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Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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viernes, 10 de agosto de 2012


El Pan bajado del cielo nos hace vivir y nos llena de esperanza
1Rey. 19, 4-8; Sal. 33; Ef. 4, 30-5, 2; Jn. 6, 41-51

Todos deseamos vivir, tener vida. Amamos la vida y realmente no querríamos perderla, aunque algunas veces sólo pensemos en la materialidad de este mundo en el que vivimos sin darle demasiada trascendencia. Desearíamos poder disfrutarla de la mejor manera posible.

Sin embargo hay ocasiones en que, nos pasa a nosotros mismos o podemos verlo en gente que nos rodea, no desearíamos vivir. Los problemas, los sufrimientos, una grave enfermedad, la debilidad en la que nos vemos envueltos por los años, el sentirnos impotentes ante situaciones difíciles, las incomprensiones de los que nos rodean, los momentos duros por los que tenemos que pasar en ocasiones nos hace desear que todo se acabara y parece como que perdemos toda esperanza. 

Pero ¿realmente tenemos motivos para perder así la esperanza? ¿Habrá algo o alguien que la pueda despertar en el corazón y nos de fuerzas y ánimo para seguir luchando por la vida, por las cosas buenas? ¿Dónde y cómo podemos encontrar ese sentido de vivir?

Creo que la Palabra que hemos recibido hoy de parte de Dios en nuestra celebración nos ayuda y nos puede iluminar. Queremos ser hombres y mujeres de fe; al menos nos decimos creyentes y cristianos y si así lo sentimos desde lo hondo del corazón es porque sabemos que en el Señor podemos encontrar respuesta a esa inquietud de nuestro espíritu y a esas ansias de vida que llevamos en nosotros y que tenemos que reconocer que ha sido El quien la ha puesto en nosotros.

El profeta Elías estaba pasando por un momento difícil en su misión y en su vida que le hacía que en cierto modo retemblaran los cimientos más hondos de su vida. Se siente acosado en su misión y perseguido. Huye al desierto deseando morir. Es lo que nos narra la primera lectura de este domingo. ‘Caminó por el desierto… y al final se sentó bajo una retama y se deseó la muerte…’

Pero Dios va a ir poniendo señales en su vida de su presencia junto a El para que no decayera en sus fuerzas. Va a experimentar que Dios está allí a su lado para alimentarlo y alentarlo en su camino hasta el monte de Dios. ‘Levántate y come…. Y vio a su cabecera un pan cocido sobre unas piedras y un jarro de agua... comió y bebió…’ Y así por dos veces se le manifestó el ángel del Señor y prosiguió su camino.

Imagen de lo que Jesús quiere ofrecernos. No es un pan cualquiera el pan bajado del cielo del que nos habla Jesús y que es El mismo. Viene Jesús a nosotros para ser nuestro alimento, nuestra comida, nuestra fuerza, nuestro vivir. Aunque la gente de Cafarnaún no entiende, o le cuesta entender que Jesús diga ‘Yo soy el pan bajado del cielo y el que coma de este pan vivirá para siempre’, es en Jesús donde vamos a encontrar esa verdadera vida y una vida para siempre. Sus ojos y su pensamiento se quedan en aquel Jesús, el hijo de María, el hijo del carpintero de Nazaret. Pero allí hay algo más, y decimos algo porque nos es difícil encontrar la palabra adecuada, porque está quien en verdad nos va a dar la vida en plenitud, la mayor plenitud que podamos encontrar para nuestra vida.

Jesús viene de Dios, porque es Dios mismo hecho hombre, y es quien podrá revelarnos plenamente todo el misterio de Dios que es revelarnos también el misterio del hombre, el sentido del hombre. ‘Yo para esto he venido, para ser testigo de la verdad’, nos dirá en otra ocasión; testigo de la verdad de Dios, de la verdad de la vida humana, de la verdad del amor y de la paz, de la verdad de la auténtica alegría y felicidad, de la verdad del más profundo sentido del hombre. 

Tenemos que ir hasta Jesús y creer en El. Tenemos que dejarnos conducir por el Espíritu de Dios que nos conduce a Jesús para que creamos en El. ‘Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí… cree en mí… y os lo aseguro el que cree tiene vida eterna’. Así lo hemos escuchado hoy en el evangelio. Creemos en Jesús y nos llenamos de vida eterna. Creemos en Jesús y estamos ya llamado a la resurrección. ‘Yo lo resucitaré en el último día’, nos dice.

Decíamos antes que muchas veces en la vida nos encontramos desanimados por muchas cosas; desanimado es el que le falta ánimo, espíritu, el que le falta vida. Por eso, como le sucedió al profeta Elías que nos sirve de ejemplo también para nuestras situaciones, parece como si ya no quisiéramos vivir. Pero ahí está Jesús que viene a nosotros, que se hace presente en nuestra vida, que quiere ser nuestro alimento y nuestra fuerza, que quiere llenarnos de vida si en verdad ponemos toda nuestra fe en El. 

Por eso venimos a la Eucaristía con esos deseos de Dios. No como un rito más que hacemos, sino para experimentar esa presencia y esa fuerza de Dios en nuestra vida. Y de la Eucaristía tenemos que salir entonces revitalizados, llenos de esperanza, con nueva vida y nueva fuerza para seguir haciendo nuestro camino como Elías, porque ya sentimos que Dios está con nosotros para siempre. 

En el texto de Elías, aunque no lo hemos leído hoy, a continuación en el monte del Horeb, tiene una profunda experiencia de la presencia de Dios de manera que su vida quedará para siempre iluminada con la presencia de Dios. Fue como su Tabor, una Transfiguración como la que escuchamos de Jesús en el Evangelio hace unos días, para bajar de la montaña hecho un hombre nuevo y fuerte para seguir con su misión. Así tendría que ser para nosotros siempre nuestra Eucaristía, un Tabor donde nos sintamos transfigurados por la presencia y la gracia de Dios. 

Cuando comemos a Cristo en la Eucaristía no estamos comiendo simplemente pan, sino que estamos comiendo a Cristo para que se haga vida nuestra, vida en nosotros. Nos sentimos iluminados, transformados por su gracia, por su presencia y así tenemos que ver la vida ya con unos ojos nuevos, con un nuevo sentido, el sentido y el vivir de Cristo.

San Pablo nos decía que lejos de nosotros toda amargura y todo lo que nos lleve a la muerte. Es que ya estamos llenos de dicha, de esperanza, de luz, de vida. ‘Desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad. Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo… sed imitadores de Dios… y vivid en el amor’. Es así como tiene que ser siempre ya la vida después de haber celebrado la Eucaristía.

No tenemos motivos nunca para perder la esperanza cuando hemos puesto nuestra fe en Jesús. El despierta nuestro corazón y nos da fuerzas y ánimo para vivir, para seguir la lucha de cada día, para tener esperanza y para llenarnos de alegría aunque humanamente tengamos que pasar por momentos duros y difíciles, muchas sean las incomprensiones o los sufrimientos de todo tipo. Para eso El se ha hecho alimento, es el pan de vida que no da vida, es el pan bajado del cielo que quien lo coma vivirá para siempre.

viernes, 3 de agosto de 2012


Señor, danos de ese pan de vida y que nos da vida
Ex. 16, 2-4.12-15; Sal. 77; Ef. 4, 17.20-24; Jn. 6. 24-35

‘Señor, danos siempre de este pan’, le piden a Jesús. ¿Qué pan le están pidiendo? También podíamos preguntarnos, ¿qué pan le estamos pidiendo nosotros a Jesús cuando en este domingo venimos a nuestra celebración?

¿Le estarían pidiendo pan, como aquel que comieron allá en el descampado, que les saciara el hambre de sus estómagos vacíos? Podíamos estar pidiendo ese pan, y ya no sólo para nosotros, sino pensando en nuestro mundo, en los millones que mueren de hambre cada día en tantos lugares del mundo, o de los que están pasando necesidad a nuestro lado por la situación difícil que estamos viviendo. No está mal que pidamos también ese pan.

Quizá aquellos judíos de la sinagoga de Cafarnaún no sabían bien ni qué pan estaban pidiendo, porque no terminaban de comprender el pan que Jesús les estaba ofreciendo. Ya Jesús cuando llegan hasta El les hace plantearse por qué realmente le están buscando. ‘Maestro, ¿cuándo has venido hasta aquí?’ le preguntan al encontrarlo. No estaba allá en el descampado; sus discípulos tampoco estaban y se habían venido a Cafarnaún buscándole. ‘Os aseguro, les dice Jesús, me buscáis no porque visteis signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros… trabajad no por el alimento que perece, sino por el que perdura para la vida eterna’.

Una vez más, en su pedagogía divina, Jesús comienza a inquietarlos, a hacer que se pregunten desde dentro. ¿Por qué le buscaban? ¿Por qué buscaban pan o qué pan es el que buscaban? Buscar pan es buscar, sí, ese alimento para nuestro cuerpo; pero buscar pan puede significar algo más. Es lo que Jesús quiere hacerles, hacernos pensar. Es buscar vida o buscar lo que dé sentido a nuestra vida. Hay, tienen que haber, unos ‘por qué’ en nuestro interior que nos hacen buscar, luchar, esforzarnos, buscar caminos, trabajar, sin importarnos sacrificios incluso, que dan un sentido a nuestro vivir. 

La vida no se queda reducida al alimento que comamos, sino que hay algo más hondo en nosotros por lo que sufrimos o gozamos, por lo que algunas veces nos podamos sentir frustrados si no lo alcanzamos, o nos puede hacer sentir las personas más felices del mundo cuando lo alcanzamos, que pone ilusión y esperanzas 
en nuestro corazón y nos hace amar de verdad la vida y también lo que nos rodea, los que nos rodean.

Hay una referencia en el diálogo de los judíos con Jesús al maná del que se alimentaron sus padres en el desierto mientras peregrinaban hacia la tierra prometida. De eso nos ha hablado la primera lectura. Aquel maná caído del cielo no era sólo el alimento que alimentaba los cuerpos mientras caminaban por el desierto, sino que en aquel maná encontraban ellos motivos y fuerzas para seguir caminando a pesar de lo duro del camino, aunque muchas veces también sintieron tentaciones de volver atrás. 

Aquel maná les daba fuerzas físicas pero también les daba ánimos en su caminar, porque no se sentían solos, sabían que había una meta a la que llegar, finalmente no se sentían desamparados de Dios, sino todo lo contrario allí estaba la señal de que Dios caminaba con ellos aquel duro camino que les llevaba a la libertad y la riqueza de la tierra prometida que manaba leche y miel.

Buscamos nosotros ese pan, necesitamos nosotros también ese pan. Un pan que nos de vida, valor, sentido, ilusión, esperanza, fuerzas para nuestro caminar. ‘Trabajad por el alimento que perdura para la vida eterna, nos dice Jesús, el que os dará el Hijo del Hombre, pues a Este lo ha sellado el Padre, Dios’. 

El pan que nos dará Jesús. Sí, buscamos ese pan, buscamos a Jesús. Como hacíamos referencia a lo que significó aquel maná, pan del cielo, en el desierto, en Jesús vamos a encontrar esos motivos y fuerzas para seguir caminando; en Jesús no nos vamos a sentir solos; es Jesús sabemos que tenemos una meta para nuestra vida; en Jesús sabemos que nunca nos sentiremos desamparados, porque El está con nosotros, El camina a nuestro lado, El es ese pan de vida y de vida eterna.

Cuando los judíos le decían cómo había que realizar ese trabajo que Dios quería, Jesús les responde que ‘la obra que Dios quiere es que creáis en el que Dios ha enviado’. Creer en Jesús. Creer en Jesús porque El es ese pan de vida, el verdadero pan del cielo que da vida al mundo. Qué importante esa fe que pongamos en Jesús. Creyendo en El encontraremos ese pan de vida eterna. Por eso terminará diciéndonos Jesús hoy ‘Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí nunca pasará sed’. 

Hablábamos antes de esos ‘por qué’ que tenemos en nuestro interior que nos hacen buscar, luchar, esforzarnos, buscar caminos, trabajar, sin importarnos sacrificios incluso, que dan un sentido a nuestro vivir. En Jesús está la respuesta. En Jesús encontramos los motivos. En Jesús encontramos esa fuerza interior, esa gracia. En Jesús nos sentimos en camino de nueva vida. En Jesús nos sentimos comprometidos al máximo por ayudar a dar sentido a la vida de cuantos nos rodean. En Jesús tenemos esa luz que nos ilumina de verdad y que iluminará nuestro mundo. En Jesús nos sentimos totalmente implicados en buscar caminos para salir adelante en los momentos difíciles o de prueba.

Por eso, sí, tenemos que buscar a Jesús. Cada día más y con mayor intensidad. Conocerle hondamente. Meterlo en nuestra vida. Hacerlo vida nuestra. Buscamos ese pan que saciará todas nuestras hambres y nuestra sed más profunda. Le pedimos, sabiendo bien lo que le pedimos, que nos dé de ese pan para tener vida para siempre.

Cuando venimos aquí cada semana o cada día a la Eucaristía es eso lo que venimos buscando; venimos buscando a Jesús, esa luz y ese sentido de nuestra vida, esa fuerza y esa gracia, esa presencia y esa vida para nuestro caminar, sabiendo que en Jesús lo vamos a encontrar. El camina a nuestro lado, no nos deja solos ni desamparados. Aquel pan del cielo del maná era una señal, decíamos, de la presencia de Dios que estaba con ellos y caminaba con ellos el duro camino del desierto. En este pan del cielo encontramos a Cristo que quiere hacerse pan para que además le comamos y nos alimentemos de El. Qué misterio y locura de amor.

Cuando comemos del pan de la Eucaristía no olvidemos que estamos comiendo a Cristo, no como un recuerdo, sino teniendo la certeza de su presencia real y verdadera que se hace alimento para nuestro caminar. No es una simple señal que ponemos al lado del camino para recordarnos cosas, sino que es Cristo mismo el que se hace pan, se hace Eucaristía para nosotros para ser esa vida, esa gracia y esa fuerza que necesitamos. En los próximos domingos seguiremos reflexionando sobre todo el sentido del pan de vida que Jesús nos da en la Eucaristía.

‘Señor, danos siempre de ese pan de vida’ y que nos da vida.

sábado, 28 de julio de 2012

Caminos de solidaridad y generosidad que nos llevan a la comunión verdadera

2Rey. 4, 42-44; Sal. 144; Ef. 4, 1-6; Jn. 6, 1-15

Jesús se había a un lugar apartado y tranquilo con los apóstoles, como escuchábamos el pasado domingo, y se había encontrado con una multitud que lo esperaba. ‘Le dio lástima de ellos y se puso a enseñarles con calma’, nos decía el evangelista Marcos.

Ahora es el evangelio de Juan el que nos dice que estaba en la otra orilla y ‘lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos’. Se vuelve a manifestar el corazón compasivo y misericordioso de Jesús. Toma la iniciativa y pregunta a Felipe ‘¿con qué compraremos panes para que coman todos?’

La solidaridad es el mejor camino que nos lleva a la comunión verdadera. Cuando los problemas se agolpan y surgen las necesidades podemos tener la tendencia a querer ir cada uno por su lado y cada uno busca su solución. Esto nos puede llevar a divisiones o a enfrentamientos, a una lucha de los unos contra los otros y quizá así los problemas se crecen y nos puede ser más difícil la solución.

Si somos capaces de dejar de pensar cada uno en sí mismo y comenzar a pensar en los demás, o ver el problema que también tienen los otros, de darnos cuenta de que si cada uno ponemos nuestro grano de arena por pequeño que sea se puede crear la montaña que nos abre caminos para algo distinto, comenzaremos a amarnos más, a preocuparnos por los otros y el amor nos dará inventivas, aunque nos parezcan insignificantes que nos puedan descubrir algo distinto.

Jesús solamente hace una pregunta que va a despertar inquietud en los que le rodean que se preguntarán también por caminos de solución, aunque nos puedan parecer difíciles o imposibles. Pero alguien aparecerá con el pequeño grano de arena que comienza a hacer el montón que lo transformará todo. Ya alguien vendrá diciendo que allí ‘hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces…’ aunque también se preguntará ‘¿Qué es eso para tantos?’.

Jesús sabía lo que iba a hacer porque en su corazón había amor hasta el infinito y El era Dios que realiza maravillas cuando está entre nosotros los hombres. Jesús realiza el milagro pero no solo fue la multiplicación milagrosa de los panes sino la inquietud por el amor y la solidaridad que sembró en aquellos corazones. Así quiere hacerlo en nosotros también cuando nos acercamos sinceramente a El dispuestos a compartir nuestros pequeños cinco panes de cebada y sin hacernos reservas para nosotros mismos.

‘Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados y lo mismo todo lo que quisieron del pescado’. El evangelista nos dirá que eran cinco mil hombres y que lo que recogieron de sobra a la indicación de Jesús para que no se perdiera fueron doce canastas.

Este milagro es signo y tipo, anticipo de la Eucaristía que va a instituir. Los próximos domingos escucharemos su anuncio en la Sinagoga de Cafarnaún. Pero conviene fijarnos en lo que significa este signo, este milagro de Jesús y todo lo que nos enseña. La solidaridad es el mejor camino que nos lleva a la comunión verdadera dijimos hace unos momentos. Dicho de otra manera no podemos llegar a la verdadera comunión si no vamos por los caminos de la solidaridad y del amor. Sería un contrasigno que nos atreviéramos a celebrar la Eucaristía sin amor, sin estar abiertos a la solidaridad.

Por eso nos dirá Jesús en otro lugar del evangelio que si cuando vamos a presentar nuestra ofrenda ante el altar no hay amor verdadero en nuestro corazón, porque quizá no nos hemos reconciliado debidamente con el hermano, porque vivamos en la división y el desencuentro con los que nos rodean, con los más cercanos a nosotros, si no hemos sabido romper las corazas de la indiferencia, la insolidaridad y el odio, vayamos primero a reconciliarnos con el hermano, vayamos a ese encuentro vivo de amor con el otro para que podamos sentarnos dignamente en la mesa del Señor.

Vayamos siempre a la Eucaristía con la disponibilidad de poner nuestros cinco panes de pobres - los panes de cebada eran los de los pobres - porque, aunque nos parezca que es poca cosa lo que podemos poner, el Señor sabrá multiplicarlo porque siempre con el Señor el amor se crece y se aumenta más y más para provocar el incendio del amor que transformará de verdad nuestro mundo. Nuestras pequeñas chispas de amor provocarán esa hoguera grande del amor que contagiará a todos los que se sientan iluminados por su luz.

Y de la misma manera no podemos salir de la Eucaristía si no hemos alimentado debidamente ese amor; tenemos que salir siempre de la Eucaristía con un amor más fuerte y más grande, más abiertos a los demás, con mejor disposición para el encuentro y la comunión con los otros, más comprometidos para luchar por lo bueno, por hacer un mundo mejor y más fraterno, sintiéndonos más hermanos que nos queremos más y estamos dispuestos a perdonarnos siempre.

Los problemas que afectan hoy a nuestra sociedad son grandes; estamos contemplando mucho sufrimiento y muchas angustias a nuestro alrededor. Los que creemos en Jesús no nos podemos quedar insensibles pensando quizá que la solución tiene que venir de otros, de los grandes y poderosos. Hoy Jesús nos está enseñando que tenemos que aprender a mirar con una mirada distinta lo que nos rodea con sus problemas. Jesús quiere sembrar también inquietud en nuestro corazón preguntándonos quizá ¿qué es lo que podemos hacer nosotros ante la magnitud de los problemas? ¿No hará falta que aparezca el chiquillo de los cinco panes de cebada y los dos peces? ¿No podrás ser tú, ser yo el que con mi pobreza, mis pocas cosas comience a ofrecerme solidario y a hacer algo?

Todo, menos quedarnos impasibles. El Señor quiere poner inquietud en el corazón. Si hemos venido a la Eucaristía al encuentro con El, seguro que nos estará pidiendo una actitud nueva, un nuevo gesto de solidaridad, una disponibilidad generosa. Esos pequeños gestos solidarios crearán más auténtica comunión. ¿Nos daremos la vuelta para no ver?

martes, 24 de julio de 2012


El camino de santiago nos lleva peregrinos hasta Jesús 
Hechos, 4, 33; 512.27-33; 12, 2; Sal. 66; 2Cor. 4, 7-15; Mt. 20, 20-28

El no estaba allá junto al Jordán cuando los primeros discípulos comenzaron a seguir a Jesús. Estaba su hermano Juan igual que Andres el hermano de Simón cuando el profeta del Jordán había señalado a Jesús como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo y se habían ido con él. Probablemente de la misma manera que Andrés fue pronto a anunciarle a su hermano Simón que habían encontrado el Mesías, por qué no Juan también habría venido a comunicarle a su hermano lo que habían descubierto.

Ahora junto a la orilla del lago cuando aquel profeta que había surgido les invitó a él y a su hermano, - ‘venid conmigo’- , como lo había hecho con los hermanos Simón y Andrés, a seguirle para hacerlos pescadores de hombres, lo habían dejado todo, las redes, la barca, su padre, los jornaleros, para irse con Jesús. De nuevo en las agua de aquel mismo lago tras una pesca milagrosa en la que habían ido a echar una mano a Simón y Andrés por la redada tan grande que habían cogido, que se les rompían las redes, habían escuchado de nuevo la invitación. ‘Os haré pescadores de hombres’.

El seguimiento a partir de entonces había sido constante. Su camino era ya el camino de Jesús. Formaría parte del número de los doce elegidos para ser apóstoles y enviados, pero con una predilección especial junto con su hermano y Simón Pedro Jesús los llevaría consigo a momentos especiales para ser especiales testigos de las maravillas de Dios que se manifestaban en Jesús. 

Caminarían al paso de Jesús con todo lo que eso podría significar y los caminos nuevos que se abrirían para sus vidas. Subirían con Jesús a lo alto del Tabor para verle transfigurado y contemplar la gloria de Dios que se les manifestaba en maravillosa teofanía. Caminos de ascensión y de mirada hacia lo alto para llenarse de trascendencia y llenarse de Dios. Serían escogidos de manera especial en la casa de Jairo para ser testigos de la resurrección de la niña. Caminos abiertos al amor y a la solidaridad ante el sufrimiento que impulsan siempre a actuar para la vida. Pero Santiago, Juan y Pedro serían extraordinarios testigos de la agonía y de la oración de Jesús en el huerto antes de la pasión, pero a quienes se les pediría además una vigilancia especial. Caminos de interiorización e iluminación que solo en la oración podemos encontrar.

Su camino quería ser el camino de Jesús aunque no siempre fuera fácil, porque surgían confusiones en lo que se esperaba del Mesias y las ambiciones aparecen facilmente en el corazón. siempre surgía entre los discípulos aunque estuvieran muy cerca de Jesús los sueños y aspiraciones por primeros puestos a pesar de todo lo que Jesús les había enseñado. Lo hemos escuchado  hoy en el evangelio.

Pero estaban dispuestos a beber el cáliz. Los primeros puestos serían los del servicio y los del amor. Desde ese amor caminaría Santiago lleno del Espíritu los caminos del mundo anunciando el evangelio. La tradición nos lo sitúa en España en corto tiempo después de Pentecostes y así nos consideramos nosotros herederos de la fe que él anunció. 

Dispuesto a beber el cáliz sería el primero de los apóstoles que diera su vida por el nombre de Jesús. Los Hechos de los Apóstoles nos narran las dificultades y persecusiones que tuvieron los apóstoles desde el primer momento plor anunciar el nombre de Jesús como nuestro único Salvador. Con detalle nos hablan de las prisiones y las comparecencias ante el Sanedrín de Pedro y Juan tras la curación del paralítico de la Puerta Hermosa, y más tarde el martirio de Esteban, el protomártir. Pero pronto aparecerá, como hemos escuchado hoy, el martirio también de Santiago. ‘El rey Herodes hizo pasar a cuchillo a Santiago, el hermano de Juan’. 

Una tradición secular situará la tumba del Apóstol en Compostela allá en las cercanías de Finisterre, el fin del mundo conocido entonces. Historias, quizá llenas de leyendas, nos traen los restos del apóstol hasta Galicia, donde tras manifestaciones prodigiosas se encuentra la tumba del Apóstol en torno a la cual se levanta la catedral que se convertiría en centro de peregrinaciones para el mundo cristiano ya desde la edad media junto con Roma y los Santos lugares, como sigue siéndolo hoy día. 

El camino de Santiago es el que trajo a los peregrinos y penitentes desde todos los rincones de Europa entonces, y ahora tendríamos que decir que desde todo el mundo, buscando la gracia y el perdón de los pecados tras ese camino penitente en el encuentro con el Señor. Desde muchas motivaciones se hace hoy el camino de Santiago, pero en su origen era un camino de penitencia en la búsqueda del perdón y de la gracia del Señor por los propios pecados. Hoy se tiende a mirar como un trasiego y encuentro de culturas en gentes que recorren el camino desde los diferentes lugares del mundo. 

Sin negar todo ese valor cultural que puede tener, y que fue base también de la construcción de Europa, creo que como creyentes tendríamos que fijarnos mejor en el camino interior que hace cada persona en ese ir hasta la tumba del apóstol. He tenido la suerte de ser testigo y confidente de corazones que han hecho ese camino. Es camino de encuentro con uno mismo, de encuentro con Dios y de encuentro con los demás haciendo resaltar las cosas y los valores más hermosos que llevamos dentro de nosotros.  

Hagamos o no hagamos fisicamente ese camino de Santiago - no todos estamos en condición de poderlo hacer - sin embargo ese otro camino interior que nos lleve a la búsqueda de una profunda espiritualidad, a la búsqueda del verdadero sentido de la vida, el verdadero sentido del hombre, creo que es un camino al que todos si estamos invitados a hacer. 

Cuando fuimos haciendo un repaso por esos momentos del evangelio donde va apareciendo la figura de Santiago, como la del resto de los apóstoles, hablamos de un camino que iba haciendo Santiago que era seguir el camino de Jesús. No sin dificultades, decíamos, porque dentro de cada uno van surgiendo muchas cosas, muchos tropiezos y obstáculos a ese camino. Santiago, con sus dudas, confusiones y ambiciones incluso, sin embargo se dejó conducir por el Señor. Fue decidido su ‘podemos’, ante la pregunta de Jesús sobre beber el cáliz que El había de beber.

De la mano y con el ejemplo del apóstol intentemos hacer nosotros también ese camino, camino de Santiago, que es realmente el camino que nos lleva hasta Jesús. Un camino de crecimiento interior, de purificación y de iluminación de nuestra vida. Un camino hecho de silencios, como es en parte el camino de Santiago, porque en ese silencio podremos escuchar la verdad de nuestro corazón, pero podremos escuchar la verdad de la voz de Dios que nos habla. Un camino de apertura a lo trascendente, porque quienes hacen ese camino miran mucho a las estrellas, miran mucho a lo alto, pero un camino abierto también a la solidaridad porque no es un camino de solitarios, aunque cada uno hace su camino, pero lo hacemos juntos caminando hacia una misma meta.

Creo que estos pensamientos nos vienen bien en este día en que celebramos la fiesta del Apóstol que trajo el primero el anuncio del evangelio de Jesús a nuestras tierras y al que proclamamos patrono y cuidador de nuestra fe, de nuestro camino de creyentes. Que todo ese camino nos lleve siempre al encuentro con Jesús. Dejémonos encontrar por El.

viernes, 20 de julio de 2012



Llevemos a Jesús a nuestra vida, a ese sitio, a ese tiempo tranquilo, apartado…

Jer. 23, 1-6; Sal. 22; Ef. 2, 13-18; Mc. 6, 30-34

Jesús había enviado a los Apóstoles de dos en dos ‘dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos’, como escuchamos el pasado domingo. Hoy los vemos regresar. ‘Volvieron a reunirse con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado’. 

‘Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco’, les dice Jesús. ‘No tenían tiempo ni para comer’, comenta el evangelista. Y trata de llevarlos en barca a ese lugar tranquilo y apartado, aunque como hemos visto allí también se encuentran con las gentes que los esperando. Pero ya comentaremos ese detalle también.

Escuchamos y contemplamos un gesto muy humano que nos repetimos muchas veces. En medio del ajetreo de la vida necesitamos en ocasiones detenernos, hacer un alto en el camino, desconectarnos de lo que estamos haciendo como solemos decir. Es el momento de descanso, el momento de retomar fuerzas, o el momento de ponernos a pensar para no dejarnos absorber por la rutina de lo que hacemos cada día, no quedarnos en la materialidad de las cosas o tratar de tener una mirada en cierto modo distinta y distante de aquello que es la tarea de cada día. 

Son momentos de descanso material pero pueden y deben ser momentos de recuperación también de nuestro espíritu. En estos días - precisamente en nuestro hemisferio - estamos en época de vacaciones en las que tratamos de descansar y de desconectar, como decíamos, de la rutina de la vida diaria, aunque también hemos de tener un pensamiento para aquellos que no pueden tener esas vacaciones. 

Sea que estemos de vacaciones o sea que no las podamos tener y sigamos en nuestro propio ambiente, creo que el Evangelio nos puede dar pautas para nuestra vida que nos ayuden. De una forma o de otra, todos, como hemos venido diciendo, necesitamos esos momentos de pausa en nuestra vida. Y decir pausa, como decir vacaciones, no significará una total inactividad, aunque también tengamos el descanso. Y decir pausa no es simplemente dejar a un lado por un tiempo nuestras actividades materiales, que nunca las responsbilidades. Creo que en esa pausa nos cabría algo más. 

La imagen que estamos contemplando en el evangelio en la que es el propio Jesús el que se lleva consigo a los apóstoles a ese lugar tranquilo y apartado para ese descanso nos puede ayudar a los creyentes a pensar que, porque estemos en ese momento de descanso, no significa que tengamos que desconectar de Dios. En nuestras parroquias desgraciadamente muchas veces constatamos que, con los niños o con los jóvenes, e incluso también muchas veces con los mayores, pareciera que le diéramos vacaciones a Dios. Vemos cómo merma toda actividad pastoral y como merma también la asistencia a la Iglesia para nuestro culto y para las celebraciones religiosas, para la participación en la Eucaristía del día del Señor.

Se fueron con Jesús a aquel sitio tranquilo y apartado. Llevemos a Jesús a nuestra vida también a ese sitio, a ese tiempo tranquilo, apartado, de descanso que nos podamos tomar. Sepamos encontrar ese momento para ese silencio interior, para encontrar esos momentos de soledad para estar con el Señor, para sentirlo junto a nosotros. 

Momentos de reflexión, momentos de hacer una mirada interior, momentos de repaso de lo que es nuestra vida, momentos de contarle al Señor eso que hacemos o que desearíamos hacer, momentos para hacer proyectos, momentos para encontrar una luz que en el ajetreo de la vida muchas veces se nos puede ocultar detrás de las materialidades que nos abruman, del consumismo que nos envuelve o de las sensualidades placenteras que tanto nos atraen. Es bueno, sí, que lo pasemos bien, pero tratemos de darle hondura grande a nuestra vida.

Momentos de oración, si, en un encuentro vivo con el Señor para sentir su fuerza, su gracia, y la luz de su Palabra que nos habla allá en lo secreto del corazón. Momentos que pueden ser de renovación y de crecimiento interior en nuestra propia espiritualidad que tanto necesitamos.

Todo esto que estamos comentando a partir de este texto del evangelio no es sólo por la ocasión de la coincidencia del tiempo de verano, de vacaciones que se vive en nuestras latitudes. Nos da pie, es cierto, a que con esta reflexión nos planteemos seriamente el saber aprovechar este tiempo, que puede ser para nosotros una gracia grande del Señor. Pero este ir con el Señor, porque El quiere que estemos con El, en medio de nuestras tareas y actividades de cada día de nuestra vida es algo que siempre todo cristiano ha de plantearse seriamente. 

Sí, en nuestra misión como cristianos de dar testimonio de Jesús ante los que nos rodean, necesitamos ir desde Jesús, desde ese encuentro, desde esa vida que nosotros vivamos unidos a Jesús. No podemos ir a los demás para hablarles de Jesús, si antes no hemos estado nosotros con Jesús, no solo para hablarles de ellos, de ese mundo que nos rodea y que está hambriento de Dios aunque no siempre quiera reconocerlo, sino también para nosotros llenarnos de Dios, llenarnos de vida, de su gracia. Mucho tendríamos que reflexionar en estos aspectos.

Pero, decíamos antes que hay un detalle que no podemos dejar pasar desapercibido en este episodio del evangelio. Es la mirada de Jesús cuando al llegar a aquel sitio se encuentra con aquella multitud que lo espera, que han ido por todos los caminos para llegar hasta donde estuviera Jesús. ‘Le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles’.

No se desentendió Jesús de aquella gente, aunque allí fuera con otras intenciones con los apóstoles. Y es lo que tiene que sucedernos a nosotros, estemos donde estemos, cualquiera que sea la situación. Es la mirada que tenemos que hacer siempre al mundo que nos rodea. Ya decíamos antes que también hemos de tener un pensamiento para aquellos que no pueden tener las vacaciones de las que hablábamos. Un pensamiento y una mirada para ese mundo que nos rodea y que bien sabemos cuántos en estos momentos lo están pasando mal. Una mirada, un pensamiento, es cierto, hemos de tener, porque tampoco podemos nosotros desentendernos nunca, y menos en estos momentos difíciles. 

La solidaridad siempre tendrá que aparecer en nuestro corazón y más cuando nos decimos seguidores de Jesús. Hay muchas maneras de expresarla. Cuando nos vamos con el Señor para estar con El, como nos invita hoy, seguro que El inspirará allá en lo más hondo de nosotros mismos, muchos gestos y hechos de compartir, suscitará mucha generosidad en nuestro corazón. Si estamos con el Señor seguro que nunca podremos cerrar los ojos ante la necesidad o los problemas de los demás.  

Vayamos, sí, ese sitio de descanso al que Jesús quiere llevarnos. Llevemos a Jesús allá donde estemos porque en El siempre encontraremos esa paz que El nos da, pero con Jesús nos sentiremos también siempre impulsados y comprometidos a más amar, a más entregarnos por los demás. 

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Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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