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Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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viernes, 15 de junio de 2012


El Corazón de María, Santuario del Espíritu Santo y fuente de espiritualidad

Si ayer contemplábamos y celebrábamos al Sagrado Corazón de Jesús, hoy la liturgia nos invita a celebrar al Corazón Inmaculado de María. Una vez más nos acercamos a María y contemplamos a la llena de gracia que tanto nos enseña para que sigamos el camino de su Hijo Jesús; contemplándola a Ella contemplamos el más hermoso reflejo de lo que ha de ser nuestra respuesta al amor que Dios nos tiene y de la santidad que por el amor ha de brillar también en nuestra vida, modelo y ejemplo de nuestra espiritualidad.
Cuando decimos de una persona que es de buen corazón, que tiene un hermoso corazón estamos hablando de su madurez humana pero también de su rectitud y generosidad, de su capacidad de amar, de la riqueza interior de esa persona y, podríamos decir, de la madurez con que afronta la vida con sus dificultades y problemas, siendo capaz incluso de desgastarse en su generosidad en bien de los demás olvidándose incluso de sí misma.
Esto y mucho más podemos contemplar en María; esto y mucho más es la lección que aprendemos de María contemplando su Inmaculado Corazón, como hoy la liturgia nos señala. María, la llena de gracia, la inundada del Espíritu de Dios que hizo rebosar su corazón en tan bellas virtudes y actitudes de amor y de generosidad. 
Mansión del Verbo de Dios y Santuario del Espíritu Santo, la llama la liturgia de la Iglesia en algunos de los textos de esta celebración. En ella moró Dios como no lo hizo en ninguna otra criatura porque llena del Espíritu Santo, fecundada por la sombra del Espíritu Santo llevó en sus entrañas al Hijo de Dios que se encarnaba y se hacía hombre. Si nosotros, en virtud de nuestro Bautismo, hemos sido hechos templos del Espíritu, qué no decir de María que así se llenó del Espíritu Santo para así concebir por su obra y gracia al Hijo de Dios encarnado por nuestra salvación.
Corazón inmaculado decimos en esta fiesta de María y con toda razón lo podemos decir porque en ella no hubo ninguna mancha ni pecado, porque por una parte fue preservada en virtud de los méritos de su Hijo hasta de la mancha del pecado original – Inmaculada en su Concepción, la llamamos – pero esa misma santidad vivió a lo largo de toda su vida. 
En un prefacio para esta fiesta se dice que Dios dio a la Virgen María ‘un corazón sabio y dócil, dispuesto siempre a agradarte; un corazón nuevo y humilde, para grabar en él la nueva Alianza; un corazón sencillo y limpio, que la hizo digna de concebir virginalmente a tu Hijo y la capacitó para contemplarte eternamente; un corazón firme y dispuesto para soportar con fortaleza la espada de dolor y esperar, llena de fe, la resurrección de tu Hijo’. Son las maravillas que en Ella Dios quiso realizar por las que ella canta agradecida al Señor en el Magnificat.
María, llena de la sabiduría de Dios, porque ella llegó a saborear y vivir, como decíamos ayer con san Pablo en la fiesta del Corazón de Jesús, lo que trasciende toda filosofía y todo saber humano, como es el amor cristiano. Ella la rebosante de amor, siempre dispuesta a servir, siempre con los ojos atentos, siempre con el corazón abierto para que en él cupiesen todos los hijos que Jesús desde la cruz le confió.
María, que supo ir guardando en su corazón cuanto el Señor le decía o le pedía, para descubrir siempre la acción de Dios; así supo reconocer las maravillas que Dios obraba en ella y supo cantar a Dios con un corazón agradecido. Merecerá la alabanza de Jesús – porque fue alabanza para ella – porque supo escuchar y plantar en su corazón la Palabra de Dios para hacerla vida.
María es la mujer humilde y dócil a Dios que con fidelidad dice Sí a Dios en cuanto Dios le pide, aunque se sienta la pequeña, la humilde esclava del Señor; es el Sí de la anunciación para que se cumpliera en ella la Palabra que Dios le dirigía, pero fue el Sí que la mantuvo firme y llena de esperanza también en la pasión de su Hijo aunque una espada de dolor atravesara su corazón; es la mujer del corazón firme y siempre dispuesto a soportar con fortaleza el dolor y las pruebas duras y difíciles de entender como fuera la propia muerte de Jesús; por eso María es para nosotros modelo de fidelidad y modelo de esperanza.
Cuánta riqueza interior podemos contemplar en el corazón de María; en esa riqueza interior, en su profunda espiritualidad estaba la fuente de su entereza, de su sí, de su amor, de su entrega y santidad. Se había llenado de Dios porque en su fe sabía escuchar a Dios allá en su corazón. Con qué atención escuchaba las palabras del ángel y las meditaba intensamente para descubrir su significado, para descubrir y aceptar el mensaje divino que a ella llegaba. Rumiaba en su interior cuanto le sucedía para así aprender esa sabiduría y esa fortaleza de Dios. ‘Conservaba todas estas cosas en su corazón’, que dice repetidamente el evangelio. 
Cuanto tenemos que aprender de María para crecer por dentro, para crecer en espiritualidad. Es ese silencio interior que hemos de aprender a hacer para escuchar a Dios; es ese corazón humilde y dócil que se abre a Dios y se deja conducir por el Espíritu divino; crezcamos en humildad y docilidad y creceremos en el conocimiento de Dios porque ese es camino cierto que nos lleva a conocer a Dios, es, pues, esa oración de escucha de Dios, porque si no le sabemos escuchar con apertura de corazón y con humildad no le podremos nunca conocer.
Que sepamos guardar con fidelidad y meditar continuamente, siguiendo el ejemplo de María, la riqueza de gracia con la que Dios quiere llenar nuestro corazón. 

sábado, 9 de junio de 2012


Alzaré la copa de la Salvación en la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna

Ex. 24, 3-8; Sal. 115; Hebreos, 9, 11-15; Mc. 14, 12-16.22-26

‘Era el primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual’. Se iniciaba así la fiesta de la Pascua, pero ahora iba a ser la Pascua definitiva, la Pascua nueva y eterna. Se hacía memoria de una alianza que era ya la Alianza antigua; se estaban dando los pasos de la Alianza definitiva, la que iba a sellarse no con un cordero cualquiera, como el que cada año comían los judíos en recuerdo de la primera pascua. 
En la primera lectura del libro del Éxodo hemos escuchado el relato de la realización de aquella alianza. Se habían ofrecido holocaustos y un sacrificio de comunión. Con la sangre de los animales sacrificados se había consumado la alianza derramándola sobre el altar y aspergiando con ella al pueblo que se había comprometido a hacer cuando el Señor les mandaba. ‘Haremos todo lo que nos manda el Señor y le obeceremos’. De la salida de Egipto había quedado el recuerdo y el mandato de comer cada año la pascua, el cordero pascual.
Ahora era el verdadero Cordero Pascual el que iba a subir al altar del Sacrificio; su sangre sería ya para siempre la Sangre de la Alianza nueva y eterna; ‘no era la sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia’, como dice la carta a los Hebreos; de ahora en adelante se iba a celebrar un nuevo memorial, el del Sacrificio de la Cruz, el sacrificio que había sido consumado derramando la Sangre que en verdad iba a ser nuestra redención, la Sangre de la Alianza nueva y eterna. 
Cristo es el ‘Mediador de una Alianza nueva’, como nos dice la carta a los Hebreos. ‘Su Sangre, en virtud del Espíritu eterno, se había ofrecido como sacrificio sin mancha para purificarnos y llevarnos al culto del Dios vivo’, nos seguía diciendo.  Y Jesús en la cena pascual nos había dado el signo convertido en sacramento de su presencia y de su pascua redentora, y de ahora en adelante habíamos de hacerlo en conmemoración suya para siempre. Celebramos ahora ya para siempre el memorial del Señor, de su pasión, muerte y resurrección.
Hoy lo estamos celebrando, cada vez que nos reunimos en Eucaristía hacemos memorial, celebramos la nueva y eterna pascua; cada vez que comemos de este pan que Jesús nos ha dado y bebemos de esta copa estaremos para siempre anunciando la muerte y la resurrección del Señor hasta que vuelva. Lo podemos hacer todos los días para que nunca nos falte su gracia, para hacernos partícipes de su Redención; lo hacemos de manera especial cada semana el día del Señor, el día en que conmemoramos su resurrección, celebrando así la Pascua del Señor. 
Hoy, sin embargo, es una fiesta especial, porque no nos queremos quedar encerrados en nuestras iglesias y templos, sino que queremos salir a la calle, salir al mundo para proclamar nuestra fe en la Eucaristía, en la presencia real y verdadera de Cristo en la Eucaristía; queremos proclamar que cada vez que celebramos la Eucaristía estamos celebrando el sacrificio redentor de Cristo haciéndolo presente en medio de nosotros, haciéndolo presente en nuestro mundo para que todos alcancen la redención lograda por esa sangre derramada, por ese sacrificio ofrecido en el altar de la cruz.
Con emoción en el alma y con temblor en el corazón nos acercamos hoy hasta el Altar del Sacrificio, hasta el Altar de la Eucaristía. Tenemos que detenernos y dejar que se emocione el alma ante la maravilla que celebramos, ante lo grandioso que Cristo nos permite celebrar en la Eucaristía, ante el Sacrificio de nuestra Redención. 
Estamos ante la Cruz redentora donde Cristo se inmoló por nosotros. Estamos ante el supremo sacrificio de la entrega de Cristo en el amor más grande y más sublime, del que da la vida por los que ama. Es lo que significa acercarnos al altar de la Eucaristía, al altar del sacrificio. No repetimos simplemente sino hacemos presente, porque el sacrificio de Cristo fue único y de una vez para siempre. Porque cuando celebramos al Eucaristía estamos siempre celebrando el mismo sacrificio, el de la Alianza nueva y eterna para el perdón de nuestros pecados. 
Sacrificio de redención y sacrificio de comunión; por eso la Eucaristía se convierte para nosotros en banquete donde comemos a Cristo, al Cristo que se entregó en sacrificio por nosotros y al que quiso ser pan de vida para que le comiéramos, para que nos llenáramos de su vida, de su amor, de su gracia y de su salvación.
Tenemos que despertar el corazón para que no se nos duerma en rutinas y frialdades y consideremos bien lo que celebramos y hemos de vivir. Porque lo celebramos y lo vivimos; no es una fiesta externa lo que queremos hacer, sino que tiene que nacer de verdad desde lo más hondo de nuestra vida. Tenemos que detenernos a pensar muy bien el misterio grande que estamos celebrando porque Dios se hace presente en medio de nosotros para hacernos llegar su salvación, para ser nuestra vida y nuestra fuerza, para hacerse alimento de nosotros y para que podamos llegar a vivir en su mismo amor.
 Lo expresaremos también exteriormente con signos y señales. Porque la Eucaristía es el gran signo del amor que el Señor nos ha dejado, porque vamos a acompañar nuestra fiesta y nuestra vivencia también de muchas señales externas al paso de Cristo Eucaristía en medio de nosotros con nuestros adornos, nuestras flores, nuestras alfombras, nuestros cánticos, con la alegría que llevamos en el corazón pero que ha de verse reflejada en nuestros rostros y también en las nuevas actitudes que vamos a tener hacia el Sacramento y hacia los hermanos que se convierten también para nosotros en sacramento de Dios, porque en ellos tenemos que ver al Señor y amarlos con el mismo amor del Señor.
No podemos separar nuestra la celebración y la fiesta de la Eucaristía del amor. No sólo es el amor de Dios que nos inunda sino que es el amor de los hermanos que necesariamente hemos de vivir. No puede haber Eucaristía sin amor, sin amor fraterno, sin un amor como el que Jesús nos tiene y que es con el que nosotros hemos de amar a los demás. Por eso, siempre en la fiesta de la Eucaristía celebramos la fiesta del amor, la fiesta de la caridad. 
La Eucaristía es sacrificio de comunión, pero esa comunión con Dios hemos de expresarla y vivirla en nuestra comunión con los hermanos. De lo contrario seríamos unos mentirosos porque no sería auténtica nuestra comunión con Dios si no vivimos esa comunión con los hermanos que tenemos a nuestro lado. Nos lo enseña el apóstol. 
Es el compromiso serio al que nos lleva siempre la Eucaristía. Después de cada Eucaristía tenemos que amarnos más y con mayor sinceridad y autenticidad. Porque no es un amor solo de palabras bonitas sino que tiene que ser efectivo, real, comprometido, auténtico. Y de tantas formas podemos expresar ese amor a los demás, esa caridad de Dios que tiene que llenar e inundar nuestro corazón para que se desparrame sobre los demás.
En ese sacrificio de Cristo que estamos celebrando tenemos que poner nuestro amor tal como lo vivimos y expresamos en nuestra vida, con sus logros, con esos momentos de auténtico cariño hacia los demás, con nuestros compromisos, pero también con sus dificultades, con los momentos en que nos cuesta amar a los demás y nos ponemos reticentes, con esos momentos que se nos atraviesan en el alma porque nos cuesta amar, o perdonar, o compartir, o poner buena cara a los que están a nuestro lado. Forman parte del sacrifico que nosotros, unidos al sacrificio de Cristo, también desde nuestra debilidad, queremos ofrecer al Señor para que el Señor nos lo devuelva convertido en gracia, en fuerza, en vida, en nuevo amor.
Estamos ahora celebrando el Sacrificio de Cristo, la fiesta de la Nueva Alianza en la Sangre derramada de Cristo, la fiesta grande de la Eucaristía. Pongamos toda nuestra fe, pongamos todo nuestro amor; llenemos nuestra vida de esperanza; pongamos toda nuestra vida junto al Sacrificio de Cristo. Sintamos su Sangre redentora que nos llena de vida. Dejémonos inundar por la alegría del Señor. Es fiesta. Es la fiesta de la Eucarisstía y del amor.

sábado, 2 de junio de 2012


Un Misterio de Dios que es Misterio de Amor que se derrama en nuestro corazón

Deut. 4, 32-34.39-40; Sal. 32; Rm. 8, 14-17; Mt. 28, 16-20

Me pidieron que les hablara de Dios, pero  no me salieron las palabras, me quedé callado, me quede en silencio; me encontré ante el Misterio de la inmensidad de Dios que es inalcanzable en nuestras medidas e inexplicable con nuestras palabras humanas.
Me pidieron que les hablara de Dios y en silencio me puse a reflexionar, a mirar en mi interior y a mirar a mi alrededor, pero aunque no encontrara palabras para explicar lo que me sucedía sí sentía que algo, mejor Alguien, me estaba inundando por dentro y dejando una tremenda paz en mi interior que de ninguna otra manera podía sentir ni alcanzar.
Me pidieron que les hablara de Dios y aunque era inexpresable con palabras sentía una luz que llenaba por dentro, disipando dudas y tinieblas, y elevaba mi espíritu haciendo que sintiera deseos de algo grande, que aunque misterioso en principio me iba haciendo sentir mejor, con mejores sentimientos, con sueños cada vez más hermosos no solo para mi sino que también me hacía pensar en los demás.
Me pidieron que les hablara de Dios y comencé a mirar alrededor, y me di cuenta de que había mucho sufrimiento, muchas oscuridades en muchos corazones, mucha gente atormentada que se debatía entre sus dudas y sus desilusiones; pero contemplé a otros que venían con ráfagas de luz en sus manos y en su corazón para despertar esperanzas, y estaban como en pie de guerra en el deseo de transformar aquellas situaciones de sufrimiento y de oscuridad; y me daba cuenta que tenían una fuerza interior que les hacía luchar y trabajar por los demás, y que algo venido de lo alto los impulsaba a aquella tarea por hacer un mundo mejor; eran ellos los que ahora me estaban hablando a mí de Dios.
Me pidieron que les hablara de Dios y sentía en mi corazón unos nuevos impulsos de amor, de misericordia, de compasión que me hacían mirar a mi alrededor para ver con una mirada distinta a los que me rodeaban y aquellos que quizá antes podía haber mirado como despreciables ahora los veía con nuevos ojos y sentía en mi corazón impulsos de fraternidad y de comunión para preocuparme con ellos, para sufrir con sus sufrimientos, para compartir lo que soy y lo que tengo, para alegrarme con sus alegrías, para sentir el impulso de tender la mano para comenzar a caminar juntos.
Me pidieron que les hablara de Dios y aunque ya no sabía decir doctrinas ni ideas preestablecidas sobre las cosas que habitualmente se dicen de Dios, sí estaba sintiendo que mi vida estaba cambiando porque algo había en mí que me hacía sentirme distinto, transformado, con nueva mirada y con nuevos sentimientos.
Me pidieron que les hablara de Dios pero era Dios el que estaba hablándome a mí, allá en mi interior, en lo más hondo de mi corazón para sentir su grandeza, sí, y su omnipotencia, y su inmensidad, y su poder, pero para sentir que algo de Dios llegaba a mi vida, algo de la divinidad me estaba levantando hacia nuevos horizontes, algo divino estaba dejando huella en mi alma, y al amar yo con un nuevo amor, me daba cuenta que era el amor de Dios el que me estaba transformando y haciendo amar, y mirar, y hacer las cosas de una manera nueva.
Sentía que Dios estaba en mí; sentía que Dios me amaba con un amor de predilección especial como un padre quiere a su hijo, porque para cada hijo el padre tiene siempre un amor único y especial; sentía que aunque mi vida estaba llena de sombras y abandonos el gozo de la misericordia divina inundaba mi corazón porque en El me sentía liberado de todos esos pesos de mis culpas e infidelidades; sentía y descubría que Dios se estaba dando por mí en un amor que era el más grande porque me daba su vida, entregaba su vida por mí, y me sentía rescatado y a qué precio del abismo en que había caído con mi pecado; sentía finalmente que no me abandonaba sino que El era, es ahora mi fuerza y mi vida para caminar en esa vida nueva que me estaba ofreciendo.
Es el Misterio de Dios del que no se hablar cuando me preguntan porque las palabras se me hacen cortas y limitadas, pero al que yo siento ahí en mi vida y en mi interior, pero que siento que así también quiere estar en medio del mundo, en el corazón de todos los hombres.
La Iglesia celebra hoy en su liturgia el domingo, la solemnidad de la Santísima Trinidad, el misterio de Dios que se nos revela en el evangelio y que está presente continuamente en nuestra vida. ‘Proclamamos nuestra fe, como diremos en el prefacio, en la verdadera y eterna Divinidad, adoramos tres personas distintas de única naturaleza e iguales en su dignidad’.
Misterio de Dios que nos cuesta entender y explicar con palabras humanas pero a quien continuamente estamos invocando porque en su nombre, en el nombre de la Santísima Trinidad iniciamos todo en nuestra vida y en el nombre de la Santísima Trinidad recibimos continuamente su gracia y su bendición. Fijémonos cómo está siempre presente este misterio de la Trinidad en nuestras oraciones y en nuestra manera de invocar a Dios.
Más que buscar palabras que nos lo hagan inteligible, abramos nuestro corazón a la experiencia de Dios que vivimos cada día y aceptando toda la revelación que Jesús nos hace del Padre y de todo el misterio de Dios; descubramos su presencia en nuestra vida que nos llena de vida y de plenitud, de luz y de esperanza, de fortaleza para nuestro caminar y de amor nuevo con que amar a Dios y a nuestros hermanos; lo podremos ver en muchos hermanos nuestros a nuestro lado y lo podemos sentir en nuestro propio corazón.
Dejémonos iluminar por ese Espíritu divino que inunda nuestro corazón y tendremos nueva mirada para dirigirnos a Dios y conocerle y amarle cada día más, y tendremos nueva mirada para nuestra propia vida y la vida de los hombres nuestros hermanos que caminan a nuestro lado, a los que vamos a amar con un amor nuevo porque nuestro corazón se llena de la ternura de Dios, de su misericordia y de su amor.
Cuando sintamos a Dios así en nuestra vida y en nuestro corazón descubriremos que ya no nos podemos encerrar en nosotros mismos y en las materialidades y sensualidades mundanas que algunas veces tanto nos han interesado; descubriremos que por una parte nuestro espíritu se levanta y se lanza hacia lo alto, hacia el más allá, hacia la trascendencia que siento que se le da a mi vida, pero descubriré por otra parte que no podré dejar de mirar a los hermanos que están a nuestro lado con los que tendré que compartir mi vida, mi caminar, mi amor.
Es que estaremos sintiendo en nosotros el Espíritu de Dios y ‘los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios’, como nos decía el Apóstol. Y siendo hijos de Dios nuestra relación con Dios y nuestra relación con los demás comenzarán a ser distinta. ‘Somos hijos de Dios, y si somos hijos somos también herederos, herederos de dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con El para ser también con El glorificados’.

viernes, 25 de mayo de 2012


Que el fuego del Espíritu incendie nuestro mundo de su amor

Hechos, 2, 1-11; Sal. 103; 1Cor. 12, 3-7.12-13; Jn. 20, 19-23
Seguían los discípulos reunidos en el Cenáculo. Aquel primer día de la semana cuando la Pascua aún no había llegado para ellos a su plenitud, ‘estaban con las puertas cerradas por miedo a los judíos’. Había llegado Jesús, había soplado sobre ellos para darles su Espíritu. ‘Y ellos se llenaron de alegría al ver a Jesús’.
Ahora Jesús había ascendido al cielo y les había pedido que permanecieran en Jerusalén. ‘No os alejéis de Jerusalén, les había dicho antes de la Ascensión; aguardad que se cumpla la promesa de mi Padre de la que yo os he hablado… dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo’. Allí en el cenáculo se habían quedado y ahora llegaba la plenitud de la Pascua. Era el paso definitivo del Señor, el Espíritu Santo descendía sobre ellos. Las puertas ya no podían quedar cerradas nunca más.
‘Se llenaron de Espíritu Santo’ y ya no había dificultad para que todos pudieran entender la Buena Noticia. Ni puertas cerradas, ni obstáculos de lenguas extranjeras porque todos entendían. ‘Cada uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua’, exclamaban aquellos que estaban en Jerusalén procecentes de tantos lugares y lenguas distintas.
‘Para llevar a plenitud el misterio pascual enviaste hoy al Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos por su participación en Cristo’, proclamaremos hoy en nuestra acción de gracias. Es lo que hoy estamos celebrando, la Pascua del Espíritu. Es también el paso de Dios por nuestra vida. Y llenos del Espíritu participamos ya plenamente del misterio de Cristo; llenos del Espíritu quedamos inundados de vida divina para ser hijos de Dios.
A los discípulos Jesús les había anunciado que en pocos días serían bautizados con Espíritu Santo. En el agua y el Espíritu fuimos nosotros bautizados, como le decía Jesús a Nicodemo, para renacer a una vida nueva, para poder no sólo contemplar y entender sino vivir en plenitud el Reino de Dios; bautizados en el agua y en el Espíritu comenzamos a ser hijos de Dios. En el Sacramento de la Confirmación recibimos ese don del Espíritu en plenitud para ser esos testigos de Cristo y de su evangelio en medio de nuestro mundo.
Inundados del Espíritu ya podemos proclamar para siempre y a los cuatro vientos que Jesús es el Señor. Y cuando llegamos a reconocer que Jesús es el Señor ya nuestro actuar es distinto porque nuevos valores y virtudes comienzan a resplandecer en nuestra vida y porque en Cristo nos sentiremos para siempre liberados de todas las ataduras que nos esclavizan cuando convertimos las cosas o los deseos, las pasiones o las materialidades de la vida en dueños y señores de nuestra vida. Con la fuerza del Espíritu nos sentimos liberados con la libertad de los que nos sabemos hijos de Dios.
Por eso cuando nos sentimos llenos de los dones del Espíritu nuestra vida comienza a florecer con los nuevos y hermosos frutos del amor, de la paz, de la generosidad, de la bondad, de la justicia, de la comprensión, de la misericordia, del respeto, del perdón. Floreciendo los frutos del Espíritu en nuestra vida nos queremos más y nos sentimos más hermanos; floreciendo en nosotros los frutos del Espíritu sentiremos una responsabilidad nueva de cara a nuestra vida y a nuestro mundo y comenzaremos a trabajar con más ahinco por la justicia, por la verdad, por la paz, por hacer un mundo mejor y más justo; floreciendo en nuestro corazón los frutos del Espíritu nos llenaremos de la ternura divina, de la misericordia y de la compasión para saber estar al lado del que sufre, para consolar y limpiar sus lágrimas, para compartir y ayudarle a caminar con nueva dignidad.
Las puertas también se nos abren y ya no habrá barreras que nos impidan acercarnos a los demás con el anuncio de lo que llevamos dentro. La presencia del Espíritu vencerá todas nuestras cobardías y con valentía nos hemos de convertir en misioneros de la Buena Nueva del Evangelio. Allí salió Pedro y los demás apóstoles a la calle para proclamar ante la multitud que expectante se había reunido porque había escuchado unos signos o señales extrañas, que aquel Jesús a quien habían crucificado – hacía poco más de cincuenta días – Dios lo había constituido Mesías y Señor, había resucitado de entre los muertos y era el único nombre en quien podríamos encontrar la salvación.
Aunque nos pudiera parecer un mundo adverso el que nos rodea – ¿no era adverso aquel pueblo que había llevado a Jesús hasta la cruz? – sin embargo también puede estar expectante a nuestro alrededor ante el anuncio que les podamos hacer, o ante las señales que podamos dar con nuestra vida de esa fe que decimos que tenemos en Jesús y en su evangelio. Hemos de tener palabras valientes para hacer ese anuncio de Jesús, de su salvación, de su evangelio, del Dios Padre que nos ama; pero hemos de saber dar señales con nuestra vida de esa fe que profesamos.
Los apóstoles, llenos del Espíritu, eran capaces de hablar a aquel pueblo expectante, aunque las lenguas pudieran parecer extrañas, y todos los entendían. Nosotros podemos hablar con el lenguaje de nuestra vida llena de amor y de compromiso serio por la verdad, la justicia y la paz, y todos podrán entender el mensaje. Muchas veces pudiera parecer que no nos escuchan o no nos entienden porque quizá falten en nuestra vida las obras del amor que confirmen la palabra que tratamos de anunciar.
Ante los problemas y los sufrimientos de nuestros hermanos ya no nos podemos quedar insensibles o indiferentes y con los brazos cruzados; ante la situación difícil que pasa nuestro mundo en sus carencias materiales o en las carencias de valores del espíritu que también son muchas, nosotros tenemos que comprometernos de un modo nuevo porque hemos de saber sembrar esperanza y despertar la ilusión en todos para luchar por hacer un mundo nuevo y mejor que entre todos podemos lograr.
¡Cuánto podemos hacer! ¡Cuánto tenemos que hacer! Cristo en nuestras manos ha puesto el testigo para que no nos desentendamos de nuestro mundo, sino que vayamos a él llevando una buena nueva de salvación. Tenemos que ser esos testigos del mundo nuevo que nosotros llamamos Reino de Dios, el Reino de Dios que Cristo vino a instituir y por el que nosotros hemos de trabajar.
El Espiritu está en nosotros y con nosotros. El Espíritu está de nuestra parte para que tengamos la fuerza y la valentía de dar ese testimonio que el mundo necesita y nos pide. Dejémonos conducir por el Espíritu del Señor. No pongamos resistencia a la acción del Espíritu en nosotros. El Señor quiere derramar sus dones sobre nosotros con la fuerza de su Espíritu y tendrán que comenzar a florecer esos nuevos frutos del Espíritu en nuestra vida.
Ven, Espíritu Santo, le pedimos una vez más, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor. El Espíritu del Señor ya ha venido inundando nuestros corazones, que ese fuego del amor incendie nuestro mundo de la vida nueva del Espíritu.

sábado, 19 de mayo de 2012


Ascensión de Jesús camino de nuestra ascensión y compromiso de testimonio

Hechos, 1, 1-11; Sal. 46; Ef. 4, 1-13; Mc. 16, 15-20
‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’ Fue como la recriminación de los ángeles a los apóstoles que se habían quedado plantados, extasiados, sin saber qué hacer o qué decir como cuando surge una despedida repentina y dolorosa de alguien a quien queremos y nos parece que no vamos a ver más.
Aunque nos puedan recriminar en muchas ocasiones de que seguimos mirando mucho al cielo y tendríamos que mirar más a la tierra y a los que están a nuestro lado, sin embargo hoy en nuestra celebración de la fiesta de la Ascención queremos mirar al cielo porque queremos alabar y cantar la gloria del Señor, nos sentimos impulsados a lo alto y a lo grande cuando contemplamos el triunfo y la gloria del Señor, pero de ahí tomamos fuerzas también para el caminar del día a día de nuestra fe y de nuestra vida en esa mirada al suelo, a nuestro mundo donde tenemos que seguir haciendo presente al Señor.
Es una fiesta hermosa la Ascensión del Señor y siempre estuvo como muy enraizada en el pueblo cristiano. Una celebración que se vivía con mucha solemnidad. No es para menos. Es  contemplar cómo Cristo nos abre el camino en esa esperanza del cielo con que vivimos en el deseo de unirnos plenamente al Señor. ‘Ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la ardiente esperanza de seguirlo en su reino… para hacernos compartir su divinidad’, como proclamaremos en el prefacio. Eso nos llena de gozo y es motivo de fiesta grande como siempre ha querido celebrarlo el pueblo cristiano.
Contemplamos a Cristo, el Hijo del Dios eterno que, enviado por el Padre al mundo para nuestra salvación, ahora vuelve al Padre, como El mismo nos repite en el Evangelio. Recordemos, por ejemplo, lo que nos decia el evangelista Juan cuando iba a comenzar la pasión de Jesús. ‘Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos los amó hasta el extremo…’ Pasar de este mundo al Padre. En las manos del Padre se había puesto, quien había venido a cumplir la voluntad del Padre, y llega la hora de pasar de este mundo al Padre, la hora de la glorificación. ‘Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre’, como le hemos escuchado estos días en el evangelio. Vuelve al Padre, asciende al cielo, como hoy celebramos, pero no nos deja solos, no nos deja huérfanos.
‘El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse’, le dijeron los ángeles a los apóstoles. Es nuestra esperanza, la esperanza que alienta nuestra vida. ‘Volverá como le habéis visto marcharse’. Y le gritamos con la liturgia ‘¡Ven, Señor Jesús!’; y seguimos caminando por este mundo ‘mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo; y seguimos celebrando el misterio pascual de Cristo ‘mientras esperamos su gloriosa venida y le ofrecemos en nuestra acción de gracias el sacrificio vivo y santo’ de la Eucaristía. Por eso, cuando anunciamos y proclamamos nuestra fe en Cristo muerto y resucitado al mismo tiempo estamos pidiéndole ‘Ven, Señor Jesús!’
Volverá el Señor, viene el Señor; se sigue haciendo presente entre  nosotros aunque de una forma nueva. Volverá el Señor, viene el Señor y hemos recibido una misión. Tenemos que ser sus testigos; tenemos que hacerle presente; tenemos que hacer posible por el testimonio de nuestra vida que así como nosotros por la fe lo vemos y lo sentimos, también el mundo crea y pueda llegar a verle y descubrirle. Es la tarea del creyente, la tarea del cristiano cuando damos testimonio con nuestra vida, cuando nos hacemos verdaderos testigos de Jesús.
Y es que en Jesús, por la fe que tenemos en El, nos hacemos una misma cosa con Cristo, formando en Cristo un solo cuerpo y un solo espíritu. Por eso, quien nos vea a nosotros necesita ver a Cristo, tiene que ver a Cristo. Nosotros por el testimonio de nuestra vida, de nuestra fe, de nuestro amor hacemos presente a Cristo para el mundo que nos rodea y que no ha llegado a verlo.
¿Cómo lo tenemos que hacer? ¿de qué forma lo van a descubrir los que nos rodean, los que van a ver nuestra vida? San Pablo nos pedía que viviéramos ‘conforme a la vocación a la que hemos sido convocados’. Y nos decía: ‘sed humildes y amables, sed comprensivos, sobrellevaos mutuamente con amor, esforzaos en mantener la unidad del Espiritu con el vínculo de la paz’. Virtudes y valores en los que hemos de resplandecer. Ya Jesús cuando pedía la unidad de todos los que creyeran en El, esa unidad era condición necesaria para que el mundo crea. ‘Que sean uno para que el mundo crea’, pedía Jesús.
Con nuestra humildad y con nuestro amor, con nuestra comprensión y con el querernos de verdad los unos a los otros, con nuestro mutuo respeto, con nuestra generosidad y disponibilidad siempre para el amor, para el servicio, para el perdón, con nuestro compromiso sincero por la paz desterrando todo tipo de violencia y enojo, desterrando resentimientos y envidias, estamos dando señales a los que nos vean de que Dios está con nosotros, de que nuestra fe es auténtica, de que lo que le hablamos de Cristo es una verdad que impregna y llena totalmente nuestra vida dándole verdadero sentido y valor. Todas las otras cosas de ninguna manera ayudarán a que puedan ver a Dios.
El evangelio dice que ‘ellos fueron a pregonar el evangelio por todas partes y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban’. Anunciamos a Jesús, proclamamos su nombre como el único en el que encontramos las salvación. Pero tenemos que manifestar esas señales que confirmen la palabra que anunciamos. Y ya sabemos cuáles son las señales en el amor que nosotros hemos de dar. El Señor estará con nosotros dándonos su gracia, dándonos la fuerza de su Espíritu para que se puedan manifestar esas señales del amor que lo hagan presente. El es nuestra fuerza.
Viene, sigue viniendo el Señor hoy a nuestra vida y a nuestro mundo, pero depende de nosotros que el mundo pueda llegar a descubrirlo. Por eso nos decía Jesús que teníamos que ser testigos; para eso nos deja la fuerza de su Espíritu; así se cumplirá aquello que nos dice de que está siempre con nosotros hasta la consumación del mundo.
La ascensión de Jesús nos hace mirar hacia arriba, porque miramos a la meta, porque queremos sentirnos elevados con Cristo por nuestra unión con El, pero al mismo tiempo nos hace caminar en medio de nuestro mundo haciendo presente a Cristo. Es nuestro compromiso; es la forma de celebrar de forma auténtica la Ascensión del Señor.

Aqui puedes leer mas mensajes del Movimiento.

Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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