Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 5 de mayo de 2012


Una vid, unos sarmientos, unos frutos… desde nuestra unión con Jesús

Hechos, 9, 26-31; Sal. 21; 1Jn. 3, 18-24; Jn. 15, 1-8
La imagen que nos ofrece el evangelio es bien significativa. Jesús utiliza un lenguaje y unas imágenes que son fáciles de entender para aquel pueblo sencillo que vive entre las faenas del campo en la agricultura o en el cuidado de los animales. Son las imágenes que nos ofrecía el pasado domingo que nos hablaba del pastor y de las ovejas y es la imagen que hoy se nos ofrece: Una vid, unos sarmientos, el necesario cuidado de la vid, unos frutos que todos desean que serán hermosos racimos o rico y virtuoso vino que alegra el corazón del hombre, como se dice incluso en algun salmo.
Jesús nos va ofreciendo pautas de cómo ha de ser nuestra vida cuando queremos seguirle y vivir su vida, la vida cristiana que decimos. Laboriosa y cuidada, bien alimentada en los más generosos abonos y enriquecida y bendecida con la gracia del Señor. Y es que cuando se trata del seguimiento de Jesús es una hermosa tarea la que realizamos, pero nunca solos o aislados, ni con solo nuestras fuerzas.
Nos habla Jesús de unos sarmientos que necesariamente han de estar unidos a la cepa, a la vid, pero nos dice también quien es el labrador o viñador que tiene el cuidado de la vid; nos habla de cómo se ha de purificar, limpiar, podar de los ramajes infrutuosos o que llenarían de vicio la planta, como dicen los agricultores y nos habla también de esa savia que ha de circular por toda la planta para vivificarla y hacerle dar buenos frutos. Son claras y, como decíamos, significativas las imágenes.
Es importante que lleguemos a dar frutos. La tierra de nuestra vida no se puede quedar baldía ni infructuosa. Lo que quiere el Señor es que demos fruto y fruto abundante. Nos lo dice claramente Jesús y nos lo enseña con sus parábolas. La semilla es arrojada a la tierra para que caiga en tierra buena y dé fruto al ciento por uno, en el mejor de los deseos. No se podrán permitir ni pedruzcos ni abrojos; no podemos dejar que se siembre la mala semilla de la cizaña ni que su tierra sea pisoteada. Como no se dejarán ramajes infructuosos por lo que será necesaria la poda para quitar sarmientos inútiles y de risa.
Enviará a su tiempo el viñador quien venga a recoger los frutos, igual que había confiado su viña a unos labradores que la cuidaran. Creo que podemos entender muy bien esas ricas y variadas imágenes que nos ofrece el Señor en las diferentes parábolas para que nos demos cuenta de cómo hemos de cuidar esa viña de nuestra vida que el Señor quiere enriquecer continuamente con su gracia poniendo a nuestro lado tantos que nos puedan ayudar en el crecimiento de nuestra vida cristiana, o regalándonos continuamente la rica savia de su gracia que nos llega a través de los diversos sacramentos.
Creo que somos conscientes del cuidado que hemos de tener de nuestra vida cristiana. No se planta una semilla para dejarla crecer sola o por si misma, sino que el agricultor sabe cuidar esa planta que nace, la abona y la preserva de todo lo malo para que pueda llegar a crecer y dar fruto. Cómo hemos de cuidar esa planta de nuestra fe, de nuestra vida cristiana que ha sido sembrada en nuestro corazón desde el día del bautismo.
Plantados estamos en la Iglesia, para que no crezcamos solos y para que en la Iglesia y a través de la Iglesia llegue a nosotros ese alimento divino de la gracia que nos ayude a crecer espiritualmente y a dar fruto en abundancia.
Ahí tenemos en la Iglesia toda la riqueza de la Palabra de Dios que nos alimenta, que ilumina nuestra vida, que nos calienta con el sol de la gracia divina para que sepamos los caminos que hemos de recorrer.
Ahí tenemos la riqueza inmensa de la gracia que nos llega en los sacramentos; sacramentos que nos purifican y nos alimentan, como el sacramento de la Penitencia o de la Eucaristía, sacramentos que nos hacen presente a Dios con su gracia en las situaciones concretas de nuestra vida.
Y ahí tenemos toda la riqueza de la vida espiritual que hemos de cultivar en la oración, en la escucha de la Palabra y en todos los medios que se nos puedan ofrecer y nos ayuden a ese crecimiento espiritual. A nuestro lado tantos que en el nombre del Señor, el Buen Pastor, nos van a ayudar a encontrar esos caminos, a renovar nuestra vida con la gracia de Dios, nos van a acompañar a la manera del Buen Pastor.
Nos dice Jesús hoy en la alegoría de la vid que ‘como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no está unido a la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mi y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mí no podéis hacer nada’. Asi tenemos que estar unidos a Jesús. Seguirle no es cosa que hagamos sólo desde nuestro propio voluntarismo sino que será siempre algo que hagamos con la fuerza de la gracia del Señor.
Necesitamos de Jesús; necesitamos de su gracia; necesitamos de los sacramentos; necesitamos de la Palabra del Señor; necesitamos ser personas de oración. Caminamos con los pies en la tierra, pero nuestra mente y nuestro corazón lo tenemos que poner muy alto, porque altas son nuestras metas, porque grande es lo que queremos vivir cuando seguimos a Jesús y queremos vivir su vida, porque el cristiano tiene que ser una persona de una espiritualidad grande, de una espiritualidad profunda. Solo podremos alcanzarlo desde nuestra unión profunda con el Señor; una unión con el Señor que hemos de saber cultivar, cuidar.
Es la tarea en la que hemos de estar empeñados cada día. Nos exige esfuerzo. Es como un entrenamiento que hemos de hacer cada día para sentirnos fuertes en el Señor, porque cuando venga la tentación y la dificultad hemos de saber sentir y aprovechar toda esa gracia que el Señor nos ofrece, nos da. No nos podemos dormir. No nos podemos dejar arrastrar por el materialismo y la sensualidad que nos rodea. Es algo que tenemos que aprender a gustar. El gusto y el sabor de la oración, el gusto y el sabor de nuestra unión con el Señor, el gusto y el sabor de la gracia divina. 
‘No amemos de palabra y de boca, sino de verdad y con obras’,  nos decía san Juan en su carta. Son los frutos que tenemos que manifestar cuando estamos bien unidos a la vid, cuando estamos bien unidos a Cristo. ‘Quien guarda sus mandamientos, permanece en Dios y Dios en él; en esto conocemos que permanece en nosotros: por el Espíritu que nos dio’. Que nada nos separe de El. que resplandezcamos por un amor verdadero.

viernes, 27 de abril de 2012


Conozco a mis ovejas y doy la vida por ellas

Hechos, 4, 8-12; Sal. 117; 1Jn. 3, 1-2; Jn. 10, 11-18
En la vida nuestra de cada día cuando suceden acontecimientos importantes, o sucede algo que nos impresiona mucho o nos llama la atención de manera especial, eso motivará para que de ese suceso se esté hablando continuamente en todos los lugares donde nos relacionamos o frecuentamos. Será un suceso especial, un acontecimiento deportivo, alguna noticia de algo importante que de alguna manera influye en la vida de la sociedad… pero se convierte en la comidilla, como decimos, en todas nuestras conversaciones y no nos cansamos de repetir y comentar una y otra vez.
Pero ¿sucede así en el ámbito de nuestra fe y de nuestra vida cristiana? Desgraciadamente en nuestro entorno cuando se habla de religión, de la iglesia o de cosas así más bien muchas veces es para denigrar o subrayar hasta la saciedad aspectos negativos de cosas que puedan suceder. No sé si siempre los cristianos valoramos debidamente todo lo que atañe a nuestra fe y a lo que es la vida de la Iglesia. ¿Qué relevancia le damos en la vida a nuestra fe y a los hechos fundamentales de nuestra salvación? Sin embargo, si nos fijamos bien, en la liturgia nos damos cuenta de que después de haber celebrado la Pascua parece como si no se quisiera acabar de celebrar y una y otra vez la Iglesia sí que quiere que repitamos, rumiemos con toda intensidad todo el misterio de nuestra salvación que hemos celebrado.
Por eso no sólo hemos estado unas semanas reviviendo intensamente todo lo que rodeó a la resurrección del Señor – en verdad está ahí todo el centro y meollo de nuestra fe y de nuestra salvación – sino que seguimos prolongando esa reflexión en todo el tiempo de pascua reviviendo, recordando, meditando intensamente todas las palabras y los hechos de la vida de Jesús. Es lo que nos va proponiendo la liturgia de la Iglesia en los diferentes domingos de Pascua y así tenemos hoy estos hermosos textos que nos hablan de Jesús como Buen Pastor.
No tendríamos que cansarnos de repetir una y otra vez todo este acontecimiento de la Pascua, igual que en la vida ante otros acontecimientos, como decíamos antes, repetimos y comentamos una y otra vez las cosas que van sucediendo. Cuando seguimos contemplando y meditando toda la entrega de Jesús en la Pascua surge hoy esta presentación de Jesús como Buen Pastor. Una imagen con hondo y rico significado que nos viene a definir muy bien a quien se entregó hasta dar su vida por nosotros. ‘Yo soy el Buen Pastor’, nos dice Jesús.
Fijémonos en diferentes aspectos en los que Jesús se nos manifiesta como buen Pastor. Primero nos dice ‘el buen pastor da la vida por las ovejas’ en contraposición a quien no es el dueño de las ovejas sino solamente un asalariado. Jesús es el Buen Pastor que ama a sus ovejas, son suyas, las conoce y las defiende hasta con la vida si fuera necesario. ¿Qué hizo Jesús? ¿Qué ha hecho por nosotros para liberarnos del maligno? Dar su vida por nosotros para que pudiéramos tener vida. Sí que le importamos nosotros a Jesús. Nos ama.
Es otro aspecto que podríamos subrayar. ‘Yo soy el buen Pastor que conozco a las mías y las mías me conocen a mí, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por mis ovejas’, nos dice. Donde haya muchas ovejas y muchos pastores cada pastor conoce y distingue sus propias ovejas. De la misma manera las ovejas sólo seguirán al pastor que conocen.
Mucho nos quiere decir Jesús con esto. Conocer es algo más que distinguir una oveja de otra. Con la palabra conocer se quiere decir algo mas hondo; se está hablando de amar. El buen pastor ama a sus ovejas y cuando amamos llegamos a un conocimiento mucho más profundo que lo que nos puedan ofrecer los ojos de la cara. Hay otra comunicación, otra comunión, la del amor. Y claro cuando amamos, por aquel a quien amamos estamos dispuestos a hacer lo que fuera necesario. Por eso Jesús dirá que nos conoce, nosotros le conocemos, y El da la vida por sus ovejas. Es la consecuencia del amor. Es lo que hace Jesús por nosotros. Así nos conoce, así nos ama.
Nos conoce Jesús y nosotros hemos de conocerle a El, y escucharle, y seguirle, y amarle. Tendría que ser nuestra respuesta. ‘Yo conozco a las mías y las mías me conocen’, nos ha dicho. El nos ama y nosotros hemos de amarle y de la misma manera estar dispuestos a todo por El. La consecuencia del amor verdadero, como decíamos. Es el camino que hemos emprendido cuando nos decimos que tenemos fe en El, queremos ser sus discípulos y seguirle. Es la respuesta que, aunque nos cuesta a causa de nuestra debilidad, queremos ir dando cada día cuando queremos ser fieles, cuando queremos mantener nuestra fe, cuando ponemos todo nuestro empeño por vivir nuestra vida cristiana.
Pero no estamos solos; El nos ayuda, porque como buen Pastor siempre está dispuesto a ofrecernos los mejores pastos, siempre está ofreciéndonos y regalándonos su gracia que se nos reparte en la Palabra que escuchamos, en los sacramentos que celebramos y recibimos y en todo ese caudal de gracia que continuamente de mil maneras nos está dando en cada momento de nuestra vida. No es solo la gracia santificante que recibimos en los sacramentos, sino todas esas gracias actuales que en cada momento nos ofrece el Señor a cada situación de nuestra vida.
¡Cuánto nos ama el Señor! ¡Cómo tendría que ser también por nuestra parte ese cultivo y cuidado de la amistad de Dios que vemos enriquecido en nuestra oración al Señor! El cristiano tendría que ser de verdad un hombre de oración, de oración intensa, para vivir esa comunicación y comunión con Dios. ¿Cómo podríamos mantener esa unión con el Señor si no oramos intensamente? Quien se siente amado por el Señor hasta ser su hijo, como nos dice la carta de Juan hoy, siente que Dios habita en su corazón y tendría que surgir de forma espontánea casi esa comunicación viva con Dios en la oración. Necesitamos de la oración como del agua y la comida para vivir, como del aire para respirar. Nos daría para más extensas reflexiones.
Una palabra final para la Jornada que celebramos en este domingo del Buen Pastor. Es la Jornada de oración por las vocaciones, sobre todo a la vida sacerdotal y a la vida religiosa y que se celebra este año con el lema ‘las vocaciones, don de la caridad de Dios’. El Señor ha querido hacer partícipes de su función de pastor a aquellos que llama con una vocación especial dentro de la Iglesia. Son los sacerdotes y son los religiosos y religiosas que han consagrado su vida al Señor en la vida religiosa. Hoy es una especial jornada de oración para que el Señor llame a muchos y sean muchos los que respondan a esa llamada de amor del Señor y haya abundantes sacerdotes y también hombres y mujeres que se consagren al Señor en la vida religiosa para bien de la Iglesia y para la gloria del Señor.
Entresacamos algunos párrafos del mensaje del Papa. ‘Es importante que en la Iglesia se creen las condiciones favorables para que puedan aflorar tantos “sí”, como generosas respuestas a la llamada del amor de Dios… Será tarea de la pastoral de las vocaciones ofrecer puntos de orientación para un fructífero recorrido. Elemento central será el amor a la Palabra de Dios, cultivando una familiaridad creciente con la Sagrada Escritura y una oración personal y comunitaria atenta y constante, para ser capaces de sentir la llamada divina en medio de tantas voces que llenan la vida diaria. Pero sobre todo que la Eucaristía sea el “centro vital” de todo camino vocacional: es aquí donde el amor de Dios va unido al sacrificio de Cristo, expresión perfecta del amor, y es aquí donde aprendemos siempre de nuevo a vivir la «gran medida» del amor de Dios. Palabra, oración y Eucaristía son el tesoro precioso para comprender la belleza de una vida totalmente gastada por el Reino’.
Y nos habla también de la importancia de las familias en el surgimiento de las vocaciones. Tal dinámica, que responde a las instancias del mandamiento nuevo de Jesús, puede hallar elocuente y singular atención en las familias cristianas, cuyo amor es expresión del amor mismo de Cristo que ha dado a su Iglesia (cf. Ef 5, 32). En las familias, «comunidad de vida y de amor», las nuevas generaciones pueden hacer una admirable experiencia de este amor oblativo. Ellas, efectivamente, no solo son el lugar privilegiado de la formación humana y cristiana, sino que pueden llegar a ser «el primer y mejor seminario de la vocación a la vida de consagración al Reino de Dios», haciendo descubrir, precisamente dentro de la familia, la belleza e importancia del sacerdocio y de la vida consagrada.
Oremos por las vocaciones. Sintamos esa inquietud de la Iglesia en nuestro corazón.

viernes, 20 de abril de 2012


Está en medio de nosotros y nos sentimos enviados a llevar el anuncio del evangelio

Hechos, 3, 13-15.17-19; Sal. 4; 1Jn. 2, 1-5; Lc. 24, 35-48
‘Contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y como lo habían reconocido al partir el pan cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: Paz a vosotros’.
Se presenta Jesús en medio de ellos. Estaban desconcertados porque aun no acaban de asimilar todo lo sucedido en esos días. Aquel primer día de la semana había sido muy intenso. Que el sepulcro estaba vacío; que las mujeres contaban visiones de ángeles que les decían que estaba vivo; que Simón contaba que se le había aparecido Jesús; ahora vienen estos que han marchado a Emaús narrando todo lo sucedido; y de repente, allí está Jesús en medio. Son muchas las emociones; ‘llenos de miedo por la sorpresa, creen ver un fantasma’.
Pero allí está Jesús en medio. ‘¿Por qué os alarmáis? ¿Por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies, palpadme… y dicho esto les mostró las manos y los pies…’ Allí está Jesús resucitado. Viene a despertar la fe y la esperanza. Que se disipen los nubarrones, que desaparezcan las dudas, no hay lugar para las tinieblas.
Allí está El para hacerles comprender. Les explica las escrituras. Ya lo había hecho con los discípulos del camino de Emaús. Les abrió la inteligencia para que comprendieran. Necesitaban la firmeza de un sí, una afirmación clara, una proclamación sin ningún tipo de dudas. Como tendrán que hacerlo de ahora en adelante. Como lo vemos haciendo ya a Pedro en la primera lectura. Allí está Jesús en medio.
‘Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto’. Allí está Jesús en medio y han de ser testigos de ello. En todas partes. A todos los pueblos. Será el anuncio de salvación que han de hacer. Todo lo que ha sucedido ha sido conforme al plan de Dios. Los hombres en su maldad han actuado llevando a Jesús hasta la cruz, pero detrás de todo eso estaba el plan de Dios. Era el amor de Dios que llegaba a nosotros y nos traía la salvación.
Les costó mucho comprender. Estaban asustados y tenían miedo. No acababan de creer. Estaban atónitos. Sus mentes estaban cerradas. Aunque le ven comer; le han ofrecido pan y un trozo de pez asado. Aunque pueden palparlo. Aunque Jesús se los explica todo. Un día Jesús les enviará el Espíritu Santo y podrán salir a hacer el anuncio, como ya escuchamos a Pedro en la primera lectura.
Allí está Jesús en medio; aquí está Jesús en medio. Hemos de confesarlo. Aquí estamos reunidos en su nombre y aquí está Jesús en medio de nosotros. Nos lo había dicho: cuando estuviéramos reunidos en su nombre, El estaría en medio de nosotros. También a nosotros nos trae la paz; sobre nosotros derrama su gracia; a nosotros también nos explica las Escrituras; nos regala y nos infunde su Espíritu para que le conozcamos, le confesemos, le podamos vivir con toda intensidad dentro de nosotros mismos.
Aquí está con nosotros y camina a nuestro lado, como con aquellos discípulos que marchaban a Emaús; está en medio de nosotros y para nosotros también parte el pan para que le comamos y vivamos; está en medio de nosotros y viene a avivar nuestra fe muchas veces mortecina; está en medio de nosotros y nos sentimos llenos de esperanza de que es posible una vida nueva, un mundo mejor, un mundo donde todos  nos queramos y nos respetemos, y vivamos en armonía y paz, y nos ayudemos mutuamente a caminar y a hacer las cosas bien.
Está en medio de nosotros y nos hemos llenado de alegría y hemos querido contagiarla en esta pascua queriendo hacer felices a los demás haciéndoles el anuncio de que ha resucitado y nos ha traído la salvación; está en medio de nosotros y nos sentimos más iglesia, más comunidad de hermanos que nos queremos y deseamos de verdad vivir unidos y que nunca más haya divergencias ni enfrentamientos entre nosotros, y que queremos hacer felices los unos a los otros.
Sí, Jesús está en medio de nosotros abriendo el entendimiento, aumentando la comunión, renovando la alegría y el perdón, animando la oración. Se hace presente en nuestras celebraciones litúrgicas, cuando escuchamos su Palabra – esa Palabra que nos enardece el corazón – y cuando partimos el pan de la Eucaristía, porque es a El a quien comemos, de quien nos alimentamos, quien nos regala su vida y su gracia.
Se hace presente en medio de nosotros e ilumina nuestra vida y transforma nuestro corazón, nos llena de la fortaleza y la alegría del Espíritu y nos da valentía para ir a anunciarlo a los demás. Los discípulos tras el encuentro con Cristo resucitado se sintieron profundamente transformados, se disiparon sus dudas, se acabaron los miedos y cobardías y las puertas se abrieron para llenos de alegría  salir inmediatamente a llevar la Buena Noticia a los demás.
Es lo que tiene que ser ya nuestra vida. Es a lo que nos sentimos enviados. La luz ya no podemos esconderla. La Buena Noticia hay que comunicarla. Nadie podrá ya prohibirnos que hablemos de Jesús y en su nombre queramos transformar nuestro mundo. Es nuestra tarea y nuestro compromiso. Para eso nos envía su Espíritu. Por eso nos enviará a que vayamos hasta los confines del mundo, comenzando por la Jerusalén de los que están a nuestro lado, anunciando en su nombre la conversión y el perdón de los pecados. Somos ya nosotros también unos testigos, porque Cristo está vivo y presente en medio de nosotros y por la fe ya no tenemos ninguna duda; unos testigos que hemos de hacer el anuncio del nombre de Jesús.
Cuando termina nuestra celebración el sacerdote nos dice: ‘podéis ir en paz’. ¿Qué significa eso? Vamos en paz porque vamos llenos de Dios, llenos de Cristo y de su gracia, porque hemos vivido y celebrado su presencia en medio de nosotros. Pero significa también cómo hemos de llevar esa paz de Cristo a los demás.
Se nos envía a llenar la tierra de luz, a sembrar alegría y esperanza, a proclamar la amnistía y el perdón – el año de gracia del Señor -, a trabajar por la paz, a consolar a los que sufren; se nos envía a llevar la buena noticia del evangelio que nos llena de alegría a los pobres y a los que están tristes; se nos envía a ser testigos de resurrección manifestando con nuestras vida que estamos resucitados, que Cristo nos ha resucitado a nosotros también; se nos envía a asegurar a todos los hombres que Dios nos ama y que la vida verdadera consiste en amar.
Y todo eso lo podemos hacer, porque Cristo está en medio de nosotros.

martes, 17 de abril de 2012

Señor danos un corazon contrito y humillado.



Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.

Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra tí, contra tí sólo pequé,
cometí la maldad que aborreces.


Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.

Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.

Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.

Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.

Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.

Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.

sábado, 14 de abril de 2012


Para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios

 Hechos, 4, 32-35;  Sal. 117;  1Jn. 5, 1-6;  Jn. 20, 19-31
‘Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’. Es el final del evangelio de Juan proclamado en esta octava de Pascua de la Resurrección del Señor. Es, podemos decir también, la finalidad del propio evangelio, para que creamos en Jesús y tengamos vida eterna en su nombre.
Nos resume también muy bien lo que estos días hemos venido celebrando y que es también como el modelo de lo que tiene que ser toda celebración cristiana, proclamar nuestra fe en Jesús, nuestro Salvador. Lo hemos celebrando los misterios de su pasión, muerte y resurrección en todas las celebraciones del Triduo pascual que se ha prolongado solemne e intensamente en esta octava de Pascua; lo que celebramos también en cada Eucaristía y en cada sacramento que nos hace partícipes de la vida de Cristo. ‘Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección’, decimos y pedimos una y otra vez que venga el Señor a nuestra vida, ‘Ven, Señor Jesús’, terminamos aclamando.
Como decíamos, seguimos queriendo vivir con toda intensidad la Pascua de resurrección; por eso, este domingo tiene como un sentido especial al ser la octava del primer día, del día de la resurrección del Señor. Quienes hemos participado cada día en esta semana en la celebración de la Eucaristía, fuimos escuchando los diferentes textos que nos ofrecen los evangelio de la manifestaciones de Cristo resucitado a sus discípulos.
En este domingo la liturgia nos ofrece un doble texto, en las dos apariciones de Cristo a los discípulos en el Cenáculo; una en el primer día de la semana, el mismo día de la resurrección del Señor, y el otro texto a los ochos días cuando de nuevo se les manifiesta estando ya todo el grupo de los apóstoles.
El mensaje que se  nos ofrece quiere ayudarnos a reafirmar bien nuestra fe en Jesús y a fortalecernos en ella para que seamos capaces de dar valiente testimonio ante los demás. Está por una parte, tras el estupor del primer momento, la alegría de los discípulos por el encuentro con Cristo resucitado; alegría que se trasforma en anuncio de esa buena noticia a quien no tuvo la experiencia de ese encuentro con el Señor. ‘Tomás no estaba con ellos cuando vino Jesús’, nos comenta el evangelista. ‘Hemos visto al Señor’, le comunican enseguida a Tomás.
Pero está al mismo tiempo la duda de Tomas con su deseo de palpar por si mismo las llagas del Señor en su pasión. ¿Necesitaría él pasar por la pasión para poder llegar a la alegría verdadera de la resurrección del Señor? Un buen pensamiento también para nuestras dudas y exigencias. ‘Si no veo en sus manos la señal de los clavos; si no meto el dedo en el agujero de los claros y no meto la mano en su costado, no lo creo’, será su duda y su exigencia.
Volverá Jesús y Tomás estará allí. Con la presencia de Jesús ya no hará falta meter los dedos en los agujeros ni la mano en el costado. Surgirá pronto la confesión de fe. ‘¡Señor mío y Dios mío!’ Y es que el encuentro vivo con Cristo resucitado ha transformado su vida. Todo ya es distinto para él.
Sucede siempre que tenemos un encuentro con el Señor. No siempre esa experiencia de encuentro será verlo con los ojos o palparlo con las manos. De muchas maneras se nos manifiesta el Señor y podemos encontrarnos con El. Por eso Jesús dirá: ‘Dichosos los que crean sin haber visto’. Creemos nosotros, no porque hayamos visto con los ojos de la cara o palpado con nuestras manos, sino porque nos fiamos de quienes nos han trasmitido esa fe; esa fe que Dios ha plantado en nuestro corazón y que por la fuerza de su Espíritu nos lleva a confesar que Jesús es el Señor.
Confesión de fe que nos llena de alegría y que nos llena de paz. No en vano, ese fue el primer saludo de Jesús resucitado cuando se encuentra con sus discípulos. ‘Paz a vosotros’, les dice y nos dice. Es algo constante en el evangelio. Nunca hemos de temer en los encuentros con el Señor. ‘No temáis’, es también un saludo repetido. Ahora con Jesús nos llega la paz al corazón, a nuestra vida y a través de nosotros en ese anuncio que hagamos de Jesús esa paz ha de llegar también a los demás.
Es la paz que van sembrando los que aman y aman de verdad; es la paz que es fruto del amor; es la paz que siempre tenemos que sembrar los discípulos de Jesús. Es la paz que vivimos en el Reino de Dios, cuando hemos optado seriamente por hacer que Jesús sea el único Señor de nuestra vida. Es la paz tan fundamental, tan esencial entre los valores del Reino que hemos de vivir y trasmitir. Allí donde haya un cristiano, donde esté un seguidor de Jesús siempre tendría que brillar con un brillo especial la paz.
‘Como el Padre me ha enviado, así os envío yo’, nos dice y no da su Espíritu. ‘Exhaló su aliento sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo…’ Nos da su Espíritu para que vivamos siempre en esa paz; nos da su Espíritu para que se mantenga viva nuestra fe y podamos proclamarlo siempre y con toda nuestra vida como el Señor; nos da su Espíritu para darnos el perdón, que nos manifiesta su misericordia, que nos llena a nosotros también de misericordia y de compasión, que nos hace ser repartidores de perdón, de compasión, de misericordia con los demás.
Entre los seguidores de Jesús no cabe ya otra cosa que la misericordia, el amor, la compasión, el perdón. No se entiende un seguidor de Jesús que no ame, que no sea misericordioso, que cierre su corazón al perdón. Es amor y esa misericordia, esa compasión y ese perdón ni lo vamos a dar ni a vivir si no es desde la fuerza del Espíritu. No es cosa nuestra. Es la acción del Espíritu divino, del Espíritu de Cristo resucitado en nosotros. La Iglesia siempre será la comunidad de la misericordia porque es el regalo que le ha dado Jesús en la Pascua cuando la ha instituido; los cristianos tendremos que ser siempre los hombres y las mujeres de la misericordia cuando queremos parecernos a Jesús.
A cuánto nos lleva y nos compromete nuestra fe en Cristo resucitado. Pero no tengamos miedo al compromiso sino asumamos generosa y alegremente nuestra fe y las consecuencias de amor que tenemos que vivir. Cristo resucitado está con nosotros y nos regala el don de su Espíritu. Sigamos proclamando con toda nuestra vida, con nuestras palabras y con nuestras obras en el actuar de cada día esa fe que tenemos en Jesús. Que las obras del amor y de la misericordia hablen de nuestra fe.

Aqui puedes leer mas mensajes del Movimiento.

Administracion general y adjuntos

Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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