Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

Amigos que entran a esta Casa de Paz. Gracias por estar aqui. Clikea en seguir y unete a nosotros

sábado, 16 de noviembre de 2013

Una esperanza para nuestro mundo desde el anuncio del  nombre salvador de Jesús

Mal. 3, 19-20; Sal. 97; 2Tes. 3, 7-12; Lc. 21, 5-19
‘A los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas’. Palabras consoladoras, palabras de esperanza las que escuchamos en el profeta. Son anticipo y podríamos decir eco anticipado de las que va a pronunciar Jesús en el final del evangelio hoy proclamado: ‘Ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas’.
Necesitamos escuchar palabras así que nos animen a la esperanza. En todos los sentidos, en los aspectos humanos de la vida y también en lo que es el camino de nuestra vida cristiana. El camino que vamos haciendo en la vida no siempre es fácil. Y es que ese camino, que nosotros hemos de saber recorrer desde el sentido de la fe, con una visión de fe en los ojos de nuestra alma si en verdad nos llamamos cristianos, es un camino que vamos haciendo en este mundo nuestro tan convulso y a veces complicado; y las situaciones sociales por las que pasamos en los momentos concretos que vivimos no los podemos poner como en un aparte de lo que como creyentes vamos queriendo vivir. El mundo necesita esperanza; nosotros necesitamos también esperanza.
Como ya nos decía el concilio Vaticano II, y nos lo ha recordado nuestro obispo en la carta con motivo del Día de la Iglesia Diocesana, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo…” (Gaudium et spes, 1). Esa situación nos afecta; no podemos ser insensibles ante el sufrimiento humano de tantos a nuestro alrededor; y en esa situación concreta cuando queremos vivir nuestra fe, cuando queremos vivir como creyentes nos cuesta, porque incluso vamos a encontrar oposición fuerte a neustras posturas de creyentes y de cristianos. Y en esa situación concreta de nuestro mundo hemos de ser luz. Tener nosotros esperanza y tratar de llevar la luz de la esperanza también a ese mundo en el que vivimos.
Esa descripción que nos hecho hoy el evangelio no la podemos mirar ni casi como una anécdota que se pueda referir a lo que vivieron los cristianos en aquellos primeros tiempos, ni quedarnos solamente para los momentos finales de la historia y del mundo desde ese género apocalíptico en que están descritos. Es cierto que tienen ese sentido escatológico. No lo podemos perder de vista y así llenemos de trascendencia nuestra vida, sabiendo que un día hemos de presentarnos delante del Señor. Pero son también una fotografía de nuestra historia, la que han vivido tantos antes que nosotros y la que nosotros vivimos también en el momento presente.
Aunque el evangelista, en lo que hoy hemos escuchado, arranca de la destrucción del templo de Jerusalén, que probablemente cuando se escribió este evangelio de Lucas, ya se había realizado, continúa, sin embargo, describiéndonos los avatares, podríamos decir, por los que los cristianos de todos los tiempos han tenido que pasar. La fe de los cristianos siempre se ha visto probada en mil dificultades, persecuciones, desencuentros con el mundo que nos rodea, confusiones en muchas ocasiones, incomprensiones por parte de quienes no quieren entender lo que es el mensaje evangélico que queremos vivir y proclamar.
Forma parte, podríamos decir, del guión del que quiere ser seguidor de verdad de Jesús, del discípulo de Cristo. El nos lo había anunciado. ‘Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a la cárcel, y os harán comparecer ante gobernadores y reyes, por causa mía. Así tendréis ocasión de dar testimonio’, nos ha dicho. Y ser constantes en la adversidad ha sido y es una buena prueba de fuego para depurar nuestra fe y mantenernos en fidelidad. Por eso siempre se ha dicho que la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Y la fe probada siempre saldrá fortalecida. Como el oro purificado en el crisol.
Pero nosotros caminamos con la confianza de la presencia del Señor, de la fuerza de su Espíritu. Ya le hemos escuchado decir hoy en el evangelio: ‘Haced propósito de no preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro’. Y como ya mencionábamos con la perseverancia tendremos la salvación.
Todos los tiempos han tenido sus momentos difíciles y la oposición a la fe, la indiferencia de tantos o la persecución, unas veces más solapada y otras más abierta y directa siempre ha estado presente en la vida de la Iglesia. Pero hemos de sentirnos fuertes en el Señor y la proclamación de nuestra fe tenemos que seguir haciéndola y el anuncio de Jesús y del mensaje del evangelio no se puede acallar. De nuestra parte está el Señor. Por eso, como decíamos al principio recogiendo tanto el texto del profeta como las palabras finales del evangelio de hoy, esas palabras nos confortan y nos llenan de esperanza y nos sentimos siempre fortalecidos con la gracia del Señor.
Antes decíamos que el mundo necesitaba de esperanza, necesita también una luz que llene de sentido la vida de los hombres y mujeres de hoy. Aunque digamos que vivimos en una sociedad cristiana bien sabemos que nuestro mundo se ha descristianizado y necesita una nueva evangelización. Es el anuncio que nosotros tenemos que hacer. Es el grito de la Iglesia en medio de nuestro mundo, pero que damos sobre todo con el testimonio de nuestras obras. Es la tarea en que todos hemos de sentirnos comprometidos. No siempre es fácil, porque no todos querrán aceptar esa luz del evangelio. Pero no podemos cruzarnos de brazos y escondernos porque sea difícil la misión. No vamos a hacer como Jonás que porque le parecía difícil la misión que Dios le encomendaba se embarco en rumbo contrario al que debía de ir.
Cuando además hoy en nuestra Iglesia española estamos celebrando el Día de la Iglesia Diocesana es en lo que  nos implica precisamente esta Jornada. Desde una conciencia de que somos Iglesia, desde ese sentir el gozo de nuestra pertenencia a la Iglesia, la familia de los hijos de Dios hasta comprender muy bien cual es la misión que la Iglesia tiene que realizar en medio de nuestro mundo; bien sabemos que cuando decimos Iglesia no estamos pensando ni un ente abstracto que este al margen de nosotros, ni en algo que pongamos más arriba en las nubes como si solo correspondiera a algunos, sino que nos sentimos todos Iglesia y todos comprometidos con su misión.
Y la misión de la Iglesia es hacer ese anuncio de Jesús y de su evangelio. En Jesús está la salvación y esa salvación ha de llegar a todos los hombres. Por eso queremos hacer presente a Jesús en medio del mundo, y en ese mundo concreto donde nosotros vivimos. ‘Es hacer presente a Jesús y su mensaje de salvación que ilumina el camino de la vida, que trae esperanza y amor’.
Sentimos cómo el Señor ilumina nuestra vida cuando queremos ser fieles, como nos decía el profeta, y nos abrimos a Dios y a su salvación. Y el gozo que vivimos con nuestra fe y con nuestra pertenencia a la Iglesia no nos lo podemos quedar para nosotros solos sino que hemos de compartirlo con los demás; hemos de hacer partícipes a cuantos nos rodean de esa dicha y ese gozo. En la medida en que llevemos esa salvación a los demás, más enriquecidos nos veremos nosotros con esa gracia del Señor.
Iluminemos de esperanza a nuestro mundo con la luz del Evangelio de Jesús.


viernes, 8 de noviembre de 2013

Nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, estamos llamados a la resurrección y la vida

2Mac. 7, 1-2.9-14; Sal. 16; 2Tes. 2, 16-3, 5; Lc. 20, 27-38
‘Que Jesucristo, nuestro Señor, y Dios, nuestro Padre, que nos ha amado tanto y nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza, os consuele internamente y os dé fuerza para toda clase de palabras y de obras buenas’.
Es casi como un saludo, en el estilo de san Pablo en sus cartas; es un deseo profundo que nos llena de consuelo y de esperanza cuando nos sabemos así amados de Dios; es la constatación de que cuando nos sentimos consolados en la esperanza muchas pueden ser las cosas que nos sucedan aunque fueran dolorosas y llenas de muerte, pero nos sentimos seguros en esa fe que profesamos e impulsados aún con mayor ardor a vivirla con intensidad en cada momento de nuestra vida.
Es lo que podemos sentir en lo más hondo de nosotros mismos tras esta Palabra de vida que se nos ha proclamado en este domingo. Palabra que nos anuncia la vida y la vida para siempre; palabra viva de Dios que nos hace sentir el consuelo de la esperanza en la resurrección a la que todos estamos llamados, porque todos estamos llamados a participar para siempre de la vida de Dios. A eso nos lleva toda la Palabra de Dios que hoy se nos ha proclamado.
Está por una parte el testimonio de los jóvenes macabeos de la primera lectura. La esperanza que tienen puesta en Dios que es el Señor de la vida y que da vida para siempre a los que creen en El les hace soportar con valentía cualquier tipo de tormento aunque les lleve a la muerte y al martirio. Se sienten seguros en el Señor. Son hermosas las respuestas que van dando cada uno de los jóvenes macabeos al verdugo. La fidelidad al Señor está por encima de todo y están dispuestos a morir, porque ‘el Señor del universo nos resucitará para una vida eterna… vale la pena morir a manos de los hombres, cuando se espera que Dios mismo nos resucitará…’
Es una esperanza firme en la resurrección que ya nos encontramos en el Antiguo Testamento, aunque, como veremos en el evangelio, por allá andan los saduceos negando la resurrección. Pero en el evangelio encontramos una confesión así de fe en la resurrección en la respuesta que Marta le dará a Jesús cuando tras su queja por no haber estado allí en su enfermedad, Jesús le anuncie que su hermano resucitará. ‘Tu hermano resucitará’, le dice Jesús. A lo que ella replicará: ‘Sé que resucitará en la resurrección del último día’. Ahí se manifiesta esa convicción de la resurrección.
Pero Jesús quiere hablarle de un sentido más profundo de resurrección cuando creemos en El. Jesús le dirá: ‘Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre’. Entonces Marta hará una profesión de fe mucho más profunda porque pone toda su fe en Jesús, el que es la resurrección y la vida, el que viene a traernos la vida y la salvación.
En el evangelio que hoy se nos ha proclamado escuchamos las pegas de los saduceos a la fe en la resurrección - ya decíamos antes que negaban la resurrección - partiendo de la ley del levirato en relación a lo que había de hacerse cuando un hombre moría sin descendencia. Los saduceos pretenden llevar la casuística hasta el extremo, pero Jesús no quiere entrar en sus juegos sino dejarnos la afirmación de que, por una parte, la vida eterna no la podemos contemplar desde medidas y aspectos terrenos - ‘los que sean juzgados dignos de la resurrección de entre los muertos, no se casarán’, les dice Jesús -, y por otra parte de que ‘Dios es un Dios de vivos y no de muertos; porque para El todos están vivos’; es el Señor de la vida que quiere vida para siempre para nosotros, como ya nos expresara en el diálogo previo a la resurrección de Lázaro, como hemos comentado.
Creemos en Jesús y creemos en su palabra. Y porque a El le contemplamos resucitado de entre los muertos, sabemos que estamos llamados a resucitar con El, a vivir su misma vida. ‘Para eso vivió y murió Cristo, para ser Señor de vivos y muertos’, como diría san Pablo en otro lugar. Y el Señor de la vida a nosotros nos llama a la vida. ‘Porque, como antes recordamos, el que cree en mí, aunque haya muerto vivirá’.
Y qué distinta se ve la vida, toda la existencia humana desde esta perspectiva de la resurrección. Nuestra vida no se queda truncada con la muerte, porque tenemos esperanza de resurrección y de vida eterna, estamos llamados a vivir nuestra plenitud total en Dios. Cuando muere una persona en la flor de la vida, ya sea un joven o una persona adulta pero aún de pocos años, sentimos pena y lástima porque pensamos que aquella vida con muchas esperanzas aun de futuro y de una realización de su vida con mayor plenitud se ha quedado truncada en esas esperanzas y no se ha visto plenamente realizada. Pero esos son nuestros planes y pensamientos humanos a los que damos quizá unos horizontes de unos pocos años, pero los planes y los pensamientos de Dios son distintos.
Esa vida no se ha quedado truncada sino que ha comenzado precisamente a vivir en una plenitud mayor, una plenitud de eternidad. Y esa es precisamente la esperanza que tiene que animarnos y que nos da sentido a lo que hacemos y a lo que vivimos. Desde esa trascendencia de la vida, desde esa esperanza de plenitud en Dios que es la mayor plenitud que podemos desear y alcanzar, nuestra vida, nuestras luchas, nuestros sueños y compromisos, todo lo que vamos realizando aquí tienen otro sentido y otro valor, que solo en Dios podemos encontrar.
Dios nos ha amado tanto y nos ha regalado el consuelo de la esperanza, recordábamos al principio en palabras de san Pablo, pues esa esperanza de vida en plenitud, esa esperanza de resurrección para vida eterna no nos desentiende de este mundo con sus luchas y trabajos, sino todo lo contrario; desde ese consuelo y desde esa esperanza, como nos decía el apóstol, nos sentimos consolados internamente, no sentimos fortalecidos internamente, sentimos la fuerza del Señor para toda clase de palabras y obras buenas, nos decía; nos sentimos fortalecidos internamente para trabajar con mayor ahínco por hacer este mundo en el que vivimos mejor; nos sentimos fortalecidos internamente para ir llenando de amor, de justicia, de paz, de autenticidad y verdad todo nuestro mundo, cada una de las cosas que hacemos, y nuestras mutuas relaciones, haciendo así un mundo mejor con la esperanza de todo eso solo en Dios podremos vivirlo en plenitud total.

 Demos gracias a Dios por ese amor, por ese consuelo, por esa esperanza. Démosle gracias a Dios porque en El nuestra vida tiene trascendencia y está llamada a la plenitud, a la resurrección, a la vida para siempre. Démosle gracias a Dios y sintámonos confortados interiormente porque en El encontramos un sentido que de otra manera nuestra vida no podría tener. Démosle gracias a Dios porque sentimos su fuerza en nosotros para hacer ese mundo nuevo y en el evangelio nos ha dejado el camino. Que el Espíritu del Señor llene nuestra vida y nos haga vivir para siempre en la plenitud total de Dios.

sábado, 2 de noviembre de 2013

Zaqueo queria ver a Jesús y se dejó sorprender por El

Sab. 11, 23-12, 2; Sal. 144; 2Tes. 1, 11-2, 2; Lc. 19, 1-10
En ocasiones, aunque estemos deseando que suceda una cosa, cuando sucede un poco nos deja descolocados, casi sin saber como reaccionar. Podemos estar deseando algo con toda intensidad, pero quizá pensamos que no va a suceder, pero cuando nos llega el momento y se realiza aquello que queríamos, nos sentimos de alguna manera turbados y pareciera que en el fondo no deseábamos que nos sucediera.
Zaqueo quería ver a Jesús; sentía curiosidad, pero no sabía bien lo que iba a significar un encuentro con El; aunque lo deseaba quizá se exculpaba en el hecho de que era de baja estatura y por la cantidad de gente él se tenía que quedar como a un lado, detrás, no iba a estar en primera fila; se refugia en la higuera, desde allí lo puede ver, sin que quizá lo vean a él, pero no piensa que Jesús se va a detener para ponerse a hablar con él e incluso para auto invitarse a su casa. Jesús sí lo ve, Jesús quiere ir a su casa.
Cuantas excusas ponemos muchas veces para no enfrentarnos a la realidad, para no reconocer lo que quizá tengamos que reconocer de nuestras limitaciones o de nuestras cobardías y nos parapetamos detrás de cualquier cosa que presentamos como excusa. ¿Tendremos miedo? ¿Nos hacemos oídos sordos? ¿No queremos llegar a algo que nos comprometa sino quedarnos constatando las cosas pero de lejos? Nos puede suceder algo así.
¿Sentimos también curiosidad por Jesús? El hecho de que vengamos aquí cada domingo o cada día - o el hecho de que estemos dándole un tiempo a la lectura de estas reflexiones a través de estos medios por los que llegan a nosotros - puede significar, de hecho significa ¿por qué no?, que estamos deseando conocer más a Jesús y queremos escuchar su palabra que vaya iluminando nuestra vida. Aunque nos sucede también que muchas veces nos parapetamos tras nuestras rutinas, nuestras costumbres, la monotonía con que viven tantos a nuestro lado y nosotros no vamos a ser distintos, nuestras propias cobardías, y podemos tener el peligro o la tentación de quedarnos en un conocimiento superficial. En muchas higueras nos subimos para verlo pasar desde la distancia, o  ponemos muchas hojas de higuera como una celosía para que quizá no vean nuestro interés, porque quizá puedan decir muchas cosas de nosotros.
Jesús se detuvo delante de la higuera donde se había subido Zaqueo. Quizá le diera un vuelco en el corazón porque no esperaba que Jesús le viera y se detuviera a hablar con él. El, en su curiosidad, se contentaba con verlo pasar, pero Jesús le está pidiendo que baje de la higuera porque quiere ir a hospedarse en su casa. ‘Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa’. No le decía, me gustaría ir a tu casa, sino tengo que alojarme en tu casa.
No se lo esperaba, pero reaccionó. Era mucho lo que deseaba conocer a Jesús que ahora le parece mentira. ‘El bajó enseguida, y lo recibió muy contento’. Se habían acabado los temores y su corazón se llenaba de alegría. Jesús se había detenido ante él. La gente murmuraría después porque Jesús se alojaba en casa de un pecador. Pero ahí está cercanía de Dios que se había querido hacer Emmanuel, Dios con nosotros. No solo había tomado nuestra carne, nuestra naturaleza humana sino que ahora se estaba acercando a aquellos que consideraban parias y despreciables. Y muchas más cosas se iban a suceder una tras otra.
Pero conviene que al mismo que vamos repasando el episodio del evangelio vayamos haciendo una lectura de nuestra vida a su luz. Cuántas veces Jesús se ha detenido a las puertas de nuestra vida llamando porque quiere llegar a hospedarse en nuestra casa. ¿Cómo le hemos respondido?
Hay una imagen que corre por las redes sociales en la que se ve a Jesús delante de una puerta en la que parece que está llamando, está tocando a la puerta y en espera de que le abran. Jesús no puede abrir porque no se ve ninguna llave ni ningún medio con el que se pueda abrir la puerta desde fuera. Solo se puede abrir por dentro, y se supone que por dentro estoy yo, estamos nosotros que tenemos que ser  los que abramos la puerta para que Jesús pueda hospedarse dentro de nosotros. La imagen se queda ahí porque parece que está esperando que nosotros pongamos la segunda parte, abriendo desde nuestro interior la puerta de nuestra vida a Jesús. ¿Abriremos gozosos la puerta como gozoso bajó Zaqueo de la higuera para recibir a Jesús en su casa?
Del episodio del evangelio conocemos ya el final. ‘Zaqueo se puso en pie, en medio de la cena, y dijo al Señor: Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más’. Los encuentros con el Señor transforman el corazón. Tras un encuentro vivo con Jesús nuestra vida no puede ser la misma, y cambiarán nuestras actitudes, cambiarán nuestras formas de actuar, habrá un revolcón grande en la vida para hacer que todo sea distinto.
El abrir la puerta de nuestro corazón al Señor hará que se iluminen hasta los más oscuros rincones pero esa luz que recibimos del Señor es una luz purificadora y transformadora, es una luz que destruye las tinieblas de la muerte y del pecado, pero es al mismo tiempo una luz que nos llena de vida.  Es lo que le pasó a Zaqueo. No pensaba él quizá que conocer a Jesús, como tenía deseos de conocerle, iba a cambiarle la vida de esa manera, pero aun así se dejó encontrar por Jesús. El no opuso resistencia, sino que se dejó guiar por el impulso de la gracia del Señor y así su vida fue distinta ya para siempre.
‘Hoy ha sido la salvación de esta casa; también este es hijo de Abrahán’, dirá Jesús. Y por aquellos que murmuraban ante el hecho de que Jesús se hospedara en casa de un pecador, sentenciará Jesús: ‘Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido’. Allí estaba la salvación que Jesús venía a ofrecernos. Allí estaba el generoso perdón de Dios que busca siempre al pecador para ofrecerle la salvación.
‘Te compadeces de todos, porque todo lo puedes, cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan’, que nos decía el libro de la Sabiduría.  ‘A todos perdonas, porque son tuyos, Señor, amigo de la vida… a los que pecan les recuerdas su pecado para que se conviertan y crean en ti, Señor’. Es lo que estamos viendo en esta escena del encuentro entre Zaqueo y Jesús. No viene Jesús a recriminar a Zaqueo, sino viene a buscarle; todo son signos y señales de ese amor del Señor que todo lo perdona. Y Zaqueo entiende y escucha la llamada del Señor. Da el paso respondiendo a la llamada del Señor. ¿Haremos nosotros lo mismo?
Démosle gracias al Señor porque nos sigue saliendo al paso de la vida y sigue llamándonos y buscándonos. Este episodio del evangelio que hoy se nos ha proclamado y estamos ahora meditando nos puede parecer hermoso y entrañable, pero que nos quedemos solamente en considerar lo sucedido entonces con Zaqueo. Si nos quedamos ahí es como quedarnos detrás de las hojas de la higuera para ver lo que sucede pero poniendo barreras por nuestra parte. Nos quedaríamos en meros espectadores y ante Jesús no podemos ser nunca unos simples espectadores. Jesús está llegando a nosotros y poniéndosenos enfrente para decirnos también una y otra vez que quiere venir a nuestra casa, a nuestro corazón.
Hay cosas que nos sucedes que quizá nos impresionan o nos dejan descolocados porque quizá no las esperamos, como decíamos al principio. En este orden de la fe, de nuestra vivencia cristiana y nuestro seguimiento auténtico de Jesús nos puede suceder también. Pero veamos ahí las llamadas del Señor y no nos encerremos en nosotros mismos. Sintamos la admiración, sí, pero también la alegría de que Jesús llegue a nosotros y nos diga que quiere entrar en nuestra vida. Sí, la alegría de la fe, la alegría del encuentro con el Señor, aunque eso nos comprometa, nos haga darle la vuelta a nuestra vida, o nos exija que tengamos muchas cosas de las que despojarnos o que compartir. Zaqueo lo comprendió porque se dejó sorprender por esa luz de Jesús.

Hagamos nosotros otro tanto. Que tras este encuentro con el Señor en esta Eucaristía de este domingo también se pueda decir: ‘Hoy ha llegado la salvación a esta casa’, a mi vida y con esa gracia y esa salvación saldré para transformar también nuestro mundo.

miércoles, 30 de octubre de 2013

En la comunión de los santos desprendamos el perfume de Dios en la santidad nuestra vida

Apoc. 7, 2-4.9-14; Sal. 23; 1Jn. 3, 1-3; Mt. 5, 1-12
Nos conviene recordar hoy - y más en el marco de los objetivos del Año de la Fe que estamos a punto de concluir - un artículo de nuestra fe que profesamos en el Credo y que nos puede pasar un tanto desapercibido, no solo en el hecho de que simplemente lo recitemos cuando decimos el Credo, sino también porque quizá no le damos suficiente sentido en nuestra vida. ‘Creo en la comunión de los santos’, decimos en el Credo, sobre todo cuando empleamos su formulación más extensa recogiendo el sentir de todos los concilios de la Iglesia que nos han definido nuestra fe.
Hoy, que estamos celebrando la fiesta, la solemnidad de todos los santos, es bueno que resaltemos este artículo de nuestra fe. Cuando decimos que creemos en ‘la comunión de los santos’ estamos queriendo expresar esa comunión que hay entre todos los que creemos en Jesús y hemos recibido el bautismo que consagra nuestra vida. Y decimos todos los que creemos en Jesús y no solo pensamos en los que aún en la tierra peregrinamos viviendo en este mundo y formando la Iglesia, sino que nos queremos sentir en comunión con todos los que traspasadas las puertas de la eternidad glorifican a Dios en el cielo o aún están en estado de purificación en el purgatorio.
Vivimos una misma comunión, porque por nuestra fe en Jesús nos hemos unido a El, configurándonos con El, tanto los que aquí peregrinamos como los que están participando de la gloria del cielo. Vivimos una misma comunión por esa comunión que con Dios vivimos por nuestra fe en Jesús, por la nueva vida de la que nos ha hecho partícipes, por el Espíritu que anida en nuestros corazones y nos hace partícipes de la vida de Dios. Es la misma vida de Dios, que ahora de forma imperfecta por nuestra condición pecadora vivimos, pero que un día viviremos en plenitud en la gloria del cielo, de la que ya son partícipes los que allí cantan para siempre la gloria de Dios.
Es esa vida de Dios, de la que somos participes por el Espíritu Santo que se nos ha dado, la que nos hace santos. Recordemos lo que nos decía la carta de san Juan hoy: ‘Mirad que amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos, pues ¡lo somos!’ Nos ha concedido el Espíritu de su hijo para que en verdad seamos hijos de Dios. Como nos decía el evangelio de Juan ya desde el inicio ‘a cuantos le recibieron, a todos aquellos que creen en su nombre, les dio poder para ser hijos de Dios… nacen de Dios’. Es por eso por lo que entonces ha de brillar la santidad de los hijos de Dios en nuestra vida.
La santidad que hemos de vivir en nuestra vida es como el perfume de Dios que hay en nosotros por nuestra unión con El. Una persona que ha estado en contacto con alguien que estaba intensamente perfumado, bien por la cercanía a esa persona o porque, por ejemplo, haya recibido un abrazo, luego va a quedar en ella como un halo de ese perfume del que, podríamos decir así para entendernos, se ha contagiado. Pues bien, esa santidad que ha de haber en nuestra vida es ese perfume de Dios que queda en nosotros cuando con El estamos íntima y profundamente unidos. No podríamos negarlo, no tendríamos que negarlo de ninguna manera porque así debemos de impregnarnos de Dios, de su vida, de su santidad.
Como un cántico de esperanza el libro del Apocalipsis - ése es el verdadero sentido de este último libro del Nuevo Testamento y de la Biblia - nos describe esa ‘muchedumbre inmensa que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, que de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos… gritaban con voz potente: ¡La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero… la alabanza y la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza son de nuestro Dios, por los siglos de los siglos. Amén’.
Es una descripción de la gloria del cielo a la que nos unimos ahora nosotros, en esa comunión de los santos que vivimos y celebramos. Es ‘la Jerusalén celeste, donde eternamente alaba al Señor la asamblea festiva de todos los santos’, como proclamaremos en el prefacio de la Plegaria Eucarística de este día. ‘Hacia ella nos encaminamos alegres, guiados por la fe y gozosos por la gloria de los mejores hijos de la Iglesia’, los que aun peregrinamos en esta tierra como en un país extraño. Ellos son para nosotros ‘ejemplo y ayuda para nuestra debilidad’, porque no solo nos ofrecen el ejemplo de su vida, sino que con su intercesión nos alcanzan la gracia del Señor que nos fortalece en nuestro camino terrenal.
Ese camino de nuestra vida en el que ha de brillar el perfume de Dios en nuestra vida, ha de brillar nuestra santidad y que es iluminado continuamente por la Palabra del Señor que nos sirve de guía en medio de tantas oscuridades que nos amenazan y nos quieren desviar de ese camino. Hoy hemos escuchado en el evangelio el mensaje de las Bienaventuranzas. Es la senda que nos traza Jesús pero son también la promesa de Jesús de que podemos alcanzar esa dicha y felicidad en plenitud, esa dicha y felicidad de la vida eterna.
San Juan nos decía que ‘somos hijos de Dios pero aun no se ha manifestado lo que seremos, porque seremos semejantes a El, porque le veremos tal cual es’. Con esa esperanza de plenitud ahora caminamos y queremos purificarnos más y más para poder alcanzar esa eterna bienaventuranza de la visión de Dios. ‘Los limpios de corazón verán a Dios’, que nos dice una de las bienaventuranzas. Ahora lo vivimos como en primicia, pero un día seremos herederos de ese Reino de Dios.
Por eso ahora siguiendo el espíritu que nos trasmite el evangelio queremos poner toda nuestra confianza en Dios, alejando de nosotros toda desesperación y desconsuelo, porque desde nuestra pobreza sabremos compartir, viviendo en la sencillez y el desprendimiento, poniendo generosidad en nuestro corazón para incluso hacer nuestros los sufrimientos y las lágrimas de cuantos nos rodean, porque sabemos que así haremos un mundo mejor, un mundo lleno de justicia, un mundo lleno de la paz más hermosa, la que nace de una verdadera fraternidad. Sabemos que si caminamos así seremos herederos del Reino y alcanzaremos siempre consuelo para nuestro espíritu y mereceremos ser llamados de verdad hijos de Dios.
En ese Espíritu que anima nuestra vida nuestros corazones estarán siempre llenos de misericordia y de compasión; habremos aprendido lo que es la solidaridad verdad y la mutua confianza para alejar siempre la malicia de nuestro interior; seremos siempre sembradores de paz porque vamos tendiendo lazos de amistad y de fraternidad con todos sin distinción; contagiaremos de la alegría de nuestra fe y de nuestro amor a los que tienen su corazón enturbiado por las desconfianzas y la envidias y están maleados por el orgullo y el amor propio. Sabemos que el Señor es nuestra fuerza y nuestro consuelo y cuando vamos viviendo en ese estilo y sentido de vida iremos impregnando a nuestro mundo del olor de Dios.
No temeremos la incomprensión o el rechazo que podamos encontrar porque en verdad nos sentimos siempre fortalecidos por el Espíritu de Jesús; ante nuestros ojos está el testimonio de los santos que hoy con el Apocalipsis contemplamos en el cielo vestidos con sus vestiduras blancas y con palmas en sus manos. ‘Esos son los que vienen de la gran tribulación: han lavado y blanqueado sus vestiduras en la Sangre del Cordero’, y esas palmas son las de la victoria con las que cantan la gloria del Señor que nosotros un día esperamos poder cantar también eternamente en el cielo.

Con los santos, con esa multitud que la Iglesia ya ha reconocido su santidad, pero también con esa multitud que nadie podría contar que quisieron ser fieles, que pusieron amor en sus vidas, que trabajaron por la justicia y la paz, que se comprometieron por un mundo mejor, que vivieron siempre en absoluta fidelidad al Señor, aunque no nos conozcamos, hoy nos sentimos en profunda comunión. Es la comunión de los santos que proclamamos con nuestra fe. Es la Fiesta de todos los Santos que hoy queremos celebrar. Es esa multitud de la que nosotros queremos formar parte para con nuestra vida, también aquí y ahora y un día por toda la eternidad, cantar la gloria de Dios.

viernes, 25 de octubre de 2013

Si no abrimos nuestro corazón a los demás tampoco lo abriremos a Dios para encontrar gracia

Eclesiástico, 35, 15-17.20-22; Sal. 33; 2Tim. 4, 6-8.16-18; Lc. 18, 9-14
‘Si el afligido invoca al Señor, El lo escucha, porque el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos… cuando uno grita, al Señor lo escucha y lo libra de sus angustias’. Hermoso y consolador pensamiento que se nos ofrece como oración y meditación en el salmo. Nos está señalando con cuánta humildad y con cuanto amor y confianza hemos de acudir al Señor. Cuando así lo hacemos encontraremos la gracia del Señor que siempre nos escucha y nos regala con su amor.
No son buenos bagajes para nuestro camino, para llevar en la mochila del camino de la vida el orgullo y la autosuficiencia. Quien los lleva como principales compañeros de camino fácilmente terminará solo porque terminará encerrándose en sí mismo aunque se quiera poner siempre en un pedestal por encima de todo y de todos, y endiosándose de manera que su presencia se puede volver insoportable para quienes estén a su lado y porque creerá no necesitar ni de Dios ya que piensa que siempre en todo se puede valer por si mismo. Pero es una tentación fácil, el orgullo y la autosuficiencia, que podemos tener en nuestro trato con los demás, pero también en una pretendida relación con Dios.
Hoy Jesús quiere enseñarnos cuales han de ser las verdaderas y auténticas actitudes para ponernos ante Dios en la oración. Ya nos dice el evangelista que ‘a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de si mismos y despreciaban a los demás, les dijo Jesús esta parábola’ que hemos escuchado. Fijémonos de entrada la descripción que nos hace el evangelista: ‘se tenían por justos’, luego ellos eran los santos y por eso mismo se sentían por encima de los demás; ‘se sentían seguros de sí mismos’, luego se valían por si mismos, no necesitaban de nada ni de nadie; y como una consecuencia ‘despreciaban a los demás’, porque se creían que solo ellos eran los justos y buenos y todos los demás eran unos desgraciados pecadores. ¿Con una actitud así se puede ir a orar a Dios?
Y Jesús les habla de los dos hombres que subieron al templo a orar, pero con actitudes y posturas bien diferentes. Mientras el fariseo oraba con una actitud de arrogancia erguido allí en medio de todos, el publicano desde el último rincón humildemente suplicaba a Dios misericordia y compasión porque se consideraba pecador. El fariseo podría parecer bueno y cumplidor por todo lo que decía que hacía, y si hubiera sido humilde se podría haber convertido su oración en una hermosa acción de gracias al Señor, pero estaba lleno de orgullo y de desprecio hacia los demás. El sí era cumplidor, no como aquel publicano al que despreciaba por pecador. Malos bagajes para llevar en la mochila del camino de la vida su orgullo y su autosuficiencia.
‘Os digo que el publicano bajó a su casa justificado, y aquel no’, concluye Jesús la parábola. El publicano reconociendo su fragilidad y su pecado abrió su corazón a Dios porque fue humilde y supo reconocer su condición. ‘Oh Dios, ten compasión de este pecador’, repetía con humildad. Reconoce su pecado y se confía a la benevolencia de Dios. Por eso bajó a su casa justificado, perdonado, lleno de la gracia de Dios.
El reconocimiento de su pecado era un paso importante en ese querer transformar su corazón; se sentía perdonado y se sentía renovado, con una nueva vida de gracia en su corazón. Cuánto tenemos que aprender para ese reconocimiento auténtico por nuestra parte de nuestra condición de pecadores. No es sólo decir yo soy pecador, sino yo soy pecador y en Dios quiero renovar mi vida. Soy pecador pero abro mi corazón a la gracia de Dios que me perdona, me renueva y me transforma.
 Mientras, el fariseo no supo encontrarse con Dios, no abrió su corazón a la gracia de Dios porque más bien parecía con lo que decía que él no necesitaba de Dios porque ya era bueno por si mismo. Pero aún peor era que no solo su corazón no se abría a Dios, sino que estaba creando barreras a su alrededor alejándose de los demás a los que despreciaba. No se sentía pecador y nada creía que tenía que renovar en su vida. No encontró la gracia del Señor que lo justificara, porque en el fondo tampoco lo deseaba.
Y es que cuando no somos capaces de abrirnos a los hermanos, al menos intentarlo, difícilmente nos vamos a abrir a Dios y a su gracia. Ya sabemos aquello que nos dice la Escritura que no podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos y no amamos al hermano a quien vemos a nuestro lado. No podrá haber amor verdadero a Dios si no intentamos ese amor al hermano que está a nuestro lado. Es el mandamiento principal que nos dejó Jesús en el Evangelio.
Puede ser que en nuestras debilidades y flaquezas nos cueste abrirnos a los hermanos, porque eso muchas veces nos sucede, nos cuesta aceptar a alguien, nos cuesta poner amor en alguien del que quizá hemos recibido algo que nos haya dañado o molestado, pero hemos de querer hacerlo y reconociendo que somos débiles acudimos, sí, al Señor para que nos dé fuerza para abrirnos también al prójimo, para aceptar o para perdonar, y entonces si que nos estamos abriendo a Dios.
Es cierto que no somos santos y hay muchas cosas que nos cuestan, pero hemos de reconocerlo y con humildad pedir al Señor esa gracia que mueva y transforme nuestro corazón para aceptar y para perdonar al hermano, para lograr entrar en comunión con él, para vivir entonces esa vida nueva de la gracia.
Por algo será que cuando Jesús nos enseña a orar nos dice que comencemos llamándole Padre. Ese Dios en quien creemos y al que queremos invocar en nuestra oración, desde nuestra pequeñez y desde nuestra indignidad es el Padre bueno que nos ama. Por eso Jesús nos dice que le llamemos Padre. Como decía san Juan en sus cartas en verdad somos hijos de Dios, porque así nos ama Dios. ‘Mirad que amor nos ha tenido Dios que nos llama hijos, pues ¡lo somos!’ Pero fijémonos en el modelo de oración que nos enseña hemos de decir ‘Padre nuestro’. Cuando vamos a Dios siempre tenemos que ir con el corazón abierto también a los hermanos

Y no olvidemos las últimas palabras del evangelio de hoy como conclusión de este mensaje y como cambio de actitudes para vivir en relación a los demás y para acercarnos a Dios. ‘Todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido’.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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