Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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viernes, 13 de julio de 2012


Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban, nuestra misión

Amós, 7, 12-15; Sal. 84; Ef. 1, 3-14; Mc. 6, 7-13
‘Ellos marcharon y predicaban la conversión. Expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Lo hemos escuchado en el evangelio. Jesús llama a los doce y los envía con su misma misión. Ya nos decía de entrada que ‘Jesús recorría las aldeas de alrededor enseñando’. Lo hemos venido escuchando en el evangelio.
Es la misión de Jesús y es la misión de los que seguimos a Jesús. A nosotros nos la confía. Es la misión de la Iglesia de todos los tiempos que se sigue realizando, que hemos de seguir realizando hoy. Porque creemos en Jesús no para buscar un refugio donde escondernos porque las cosas marchen mal en nuestro entorno o en nuestro mundo, y allí nos refugiamos desentendiéndonos de esos problemas, de ese mal que nos envuelve. Como siempre recordamos la fe en Jesús nos compromete.
Como Jesús, como los apóstoles que hoy vemos enviados por Jesús tenemos un anuncio que realizar, el Evngelio, la Buena Nueva del Reino de Dios; pero ese anuncio lo hacemos con nuestras palabras y con nuestros signos; porque hemos de dar señales con nuestra vida de que sí es posible ese Reino de Dios.
Hemos de ser nosotros los primeros que nos dejemos transformar por ese mensaje, por esa gracia del Señor. La invitación primera de Jesús, como la de los apóstoles enviados, es a la conversión, a dejarnos transformar para encontrarnos con Dios, para que en verdad Dios esté en el centro de nuestra vida. Y cuando vivamos ese encuentro vivo con el Señor y nos convirtamos a Dios, cuando convirtamos a Dios en el centro de nuestra vida significará que también muchas otras cosas tendrán que cambiar, transformarse, vivirlas con un nuevo sentido y valor. Nuestra nueva forma de vivir tendrá que ser un signo para quienes nos vean de lo que es el Reino de Dios. ¡A cuánto nos compromete nuestra fe en Jesús!
Dice el evangelio que al tiempo que anunciaban el Reino ‘expulsaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Quizá podríamos preguntarnos cómo vamos a realizar eso hoy. Porque no vamos a buscar al diablillo con ojos de fuego y rabo y un tridente, como las imágenes nos lo han presentado tantas veces y nos ha llenado la imaginación.
¿Cuáles son los demonios de nuestro mundo de hoy, cuáles son los males que lo acechan y que cuando se nos meten en nuestro corazón nos llevan a nosotros también al mal? Podemos pensar en el egoísmo que nos hace pensar tanto en nosotros mismos y nos vuelve insolidarios; podemos pensar en el materialismo de la vida que nos invade y nos hace consumistas o nos impide darle horizontes grandes a la vida; podemos pensar en tantas situaciones de injusticia que llevan al sufrimiento de tantos, que nos lleva a no respetar la dignidad de toda persona, que conduce a la miseria de los más pobres cada vez más pobres por el enriquecimiento egoísta e insolidario de los que se sienten más fuertes; podemos pensar en la violencia de todo tipo que hemos convertido en base de nuestro trato y de nuestras relaciones mutuas; podemos pensar en la falsedad e hipocresía con que vivimos la vida, en el lujo y el despilfarro que nos lleva a vivir desde las apariencias… en la muerte de tantos inocentes desde la violencia de las guerras, en el crimen abominable del aborto o la eutanasia… y así en tantas cosas más.
¿Queremos que nuestro mundo siga siendo así? ¿En el nombre de Jesús que expulsaba los espíritus inmundos, pero que vino a rescatarnos del mal con su redención no tendríamos nosotros que ir también expulsando ese mal de nuestro mundo? Es nuestra tarea. Primero, convirtiéndonos nosotros al Señor para que ese mal no entre en nuestro corazón y nuestras actitudes sean buenas, nuestros valores sean esos nuevos valores del evangelio, y así nos sintamos transformados desde lo más hondo para que nada de eso nos domine. Hemos de ser los primeros curados para que nuestra vida de justicia, de amor, de verdad, de paz sea un signo para cuantos nos rodean. ¡Cuánto tenemos que hacer en nuestra vida y también para transformar nuestro mundo y no sea nunca más el reino del mal sino que sea en verdad el Reino de Dios! El compromiso de nuestra fe. El compromiso por el Reino de Dios.
No siempre será fácil, como le sucedía a los profetas y como le anunciaba Jesús que les pasaría a los apóstoles - lo hemos escuchado esta semana en el texto paralelo de san Mateo - porque nuestra lucha contra el mal se tiene que convertir muchas veces en denuncia de ese mal y de esa injusticia. Y los poderosos no lo van a soportar ni permitir. Recordemos, en lo escuchado hoy en el profeta, que querían expulsarlo de Betel, la Casa de Dios, para que se fuera con sus profecías a otra parte porque sus palabras y los gestos de su vida incomodaban a los poderosos. ‘No soy profeta ni hijo de profeta, respondía, sino pastor y cultivador de higos, pero el Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: ve y profetiza a mi pueblo de Israel’. Así nos puede suceder también a nosotros.
‘Ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban’. Tenemos que ser los enfermeros de Dios para nuestro mundo. Como el médico o el enfermero que va aplicando la medicina, el remedio y la cura a los cuerpos enfermos para hacerles recobrar la salud, así nosotros a nuestro mundo enfermo, a tantos corazones tan llenos de sufrimientos y que no solo solo los sufrimientos derivados de una enfermedad física - que también - hemos de llevarles el aceite humilde y generoso de nuestra caridad, de nuestro amor, de nuestro servicio, de nuestra solidaridad, de nuestro consuelo, de nuestra compañía, de nuestra palabra de aliento, de nuestra sonrisa que les dé ánimo, que les levante el espíritu, que les sane el dolor del alma.
¿Se podrá decir que ya no se pueden hacer milagros, que no podemos hacer milagros? Creo que son muchos los milagros que podemos hacer como pequeños granitos de arena en gestos pequeños, humildes, sencillos pero llenos de amor y generosidad con los que podemos mitigar muchos dolores y sufrimientos de nuestros semejantes.
Como consecuencia de aquel espíritu del mal que tanto domina nuestro mundo y a tantos hace sufrir, como decíamos antes, nos encontramos, si somos capaces de abrir un poquito los ojos, mucho sufrimiento a nuestro alrededor, muchas soledades, muchas carencias de afecto, muchos corazones desgarrados, muchas angustias, muchas desesperanzas y desilusiones. Ahí nos envía Jesús con su misma misión, con su fuerza y con su gracia.
Bendito sea el Señor que nos ha confiado esta misión. Como nos decía san Pablo en la carta a los Efesios: ‘Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en la persona de Cristo con toda clase de bienes espirituales y celestiales… y nos eligió para que fuésemos santos e irreprochables ante El por el amor’. Que seamos irreprochables por el amor, que resplandezca así el amor en nuestra vida para que seamos en verdad signo del Reino de Dios para cuantos nos rodean. Que no nos falte la gracia y la fuerza del Señor para esa misión que nos ha confiado de ser testigos de su Reino.

viernes, 6 de julio de 2012


Anunciamos con fidelidad a Jesús ante un mundo desconcertado que le cuesta entender
Ez. 2, 2-5; Sal. 122; 2Cor. 12, 7-10; Mc. 6, 1-6
En la vida muchas veces nos suceden cosas que nos sorprenden, incluso nos sorprenden gratamente, pero que luego quizá por las expectativas que nos hacemos sobre eso que nos ha sucedido o por lo que nosotros hayamos imaginado que podía pasar nos hemos visto desconcertados o incluso desilusionados.

Algo de eso contemplamos en el hecho que nos relata hoy el evangelio. Al llegar Jesús a su pueblo Nazaret e ir el sábado a la Sinagoga, hacer la lectura y ponerse a explicar la Palabra, quizá también por la fama que habría llegado allí de lo que Jesús venía ya haciendo en Cafarnaún y otras partes, les había producido gran admiración. Pero luego veremos que se sienten desconcertados, no manifestarán gran confianza en lo que hace y dice Jesús, porque en fin de cuentas a El lo conocían de siempre porque allí se había criado y allí estaban sus parientes. Habían sentido en principio admiración y hasta cierto orgullo porque era de los suyos, pero no supieron descubrir el verdadero misterio de Jesús. ‘Los tenía desconcertados’.

Jesús mismo se sentirá desilusionado por la pobre acogida que le están haciendo y su falta de fe. ‘No desprecian a un profeta más que en su tierra y entre sus parientes y en su casa’, les dirá. ‘Y se extrañó de su falta de fe… y no pudo hacer allí ningun milagro’. Marchará Jesús a otros lugares de alrededor.

Lo que sucedió con Jesús entonces en Nazaret, su pueblo, sería lo que le seguiría sucediendo en su peregrinar por los pueblos de Palestina anunciando el mensaje del Reino. No todos lo aceptaban; aunque muchos lo seguían, se admiraban de sus milagros o las palabras de gracia que salian de sus labios, no todos, sin embargo, descubrían en El al Mesías Salvador que instaurando el Reino de Dios venía a redimirnos y a traernos la salvación. No todos querían o llegaban a entender el sentido de su persona y de su mensaje, el sentido del Reino de Dios que anunciaba, la salvación que ofrecía. Su camino acabaría en la pasión y en la cruz, aunque bien sabemos que todo no se quedó ahí porque le contemplamos resucitado y triunfador.

Era lo que había sucedido con los profetas, sucedió incluso con Juan Bautista, el precursor, ha sucedido en todos los tiempos con los apóstoles enviados en el  nombre del Señor y nos puede suceder a nosotros cuando queremos caminar en caminos de fidelidad total al evangelio.
Recordemos lo que hemos escuchado en la primera lectura, del profeta Ezequiel. ‘Yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde… te hagan caso o no te hagan caso, pues son un pueblo rebelde, sabrán que hubo un profeta en medio de ellos’. No fue fácil la misión del profeta, como lo fue la de todos los profetas. 

En ese sentido Pablo nos habla hoy de algo que le está costando mucho superar en su tarea y le pide al Señor que le libere de ello, pero el Señor le ha respondido ‘te basta mi gracia, la fuerza se realiza en la debilidad’. Hermosa la reflexión que nos hace el apóstol. Grandeza del mensaje de Dios que se manifiesta en la debilidad porque la fuerza está en Dios que es el que da el verdadero valor.

¡Cuánto nos cuesta acoger y escuchar a Jesús sobre todo cuando vamos con nuestras propias ideas o expectativas! A Jesús no lo podemos encasillar en nuestros esquemas. Su mensaje no es un mensaje que sea para contentarnos. Y no es ya el mundo ajeno a la Iglesia que nos rodea a quien le gustaría escuchar otra cosa, sino que nosotros mismos tantas veces endurecemos nuestro oído o nuestro corazón ante el mensaje que nos ofrece el evangelio y también quisiéramos hacerle decir a Jesús, o hacerle decir a la Iglesia cosas que nos contenten o halaguen.

Nos encontramos muchos ‘doctores’ (y lo pongo así entre comillas con la expresión que hoy se emplea) en todos los ámbitos de la sociedad - y cómo se aprovechan de los medios de comunicación -, que quieren decirle a la Iglesia lo que tendría que enseñar. Todo el mundo quiere opinar, todos quieren hacer sus interpretaciones y cuando la Iglesia es fiel a su mensaje buscan la manera de descalificarla, de decir que está viviendo en las nubes (por decirlo de una manera suave) y que la Iglesia tendría que adaptarse y bajar el listón de sus exigencias, y cuando no pueden hacerlo de otra manera tratan de desprestigiar a quien lleva el mensaje para enturbiar la misión y la tarea de la Iglesia. ¿Se sentirán desconcertados porque no es el mensaje que les halague o les guste escuchar?

Si lo hiciéramos así, contentando a todo el mundo, dejándonos llevar por lo que le agrada a la gente, ¿estaríamos en verdad anunciando el mensaje de Jesús o nuestro propio mensaje? Tenemos que ser fieles al mensaje de Jesús y ya el Espíritu Santo nos va guiando y fortaleciendo en la misión que hemos de realizar, porque el mensaje de Jesús sigue siendo el mensaje de salvación para el hombre de hoy. No nos tenemos que asustar de lo que podamos encontrarnos en contra. Recordemos lo citado del profeta, pero también lo que el mismo Jesús nos anunció en el evangelio. ‘Pero el poder del infierno no la derrotará’. Nuestra fidelidad al mensaje de Jesús está por encima de los desconciertos del mundo.

Decía el evangelio que Jesús no hizo en Nazaret ningun milagro, salvo curar a algunos enfermos imponiéndoles las manos, por su falta de fe. Es la fe que tenemos que despertar en nuestra vida. Si muchas veces nos dejamos seducir por esas ideas del mundo, de las gentes que nos rodean, en referencia a todo lo que tendría que ser la Iglesia y su mensaje, es porque quizá también se nos ha debilitado nuestra fe. Muchas veces nos pueden faltar esos ojos de fe para descubrir el verdadero sentido de la Iglesia. 

No la podemos mirar como una organización mundana más, como una sociedad civil o cualquier asosiación, como una ONG, como se dice ahora. No es la mirada ni la consideración de un creyente sobre lo que es la Iglesia el verla asi. Es el sacramento universal de salvación que Cristo nos ha dejado para que vivamos en verdadera comunión de fe y de amor y así podamos llevar a vivir nuestra comunión con Cristo. En la Iglesia se nos manifiesta el Misterio de Cristo porque a través de ella nos llegará la Palabra de Dios y los sacramentos de nuestra salvación que en ella celebramos. Es el Cuerpo Místico de Cristo al que nos sentimos unidos como los sarmientos a la vid para que a través de ella nos llegue a nosotros la gracia divina de la salvación.

Por eso decíamos que tenemos que despertar nuestra fe. Necesitamos esa fe viva para que Cristo actúe con su gracia en nosotros. Con esos ojos de fe descubriremos en verdad todo el misterio de Cristo; con esa fe podremos escuchar su Palabra como mensaje de salvación para nuestra vida; con esa fe vivimos nuestra comunión de Iglesia que nos hace entrar en una comunión mas grande y profunda con el Señor; desde esa fe iremos creciendo más y más en el conocimiento de Cristo hasta llegar a unirnos plenamente con El, a configurarnos con El para ser una solo cosa con El viviendo su misma vida.

Si abrimos nuestro corazón a la fe cuántas maravillas realizará Dios en nosotros. Entonces podremos también nosotros, desde nuestra pequeñez y debilidad, hacer ese anuncio de Jesús y su evangelio al mundo que nos rodea, tarea y misión que Cristo nos ha confiado. Y lo hacemos con fidelidad.

viernes, 29 de junio de 2012


Ven, Señor, y pon tu mano para que el mundo tenga vida
Sab. 1, 13-15; 2, 23-24; Sal. 29; 2Cor. 8, 7-9.13-15; Mc. 5, 21-43

‘Ven, pon tu mano sobre mi niña que está en las últimas, para que se cure y viva’, suplica Jairo lleno de confianza en Jesús. Y aquella mujer con una fe grande, ‘acercándose por detrás, entre la gente, le tocó el manto, pensando que con sólo tocarle el vestido se curaría’. Son dos hechos que se entrecruzan en este relato del evangelio.

Y Jesús se pone en camino con Jairo, acompañado de mucha gente. ‘¿Quién me ha tocado el manto?’ pregunta mirando a su alrededor, cuando la mujer se ha acercado por detrás. Luego dirá a las plañideras que ya están allí con sus lloros y lamentos que la niña no está muerta, sino dormida. Y la tomará de la mano y la levantará, entregándosela a su padre. Con Jesús llega la vida, desaparece la muerte; con Jesús nos llenamos de luz, son vencidas para siempre todas las tinieblas.

Todo un recorrido, un camino de fe el que contemplamos en este relato del evangelio. El camino de fe de Jairo y la mujer de las hemorragias que puede ser también nuestro recorrido y nuestro camino. La fe y la confianza de quienes acuden a Jesús con sus penas y sufrimientos. Jairo suplicando por su hija; la mujer de las hemorragias con la confianza de que sólo tocando el manto de Jesús se curaría. ‘Tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud’, le dice Jesús cuando la mujer se postra asustada y temblorosa a sus pies al sentirse descubierta. 

Es la fe que Jesús quiere suscitar y que se mantenga firme. Cuando llegan anunciando que la niña ha muerto y parece que ya no merece importunarle más, porque no hay nada que hacer, Jesús le dirá a Jairo ‘no temas, basta que tengas fe’. La oscuridad de la duda, del temor, de lo imposible no puede envolver nuestra vida. Algunas veces, incluso en nuestras dudas, somos plañideras que no hacemos sino llorar porque es tanta nuestra oscuridad que se nos puede cegar el corazón y la fe. Hay que seguir confiando. Tantas veces nos llenamos de dudas, parece que de nada nos sirven nuestras súplicas o nuestras oraciones. Es una tentación por la que pasamos muchas veces. ‘Basta que tengas fe’. O como le dirá Jesús a Pablo según cuenta él en sus cartas ‘mi gracia te basta’. 

Ya nos decía el sabio del Antiguo Testamento que lo que Dios quiere es la vida, que vivamos, que tengamos vida. ‘Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes…creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser…’ Para eso nos ha enviado a su Hijo, se encarnó y se hizo hombre para alcanzarnos la vida para siempre. Habíamos dejado entrar la muerte en la vida del hombre a causa del pecado, pero El viene a borrar todo pecado y a darnos vida. 

Quiere que tengamos vida y vida para siempre. Tanto es así que se hace pan y alimento nuestro y se nos da en la Eucaristía para que comiéndole tengamos vida eterna. ‘Quien me come vivirá por mí… el que come de este pan vivirá para siempre… el que come mi carne y bebe mi sangre, yo lo resucitaré en el último día…’ Recordamos lo anunciado en Cafarnaún. 

Este evangelio que hoy escuchamos y estamos comentando tiene que ser en verdad una Buena Noticia que despierte nuestra fe y nuestra confianza en el Señor. Queremos creer; queremos alejar de nosotros toda duda. Queremos llenarnos de su luz y de su vida. Tiene que ser una Buena Noticia que nos está anunciando vida y salvación para nosotros, que nos está haciendo llegar la vida y la salvación. 

Sentimos también que Jesús camina a nuestro lado, se acerca a nosotros allí donde estamos llenos de enfermedad o de muerte. Y quiere que caminemos seguros en búsqueda de esa vida que el quiere ofrecernos; que no temamos hacer como aquella mujer que se acercó a tocarle el manto, y nos acerquemos nosotros hasta el con todo esa oscuridad que muchas veces llevamos dentro. Y con El todo se va a transformar en nuestro interior, todo se va a llenar de luz y de vida. 

Tantas veces nos ha tomado de la mano para levantarnos; piensa cuantas veces nos ha regalado el sacramento que nos llenaba de alegría otorgándonos su perdón. Si rebuscamos en nuestro interior encontraremos muchísimos momentos de gracia, por los que quizá no siempre supimos darle gracias y reconocerlo. ‘Te ensalzaré, Señor, porque me has librado’, cantamos en el salmo y muchas veces tenemos que reconocerlo y decirlo.

Tantas situaciones difíciles por las que hemos pasado en la vida y de las que pudimos salir, muchas veces nos parecía que sin saber cómo, pero que si tenemos ojos de fe nos daremos cuenta que allí estaba el Señor ayudándonos y fortaleciéndonos con su gracia. Haz una lectura de tu vida con ojos de fe y serás capaz de reconocer este actuar de la gracia de Dios en ti. Que no nos ceguemos.

Pero es también Buena Noticia que estamos obligados a llevar a los demás. El mundo necesita buenas noticias que llenen los corazones de esperanza y de luz. Y nosotros no podemos cruzarnos de brazos ni encerrarnos en lamentaciones. Podemos tener la tentación de decir que nada se puede hacer en las situaciones difíciles por las que estemos pasando. Oímos hablar continuamente de demasiadas calamidades. Son muchos los sufrimientos que atenazan los corazones de mucha gente a nuestro alrededor. Y estamos obligados a llevar el mensaje de la Buena Noticia a los que nos rodean.

Jesús cuando Jairo le dijo que su niña estaba en las últimas no se contentó con bonitas palabras de consuelo – también las tendría con toda seguridad – sino que le escuchó y se puso a caminar junto a él para llegar hasta donde estaba la niña. Como luego se pondría a hablar con la mujer de las hemorragias o con los que lloraban la muerte de la niña. Detalles de Jesús que hemos de aprender.

Esa disponibilidad y esa acogida es algo que tenemos que aprender a hacer como Jesús poniéndonos al lado de tantos que sufren y seguro que el amor en el corazón nos inspirará muchas cosas que podamos hacer, al menos despertará en nosotros generosidad y solidaridad y en los que nos rodean con su dolor despertará esperanza. 

Cuando aprendamos a ser solidarios de verdad, a escuchar y a ponernos a caminar junto al hermano y cuando comencemos a compartir lo que somos, lo que tenemos, lo que es nuestra vida, nuestro tiempo con el otro estaremos empezando a hacer un mundo nuevo y mejor. Serán pequeñas semillitas las que vayamos sembrando, pero si cada uno pone de su parte esa generosidad del corazón mucho será al final lo que podemos hacer y el mundo comenzará a transformarse. 

Tenemos que trasmitir vida, llevar vida a los demás, como lo hizo Jesús, porque solo desde el amor se realizará la verdadera transformación, primero de nuestras vidas, y luego también de todo nuestro mundo. ‘Talitha qumí’ tenemos que decir también a cuantos nos rodean con su sufrimiento o con las sombras de su vida, y tender la mano de nuestro amor para levantarlos y llevarles vida, la vida que nos ofrece y regala Jesús. Ven, Señor, y pon tu mano para que el mundo tenga vida.

sábado, 23 de junio de 2012


El Señor nos ha hecho una gran misericordia y nos felicitamos en el nacimiento de Juan
Is. 49, 1-6; Sal. 138; Hechos, 13, 22-26; Lc. 1, 57-80

‘Se enteraron los vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia y la felicitaban’. Todos se alegran con el nacimiento de aquel niño. Se manifestaba la misericordia del Señor. En aquella mujer, Isabel, a la que Dios le concedía ser madre. Se manifestaba la misericordia del Señor. Por la entrañable misericordia del Señor Dios visitaba a su pueblo. Necesariamente aquel niño había de llamarse Juan.

‘A los ocho días fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre. Pero su madre dijo: no, se llamará Juan’; se llamará Juan porque en este niño se está manifestando el Dios siempre misericordioso. No podía tener otro  nombre. Estaba ya puesto en la misericordia de Dios que en él se manifestaba. ¿No se alegraban y felicitaban por el nacimiento de aquel niño porque Dios había hecho misericordia con aquella madre, porque se estaba manifestando la misericordia de Dios que visitaba a su pueblo?  Ese era el significado del nombre. En hebreo los nombres tenían un significado y venían a manifestar lo que Dios realizaba o iba a realizar en el niño a quien se le imponía aquel nombre. En hebreo Juan significa: Dios es misericordioso, Dios se ha apiadado. 

Lo iba a corroborar Zacarías cuando le preguntan. No puede hablar porque por desconfiar del ángel del Señor allá en el templo se había quedado mudo. ‘El pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre’. Pero se le soltará la lengua. Comenzará a cantar la alabanza del Señor. Dios ha visitado a su pueblo. Bendito sea el Señor Dios de Israel. Las promesas de Dios se cumplen. Todo lo anunciado por los profetas se está ya realizando. La misericordia del Señor se está derramando sobre su pueblo y nos llega la salvación.

Llega el que viene con el espíritu y el poder de Elías. Lo había dicho el ángel en su aparición en el templo. El niño que nace en las montañas de Judea está ya lleno del Espíritu del Señor. El ángel se lo había anunciado a su padre, y la visita de María a Isabel había hecho que el niño saltará de alegría en su seno, porque sentía ya allí en el seno de María al que venía a ser nuestro Salvador y Juan ya se llenaba de la gracia del Espíritu del Señor. ‘En cuanto tu saludo llego a mis oídos la criatura empezó a dar saltos de alegría en mi seno’, dirá Isabel. Fue santificado ya en el seno de su madre en la visita de María.

El Señor manifiesta su amor y misericordia por su pueblo y se acuerda de su santa Alianza. Llega el profeta del Altísimo que viene a preparar un pueblo bien dispuesto anunciando la salvación que llega; Dios se va a hacer presente en medio de su pueblo. ‘Por la entrañable misericordia de nuestro Dios nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que están en tinieblas y sombras de muerte’. El nacimiento de Juan se convierte en Buena Noticia para todo el pueblo porque nos anuncia la llegada de Jesús con su salvación. Es el Precursor, el que viene antes; es el que hace ya el último anuncio antes de su llegada.

Nos llenamos nosotros también de alegría y nos felicitamos en el nacimiento de Juan el Bautista. Hoy es una fiesta grande para nosotros los cristianos y por todas partes se honra al Bautista, al Precursor del Señor recordando y celebrando su nacimiento. Es una fiesta muy especial la que hoy estamos celebrando. Fijémonos que en la liturgia prevalece este año sobre la celebración del domingo.

Popularmente esta fiesta del nacimiento de Juan está muy llena de ritos y de costumbres ancestrales en torno a estos días llenos de luz que la naturaleza nos ofrece en este solsticio de verano. Estos días en que en nuestro hemisferio luce el sol con un especial resplandor y son más las horas de luz cada día nos sirven para recordarnos lo que Juan venía a recordar y anunciar. El que celebremos la fiesta del nacimiento de Juan en estos días tiene su razón de ser, porque lo que la misma naturaleza nos ofrece es como una parábola que nos acerca al mensaje cristiano. 

‘Surgió un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan para dar testimonio de la luz’, nos dice el principio del evangelio de Juan. Pero nos sigue diciendo: ‘No era él la luz, pero sí el testigo de la luz’; era el que venía a dar paso a quien en verdad iba a iluminarnos arrancando de nosotros toda tiniebla y toda sombra de pecado y de muerte. ‘La Palabra era la luz verdadera que con su venida ilumina a todo hombre’. Jesús era esa luz anunciada por Juan de la que él era testigo. El nacimiento de Juan es ya anuncio inmediato del Sol que nace de lo alto. Todo esto tiene que ser bien significativo para nuestra celebración y para nuestra vida.

Por eso el anuncio principal que luego Juan hará allá en el desierto es la invitación a la penitencia y a la purificación para estar bien preparados para recibir la Salvación que llegaba en Jesús. Es el mensaje que también nosotros hemos de escuchar en esta fiesta contemplando al que señalaba al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. 

Normalmente en las imágenes que nos representan al bautista, o le contemplamos junto al Jordán bautizando a cuantos a él acudían para preparar los caminos del Señor, o lo contemplamos señalando al Cordero de Dios que simbólicamente lleva en su mano para que nos dirijamos a Jesús, verdadero Cordero de Dios, que se iba a inmolar por nuestra salvación. Sería lo que Juan señalaría a sus discípulos al paso de Jesús para que se fueran con El y en El reconocieran al Mesías Salvador.

Es el mensaje que hemos de recibir hoy cuando celebramos esta fiesta de san Juan Bautista. Siempre nos señala a Jesús a quien tenemos que dirigir nuestra mirada y nuestro corazón; siempre nos indica los caminos que hemos de seguir para llegar a ese encuentro con la salvación. Aunque estemos hoy haciendo fiesta no podemos cerrar los oídos a la invitación que nos hace para que convirtamos al Señor nuestros corazones, para que dirijamos nuestros pasos, enderecemos nuestros caminos para llegar hasta Jesús. 

La alegría de la fiesta no será verdadera alegría si no es una alegría que nace de un corazón que se deja transformar por la Palabra de Dios que escuchamos. Alegría honda sentimos en nuestro corazón siguiendo los caminos del Señor, encontrando en El la salvación y el sentido último  de nuestra vida.

La celebración de los santos siempre nos tiene que estimular en nuestra vida y en nuestro compromiso cristiano. Como Juan nosotros también tenemos que ser testigos de la luz que anunciemos a través de nuestra vida, de nuestras obras al que es la verdadera Luz del mundo. Como Juan hemos de ser unos testigos que señalemos a Cristo, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, para que todos vengan a su encuentro. 

Como Juan hemos de ser testigos del evangelio, comprometidos en la tarea inmensa de la nueva evangelización, de ese nuevo anuncio del Evangelio para nuestro mundo que consciente o inconscientemente ha dado la espalda al Evangelio de Jesús. Nuestra vida ha de hacer creíble el evangelio para el mundo que nos rodea; nuestro testimonio tiene que ser claro y luminoso para que como Juan ayudemos a preparar un pueblo bien dispuesto; la santidad de nuestra vida tiene que convertirse en un anuncio de Jesús.

‘He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo’, tenemos que seguir nosotros anunciando. 

viernes, 15 de junio de 2012


Una pequeña semilla sembrada que germina, crecer y da frutos

Retomamos los domingos del tiempo Ordinario, porque después de Pentecostés hemos celebrado el domingo de la Santísima Trinidad y el Corpus Christi, aunque el próximo tendremos la solemnidad de san Juan Bautista.
Vivimos en un mundo de eficacia al momento, en el que queremos de forma inmediata la solución de los problemas o el cumplimiento de nuestros deseos, y un poco nos vamos habituando a la espectacularidad de los avances de la ciencia, la rapidez de los acontecimientos o la instantaneidad de las comunicaciones con los medios modernos y los avances de la ciencia. Hemos hecho un mundo de prisas y en el fondo de carreras. 
Pudiera parecernos como un contrasentido, o nos puede resultar extraño, el mensaje que en este domingo recibimos. Nos habla de cosas pequeñas, de cosas que pudieran parecernos insignificantes y de una cierta como lentitud y humildad en lo que sucede. Nos habla de una pequeña semilla, tan pequeña como el grano de mostaza, o de cualquier otra semilla que se oculta en la tierra y a la que hay que dar tiempo para que pueda dar fruto; nos habla de una pequeña ramita cogida de un alto cedro pero que aparentemente parece que se seca y muere. Aunque todas esas pequeñas cosas darán pie luego a algo importante.
Y Jesús en el evangelio nos dice que así es el Reino de Dios, pequeño e insignificante a los ojos del mundo, pero de una fuerza de vida capaz de transformar los corazones y cambiar nuestra vida y también, ¿por qué no?, transformar nuestro mundo.
La transformación que la gracia de Dios realiza en nosotros y en nuestro mundo no es fruto de una revolución violenta e instantánea. Es cierto que el Señor nos pide una transformación radical de nuestra vida pero la gracia actúa en nosotros moviendo nuestro corazón y ayudándonos a dar esos pasos de transformación de nuestra vida, siguiendo el ritmo de Dios que respeta también nuestro ritmo personal. Será así, en ese camino de Dios, camino muchas veces humilde, callado y sencillo, donde vayamos realizando también esa transformación de nuestro mundo desde los valores del evangelio.
Habla de la semilla sembrada y que germina y va creciendo poco a poco, a su paso, para llegar finalmente a dar sus frutos. Así la gracia de Dios va llegando a nuestra vida por distintos caminos, desde pequeñas cosas quizá, en la Palabra que escuchamos, en la oración que hacemos al Señor, en algo que nos hace reflexionar desde una palabra buena que nos dicen, en los acontecimientos que nos van hablando y van siendo en nuestra vida señales de Dios que nos llama y nos va manifestando su amor. Y a ello vamos dando respuesta en el día a día de nuestro caminar con nuestra fe, con nuestras obras de amor, con nuestro compromiso apostólico y social, con ese crecimiento espiritual que hemos de ir realizando. 
La acción de Dios en nuestra vida y en nuestro mundo muchas veces es una acción callada, que se realiza en el silencio, pero ahí está ese actuar de Dios. Pero también está la responsabilidad de nuestra respuesta a esa gracia que el Señor nos da. Pero está también en que nosotros hemos de ser signos, señales para el mundo que nos rodea, tenemos que ser semillas que se vayan sembrando en nuestro mundo para ir haciendo esa transformación desde el sentido del Evangelio. 
Ya nos gustaría lograr de una vez esa transformación de nuestra sociedad, porque realmente tenemos en nosotros una luz, una fuerza, una vida que puede hacer que nuestro mundo sea mejor. Nos duele la lentitud en muchas ocasiones de la respuesta. De ahí la responsabilidad que tenemos. Pero hemos de tener la constancia necesaria para seguir haciendo ese anuncio, sembrar esa semilla con nuestra palabra y con nuestra vida; hemos de saber tener la paciencia y la esperanza de que esa transformación se pueda ir realizando. No es tarea que hacemos solos, sino que es acción de la gracia de Dios.
Podríamos recordar lo que se nos dice en otro lugar del evangelio con otras parábolas cuando se nos habla de la levadura en la masa. El evangelio es levadura para nuestro mundo, es levadura que tiene que transformar nuestro mundo. Y la levadura se diluye en medio de la masa de manera que incluso no se ve. Nosotros también tenemos una palabra que decir para bien de nuestra sociedad, aunque algunos no nos quieran escuchar. Pero eso no nos ha de hacer callar, ni mucho menos. 
Ahí tenemos que estar como ese pequeño grano, esa pequeña semilla que se siembra y que ha de ir dando fruto. Tengamos esperanza, tengamos confianza en la fuerza de la gracia de Dios. El Señor es el primer empeñado en que la luz del evangelio ilumine nuestro mundo y El nos dará su gracia, estará con nosotros. Somos sus manos y sus pies que hemos de ir repartiendo ese amor que transformará nuestro mundo. 
Bueno es que sepamos reconocer también la obra que calladamente hacen tantos cristianos, que está realizando la Iglesia. Y aunque nos parezca que no, o algunos no lo quieren reconocer, aunque sea una obra que no haga ruido sino en silencio, ahí está la obra de la Iglesia, como esa planta que ha crecido hasta hacerse grande como para que las aves del cielo vengan a ella a cobijarse y a poner sus nidos, como nos dice la parábola. 
Pensemos en estos momentos difíciles cuánta esperanza se siembra en nuestro a través de esa obra humanitaria y de justicia de dar de comer al hambriento como se realiza de tantas maneras a través de nuestras Cáritas parroquiales y de tantas personas que con generosidad se dan, comparten sus bienes, dedican su tiempo, se sacrifican por ayudar a los demás. 
Por mi mente está pasando el listado de tantas personas que conozco con sus nombres y que en muchos sitios, en muchas parroquias, en muchas Cáritas, en muchas instituciones están trabajando con ilusión, con ganas, con gran esfuerzo, con esperanza para hacer el bien. Es esa labor callada y silenciosa desde los pequeños detalles, como nos dice hoy el evangelio, que están haciendo presente el evangelio en nuestro mundo y que son semilla de su transformación. No serán cosas espectaculares como quizá nos gustaría, pero es la pequeña y fructuosa semilla que a su tiempo dará su fruto. El que haya personas así ya es fruto de esa semilla plantada. Son semillas de evangelio vivo.
Que seamos capaces de comprender y valorar esas cosas pequeñas que con la gracia de Dios no solo transforman nuestros corazones sino que van también transformando nuestro mundo. No perdamos la esperanza. Vivamos nuestro compromiso por el Reino de Dios.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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