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Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 1 de noviembre de 2014

CONMEMORACION DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS

Oramos por los difuntos con la esperanza de que su morir ha sido pasar a sentir y a vivir el amor y la ternura de Dios para siempre

Lam. 3,17 - 26; Sal. 129; Rm. 6, 3-9; Jn. 14, 1-6
Ayer celebrábamos la fiesta de todos los Santos, de todos aquellos que gozan ya para siempre de la visión de Dios cantando eternamente las alabanzas del Señor; celebrábamos a aquellos que por su vida santa y de fidelidad son para nosotros ejemplo y estímulo en nuestro peregrinar por este mundo con la esperanza puesta en el cielo y que nos confiábamos a si intercesión para que alcanzáramos de Dios esa gracia que nos haga pregustar ya aquí en la tierra ese amor gratuito de Dios sintiéndonos así impulsados a vivir en santidad, en fidelidad.
Hoy la liturgia de la Iglesia nos invita a hacer esta conmemoración de todos los que han muerto en la esperanza de la resurrección, de todos los que han muerto en la misericordia del Señor pidiendo que sean admitidos  por esa benevolencia y misericordia divina a contemplar la luz del rostro de Dios.
Siempre la oración de la Iglesia por los difuntos está marcada por la esperanza, nunca desde un dolor lleno de amargura y desesperación, porque por encima de todo confiamos en la misericordia del Señor. Creo que esto tenemos que subrayarlo mucho, porque aun en personas muy religiosas nos encontramos muchas veces amargura y desesperación a la hora de la muerte de los seres queridos, como si en verdad no se tuviera esperanza, como si no pusiéramos toda nuestra confianza en las palabras de Jesús. Y esa amargura que sentimos en el dolor de la muerte de los seres queridos, se convierte en miedo y desesperación muchas veces ante lo que puede significar nuestra propia muerte.
En la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en el texto de las Lamentaciones se nos comenzaba describiendo esa zozobra que se pasa en el alma en el dolor y sufrimiento y ante la muerte, aunque el profeta quería describir la situación por la que había pasado el pueblo de Israel al verse destruido y llevado al exilio. Hoy escuchamos este texto como una luz desde la Palabra de Dios ante la situación de dolor y sufrimiento, como decíamos, ante la muerte. ‘Me han arrancado la paz… se me acabaron las fuerzas… fíjate en mi pesar, en la amarga hiel que me envenena… me invade el abatimiento…’
Pero todo no se queda ahí, porque a pesar del dolor fuerte por el que se está pasando hay una esperanza que dulcifica ese dolor y nos da un sentido nuevo a nuestro vivir y morir. ‘Pero, apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza. La misericordia de Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión…’ El amor, la ternura de Dios, la compasión y la misericordia no se acaban. Es lo que nos da sentido y nos da fuerza. Hemos de saber experimentar que Dios nos ama y es tierno como una madre.
Amor y ternura de Dios que hemos de saber saborear ahora mientras caminamos en esta vida peregrinos en el mundo, pero amor y ternura de Dios que podemos experimentar y saborear para siempre después de la muerte en la vida eterna. Alguien ha dicho que morir es pasar a sentir y a vivir para siempre el amor y la ternura de Dios. Siendo esto así, ¿caben amarguras y desesperanzas ante la muerte? ¿caben miedos y temores ante el hecho de la misma muerte que un día nos ha de llegar? Vamos a disfrutar de ese amor y ternura de Dios para siempre.
¿No hemos escuchado en el evangelio las palabras de Jesús que nos hablaba de que iba a prepararnos sitio? ‘No perdáis la calma: creed en Dios y creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, y me voy a prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros’. Por eso ponemos toda nuestra fe en El y nuestro corazón se llena de esperanza. Quiere el Señor que donde esté El, estemos también nosotros. Y como nos iba diciendo en el Evangelio El se volvía al Padre; así nos quiere llevar con El, que estemos con El, que estemos entonces gozando de la visión de Dios. ¿Y qué es disfrutar de la visión de Dios sino sentirnos inundados de su luz, de su amor, de su ternura para siempre? ¿Qué más podemos pedir?
Recordemos también lo que nos decía ayer la carta de san Juan cuando nos hablaba de la gracia de ser y sentirnos hijos de Dios. ‘Ahora somos hijos de Dios y aun no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando El se manifieste, seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Cuando se nos descorra ese velo en la hora de nuestra muerte nos haremos en su ternura y amor semejantes a El, porque le veremos tal cual es, porque podremos disfrutar para siempre de esa visión de Dios.
Todo esto que estamos reflexionando llena de sentido nuestra vida, no solo de cada a ese momento de la muerte, aunque ya es muy importante que descubramos esa trascendencia de nuestra vida y lo que nos espera detrás del umbral de la muerte, sino también para vivir el momento presente de nuestra vida. Quien tiene esta fe en el Señor no puede vivir de cualquier manera; un sentido nuevo tiene su vivir, el camino que ahora vamos haciendo. No es solo ya que no miremos la muerte como un destino final detrás del cual no hay nada, sino que hemos de aprender a vivir este camino desde lo que Jesús nos revela para saborear y disfrutar del amor de Dios ahora en el momento presente y luego en plenitud de eternidad  unidos a Dios para siempre.
‘A donde yo voy, ya sabéis el camino’, les dice Jesús. Pero ya vemos que por allá sale uno de los discípulos replicándole: ‘Señor, no sabemos adonde va, ¿cómo podemos saber el camino?’ Pueden ser las dudas que también permanezcan en nuestro interior cuando nos escuchamos con toda atención las palabras de Jesús.  Pueden ser las dudas de tantos que no terminan de empaparse del evangelio y que no han descubierto todavía toda la verdad de Jesús.
Ya vemos cómo responde Jesús. ‘Yo soy el Camino, y la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mí’. Qué importante que descubramos esto. Es Jesús nuestro camino, nuestra verdad, nuestra vida. Lo es todo para nosotros. Cuanto nos cuesta descubrirle y seguirle; cuánto nos cuesta hacerle el sentido y la razón de nuestra vida; cuanto nos cuesta vivirle. Serán las tentaciones; serán nuestras debilidades; será el mundo de increencia que nos rodea y que nos contagia; será la falta de esperanza. Conozcamos a Jesús, amemos a Jesús, vivamos a Jesús.
Ayer decíamos que contemplábamos a los santos que son para nosotros estímulo y ejemplo. Fijémonos cuánto amaban a Jesús y la fidelidad con que vivían su vida. Por eso lo contemplábamos ya disfrutando de esa visión de Dios, viviendo ese amor y esa ternura de Dios cantando su alabanza por toda la eternidad. Es lo que tenemos que aprender a hacer ahora aquí mientras caminamos. Es a lo que nos impulsa la esperanza que nace en nuestro corazón desde toda la verdad que Jesús nos trasmite sobre el sentido de la vida y de la muerte.
Hoy nos estamos haciendo estas consideraciones en esta conmemoración que hacemos de todos los difuntos,  y por supuesto, recordamos de manera especial a nuestros difuntos, a nuestros seres queridos que murieron en el Señor, en la esperanza de la vida eterna. Esperamos y deseamos que vivan ya para siempre en ese amor y esa ternura de Dios, como decíamos antes.
Pero hoy nosotros tenemos que convertirnos en Iglesia suplicante, en Iglesia que intercede por sus difuntos ante Dios para que alcancen esa misericordia del Señor encontrando la paz, la luz, la vida de Dios para siempre. Es lo que ha de significar para el cristiano esta conmemoración de los difuntos que hacemos en este día. No son solo recuerdos que tengamos de ellos; es bueno recordarlos, sí, y recordar y dar gracias a Dios por todo lo bueno que con ellos vivimos y de ellos aprendimos.

Pero sabemos que somos pecadores y necesitamos de la misericordia de Dios, por eso no es solo un recuerdo, un regalo de unas flores que pongamos en su memoria, sino la oración que por ellos hacemos. Nunca, como decíamos al principio, desde la amargura y desesperanza, sino siempre desde nuestra fe y la esperanza que hemos puesto en el Señor. ‘Apenas me acuerdo de ti, me lleno de esperanza’, que decía el autor de las lamentaciones. Porque ‘La misericordia de Señor nunca termina y nunca se acaba su compasión…’ Con esa esperanza elevamos nuestra oración al Señor por todos nuestros difuntos.

viernes, 31 de octubre de 2014

Reunidos con toda la Iglesia veneramos la memoria de todos los santos y cantamos la alabanza del Señor

Reunidos con toda la Iglesia veneramos la memoria de todos los santos y cantamos la alabanza del Señor

Apoc. 7, 2-4.9-14; Sal. 23; Mt. 5, 1-12
‘Reunidos en comunión con toda la Iglesia veneramos la memoria, ante todo, de la gloriosa siempre Virgen María, madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor; la de su esposo san José; la de los santos apóstoles y mártires… y la de todos los santos; por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección’.
Es la conmemoración que se hace en la primera plegaria eucarística - de manera semejante en el resto de plegarias eucarísticas - cada vez que la Iglesia se reúne para celebrar la Eucaristía. ‘Reunidos en comunión con toda la Iglesia…’ decimos. Así tenemos que sentirnos siempre. Hoy en esta Solemnidad la Iglesia lo hace de manera especial cuando queremos celebrar a todos los santos; a ellos queremos sentirnos unidos en comunión con toda la Iglesia, la Iglesia que aún peregrina en este mundo, con la Iglesia triunfante y gloriosa con la que deseamos un día poder merecer ‘compartir la vida eterna y cantar las alabanzas del Señor’, como expresamos también en otra de las plegarias.
Y cuando celebramos a todos los santos como hoy lo hacemos, lo mismo que cuando hacemos memoria y celebramos ya en particular a cada uno a lo largo del año litúrgico, queremos contar con su ejemplo y con su intercesión. ‘Por sus méritos y oraciones concédenos en todo tu protección’, pedimos.
Una fiesta muy hermosa la que hoy celebramos que nos llena de alegría, de optimismo y de esperanza a los cristianos que aun caminamos en este valle de lágrimas. De la alegría, porque celebramos el triunfo y la gloria de esa multitud innumerable de personas que ya gozan de Dios y, al mismo tiempo, desde Dios siguen en contacto con nosotros como intercesores y como estímulo de vida, como hemos expresado. Ellos son el mejor fruto de la Pascua de Cristo, y quieren vernos a nosotros también asociados a su triunfo.
Del optimismo, porque nosotros lo mismo que ellos, siendo fieles al Espíritu Santo y haciendo el mismo camino del Evangelio, podemos llegar a la meta, a nuestra plenitud en Dios y gozar eternamente de su gloria y de su paz.
De esperanza, porque ellos fueron hombres y mujeres como nosotros que, viviendo su vida ordinaria al ritmo de la voluntad de Dios, en circunstancias a veces mucho tan difíciles o más que las nuestras, pudieron alcanzar la misma santidad a la que todos estamos llamados.
Nos alegramos, pues, en esta fiesta, pero su celebración es un estímulo grande para nuestra vida. Nos ha de hacer reflexionar mucho la contemplación de esa multitud innumerable que canta la gloria del Señor, como nos describe el libro del Apocalipsis. Nos recuerda que nosotros hemos de formar parte de ese cortejo del Cordero porque somos también los redimidos del Señor. Es nuestra grandeza y nuestra gloria porque con la sangre del Cordero hemos sido redimidos y rescatados, hemos sido purificados - hemos lavado y blanqueado nuestras vestiduras, nuestra vida, en la sangre del Cordero - y nos hemos convertido en hijos.
Grande es nuestra dignidad y nuestra gloria por pura gracia, por la gran benevolencia del Señor que ha sido el que nos ha llamado hijos cuando por la fuerza del Espíritu divino desde nuestro Bautismo hemos participado de la vida divina y comenzado a ser hijos de Dios. Y estamos llamados a que un día podamos verle cara a cara porque ‘seremos semejantes a El y lo veremos tal cual es’. ¿No es esto motivo para la alegría, para el optimismo y para la esperanza?
Contemplar hoy la gloria de todos los santos, además de llenarnos de esperanza en ese deseo de un día participar también de su gloria, nos hace sentirnos impulsados con su ejemplo a vivir nosotros esa santidad en nuestra vida. ‘Todo el que tiene esperanza en El se purifica a si mismo, como El es puro’, nos decía la carta de san Juan. Queremos ser santos, queremos purificarnos, queremos emprender ese camino de la santidad desde ese ejemplo y modelo que son para nosotros todos los santos que hoy celebramos. Sabemos que podemos ser santos porque otros hermanos nuestros, con nuestras mismas debilidades y flaquezas, lograron hacer ese camino de santidad.
¿Qué es lo que ellos hicieron? Seguir un camino de fidelidad. Empaparse del espíritu del Evangelio de Jesús para así vivir la vida de Jesús y merecer la bienaventuranza, como hoy escuchamos en el evangelio. Vivieron la gratuidad del amor de Dios en sus vidas y sus vidas se vieron transformadas por la fuerza del amor haciendo realidad el Reino de Dios en sus vidas y más presente en consecuencia en el mundo que les rodeaba.
El profeta había anunciado que los pobres, los hambrientos, los que estaban llenos de sufrimientos, los oprimidos eran los destinatarios de la salvación. Recordemos lo anunciado en la sinagoga de Nazaret. Serán ellos los que van a experimentar en sus vidas mejor que nadie lo que es esa gratuidad del amor de Dios. ‘De ellos es el Reino de los cielos, escuchamos hoy en las bienaventuranzas, ellos serán consolados, quedarán saciados, alcanzarán misericordia, verán a Dios, se llamarán hijos de Dios’. Por eso, nos dirá Jesús que serán ‘dichosos los pobres, y los que sufren, y los hambrientos, y los que tienen un corazón limpio de maldades pero lleno de misericordia, los que trabajan por la justicia y por la paz, aunque no sean comprendidos o sean despreciados o perseguidos’.
Ese ha de ser nuestro camino. No nos sirven las autosuficiencias o el creernos ya poseedores de todo porque con ello creemos que seríamos felices. No nos vale encerrarnos en nosotros mismos o  en nuestras cosas olvidándonos o prescindiendo de los demás. La salvación no la alcanzamos por nosotros mismos por muchas cosas que tengamos o creamos saber. Desde la gratuidad del amor de Dios hemos de aprender a actuar de la misma manera para vaciarnos de nuestro yo siendo capaces de olvidarnos de nosotros mismos para dar cabida en nuestro corazón a los demás, sintiendo en nosotros el dolor de los que sufren, el hambre de los hambrientos, los deseos de paz y de justicia de todos los hombres de buena voluntad.
El que está lleno de si mismo y de aquello que piensa que son sus riquezas, no tendrá lugar en su corazón para dar cabida a los demás. El que no ha sabido experimentar en su vida lo que es la misericordia y el amor de Dios no sabrá lo que es tener misericordia con los otros para amarlos con un amor generoso. El que no ha sabido poner a Dios en el centro de su corazón no tendrá ojos para mirar con una mirada distinta de amor a los que le rodean, como el que no sabe abrir su corazón desinteresada y generosamente a los demás tampoco será capaz de abrirlo a Dios, para que sea en verdad el único Señor de su vida y viva en consecuencia el Reino de Dios.
Cuando emprendemos ese camino sentiremos en el corazón la dicha y la felicidad más grande, aunque nos cueste arrancarnos de nosotros mismos y tengamos que llorar quizá lágrimas amargas en el corazón al hacer nuestro el sufrimiento de los demás, pero que se convertirán al final en lágrimas de amor, de dicha y de felicidad.
Y todo eso, nos dice el Señor, que un día lo podremos vivir en plenitud en la gloria del cielo. Hoy lo contemplamos en todos los santos que estamos celebrando y que nos sirven de estímulo y ejemplo. Hoy les pedimos a todos los santos que sean intercesores nuestros para alcanzarnos del Señor esa gracia que nos haga gustar ese amor gratuito de Dios y nos llene de la fuerza de su Espíritu para vivir con toda intensidad la Buena Nueva del Evangelio de Jesús.

Hacemos ahora el camino de la Iglesia peregrina, alimentados con la gracia y la presencia del Señor que se nos da y nos llena de vida en la mesa de los Sacramentos con la esperanza de que un día podamos participar con todos los ángeles y los santos en la mesa del banquete del Reino de los cielos, enjugadas ya las lágrimas de nuestros ojos en la contemplación de la gloria de Dios, cantando eternamente las alabanzas del Señor.

viernes, 24 de octubre de 2014

El amor de Dios nos llena de humanidad con unas actitudes nuevas y una mirada distinta a los que caminan junto a nosotros en la vida

El amor de Dios nos llena de humanidad con unas actitudes nuevas y una mirada distinta a los que caminan junto a nosotros en la vida

Ex. 22,21-27; 1Ts. 1, 5-10; Mt. 22, 34-40
Se suceden los distintos grupos entre los judíos para hacerle preguntas a Jesús; los fariseos, los herodianos, los saduceos unos tras otros no sabiendo como coger a Jesús en sus palabras para poder acusarlo vienen con preguntas capciosas y llenas de trampa, aunque aparentemente ingenuas y archisabidas. Hoy vienen poco menos que a examinar a Jesús a ver si se sabe los mandamientos, porque lo que le preguntan era algo que todo judío conocía muy bien y repetía muchas veces al día como una oración. Con esas palabras del Deuteronomio y del Levítico les responde Jesús.
Pero creo que a nosotros nos viene bien porque nos ayudará a que reflexionemos y sepamos encontrar lo que verdaderamente es fundamental, pero no solo como palabras aprendidas de memoria, sino encontrando la forma de plasmarlo plenamente en nuestra vida. La pregunta hoy de los fariseos por el mandamiento principal y con la respuesta de Jesús del amor a Dios sobre todas las cosas y el amor al prójimo como a nosotros mismos nos hace centrarnos de verdad en lo que viene a significar ese amor a Dios y en lo que se ha de traducir en nuestra vida cristiana.
Ser cristiano es vivir el amor que Dios nos ha regalado en la vida, las actitudes y valores, el camino nuevo que Jesús ha recorrido. Partimos de ahí, de ese amor que Dios nos ha regalado y con el que nosotros hemos de amar también. Y es que me atrevería a decir que el amor de Dios nos llena de humanidad. El amor de Dios,  y es el amor que El nos tiene y el amor con que nosotros hemos de responder, nos tiene que hacer más humanos, porque va a mejorar nuestra manera de vivir, nuestras actitudes, nuestra relación con los demás.  Cómo ha de ser ese amor en lo que podríamos llamar su doble dimensión, pero que podríamos decir que es única, lo aprendemos de Jesús.
Sería un error pensar que el amor de Dios nos espiritualiza tanto que nos hace olvidar a los demás. De ninguna manera podemos pensar eso, cuando además al preguntarle a Jesús por el primer mandamiento responde hablándonos del amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el ser, y a continuación sigue diciéndonos que el segundo es semejante y el segundo es amar al prójimo como a uno mismo. No se puede separar uno del otro porque no podría haber amor verdadero a Dios.
El amor que Jesús nos está enseñando, podríamos decir, que entraña una experiencia nueva. Alguien ha escrito que ‘Amar tiene que ver con poner la vida al lado de Jesús, centrarla en él para ser, vivir y pensar la vida, en los demás y las cosas como él las ve y las piensa. Amar es sentir el amor de Dios y el amor por los hombres, viviendo en continuo agradecimiento por la vida, por lo bueno, lo grande y bello que nos rodea; es ponernos al lado del defensor de la vida y la dignidad de sus hijos (nuestros hermanos); es tener y optar por una actitud, aprendida de Jesús, de sensibilidad por el dolor y sufrimiento que causamos, una actitud de ponernos al servicio de la humanización de nuestro entorno; es regirnos por mirar lo que es más humano y no por las ganancias; es aparcar nuestras actitudes intolerantes ante los demás’.
El amor que recibimos de Dios se hace amor a los demás. El amor de Dios mismo, sus mismos sentimientos se reflejan en nosotros. Como fue la vida de Jesús. Por eso nos ponemos a su lado para aprender a amar con un amor como el suyo, para aprender a amar con su mismo amor. Manifiesta su misericordia y su compasión, por eso acoge a los débiles, a los pecadores, está al lado de los que sufren, hace suyo el sufrimiento de los demás. Lo fue toda su vida; lo vemos de una forma sublime en la cruz, donde está cargando con todos nuestros sufrimientos y dolores, con todas nuestras angustias y vacíos. Y eso lo hace el amor. Por eso decíamos antes que es como una única dimensión.
Y esto es muy serio y muy comprometido, porque no son sentimientos pasajeros, compasión de un día. Es envolver toda nuestra vida en ese amor de Dios que se va a traducir, como ya hemos dicho, en un sentido de vida distinto, en unas actitudes profundas que nos van a llenar de una inquietud desde lo más hondo de nosotros de manera que ya no podemos ser insensibles ante lo que le pase a los demás. Vamos a sufrir en nuestra carne lo que son los sufrimientos de aquellos a los que amamos, los sufrimientos de todos nuestros hermanos. Decimos ponernos en su lugar, pero con un amor como el de Jesús todavía es mucho más. No pasaba Jesús al lado de los que sufrían simplemente diciendo palabras bonitas, sino que su presencia daba vida, llenaba de vida, transformaba la vida de cuantos se acercaban a El. Para eso terminó dando su vida.
Y ahora todo eso lo tenemos que ir manifestando en el día a día de nuestra vida, allí donde estamos, con las personas con las que convivimos todos los días pero también con todos aquellos con los que nos vamos encontrando en los caminos de la vida. Muchas veces tenemos el peligro de ir caminando con zombis que no vemos, no oímos, no nos queremos enterar de lo que pasa a nuestro lado, lo que está pasando quizá delante de los ojos.
Caminamos insensibles, quizá absortos en nuestros pensamientos, y ahí a nuestro lado en la acera de la calle hay alguien que sufre y no somos capaces de mirarle a los ojos, quizá para que no nos haga daño su mirada, para que no despierte nuestra sensibilidad. Esa no era la manera de caminar de Jesús porque fue capaz de darse cuenta de aquel inválido que estaba allá en un rincón sin que nadie hiciera por él, o por el ciego que estaba a la vera del camino o en la calle de Jerusalén pidiendo limosna.
Así tendría que dolernos en el alma esa familia que está ahí cercana a nuestra casa y lo está pasando mal y quizá no puede alimentar debidamente a sus niños; o dolernos aquel enfermo o aquel anciano que está solo y que nadie escucha; o ese inmigrante que con un cartelito está tratando de llamar nuestra atención y nosotros quizá queremos pasar de largo, tratando de justificarnos con nuestras sospechas y desconfianzas. Tenemos que confesar que muchas veces nos hacemos insensibles y no queremos complicarnos la vida, pero decimos que amamos a Dios sobre todas las cosas. ¿Es de verdad que lo amamos y podemos tener actitudes o posturas así?
Amamos a Dios y tenemos que amarlo de verdad sobre todas las cosas, pero ese amor nos humaniza, nos tiene que hacer surgir actitudes nuevas hacia los demás, nos hace tener una mirada distinta, nos hace caminar de una manera solidaria sintiendo como propio lo de los demás. Algunas veces nos cuesta; quizá querríamos en ocasiones refugiarnos en un mero cumplimiento; pero nos damos cuenta de que cuando amamos a Dios aprendemos a amar con el amor de Dios, nos hemos puesto al lado de Jesús y estamos queriendo amar con su mismo amor.
El Espíritu de Dios que es espíritu de amor está con nosotros, se ha derramado en nuestros corazones. Dejémonos conducir por El.


sábado, 18 de octubre de 2014

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Tes. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21
Quizá podríamos comenzar nuestra reflexión en torno a la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado con el lema de esta Jornada del Domund que estamos celebrando: ‘Renace la alegría’. Es una invitación, como lo es esta jornada misionera, a compartir la alegría del evangelio, la alegría de nuestra fe con todos.
No podemos perder esa alegría porque eso podría significar que se está debilitando nuestra fe. ¿De dónde arranca esa alegría? ¿Es que puede haber algo más hermoso y que pueda hacer nacer mejor alegría en nuestro corazón que sentirnos hijos de Dios, sentirnos amados de Dios? De ahí tenemos que partir. Ese es el gran anuncio del Evangelio; esa es la gran Buena Noticia de nuestra vida que tiene que llenarnos de la alegría más grande que nadie nos puede quitar y que nos obligará a anunciarla a los demás.
Nos lo recuerda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en las distintas lecturas. San Pablo, por ejemplo, habla de la fe, del entusiasmo de la fe que viven los tesalonicenses a los que dirige su carta; una fe que se manifiesta en el amor que se tienen y en la esperanza que los mantiene firmes a pesar de las dificultades o problemas que pueden ir apareciendo en la vida. Se sienten amados y elegidos de Dios y eso hace que su vida sea distinta.
Pero ya en la primera lectura se nos hace una proclamación muy clara de lo que es nuestra fe. Como verdaderos creyentes reconocemos un solo Dios y Señor de nuestra vida y como venido de su mano y de su amor cuanto nos sucede. Son manifestaciones de ese amor de Dios que reconocemos con nuestra fe. El profeta está haciendo una lectura de su historia, de la historia del pueblo de Israel. El texto del profeta Isaías que escuchamos es un texto de después del exilio de Babilonia. Y están viendo en la actuación de Ciro que ha dado la libertad a su pueblo un actuar de Dios.
Ciro es un rey pagano que no conoce a Dios y sin embargo se le llama el Ungido; es el elegido y llamado por Dios, aunque no lo conozca, para dar la libertad al pueblo de Dios. ‘Te llamé por tu nombre, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay otro Dios. Te pongo la insignia, aunque no me conozcas, para que sepan que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro’.
Ahí tenemos una proclamación de fe en el Señor en quien tenemos que reconocer como nuestro único Dios. Es el Dios que nos ha elegido y nos ha amado con amor eterno, desde toda la eternidad, a pesar de que en nuestra indignidad muchas veces no lo conozcamos o no lo reconozcamos. En ese amor eterno de Dios nos ha enviado a Jesús, su Hijo, para manifestarnos ese amor, para obtener para nosotros la redención y el perdón de nuestros pecados, para regalarnos su Espíritu de amor que nos hace hijos, nos convierte en hijos amados de Dios. Pero podríamos decir que el texto viene a ser una invitación para que lo reconozcamos, reconozcamos su amor y así se llene de alegría nuestro corazón.
 El evangelio también viene a ser en el fondo una invitación a reafirmar nuestra fe. Vienen hasta Jesús a ponerlo a prueba, a comprometerlo con una pregunta. Por allí andan los fariseos que se valen de unos herodianos, que no eran partidarios de pagar los tributos al dominador romano. Vienen con preguntas donde no se están manifestando con toda sinceridad, porque aunque alaban la veracidad de Jesús - ‘sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie ni te fijes en la apariencias’, bonitas palabras que ocultan la trampa que quieren tender - le preguntan si es o no lícito pagar el impuesto del César.
Si ellos vienen con sagacidad Jesús conoce mejor que nadie los corazones de los hombres y saben que quieren tenderle un trampa; de ahí la respuesta de Jesús utilizando la efigie reflejada en la moneda. ¿Es la imagen del César? Luego aquella moneda pertenecerá al César. Por eso les responde: ‘Pues pagadle al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios’.
Por encima de las trampas que quieren tenderle Jesús nos está diciendo en qué lugar tenemos que poner a Dios en nuestra vida. El es nuestro único Señor y siempre ha de estar por encima de todo y en el centro de todo. Cuando le preguntaban una y otra vez también con las mismas torcidas intenciones cuál era el mandamiento principal, Jesús siempre les responderá con el texto del Deuteronomio ‘el Señor, tu Dios, es el único Señor; a El amará con todo tu ser, con toda tu mente, con todo corazón’; como decimos en los mandamientos ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’.
Brevemente recordar aquí que en el fondo, como consecuencia, nos estará diciendo Jesús que nuestras obligaciones y nuestro compromiso con el mundo en que vivimos, con la sociedad en la que hacemos nuestra vida no lo podemos descuidar, sino todo lo contrario también desde nuestra fe hemos de sentir ese compromiso por contribuir a hacer que nuestro mundo sea mejor; un compromiso que está en la colaboración que también con los impuestos realizamos, pero que además tendríamos que ver hasta donde más tendría que llegar ese compromiso para con nuestra participación activa trabajar en bien de nuestra sociedad. No nos podemos desentender así porque si del mundo en que vivimos. También desde nuestra fe nos tenemos que sentir obligados y comprometidos a participar. Por ahí tendríamos que traducir también lo de ‘dad al Cesar lo que es del Cesar’.
Pero conectemos con el pensamiento con que iniciamos nuestra reflexión, la alegría de nuestra fe. Es la alegría llena de esperanza con que hemos de vivir todo esto que venimos reflexionando, porque no se nos puede quedar en una teoría, por así decirlo, que tengamos en la cabeza. Este pensamiento del amor de Dios tiene que llegarnos al corazón. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría’, nos decía el Papa en la encíclica del gozo del evangelio y nos vuelve a recordar ahora en el mensaje para esta Jornada del Domund. 
Tenemos que hacer renacer esa alegría en nosotros si se ha mermado o acaso la hemos perdido. No tiene sentido un cristiano que no viva con alegría; la fe que lleva en su corazón y que impregna toda su vida le tiene que hacer explosionar de alegría, que tiene que manifestarse de muchas maneras en su vida. Primero ya no caben esas caras de circunstancias donde vamos por la vida con rostros serios y adustos. Esa fe que llevamos en el corazón nos da paz, y esa paz se tiene que expresar en nuestros rostros, en nuestra sonrisa, en ese entusiasmo con que vivimos nuestra fe y toda nuestra vida. No cabe que sea de otra manera.
Este año se nos ha propuesto como lema para esta jornada misionera del Domund, porque es esa alegría de la fe la que queremos llevar a los demás, la que queremos compartir con todos, la que queremos anunciar a los que no tienen fe, la que se ha de convertir en evangelio, en Buena Nueva de salvación que trasmitamos a los demás. Como nos dice el Papa Francisco, ‘¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!
Así nos decía en su mensaje: El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 2). Por lo tanto, la humanidad tiene una gran necesidad de alcanzar la salvación que nos ha traído Cristo. Los discípulos son aquellos que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización’.

No lo olvidemos, somos misioneros, tenemos que ser misioneros de la alegría de nuestra fe. Pensamos en lugares lejanos, el tercer mundo, pero pensamos también esos lugares cercanos a nosotros donde se ha perdido la alegría de la fe. El mundo nos necesita, necesita el mensaje del Evangelio. Y no olvidemos que hemos de empezar por los que están a nuestro lado para compartir con ellos también esa alegría que llevamos en el corazón.

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Porque nos sentimos amados de Dios no podemos perder la alegría de la fe que además hemos de compartir con los demás

Is. 45, 1.4-6; Sal. 95; 1Tes. 1, 1-5; Mt. 22, 15-21
Quizá podríamos comenzar nuestra reflexión en torno a la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado con el lema de esta Jornada del Domund que estamos celebrando: ‘Renace la alegría’. Es una invitación, como lo es esta jornada misionera, a compartir la alegría del evangelio, la alegría de nuestra fe con todos.
No podemos perder esa alegría porque eso podría significar que se está debilitando nuestra fe. ¿De dónde arranca esa alegría? ¿Es que puede haber algo más hermoso y que pueda hacer nacer mejor alegría en nuestro corazón que sentirnos hijos de Dios, sentirnos amados de Dios? De ahí tenemos que partir. Ese es el gran anuncio del Evangelio; esa es la gran Buena Noticia de nuestra vida que tiene que llenarnos de la alegría más grande que nadie nos puede quitar y que nos obligará a anunciarla a los demás.
Nos lo recuerda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado en las distintas lecturas. San Pablo, por ejemplo, habla de la fe, del entusiasmo de la fe que viven los tesalonicenses a los que dirige su carta; una fe que se manifiesta en el amor que se tienen y en la esperanza que los mantiene firmes a pesar de las dificultades o problemas que pueden ir apareciendo en la vida. Se sienten amados y elegidos de Dios y eso hace que su vida sea distinta.
Pero ya en la primera lectura se nos hace una proclamación muy clara de lo que es nuestra fe. Como verdaderos creyentes reconocemos un solo Dios y Señor de nuestra vida y como venido de su mano y de su amor cuanto nos sucede. Son manifestaciones de ese amor de Dios que reconocemos con nuestra fe. El profeta está haciendo una lectura de su historia, de la historia del pueblo de Israel. El texto del profeta Isaías que escuchamos es un texto de después del exilio de Babilonia. Y están viendo en la actuación de Ciro que ha dado la libertad a su pueblo un actuar de Dios.
Ciro es un rey pagano que no conoce a Dios y sin embargo se le llama el Ungido; es el elegido y llamado por Dios, aunque no lo conozca, para dar la libertad al pueblo de Dios. ‘Te llamé por tu nombre, aunque no me conocías. Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay otro Dios. Te pongo la insignia, aunque no me conozcas, para que sepan que no hay otro Dios fuera de mí. Yo soy el Señor y no hay otro’.
Ahí tenemos una proclamación de fe en el Señor en quien tenemos que reconocer como nuestro único Dios. Es el Dios que nos ha elegido y nos ha amado con amor eterno, desde toda la eternidad, a pesar de que en nuestra indignidad muchas veces no lo conozcamos o no lo reconozcamos. En ese amor eterno de Dios nos ha enviado a Jesús, su Hijo, para manifestarnos ese amor, para obtener para nosotros la redención y el perdón de nuestros pecados, para regalarnos su Espíritu de amor que nos hace hijos, nos convierte en hijos amados de Dios. Pero podríamos decir que el texto viene a ser una invitación para que lo reconozcamos, reconozcamos su amor y así se llene de alegría nuestro corazón.
 El evangelio también viene a ser en el fondo una invitación a reafirmar nuestra fe. Vienen hasta Jesús a ponerlo a prueba, a comprometerlo con una pregunta. Por allí andan los fariseos que se valen de unos herodianos, que no eran partidarios de pagar los tributos al dominador romano. Vienen con preguntas donde no se están manifestando con toda sinceridad, porque aunque alaban la veracidad de Jesús - ‘sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie ni te fijes en la apariencias’, bonitas palabras que ocultan la trampa que quieren tender - le preguntan si es o no lícito pagar el impuesto del César.
Si ellos vienen con sagacidad Jesús conoce mejor que nadie los corazones de los hombres y saben que quieren tenderle un trampa; de ahí la respuesta de Jesús utilizando la efigie reflejada en la moneda. ¿Es la imagen del César? Luego aquella moneda pertenecerá al César. Por eso les responde: ‘Pues pagadle al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios’.
Por encima de las trampas que quieren tenderle Jesús nos está diciendo en qué lugar tenemos que poner a Dios en nuestra vida. El es nuestro único Señor y siempre ha de estar por encima de todo y en el centro de todo. Cuando le preguntaban una y otra vez también con las mismas torcidas intenciones cuál era el mandamiento principal, Jesús siempre les responderá con el texto del Deuteronomio ‘el Señor, tu Dios, es el único Señor; a El amará con todo tu ser, con toda tu mente, con todo corazón’; como decimos en los mandamientos ‘amarás a Dios sobre todas las cosas’.
Brevemente recordar aquí que en el fondo, como consecuencia, nos estará diciendo Jesús que nuestras obligaciones y nuestro compromiso con el mundo en que vivimos, con la sociedad en la que hacemos nuestra vida no lo podemos descuidar, sino todo lo contrario también desde nuestra fe hemos de sentir ese compromiso por contribuir a hacer que nuestro mundo sea mejor; un compromiso que está en la colaboración que también con los impuestos realizamos, pero que además tendríamos que ver hasta donde más tendría que llegar ese compromiso para con nuestra participación activa trabajar en bien de nuestra sociedad. No nos podemos desentender así porque si del mundo en que vivimos. También desde nuestra fe nos tenemos que sentir obligados y comprometidos a participar. Por ahí tendríamos que traducir también lo de ‘dad al Cesar lo que es del Cesar’.
Pero conectemos con el pensamiento con que iniciamos nuestra reflexión, la alegría de nuestra fe. Es la alegría llena de esperanza con que hemos de vivir todo esto que venimos reflexionando, porque no se nos puede quedar en una teoría, por así decirlo, que tengamos en la cabeza. Este pensamiento del amor de Dios tiene que llegarnos al corazón. La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por Él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría’, nos decía el Papa en la encíclica del gozo del evangelio y nos vuelve a recordar ahora en el mensaje para esta Jornada del Domund. 
Tenemos que hacer renacer esa alegría en nosotros si se ha mermado o acaso la hemos perdido. No tiene sentido un cristiano que no viva con alegría; la fe que lleva en su corazón y que impregna toda su vida le tiene que hacer explosionar de alegría, que tiene que manifestarse de muchas maneras en su vida. Primero ya no caben esas caras de circunstancias donde vamos por la vida con rostros serios y adustos. Esa fe que llevamos en el corazón nos da paz, y esa paz se tiene que expresar en nuestros rostros, en nuestra sonrisa, en ese entusiasmo con que vivimos nuestra fe y toda nuestra vida. No cabe que sea de otra manera.
Este año se nos ha propuesto como lema para esta jornada misionera del Domund, porque es esa alegría de la fe la que queremos llevar a los demás, la que queremos compartir con todos, la que queremos anunciar a los que no tienen fe, la que se ha de convertir en evangelio, en Buena Nueva de salvación que trasmitamos a los demás. Como nos dice el Papa Francisco, ‘¡No nos dejemos robar la alegría evangelizadora!
Así nos decía en su mensaje: El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada (Exhort. Ap. Evangelii gaudium, 2). Por lo tanto, la humanidad tiene una gran necesidad de alcanzar la salvación que nos ha traído Cristo. Los discípulos son aquellos que se dejan aferrar cada vez más por el amor de Jesús y marcar por el fuego de la pasión por el Reino de Dios, para ser portadores de la alegría del Evangelio. Todos los discípulos del Señor están llamados a cultivar la alegría de la evangelización’.

No lo olvidemos, somos misioneros, tenemos que ser misioneros de la alegría de nuestra fe. Pensamos en lugares lejanos, el tercer mundo, pero pensamos también esos lugares cercanos a nosotros donde se ha perdido la alegría de la fe. El mundo nos necesita, necesita el mensaje del Evangelio. Y no olvidemos que hemos de empezar por los que están a nuestro lado para compartir con ellos también esa alegría que llevamos en el corazón.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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