pocas aspiraciones a metas altas y espirituales que nos den grandeza, el materialismo con que se vive en la vida, el consumismo que nos esclaviza, el conformismo que nos hace caer en la rutina y la indiferencia.
Y muertes terribles que no tendríamos que dejar meter en nuestra vida pero que desgraciadamente son una realidad muy terrible en muchos corazones es la falta de amor, la falta de capacidad de amar o más bien muchas veces la capacidad de engendrar odio y mantener resentimientos; muertes son nuestros orgullos y rivalidades, nuestras envidias y desconfianzas, la poca capacidad para comprender y perdonar, la dureza del corazón que tendríamos que transformar. Y muerte terrible es la falta de fe y de esperanza que hace vivir a tantos sin Dios y sin trascendencia en la vida.
Es dura nuestra realidad de muerte pero hay algo en lo que tenemos que confiar: Cristo viene a nuestro encuentro para hacernos salir de ese sepulcro de muerte en el que hemos metido nuestra vida con el pecado. ‘Yo mismo abriré vuestros sepulcros y os haré salir de vuestros sepulcros’, como escuchábamos al profeta. ‘Os infundiré mi espíritu y viviréis’. El es nuestra resurrección y nuestra vida y si ponemos nuestra fe en El nos hará vivir para siempre sacándonos de ese sepulcro de muerte.
Que se manifieste la gloria del Señor porque en verdad nos dejemos transformar por el  Espíritu de Dios que habita en nuestros corazones. Que en verdad seamos capaces de hacer una valiente confesión de fe, como le hemos escuchado hoy a Marta, creyendo en verdad en Jesús como nuestro Mesías y nuestro Salvador, nuestra resurrección y nuestra vida. ‘¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?’ le decía Jesús a Marta. Queremos mantener viva nuestra fe en Jesús y que se manifieste la gloria del Señor porque vayamos saliendo de nuestros sepulcros, de tanta muerte como dejamos meter en nuestra vida.
Que resplandezca la vida nueva de Jesús en nosotros y sintamos su fortaleza y su gracia en todas esas situaciones en que nos vamos encontrando en la vida y que nos pueden producir dolor y muerte. Que no se merme nunca nuestra esperanza. Que aspiremos a los bienes del cielo y llenemos en verdad de trascendencia nuestra vida. Que no nos dejemos arrastrar nunca por ese materialismo que nos corta las alas para volar bien alto en la nueva libertad de los hijos de Dios. Que vivamos siempre con la gracia divina que nos llena de la vida de Dios y podamos así recorrer los caminos de plenitud del amor. Que con nuestra vida santa cantemos siempre la gloria del Señor.

sábado, 29 de marzo de 2014

Como el ciego de nacimiento hemos de encontrarnos con Jesús que es nuestra luz


Como el ciego de nacimiento hemos de encontrarnos con Jesús que es nuestra luz


1Sam.16, 1.6-7.10-13; Sal.  22; Ef. 5, 8-14; Jn. 9, 1-41

El ciego de nacimiento no sabía lo que era la luz, hasta que se encontró un día con el Sol. Empezó a ver y empezó a creer. Es el acontecimiento que nos narra hoy el evangelio con hermoso significado. 

En la ceguera todo es oscuridad. No se conoce la luz, no se sabe lo que es la luz.  Todo permanece en tinieblas. Descubrir la luz tiene que ser algo maravilloso; se distinguen los colores, lo que percibíamos por los otros sentidos ahora se vuelve realidad ante nuestros ojos, podemos contemplar una sonrisa que solo podíamos intuir, descubrir lo que se puede ver tras unos ojos luminosos, las cosas pueden tener otro sentido. Es triste esa oscuridad en la ceguera de los ojos, pero hay otras oscuridades más terribles. Tenemos muchas tinieblas, muchas clases de tinieblas que quieren ahogar la luz.

‘La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron’, había dicho Juan en el principio de su evangelio. Pero la luz un día ha de brillar. ‘Levántate, tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será tu luz’, escuchábamos que citaba san Pablo en la carta a los Efesios. Cristo es nuestra luz; la luz que viene a arrancarnos de las tinieblas. El episodio del Evangelio de hoy viene a hacernos ese anuncio y a traernos la esperanza de la luz que en Cristo vamos a encontrar.

Cristo viene al encuentro del hombre para traernos su luz. El evangelio nos dice que ‘al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento’. El episodio se sitúa en Jerusalén. El paso de Jesús será siempre un paso salvador. El paso de Jesús es pascua de luz para todo hombre. El paso de Jesús nos enseña también a mirar y ver. Es Jesús el que toma la iniciativa de venir a nuestro encuentro aunque digamos que nosotros lo buscamos y hacemos no sé cuantas cosas.

Allí estaba aquel hombre, ciego de nacimiento, en el que Jesús se quiere fijar de manera especial. Cuántos se tropezarían con él en su deambular por las calles de Jerusalén. Seguramente allí estaba tendiendo su mano pidiendo limosna - era lo habitual - y moviendo a compasión desde su ceguera.

Pero Jesús se detiene. La pregunta surge en los discípulos aflorando lo que quizá era una forma de pensar de muchos - también en nosotros aparece esa forma de pensar - imaginando culpabilidades y castigos por pecados, como se miraba la enfermedad o los males que pudieran suceder a las personas. Afloran cegueras en la manera de pensar que también nos afectan a nosotros porque quizá también cuando nos aparece el sufrimiento en la vida también estamos pensando en qué pecado hemos hecho para merecer tal castigo. Pero Jesús viene a darnos otro sentido. Jesús quiere abrirnos los ojos a través de esos acontecimientos para que aprendamos a descubrir las obras de Dios y las obras de Dios son siempre de amor para traernos paz a los corazones.

Allí está un hombre que sufre, un pobre que pide limosna, que se encuentra envuelto en las tinieblas de la ceguera y de su pobreza. Cuántas veces pasamos al lado de tantos sufrimientos y seguimos nuestro camino sin detenernos y quizá seamos nosotros los ciegos y los pobres; Jesús ahora nos está ayudando a salir de nuestras cegueras y oscuridades para que aprendamos a mirar de manera distinta y para que pongamos nuestra parte en que se descubran las obras de Dios.

Jesús realiza el signo que nos puede parecer incomprensible. Sobre aquellos ojos ciegos Jesús va a poner barro. Parece que en lugar de abrir los ojos lo que hace es mancharlos más con el barro. ¿Será para que sintiera la necesidad de lavarse? ¿Necesitaremos reconocer la oscuridad que hay en nuestros ojos, o mejor, la suciedad que hay en nuestra vida? Jesús le envía a lavarse a la piscina de Siloé.

Tiene su significado, porque el significado de tal nombre es ‘el enviado’. Era la piscina del Mesías. O mejor, la piscina es Cristo; más aún, Cristo es esa agua que no solo calma nuestra sed, como veíamos el domingo pasado en el episodio de la samaritana, sino que además nos purifica, da una nueva luz a nuestra vida. Y el hombre se encontró con la luz, aunque todavía no supiera bien quién era esa luz, como vemos por todo lo que sucederá a continuación.

Aquel hombre está ya lleno de luz, pero seguirán apareciendo oscuridades y cegueras. No todos quieren aceptar que aquel hombre ha recuperado la luz de sus ojos, se ha encontrado con la luz. Comienza, por así decirlo, la lucha entre la luz y las tinieblas, o las tinieblas queriendo rechazar la luz.

Será la gente desconcertada a la que le cuesta reconocer que el ciego de nacimiento ha recobrado la luz de sus ojos; serán los fariseos con su fanatismo que no querrán reconocer la obra de Dios que se ha realizado en aquel hombre; será la cobardía de los padres que temen reconocer el milagro que Jesús ha obrado en su hijo, por temor a ser expulsados de la sinagoga; será la desconfianza y las descalificaciones que se quieren hacer de Jesús para que la gente no crea en El.

Muchas cegueras que nos pueden aparecer también tantas veces en nuestra vida con nuestras dudas, nuestras cobardías, nuestros desconciertos, nuestras desconfianzas y hasta envidias hacia los que hacen cosas buenas; son las sombras de dudas que queremos sembrar en la vida de los demás porque nos cuesta aceptarlos; son las críticas y murmuraciones, juicios inmisericordes y condenas con las que dañamos a los demás y nuestro corazón se llena de negruras. ¿No necesitaremos ir también nosotros a lavarnos a Siloé? Necesitamos, hemos de reconocerlo, ir al encuentro de Jesús para que nos llene de su luz, para que arranque para siempre esas negruras y tinieblas que dejamos meter de muchas maneras en nuestro corazón.

Mientras, hemos seguido contemplando el proceso de aquel ciego de nacimiento que encontró la luz. En principio era ‘ese hombre que se llama Jesús que hizo barro, me lo untó en los ojos y me dijo que fuese a Siloé y que me lavase…’ No sabía más de Jesús. Pero la luz que brillaba en su corazón fue acercándole al misterio de Dios para reconocer que tenía que ser un profeta, que era un hombre de Dios y finalmente llegar a confesar su fe en Jesús.

No le fue fácil el recorrido de la fe. Las tinieblas luchaban contra la luz y tuvo dificultades y hasta al final se vio perseguido por el testimonio que estaba dando. ‘Lo llenaron de improperios…’ a causa de su testimonio. Finalmente ‘lo expulsaron de la sinagoga’, pero  él seguía dando testimonio. Era un testigo; lo que había visto, no lo podía callar; se había encontrado con la luz. ¿No nos hace pensar todo esto en nosotros? ¿Llegamos hasta el final dando testimonio de nuestra fe en Jesús?

‘Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: ¿Crees tú en el Hijo del Hombre?... ¿Y quién es, Señor, para que crea en El?... Lo estas viendo: el que está hablando contigo, ése es… Creo, Señor. Y se postró ante El’. Es la confesión de fe. No sabía qué era la luz, donde estaba la luz, pero se encontró con el Sol y empezó a ver y a creer.

Jesús viene hoy también a nuestro encuentro. Es el paso de Dios por nuestra vida que nos arranca de cegueras y oscuridades. Cuando llegue la noche de Pascua nos veremos envueltos totalmente por su luz. Son los signos que van a resplandecer en esa noche llena de luz. Para ese momento vamos haciendo ahora nuestro camino cuaresmal.

Queremos ver a Jesús; que aprendamos a distinguir su presencia sin confusiones ni dudas. Queremos ver como Jesús para que nuestros ojos se iluminen y nuestra mirada esté siempre llena de bondad y de misericordia como era la mirada de Jesús; ya no ha de ser una mirada a nuestra manera sino a la manera de Dios, a la manera de Jesús. Queremos ver a Jesús para aprender a ser luz como Jesús; El nos ha llamado a ser luz del mundo, y ahora somos luz en el Señor y como hijos de la luz hemos de aprender a caminar, como nos enseñaba san Pablo. Nuestras palabras, nuestras obras, nuestra vida tienen que ser siempre transparencia de Jesús, tienen que estar siempre llenas de luz.

viernes, 21 de marzo de 2014

Sedientos en busca del agua viva que solo podemos encontrar en plenitud en Jesus



Sedientos en busca del agua viva que solo podemos encontrar en plenitud en Jesús

Ex. 17, 3-7; Sal. 94; Rom. 5, 1-2.5-8; Jn. 4, 5-42
Es duro y costoso el camino hacia la libertad; es duro y costoso alcanzar una vida en plenitud cuando tantas sombras de muerte nos atan y cuando tantas limitaciones, no tanto físicas sino en el alma, nos impiden caminar como desearíamos hacia la vida.
Lo podemos llamar sed de libertad que nos reseca la garganta de la vida y nos produce amargor en el corazón cuando no sabemos encontrar el agua que nos sacie plenamente. Tenemos sed porque buscamos la felicidad y no sabemos encontrar la fuente que nos dé la felicidad verdadera. Tenemos sed porque nos vemos envueltos en pasiones que nos ciegan o tenemos sed porque andamos demasiado a ras de tierra recortando las alas de nuestra alma que nos harían volar hacia mundos nuevos llenos de trascendencia. Mucha es la sed que tenemos en el corazón porque en el fondo hay un ansia de plenitud y de espiritualidad, pero el materialismo de la vida nos ciega pensando que vamos a alcanzar la felicidad en cosas efímeras que se disiparán como humo que se lleva el viento. Pero toda esa sed que llevamos dentro nos hace entrar en crisis, hacernos preguntas, dejarnos desasosegados y con dudas en el alma.
Hoy el evangelio y toda la palabra de Dios que escuchamos en este tercer domingo de Cuaresma nos habla de sedientos y de fuentes de agua, invitándonos a buscar la fuente de agua viva que nos sacie de verdad y llene de plenitud. Los hechos concretos que se nos narran, tanto el pueblo sediento mientras camina por el desierto rumbo a la tierra prometida, como el encuentro de la samaritana y Jesús en el pozo de Jacob, son imagen de toda esa sed que llevamos en el alma y que nos hablan donde está la verdadera fuente de agua viva que no podremos encontrar sino en Jesús.
‘El pueblo, torturado por la sed, murmuraba contra Moisés. ¿Nos has hecho salir de Egipto para hacernos morir a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?’ Es la presentación que se nos hace en la primera lectura de aquel pueblo sediento que camina por el desierto. Una imagen de gran significado, hemos de reconocer, porque la sed de aquel pueblo produce una crisis profunda en su propia fe y en el sentido de su peregrinar. ‘¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?’ se preguntan.
Por su parte, en el evangelio es Jesús el que pide de beber a la samaritana que ha venido al pozo a sacar agua. ‘Dame de beber’, le dice Jesús. Pero será Jesús el que terminará por ofrecer un agua viva a la mujer que ha venido al pozo por agua. El diálogo que se provoca es profundo y muy rico.
La mujer con su cántaro viene al pozo a buscar agua; Jesús no tiene con qué sacar agua de aquel pozo y sin embargo ofrece un agua viva a aquella mujer de manera que ‘el que beba del agua que yo le dará no volverá a tener sed’. Es necesario conocer el don de Dios; es necesario reconocer quien es Jesús; es necesario abrir nuestra sed verdadera, la sed profunda que podamos tener en el corazón, ante Jesús para poder entender del agua que El nos quiere ofrecer.
La mujer le pedirá: ‘Dame de esa agua; así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla’. La mujer está comenzando a reconocer la sed que lleva en su corazón. Que no solo es la rutina de ir todos los días al pozo para buscar el agua. Es otra la sed que ha atormentado a aquella mujer a lo largo de su vida. Ha sido un ir de acá para allá buscando donde saciar sus ansias de felicidad pero no la ha terminado de encontrar. ‘Tienes razón,  no tienes marido; has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido’, le dice Jesús.
Es también la búsqueda espiritual que ha habido en el corazón de aquella mujer en la que aún queda la esperanza de que cuando llegue el Mesías todas sus dudas se disiparán para saber cómo y donde hay que adorar a Dios. ‘Veo que eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, pero vosotros decís que el sitio donde hay que dar culto está en Jerusalén’. Afloran las dudas de orden religioso y espiritual. Sigue aflorando la sed de aquella mujer que ya se está olvidando del agua de aquel pozo, porque comienza a vislumbrar donde hay un manantial ‘de agua que salta hasta la vida eterna’.
¿Cuál es nuestra sed? ¿Qué hay dentro de nosotros que nos inquieta? ¿O quizá estamos tan aturdidos que nos cegamos para ni siquiera darnos cuenta de que tenemos sed? Creo que sería muy conveniente que tomáramos conciencia de cuál es nuestra sed, o cuáles son los deseos más profundos que hay en nuestro corazón. ¿A qué aspiramos que llene de verdad nuestra persona, nuestro yo, nuestro espíritu? Porque todo esto que estamos contemplando en la Escritura tiene que ser para nosotros una imagen de lo que es nuestra realidad pero también de lo que tendríamos que buscar.
Jesús llamará en otra parte del evangelio dichosos a los que tienen hambre y sed de justicia prometiéndoles que serán saciados. Hambre y sed de justicia, de un mundo mejor; hambre y sed de inconformismo porque no estamos contentos en lo que somos o en lo que tenemos frente a rutinas y cansancios; hambre y sed de una mayor fraternidad entre todos los hombres, de más paz frente a tantas violencias y egoísmos; hambre y sed de amor para que haya una mayor solidaridad; hambre y sed de plenitud y de trascendencia;  hambre y sed de Dios, en fin de cuentas. ¿Será esa nuestra hambre y nuestra sed?
Mucha gente a nuestro alrededor tiene sed porque muchas pueden ser las carencias que tienen en su vida, los sufrimientos o limitaciones que puedan padecer incluso en su cuerpo, pero no queremos quedarnos en las carencias materiales o lo físico, aunque sabemos que tenemos la obligación en justicia de poner remedio a ese mundo injusto en el que vivimos y curar tanto sufrimiento; muchos tienen sed de que rescatemos los valores verdaderos que nos dignifican y nos pueden hacer verdaderamente grandes; muchos tienen sed de algo espiritual que llene sus vidas y les haga mirar con una mirada más amplia, pero no tendríamos que dejar que fueran a beber en fuentes venenosas que los engañan con falsas o raquíticas espiritualidades  y tenemos que anunciarles con valentía a Jesús en quien está, quien es la fuente de la verdadera vida.
Hay una cosa que deberíamos tener clara. Hemos de buscar esa fuente de agua viva que sacie nuestra fe y sabemos que la tenemos en Jesús y por eso hasta Jesús tenemos que ir para llenarnos de su vida y de su luz. Pero esa agua viva que encontramos no nos la podemos quedar para nosotros. Tenemos que anunciarla, compartirla, llevar a los demás esa agua viva del Evangelio o llevar a los demás a un encuentro vivo y profundo con Cristo para que sacien plenamente su sed.
Recordemos el pasaje del evangelio, donde vemos que aquella mujer samaritana, se  dejará su cántaro junto al brocal del pozo - ¿para qué le iba a servir ya si había encontrado el agua que le calmaba para siempre la sed? - y se fue a anunciar a sus convecinos cuanto le había sucedido,  con quién se había encontrado, invitándoles a ir hasta el encuentro con Jesús. Todos terminarán confesando su fe en Jesús y no solo porque aquella mujer les había contado lo que a ella le había sucedido, sino porque todos habían experimentado que Jesús era el que calmaba totalmente aquella sed que llevaban en el corazón. ‘Nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que El es de verdad el Salvador del mundo’.
¿Seremos capaces nosotros también de ir a anunciar a los demás lo que hemos encontrado en Jesús? ¿Seremos capaces de compartir esa agua viva del Evangelio y de la gracia con cuantos están a nuestro lado?

sábado, 15 de marzo de 2014



Transfigurarnos para hacer resplandecer de nuevo la luz que iluminó nuestra vida el día del Bautismo

Gen. 12, 1-4; Sal. 32; 2Tim. 1, 8-10; Mt. 17, 1-9
Es el domingo de la Transfiguración - tradicionalmente siempre el segundo domingo de Cuaresma - con todas sus connotaciones de resplandores y de oscuridades que son vencidas; se nos habla de subida a una montaña alta, pero se nos habla también de salir de su tierra y de ponerse en camino; finalmente hay que descender lo que previamente se había ascendido porque es necesario seguir caminando las llanuras del camino de la vida, no siempre tan tranquilo y sí muchas veces accidentado.
Entre resplandores de transfiguración se manifiesta la gloria de Dios. Todo son resplandores de luz y de gloria. ‘Se transfiguró Jesús y su rostro resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador… una nube luminosa los cubrió con su sombra’, terminará diciéndonos.
Jesús, si atendemos al marco del evangelio donde se nos narra este episodio, viene anunciando la pasión y la cruz de su Pascua, y como nos expresa la liturgia de este día ‘después de anunciar su muerte a los discípulos, les mostró en el monte santo el esplendor de su gloria, para testimoniar de acuerdo con la ley y los profetas, que la pasión es el camino de la resurrección’. Esto último no lo podemos olvidar nunca. De ahí el sentido que tiene la cuaresma que vivimos como preparación para la pascua. Hemos de llegar a la resurrección. Pero hemos de hacer un camino, hacer una ascensión.
Se nos hacen oscuros los caminos de la vida en muchas ocasiones, los problemas de cada día, las limitaciones y enfermedades, los roces que vamos teniendo con los que caminan a nuestro lado, el peso de la tentación que nos arrastra con frecuencia hacia abajo, las dudas e incertidumbres que nos van apareciendo en el alma nos conducen por ese camino de pasión que muchas veces se nos hace difícil de comprender, como les resultaba a los apóstoles cuando Jesús les anunciaba su pasión; pero es lo que no tenemos nunca que olvidar que el resplandor del Tabor nos está anunciando los resplandores de la resurrección; el Tabor es un faro de luz que nos señala a donde vamos, nos señala la vida nueva que estamos llamados a vivir. Ese anuncio tiene que ser para nosotros un gran estímulo.
Es necesario aprender a ponerse en camino, como lo hiciera Abrahán cuando Dios le pide que salga de su tierra y se ponga en camino a la tierra que le va a dar; Abraham se fía de la promesa, se deja guiar por esa Palabra que Dios le revela en su corazón para que sus descendientes un día puedan posesionarse de la tierra que el Señor les dio. Ponerse en camino atravesando un desierto que le lleve a la tierra de una promesa no podía ser fácil para Abraham; pero se fió, se dejó conducir, iría adonde Dios le llevara o desde donde Dios le llamaba.
De la misma manera que es necesario ponerse en camino para ascender a la montaña. La subida a una montaña alta siempre será costosa, no solo por la dificultad del camino sino también por todas las cosas que tenemos que saber dejar atrás, porque en lugar de ayudar serían ‘impedimenta’ - - como así se llamaba a los pertrechos que llevaban los soldados en las batallas - y los pertrechos innecesarios harían dificultosa la ascensión. En la altura van a ver la gloria del Resucitado, como cuando subimos a una montaña y nos quedamos extasiados contemplando bellezas que no habíamos imaginado o descubriendo planteamientos que nos llevarían a hacer las cosas por otros derroteros. Lo que allí iban a contemplar superaría todo deseo y les haría comprender en plenitud todos los anuncios de Jesús y la pasión y la cruz ya no sería escándalo para los discípulos.
La experiencia del Tabor fue determinante para mantener la fe de los discípulos en lo que iba a seguir en la vida de Jesús. Allí estaba la voz del cielo que lo señalaba: ‘Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadle’. Lo que ya iban vislumbrando los discípulos en la vida de Jesús y que un día le llevaría a Pedro a confesar que Jesús era el Mesías, el Hijo del Dios vivo, ahora venia a ser confirmado desde el cielo. Aunque siempre esa teofanía de Dios, esa manifestación de la gloria del Señor nos llevaría a anonadarnos, a sentirnos pequeños o a sentirnos pecadores.  ‘Apártate de mí, que soy un hombre pecador’, había confesado Pedro cuando la pesca milagrosa, porque reconocía que aquello solo podía suceder con el poder de Dios. De la misma manera ahora, cayeron de bruces, al escuchar la voz, llenos de temor. Estaban ante la presencia de la gloria de Dios y qué pequeños se sentían.
Esto les valdría para superar egoísmos y ambiciones que siempre aparecían y reaparecían en sus corazones. Antes, cuando estaban contemplando maravillados el cuadro de la transfiguración con la aparición también de Moisés y Elías conversando con Jesús, les parecía tan divino lo que contemplaban que querían quedarse allí para siempre. ‘¡Señor, qué bien se está aquí! Si quieres, haré tres chozas; una para ti, otra para Moisés y otra para Elías’. Si se quedaban allí extasiados ya no tendrían que preocuparse de las cosas terrenas y de los agobios de cada día. Es una tentación fácil que podemos tener. Allí estaban también los que querían primeros puestos en la gloria de Jesús, Santiago y Juan. En medio de todo aparecen esas ambiciones y deseos terrenos y mundanos.
Pero la voz del Padre que se escuchaba en medio de la nube venía a señalar otras cosas. Aquel Jesús que veían allí transfigurado, que era realmente el Hijo de Dios que venía para traernos la salvación, también venía a anunciarnos la Palabra que nos señalara como hacer y como vivir en ese Reino de Dios en el que no nos podemos quedar en éxtasis celestiales ni en pasividades humanas sin compromiso. A ese Jesús había que escucharlo porque era la Palabra viva de Dios. A ese Jesús, Hijo verdadero de Dios, había que escucharle porque nos enseñaría los verdaderos caminos del amor que echarían abajo todas nuestras comodidades, pasividades y ambiciones para enseñarnos a vivir en una vida nueva de transfiguración en el amor.
Como decíamos la experiencia del Tabor fue determinante. Habían contemplado la gloria de Dios y eran ellos los que tenían ahora que transfigurarse, transformar su corazón. Había ahora que bajar de la montaña con un resplandor nuevo; no podían hablar de lo que allí había sucedido hasta que ‘el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos’, pero lo sucedido les podría ayudar a entender todo lo que Jesús les anunciaba. Tendrían que llegar a la Pascua y aunque iba a ser algo costoso y doloroso pero estaba presente la luz de la resurrección ya en sus corazones desde aquel resplandor del Tabor que había sido como un anticipo que fortaleciera su fe y su camino.
Pero todo esto que contemplamos y meditamos tiene que ayudarnos también en este camino pascual que queremos recorrer. Un camino y una ascensión a la que nos está invitando hoy el Señor. Esa ascensión permanente que hemos de ir realizando en nuestra vida que nos lleve a llenarnos de la luz de Dios que también nos transfigure. En nuestra alma, desde nuestro bautismo, ha quedado prendida esa luz, que muchas veces quizá enturbiamos con nuestros pecados. Cuaresma ha de significar para nosotros esa purificación, ese quitar todos esas cosas que nos impiden seguir con decisión el camino de Jesús, esa transformación de nuestro corazón llenándolo del resplandor del Tabor y de la resurrección.
También nosotros escuchamos en lo más hondo de nosotros esa voz del cielo que nos señala a Jesús y nos invita a escucharle y a seguirle. Y escucharle y seguirle significa ponernos en camino de superación y de crecimiento, salir de nuestras pasividades y de nuestra vida cómoda, ir arrancando de nosotros esas ambiciones que nos ciegan el corazón y nos impiden reconocer a Jesús allí donde El quiere manifestársenos.
Porque Cristo transfigurado está también en el hermano que está a nuestro lado, en el pobre y en el enfermo, en el que nos pueda parecer una piltrafa humana por las muchas miserias que pueda haber en su vida y en ese que sufre de tantas maneras a nuestro lado. Ahí está Jesús, ese mismo Jesús que vemos transfigurado en lo alto del Tabor, pero que lo vemos recorrer el camino de la pasión, del dolor y de la muerte en el sufrimiento de los hombres nuestros hermanos. Pero tenemos la esperanza de la vida, de la resurrección.
Que bajemos del Tabor, que salgamos hoy de este nuestro encuentro con el Señor con los ojos abiertos de una manera distinta  para ir descubriendo a Jesús que nos va saliendo al paso en ese día a día de la vida en los hermanos que sufren a nuestro lado. Que el Espíritu nos ilumine y nos trasforme el corazón. Esa transfiguración se ha de realizar también en nosotros, porque no haríamos otra cosa que volver a hacer brillar el resplandor de luz y de gracia que lleno nuestra vida en el día del Bautismo.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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