Que alegria amigo que entres a esta Casa .Deja tu huella aqui. Escribenos.

Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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viernes, 10 de mayo de 2013


La Ascensión, fiesta grande de esperanza que nos hace testigos de una presencia nueva de Cristo entre nosotros

Hechos, 1, 1-11; Sal. 46; Hebreos, 9, 24-28; 10, 19-23; Lc. 24, 46-53
Hemos escuchado el relato que nos hace san Lucas tanto en los Hechos de los Apóstoles como en el evangelio de la Ascensión del Señor. Con gozo grande estamos hoy celebrando la gloria del Señor. También quizá nosotros como los apóstoles en el Monte de los Olivos nos hemos quedado extasiados contemplando su vuelta al Padre, como lo había anunciado repetidamente en la última cena.
‘Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?’, fue el grito que les hacía volver en sí de su ensimismamiento de aquellos dos hombres vestidos de blanco que de repente se presentaron ante ellos. Pero quizá era una reacción totalmente natural. Era una despedida y ya sabemos que las despedidas son dolorosas. Nos quedamos viendo marcharse y alejarse a quien hemos despedido como si deseáramos que una vez más se vuelva hacia nosotros para tener algún nuevo gesto de su adiós o como si deseáramos que volviese de nuevo junto a nosotros. Siempre recuerdo en mi infancia lo doloroso y traumático de la despedida primero de mis hermanos, luego de mi padre cuando marcharon a Venezuela; nos quedábamos allá junto al malecón del muelle viendo alejarse el barco como si en la lejanía todavía nos siguieran haciendo el gesto de despedida con la mano.
Así estaban los apóstoles ensimismados. ‘¿Qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse’. ¿Palabras de consuelo que tratan de animar a quien está triste por la despedida? ¿o palabras que despiertan de verdad esperanza? Ya nos lo había enseñado Jesús. Nos había dicho que estaría siempre con nosotros. Pero ahora era de una manera nueva, tendríamos que tener otros ojos, otra mirada para descubrirle, para verle, para sentirle. Ahora necesitaríamos mucho más de la fe.
‘No os alejéis de Jerusalén’, les había dicho. ‘Quedaos en la ciudad hasta que recibáis fuerza de lo alto… aguardad a que se cumpla la promesa de mi Padre de la que os he hablado… dentro de pocos días seréis bautizados con Espíritu Santo’.
Jesús sube al cielo, como decíamos en el salmo ‘Dios asciende entre aclamaciones, el Señor al son de trompetas’; es la vuelta de Jesús al Padre como nos lo había anunciado. ‘Es el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte que asciende a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos’.  Pero no se desentiende de nosotros porque su presencia por la fuerza del Espíritu prometido va a estar para siempre con nosotros. Es la presencia nueva y viva que podemos sentir y experimentar, que viviremos en cada uno de los sacramentos; es la presencia viva que por la fuerza del Espíritu podremos experimentar cuando amamos de verdad a los hermanos. ‘El mismo Jesús que os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse’, que le decían los ángeles a los apóstoles.
Pero Jesús nos está además confiando una misión al mismo tiempo que su ascensión los está levantando a nosotros hacia lo alto. Su victoria es nuestra victoria y en su victoria en su gloriosa ascensión nos está diciendo cómo nosotros hemos de ir realizando esa ascensión en nuestra vida para que sea victoria como la de él.
Por la fuerza del Espíritu sentiremos cómo nosotros somos llevados a lo alto, cómo nosotros hemos de emprender también una ascensión en nuestra vida. Es ese crecer de nuestra vida cada día con más fe y con más amor; es ese crecer de nuestra vida superando vicios, apegos y ataduras; es ese crecer cuando somos capaces de llenar nuestro corazón de amor y de misericordia para ser compasivos con los demás, para saber perdonar, para saber confiar en el otro; es ese crecer en nuestra vida cuando ahondamos más y más abriéndonos a un espíritu de oración y de escucha atenta a la palabra del Señor; es ese crecer cuando somos capaces de darnos y de sacrificarnos por los demás, por causas nobles y bellas, por la búsqueda de la verdad; es ese crecimiento interior cuando somos portadores de paz y constructores de reconciliación allí en medio de nuestros hermanos; es ese crecimiento en la búsqueda de lo bueno, de lo justo con un corazón generoso y lleno de amor.
Es una tarea que día a día hemos de ir realizando aunque nos suponga esfuerzo y superación porque no nos queremos quedar en una vida ramplona y sin ideales para luchar por un mundo mejor. Es la tarea de la construcción del Reino de Dios que hemos de ir realizando y para lo que Jesús en su marcha al cielo nos ha dejado el testigo en nuestras manos que no podemos de ninguna manera rehuir ni dejar a un lado. Es la misión que Jesús nos ha confiado y para lo que nos ha dejado la fuerza de su Espíritu.
‘En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos comenzando por Jerusalén’, escuchamos que Jesús les confía a sus apóstoles, nos confía a nosotros antes de la Ascensión. Por eso, aunque sentimos deseos de quedarnos extasiados mirando al cielo, sin embargo hemos de seguir mirando al mismo tiempo a ras del suelo para ver ese mundo donde tenemos que hacer ese anuncio, para ver a esos hermanos a los que tenemos que anunciarles el nombre de Jesús, pero para ver también los sufrimientos de nuestros hermanos los hombres, en tantos que están caídos a la vera del camino y que como aquel buen samaritano de la parábola hemos de saber bajarnos de nuestra cabalgadura para con el vino y el aceite de nuestro amor, de nuestra generosidad, de nuestro compartir sanar sus heridas, sanar las heridas de nuestro mundo.
Hemos de ser testigos de Cristo muerto y resucitado llevando más amor a nuestro mundo porque es lo que verdaderamente lo podrá transformar; hemos de ser testigos de misericordia y de fraternidad, de comunión y de paz entre nuestros hermanos siendo de verdad instrumentos de reconciliación.
Cristo nos envía a anunciar la Buena Noticia, con la misma misión que El recibió del Padre, para evangelizar a los pobres, para sanar corazones desgarrados, para ayudar a la más profunda liberación de tantas esclavitudes en que vive inmerso nuestro mundo. A un mundo que padece de tristeza y angustia nosotros hemos de predicar la alegría y la esperanza; a un mundo desorientado que no encuentra caminos de redención nosotros tenemos que anunciar que Cristo es el Camino y la Verdad y la Vida; a un mundo dividido y roto por las guerras, los enfrentamientos y los egoísmos ambiciosos nosotros tenemos que trabajar por la paz y la reconciliación y señalar que el amor es la mejor senda para hacer un mundo nuevo; a un mundo lleno de injusticias y maldades que sigue esclavizando a los más débiles nosotros tenemos que anunciarles la verdadera liberación que en Cristo podemos encontrar. A un mundo que vive sin Dios, al margen de Dios, nosotros hemos de hacerle ver que en verdad Dios está en medio de nosotros.
Y todo eso lo realizamos con esperanza, con la fe cierta de que la victoria de Cristo que hoy celebramos en su Ascensión es también nuestra victoria, porque no estamos solos, porque el Espíritu de Cristo está con nosotros y El es nuestra fuerza y nuestra luz; en El encontramos la gracia y tenemos la fortaleza y el valor para realizar esa lucha por ese mundo mejor. ‘El ha querido precedernos como cabeza nuestra, para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la ardiente esperanza de seguirlo en su Reino’, como decimos en el prefacio.
‘Mientras Jesús bendiciéndolos se separó de ellos subiendo al cielo, ellos se postraron ante El y se volvieron a Jerusalén con gran alegría’. Es la alegría, la fiesta grande que también nosotros hoy celebramos en su Ascensión. No nos caben las tristezas porque la ascensión no es una despedida llena de amarguras, sino que es aprender a descubrir y a sentir esa presencia nueva de Cristo entre nosotros para hacerlo también cada día más presente en nuestro mundo.

viernes, 3 de mayo de 2013


No  nos puede faltar la alegría de Cristo resucitado

Hechos, 15, 1-2.22-29; Sal. 66; Apoc. 21, 10-14.22-23; Jn. 14, 23-29
‘Continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado’, pedíamos en la oración de la liturgia de este día. No puede decaer nuestra alegría; no puede decaer nuestro fervor y entusiasmo, aunque hayan pasado cinco semanas del domingo de la Pascua. Es algo grande y maravilloso lo que celebramos y no se puede enfriar nuestro espíritu. Tenemos que seguir viviendo el espíritu de la Pascua, ahora de una manera intensa en el tiempo pascual, pero el espíritu pascual que ha de acompañarnos a lo largo de toda nuestra vida.
Por eso pedíamos que ‘los misterios que estamos recordando - celebrando - transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras’. Como decíamos, no celebramos la Pascua como algo ajeno a nosotros y a nuestra vida. Es algo que nos afecta profundamente. No era una simple tristeza por ver a alguien que sufría lo que vivíamos en los días de la pasión. Contemplábamos un misterio inmenso donde se estaba manifestando el amor de Dios que venía con su salvación que llegaba a su expresión más gloriosa cuando celebrábamos a Cristo resucitado.
Pero, ¿en qué consistía esa salvación? ¿algo como que se añadía a nuestra vida como si fuera algo así como un adorno o algo superpuesto exteriormente? De ninguna manera. La salvación que Jesús nos ofrece transforma totalmente nuestra vida desde lo más hondo de nosotros mismos. Estábamos envueltos y sumergidos en el pecado y la muerte y Jesús con su pascua nos arranca de esa muerte, dando muerte al pecado, para llenarnos de una vida nueva. Nos sentimos transformados en la resurrección a vivir una vida nueva.
Vivir esa vida nueva, esa salvación es un abrirnos a Dios para sumergirnos en Dios y para llenarnos de Dios; es un abrirnos de Dios para entrar en una órbita nueva que es la del amor, porque es el amor de Dios que se derrama sobre nosotros de manera que quedamos inundados de él y ya no sabremos vivir sino para el amor. Será el sentido nuevo de nuestra vida, de nuestro vivir. Ya no podremos vivir de otra manera sino amando y no con un amor cualquiera, como escuchábamos y reflexionábamos el pasado domingo, sino con un amor como el que Dios nos tiene, como el amor que nos tiene Jesús que le ha llevado a esa entrega suprema de amor que fue su pascua, su muerte en la cruz.
Nos sentimos transformados y ¡de qué manera! Sí, nuestra vida tiene que ser distinta. Fijémonos en las palabras de Jesús hoy en el evangelio. ‘El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él’. Dios que hace morada en nosotros. ¡Qué maravillosa y misteriosa revelación! Dios ya no está lejos, ni siquiera cerca de ti, está dentro de ti. No lo vamos a buscar en lugares extraños, en hechos extraordinarios o acontecimientos especiales o espectaculares. No necesitaremos subir a la montaña como Moisés en el Sinaí, ni irnos al desierto como Elías. Dios está dentro de ti, porque hace morada en ti. Allí donde vayas, Dios sigue estando en ti.
Esto tan maravilloso es algo que no terminamos de asumir plenamente para vivirlo con toda intensidad. Cuando en el Bautismo nos unimos a Cristo, como hemos recordado tantas veces, Dios comenzó a habitar en nosotros. Recordemos que decimos que desde nuestro Bautismo somos morada de Dios y templo del Espíritu Santo. El Bautismo significa un sí tan grande a Cristo que así transforma totalmente nuestra vida. No es un simple rito que realicemos. Es algo profundo lo que se realiza en nuestra vida. A través de ese signo del sacramento le estamos dando toda nuestra fe y nuestro amor de manera que ya toda nuestra vida no ha de hacer otra cosa que buscar la gloria de Dios realizando su voluntad en  nosotros. Y entonces nos sentimos amados de Dios de tal manera que Dios viene a habitar en nosotros, como nos está diciendo Jesús hoy en el evangelio.
Pero esto es algo que no podemos olvidar fácilmente, porque está comprometiendo nuestra vida para siempre. ¡Qué santa tiene que ser nuestra vida cuando somos conscientes de cómo Dios habita en nosotros! Muchas conclusiones podríamos sacar. Es cierto que estamos llenos de debilidades y el pecado nos acecha, pero ya Jesús nos ha prometido el Espíritu que será nuestra sabiduría y nuestra fortaleza. ‘El Espíritu, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho’.
Cuando vamos viviendo todo esto una paz nueva llena nuestro corazón. Podrá haber dificultades y contratiempos, pero no nos faltará la paz. Nos sentiremos tentados y zarandeados por el enemigo malo que se nos puede manifestar de muchas formas - muchas veces en la oposición que podamos encontrar en un mundo adverso que nos rodea que nos puede hacer pasar por malos momentos de incomprensión o de muchas cosas en contra, o los problemas con que nos vamos enfrentando en nuestra vida, enfermedades, limitaciones, etc. - pero tenemos la paz de Cristo con nosotros, en nuestro corazón.
‘La paz os dejo, la paz os doy; no os la doy como la da el mundo, pero que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde’, nos dice Jesús. Porque esa paz no es algo que nos sea impuesto como muchas veces sucede con las cosas y estilos del mundo, sino que aun en los conflictos tenemos paz, porque tenemos la seguridad de que Dios está con nosotros y su Espíritu es nuestra fuerza.
Todo esto que estamos reflexionando desde la Palabra del Señor proclamada en este sexto domingo de Pascua puede sernos también iluminador para esta jornada que estamos celebrando en nuestra Iglesia de España con la Pascua del Enfermo. Y es que un enfermo que vive en cristiano, por decirlo de alguna manera, su enfermedad siente de forma intensa ese paso de Dios por su vida ahí en sus propios dolores, limitaciones y sufrimientos. Su propia enfermedad puede ser verdaderamente un sacramento de Dios para su vida.
¿Cómo podemos entenderlo? Recorramos las páginas del evangelio y veremos a Jesús junto a los enfermos y a cuantos sufren y siempre la presencia de Jesús es motivo de paz, de salud y de salvación. Con fe acuden a Jesús con sus males y dolencias y la mano de Jesús se va posando sobre ellos para llenarlos de vida y de esperanza. Muchos sanarán incluso físicamente de sus enfermedades corporales, pero todos se sanarán desde lo más hondo de sí mismos porque en ellos se despierta la fe, renace la esperanza y aparece la paz y el amor en sus corazones. Jesús va siempre repartiendo vida y perdón, gracia y paz, y los corazones se llenan de fortaleza y esperanza.
Es lo que en esta pascua del enfermo de manera especial queremos celebrar y vivir. ‘La paz os dejo, la paz os doy…’ nos sigue diciendo hoy Jesús. Y como decíamos antes, podrán haber dificultades y contratiempos, pero no nos faltará la paz; podrán sufrir nuestros cuerpos o vernos muy limitados por nuestras debilidades o los muchos años, pero teniendo a Cristo con nosotros y dejándonos inundar por su amor, estaremos llenos siempre de paz, porque Dios habita en nuestros corazones. Y entonces sabremos darle sentido a nuestro sufrimiento y sabremos unirnos a la pascua del Señor ofreciendo también nuestra vida en bien de la iglesia y para la gloria de Dios.
Es lo que hoy queremos celebrar. Que ‘los misterios que estamos celebrando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras’, en la vida de cada día.

sábado, 27 de abril de 2013


El amor nuevo que nos pide Jesús y que es nuestro distintivo

Hechos, 14, 21-27; Sal. 144; Apoc. 21, 1-5; Jn. 13, 31-35
No es posible creer en Dios-Amor y seguir atrapado en la telaraña de nuestros egoísmos y mezquindades. Sólo quien es amado y se siente amado es a su vez capaz de amar. Quienes hemos vivido en toda su intensidad el misterio pascual de Cristo no podemos menos que amar y amar en el estilo y la manera de cómo nosotros hemos sido amados. Y nosotros seguimos celebrando la Pascua.
Hemos escuchado en el Apocalipsis: ‘El que estaba sentado en el trono dijo: lo hago todo nuevo’. Es el fruto más brillante de la pascua. Un mundo nuevo tiene que surgir de la pascua. ‘Un cielo nuevo y una tierra nueva, el primer cielo y la primera tierra han pasado…’ Es el amor nuevo que hemos de vivir y que nos ha de distinguir para siempre. El amor será el carné de identidad de los cristianos porque es signo concreto de una fuerza misteriosa inaccesible al ser humano: la fuerza del amor de Dios que se revela en su Hijo Jesús.
Es el mandato de Jesús que hoy le escuchamos en el evangelio. Un mandamiento nuevo,  nos dice. Mandamiento nuevo, ¿por qué? El amor está impreso en el corazón del hombre, podríamos decir, desde su misma naturaleza humana, desde su misma humanidad. Un amor que nos hace entrar en relación con nuestros semejantes en la que el ser humano se afianza a sí mismo en una relación mutua buscando armonía y entendimiento para alejar de sí aquello que le pudiera destruir, si todo lo basáramos en un enfrentamiento y en una lucha. Por el mismo amor a la vida el ser humano buscará ese entendimiento en el amor para evitar su destrucción. Por eso podemos decir que está impreso en el ser más intimo del hombre, de la persona, aunque pudiéramos dañarlo desde intereses que solo le hicieran mirarse a si mismo y nos pudiera volver egoístas. 
En la medida en que Dios se va revelando a la humanidad nos va revelando también la grandeza del ser humano construido desde el amor. El mandamiento del amor desde lo que es la voluntad del Dios está patente y claro también en el Antiguo Testamento porque ya los diez mandamientos nos enseñan a buscar el respeto y el valor de toda persona y en consecuencia el amor, nacido desde ese amor de Dios que expresamente se manifiesta en lo que es la historia de la salvación en el antiguo pueblo de Israel, en el Antiguo Testamento.
El mandamiento, pues, de amarnos los unos a los otros no es nuevo en sí mismo, sin embargo Jesús nos dice que nos da un mandamiento nuevo que es el amarnos los unos a los otros. ¿Dónde está la novedad? podríamos preguntarnos. La novedad está en la manera cómo ha de ser ese amor, porque Jesús nos dice que hemos de amarnos como El nos ama a nosotros. Esa es la novedad y esa es la Buena Noticia. ‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros’. Y como nos dice a continuación esa será la señal por la que nos reconocerán como discípulos de Jesús.
Mandamiento nuevo del amor porque constituye el único y radical compromiso de la Alianza nueva y eterna instaurada por Jesús en su entrega suprema de amor; mandamiento de amor recíproco - amarnos los unos a los otros - porque ya para siempre nadie será superior al otro porque además todos necesitamos del amor del otro.
Pero mandamiento nuevo del amor porque se funda en el amor de Jesús - ‘como yo os he amado’, nos dice - que es el modelo supremo de nuestro amor. ‘Si yo el maestro y el Señor os he lavado los pies, así debéis lavaros los pies los unos a los otros’, nos diría al principio de la cena pascual después de haber realizado el signo.
El amor que nos está pidiendo Jesús que nos tengamos tiene unas características muy precisas y hermosas, tenemos que reconocer. Será un amor generoso, rompedor de límites, gratuito, misericordioso, liberador y que nos hace entrar en una nueva comunión con resplandores y anuncios de plenitud y de eternidad.
Un amor que no tiene limites a la hora de dar ni de darse, que sabe esperar siempre y siempre dispuesto a comprender y a perdonar; un amor que nos hace humildes y sencillos para abajarnos siempre y ponernos en la actitud del servicio desinteresado; un amor generoso que ama a todos porque nadie se considerará ya un enemigo, y que llega a todos, al cercano y al lejano, al amigo de siempre y al desconocido.
Será un amor gratuito que ni se fija en méritos ni busca méritos ni recompensas sino que siempre será gracia - gratuito - como lo es la gracia del Señor que envía la lluvia o hace salir el sol sobre malos y buenos, sobre justos o injustos; un amor que se hace extraño en un mundo de intereses y de búsquedas de recompensas, donde todo se paga o se compra, pero que actúa entonces en la sintonía de Dios, mucho más hermosa que todas nuestras interesadas sintonías humanas.
Será un amor entrañable, como entrañable es la ternura y la misericordia de Dios como se nos refleja en el pastor que busca la oveja perdida o el padre que espera siempre con un corazón lleno de ternura tanto al hijo pródigo que se marchó como al hijo orgulloso que se quedó en la casa del padre para sentirse superior sobre su hermano. Es un amor siempre dispuesto a perdonar no una sino hasta setenta veces siete porque siempre ve en el otro un hermano y no será capaz nunca de tirar la primera piedra del juicio y la condena porque primero reconoce su debilidad y su propio pecado.
Será un amor liberador, porque amando de verdad nos liberamos de tantas cosas que nos atan por dentro, pero que será siempre una mano tendida al hermano para levantarlo, para restablecerlo en su dignidad, para ayudarle a caminar, para hacerle sentirse nuevo porque se sentirá querido y amado, comprendido y perdonado.
Será un amor que nos hará entrar en una relación nueva con el otro que es algo más incluso que un compartir solidariamente o una amistad, porque será empatizar desde lo más hondo con el otro para saber vivir una nueva relación de comunión, una nueva relación que nos hará saber comulgar también con el otro para amarlo desde lo más profundo, sea quien sea.
Y será un amor permanente, un amor que no desfallece ni se agota ni por el paso del tiempo ni por los contratiempos que puedan surgir, porque será un amor a la manera del amor que el Señor nos tiene que siempre es fiel en su amor por nosotros; un amor que nos abre a horizontes de plenitud y de eternidad porque nos hace participar del amor eterno e infinito de Dios.
Un amor nuevo, un amor distinto es el amor que nos pide Jesús y que nos enseña a vivirlo con su propio amor. Un amor de lo más humano pero también de lo más divino; un amor humilde, servicial, misericordioso; un amor que es paciente y que llena de esperanza; un amor delicado y fuerte, comprensivo y exigente; un amor que comparte el dolor y la alegría, un amor que sana y que libera; un amor que nos hace entrar en la más profunda comunión con el hermano y que nos acerca a Dios, al mismo tiempo que hace presente a Dios. Un amor que se alimenta en el amor de Dios y que al mismo tiempo se hace ofrenda y sacrificio porque en el amor - ahí está lo que es el amor y la entrega de Jesús - el mundo va a encontrar salvación.
‘Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, amaos también entre vosotros. Es la señal por la que conocerán todos que sois discípulos míos…’ ¿Se nos reconocerá por ese amor?

sábado, 20 de abril de 2013


Jesús, Buen Pastor está siempre a nuestro lado

Hechos, 13, 14.43-52; Sal. 99; Apoc. 7, 9.14-17; Jn. 10, 27-30
Este cuarto domingo de Pascua es conocido desde siempre como el domingo del Buen Pastor. Es la imagen con la que Jesús se nos presenta en el Evangelio pero, además todos los textos de la liturgia propios de este domingo, las oraciones, las antífonas, están impregnados de ese sentido y de una forma o de otra nos aparece esa imagen del Buen Pastor.
‘Yo soy el Buen Pastor - dice el Señor - conozco a mis ovejas y las mías me conocen’ es la antífona del Aleluya con que hemos aclamado el Evangelio antes de proclamarlo. De ello nos ha hablado Jesús. ‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna’, nos decía en el evangelio.
Esta imagen del pastor es muy rica en significado para hablarnos de ese amor de Dios que nos busca y que nos llama, que nos cuida y que nos alimenta, que nos conduce por caminos seguros y nos llena de vida. Es imagen bien hermosa para manifestarnos todo  lo que es el amor de Dios que se nos manifiesta en Jesús. Un amor fiel que permanece invariable sobre nuestra vida, que nos llena de esperanza porque nos sabemos siempre amados de Dios.
En el mensaje que nos dejaba Benedicto XVI para la Jornada de oración por las vocaciones que se celebra en este día nos decía: ‘¿En qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. El, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo. Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno ha de hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse en realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás…’
¡Qué hermoso sentirse así amado por Dios! Es necesario que nos dejemos encontrar por su amor. Nos sentimos engrandecidos y llenos de vida, nos sentimos alentados a caminar con esperanza y a luchar con empeño por superarnos y crecernos, nos sentimos impulsados a amar más para entrar en una relación mutua más humana y más fraterna, nos sentimos con deseos profundos y comprometidos por hacer que nuestro mundo sea cada día un poco mejor, nos hace sentirnos con más confianza en nosotros mismos para sentirnos capaces de hacer ese mundo mejor. Siempre el que se siente amado se siente dignificado en su ser más intimo y eso le enseñará también a valor la dignidad de los demás a quienes ya mirará siempre como hermanos.
Y es que no nos sentimos solos, porque sabemos que Jesús, como Buen Pastor que está siempre al lado de sus ovejas, está junto a nosotros alentándonos con su presencia pero llenándonos también con su gracia. Como el pastor que buscará siempre los mejores pastos, el mejor alimento para sus ovejas, así el Señor nos ofrece cada día la riqueza de su Palabra que alimenta nuestra vida, pero también se nos dará El mismo para ser nuestra fuerza y nuestro alimento en la Eucaristía de su Cuerpo y Sangre.
Así nos cuida el Señor y nos defenderá como el pastor que no es un asalariado, porque el asalariado no defiende a las ovejas sino que cuando  ve venir al lobo huye y las abandona, como nos dice en otros lugares del evangelio. Hoy nos dice que sus ovejas ‘no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano’. Nos sentimos seguros en el amor del Señor.
Como nos decía Benedicto XVI ‘¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!... También hoy Jesús, el resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida… y en ese devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con El, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. El, que vive en la comunidad de los discípulos que es la Iglesia, también hoy nos llama a seguirlo’.
‘Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen’, que nos decía Jesús en el evangelio. Por una parte está esa respuesta nuestra escuchando al Señor y queriendo seguirle porque en El nos sentimos totalmente seguros con esa seguridad y certeza que nos da el amor, pero está también cómo el Señor nos conoce; y nos conoce por nuestro nombre, como somos, con nuestras necesidades y debilidades, con nuestras ilusiones y nuestras esperanzas; y aún así nos ama y nos está invitando continuamente a seguirle, a estar con El. Le escuchamos y nos llenamos de su luz; le escuchamos y nos sentimos envueltos por su amor; le escuchamos y nos ponemos en camino de vida eterna. Queremos seguir a Jesús, verdadero pastor de nuestra vida y al mismo tiempo Cordero de Dios que se sacrifica por nosotros para darnos vida.
Como ya hemos venido expresando al hacer mención al mensaje del Papa hoy estamos celebrando la Jornada de Oración por los Vocaciones. Jesús es el Buen Pastor de nuestra vida pero El se hace presente en su Iglesia en aquellos que llama con una vocación especial para ejercer ese ministerio de pastores en su nombre para bien de la Iglesia. Un día llamó a Pedro y a los Apóstoles para que continuaran su misión enviándolos por el mundo a anunciar el evangelio constituyendo la Iglesia en las comunidades de creyentes en el  nombre del Señor Jesús que iban surgiendo. Esa misión se continúa en los pastores que Dios sigue llamando a través de todos los tiempos como regalo de gracia para su Iglesia.
Pastores compenetrados en todo con Cristo Pastor y que se hacen pobres y desprendidos, con Cristo empobrecido, para evangelizar a los pobres; pastores humildes, con Cristo humillado y servidor, para estar más cerca de los pobres y los pequeños; pastores misericordiosos, con Cristo compasivo, para estar más abiertos a las miserias humanas; pastores pacíficos, con Cristo-Paz, para llegar a ser instrumentos de reconciliación; pastores limpios de corazón, con Cristo transparencia divina, para poder descubrir y proyectar la presencia de Dios en medio del mundo.
Hoy es un día de especial oración de las comunidades cristianas por sus pastores y también por todos aquellos llamados por el Señor con una vocación de especial consagración, como son los religiosos y religiosas, testigos de Cristo en medio del mundo. Oremos al dueño de la mies que envié obreros a su mies, como nos enseña Jesús en el evangelio. Como nos decía Benedicto XVI en su mensaje para esta Jornada ‘la oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza en medio del mundo’.
La abundancia de vocaciones es la mejor expresión de la intensidad de vida de nuestras comunidades cristianas; ‘la respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza el futuro de la Iglesia y a su tarea evangelizadora. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del evangelio, para la celebración de la Eucaristía y de todos los sacramentos’.
Oremos al Señor para no falten sacerdotes, personas que consagren su vida a Dios y al servicio de la Iglesia en una especial consagración en la vida religiosa en sus diferentes órdenes y carismas. Oremos al Señor para que sean muchos los llamados, pero que sientan en su corazón la fortaleza de la gracia para responder a su vocación con total fidelidad. Son un regalo bien preciado del Señor a su Iglesia. 

viernes, 12 de abril de 2013


Una nueva experiencia de Cristo resucitado para crecer en el amor

Hechos, 5, 27-32.40-41; Apoc. 5, 11-14; Jn. 21, 1-19
Una nueva experiencia de Cristo resucitado. Para los apóstoles y para nosotros que queremos seguir viviendo con intensidad la pascua. Cada experiencia pascual supone un aumento de fe, de amor, de esperanza. Así queremos vivirlo. Así queremos enriquecernos con la presencia del Señor. El evangelista dice que ‘fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos’. Las otras dos apariciones que nos narra Juan las escuchamos el pasado domingo.
Ahora están en Galilea. En la aparición a las mujeres que habían ido de mañana al sepulcro para embalsamar su cuerpo Jesús les había dicho: ‘Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán’. Han vuelto los discípulos a donde habían comenzado sus encuentros con Jesús y donde un día lo habían dejado todo para seguirle. Cuántos recuerdos y cuántas experiencias. Pero ahora se han vuelto de nuevo a la pesca.
Aunque han experimentado ya su presencia y la alegría del encuentro con El en las apariciones en el Cenáculo, les pasaría como nos pasa a nosotros tantas veces que fácilmente nos desalentamos porque se nos enfría el espíritu. La experiencia de la muerte de Jesús había sido muy dura para ellos y aunque ya se les había aparecido ahora todo parecía distinto, porque físicamente no siempre estaba con ellos y tenían que aprender a descubrirlo y verlo de una manera nueva. Fácilmente el corazón se les llenaba de tinieblas y de noche y parecía que ahora las cosas no les salían.
‘Me voy a pescar’, dice Pedro. ‘Vamos también nosotros contigo’, dicen también los otros. Pero ‘aquella noche no cogieron nada’. Volvían los recuerdos y se revivían muchas cosas; a veces parecía que la tristeza se les metía en alma como si fueran tinieblas y se les cegaban los ojos y la mente y el corazón.
Cuántas veces nos pasa en nuestros caminos de fe; nos asaltan las dudas, nos parece imposible eso de creer, nos sentimos arrastrados a la vuelta a las cosas de antes que ya un día habiamos querido dejar, el mar de la vida nos zarandea de muchas maneras, pareciera que hay vientos contrarios que no nos dejan caminar, nos sentimos en ocasiones frustrados porque no siempre conseguimos lo que nos proponemos, perdemos la ilusión y se nos apaga la esperanza, nos parece que andamos solos, sentimos ausencias que quizá nos hacen daño en el alma.
Y ahora un extraño - no lo reconcen - desde la orilla encima pregunta si han cogido algo y tienen pescado. No habían cogido nada. Pero aquel que les parece extraño les dice que a la derecha de la barca hay peces, que echen allí la red. Quizá pensarían para sus adentros ¡qué sabrá ese si nosotros hemos estado aquí toda la noche dando vueltas! Pero aunque sus orgullos pudieran verse abatidos, sin embargo le hacen caso, se dejan guiar, y echan la red por donde se les dice. ‘No tenían fuerzas para sacarla por la multitud de peces’.
Pero alguien tiene una mirada distinta, o es que el amor que ha sentido cerca de su corazón le hace despertar, y ‘aquel a quien Jesús tanto quería le dice a Pedro: ¡Es el Señor!’ Bastó esa palabra para que Pedro reaccionara y quizá se diera cuenta de algo que estaba también sintiendo en su corazón pero hasta entonces no había aprendido a leerlo. ‘Se ató la túnica y se echó al agua’. Algo comenzaba a cambiar en ellos.
Cuando se dejaron guiar comenzaron a reconocer a Jesús. Hasta entonces había sido de noche pero ahora comenzaba a amanecer, no solo porque la claridad del día asomaba por el horizonte, sino porque sus corazones se estaban llenando de nuevo de luz. ¡Qué bello amanecer en la orilla del mar de Galilea!
Donde está Jesús empieza a brillar con fuerza la luz, huyen los miedos que antes nos agarrotaban el alma, se siente de nuevo la paz en el corazón, no se siente ya nunca frío ni soledad, se acaban para siempre las frustaciones y las cobardias, brota de nuevo el amor y la amistad, la vida se llena de ilusión y de esperanza, florece el invierno en una nueva primavera, no faltarán los peces y el pan que nos alimenten en el camino.
‘Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con los peces’. Llegaron hasta Jesús y ya Jesús les tenía preparado el almuerzo. ‘Al saltar a tierra, ven unas brazas con un pescado puesto encima y pan’. Jesús queriendo siempre alimentar nuestra fe y nuestro amor.
Estaban aprendiendo a reconocer a Jesús; estaban aprendiendo a poner amor en el corazón par tener unos ojos claros para tener una nueva mirada y ver todo con un nuevo resplandor; estaban aprendiendo a dejarse guiar de verdad y sin poner condiciones ni obstáculos; estaban aprendiendo también a llevar la barca repleta de peces, la barca de la Iglesia que tendrían que conducir en el nombre de Jesús. No hacía falta ya preguntar quien era. ‘Ninguno de los discípulos se atrevia a preguntarle quien era, porque sabían bien que era el Señor’.
San Juan de la Cruz meditando el evangelio nos dejó una frase lapidaria que muchas veces nos ha ayudado a pensar: ‘al atardecer de la vida seremos examinados de amor’. Esta vez el examen fue por la mañana, pero siempre el Señor nos está preguntando por nuestro amor. Es un examen por el que tendríamos que pasar muchas veces por si acaso se nos debilite o se nos enfrie.
Es lo que ahora hace Jesús con Pedro y tres veces le preguntará por su amor. ‘Simon, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?’ La respuesta de Pedro está pronto como siempre estuvo pronto para responder a las preguntas del Señor. En otra ocasión será sobre su fe y hará una proclamación bien hermosa. En otro  momento será Pedro quien porfíe con Jesús prometiendo que le seguiría a donde quiera que fuese, aunque luego pronto llegara la negación. Ahora Jesús le pregunta por el amor no una sino hasta tres veces, de manera que Pedro ya no sabe cómo responderle y le dirá ‘Señor, tú conoces todo, tú sabes que te amo’.
Al preguntarle sobre el amor le está preguntando sobre Dios, que es Amor. Le pregunta sobre los hermanos que son su misma presencia. Le pregunta sobre la comunidad que es comunión de amor. Le pregunta por su amor porque le va a confiar una misión prometida. ‘Tú eres piedra y sobre esta piedra fundaré mi Iglesia’, le dijo un día tras la confesión de fe, y ahora tras la protesta del amor le va a confiar el cuidado de los hermanos. ‘Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas’, le dirá Jesús porque ha de mantenerse firme en esa fe y en ese amor para poder confirmar en esa fe y en ese amor a los hermanos en la misión que le confía.
¿Qué le responderemos nosotros al hacernos esa pregunta? Sí, Señor, tú sabes que te amo, porque eres mi Dios y mi Señor, porque eres mi Salvador; tú sabes que te amo y que te amor en mis hermanos, a todos quiero amar, a los pequeños y a los pobres, a los enfermos y a los marginados; te amor, Señor, pero que no se me cieguen los ojos para saberte descubrir porque vienes a mi en el pequeño y en el pobre, en el enfermo y en el que está solo, en el que me puede parecer repugnante o aquel que no me cae en gracia.
Señor, tú sabes que te amo, pero dame de tu amor, repártenos tu pan para que aprendamos a amar, para que aprendamos y tengamos fuerza para reconocerte en los hermanos, para que seamos capaces de amarte siempre y en todos con los que nos vamos cruzando en el camino. Señor, yo te amo, pero haz crecer cada vez más mi amor incendiándolo en el fuego de tu amor.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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