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Se alegra el alma al saber que tu estas aqui, en nuestra casa de paz

Amigo de mi alma tengo un gran deseo en mi corazon Amar a Dios por todos aquellos que no lo hacen hoy. ¿Me ayudas con tus aportes de amor cada vez que entres aqui? dejanos tu palabra de bien, tu gesto amoroso hacia Dios y los hermanos.

Seamos santos. Dios nos quiere santos

Adri

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir mas ante el pecado.

Seremos c ompletamente libres ,si nos determinamos a no consentir  mas ante  el pecado.
Determinemonos en el deseo de llegar a ser santos.

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sábado, 3 de mayo de 2014

Un camino de desesperanzas y derrotas trasnformado en camino de luz y de vida nueva



Un camino de desesperanzas y derrotas transformado en camino de luz y de vida nueva

Hechos, 2, 14.22-23; Sal. 15; 1Pd. 1, 17-21; Lc. 24, 13-35
El camino de Emaús en principio camino de desesperanzas, de derrotas y de silencios se convirtió en camino de luz y de esperanza nueva. Tristes, desilusionados, con la moral hecha añicos y el espíritu por tierra caminaban aquella tarde aquellos dos discípulos hacia Emaús. ¿El reconocimiento de una derrota y de que se desvanecían todas las esperanzas? Aunque el sol no había terminado de ponerse, en su espíritu todo era oscuridad y tinieblas.
Nos pasa tantas veces en la vida cuando fracasamos en aquello en que habíamos puesto tanta ilusión y tanto empeño, cuando se nos desvanecen las esperanzas porque parece que todas las noticias son lúgubres y tristes, cuando el dolor oprime el corazón y nos hace daño por todas partes y no se atisba ningún resquicio de luz. Qué tristeza embarga el alma en momentos así cuando se ha perdido toda esperanza. Parece que las tinieblas nos envuelven.
Pero el sol no había aún terminado de ocultarse en el horizonte, porque ahora iba a su lado, aunque ellos no se daban cuenta. Quien caminaba a su lado parecía no se consciente de la oscuridad que les envolvía por lo que les pregunta por qué esa tristeza y ese decaimiento que más que caminar parecía que se arrastraban por el camino sin tener horizontes ni metas. Allí estaba una luz que quería brillar en sus corazones pero por ahora las puertas y ventanas del alma estaban cerradas sin dejar entrar esa luz.
Aunque les embargaba el dolor y la desilusión por lo que parecía un fracaso, sin embargo ellos seguían amando a Jesús. A la pregunta del que parecía forastero que con ellos caminaba con entusiasmo comenzaron a recordarlo y a contarle un resumen de lo que había sido su vida, de las esperanzas que había suscitado, pero también de la pasión y muerte con que para ellos había acabado todo.
Recordaban que había  anunciado que resucitaría, pero era el tercer día y ellos nada habían visto, aunque llegaron noticias de la tumba vacía que ya se habían apresurado los sumos sacerdotes y principales de la ciudad a dejar correr la noticia de que sus discípulos habían robado su cuerpo; ellos si sabían lo que contaban las mujeres del sepulcro vacío, de apariciones de ángeles y de anuncios de que estaba vivo, pero para ellos todo se quedaba en sueños visionarios. Venían contando todo eso ‘pero a El no lo vieron’.
‘¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!’, les recrimina. Un suspenso en el conocimiento de las Escrituras, viene a decirles de una forma u otra. Aquel caminante sí conocía bien y manejaba las Escrituras. Comenzó a explicarles; comenzó la catequesis.
¿No os habéis fijado bien en lo que anunciaron los profetas?, venía a decirles. Nunca hablaron de un Mesías belicoso y triunfador; eso era lo que ustedes se habían imaginado como salida por haberlo estado pasando mal en relación con los pueblos que os dominan. Cuando nos sentimos oprimidos por algo parece como que lo que desearíamos es escachar de la forma que sea a quien nos lo está haciendo pasar mal. Aparece fácilmente en nuestro corazón el deseo de la venganza y la revancha.
Pero los profetas hablaban del siervo de Yahvé que sería llevado como cordero al matadero, las descripciones que hace Isaías no son tan agradables a su visión. Podríais recordar lo que tantas veces habéis rezado en los salmos que hablan de burlas y desprecios para el inocente. O podréis recordar lo que pasaron los patriarcas antiguos o los profetas. La obediencia de Abrahán en su fe le llevó al punto de sacrificar a su propio hijo; y los profetas como Jeremías fueron insultados, encarcelados, despreciados.
‘¿No era necesario que el Mesías padeciera todo eso para entrar en su gloria? Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que se refería a El en toda la Escritura’. Y podría decirles también, ¿no recordáis lo que yo os anunciaba que no hay amor más grande que el que da la vida por el amado? ¿No recordáis que el Hijo del Hombre no ha venido a ser servido sino a servir? ¿No recordáis que para ser grande y entrar en la gloria había que saber hacerse el último y el servidor de todos? Muchas cosas les recordaría Jesús mientras caminaba con ellos y ellos no lo reconocían.
Pero sus corazones se iban caldeando; más tarde recordarían que ‘les ardía el corazón mientras les hablaba por el camino y les explicaba las Escrituras’. Si a los doce en el cenáculo les había lavado los pies para que comprendieran bien que era el Maestro y el Señor, ahora a estos caminantes desilusionados que marchan y en cierto modo huyen a Emaús les está lavando el corazón, porque en ellos se está produciendo un cambio grande. Han comenzando a dejar de pensar en sí mismos y en sus tristezas para abrir los ojos y darse cuenta del caminante que va a su lado. El amor, la generosidad y la disponibilidad se van despertando de nuevo en sus corazones y ahora no permitirán que el caminante siga su camino porque no solo el camino puede ser peligroso sino que ellos también lo necesitan, necesitan seguir estando con El. Algo de luz comienza a brillar en sus corazones
‘Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída’. Se están dando cuenta que había tinieblas en su corazón, pero ahora no quieren perder la luz. El cambio se está produciendo en sus corazones y ahora se irán sucediendo los signos con rapidez de vértigo ante sus ojos y se correrán los velos que les impedían ver y reconocer. ‘Entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero El desapareció’.
‘¡Era verdad, ha resucitado el Señor!’ y se ponen de nuevo en camino porque ya no hay tinieblas sino que tienen luz en el alma. Han visto al Señor, ha caminado con ellos en el camino y se ha sentado a su mesa. Entendían ahora mejor la alegría de los ciegos cuando recobraban la vista, porque habían estado bien ciegos y al final volvió la luz a su alma; podían entender por qué los leprosos daban saltos de alegría y corrían a contárselo a los suyos, porque la desilusión y la desesperanza que se les había metido en el alma era la peor lepra y Jesús con su presencia, con su Palabra, con los signos de la Eucaristía les había lavado el corazón y había renacido la esperanza en sus vidas.
Cuando se dieron cuenta de que Jesús había estado con ellos, aunque ahora ya de nuevo  no lo veían salieron corriendo porque la buena noticia había que comunicarla, no se la podían quedar para ellos sino que tenían que compartirla con los hermanos. Ahora no temían oscuridades en los caminos, pues aunque el sol se hubiera ocultado en el horizonte al caer la tarde ellos estaban viviendo un día nuevo radiante de luz y ya nada era dificultad para  ellos que se sentían hombres nuevos afortunados de haber estado con el Señor. Ahora el camino de regreso de Emaús se convirtió en un camino de luz - ya lo había sido antes aunque no se dieran cuenta porque iba el Señor con ellos - y un camino de esperanza nueva.
Pero necesitamos nosotros vivir esta experiencia de resurrección. Jesús también viene a nuestro encuentro y camina a nuestro lado y nos explica la Escrituras y parte para nosotros el pan. En serio preguntémonos, ¿estamos ahora en estos momentos viviendo esa experiencia de resurrección, de sentir a Cristo resucitado con nosotros que también nos quiere hacer ardes nuestros corazones?
Cuidado que los agobios de la vida nos distraigan y no nos dejen ver esa presencia del Señor. También vivimos momentos malos en que nos podemos llenar de desilusión y perder la esperanza, en que los problemas o los sufrimientos que padezcamos nos encierren en nosotros mismos y no seamos capaces de darnos cuenta de que el Señor está a nuestro lado. Abramos los ojos de la fe; despertemos nuestro espíritu; caigamos en la cuenta de cómo parte el pan el Señor para nosotros en esta Eucaristía. Aprendamos a sentir esa presencia del Señor.
Pero tenemos que darnos cuenta de una cosa más; en nuestro entorno hay muchas desesperanzas y derrotas que tenemos que curar. Esos caminos oscuros por los que caminan nuestros hermanos nosotros tenemos que iluminarlos haciendo presente a Jesús en medio de nuestro mundo. Ahí está la tarea que nos queda y el compromiso.

sábado, 26 de abril de 2014

Cristo resucitado en medio de nosottros despierta nuestra fe...


Cristo resucitado en medio de nosotros despierta nuestra fe para que nosotros contagiemos de esa fe a nuestro mundo

Hechos, 2, 42-47; Sal. 117; 1Pd. 1.3-9; Jn. 20, 19-31
La pregunta podríamos hacérnosla de diversas formas aunque en el fondo viene a ser lo mismo. ¿Qué nos ofrece el Evangelio? ¿para qué leemos nosotros el Evangelio? ¿qué es lo que vamos a buscar cuando nos acercamos a las páginas de la Biblia? ¿unas bonitas y aleccionadoras historias?
Sin mermar en lo más mínimo incluso su belleza literaria, sin embargo no nos podemos quedar en esto cuando nosotros acudimos a las páginas de la Biblia. No son simplemente bonitas historias lo que nos quiere trasmitir. Tenemos que reconocer que para nosotros es la Gran Noticia, la más grandiosa noticia que podamos escuchar. Una Buena Nueva a la que no nos podemos acostumbrar, porque caeríamos en una absurda y maléfica rutina, y que entonces le haría perder su más valioso sentido.
Una grandiosa noticia, por supuesto, que sólo desde la fe podremos descubrir y una grandiosa noticia que a la fe siempre nos tiene que conducir. Una grandiosa noticia que para nosotros es vida y nos llena de vida. Una grandiosa noticia que siempre tiene que producir en nosotros un impacto grande que nos llene de admiración y provoque en nosotros siempre cantos de alabanza al Señor.
Fijémonos en cómo termina hoy el texto del Evangelio, que viene a ser también el final del Evangelio de san Juan. ‘Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre’.
¿Dónde está el centro, el meollo de esa Buena Noticia? Jesús, el Mesías, el Hijo de Dios, Cristo resucitado es la gran noticia que nos convoca, que nos llama y nos invita, que transforma nuestra vida, que nos llena de esperanza, que nos pone en camino, que nos llena de salvación y que nos hará que siempre tengamos que ser mensajeros de esa salvación para los demás, para el mundo que nos rodea. Lo hemos venido repitiendo estos días. Cristo es nuestra salvación y la salvación de nuestro mundo. Es la buena noticia que recibimos y la Buena Nueva que hemos de saber trasmitir.
En esta octava de Pascua el Evangelio nos habla de resurrección. Cristo resucitado que se manifiesta a los discípulos encerrados en el Cenáculo. Y decimos encerrados, porque ya el evangelista se ha encargado de decirnos claramente que están con las puertas cerradas por miedo a los judíos. ‘El día primero de la semana… entró Jesús y se puso en medio, y les dijo: Paz a vosotros’. Es el saludo de Cristo resucitado. Que no son sólo sus palabras, que es su presencia la que los llena de paz y en consecuencia de alegría. ‘Se llenaron de alegría al ver al Señor’.
¿Lo esperaban? ¿habían creído las noticias que habían traído las mujeres en la mañana que habían ido al sepulcro y lo habían encontrado vacío hablando de apariciones de ángeles? Allí está Jesús. No se lo terminan de creer. Como nos sucede a nosotros en tantas ocasiones que la fe se ha puesto a prueba o se ha debilitado. ‘Les enseñó las manos y el costado’. Podrían palpar si querían. En el relato de los otros evangelistas decía que creían ver un fantasma. San Lucas nos dirá que comió con ellos.
Pero la presencia de Jesús es mucho más. ‘Exhaló su aliento sobre ellos’ y les dio su Espíritu.  Ya para siempre podrían seguir sintiendo y viviendo su presencia. Presencia que les llenaba de paz y de gracia; presencia del Espíritu que haría presente para siempre lo que era la misericordia del Señor; había derramado su sangre para el perdón de los pecados; ese perdón y esa misericordia de Dios a través de ellos tendría que seguir haciéndose presente en medio del mundo.
Esa había de ser la Buena Noticia que se ha de seguir llevando al mundo. Por eso Jesús los envía. ‘Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo’. Y enviados por Jesús todos han de tener noticia de la salvación, todos podrán acceder a ese perdón y a esa gracia que El nos ha ganado derramando su sangre, dando su vida por nosotros.  Es  la tarea de la Iglesia; es la tarea de cuantos creen en Jesús. Y la Iglesia ha de mostrarse como madre de misericordia, porque para siempre ha de hacer presente esa misericordia y ese perdón de Dios para todos los hombres. Y es de lo que todos nosotros tenemos que ser signos para los demás, para nuestro mundo, llenando nuestras entrañas de esa misericordia divina, para que aprendamos también a querernos y aceptarnos, a perdonarnos y ayudarnos, a caminar como hermanos que se quieren y actuar siempre con verdadera misericordia en el corazón hacia los demás. Así seremos signos de esa presencia misericordiosa de Dios en medio del mundo.
Siguiendo el relato del evangelio pudiera parecernos que aparece una sombra porque Tomás duda, no quiere creer y pide pruebas. ‘Tomás, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús’. Los discípulos le trasmiten la noticia, ‘hemos visto al Señor’, pero él pide pruebas: ‘si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no creo’.
Jesús, por así decirlo, acepta el reto de Tomás, porque ‘a los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos, y llegó Jesús, estando también cerradas las puertas, y se puso en medio’, saludándolos también con el saludo de paz. ‘Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente’. Pero Tomás terminó confesando su fe en Jesús: ‘¡Señor mío y Dios mío!’
Las dudas de Tomás nos sirvieron para disipar nuestras dudas; la confesión de fe de Tomás nos enseña a confesar nosotros también la fe reconociendo en verdad a Jesús como nuestro Señor y como nuestro Dios. Las reticencias de Tomás nos enseñan a nosotros a dejarnos conducir, a creer en los testigos de la fe, a descubrir también cuántos a nuestro lado confiesan valientemente su fe aunque les sea duro.
El entusiasmo con que el resto de los discípulos trataban de convencer a Tomás animan nuestros entusiasmos, nos hace también a nosotros valientes y decididos para mostrarnos en verdad como testigos del amor y de la misericordia frente al mundo que nos rodea. Siendo verdaderos testigos será cómo podemos convencer al mundo. No podemos conformarnos con los que somos sino que tenemos que tenemos que tener el arrojo y la valentía de ir a mostrar al mundo esa Buena Noticia de la misericordia, de la paz, del amor a través de nuestras obras, de nuestras actitudes, de nuestros comportamientos, también de nuestras palabras.
Así crecerá en nosotros la fe, pero así despertaremos la fe en cuantos nos rodean. Hoy tenemos que ser nosotros evangelio de misericordia y de amor a través de nuestra vida para que el mundo llegue a conocer a Jesús y el mundo crea y el  mundo pueda alcanzar la salvación. Recordemos el testimonio que se nos ofrece de las primeras comunidades cristianas. Las obras de la misericordia y del amor con que nos manifestamos han de ser sacramento de Dios para cuantos nos rodean. Los signos de amor y de comunión que nosotros demos en nuestras comunidades serán señales para nuestro mundo de la salvación de Dios.
Quienes nos hemos visto inundados de esa misericordia de Dios cuando el Señor nos ha visitado y nos ha regalado su perdón a nuestros muchos pecados no podemos menos que trasmitir ese evangelio, esa buena noticia del amor de Dios a los demás para que lleguen también a alcanzar esa salvación de Dios. No nos vale que nos quedemos con las puertas cerradas y llenos de miedo en el corazón cuando Cristo ha llegado a nuestra vida con su paz. Esas puertas y esas barreras tienen que saltar para que todos puedan conocer la salvación de Dios. Jesús tiene que ponerse también en medio del mundo para llenarlo de paz, pero eso va a depender de nosotros, que con nuestra vida lo hagamos presente.

domingo, 20 de abril de 2014

Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado… muriendo destruyó nuestra muerte, resucitando nos dio nueva vida

Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado… muriendo destruyó nuestra muerte, resucitando nos dio nueva vida

Hechos,  10, 34.37-43; Sal 117; Col. 3, 1-4; Jn. 20, 1-9
¡Ha resucitado el Señor! verdaderamente ha resucitado, Aleluya. Nos lo repetimos una y otra vez desde que anoche celebrábamos con toda alegría la vigilia pascual en la que cantábamos una y otra vez a Cristo resucitado.
‘Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo’. Rebosantes de gozo pascual el mundo entero desborda de alegría. Nos lo repetimos una y otra vez. Como una nueva primavera rebrota la vida en nosotros con la presencia de Cristo resucitado. Lo sentimos, lo queremos vivir, lo que expresar con nuestros cantos y con nuestra alegría, lo manifestamos con toda nuestra vida. Todo ha de tener el sabor de lo nuevo y de lo vivo cuando cantamos a Cristo resucitado.
Nuestros templos se llenan de flores que no son solo los bellos adornos con que queremos engalanarlos, sino que son nuestros corazones los que sienten ese rebrotar de primavera que todo lo llena de luz y de color que lo expresamos con la alegría nueva de nuestros rostros, pero también con esas actitudes nuevas con que nos acogemos los unos a los otros. Nada puede seguir igual. Todo ha de tener una nueva luz y un nuevo color.
Todo tiene que cambiar cuando sentimos en el alma el gozo grande de la resurrección del Señor. De ninguna manera podemos permitir que persistan sombras de pena o de tristeza en nuestros corazones. Desde Cristo resucitado hasta los sufrimientos o los problemas que podemos tener los asumimos de forma distinta. Anoche nos iluminábamos con la luz de Cristo resucitado, simbolizada en el Cirio Pascual que encendíamos en el fuego nuevo. De allí tomábamos la luz que además queríamos generosamente y con entusiasmo compartir con los demás. No nos podemos guardar la luz solo para nosotros. No podemos ocultar de ninguna manera la alegría de nuestra fe. Todo tiene que ser contagioso. ¡Bendito contagio si somos capaces de compartir esa alegría  de nuestra fe a los demás para que ellos lo vivan también!
Los textos del evangelio que escuchábamos tanto anoche, como hoy en la mañana precisamente eso nos lo hacen ver. A las mujeres que fueron al sepulcro, los ángeles las enviaron con la buena noticia de que Cristo había resucitado para que fueran a comunicarla a los demás. Hoy hemos contemplado a María Magdalena que cuando ve que el sepulcro de Cristo está vacío corre al encuentro de los hermanos para llevarles la noticia. Vendrán Pedro y Juan hasta el sepulcro, vieron y creyeron, que hasta entonces no habían entendido la Escritura de que había de resucitar de entre los muertos.
‘Cristo, nuestra Pascua, ha sido inmolado; El es el verdadero Cordero que quitó el pecado del mundo’, como había anunciado el Bautista; ‘muriendo destruyó nuestra muerte, resucitando nos dio nueva vida’. La muerte y el pecado ha sido vencida. Ha brotado la nueva vida de la gracia. El gran Sacerdote ha completado la ofrenda con la que le veíamos subir en la tarde del viernes santo al altar de la Cruz. Ha llegado a su consumación y se ha convertido para nosotros en autor de salvacion eterna. Dios lo levantó sobre todo  nombre y por la resurrección de entre los muertos lo ha constituido Mesías y Señor, para que todos los que creen en El reciban por su nombre el perdón de los pecados.
Pero la resurrección de Jesús es también nuestra resurrección. Como escuchábamos anoche a san Pablo ‘por el bautismo fuimos con El sepultados en su muerte, para que así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, asi también andemos nosotros andemos en una vida nueva… en una resurrección como la suya…vivos para Dios en Cristo Jesús’.
Por eso nos decía hoy de nuevo san Pablo ‘ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba … aspirad a los bienes de arriba, donde está Cristo sentado a la derecha del Padre, no a los de la tierra’. Ya decíamos que ahora nuestra vida tiene que ser distinta. Hemos dejado atrás las tinieblas del pecado. Renunciamos a todo lo que sea muerte para poder vivir la vida nueva que nace de nuestra fe.
La profesión de fe que en este día de Pascua hacemos ha de tener una especial resonancia en nuestra vida. Vamos a recordar nuestro Bautismo con el Sí que le dimos a Cristo con toda nuestra vida y que a lo largo de nuestra existencia en momentos especiales hemos renovado con toda intensidad. Recordando nuestro Bautismo haremos nuestra renuncia al pecado y a las obras del mal y confesaremos nuestra fe queriendo expresar asi el compromiso de vida nueva que surge brioso, entusiasta de nuestro corazón en la alegría con que estamos viviendo la resurrección del Señor. Luego dejaremos que caiga una vez más el agua bendita sobre nosotros.
Y no olvidemos que la confesión de nuestra fe nos convierte en enviados, en misioneros de esa fe. Muchas oscuridades sigue habiendo en nuestro mundo que tenemos que iluminar. Mucha esperanza tenemos que despertar en el mundo que nos rodea. Tenemos que ayudar a los que caminan a nuestro lado demasiado a rastras de esta tierra a que levanten los ojos, a que miren a lo alto, a que descubran la luz. Cristo es esa luz que necesita nuestro mundo; Cristo es esa buena noticia que puede, que tiene que despertar la esperanza en nuestro mundo, que muchas veces cree que marcha sin rumbo, despertar la esperanza a los que van desilusionados por la vida pensando que todo lo que sufrimos no tiene solución.
Nosotros los cristianos que creemos en Cristo resucitado, aunque muchos sean los problemas con que la vida nos envuelve, no perdemos la esperanza, porque nos apoyamos en aquel que nos ama y ha dado su vida por nosotros. El nos enseñó como podemos hacer un mundo nuevo y esa es nuestra tarea ahora, con la fuerza de su Espíritu. La fe que tenemos en Jesús no nos hace desentendernos del mundo y de su problemas, sino todo lo contrario nos compromete más, sabiendo que la luz del evangelio nos da cauces para vivir una vida nueva y hacer un mundo mejor. Son los compromisos de nuestra fe en Cristo resucitado.
En Cristo resucitado encontramos el sentido y encontramos la fuerza para realizarlo, porque El nos acompaña siempre con la fuerza de su Espíritu. Anoche desde México me llegaba un eco de lo que reflexionábamos en la vigilia pascual que quiero compartir con ustedes. Comentando lo que anoche reflexionábamos me decía: ‘Sí, Éste, Cristo resucitado, es el culmen de la historia de la salvación. Sin la resurrección, esta vida no tendría sentido. Si Jesús no fuera Dios, para mi la vida tampoco tendría sentido’.
¡Ha resucitado el Señor! Verdaderamente ha resucitado, ¡Aleluya! El es nuestra vida, es nuestro Camino, es nuestra Verdad absoluta. Caminemos a su luz. Empapémonos de su Evangelio. Vivamos en la plenitud del amor que El nos ha enseñado. Compartamos la alegría de nuestra fe.
Este es el día del Señor. Es el día grande de la resurrección del Señor y sentimos cómo actuó y sigue actuando el Señor en nuestra vida. Es el día primero, en que resucitó el Señor, el día del Señor que luego cada semana seguiremos celebrando. Es nuestro gozo y nuestra alegría.
Démosle gracias al Señor porque también podemos ver a tantos a nuestro lado que viven ese compromiso de su fe y el Señor sigue actuando a través de ellos, de sus buenas obras, de su compromiso. Será también nuestro gozo y nuestra alegría cuando compartamos esa fe que tenemos en El con los  demás y nos vayamos comprometiendo a hacer ese mundo nuevo que surge, que nace de la resurreción del Señor. Es nuestra tarea y nuestro compromiso.

sábado, 19 de abril de 2014

¡¡FELIZ PASCUA DE RESURRECCION!!



Alegráos, Cristo ha resucitado y viviremos con El

… Rm. 6, 3-1; Sal. 117; Mt. 28, 1-10
 Exulten por fin los coros de los ángeles, exulten las jerarquías del cielo… alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante, alegrémonos todos, cantemos llenos de alegría y si parar… que las trompetas anuncien la salvación y las campanas repiquen a gloria… ¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!
Así nos queremos dejar impregnar y empapar por el sentir de la Iglesia y de la liturgia en esta noche santa y llena de luz. Fuera los miedos y temores, aléjense las tristezas y las penas, desaparezcan para siempre las tinieblas. Todo está lleno de luz y de vida, porque Cristo ha resucitado. Con Cristo tenemos que resplandecer con una luz nueva, con una vida nueva. Es la alegría de nuestra fe que queremos proclamar y anunciar a todos sin complejos ni cobardías.
Grande fue la sorpresa de las buenas y santa mujeres que iban al sepulcro con el deseo de terminar de cumplir con los ritos funerarios que no pudieron realizar plenamente en la tarde del viernes porque comenzaba con la caída de sol el descanso del sábado y llegaba la fiesta de la pascua. El ángel del Señor les sale ahora al encuentro con un anuncio gozoso y una misión. ‘No temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado. No está aquí. Ha resucitado como lo había dicho… Id aprisa a decir a sus discípulos: Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis’.
Impresionadas y llenas de alegría corren a llevar la noticia.  Pero Jesús les sale al encuentro. ‘Alegraos’. No saben que hacer, quieren abrazarle los pies postradas ante El. ‘No tengáis miedo: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea. Allí me verán’. Vuelven a escuchar ahora la misión que se les confía.
Es la gran noticia que nos congrega a nosotros en esta noche aquí. Es la alegría que desborda de nuestros corazones y que mutuamente nos contagiamos. Es el anuncio que recibimos y que a su vez nosotros hemos de trasmitir. Es la paz nueva que sentimos para siempre en nuestra alma que se desborda y rebosa para llenar de paz a los que están a nuestro lado. Cristo ha resucitado. La muerte ha sido vencida. Todo se siente transformado de una forma nueva. La vida se llena de luz y de paz.
Cristo ha vencido a la muerte. Hemos sido absueltos del pecado para siempre. Ha llegado para nosotros la verdadera libertad, porque Cristo nos ha liberado. La vieja personalidad de pecadores ha sido destruida y ha nacido el hombre nuevo. Con Cristo somos muertos al pecado para vivir para siempre en Cristo Jesús. Ha llegado en verdad la Pascua, el paso salvador y liberador del Señor por nuestra vida haciéndonos nacer a una vida nueva. Habíamos venido preparándonos durante toda la Cuaresma y ha llegado el momento de sentirlo y de vivirlo.
Es algo muy grande lo que estamos celebrando. No es un hecho cualquiera. Es el centro de la vida y de la historia. Antes de Cristo y después de Cristo, decimos desde entonces. Todo gira desde entonces en torno a Cristo resucitado. El misterio pascual de Cristo que celebramos en su pasión y en su muerte y resurrección se convierte en verdad en el eje de toda nuestra vida. La  creación del mundo en el comienzo de los siglos no fue obra de mayor grandeza que el sacrificio pascual de Cristo en la plenitud de los tiempos. Y es lo que ahora estamos celebrando.
Pero cuando nosotros celebramos la resurrección de Jesús no lo hacemos como si fuera un hecho ajeno a nosotros en que nos alegremos por El, porque haya resucitado de entre los muertos, venciendo el poder de la muerte, sino que es algo que a todos nos afecta, porque su resurrección nos hace resucitar a nosotros. Con Cristo nosotros hemos sido sepultados en el bautismo, para con Cristo renacer a una vida nueva. ‘Si nuestra existencia está unida a El en una muerte como la suya, nos decía san Pablo, lo estará también en una resurrección como la suya… si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con El’.
De ahí la alegría y el gozo. De ahí surge toda esa luminosidad y esplendor de esta noche santa, de esta noche de gloria, de esta noche dichosa y feliz, como cantábamos en el pregón pascual. En la hoguera del fuego nuevo hemos quemado para siempre todo lo viejo del pecado para hacer que brille una luz nueva en nuestro corazón. Por eso hemos encendido nuestra luz de esa luz nueva que es Cristo significado en el Cirio Pascual, signo de Cristo resucitado. Una luz que tiene que iluminar a nuestro mundo, que tenemos que llevar a los demás.
Noche santa y dichosa que nos hace volvernos a encontrar con Cristo, con la vida y con la santidad, alejando de nosotros para siempre el pecado que nos esclaviza porque con Cristo alcanzamos la verdadera libertad. Aquel paso del mar rojo fue para Israel el paso de la esclavitud a la libertad y es imagen del Bautismo que nosotros hemos recibido, en que también sumergidos en el agua surgimos de la fuente del bautismo llenos de vida y de gracia con una nueva dignidad, con la dignidad grande de los hijos de Dios.
Por eso, como un signo de nuevo hoy vamos a ser bañados en el agua renovando así nuestros compromisos bautismales, renovando así nuestra fe, confesándola con todo ardor porque así también con nuestra vida y nuestras palabras hemos de proclamarla a los demás, hemos de llevar la buena noticia a los demás. Recordemos que las mujeres que fueron primeros testigos de la resurrección fueron enviadas a llevar la noticia a los hermanos.
Nuestra confesión de fe no se puede quedar encerrada en nosotros o solo en el ámbito de nuestros templos, sino que tiene que correr de boca en boca, tiene que desparramarse por el mundo que nos rodea que tanto necesita de una Buena Noticia que le llene de esperanza. Y que Cristo ha resucitado en esa Buena Noticia que puede devolver la esperanza, va a devolver la esperanza a nuestro mundo. De nuestro anuncio depende. De eso hemos de estar convencidos de verdad.
Creer en Cristo resucitado nos hace ponernos en camino de una vida nueva transformadora de nuestros corazones, pero transformadora también de la vida de cuantos nos rodean y que ha de transformar ciertamente  nuestro mundo y nuestra sociedad a imagen del Reino de Dios proclamado por Jesús. Así es nuestra fe. Así nos compromete nuestra fe. Si nos dejáramos liberar por Cristo de todas esas esclavitudes que nos atan en nuestros egoísmos y orgullos, en nuestras violencias y en nuestros gritos, en nuestras formas injustas de actuar que oprimen y esclavizan a los que están a nuestro lado, en esas hipocresías, falsedades y apariencias en que vivimos envueltos tantas veces, en la forma materialista que tenemos tantas veces de ver la vida, en esas obsesiones por pasarlo simplemente bien a costa de lo que sea, qué distinto sería nuestro mundo.
Por eso esta noche al hacer una renovación de nuestra fe y de nuestra condición de bautizados vamos a hacer también esa renuncia a toda esa fuerza del mal que se nos puede meter en el corazón.  Es el hombre viejo de la esclavitud y el pecado que tenemos que dejar atrás para vivir ese hombre nuevo de la gracia en que Cristo resucitado quiere transformarnos.
No es momento de más palabras, sino de seguir viviendo y celebrando con toda intensidad y alegría nuestra fe. No lo olvidemos. Cristo vive. Cristo ha resucitado y ha vencido la muerte para siempre. Cristo está aquí y nos asegura la vida para siempre. Celebramos su victoria. Nos llenamos de su gloria. Comamos a Cristo que El nos asegura que nos da vida para siempre y nos resuci5tará en el ultimo día. Cantemos la gloria del Señor.

viernes, 18 de abril de 2014

Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz



Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz

Is. 52-53, 12; Sal. 30; Hb. 4, 14-16; 5, 7-9; Jn. 18, 1-19, 42
‘Por nosotros se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el “Nombre-sobre-todo-nombre”’. Levantamos nosotros los ojos a lo alto y lo proclamamos Rey y Señor de nuestra vida, Sumo Sacerdote que ‘llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Así estamos en esta tarde a la sombra del árbol de la vida, a la sombra de la Cruz de nuestro Señor  Jesucristo. Como Moisés, como un signo, levantó la serpiente de bronce en el desierto, así será levantado el Hijo del Hombre para que todo el que cree en El obtenga la salvación. Queremos poner toda nuestra fe y nuestra vida; queremos alcanzar la salvación y por eso miramos a Jesús clavado en la cruz.
Nos sentimos todos atraídos hacia la cruz ‘donde estuvo clavada la salvación del  mundo’; nos sentimos atraídos hacia la cruz venciendo toda la repugnancia que el dolor nos pudiera producir, porque sabemos que en la cruz de Jesús encontramos la vida y alcanzamos la salvación. ‘Cuando sea levantado en alto, atraeré a todos hacia mí’, nos había dicho Jesús. Para nosotros es fuente de vida y de salvación; de ahí mana la gracia para nosotros que nos llena de nueva vida. Como aquel torrente caudaloso que manaba por debajo de las puertas del templo y que allí por donde pasaba lo iba llenando todo de vida, como anunciaba el profeta, nosotros acudimos al agua viva de la gracia que mana de la cruz salvadora de Jesús. ‘De su costado, tras la lanza del soldado, al punto salió sangre y agua’, imagen de la gracia redentora.
Miramos a lo alto de la cruz y contemplamos al Rey que nos ha redimido y nos ha salvado. ‘Jesús Nazareno, Rey de los judíos’, proclamaba el letrero puesto encima de la cruz. Era lo de lo que lo acusaban los sumos sacerdotes y escribas, y fue la pregunta repetida de Pilatos - ‘¿eres tú el rey de los judíos? -, como hemos escuchado en el relato de la pasión, aunque luego no quisieran que ese fuera el título de la ejecución.  Pero bien sabemos nosotros que no solo es Rey de los judíos, sino que es el Rey y Señor de todo el universo, porque con su sangre nos ha comprado, con su sangre nos ha redimido. ‘No valemos ni oro ni plata, sino la sangre preciosa de Cristo’.
Un reino nuevo, el Reino de Dios, había anunciado Jesús desde el principio de su predicación y para eso nos invitaba a la conversión y a creer en El. Pero su reino no era a la manera de los reinos de este mundo.  Ya les explicaba a los discípulos más cercanos que ellos no tenían que comportarse como los poderosos de este mundo. En el Reino de Dios todo había de ser distinto, porque distinta era la relación con Dios y distinta habían de ser nuestras relaciones basadas siempre en el amor. Para eso había venido El a instaurar ese Reino nuevo, el Reino de la verdad, el Reino de la autentica justicia y paz, el Reino donde tendría que resplandecer el amor con un especial brillo. Por eso era necesaria la conversión, para comprender que con El todo había de ser distinto.
Ayer meditábamos cómo teníamos que expresar ese amor a los demás en el servicio haciendo como Jesús que para servir se hacía el último y el servidor de todos poniéndose de rodillas a los pies de sus discípulos para lavárselos. Hoy le vemos subir al Calvario, a lo alto de la cruz, como la expresión del amor más sublime y más grande. ‘Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por aquellos a los que ama’. Así lo contemplamos hoy dando su vida, muriendo en la cruz por nosotros. Por eso lo proclamamos Rey, lo sentimos como el único Rey y Señor de nuestra vida.
Pero lo contemplamos también como Sumo Sacerdote de la Nueva y Eterna Alianza. Al altar de la cruz ha subido para hacer la ofrenda, para ofrecerse en sacrificio redentor por todos los hombres. Ahí le vemos ofreciendo la Sangre de la Alianza Nueva y Eterna, derramada para el perdón de los pecados. Ayer le contemplábamos cómo nos regalaba el Sacramento de su amor, el Sacramento de su Cuerpo entregado y de su Sangre derramada, signo que habíamos de repetir hasta la consumación de los siglos. Hoy le contemplamos en lo alto del Altar haciendo la ofrenda, realizando el Sacrificio, en que El mismo se entrega, El mismo se nos da, El mismo nos regala con el perdón su vida para que tengamos vida para siempre.
‘Mantengamos la confesión de nuestra fe, nos decía la carta a los Hebreos, ya que tenemos un Sumo Sacerdote grande, que ha atravesado el cielo, Jesús el Hijo de Dios… el que, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y llevado a la consumación se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna’.
Mirando a la cruz de Cristo, ya para nosotros tiene un sentido y un valor el sufrimiento. En la entrega de amor que Jesús está realizando podemos entender que poniendo amor en nuestra vida, también nuestros dolores y sufrimientos pueden tener un valor redentor, como fue el sufrimiento de Cristo en la cruz. ‘El soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores… fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes’. Es cierto que lo contemplamos ‘desfigurado, no pareció hombre, ni tenía aspecto humano… le vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado’.
Así nos lo describía el profeta, pero nosotros sí queremos mirarlo frente a frente, porque sabemos que ahí está nuestra muerte y nuestro pecado, ahí están nuestros sufrimientos y dolores, y que gracias a que El cargó así con nuestra vida de pecado, nosotros hemos podido alcanzar la salvación. Lo miramos, sí, frente a frente, sin volver nuestro rostro para que consideremos por una parte nuestra maldad y nuestro pecado, pero también, sobre todo, para que seamos capaces de admirarnos y sorprendernos hasta donde llega el amor de Dios. Lo miramos frente a frente también con nuestros dolores y sufrimientos aprendiendo a darle un sentido nuevo y un nuevo valor. Lo miramos frente a frente, porque sí nos sentiremos movidos a convertirnos sinceramente a El, a cambiar nuestra vida, a vivir una vida nueva  de gracia y santidad como El quiere ofrecernos.
Si la gente de Jerusalén, quizá inconscientemente, dijeron que cayera la sangre de Jesús sobre ellos y sus hijos haciéndose así responsables de su muerte, nosotros queremos decirlo de forma consciente, porque queremos que su sangre nos lave y nos purifique, nos redima y nos llene de vida. Ahí de la cruz de Jesús cae ese torrente de gracia, como antes ya decíamos, y de esa gracia queremos llenar nuestra vida.
Miremos a la Cruz, levantemos nuestra mirada a lo alto. Contemplamos a Jesús, el Hijo de Dios que muere por nosotros y por nuestra salvación. Contemplamos a Jesús nuestro Rey y Señor; contemplamos a Sumo Sacerdote  que se ofrece por nosotros. Unámonos nosotros a ese sacrificio redentor con toda nuestra vida. Hagamos la mejor ofrenda de amor de lo que somos. Emprendamos el camino nuevo de la gracia y de la santidad.

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Pidamos la humildad

Oh Jesús! Manso y Humilde de Corazón,
escúchame:

del deseo de ser reconocido, líbrame Señor
del deseo de ser estimado, líbrame Señor
del deseo de ser amado, líbrame Señor
del deseo de ser ensalzado, ....
del deseo de ser alabado, ...
del deseo de ser preferido, .....
del deseo de ser consultado,
del deseo de ser aprobado,
del deseo de quedar bien,
del deseo de recibir honores,

del temor de ser criticado, líbrame Señor
del temor de ser juzgado, líbrame Señor
del temor de ser atacado, líbrame Señor
del temor de ser humillado, ...
del temor de ser despreciado, ...
del temor de ser señalado,
del temor de perder la fama,
del temor de ser reprendido,
del temor de ser calumniado,
del temor de ser olvidado,
del temor de ser ridiculizado,
del temor de la injusticia,
del temor de ser sospechado,

Jesús, concédeme la gracia de desear:
-que los demás sean más amados que yo,
-que los demás sean más estimados que yo,
-que en la opinión del mundo,
otros sean engrandecidos y yo humillado,
-que los demás sean preferidos
y yo abandonado,
-que los demás sean alabados
y yo menospreciado,
-que los demás sean elegidos
en vez de mí en todo,
-que los demás sean más santos que yo,
siendo que yo me santifique debidamente.

McNulty, Obispo de Paterson, N.J.

Tumba del Santo Padre Pio.

Tumba del Santo Padre Pio.
Alli rece por todos uds. Giovani Rotondo julio 2011

Rueguen por nosotros

Padre Celestial me abandono en tus manos. Soy feliz.


Cristo ten piedad de nosotros.

Mientras tengamos vida en la tierra estaremos a tiempo de reparar todos los errores y pecados que cometimos. No dejemos para mañana . Hoy podemos acercarnos a un sacerdote y reconciliarnos con Dios,

Tu eres Pedro y sobre esta piedra edificare mi Iglesia dijo Jesus

Jesucristo Te adoramos por todos aquellos que no lo hacen . Amen

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